DANZA DANCE DANSE DANS TANZ
Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea, INBA

BAILETIN E-ZINE


(Músicos  21 kb)
Códice Florentino
BAILETIN INFORMATIVO

No. 4 Año 1997 julio-septiembre




DANZA E IDENTIDAD SEXUAL

(apuntes sobre la problemática masculina)


Por JAVIER CONTRERAS


Creo que la danza escénica, tal como lo concebimos en la cultura occidental, es uno de los sitios sociales privilegiados para la reelaboración literaria de las experiencias de género. Claro está que tal afirmación sólo tiene sentido si se parte de la consideración de que las identidades de género y de preferencia sexual son productos históricamente analizables y no cuestión de escencias hurtadas a la modificación.

Asimilada tradicionalmente al ámbito femenino de la organización social, la danza es por las implicaciones de su práctica un reto a y un debate con la concepción patriarcal de la masculinidad. Si a ésta se le asocia habitualmente con las posiciones fuertes y definidoras de lo real (recuérdese lo que apunta Simone de Beauvoir en El segundo sexo sobre la concepción patriarcal que define lo masculino en términos de identidad con la sustancia), la danza se le opone desde una situación, en principio, formulada desde lógicas antípodas: no se trata de un arte que otorgue prestigio (salvo el inmediatamente ligado a la imagen tradicional de lo femenino: la belleza y la espiritualidad); sus saberes son producidos básicamente en la experiencia corporal, es decir, a partir del mundo de los sentidos, ese ámbito tan devaluado por la racionalidad occidental que identifica razón y realidad; su lugar en el campo general de las artes es débil (situación que puede corroborarse con un somero análisis de su ubicación en los organigramas de las instituciones culturales); y su lenguaje expresivo es más asociativo que discursivo, vale decir, se aproxima más a los procedimientos de la poesía que a los de la prosa analítica, circunstancia que, con respecto a la problemática general del sentido legible de lo real, la hace también desconfiable.

En general, la danza es sometida a la doble operación que la experiencia femenina sufre en nuestras sociedades: exaltación mitificadora y devaluación de sus saberes y maneras específicas de existir.

Desde una perspectiva patriarcal, la danza es, para el proyecto masculino, un mal lugar, pues supone la adopción del ámbito de lo inesencial, de la otredad determinada. Pero quizá la elección de este sitio incómodo tenga que ver con los valores nuevos que los varones problemáticos deseamos ayudar a producir.


No se me oculta que, también desde una óptica machista, la elección del campo de la danza como proyecto de vida para un varón heterosexual otorga "ventajas" : sobretodo la posibilidad de ejercer eficazmente el poder autoritario haciendo valer, al interior de un campo socialmente considerado débil, los hábitos y autoridad otorgados a los hombres en la estructura social global.

Sin embargo, lo dicho continuaría siendo una ventaja al interior de un mundo al que, por principio de cuentas y sin discusión, no se le concede demasiado valor. Serían las ventajas y los triunfos de los hombres débiles (recuerdo por ejemplo, comentarios de amigas y amigos sobre mi traslado del campo de la reflexión crítica literaria al propio de la danza: "Claro, en la danza hay menos competencia, y todo te será más fácil", dicho de otro modo, el asunto se reducía a que había eludido una competencia de altura, de a deveras, dura).

Pero, más allá de lo anotado, la elección por un varón heterosexual de la danza como proyecto de vida implica la asunción del riesgo de aprender los saberes otros, las maneras otras de estar en el mundo que también nos constituyen como varones, por fuera de la imagen tradicional de virilidad.

Parto de que el proceso de constitución del sujeto masculino en el marco de la lógica patriarcal es, básicamente, y, obviamente, de manera general, el aprendizaje de hábitos de ejercicio de poder autoritario y de aherrojamiento de la transparencia efectiva (recuérdese el poema Los mudos de la escritora norteamericana Denise Leverlov). Proceso que nos coloca en una situación ética insostenible: somos educados para aceptar el hurto de la experiencia de la vida fincada en un horizonte ético en el que exista la diferencia asumida como válida como principio y dueño de un carácter irreductible, inalienable. Es como si ser varón cabal, en nuestro mundo, supusiera la aceptación de la imposibilidad de ser justo y la asunción de la soledad narcisista como destino inevitable.

Bajo esta perspectiva es factible entender entonces esa otra forma de la experiencia masculina, aparentemente en la posición diametralmente contraria a la antes señalada, y que podría denominarse como la de la manisfestación heróica. Precisamente en virtud de la problemática situación ética en la que encuentra su fundamento la masculinidad patriarcal, la necesidad de encarnar un ideal ético, un valor exigente e irrevocable, se vuelve insoslayable. Claro está que tal situación es vivida bajo la lógica fracturante de esa otra forma del dualismo occidental que separa a la vida pública de la privada, a la historia del tiempo largo de la del tiempo corto. El varón heróico sacrifica su vida privada, la adelgaza en el mejor de los casos, o, en situación extrema, se le forma una caricatura. De esta forma, puede afirmarse que los varones constituidos según la lógica patriarcal somos seres humanos escindidos.

Ahora bien, esta compleja situación tiende a no ser vista. El problema básico de la condición masculina, en la medida en que es portadora de privilegios reales, es que no quiere ser vista como problema. Recuérdese que, siguiendo a la Beauvoir, lo masculino es asimilado a la sustancia, ¿Cómo puede cuestionarse el fundamento del ser? Problematizar lo masculino es problematizar las lógicas dominantes de constitución de lo que entendemos por ser. Evidentemente, esto es precisamente lo que hay que lograr. Para liberarnos, los hombres necesitamos arrojar una gran piedra al espejo de nuestro narcisismo, nos urge trascender el estadío del espejo.

Creo que la danza supone una confrontación permanente con los procedimientos habituales de construcción de lo real masculino y que implica una cotidiana ruptura del espejo narcisista masculino. Es pues un lugar social que posibilita un crecimiento -vital y ético-, un espacio para construirse diferente a partir de la permanente escucha de una otredad que no es abstracta sino definida: lo femenino- o mejor aun, las mujeres concretas, sabias en su mayoría, que se empeñan en este oficio difícil y apasionante de la intensidad escénica-, y lo que deseamos como nuevos valores masculinos, situados todavía en el ámbito utópico, ese mundo no tocado por la muerte.

Creo que la danza puede ayudarnos a todas y a todos a constituir esa situación buberiana primordial, la del yo-tu, en la que ese yo y ese tu no serían abstractos sino verdaderos rostros, diferenciados y respetuosos.



BIBLIOGRAFÍA

Beauvoir Simone de, El segundo sexo, Alianza Editorial Mexicana y Siglo Veinte, Tomos I y II, México, 1990.
Bingemer Ma. Clara, Cavalcanti Teresa, et al., El rostro femenino de la teología, Departamento Ecuménico de Investigaciones, San José, Costa Rica, 1988.
Boff, Leonardo, El rostro materno de Dios, Ediciones Paulinas, Madrid, 1991.
Espina, Gioconda, La función de las mujeres en las utopías, DEMAC, México, 1991.
Kolakowski Leszek, Conversaciones con el diablo, Monte Avila Editores, Caracas, 1992.
Marcuse, Herbert, Eros y civilización, Joaquín Moritz, México, 1985.
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