En la tradición nacionalista canaria el lugar de nacimiento ha pesado más que la voluntad de pertenencia. Un nacionalismo en el que el origen, y no el destino, ha sido el factor definitorio del hecho nacional canario.
Entendemos que esa tendencia no puede permanecer invariable. Evidentemente, de donde venimos COLECTIVAMENTE es importante, pues determina nuestra actual situación. Pero nuestro nacionalismo tiene que empezar a prestar la máxima atención a dónde vamos, a qué tipo de país queremos construir, asumiendo, como un rasgo identitario y enriquecedor, nuestro carácter de pueblo abierto a quienes, sin falsas superioridades y arrogancias, han venido a este país a aportar algo.
El nacionalismo de derechas (que, aunque se pinte de rojo, de derechas queda), que entra en la historia de espaldas, cree que la cultura nacional se define por el origen de sus factores. Así, un importante sector del movimiento nacionalista se ha empecinado considerar sólo como cultura canaria a la anterior a la conquista, despreciando elementos que, si bien son influencias de otras culturas, también componen el marco cultural canario al ser asimiladas y autoctonizadas por nuestro pueblo.
Nuestra cultura es, en la actualidad, una síntesis de múltiples determinaciones, lo cual no resta nada a su carácter específico y particular, ni a la necesidad de fomentar su autentico desarrollo y a defender sus logros actuales.
La oleada inmigratoria de finales de los años 70, intensificada en los 90, nos obliga a “repensar el nacionalismo”, incluso a quebrar la tradición independentista de “antigodismo” primitivo. No vivimos en Canarias una situación en la que “l@s europe@s” viven en la “ciudad europea” y “l@s autócton@s” en la Kashbah. Exceptuando una ínfima minoría que después de la independencia se marcharía, y que está ligada a los altos puestos directivos de las empresas y la administración y al ejército, nuestros “pies negros” tienen una, e incluso dos, generaciones que han optado por Canarias como su país, algun@s activamente.
Debemos recuperar del acervo histórico de la izquierda canaria, el concepto republicano de la adscripción voluntaria a la nación. Al igual que una comunidad sin una conciencia de tal, todo lo difusa que se quiera, no es una nación. Un individuo no nace predeterminado a pertenecer a una nación, sino que es su proceso de socialización el que le hace adquirir una cultura determinada, y, con ello, una nacionalidad determinada, no la “pureza de sangre”, ni el lugar de nacimiento. Y es sobre ese pueblo, conformado por múltiples aportaciones al tronco originario, sobre el que se construye una Nación, la Canaria, que no es una realidad estática y cerrada; y un nacionalismo progresista, abierto, que considera que l@s canari@s nacid@s en Canarias y l@s canari@s venid@s de fuera forman un sólo pueblo que camina hacia la independencia.
Lo otro, la reivindicación esclerótica de un pasado que influye, pero que no es el presente no pasa de ser una interpretación forzada de la realidad. De la misma forma que el españolismo, en su versión pura y dura o regionalista, con su negación de la “herencia del pasado” falsifica nuestra identidad nacional en pro de una “Canarias Oficial”, españolizada y eurocentrista, que dista mucho de ser la Canarias real, la Canarias de nuestro pueblo.
Por
tanto, entendemos que nuestro nacionalismo debe ser un nacionalismo cívico,
en la medida en que compagina los derechos de nuestro pueblo con el ejercicio
y la voluntad democrática de sus ciudadan@s, sin imposiciones dogmáticas
ni esencialistas. Nacionalismo no impositivo, sino integrador, que quiere
combinar valores nacionales con construcción democrática
nueva, abierta, generosa. Un nacionalismo que no fuerza las análisis,
los planteamientos ideológicos, en función de dogmas preconcebidos.
Y un nacionalismo que no reniega de los orígenes de este pueblo,
pero tampoco de las aportaciones que ha vivido a lo largo de su historia.