VERSIONES 22

Año del Tigre - Octubre/Noviembre de 1998


Director, editor y operador: Diego Martínez Lora.
Versiones se elabora desde la ciudad de Vila Nova de Gaia, Portugal


María Canela Ruiz(*):
Boquita de aserrín



Cuando la hebilla se le apretó al cuello, cortándole la respiración, dejándolo balancearse, colgado de su propio cinturón en el baño de un bar, Magda, que estaba sentada en un piso de la cafetería, perdió el conocimiento y cayó al suelo, el café se derramó sobre el vestido, recién comprado la mañana del día anterior.

Mientras las palas de tierra caían golpeando la tapa de madera, Magdalena Osorio, Magda para los amigos, abría los ojos en la cama de un hospital.

El entierro fue triste, no hubo misa, Fernando Barros se había suicidado, quedando automáticamente fuera del Reino de los Cielos, sin derecho a la sacro santa despedida.

Para cuando vino a enterarse, venía despertando de un largo sueño, hacían ya dos días que Nando, Fernando para los amigos, Nando para ella, estaba bajo cuatro metros de tierra; y antes de que las flores que le dejaron se marchitaran, Magda Osorio estaba, como todos los días, a 50 metros de altura, volando en un trapecio, era Septiembre, mes de los circos.

Muchas veces, durante los ensayos, se quedaba dormida en el trapecio y caía a la red, mas de alguna vez se torció los brazos por las caídas en mala posición, nunca ensayaron sin red, ni siquiera en las presentaciones con publico lo hicieron , a pesar de que en esas ocasiones, Magda jamás se durmió, lo que hacía pensar en sus ataques de sueño como una niñería, un juego peligroso, pero juego al fin.

Cerraba los ojos una sola vez y cuando los abría, habían pasado horas o días, podía morir gente, como murió Nando, podía haber una catástrofe nacional y Magda no despertaba o sólo podía ser un abrir y cerrar de ojos, pero no había forma de saberlo.

Durante un ensayo el trapecio fue elevado a 70 metros de altura, cuando ella se soltó, para que su compañero la tomara de los brazos, se durmió. A semejante altura la fuerza de la caída fue mayor, cayó en la red y en uno de los rebotes su cuerpo giró y fue a parar a la pista de aserrín. El golpe, junto con el dolor, la despertaron, esta vez se quebró un brazo y se fracturó la clavícula.

Decían que andaba como alma en pena, que se quedaba dormida de pie, seguramente no dormía bien por las noches, es que la muerte de Nando fue una sorpresa para todos, más para ella, que pasaban tanto tiempo juntos.

Después de la caída que comprometió su brazo derecho y por ende, su trabajo, la gente del circo optó por otorgarle unas bien merecidas vacaciones, la fueron a encerrar en un departamento, que en realidad era una casa antigua dividida en cuatro espacios independientes, en una pequeña ciudad cerca de la costa, donde el circo permanecería al menos dos meses. Debido a la antiguedad del lugar, los departamentos tenían una considerable altura, suficiente como para colgar un pequeño trapecio desde el techo, y para que ella no extrañara la red, acolcharon todo el piso del departamento, incluso el baño y la cocina, por si se dormía, no se golpeara. Fijaron horarios para que alguien le llevara las comidas del día, era peligroso que cocinara, quién sabe, podría dormirse cerca del gas y así terminarían por perder lo que quedaba de su mejor pareja del trapecio, además esas vacaciones repondrían a Magda y todo volvería a ser como antes.

Cuando Magdalena, vestida de un riguroso blanco, lanzó el ramo, nadie pudo agarrarlo, no porque no quisieran tener la suerte de ser las próximas en casarse, sino porque lo tiró con tanta fuerza, que fue a enredarse en la única lámpara del saloncito, que para colmo era bastante vieja, hubo unos chispazos, una pequeña explosión y todo se quedo a oscuras; así empezó el matrimonio, absolutamente a ciegas.

Fernando y Magdalena nunca se soportaron, a duras penas compartían un espacio para vivir, ella se acostumbró a él, pero no al que veía en su cama todas las mañanas, sino al que le tendía los brazos cuando ella se soltaba del trapecio, en ese momento, a cincuenta metros del piso, no había otro, sólo sus manos al aire, era una especie de obsesión absurda entre ambos, que no tenía que ver con amor sino con la idea de pertenencia, de poder, porque la vida de cada uno dependía del otro, en esa época no usaban red, ni siquiera para los ensayos, una caída desde esa altura significaba morir, balancearse donde no había nadie más que ellos, les provocaba temor, un temor que los hacía sentir pequeños, mortales, absolutamente dependientes uno del otro, lo que venía a ser una especie de amor, pero que sólo podía existir a esa altura, donde no había más de quien depender o sobre quien ejercer poder, el poder de tener la vida de otro entre las manos, de sentirse un poco Dios; pero en lo cotidiano, la vida era desastrosa, Fernando maldecía el momento en que se lanzaban a la red para tocar tierra, porque ya no estaban solos y Magda se le iba de las manos, en el trapecio, mientras volaban, era dueño de sus alas, pero en tierra, no podía controlar sus pasos. Todo empeoró cuando Magdalena comenzó a quedarse dormida mientras hacían el amor, entonces Fernando pensó en el payaso de la peluca roja que siempre andaba haciéndole estúpidas gracias a Magdalena, con ese seguramente no se dormiría; lo que él no sabía era que también se dormía, con la diferencia de que al de peluca roja parecía no molestarle, aprovechaba de dormir un poco también, atribuyendo el sueño repentino al cansancio de su amante, que debía soportar a ese cabrón que tenía por marido, se dormía pensando en ella, desnuda a su lado, y era la propia Magda quien lo despertaba.

Era lunes cuando buscando un par de calcetines, encontró unos calzoncillos amarillos con estrellas azules entre la ropa interior de Magda, la sorpresa fue grande, pero más grande fue la idea que se le puso en cabeza, de que por culpa de ese estúpido payaso, ella se le dormía en los brazos, cosa que seguramente no sucedía con el cabeza de lana. Para la tarde de ese mismo día la habitación estaba dividida en dos, dos camas, dos veladores, dos sillas, dos percheros, dos maridos, dos corazones, de dos personas, uno para cada historia, y ÁDios mío!, que nadie se entere; Magda se adaptó fácilmente a esta nueva vida, si bien no compartían la misma cama, pasaban uno en brazos del otro, porque el trapecio así lo requería, aunque quisiera no podía dejarla caer, incluso cuando ella se dormía, él trataba de tomarla como podía, muchas veces cayeron juntos a la red, y aunque el estómago se le revolvía de rabia, pensando en qué gastaba sus energías, como para caerse de sueño, a pesar de ello, era el primero en llegar abajo para ver que no se hubiera quebrado nada. Fue esa misma especie de doble vida lo que impidió que pudiese asumir del todo el castigo que él mismo le impuso a Magdalena, sobre todo viendo que ella perecía tomarlo con mucha calma, como si más que castigo, fuese premio, lo que sin querer, lo transformaba en víctima por decisión propia.

El nunca supo ser víctima, y el papel se le salía por los poros, porque ya no se soportaba, la rabia le dejaba un gusto amargo en la boca, no podía tragar bocado, porque todo tenía gusto a traición, cualquiera podía tener una peluca roja escondida en alguna parte, Magda lo presentía, podía verle el desamor en los ojos, en los gestos, pero no era la primera vez, nunca se entendieron, Nando sólo tenía el orgullo atragantado en la garganta, eso era todo.

Efectivamente tenía el orgullo atragantado en la garganta, aunque no en forma de orgullo, mas bien había adquirido el aspecto de un cinturón, de su cinturón, cuando lo encontraron ya estaba muerto, ahorcado por su propio orgullo.

Las vacaciones repusieron a Magdalena de la repentina pérdida de Nando, que mal que mal, era un buen compañero en las alturas, pero no la repusieron de los ataques de sueño que ahora eran mas frecuentes que antes, para ese entonces, su payaso había sido ascendido a mago, cambiando la peluca roja por una varita mágica, y así como desaparecía palomas, se desapareció un día con todo y sombrero; él le pidió que se fueran juntos a Lisboa, pero la verdad, a ella le gustaba más su peluca roja y prefirió quedarse.

Se quedó dormida en la sala de espera, no pudo oír su nombre, ya iba como en la quinta hora que perdía, pero aquella vez tuvo más suerte que las anteriores y cuando abrió los ojos, el doctor aún se encontraba atendiendo a su última paciente; el diagnóstico fue breve, Narcolepsia, la enfermedad del sueño, y la lista de prohibiciones, muy larga; prohibido conducir, prohibido nadar y sobre todo, prohibido el trapecio. Eso entre otras muchas, a las que tendría que atenerse al menos por un par de meses, mientras los medicamentos lograban controlar la enfermedad.

Magda comenzó a soñar con trapecios, a soñarse haciendo piruetas y saltos mortales con giros triples, Nando le tendía las manos, pero no eran las mismas que ella conocía, eran grandes, enormes, tampoco había red, entonces, como siempre, como tantas veces, le tendió las manos, pero de pronto no fue Nando, sino el payaso, pero tampoco era él, ahora era un mago, el que no pudo alcanzar sus manos, porque estaban llenas de palomas y cayó desde esa altura, sin red.

Magdalena Osorio no volvió a abrir los ojos, se fue en el sueño, murió de un paro respiratorio el 15 de enero de 1998, dormida en los tablones de la galería, en la carpa del circo. V


(*)María Canela Ruiz chilena, profesora de Artes Plásticas. Vive actualmente en Santiago.




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