En la página tres del noticias de ese viernes hay una nota que dice:
Piscis: Hoy es un día de ilusiones cumplidas. Si tienes un viaje pendiente, ¡no te detengas!, ¡escucha a tu consciencia y sigue adelante! Puede ser que ahora, aunque tengas que recorrer distancias grandes, puedas por fin lograr ¡lo que tanto has deseado!
Pero Memo está leyendo la página ocho. Específicamente, el logotipo de diet coke, agradablemente dibujado sobre el pecho de una edecán en la reunión anual de quién sabe qué.
-- Se nos casó la Toñita, ¿no?
-- ¿Y? -- contesta el Tortas, que va manejando.
-- ¿Cómo que "y"? -- dice Memo, que va de smoking. El Tortas también va de smoking. Van a una boda que empieza, según la invitación, a las once de la mañana. Ya casi llegan, pero el Tortas comienza a sospechar que van a llegar ya empezada la ceremonia, y quiere evitarlo. Memo sigue hablando.
-- No te hagas, a todos siempre se nos ha antojado desde que salió de la prepa. Y pues, nadie se imaginaba que fuera a caer con el Viernes. Mucho menos él, yo creo. Es más, se me hace que Toñita aún no se ha dado cuenta y piensa que esto nomás es un sueño de esos que te dan luego de quince tacos...
Memo suelta una risita de esas que no llevan vocales. El Tortas sigue con su cara de no estoy aquí, y si me vieron no es cierto.
-- No, no. Toñita y el Viernes siempre se me hicieron buena pareja. Era de esperarse. -- declara el Tortas, sin convencer a nadie.
-- Nombre. Tú siempre jalabas mucho con el Viernes y bien sabes que Toñita nunca lo peló. Si cuando andaba contigo, el Viernes te dejó de hablar casi un mes.
-- Esos eran otros tiempos. Estábamos chamacos. Y lo de entonces ya orita no es importante.
-- Ya pues, no pasa nada. Pero, ¿o no que ustedes tronaron nomás por que te ibas a Yucatán? Te hubieras quedado y ya te estaría viendo, es más, desde hace seis años. -- Sentencia Memo.
-- El caso es que lo que no, pues no. -- Contesta el Tortas, con ánimos de enterrar ese tema de conversación y ponerle piedras encima.
-- ¿O qué, a poco te da sentimiento?
-- No, no mames.
-- Exactamente, digo, hace casi seis años que no le agarras una nalga. Ya es hora de que estuvieras acostumbrado.
Al Tortas le empieza a quedar apretado el moño.
-- En realidad no importa cuánto tiempo, cuando ya pasó, ya pasó y ya pasó.
Memo nomás ve al Tortas sin darse cuenta que a él ya le anda por estacionarse, y más porque las calles que están alrededor de la iglesia están atascadas. El Tortas, por su lado, continúa su conversación.
-- O sea, si se acabó no importa si fue hace seis años, o hace tres meses, o hace dos días. Ahí ya no es tanto el tiempo, sino saber bien dónde anda uno y cuál es el plan. ¿O no?
-- Ajá -- dice Memo, pero una ajá sin tener la más mínima idea de dónde anda el Tortas.
-- El caso es nomás estar bien centrado...
-- Ta bien, cabrón, eso ya lo dejaste claro. Mejor ponte de buenas, porque el Viernes seguro está pensando en darte lata con lo de la despedida del miércoles...
-- No pude. Ya le dije a todo mundo. Chingá... -- interrumpe el Tortas, más nervioso que molesto.
-- Tranquilo, pues. No le tenías que explicar a todo mundo, nomás al Viernes. Y a él fue al único que no le dijiste nada. Seguro andabas con una torta. Todos sabemos que tú sólo desapareces cuando coges.
-- Ahí está. Ya fue y ya ni modo. Me cae que ni lo hubiera hecho. Fíjate... -- dice de repente cambiando la mirada hacia la cuadra de la calle que apenas van a cruzar e interrumpiéndose a sí mismo -- ...ahí hay lugar.
Memo contesta desabrochándose el cinturón de seguridad, tirando el periódico al suelo y asomándose afuera de la ventana. Entonces habla.
-- Sí, ahí cabemos. -- y se mete de nuevo, sólo que ahora es un Memo intrigado. Se le ocurre que hacen falta más datos. -- Ahora sí que sorprendes por tu destreza, habilidosidad y rapidez. Digo, no hace ni dos semanas que llegaste. ¿Era la chaparrita que estaba como bailando entre las mesas el domingo?
-- No estaba bailando, estaba peda. Y no. Qué güeva de mujer. -- Contesta el Tortas mientras empieza a acelerar para dar rápido la vuelta a la manzana.
Y precisamente por andar acelerando es que ve un espacio de buen tamaño, con sombra y todo, cuando es ya demasiado tarde. Excepto si se echa unos metritos de reversa. Para hacer esto, decide que lo mejor es frenar ya.
El coche no frena ya; sino cuando quiere. El Tortas mira fijamente a los pedales y piensa haz lo que te digo.
-- Ay cabrón. ¡Cabrón! -- exclama Memo, lo primero para sí y lo segundo para el Tortas, presumiblemente por el saludable madrazo nacido en el instante que su cabeza hizo contacto con el parabrisas. El Tortas no hace gran caso del golpe y procede con la reversa. El coche no quiere estacionarse, e ignora la reversa hasta que la aceleración se vuelve insistente. Memo aprieta los párpados y los vuelve a separar varias veces, mirando fijamente al arma de su agresor, como si no pudiera creer que el vidrio esté intacto cuando él clarito sintió que los sesos se le salían por la nariz. También empieza a sobarse.
Mientras tanto el Tortas ya empezó a meterse al lugar. Y todo va bien hasta que el coche se detiene y se escucha que algo o alguien le pegó una sonora mordida a la cajuela. El Tortas pone cara de que pisó caca.
Memo, con un círculo rojo casi perfecto arriba de la ceja izquierda y todavía sobándose, abre la puerta, pone su mano derecha en el pavimento y, sin abandonar el asiento, se asoma por debajo del coche. El autor de la mordida resulta ser una piedra de buen tamaño y pintada con cal. Ve extrañado cómo unos pedacitos de cal que se levantaron con el golpe se desprenden, flotan y se elevan hacia el pavimento, cuando se acuerda que en realidad es él el que está de cabeza.
Enseguida le pasa el reporte al Tortas -- No mames, hay una pinche piedrota.
El Tortas empieza a asimilar la información y casi inmediatamente sale una señora de la tienda de enfrente con más novedades. -- No señor, no se puede estacionar ahí.
El Tortas se dibuja una sonrisa de Gioconda ante la revelación, mete primera y sale del lugar. A Memo apenas le da chance de meterse al coche y cerrar la puerta. La piedra los despide con un clonk al volver a acomodarse en su lugar. El coche sonríe.
Memo se acuerda perfectamente en qué iba la plática -- ¿Entonces, con alguna ex? Tú aquí no dejaste ninguna ex --, medita en silencio aproximadamente dos segundos -- Digo, excepto Toñita.
El Tortas siente la mirada de Memo, aunque aquel está viendo los foquitos del estéreo, y como que no controla perfectamente la vuelta a la izquierda, lo que manifiesta a Memo que la intención es nuevamente rodear la manzana.
Memo sigue pensando en lo que acaba de decir y ahora sí se queda viendo al Tortas en espera de una respuesta, pero su única declaración es recorrer la cuadra más rápido de lo que sería socialmente aceptable. Justo antes de dar la siguiente vuelta a la izquierda con completo control Memo vuelve a abrir la boca.
-- No ¿...?
Memo, el Tortas y el coche sobreviven la vuelta con leves sacudidas y sin derramar sangre. El Tortas desacelera, pero sigue yendo rápido.
-- Mira, güey, hoy vamos a una boda y es la de Toñita, así que mejor cuidamos de no echar a perder nada ¿Sale?
-- ¿Estás diciendo que a dos días de su boda tú te reuniste con Toñita, tu ex, y con la seguridad de que el Viernes estaba en una peda, te la cogiste? -- Inquiere Memo, coincidiendo con la tercera y última vuelta descontrolada a la izquierda, que los vino a dejar, finalmente, a la vuelta de la manzana.
El Tortas frena casi a cero, pero ahora con cariño, voltea a ver a Memo visiblemente nervioso y un poquito rojo, por fin responde -- Estaba pedo...
-- Ora resulta que no querías, -- Memo saborea el momento -- el caso es que sí te la cogiste...
El Tortas decide que, háyase cogido a quien se haya cogido, se tiene que estacionar. La calle es angosta, o tal vez lo parece porque toda la cuadra la domina el muro de piedra de la iglesia, que no tiene ni puertas ni ventanas. Hay suficiente lugar para estacionarse, como para poder escoger, además de que hay cuatro tipos esparcidos, recargados en sendos coches y con sus franelas grises que usan para atraer más. Elige una sombrita sin pensar que en media hora va a desaparecer debajo de la pared.
El coche sabe que no tiene tiempo que perder y decide hacerse el que se estaciona mientras le pide un aventón a las circunstancias.
Al estarse metiendo se le acerca un viene viene diciendo inútilmente "viene, viene" mientras hace como si sacudiera su franela gris en el aire o si sacudiera el aire con la franela gris.
-- ¿Y qué tal? -- pregunta Memo, mientras saca una moneda de un peso de su pantalón para el viene viene.
El Tortas pierde momentáneamente su nerviosismo para voltear a ver a Memo con una cara sonriente pero sin sonrisa. Finalmente contesta levantando las cejas y haciendo gestos de que se enchiló. Memo procede a abrir el cenicero en busca de monedas de cinco y diez centavos.
-- No, pos es que sí está rebuena la cabrona... -- murmura para sí Memo y enseguida informa -- Guácala --, luego de haber agarrado una moneda de veinte centavos con un chicle, no demasiado viejo, viajando de mosca en el águila y empeñado en construir un teleférico entre el nopal y el cenicero. Inmediatamente regresa la moneda al cenicero y la pega con fuerza, cuidando que todo el chicle quede bien oculto.
Por fin el Tortas se estaciona decentemente, justo cuando el viene viene pregona "órale jefe". Memo suelta un último -- ¿Deveras te la cogiste? --, sale y cierra su puerta con unas ocho monedas encerradas en su puño izquierdo. El Tortas también sale y cierra la puerta asomándose por las ventanas, se voltea y va a dar un paso cuando un viene viene, que no es el que le dijo "viene, viene", aparece parado demasiado cerca y lo obliga a retractarlo y quedarse pegado al coche.
Memo rodea al auto por detrás y se trepa a la banqueta. Ahí lo espera el viene viene efectivo, sólo que en el lugar de su franela gris materializó una pistola. La otra mano la tiene con la palma hacia arriba y ligeramente extendida, lo que hace que Memo le entregue todas las monedas en chinga, levante las manos y retroceda hasta bajar de la banqueta.
El Tortas respira, ve en los ojos del viene viene que tiene enfrente que está nervioso, voltea y ve los ojos de Memo fríos y completamente sin párpados, ve que la mirada del viene viene que dijo "viene, viene" salta entre Memo y él, pero no deja de apuntar la pistola hacia la panza de Memo. Ese viene viene está evidentemente más nervioso, y decide que es perfectamente normal que se sienta tan espantado como está.
El viene viene de la pistola se guarda el cambio en la bolsa del pantalón y dice -- Sale, me dan todo. --, aparentemente viendo a Memo y al Tortas al mismo tiempo. El temblor en su voz únicamente logra que el Tortas se espante más. Se espanta porque escuchó el temblor, pero no captó una sola palabra, después juraría que vio cómo le temblaba la mano al viene viene sin que le temblara la pistola. Decide que no quiere seguir sintiendo miedo y que lo mejor es terminar con todo esto de una buena vez, entonces habla.
-- Mira, no hay bronca, tomen todo, aquí están las llaves. ¿Sale? -- y enseguida muestra la palma de su mano derecha con todo y llaves y cartera.
El viene viene sin pistola toma la cartera, saca la lana y dos tarjetas ladatel. El Tortas se acuerda que una ya no tiene nada, se pone más nervioso y, afortunadamente, no dice nada. El viene viene sin pistola se guarda la lana y las dos tarjetas, toma las llaves y le dice a su colega "Yastuvo".
En ese momento el coche recuerda que ya pasaron treinta segundos que lo cerraron y dice "bip".
El viene viene de la pistola mira al coche con cara de cállate y toma la cartera de Memo, que quién sabe a qué hora sacó y acomodó en la palma de su mano, la misma que traía el cambio. Mira a su colega sin pistola y a sus otros dos compañeros.
El Tortas y Memo, como buenas víctimas aterradas, no tienen idea que hay otros dos tipos atrás y sólo ven como los viene viene que tienen enfrente intercambian miradas y simultáneamente avientan las carteras hasta la otra banqueta. El viene viene de la pistola les advierte "váyanse y no corran", por lo que deciden empezar a cruzar la calle sin aún voltear, al toparse cada uno con los compadres que tienen cuidándoles las espaldas casi se zurran. Estos compadres los toman de los hombros, los voltean hacia la otra banqueta y los empujan levemente con el propósito de encaminarlos hacia sus carteras vacías.
Al llegar al otro lado de la calle recoge cada uno su cartera, se hablan con voz imperceptible y se encaminan hacia la esquina más cercana lo más rápido posible sin correr, sin darse cuenta que es la esquina más alejada de la entrada de la iglesia.
El viene viene sin pistola abre la puerta del conductor del coche y escucha asustado como empieza a escupir sirenas la alarma. Con la mano temblándole más que la quijada toma la cajita negra del llavero y apachurra el botón. El coche declara plácidamente "bip bip". Al escuchar la alarma, Memo y el Tortas literalmente saltan del susto y continúan su recorrido a la cuadra corriendo hasta doblar la esquina.
El viene viene sin pistola ahora sí está encabronado, se mete y quita los seguros para que se metan los demás viene vienes.
El coche se quiere ir ya y por impaciente, arranca una fracción de segundo antes de que el nuevo conductor gire la llave. Éste último opina por un instante que la respuesta del coche es fenomenal y cuando todos cierran las puertas da un volantazo y sale del lugar dándole un ligero madrazo a la defensa de la combi que está enfrente; ahora la combi se suelta al llanto con su alarma. Ninguno de los viene vienes se da por enterado, nomás se pelan rapidísimo, pero sin rechinar llantas. Si hubieran traído alguna ventana abierta se hubiera escuchado en toda la cuadra: "¡Amárrate el cinturón güey! ¡Cuando yo vaya manejando a güevo te tienes que amarrar!"
2 el oráculo de la turbulenta ruta tlalpan -- san jerónimo
Carlos Hache, que va en el asiento de adelante, mira contemplativo a Carlos Pe, que va manejando, y medita brevemente acerca de esa preocupación por su seguridad.
-- Órale tú, ya tranquilo -- contesta finalmente Carlos Hache, abrochándose el cinturón de seguridad.
En los asientos de atrás van Quino y Tavo, nada más respirando silenciosamente, tratando de calmar los nervios.
Tomaron el coche porque necesitaban uno desechable para poder atender un compromiso en el estacionamiento del Premier a las doce en punto de ese día. La iglesia a la que decidieron ir a pedir por su auto está en el sur, esto es, más al sur que el Premier, pero ya abordo de su nuevo vehículo nadie recuerda cómo ni por qué habían escogido el lugar. Carlos Hache, por el otro lado, se acuerda muy bien de haber estado cabildeando intensamente con todos para que se aprobara la decisión de tomar inmediatamente Insurgentes, cruzar CU y, llegando a San Jerónimo, pues llegar.
El coche, por su lado, no estuvo presente durante el cabildeo. Su vocabulario por el momento consta de cuatro palabras, y sólo se acuerda de una: norte.
Carlos Pe hace patente que no le importa demasiado la opinión de Carlos Hache cuando agarra rumbo al periférico, es decir, una ruta completamente diferente.
Poco a poco el coche se da cuenta que tiene en Carlos Pe un aliado involuntario.
-- ¿Pe? -- dice Carlos Hache.
-- Ey -- contesta Carlos Pe.
-- ¿Sí estás de acuerdo que vas manejando en dirección contraria?
-- Pues contraria a tu pinche voluntad, cabrón, porque yo voy hacia donde tenemos que ir, -- Carlos Pe voltea a ver a Carlos Hache por suficiente tiempo como para hacerlo sentir incómodo, considerando que va manejando y ni siquiera disminuye la velocidad -- cuando nos chinguemos una avioneta o un barco, entonces agarramos en línea recta. ¿Chido?
-- Chido, pero también estás de acuerdo que si te hubieras ido por Insurgentes nos hacías el trayecto como ocho kilómetros más corto ¿mm?
-- Mira güey, yo sé que tú eres el pinche oráculo de la turbulenta ruta Tlalpan -- San Jerónimo, pero yo nada más no quiero ver ni semáforos ni chotas. Además, cuando a los dos pingüinos se les pase el susto van a ir por la ley, y si nos quieren buscar, la ruta más corta va a ser la ruta más obvia, por lo tanto el primer lugar donde van a buscar va a ser en Insurgentes.
-- Oquei, pero también estás de acuerdo que esos güeyes no tienen la más remota idea de hacia adónde es que vamos ¿o no?
Carlos Pe toma la entrada al periférico y rebasa continuamente, con sus ojos saltando, buscando espacios entre los coches y una buena respuesta para Carlos Hache. Finalmente sólo alcanza a responder con -- Ah. Sí cierto...
Carlos Hache voltea ligeramente para mirar a Quino, señala a Carlos Pe con sus diez dedos y dice -- No chingues con éste.
-- Sí. Pinche Carlos Pe, piensa tantito... -- responde Quino.
-- ¡Ya! ¡Cállense todos! Me vale madres dónde estamos, me vale madres cómo le hacemos y me vale madres de dónde venimos. Lo único que importa es llegar a donde tenemos que llegar. Así que ya. -- interrumpe Tavo.
Pero Carlos Pe no se siente satisfecho, mira directamente al espejo retrovisor, y aunque no alcanza a ver los ojos de nadie, más bien reconoce la oreja derecha de Quino y la oreja izquierda de Tavo, les dirige más argumentos.
-- Si agarraba Insurgentes, hay como tres semáforos nomás hasta perisur, perisur está atascado con pinche gente haciendo sus compras y CU a esta hora ha de estar lleno de maestros y microbuses y cuanta madre. Tienes que andar cuidando quién chingados se cruza y luego se arma un pinche cuello de botella enfrente del monumento Tamayo. Y yo nomás no quiero andar frenando y andarme parando y poner neutral y luego meter primera y luego empezar a moverte tantito y frenar otra vez. Aquí por lo menos no te detienes, y tampoco es como si ya fuera muy tarde.
-- Tiene razón, güey. -- Admite Quino a Carlos Hache.
Carlos Hache siente que tiene que responder. -- Mira, no te ibas a estar metiendo a manejar a la lagunilla, y de los semáforos, había como seis en lo que entramos aquí nomás al periférico. Lo que pasa es que andas de terco.
-- Ta bien. Pero meterme por enmedio de CU en estas circunstancias nomás no me late, y sí me siento más seguro rodeando. Lo que pasa es que aquí en el peri ya nada te detiene. -- Contesta Carlos Pe.
-- Sí, imbécil, y en la autopista Monterrey Saltillo menos. Digo.
-- ¡Hijos de su madre! ¡No estoy como para andarlos oyendo ni aguantando! Tápense el hocico y mándense recados, que yo... nomás saliendo del Premier se dan en la madre rápido antes de que me los madreé yo a los dos. -- Aclara Tavo.
-- Me cae que sí. Háganle caso a Tavo. -- Responde Quino mirando a los demás coches por la ventana.
-- Pérame, Tavo. -- Dice Carlos Pe, y sigue con Carlos Hache. -- ¿No te acuerdas de lo de Jorge? Eran como las cuatro de la tarde, este compadre pues va manejando y en un pinche semáforo de Universidad o algo se le acercan como a venderle chicles y con un desarmador le chingaron la cartera y el celular. Seguro ahí había polis, pero les vale.
Carlos Hache abre los ojos de modo tal que qué bueno que no abrió la boca porque se tragaba a Carlos Pe. Recorre el coche en busca de las miradas de Quino y Tavo, pero ellos seguían asomados cada uno por su ventana. Pone cara de cuenta hasta diez, pero sin modificar su mirada.
-- Entonces, estás de acuerdo que te da miedo que te asalten ¿mm? -- deduce Carlos Hache.
-- Esta ciudad ya no es segura. -- Explica Carlos Pe.
Carlos Hache se tarda en responder y le gana la palabra Quino.
-- ¿Qué no hay que salirse aquí para San Jerónimo? -- dice, señalando hacia la lateral.
Tavo se tapa la cara con las dos manos, Carlos Hache ve que la salida está a menos de cincuenta metros, y que aún hay que cruzar tres carriles para poder llegar a estar en posibilidades de tomarla. Carlos Pe pisa decididamente el freno, cuando no siente una reacción se asoma a ver si su pie pisó el pedal adecuado. En efecto, fue el freno, pero el coche va aparentemente contento con la ruta y no responde hasta que nota que el conductor se da cuenta de su desobediencia, entonces da un enfrenón y se gana una mentada del de atrás y en seguida devuelve el control a Carlos Pe, quien suda frío mientras trata de orillarse, se cierra despiadadamente a la derecha y llega apenas cinco o diez metros después de la salida.
-- Chingados -- murmura Carlos Pe al admitir la victoria del periférico sobre él, también le mienta la madre mentalmente al freno y decide no comentar nada. El coche sonríe.
-- Pendejo. -- Especifica Carlos Hache, y después pregunta -- ¿Estás de acuerdo que tu pinche decisión nos está dando en la madre?
-- No jodan, que ahora sí hay que apurarnos. -- Sentencia Tavo.
Carlos Pe siente que necesita comprobar su inocencia. -- Mira, Hache, si no anduvieses chingando y me dejaras manejar, esto no hubiera pasado.
-- No me andes echando la culpa. Por Insurgentes, a pesar de tus semáforos y cruces de venados, ya estaríamos ahí.
-- Para la otra, no más periférico. -- Acepta Quino, moviendo la cabeza de lado a lado.
Carlos Pe ignora completamente el comentario de Quino y continúa dirigiéndose a Carlos Hache.
-- No es que sea tu culpa, pero cuando a ti te toque manejar, entonces tú decides que pinche ruta vas a agarrar. No te metas y así puedo ir a donde tenemos que ir. Yo manejo, tú te estás quieto. ¿Sale?
-- Sí mamá.
-- Pues no me la distraigas ya, mijito. -- Alcanza a añadir Quino, sin que ninguno de los Carlos le ponga atención, Tavo se hace el que no oye.
Carlos Pe emprende su retirada por la siguiente salida, que parece inaugurar un tenso silencio que está muy por encima del radio, a pesar de que Carlos Hache acaba de subir el volumen. Tavo continúa viendo la ventana, aunque parece que está viendo las tiendas y las casas. Quino revisa la pistola, comprueba que está cargada y se la guarda en el cinturón, abajo de la camiseta. Los Carlos buscan el final de la calle como si esperaran que por voluntad se materializara, por fin, a la siguiente cuadra. Mientras tanto el radio sigue hablando solo, sin ánimos de articular palabras, se avienta Cerezo Rosa de Pérez Prado.
Como premonición de la proximidad de una avenida aparece un embotellamiento que inspira a Carlos Hache una vez más.
-- A ver, ¿estás de acuerdo que de aquí a que lleguemos a Revolución, más o menos veinticinco metros, vamos a tomarnos como tres horas?
-- No. -- Responde Carlos Pe. Y para cumplir esta profecía, despierta el semáforo abriendo su ojo verde y permitiéndoles integrarse al flujo inmóvil de coches que hace unos instantes se encontraba más o menos a veinticinco metros de distancia. Ahora parecía genuinamente que iban a tardar tres horas en llegar al próximo semáforo.
El coche decide que no tiene tres horas, y empieza a buscar activamente otro aventón.
Tavo, después de una aparente eternidad de estar aguantándose, por fin mira su reloj y ve 12:05. Voltea hacia Quino, le da una palmada en el hombro y, cuando parece volver a este mundo, habla.
-- Vente, compadre, vamos a echar un fon en lo que esta cosa llega al cruce.
Se bajan y los Carlos, al oír las puertas, los buscan con la mirada y los encuentran preguntando en la gasolinera que está junto al semáforo cuya respuesta aguardan. Vuelven a ver su semáforo, que con su nuevo verde sólo los ayuda como diez metros, y ven a Quino y Tavo cruzar corriendo, presumiblemente hacia un teléfono. Ya sin público la tensión parece disminuir y Carlos Hache rompe el hielo.
-- Estos cuates más les vale que regresen antes de que se ponga el verde de nuez, si no, para que nos alcancen... -- y se detiene en seco al ver una mano entrando por la ventana del conductor con todo y pistola.
Cuando el cañón se recarga en el cachete de Carlos Pe, éste nada más cierra los ojos y ve clarito cómo Quino se bajó al teléfono con todo y arma abajo de su camiseta. Recuerda extrañamente que la camiseta de Quino tiene el logotipo de solidaridad y por fin entiende el comentario que había hecho Carlos Hache, algo así como era de acomodador, no de lavacoches.
-- Torpe -- dice Carlos Pe a nadie en particular y oye que el de la pistola no lo oyó, éste le exige a Carlos Hache que se baje, despacio, y que se vaya a la banqueta, despacio. El semáforo vuelve a ponerse en verde y Carlos Pe escucha al dueño de la mano de la pistola decirle suavecito "bájate", al mismo tiempo los demás coches empiezan a tocarles el claxon. Carlos Pe se baja y, cuidando no ver la cara de su nuevo acompañante, le da la espalda, deja la puerta abierta y el motor encendido, rodea el coche y, mientras va hacia la banqueta en busca de Carlos Hache, el otro se sube, mete primera e, increíblemente, avanza escurriéndose entre los coches. El escándalo de los demás autos se apaga y el instinto de supervivencia colectivo de la ciudad rápidamente olvida el incidente. Carlos Pe aún no llega a la banqueta cuando lo alcanza corriendo Quino.
-- No hay bronca, dicen allá que nos aguantan. -- Dice Quino, aparentemente sin darse cuenta que ya no hay coche. Carlos Pe no lo voltea a ver, pero le contesta.
-- La pistola güey, la puta pistola.
Quino no agarra bien la onda con respecto a qué paso exactamente, sólo sabe que fue alguna chingadera. Pone su mano en el hombro de Carlos Pe y caminan juntos hacia Tavo, que de alguna manera ya cruzó y está hablando con Carlos Hache. Quino hasta entonces logra escuchar a Carlos Hache decirle a Tavo alguna frase que incluye las palabras "se", "llevaron", "el" y "coche", se separa de Carlos Pe para alcanzar a oír los detalles. Carlos Pe se queda en la orilla de la banqueta, para un pesero y les grita.
-- ¡Vámonos!
Los tres voltean y se suben al microbús. Carlos Pe se sube al final y paga lo de todos diciéndole al chofer "Ahí por el premier". Nunca se fijaron para dónde se fue el coche.
3 lucio, lupito y el miércoles de la semana pasada
Lucio va para el aeropuerto. Maneja en automático, sin pensar. Y qué bueno que no necesita pensar, porque está enojado. Está enojado porque está trabajando y tiene que agarrar un avión en tres horas, y si está trabajando tres horas antes de salir del país es porque nunca aprendió a ahorrar. Nunca lo había considerado importante y cuando se le hizo necesario, hace menos de dos semanas, ya era demasiado tarde. Lleva varios años en esto de los coches y su lana le alcanza bien, pero para las emergencias de plano tiene que irse a la calle.
Saca un celular de la bolsa interior de su chamarra azul, que en el lado izquierdo del frente tiene un minúsculo logotipo de Mercedes Benz. Marca el número que ya había marcado a las cuatro de la mañana, cuando consiguió un jetta casi nuevecito con todo y quemacocos. Ahora le toca reportar el shadow cuatro puertas ochenta y ocho u ochenta y nueve a un tal Licenciado Oaxaca. Es él el que contrata a Lucio, el que se encarga de la compra y venta, el que a vivido un considerable tiempo en Costa Rica, donde, según el conocimiento de Lucio, no existe ningún lugar llamado Oaxaca.
-- Bueno. -- Contesta el licenciado Oaxaca, como si la palabra tuviera tres "o"s.
-- La vuestra hermosura, señora mía, puede hacer de su persona lo que más le viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo, derribada por este mi fuerte brazo...
-- Mira pinche Quique, no me hables cuando estés borracho...
-- ¡Aguántese mi licenciado! ¿Cuál Quique? yo no soy Quique -- interrumpe Lucio, antes de que el licenciado Oaxaca tenga oportunidad de colgar, -- Soy Lucio, ¿se acuerda? y ya voy. Ya no aguanta nada licenciado.
-- ¿Lucio?, Lucio, ¡Lucio!, mi hermano, tampoco quiero que tú me hables, quiero que estés tocando la puerta. ¿Qué haces? el otro tamal lo despachamos hace seis horas.
-- Ya voy, ya le dije. Es más, ya voy a entrar a... -- Lucio hace una pausa. Mira cuidadosamente el asfalto, el camellón, los letreros verdes, en fin, -- periférico... -- dice cuando reconoce al periférico. Lo dice con suficiente volumen como para que el licenciado Oaxaca responda.
-- ¿Qué?
Lucio continúa su pausa, piensa en su conocimiento profesional de la ruta, recuerda que él condujo correctamente, sin realmente fijarse, confiando en la memoria de sus manos, y se pregunta cómo fue que le ocurrió hallarse manejando en dirección contraria a su destino final. El coche sabe por qué, pero no aporta respuesta; sólo quiere continuar.
Dice -- aguánteme, aguánteme, aguánteme -- más de tres veces en lo que acelera y llega a sentirse más cerca de los primeros letreros que dicen aeropuerto -- viaducto. Sin haber realmente visto uno continúa retractando su periférico anterior -- no, no, viaducto. Orita nomás sigo y ahí nos vemos ¿ey?
-- Lucio.
-- Péreme, orita que esté por el aeropuerto le hablo para que le hable a mi compadre.
-- Aquí está tu compadre. Si ya hasta le dije que desempacara tus maletas, planchara tus camisas, y las volviera a meter, nada más para que no se me aburriera.
-- Ah, ¿y ya acabó?
El licenciado Oaxaca le contesta con un clic. Lucio también cuelga, en lo que se ríe.
Agarra su celular con los dientes mientras cierra la ventana del copiloto y luego la suya. Se retira el celular de la boca, ahora tomándolo por la antena, lo mira atentamente y lo seca contra su pantalón, lo verifica y luego perfecciona el secado en el frente de su camiseta. Se prepara y marca otro número.
Tiene casi diez días organizándose para salir del país. Paso a paso arreglando para deshacerse de sus cosas sin que pareciera que se estaba deshaciendo de sus cosas. Aurora se iba a encargar de disponer de todo lo que fuera menos discreto, pero Aurora aún no contesta.
Después de sonar tres veces comienza una canción de Pablo Milanés con la claridad característica del la línea telefónica, enseguida Aurora comienza a explicar que no puede contestar y otras cosas así. Al mismo tiempo Lucio cierra fuerte sus ojos, aleja el teléfono de su oreja y cuenta hasta ocho. Se vuelve a acercar el aparato y habla.
-- ¡Aurora, Aurora! yo sé que ahí estás, te dejé a las tres y media, así que ya dormiste tus ocho horas. Levántate. Aurora, ahí estás y yo sé que oyes.
Escucha concentrado el silencio del teléfono y cuelga insatisfecho. Piensa un rato, se rasca la cabeza con su mano izquierda mientras agarra el volante con todo y teléfono. Sale de su estado contemplativo cuando da un giro y, con el apretón, hace que todos los botones del celular suenen simultáneamente. Cambia el volante de mano y marca.
-- Buenas tardes, gracias por llamar a escaitel...
-- Bueno. -- Interrumpe Lucio, pero la voz de escaitel no le hace caso y sigue como si nada.
-- ...yo soy Daniela, ¿Me indica la clave por favor? -- Lucio siente que su efusividad le va a dejar el teléfono todo pegajoso, y se limita a responder.
-- Ajá, es cinco cinco cuatro veintinueve.
-- Muy bien, cincuenta y cinco cuatrocientos veintinueve ¿Cuál es su mensaje? -- pregunta Daniela, con una curiosidad casi auténtica. Lucio preferiría platicar y así disipar todas las dudas que Daniela pudiera tener acerca de la relación entre Lupito y él pero, una vez más, opta por el camino fácil.
-- Mm, a ver, Lupito, nada más confirmando lo de las cuatro, nos vemos, Lucio.
-- Entonces: Lupito, nada más confirmando lo de las cuatro, nos vemos firma Lucio ¿Alguna otra cosa? -- pregunta ahora, como si ella personalmente sintiera que hace falta algo más, Lucio piensa ¿qué no se entiende? y mejor trata de no pensar.
-- Este, no, eso es todo.
-- Perfecto, ya quedó su mensaje. Que pase muy buen día. -- Lucio piensa gracias con agrado y responde -- Gracias. -- sin poder alcanzar el feeling demostrado por Daniela.
Se queda viendo al celular, dice -- ay pinche Aurora, levántate... -- y decide que, ya que está hablando solo, de una vez se graba en la máquina. Vuelve a marcar su número. Antes de acercarse el teléfono cuenta las tres timbradas y los ocho segundos.
-- Aurora, tú sabes que ahí estás, yo sé que ahí estás, entonces contéstame. -- Espera un rato y sigue -- Mira, yo nada más porque ya me voy, tú sabes que Lupito me quiere matar por lo del miércoles de la semana pasada, repito: me quiere matar, entonces no sé cuándo voy a regresar ni cuándo te voy a poder mandar tu boleto. Bueno, yo le dije a Lupito que iba a ir a su casa a las cuatro, si te habla, antes oye este mensaje para que sepas que le tienes que decir que ahí voy a ir. Aurora, despiértate mujer.
En efecto, Aurora no contesta porque está dormida, está dormida porque estuvo despierta hasta las seis de la mañana. Es más, ni siquiera se va a despertar cuando Lucio vuelva a marcar en cinco minutos.
El coche sabe que no va precisamente a donde quiere ir; comienza a contemplar medidas más estrictas para poder cumplir sus propósitos.
Lucio pone el teléfono en el otro asiento mientras prosigue con su mágica tarea de escurrirse entre los coches. Cuando ya no se aguanta más vuelve a marcar.
-- Bueno -- contesta una voz semidormida, pero al menos semidespierta, de hombre. Repite -- bueno.
-- ¿Quién habla? -- pregunta Lucio pensando en un número equivocado.
-- ¿Uh? Pérate, ¿con quién quieres hablar?
Lucio cree que reconoce la voz, pero todavía no entiende.
-- ¿Pepe?
-- ¿Quieres que te pase a Aurora? Te paso a Aurora.
-- ¿Pepe? ¿Qué madres haces ahí?
A Lucio no le agrada oír la voz de un tipo que se acaba de despertar, no le gusta porque siempre ha supuesto que cuando Aurora no duerme con él, duerme sola. Menos le gusta que sea una voz que reconoce. Concentra todo su oído en el teléfono como se concentra la mirada en una sopa de letras para encontrar palabras. Entre lo que reconstruye y lo que se imagina se da cuenta que Pepe, porque esa voz tiene que ser de Pepe, está diciéndole despiértate a su cariño. Aparentemente Aurora se despierta con la boca llena de palabras, que parecen ser una mezcla y secuencia de "qué pasó", "qué quieres" y "orita no, bebé".
-- Ahí viene. -- Declara la voz de hombre que Lucio está seguro pertenece a Pepe, y se escucha cómo el teléfono es abandonado a un lado de la cama. Piensa que nada le costaba a la voz de Pepe tapar al bocina para no oír más. Por pura inercia, vuelve a soltar su pregunta, sólo que ahora al vacío.
-- ¿Pepe?
Lucio oye que el presunto Pepe cambia su voz de sueño por su voz de Aurora, mi amor, este no es pedo mío, dice: "Aurora, mi amor, este no es problema mío" y se va, seguramente al baño o a la cocina.
-- ¿Bueno?
-- Aurora ¿ese era Pepe? ¿Qué madres hace Pepe ahí?
-- Lucio, ¿verdad? Pues yo te hacía en un avión.
-- Pero tú y yo, o sea, digo, siquiera espérate a que pase un rato o no sé...
-- Mira, Lucio, claro que no sabes, y yo no te tengo que explicar nada, -- explica Aurora y continúa -- además tú la regaste con Lupito y yo en su lugar, tampoco estaría muy contenta. ¿Qué estabas pensando?
-- Aurora. Mira, Aurora, ya te expliqué. Tú hasta me habías dicho que, este, o sea que no debería de haber bronca, que estabas conmigo, que era una exageración todo el jolgorio, que me ibas a ayudar, y ahora resulta que andas defendiendo al pinche Lupito y... ¿ese era Pepe? Me cae que, primero aquel con lo del otro miércoles y luego tú con esto.
-- A ver, lo del miércoles de la semana pasada, tu consagración con Lupito, tú la provocaste y si te están buscando no es por casualidad. Si te tienes que ir es por tu estupidez, y todavía quieres llevarte a todos a que te sigan, no eres el centro del universo, papacito.
-- Nada más quiero que tú vengas, yo pensé que era lo mejor y que no era necesario que nos separáramos.
-- ¿Y de prófuga voy a ser más feliz? pues sí, porque te tengo a ti. No mames. Yo tengo una vida también, y no la voy a tirar porque tú sí. Yo sí cuido lo que hago y lo que le causo a los demás, y eso lo hago específicamente para no cerrarme las puertas de todo el deefe. Te voy a seguir la onda con lo de la cita de hoy, nomás para que no te balaceen, pero tú y yo ya. Y no me vas a andar diciendo a quién voy a meter a mi casa. Lo único que te puedo recomendar es que...
Lucio cuelga, interrumpiendo. Según él, es para darle a conocer qué tan enojado está con ella. Para que sufra. La verdad es que el hecho de haber colgado le impidió escuchar el final de la frase que consistía en "cuelges y te vayas de aquí".
-- ¿Cómo Pepe? -- expresa Lucio, muy suave para ser escuchado, pero suficientemente fuerte como para escribirlo entre dos guiones.
Lucio maneja, aunque agresivo, como todo un profesional que es. Aprovecha esa habilidad para encargarse de otros asuntos, hacer más llamadas y poder olvidar la anterior. Mira su reloj y luego el del tablero del coche, y comprueba que en media hora será la una.
Necesita relajarse, respirar, decide no intentar buscar algún caset en el suelo o en la guantera y prende el radio. Mira la estación de reojo y decide olvidarla inmediatamente, para evitar cualquier posible toma de decisiones; responsabilidad que, finalmente, toma el coche.
-- ...sus pollos para toda la familia, sólo en pollo río. Y acuérdese de preguntar por nuestra...
Lucio abre sus ojos ligeramente, acelera y marca al mismo tiempo.
-- Buenas tardes. -- Le contestan, ligeramente más fuerte que el yo soy (sí) el chacalacachimba que se alcanza a oír perfectamente y por poco ya no es música de fondo.
-- Buenas, ¿pollo río? -- Ahora Lucio es el entusiasta; dice pollo río como si el señor Río (alias el pollo) fuera un amigo muy querido y muy extrañado.
-- A ver, péreme tantito, por favor... -- contesta el de pollo río y tapa la bocina, Lucio ya no alcanza a oír el oye Tacho, bájale a esa cosa. -- Ajá, pollo río, a sus órdenes.
-- Sí, este, quiero tres pollos.
-- Tres pollos... -- contesta el colega de Tacho, con las pausas características de quien va leyendo lo que va escribiendo.
-- Ajá. Y cuatro frijoles charros.
-- ...y cuatro frijoles...
-- Sí. -- Dice Lucio nada más para darle tiempo de anotar.
-- ¿A qué nombre, oiga?
-- A nombre de Aurora Bernal.
Ahora sólo dice en voz alta -- ...Bernal. ¿Y su dirección por favor?
-- Es Huatabampo dieciocho, entre Toluca y Cuauhtémoc, depto cincuenta y nueve.
-- Hua ta bam po... -- hay una pausa -- ...Toluca y Cuauh té moc... -- otra pausa -- cincuenta y nueve. -- Termina rápido, evidentemente escribiendo los números en sí y no las palabras cincuenta y nueve. -- Y, ¿esto es aquí en la Roma, verdad?
-- Sí, Roma Sur. -- Contesta Lucio, aguantándose las ganas de decirle que Huatabampo no se acentúa.
-- En unos cuarenta o treinta minutos le llegan sus pollos señor Bernal.
-- Gracias.
-- ¡Ah! ¿Y quiere teleras o tortillas?
-- No, pues tortillas.
-- Bueno, orita se lo llevamos.
-- Sí, sí.
-- Buenas tardes.
-- Gracias.
Medita y siente como su sonrisa tiene ganas de volver a ser. Con cada respiro siente pequeñas chispas de adrenalina en todo el pecho. Se da cuenta que nunca notó en qué momento apagó el radio, lo vuelve a encender. Casi cree que está ahora en otra estación, pero sabe que no sabe en qué estación estaba antes.
Despierta el radio con -- ...nuevo sushito en Coyoacán, y próximamente... -- Lucio apaga su atención, pausa, respira y vuelve a marcar, disfrutando inmensamente la sensación de apachurrar número por número. El coche sonríe.
-- Buenas tardes, sushito Universidad.
-- Bueno, ¿sushito? -- pregunta estúpidamente Lucio.
-- Sushito Universidad, habla Gerardo, a sus órdenes, ¿en qué le puedo servir?
-- Sí, mira quiero pedirte uno de esos que tienen aguacate.
Se asoma brevemente una pausa.
Gerardo la ahuyenta cuando informa -- Tenemos el avocado y el filadelfia, señor. --, solicitando algo que asemeje una decisión.
-- Sí, sí. -- Responde Lucio, sin darse cuenta que su respuesta no ayuda en nada a Gerardo.
-- El avocado y el filadelfia tienen aguacate, señor; el avocado aparte tiene arenque y salmón, el filadelfia tiene queso crema, camarón y huachinango. -- Dice Gerardo, buscando un veredicto. El que sea.
-- Ah, pues que sean los dos. -- Decide Lucio, dándose cuenta que no ha pedido sushi muy seguido que digamos.
Gerardo confirma preguntando: -- ¿Quiere un maki de cada uno?
-- ¿Esos son los que son como rebanadas de niño envuelto, pero en chiquito?
-- Sí, señor. -- Responde enseguida Gerardo, como si esta fuera la misma descripción utilizada en el menú.
-- Pues desos.
-- ¿Alguna otra cosa, señor? -- pregunta Gerardo exactamente al mismo tiempo que Lucio dice:
-- Y... ¿qué más?
-- ¿Desea algo más, señor? -- pregunta ahora Gerardo, con una paciencia envidiable.
-- Sale pues, otro con atún.
-- Tenemos varios, por ejemplo el tamaulipas o el califor...
-- Ese mero, -- interrumpe Lucio, por fin inspirado.
-- El tamaulipas. -- Repite Gerardo, para asegurarse.
-- y cuatro sopas de tofú. -- Comunica Lucio, a manera de confirmación.
-- ¿Alguna otra cosa, señor?
-- No, gracias, ya así.
-- Por favor me da su nombre y dirección.
Lo que sigue ya se lo sabe de memoria.
La sonrisa de Lucio ya es. Ahora suspira. Se siente importante. Se le ocurre que la venganza es mejor que el sexo. Sin pensar por qué ni cómo enciende el radio, casi para escuchar alguna otra sugerencia. El coche complace.
-- ...con cualquier pizza familiar de dos o más ingredientes, -- responde el radio, casi visiblemente emocionado, -- por un tiempo limitado, sólo en dóminos pizza. -- Advierte con un tono paternal.
Lucio, obediente, marca.
-- Buenas tardes, gracias por llamar a dóminos pizza, soy Manuel... -- Responde Manuel, para aclarar cualquier duda, con un nivel de alegría regularmente reservado para anunciar embarazos no deseados.
-- Bueno. -- Sentencia Lucio, con ganas de ir al grano.
-- Buenas tardes, gracias por llamar a dóminos pizza, soy Manuel . -- Repite Manuel con exactamente la misma entonación, si bien un poco más despacio. -- ¿Quiere aprovechar nuestra promoción especial...?
Lucio lo considera con gravedad y agradece la oportunidad, pero -- No, no gracias, ahí te encargo cuatro familiares...
Sobra detallar lo que sucede entre este momento y cuando Lucio responde finalmente -- Sale, adiós. --, sin darse cuenta que el adiós lo dice después de haber colgado con su dedo índice derecho.
Lucio ahora está seguro que toda esta gente del otro lado del teléfono se conoce. Está casi contento.
También está pasando el aeropuerto, sin soltar el teléfono se apura, pasa la terminal de carga y encuentra un taller de hojalatería y pintura que se llama Sebastián. El coche, aunque no es por lo general muy expresivo, piensa con urgencia no, no, no, que no me hagan entrar ahí. Lucio automáticamente enciende el radio otra vez.
-- Ya no haga colas, en cinexpress le llevamos los últimos estrenos a su casa. Marque el seis cuarenta y nueve treinta treinta en la... -- Sugiere el coche; por medio del radio, claro.
A Lucio se le hace completamente comprensible esta complicidad.
Se da cuenta que no recuerda haber escuchado el número de teléfono en los otros anuncios, que es imposible que se los sepa todos de memoria, pero no lo piensa durante mucho tiempo, porque cuando mete el coche al taller pierde la señal del radio. El coche lleva sólo cuatro años en el deefe, y sí se sabe todos esos teléfonos. También sabe que tiene que salirse del taller a como dé lugar.
-- Seis cuarenta y nueve treinta treinta... -- Lucio está ahora alegre, dice los números más fuerte de lo que se era su intención. Marca. Pide. Cuelga.
Ahora sí, ya está listo para entregar el coche, recoger sus maletas y pedir su aventón al aeropuerto. Una persona a quien reconoce como su compadre cierra la cortina del taller. Mientras él apaga el coche, sin apagar el radio antes y sin darse cuenta que durante su viaje prendió el radio cuatro veces sin apagarlo una sola. Se fija que no quede nada suyo adentro, quita las llaves y se sale a entregarlas.
El coche está bien al tanto que no necesita las llaves, pero sin ellas se siente más conspicuo. Aparte, la cortina cerrada lo empieza a poner nervioso.
-- Muy buenas tardes compadre. -- Dice Lucio.
-- Compadre, y ¿cómo le ha ido? -- responde su compadre tomando las llaves.
Lucio nada más levanta la vista un instante, como pidiendo comprensión. Al darse cuenta que su compadre no lo ha comprendido aún, recurre a las palabras.
-- De la chingada, pero ya me voy.
-- ¿Para allá?
-- ¿Qué pasó? ¿Dónde está el licenciado Oaxaca, pues?
Su compadre se ríe unos instantes.
-- Allá atrás. -- Responde, ahora comenzando a trasladar toda su atención al coche que le acaban de entregar. Lucio se va casi corriendo a allá atrás y se despide de nos vemos, gracias de su compadre, pero no se espera a que le conteste.
Llega a un cuarto que es como oficina para cobrar, y eso es lo que desea hacer. Se encuentra al licenciado Oaxaca sentado detrás del escritorio, mientras éste se encuentra un sobre en la bolsa interior de su saco. El licenciado Oaxaca extiende la mano con todo y sobre.
-- Gracias, ¿y mis chivas? -- pregunta Lucio, después de tomar el sobre.
-- Están en el vocho. -- Aclara el licenciado Oaxaca, mientras vuelve a extender su mano, ahora vacía.
Lucio se guarda el sobre, que logró sentir suficientemente lleno, y agarra la onda.
-- Pues muy buenas tardes mi licenciado. -- Dice tomándole la mano.
-- Buenas, buenas.
-- Entonces ya estuvo.
-- Ya estuvo.
-- Pues ¿que le parece si ya me va llevando al aeropuerto mi querido Monte Albán, Mitla y Huatulco, ese mi honguito de Huautla? -- Dice Lucio, muy alegre, ahora que ya se le ocurrió el número telefónico final.
-- No me chingue ¿eh? Vámonos.
El licenciado Oaxaca abre una puerta de lámina que es como la salida de servicio del taller, da a una calle paralela a la de la entrada. Lucio lo ve salir y alcanza a reconocer el vocho mero enfrente, con sus maletas ocupando todo el asiento de atrás y seguramente también todo el cofre. Lucio se detiene en el umbral de la puerta como despidiéndose de su vida anterior. Piensa un rato, saca su cartera y toma unas fotos. Deja caer con descuido todas las que tienen a Aurora, encuentra un voucher de cuando ella le pagó una cena en un restaurante argentino. El voucher tiene una nota que dice: para que veas cuanto te quiero, cabrón. Se lo queda en la mano mientras saca de su mente un número noventa y uno ochocientos que se memorizó hace algún tiempo. Marca.
-- Gracias por llamar a tarjetas de crédito bancomer, por el momento todas nuestras líneas están ocupadas, pero en un momen... -- Dice una grabación, cuando la interrumpe una voz humana.
Lucio habla, explica algo acerca de un extravío y lee un número del voucher. En todo momento sonriendo a diente pelón. Cuelga su teléfono, suspira y lo apaga. Enseguida cierra la puerta.
4 un par de placas de tlaxcala
Sebas oye la puerta y levanta la vista para escuchar cómo se va alejando el vocho. Lo primero que hace una vez solo es prender el radio del coche en la qué buena y dejar las puertas de adelante abiertas. Alcanza unas tijeras para lámina y casi arranca las placas. Las recorta minuciosamente en pedacitos ligeramente más grandes que monedas de a peso. Se voltea hacia su portafolio, saca un par de placas de Tlaxcala, un botecito de acetona y unos algodones. Su portafolio es de plástico, como los que se ven en las secundarias. Por el uso, uno creería que Sebas traía éste en la secundaria. Adentro tiene unas calcomanías y unos papeles. Pone las placas de Tlaxcala, saca una navaja de peluquero de la bolsa de atrás de su pantalón, se mete al asiento de atrás con la acetona y el algodón, frota las calcomanías en el vidrio con bastante acetona y empieza a raspar con la navaja. Un par de canciones después termina, se sale del coche y revisa los demás vidrios. No hay mas calcomanías. Toma una franela que está junto a una caja de herramientas grasosas pegada a la pared, al lado del portafolio. Recoge las tiritas de la calcomanía recién pelada y las tira hacia allá. Saca un montón de calcomanías nuevas de adentro de su portafolio, todas evidentemente hechas en casa si se observan con algo de cuidado, y escoge unas que coinciden con las placas, no piensa que aguanten más de dos días, pero para la ocasión y la distancia bastan. También pega una de Jesús es mi luz con unas estrellitas. Revisa el suelo del coche y ve que no hay nada. Se pasa a los asientos de adelante y encuentra un periódico todo pisoteado, lo levanta y lo vuelve a botar en el suelo cuando ve que no hay nada abajo. Saca el cenicero y lo voltea sobre el suelo del taller, salen como tres monedas y, a pesar de que lo revisa después, no nota que se le quedó pegada una de veinte centavos. Vacía la guantera, tira todos los papeles al suelo del taller, excepto el manual inútil de cómo usar el coche. Sale, los recoge, los mete a una cubeta de lámina y la pone junto a la puerta de salida del taller, donde no hay techo. Busca el bote con gasolina que está también junto a la caja de herramientas grasosas y le echa un chorrito a los papeles. Devuelve el bote, se para a una distancia prudente y avienta un cerillo. Durante unos segundos se alcanzan a ver llamas, pero son sustituidas por un humo gris azul espeso. Va por su portafolio y saca, ahora, una tarjeta de circulación y un seguro, también caseros. Los papeles coinciden con las placas y el modelo, pero no con el color ni el número de motor, de todos modos los avienta en la guantera y la cierra. Cuelga un rosario de plástico azul transparente en el espejo retrovisor. Se sienta como a manejar y acomoda todos los espejos. Saca las llaves del coche del llavero, las pasa a un aro sencillo que traía en la bolsa y sale tantito del coche, dejando su pie derecho adentro. Bota el llavero hacia la cubeta humeante y cuando escucha el golpe en el fondo murmura tres puntos. Enciende el coche, sale a abrir la cortina del taller, regresa, lo saca y lo deja, encendido, estacionado frente al taller. El coche sonríe, se siente entre limpio y manoseado. Sebas voltea a ver la calle vacía, abre la puerta del coche y sale a cerrar la cortina y ponerle su candado. Se mete apresurado, mira el asiento vacío del copiloto y recuerda su portafolio, abierto, junto a la caja de herramientas grasosas, adentro. Apaga el coche, saca las llaves y sale. El coche siente cómo se evaporan sus últimas gotas de paciencia. Sebas ahora alza la cortina sólo como hasta sus rodillas, entra a gatas y la cortina se desliza hasta quedar a unos veinte centímetros de cerrarse. No pone atención, y no ve cómo el coche cambia su sonrisa de determinación por una de satisfacción. Va a su portafolio, lo cierra, lo agarra y se da media vuelta para levantar la cortina e irse. Al salir vuelve a mirar la calle, que se ve aún más vacía, pero todavía no nota nada fuera de lo común, cierra la cortina con su portafolio agarrado en su mano derecha y las llaves en la izquierda, suelta el portafolio un momento para cerrar el candado de la cortina. Voltea y mira incrédulo al espacio donde estaba hace unos segundos el coche, que desapareció con todo y su sombra. Abre su puño izquierdo y comprueba que las llaves todavía están ahí. Permanece contemplativo, inexpresivo, pensando en cómo le va a explicar esto al licenciado Oaxaca.
epílogo
Dos horas después, en la carretera libre a Querétaro, el coche se siente feliz, principalmente porque nadie en la ciudad de México notó que no llevaba conductor, pero también porque ahora sí va a poder lograr lo que tanto ha deseado.
© Iván Ayala 1997
México.
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