Carta de Cadeca a Jordi Pujol

 

A principios de 1995, la Junta Directiva de la Coordinadora de Afectados en Defensa de la Lengua Castellana (CADECA) dirigió a Jordi Pujol, presidente de la Generalidad, la siguiente carta:

«Señor Presidente: Cataluña es la tierra donde vivimos y donde van a vivir nuestros hijos. Lo que sea bueno o malo para Cataluña lo será también para nosotros. Por ello y porque no tenemos derecho a privar a nuestros hijos del mejor futuro posible es por lo que nos dirigimos a usted.

A usted le tocó durante años, con la razón ganada, defender la necesidad de crear líneas de enseñanza en catalán, como legítimo derecho de los niños catalanohablantes a estudiar y formarse en su propio idioma. Algo debió removerse en su interior cuando después, ya sin razón, le tocó negar a los niños castellanohablantes el mismo derecho, culpando a sus padres de inventarse los problemas que tal medida ocasionara.

A ustedes les tocó ver durante años, como a sus hijos en el colegio, no les enseñaban ni una canción, ni una poesía, ni un juego, ni siquiera un villancico en catalán. Sabemos lo que debían sentir aquellos padres catalanohablantes, intentando enseñar a sus hijos por la noche o los domingos, su cultura y su idioma materno. Si algún padre no lo hizo, sus hijos se lo habrán reprochado. Sabemos el dilema a que se verían sometidos aquellos niños y la cara de extrañeza que pondrían al ver tantas contradicciones. Sabemos todo esto porque es lo mismo que ahora sentimos, hacemos y vemos nosotros en nuestros hijos.

Señor Pujol: Usted no tiene ningún derecho a actuar ahora de igual manera, obligando a las familias a elegir entre marcharse de Cataluña o «convertirse» al nacionalismo como único sistema para evitar en niños y adultos esta continua situación de dilemas, contradicciones y enfrentamientos. Usted también es presidente de los ciudadanos casteIlanohablantes y como tal debe actuar, respetando su idioma, su cultura, sus raíces y sus derechos.

CADECA defiende la enseñanza del catalán, pero de forma progresiva o con enseñanza mixta, como se ha hecho durante años, sin imposiciones. Defendemos un bilingüismo sin disglosia basado en la igualdad y en el respeto, y por tanto reclamamos nuestro derecho a poder vivir, estudiar y trabajar usando libremente nuestro propio idioma que es el castellano. La integración forzosa en un idioma o una cultura diferente es contraria a los derechos humanos más elementales.

 

«Los idiomas no deben ser un arma»

Los idiomas españoles distintos del Español, deben ser considerados por todos con un especial aprecio, como parte que son de nuestra cultura, y deben ser objeto, con el dinero de todos, de especial ayuda y protección; por eso mismo no pueden ni deben utilizarse contra una parte de la población, ni deben ser usados como «frontera», «escudo» o «arma», y mucho menos como elemento diferenciador, de «clasificación» o de «selección» de personas.

Señor Pujol: Usted no puede decir que defiende el bilingüismo porque en Cataluña, usted ha impuesto a nivel oficial el monolingüismo más absoluto. Los castellanohablantes ya no tienen ningún servicio público ni ninguna información oficial, ni siquiera letreros en su idioma. Hasta las campañas de sanidad se hacen exclusivamente en catalán. Los que hablan castellano no existen como ciudadanos. En Cataluña, cualquier autoridad -desde una universidad a un Consejo Escolar-, puede prohibir taxativamente el uso del castellano, o declararlo no oficial, sin que nada ocurra. Los ciudadanos castellanohablantes se sienten impotentes e indefensos. En Cataluña existe temor a reclamar y a significarse, por las consecuencias laborales o las amenazas que ello pueda acarrear.

En Cataluña, los ciudadanos castellanohablantes tienen igualdad de obligaciones, no de derechos. Se les ha convertido en ciudadanos de segunda clase negándoles la legitimidad de su idioma. Por negarles, se les niega incluso el derecho a su propio origen cuando usted afirma que «todo ciudadano que vive en Cataluña es catalán». Ni todo el que vive en España es español ni nadie obliga a sentirse sueco al que vive en Suecia. Devuelva a los ciudadanos el derecho y la dignidad de poder afirmar que son y se sienten vascos, castellanos o andaluces, aunque vivan en Cataluña, porque hasta de eso les está haciendo usted dudar. Por no respetar, no se respeta ni el nombre de los castellanohablantes, que se catalaniza sin su consentimiento o de forma coactiva, en colegios y organismos oficiales.

Es tal la degradación a la que ha sometido a nuestro idioma, o sea, a quienes lo hablamos, que si una reclamación se hace en castellano, hay miedo de que se tire a la papelera; si una pancarta está en castellano, hay miedo de que ni la consideren; si una persona habla castellano hay miedo de que no la reciban o lo hagan de forma hostil. Es demencial que ni siquiera el Defensor del Pueblo en Cataluña, tenga impresos de reclamación en castellano.

¿Qué tipo de mentalidad, de ceguera o de fanatismo hay que tener para continuar afirmando que nuestras reclamaciones son un «invento», o un ataque a Cataluña y al idioma catalán?

Tenemos la convicción de que su idea del nacionalismo, excluye el bilingüismo sin disglosia. Según el señor Colom: «En una situación de convivencia de ambas lenguas existe el peligro de que la fuerte sustituya a la débil». Según usted afirma: «el idioma propio de Cataluña es única y exclusivamente el catalán». El error o la deformación de esta teoría es que considera que las lenguas y los territorios tienen vida, idioma y derechos propios. Nosotros creemos que los únicos que tienen vida, idioma y derechos propios son las personas, y que el que rechaza o impide la convivencia de los idiomas, lo que busca es rechazar o impedir la convivencia de las personas.

Afirmar que un idioma, una religión o una ideología son las «propias» de un territorio es volver a la inquisición. Según este principio, la libertad, los derechos humanos y los constitucionales quedan supeditados a los derechos supranacionales, e indiscutibles de cada territorio. Ni aunque todos los españoles, sin excepción, fuéramos blancos y católicos, podría declararse que tal raza y religión son las «propias» de España; serían las propias de sus ciudadanos o de parte de ellos, pero nunca del territorio. Si el imperio de la ley se cambia por el imperio del territorio, nos encontraremos -ya nos encontramos- con que al de «fuera» se le puede exigir todo, hasta que renuncie a su idioma: mientras que al de «dentro» no se le puede exigir nada, ni siquiera que entienda el castellano.

Eufemismos

Hace años que ustedes teorizan a base de eufemismos, enmascarando los conceptos y evitando llamar a las cosas por su nombre: primero usaron el concepto «normalizar», después el de lengua «propia»  -lo que convirtió o los castellanohablantes en anormales e impropios-, después sustituyeron sutilmente la exigencia de «entender» el catalán por la de «conocerlo», «saberlo», sin especificar nunca lo que significaban estas palabras. Finalmente exigieron «usarlo». Saben perfectamente que decirle a un castellanohablante que tiene que hablar catalán por motivo de que su idioma, en Cataluña no es válido, es tanto como obligar a la mayoría a marcharse y a otros a no venir. Cuando usted habla de «saber castellano» se refiere a entenderlo coloquialmente, aunque se sea un analfabeto funcional a la hora de hablarlo o escribirlo; sin embargo cuando exige «saber catalán» pide que se domine a la perfección a nivel de idioma materno, por eso usted afirma sin sonrojo que en Cataluña «todos los niños saben castellano». ¡Basta ya de pervertir el lenguaje!

En sus campañas de publicidad aparecen niños diciendo lo importante que es entenderse con ingleses, alemanes y hasta con árabes, pero ni un solo niño se ha referido a la importancia de entenderse con quien hable castellano. Hablar castellano lo asocian con ser un marginado o un sospechoso de anticatalanismo. De hecho, en el Parlamento de Cataluña, el idioma español está prohibido. Usted mismo pide a los ciudadanos que se conviertan en «militantes activos», no en defensa del bilingüismo, sino exclusivamente del catalán. Usted se ha apropiado del derecho individual a la libre elección de idioma, convirtiendo el monolingüismo en una «obligación moral». Usted ha dividido a la sociedad en buenos y malos, según el idioma en que se expresen.

Cruzada nacionalista

¿Era necesario todo esto para que los niños aprendieran catalán, o para que libremente lo hable quien quiera y en donde quiera? ¿A qué viene convertir en una «cruzada nacionalista» la cuestión del idioma? Negar la enseñanza en castellano está siendo una cortina de humo. Ahora ya sabemos lo que hay detrás de todo este proceso. Lo que comenzó siendo una normalización lingüística se ha convertido en una «purificación» lingüística, ideológica y social, en la cual coartan los derechos de una parte de la población, a fin de «eliminar progresivamente su presencia», primero en el ámbito político y oficial (ya se ha hecho), posteriormente en el ámbito laboral y social y finalmente en el ámbito del «territorio» (impidiendo venir a unos y obligando a marcharse a otros, lo cual ya se está haciendo). Este antiguo sistema, que desgraciadamente aflora en épocas de crisis, se instrumentaliza mediante la deslegitimación de una religión o, como en este caso, de una lengua.

Es la negación misma del derecho de un colectivo a su existencia dentro de un territorio, lo cual les obliga a ustedes asimismo a negar la existencia de sus problemas («No existe problema lingüístico«), y negar la necesidad de soluciones colectivas. (Como máximo ustedes aceptan la enseñanza en castellano, «individualizada»).

Imposiciones lingüísticas

La única opción que se ofrece a los que hablan una lengua de «fuera», es siempre la misma: convertirse a la religión o al idioma «propio del territorio» -lo cual es tan difícil y humillante que pocas personas lo aceptan-, o bien marcharse.

En los últimos años, docenas de miles de personas se han visto forzadas a abandonar Cataluña por imposiciones lingüísticas; muchos de ellos vieron su vida familiar y profesional perjudicada gravemente. Usted es responsable de que parte de la población, y lo que es peor, parte de la juventud se haya llegado a convencer de que todo este proceso es «natural»,   justificando las actitudes totalitarias como un «mal menor inevitable». Usted ha embarcado a la población en una «limpieza», primero lingüística y después ideológica y social y usted será el responsable de las consecuencias.

Señor Pujol, usted recibió una comunidad que era un ejemplo de convivencia entre idiomas y entre personas. No la estropee. Si la convivencia aún continúa es porque la gente de la calle, con mucho más sentido común que sus políticos, siguen siendo personas en vez de «militantes», es porque no desean que nadie les imponga cómo tienen que pensar, ni cómo tienen que hablar, ni cuál ha de ser su «identidad». Los ciudadanos están seguros de lo que son y de lo que quieren; son ustedes los que no están seguros de su situación ni de lo que necesitan hacer para que les sigan votando.

Señor Pujol, devuélvanos algo que nos pertenece: el derecho a ser y a existir, individualmente y como comunidad, con nuestro propio idioma y nuestra propia identidad. Devuelva a los ciudadanos su derecho a ser y a sentirse iguales, con independencia del idioma en que se expresen y que tengan como propio».



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