LAS SECRETAS INTENCIONES.
Por: adriano numa
A propósito de la obra Luna líquida del joven autor Rubén Velázquez, que se presenta en el Foro Sylvia Pasquel, surgen diversas perspectivas que me impiden clasificarla como un producto teatral fallido del todo. Si bien la sostenida y extenuante intensidad de los personajes terminan por convertirla en un discurso ininteligible por abigarrado, también se vuelve evidente la genuina búsqueda del autor tras la influencia del pensamiento de sus admirados autores. Salvando las distancias, algo en la estructura de Luna líquida nos remite a la novela Inferno, de August Strindberg.

Esta fantasía escénica utiliza elementos de la ciencia ficción para abordar, desde diversos planos temporales, la esencia del ser humano. La pantalla donde el dios/demonio observa y manipula la vida de su creación,equivale al caldero y espejo de los relatos infantiles, la ventana en el Olimpo e, incluso, a los monitores lumínicos de películas como
Star Wars. Este ejemplo de mixtura da relieve a la creatividad del autor y señala al mismo tiempo una causal para la no conexión con el público. La gente intercambia miradas desde sus butacas; el discurso sobre el escenario toca sus emociones en dos o tres frases y el resto es una tarea que no podrán llevar a casa, porque los mensajes parecen circunscritos a un código crítpico.

Ignoro si éste es el primer material de Velásquez, pero me aventuro a creer que lo es, pues a este texto le faltó la maduración que proviene de la relectura y la nueva vista que otorga el tiempo tras los primeros estallidos pasionales. Nadie crea un lenguaje nuevo y la lectura de los grandes autores constituye una base de inspiración insoslayable. Lo que importa es asimilar esas fuentes, digerirlas hasta hacerlas propias. Enunciar desde dentro en vez de citar, compilar o replicar. Ninguna madre parirá los hijos de otra; cada contracción y cada lágrima de alegría o sufrimiento serán para ella como los copos de nieve: destellos irrepetibles de la divinidad terrestre.

En este afán tempestuoso se olvidaron, por ejemplo, de las dimensiones del espacio escénico, así que cuando el humo es arrojado a la sala para establecer una atmósfera de irrealidad, el público responde con sofocos de quien ha sido fumigado. Otro elemento estéril reside en la inclusión de un
DJ vestido de con un traje bordado de luces, cuyo “performance en vivo” no aporta algo verificable al espectador en términos prácticos y sí representa un punto de fuga para la atención.

La dirección de este montaje corre a cargo del actor
Mario Oliver, a quien recordamos como constante y valioso elemento de las obras de Moncada y Acosta. Esta vez su trabajo no es tan brillante; con excepción de algunos afortunados momentos, su dirección resulta una tarea accidentada si consideramos que prevalece en los actores un tono intenso que se debió matizar. Imposible que navegue el entendimiento bajo la tormenta de esta luna acuosa.

Los aciertos de
Oliver están enmarcados en la actriz Diana Lein, a quien se le otorgaron rasgos caricaturescos o de cliché de modo intermitente y cuya plasticidad denota un trabajo tan disciplinado como pertinente. Diana Lein, sin embargo, no encuentra eco suficiente en sus compañeros de escena, entre los que se encuentra el mismo autor de la obra. Sin ayuda de un oráculo, me permito augurar un futuro promisorio a esta talentosa actriz, que ya encarna una singular belleza actoral.

Para esta compañía artística, el trabajo actual deberá constituir un referente múltiple para retos próximos, una experiencia reveladora y punto de partida para replanteamientos y mejoras.

Para los degustadores de las artes escénicas,
Luna líquida no será un trabajo sorprendente ni tampoco un desperdicio fraudulento como los que acosan nuestra cartelera. En resumen, un producto mediano entrampado en su henchido impulso. Decida usted.
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