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TEORIA GENERAL DE PSICOLOGIA


LIBRO:
LAS LEYES DEL PSIQUISMO

Alberto E. Fresina


CAPITULO 6
-(páginas 83 a 112 del libro de 426)


Indice del capítulo:

EL SISTEMA DE IMPULSOS
1. Los microimpulsos
2. Vías no naturales de intenso placer
3. Los impulsos particulares




CAPITULO 6


EL SISTEMA DE IMPULSOS



1. Los microimpulsos

Los microimpulsos se hallan junto a la "frontera" que separa los actos intencionales de los meros reflejos globales como el hipo, el vómito, etc. Estos últimos mecanismos reflejos están del otro lado de la "frontera", por no ser alcanzados por el empuje y control de la ley general o intencionalidad. El leve placer de la satisfacción de los microimpulsos, así como el displacer de no cumplir con la sugerencia compulsiva, implican pequeñas "terminales" de la ley general.

Todas las vías que llevan al placer y a la negación del displacer tienen una función determinada para la sobrevivencia individual y grupal. Es únicamente por ello que la selección natural permitió la existencia de esas vías absolutas, de modo que la actividad de la ley general se vea siempre orientada hacia lo que es favorable a la vida. Veamos cuáles serían las funciones que cumplen algunos microimpulsos.

La utilidad del estornudo es la expulsión de agentes nocivos del interior de las vías respiratorias.

El desperezarse y el bostezo tendrían la función del mantenimiento de la musculatura esquelética. Consisten por igual en una combinación de estiramiento y contracción musculares, que favorecen el mantenimiento de capacidades musculares tales como flexibilidad, elasticidad, fuerza muscular. Dichas capacidades a su vez evitan desgarros, contracturas, calambres.

El llanto tiene la utilidad de movilizar el impulso fraterno en los demás, asegurándose la asistencia a quien se halla en dificultades.

La función de la eliminación de gases es algo que se deduce con sólo imaginar lo que ocurriría en caso de acumularse más y más gases en el interior del aparato digestivo, sin tener salida alguna.

La tos cumpliría dos funciones importantes. Una es la compartida por muchos animales, y consiste en expulsar el alimento atragantado. En el hombre la tos está mucho más desarrollada, y difiere notoriamente con respecto a la forma de tos compartida con otros animales. Es sólo del hombre inflar los pulmones y expulsar bruscamente el contenido. Esa tos, exclusivamente humana, tendría como función principal la expulsión de las sustancias tóxicas del humo. Como desde hace cientos de miles de años nuestros antecesores simiescos ya convivían con el fuego,* debían desarrollarse algunos mecanismos que puedieran contrarrestar el efecto tóxico de aspirar humo cotidianamente. En efecto, el pulmón humano tiene una gran capacidad de recolectar partículas nocivas en la mucosidad de sus vías respiratorias. Los mecanismos fisiológicos de esas vías van expulsando con regularidad la cargada mucosidad en dirección ascendente, siendo generalmente deglutida al llegar a nivel de la faringe. La tos es un importante acelerador del proceso. A su vez, la agitación producida por la actividad física normal favorece esos mecanismos y contribuye a estimular el microimpulso de tos.


* Lambert David. El hombre prehistórico. Editorial EDAF. Madrid 1988. Pág. 130

Como se podrá imaginar, no puede ser pura coincidencia que el hombre constituya la única especie con tos propiamente dicha, y a la vez la que tuvo al humo como elemento regular de su medio ambiente inmediato. Si alguien afirma que la aspiración de humo es antinatural, sólo tiene razón si se refiere a otros animales. Si nos ubicamos en las condiciones de vida de los primitivos, encontramos que la eventual hostilidad del medio ambiente los obliga a procurarse la protección de un lugar cerrado, lo que los asegura ante los peligros y la severidad de las condiciones climáticas. Por su parte, el fuego es lo que soluciona las bajas temperaturas, y constituye la única fuente de luz cuando ha caído la noche. Por lo tanto, más allá de contarse o no con alguna forma relativamente eficaz de ventilación, debía ser frecuente pasar noches enteras en medio de grandes humaredas.


2. Vías no naturales de intenso placer

Algo que se deriva de las leyes vistas más arriba, entre las que contamos que sólo produce placer, en términos naturales, lo útil a la vida, es que el placer de aspirar cierto tipo de humo no es un error de la naturaleza en su severo control de las vías al placer, sino que en esencia es un placer de orientación general, al igual que el leve placer de contemplar el fuego y la melodía de su movimiento.

Esa sería la premisa del placer de fumar. Pero el humo del tabaco, en relación a la intensidad del placer que provoca, es como un "perfeccionamiento" de la calidad del humo a aspirar. Esto se desarrolló tanto, que lo que era un leve placer de orientación general se transformó en una especie de impulso adquirido. Dada la dependencia que genera, no sólo produce placer el fumar, sino que provoca el displacer de la nec. la falta del tabaco. El fumar es un invento que no estaba "previsto" por la naturaleza cuando terminó de formar al hombre. De lo contrario hubiera impedido esa vía de entrada a un placer tan intenso como innecesario para la sobrevivencia. Esto es válido para el caso del alcohol y la droga*.


* Aquí se trata fundamentalmente de la acción directa del alcohol desde la sangre (donde al igual que en el caso de ciertas drogas provocaría una influencia estimuladora sobre la actividad nerviosa generadora del placer) y no tanto del placer del acto de beber. Este último, similarmente a lo que sucede cuando se bebe un vaso de leche o un jugo de frutas, sería sólo el producto de la activación combinada de las vías al placer de los impulsos alimenticio y de bebida.

Las nuevas vías productoras de intenso placer, a las que consideramos no naturales por el hecho de ser ajenas a la vida del primitivo, e innecesarias para la sobrevivencia, no escapan a la órbita funcional de los impulsos. El de gozo es el principal impulso que sostiene la conducta orientada hacia esos objetos placenteros, al fijar allí su deseo. Luego, el impulso de recuperación es el responsable de hacer funcionar la dependencia; o sea, la falta de tales objetos, y de las sustancias químicas que contienen, las que se han tornado regulares en el organismo, provoca la sensación de "carencia de lo habitual" como nec. específica del impulso de recuperación. A ello se suma el impulso de alivio, que trata de poner fin al sufrimiento de esa carencia. Sin embargo, la regularidad en el matiz específico de la nec. por esos objetos, así como la peculiaridad del placer de la satisfacción, hacen surgir nuevos componentes de la motivación, los que aparecen como "impulsos adquiridos" del tipo de los crecientes.

Esta situación sólo se presenta en los casos de dependencia fisiológica. Cuando la misma no está desarrollada, no aparece la intensa nec. del impulso de recuperación, ni significa un sufrimiento la falta de aquellos objetos. En tales casos, la conducta orientada hacia el tabaco, el alcohol, etc., sólo está movida por el impulso de gozo, lo que se manifiesta en el deseo eventual de "darse un gusto"; es decir, aquí no se trata de una necesidad propiamente dicha, como sucede en los casos en que hay dependencia, sino de algo ocasional y dentro de la rutina funcional del impulso de gozo.

Entre las vías no naturales que llevan a un intenso placer, quedaría contar, además del hábito de fumar, el alcohol y las drogas, la estimulación directa, experimental, de ciertas zonas del cerebro. Pero por ahora es preferible no especular sobre las derivaciones que puede tener la intervención directa en el cerebro. Este es un campo muy propicio para la imprudencia, en el que probablemente no tardarán en proponerse métodos "fáciles" y "rápidos" para mejorar la calidad de vida, a través de diversas manipulaciones de lo que se considere que son los centros neuronales del placer y del displacer, y que seguramente no podrán prever los efectos negativos de distinto orden que puede tener la alteración de lo que la naturaleza construyó cuidadosamente durante millones de años.


3. Los impulsos particulares

Habíamos identificado más de veinte impulsos en el hombre, clasificados en tres grupos: crecientes, no crecientes, y mixtos. Lo creciente significa dos cosas: 1- el sólo transcurrir del "tiempo fisiológico" es el estímulo movilizador del impulso. 2- una vez satisfecho en forma total, su nec. no puede volver a movilizarse en forma inmediata, sino que debe pasar un tiempo de sucesos fisiológicos regulares. Los cambios fisiológicos paulatinos son los únicos estímulos movilizadores de los impulsos crecientes (en realidad son influidos también por los estímulos externos, pero siempre sobre la base de esas condiciones fisiológicas internas). Los impulsos no crecientes son contrarios en ambas propiedades: 1- en nada los influye el transcurrir del tiempo sin satisfacción, sino que se activan únicamente cuando se presenta un hecho concreto, esporádico y distinguible, a modo de estímulo movilizador que provoca la aparición de la nec. 2- aunque acabe de darse la satisfacción total, la nueva presentación del estímulo movilizador genera nuevamente la nec. como si nada hubiera sucedido. Por ejemplo, la disminución de la temperatura (estímulo movilizador) provoca la nec.: frío. Ante esto la T.D. busca y logra el placer de la calefacción, haciendo desaparecer la sensación de frío. Pero la nueva disminución de la temperatura vuelve a generar el displacer o nec.: frío como si nada hubiera ocurrido antes. Como se puede notar, ello no sucede con los impulsos crecientes. Por último, tenemos el grupo de los impulsos mixtos. En estos hay una parte de creciente y otra de no creciente. Por un lado, el sólo transcurso del tiempo sin satisfacción provoca la aparición de la nec. y su progresivo aumento (parte creciente), y por otro, luego de producida la satisfacción total, puede activarse completamente la nec. del impulso ante la aparición de un estímulo movilizador del tipo de los no crecientes (hecho o situación concreta y ocasional). Por ejemplo, la falta prolongada de algo novedoso pone en movimiento al impulso de curiosidad, sintiéndose la nec. por encontrarse con algo nuevo, desconocido, distinto. Sin embargo, aunque el sujeto haya satisfecho su impulso, si se presenta una nueva situación incierta, "incompleta" o misteriosa, se generará la más intensa curiosidad.

Más allá de la naturaleza del estímulo movilizador, cuando la nec. de cualquier impulso ha sido movilizada, se activa por igual la T.D., que se orienta hacia el objeto de satisfacción. El logro de dicho objeto es lo que produce el placer particular y simultáneamente la extinción del displacer de la nec. Tomemos como ejemplo el impulso de conservación, para ver la secuencia estricta del mecanismo. Primero, el estímulo movilizador: percepción de un peligro, produce la estimulación neuronal generadora de la nec. particular: temor. Esa actividad neuronal, así como el efecto generado, hacen que se ponga en movimiento el complejo de reflejos dirigidos que subyacen la T.D. Por último, el logro de la seguridad provoca la estimulación de las neuronas del placer, junto con ciertas conexiones reflejas que permiten que el placer logrado tenga el matiz propio de la tranquilidad. Ese hecho paralelamente provoca la inhibición de la actividad nerviosa responsable del temor.

La secuencia: nec. - T.D. - satisfacción no es una sucesión cronológica lineal. La puesta en movimiento de la T.D. no significa que la nec. o displacer particular cese inmediatamente, dejando lugar a la T.D., sino que la nec. o displacer persiste acompañando en el tiempo a la actividad de la T.D. Sólo la satisfacción total hace detener la actividad tanto a la T.D. como al estado de nec. La presencia continua del estado de nec. es lo que hace a la sostenida actividad de la T.D. Si decae la nec. decae la T.D. Esta responde al estado de nec. Para que no se detenga la T.D., o para que no disminuya su poder, tampoco debe detenerse la nec.

El paralelismo en el tiempo del estado de nec. y de la actividad de la T.D. es lo que nos lleva a decir que la necesidad es la que mueve o empuja la conducta. Si bien esta noción sería correcta en un contexto que no requiriera de mayores especificaciones, para nosotros la nec. es sólo el estado de displacer continuo, al que responde continuamente la T.D., que es lo único activo. Por otro lado, el orden: nec. - T.D. - satisfacción sería siempre válido como secuencia, dado que lo primero que aparece es la nec., más allá de que ésta persista luego acompañando en el tiempo a la T.D.

En base al orden en que fue presentada aquella lista de impulsos (cap.3), iniciaremos un breve análisis de cada uno, en relación a sus funciones y demás particularidades.


1- Imp. alimenticio - 2- sexual - 3- de bebida - 4- de defecación - 5- de micción

Ninguno de los cinco necesita explicación sobre su utilidad para la vida. Solamente sería necesario analizar el porqué de su naturaleza creciente; esto es, que sería perjudicial que esos impulsos queden abiertos a la posibilidad de una nueva movilización inmediata, una vez dada su satisfacción total. En el caso de los de defecación y de micción, es evidente la utilidad de que la nec. se movilice sólo cuando el requerimiento fisiológico lo sugiere. Los impulsos sexual, alimenticio y de bebida, también dependen de los cambios fisiológicos continuos. Si bien la percepción del objeto de satisfacción provoca la acentuación de la nec., ello ocurre cuando la satisfacción no ha sido total, ya que cuando esto ha sucedido, sería perjudicial que la sola percepción del alimento, agua u objeto sexual, movilice nuevamente al impulso desde "cero". Esos tres tipos de objetos de satisfacción pueden presentarse en forma continua a la vista del sujeto. Si la sola percepción de tales objetos despertara siempre la nec., el organismo no pararía de satisfacerlas, es decir, no pararía de comer, de beber ni de copular. Esto tendría muchos perjuicios; uno de ellos es que se perdería tiempo, energías e interés, útiles para otras cuestiones vitales.

De los cinco impulsos crecientes, el sexual es el que más se aproximaría a los mixtos; es el que en mayor grado puede movilizarse ante un nuevo estímulo especial luego de la satisfacción total. Pero siempre será decadente el poder de esa movilización. Así, llegará un momento en que ya no responderá ante nuevos estímulos externos. Esa propiedad del imp. sexual, de poder reactivarse ante ciertos estímulos externos, fue seleccionada por la naturaleza, puesto que hacía aumentar la frecuencia de reproducción. Pero el límite es la cantidad de tiempo y energías globales que exigen las otras motivaciones. En otros términos, quien tiene un mayor interés sexual se reproduce más que el resto, pero pasado un punto determinado en cuanto al grado de interés sexual básico, ya comienza a ser perjudicial para los otros asuntos indispensables a la vida de los que el organismo se debe ocupar. Por ello, la naturaleza sólo permitió la sobrevivencia a quienes rondaron por ese nivel medio de interés sexual, o sea, murieron, genéticamente hablando, los que tenían menos o más interés sexual básico que ese grado. Esto en general es válido para todos los impulsos.


6- Imp. de comodidad corporal

A partir de aquí iniciamos la serie de los impulsos no crecientes. El de comodidad corporal abarca, dentro de su nec., al displacer causado por varios tipos de molestias corporales, ejemplo: posición incómoda , dolores por presión muscular, incomodidad a causa de la vestimenta, suciedad corporal excesiva, etc. Todo ello, y otras reacciones anímicas similares, caen bajo el encuadre de incomodidad corporal. En tales casos, la anulación de los hechos incómodos provoca el placer de la comodidad. Ese placer no es continuo, sino sólo la reacción agradable que se produce en el acto de poner fin a la situación de incomodidad o molestia corporal. Pero una vez lograda la posición o condición cómoda, y sentido el leve placer, se restablece la neutralidad anímica, es decir, ni placer ni displacer en relación al impulso.

La utilidad del impulso es también evidente; permite la autoprotección ante agentes o situaciones perjudiciales que accionan sobre el cuerpo. También es evidente la utilidad del hecho de ser no creciente, y que sólo responda a la presentación ocasional del estímulo movilizador.


7- Imp. de rascado

Es una derivación del anterior. Pero se puede considerar independiente, dado que la picazón como nec. es una vivencia peculiar, al igual que el placer del rascado. Otra razón de su autonomía es su función. La función del impulso se desprende de imaginar su ausencia. Los organismos que no cuenten con él, entre otras cosas, son consumidos por todo tipo de insectos o parásitos. Ante esa situación era necesaria alguna respuesta del organismo. También era necesario que el impulso fuera no creciente, de modo que se movilice cuando está presente el estímulo productor de la picazón y no por el tiempo transcurrido "sin rascarse".

Hay que recalcar que la función adaptativa o útil a la vida de los impulsos es algo objetivo, y casi siempre ajeno al dominio subjetivo o a las intenciones del organismo. Por ejemplo, el impulso sexual, en esencia, sólo tiende al placer y negar el displacer particulares y no a la reproducción, la cual es una consecuencia objetiva derivada. Ningún animal busca intencionalmente reproducirse, excepto el hombre que logró relacionar en su razonamiento la implicancia de la actividad sexual con la reproducción. Sólo se trata de que los organismos que sintieron placer por la actividad sexual lograron reproducirse gracias a ello. Del mismo modo, nadie se rasca "para contrarrestar determinados agentes perjudiciales que accionan sobre la piel", sino por el placer del rascado y poner fin al displacer de la picazón. Sólo que los organismos que contaban con el impulso lograron contrarrestar, sin suponerlo, los agentes nocivos que accionan sobre la piel, mientras que los que carecían de él se extinguieron por dejar vía libre a esos agentes nocivos.


8- Imp. de calefacción - 9- de refresco

Estos no requieren mayores comentarios; es obvia su utilidad vital. En ambos el estímulo movilizador consiste en cambios respectivos de la temperatura, que generan el displacer del frío o del calor. A esas necs. responde la correspondiente T.D. buscando el placer particular y poniendo fin al displacer correspondiente. También es evidente la utilidad de su naturaleza no creciente.


10- Imp. recreativo

La nec. es el aburrimiento, y la satisfacción el ingreso a la actividad o situación entretenida. Lo que debemos considerar aquí como objeto de satisfacción es solamente el hecho concreto de ingresar a la actividad y el placer que se produce en el momento de introducirse en la situación. Ese hecho es el que a la vez hace desaparecer el displacer del aburrimiento. Una vez que se ha ingresado a la actividad, ésta se mantiene por sí misma; es decir, el abandono o suspensión de la situación entretenida provoca displacer. Por tanto, se prefiere continuar en ella, hasta que el displacer del cansancio, el tedio o el hambre, llegan a un nivel en que la ley de la decisión lleva a abandonarla. Pero mientras ello no suceda está asegurada por la continuidad de la actividad.

La función vital del imp. recreativo es la de asegurar el mantenimiento de las capacidades y habilidades globales. Si suponemos que la tribu está pasando por días afortunados en cuanto a facilidades excepcionales para lograr los medios de subsistencia, implicaría que no hace falta trabajar u ocuparse de actividades que requieran gran dedicación. Si el organismo mantuviera una prolongada pasividad, iría perdiendo paulatinamente su nivel de rendimiento general. Por eso, el aburrimiento se encarga de rellenar la vida de actividad, lo que permite estar siempre preparado para responder con eficiencia ante la adversidad, que en cualquier momento aparece. En el niño tiene además la utilidad de favorecer el desarrollo en todos los aspectos. La constante práctica de actividades es lo que asegura la capacidad integral de rendimiento frente a las exigencias de la naturaleza.

Cuando tratábamos el sistema de mantenimiento autónomo (cap. 5), veíamos que era el sistema fisiológico homeostático encargado de asegurar el buen estado de todos los órganos. El imp. recreativo cumple con esa función de mantener el buen estado, pero a nivel global. La práctica de actividades con fines recreativos tiene la utilidad de mantener en movimiento la maquinaria psicofísica del organismo.

El imp. recreativo es no creciente, porque el estado normal de la vida humana es la actividad. Si transcurren varios días cubiertos de actividad, el aburrimiento no aparece. Sólo cuando se presenta la situación en que no hay actividad a realizar, allí se moviliza el impulso, apareciendo el aburrimiento.


11- Imp. de variación

Su nec. es el tedio, hartazgo, hastío, sensación de monotonía, saciedad, "cansancio psíquico". El objeto de satisfacción es el cambio, renovación, variación de la situación, incluyéndose el abandonar o poner fin a algo tedioso. Las circunstancias en que actúa el impulso son muy diversas, pero no aparece en cualquier situación que se repita con insistencia, sino en aquellos aspectos de la vida en los cuales es útil que el organismo varíe sobre el particular*.


* Uno de los campos donde la variación era lo útil a la sobrevivencia de la tribu era el de la vida sexual. La ausencia de restricciones en las relaciones sexuales era una condición indispensable para que funcionara el mecanismo de la selección sexual; mecanismo éste por el cual se aprovechaban los cambios genéticos positivos, favoreciéndose su generalización a los futuros miembros del organismo social (véase cap. 1). De todas maneras, también existe una cierta tendencia monogámica. Es decir, lo natural en la especie humana sería una situación de básica poligamia (y poliandria), combinada con una temporaria y relativa tendencia monogámica, sostenida no por imposición alguna, sino esencialmente por el natural fenómeno del enamoramiento.

Por otro lado, también interviene el imp. de variación cuando se debe suspender lo que es perjudicial continuar. La saciedad es el displacer que se presenta en este último caso, y es una forma especial del displacer o nec. del impulso, que motiva a poner fin a la conducta cuando la satisfacción de otro impulso ha sido total, y donde sería nociva su continuación.

El imp. de variación tiene su rol en la actividad. Es el responsable del pasaje de una actividad a otra, sin que tenga "tiempo" de aparecer el aburrimiento. También, trabaja en "equipo" con el de curiosidad, encargándose de rechazar la inútil repetición de la información. Lo útil a la vida es llenarse de información y recordarla inclusive una o dos veces, pero no perder el tiempo en asimilar varias veces lo mismo. El hartazgo es el displacer que se produce en tales casos. La T.D. busca el placer de la variación y poner fin al displacer de la situación monótona y tediosa.

La máxima satisfacción del imp. de variación se da al encontrarse con el "nuevo colorido de lo diferente".

En realidad, el de variación es en gran medida un "híbrido", derivado de los impulsos de curiosidad, recreativo y de descanso. El hartazgo, tedio, sensación de monotonía, como nec. del impulso, en muchos casos puede considerarse como un compuesto formado por la combinación del aburrimiento, cansancio y curiosidad. A veces se acentúa la presencia de uno u otro de esos componentes. La acentuación del imp. de descanso se presenta en los casos en que se trata de abandonar la situación monótona que provoca el "cansancio psíquico". Aquí, el hartazgo se manifiesta en la sensación del sujeto de haberse "cansado" de algo, por lo que tratará de cambiar la situación o simplemente abandonarla. Luego, la acentuación del imp. recreativo estaría dada cuando la situación se torna "aburrida". En tal caso el hartazgo se ve matizado por la nec. de algo más entretenido. Por último, la presencia acentuada del imp. de curiosidad estaría expresada en las situaciones donde el tedio o hartazgo adoptan la forma de nec. de algo nuevo, de "probar" algo distinto.


12- Imp. de agresión

El estímulo movilizador es básicamente el displacer intenso. En general, la nec. agresiva, o la rabia, ira, etc., se movilizan como respuesta a un agente productor de intenso displacer. La frustración, como intenso displacer, es uno de los estímulos movilizadores más importantes. Otro caso es el disgusto causado por la simple amenaza de displacer por parte de un objeto, situación o sujeto. También la ofensa o ataque producen un displacer intenso que moviliza el impulso. Es frecuente que la acumulación de disgustos vaya "preparando el terreno" para que luego el menor estímulo (hecho displacentero) sea el desencadenante. En tales casos, la nec. agresiva (enojo, rabia, ira) tiende a volcarse desproporcionadamente hacia ese último estímulo de la serie, aunque el mismo haya incidido sólo en una pequeña proporción como agente movilizador del impulso. En cuanto al objeto de satisfacción, consiste, en principio, en infligir un mal a un objeto o sujeto, especialmente cuando es atribuido como causal del dolor propio. Ese "mal" puede ser la destrucción del objeto, o bien provocar un displacer al sujeto. También se incluye el placer por ocurrir algo negativo al objeto o sujeto, aunque no sea producto de la propia conducta.

Hay varias funciones importantes del impulso. Una es dar más énfasis a la lucha por el logro de la meta. La agresión puede estar presente en el trabajo más pacífico cuando, por ejemplo, la conducta tendiente a solucionar un problema se ve reforzada por la rabia hacia el obstáculo. La destrucción del obstáculo, o su desarticulación, se agrega como placer al de los otros impulsos interesados en el logro de la meta. En tales casos, la fuerza motivacional del imp. de agresión se suma a la del resto de motivos, dando más energía a la conducta.

Otra función es la destrucción de agentes causales de displacer en general, o que amenazan con ello (objetos o animales peligrosos o molestos). Como el displacer siempre anticipa algo perjudicial para la vida, es útil que se destruyan o desarticulen tales agentes.

Una tercera función es la defensa concreta, que supone la respuesta agresiva de la lucha. Si bien esto se da a nivel personal, lo fundamental estaría dado en relación al organismo social. La tribu debía contar con el impulso en sus miembros, aunque no se movilice si no hay motivo. La falta de capacidad de agresión sería perjudicial para la tribu. Ante un abuso, agravio o ataque externo, debía ser capaz de responder con contundencia. Esa capacidad del organismo social podía permanecer indefinidamente inactiva durante muchas generaciones, sin alterar en absoluto la normal vida psicológica de sus miembros. Pero en algún momento se haría necesaria, y por eso debía estar siempre presente como capacidad virtual o latente en la estructura psíquica de los sujetos.

Por último, encontramos la función ética-moral de la agresión. Cuando un miembro de la tribu tiene una conducta mala o perjudicial para el grupo, provoca un disgusto en los compañeros, los que responderán desaprobando con ira su conducta. Tal castigo moral provoca displacer en el destinatario, por lo que evitará la repetición de esa conducta negativa.

El imp. de agresión, como se habrá notado, va incluido en el grupo de los impulsos de naturaleza no creciente. El tiempo transcurrido sin ocurrir la satisfacción no afecta su saludable inmovilidad. Sería perjudicial para la convivencia interna de la tribu, y su sobrevivencia, que sus miembros posean una necesidad "fisiológica" de agredir, sólo porque "hace mucho" que no agreden.


13- Imp. fraterno

La nec. tiene diversos matices según el contexto, pero la satisfacción es siempre lo bueno o favorable para el otro o para el grupo. El placer se produce al percibir un hecho positivo para un ente con el que existe identificación.

Aunque siempre es útil buscar lo bueno para el grupo, no hizo falta que el impulso tuviera la propiedad de los crecientes de activarse con el solo transcurso del tiempo. Al ser continua la identificación fraternal con los seres queridos, ante cada situación se busca lo bueno para ellos como si se tratara de sí mismo.

El imp. fraterno es lo opuesto al de agresión. Este último busca que suceda lo malo para el objeto, y el fraterno procura que ocurra lo bueno para él.

Las funciones del impulso son varias. En primer lugar, la conducta maternal está movida por este impulso. El llanto del bebé provoca el displacer de la nec. benefactora en la madre; la T.D. empuja a restablecer el bienestar del niño; cuando ello se logra, y el niño da muestras de sentirse bien, se produce el placer del impulso en la madre. Luego se repite el llanto, reproduciéndose el ciclo. El zig-zag de nec.- satisfacción del imp. fraterno es una constante de la conducta maternal.

Otra función es la ayuda mutua. Aquí la lástima, compasión o piedad, aparecen como nec. ante la dificultad ajena. La T.D. mueve a ayudar al otro. Cuando se percibe el restablecimiento del bienestar en éste, se produce el placer del imp. fraterno en el que ayudó.

Otra es la función ética-moral. Dijimos que una de las funciones de la agresión era la condena moral o desaprobación, como forma de provocar un "mal" al autor de la conducta negativa. El imp. fraterno rellena la otra parte; es el que aprueba o gratifica al autor de una conducta buena o beneficiosa para el grupo, es el que premia y felicita la conducta. Si miramos unidos a los impulsos de agresión y fraterno en quienes son observadores de la conducta ajena, veremos que estos últimos aprobarán gratificando moralmente al autor de la conducta buena, y desaprobarán causando un mal moral al autor del acto malo (además del eventual premio o castigo materiales, como formas extremas de aprobación o desaprobación hacia los actos). Luego, como al autor de esas conductas le produce displacer la desaprobación y placer la aprobación, tratará de evitar hacer mal las cosas, procurando hacerlas bien. En esta función ética-moral del imp. fraterno suele presentarse una nec. algo compulsiva de gratificar. La T.D. mueve al sujeto a acercarse espontáneamente al autor de la conducta buena, y la satisfacción se produce al abrazarlo y felicitarlo.

El placer del imp. fraterno se puede calificar como placer espiritual. Aquí no hay más beneficio que ver bien al otro. Es un "interés desinteresado". Aunque el placer se produzca en el cerebro del propio individuo, es sólo el producto de ocurrir algo bueno a otro ser. Es por ello que se trata del placer más puro en relación a la ausencia de connotaciones personales.

Para que funcione el impulso, la identificación es una condición básica. La identificación fraternal es como un dispositivo del sistema nervioso que hace sincronizar las reacciones anímicas en cuanto al placer y displacer. Si el ser querido, o el objeto de la identificación fraternal, se encuentra mal, el sujeto identificado siente displacer; y cuando aquél se halla bien, éste responde con placer. Por otro lado, en el funcionamiento del imp. de agresión se produce una sincronización inversa. Si el enemigo se halla bien, el psiquismo del sujeto responde con displacer; y viceversa, cuando al enemigo le va mal, aquél responde con placer. A esos mecanismos de sincronización (correlativa e inversa) de los estados anímicos les llamaremos: M.I.F. (mecanismo de identificación fraternal) y M.A.F. (mecanismo de anti-identificación fraternal). El M.I.F. es la disposición que se produce en el psiquismo por la cual el objeto o contenido de ese mecanismo es concebido como si se tratara de sí mismo. Así, el bienestar del O.M.I.F. (objeto del mecanismo de identificación fraternal) producirá un placer fraterno o espiritual, y el malestar del O.M.I.F. provocará un displacer espiritual. Luego, el M.A.F. es la disposición del psiquismo que hace que el bienestar del objeto del mecanismo (O.M.A.F.) provoque displacer al sujeto, y el malestar del O.M.A.F. produce un placer que tiene lugar a través de la vía del impulso de agresión.

La actividad del imp. fraterno tiene lugar siempre sobre la base del M.I.F. ya funcionando en el psiquismo, o bien existiendo virtualmente en relación al objeto; mientras que la actividad del imp. de agresión supone la base del M.A.F. en relación al objeto de la agresión. Los objetos de ambos mecanismos pueden ser estables u ocasionales. Por ejemplo, un enemigo puede haberse convertido en el objeto estable del M.A.F., pero ocasionalmente se puede sentir piedad por él y ayudarlo en una situación pasajera. Aquí el enemigo es por un momento el O.M.I.F.; pero luego continúa siendo el O.M.A.F. También, el hijo puede ser un O.M.I.F. estable, pero cuando comete un acto incorrecto se transforma en un O.M.A.F. ocasional, cuando el padre se enoja con él. Sin embargo el hijo continúa en el "fondo" siendo el O.M.I.F. estable.

En la vida de la tribu primitiva no hay necesariamente objetos estables del M.A.F., es decir no existen objetos a odiar en forma estable. El M.A.F. es naturalmente ocasional. En cambio, se presenta constantemente como O.M.I.F. la tribu y cada uno de sus miembros. Siempre hay interés en que ocurran hechos favorables a la tribu, y a cada momento se trata de evitar que se produzcan hechos perjudiciales para ella. De aquí se deriva otra importante función del imp. fraterno: el trabajar constantemente para el bien de la tribu. Cada hecho favorable para ésta será un placer o satisfacción del imp. fraterno. Ello hará que se realicen todos los esfuerzos en procura del bienestar de la tribu.

En el hombre, el imp. fraterno tiene un gran desarrollo. El objeto de satisfacción del impulso no se limita a la percepción directa del bienestar de otro individuo, sino que también se hace extensivo a entes "abstractos". En la actualidad, los objetos del M.I.F. se extienden a entes como el club deportivo, la familia, la agrupación social, el partido político, la patria, o bien toda la humanidad. El sujeto se ve motivado para trabajar en todo lo que tienda a provocar hechos favorables a esos entes, en los que se fijó la identificación fraternal.

Debe tenerse en cuenta que las dimensiones de tales objetos del M.I.F. no alteran la mecánica esencial del impulso: nec. - T.D. - satisfacción. Sólo que esta secuencia se carga con el contenido de aquellos entes gigantes. Pero el sujeto individual, en su vivencia, siente la nec. benefactora o displacer espiritual cuando el O.M.I.F. se encuentra mal. También, el propio individuo en su psiquismo siente el placer fraterno o espiritual cuando ocurre un hecho bueno para aquél. En estado natural todo ello se vuelca a la tribu, al organismo social. La tribu es el más importante O.M.I.F. Una gran parte de la motivación de cada sujeto está volcada a buscar lo bueno para la tribu. Esta es la más "gruesa" de las funciones del impulso fraterno; favorece directamente la sobrevivencia grupal. La tribu que cuente en sus miembros con una poderosa tendencia concéntrica al autobeneficio del conjunto se encuentra a "años luz" con respecto a otra que no cuente con ello. Para tener una noción de la fuerza de esa tendencia a beneficiar a la tribu, debemos reunir los distintos objetos posibles del M.I.F. de un sujeto en la actualidad. La magnitud del poder del interés del primitivo por los hechos positivos para su tribu sería la suma de ese conjunto de motivaciones parciales. Sin dudas, se trata de una de las fuerzas más poderosas de la estructura motivacional.


14- Imp. mediador

La nec. es el sentimiento de carencia de un objeto o hecho cuyo logro sirve como medio a cualquier otro impulso interesado en él. La satisfacción es el placer de la alegría por la obtención de lo buscado. El imp. mediador está presente en el siguiente ejemplo. Supongamos que un sujeto se encuentra solo y hambriento en su casa. Se le ocurre salir a comprar un pan cuyo precio es de un peso. Cuenta su dinero y sólo tiene 90 centavos. Todo lo que le falta es una moneda. En ese momento aparece en su vivencia la nec. de encontrar una moneda. Comienza a recorrer todos los rincones de su casa, y en la mente sólo tiene la imagen de la moneda más el displacer de su carencia; es decir, la nec., como displacer o sentimiento de carencia, tiene el "matiz" de la moneda. Al cabo de un determinado tiempo de búsqueda ve algo que lo llena de alegría: la moneda. Instantáneamente se extingue la nec. de ese objeto.

Lo que vemos aquí, es que el imp. alimenticio era el interesado en la moneda. Pero el sujeto, durante su búsqueda, casi no sentía hambre en su vivencia, sino nec. de moneda. El imp. mediador se halla siempre al servicio de los otros. Viene preparado para responder con nec. ante todo aquello que sirva a los fines de los otros impulsos y para sentir placer por su logro; es el ejecutor de los intereses de sus compañeros. El papel mediador significa que su actividad es un "puente" entre la nec. y la satisfacción del impulso al que sirve. Así, la nec. de moneda, la T.D. y el placer de la satisfacción o alegría por su hallazgo, se hallan a medio camino entre la aparición del hambre y el acto de comer.

El imp. mediador es un apoyo general para los otros impulsos. Su nec. es un "fondo común" de nec. inespecífica para uso de todos los otros. El mecanismo por el que se moviliza el impulso sería el siguiente: el imp. alimenticio, en el ejemplo, comienza a activarse con la aparición de su nec. hambre. Inmediatamente, la T.D. de este imp. alimenticio se pone en movimiento y apunta al alimento. Pero al ver que sin moneda no hay alimento, se fija el logro de la primera como medio. La imagen del objeto-medio (moneda) es el estímulo movilizador del imp. mediador. En otras palabras, cuando la T.D. de cualquier impulso se fija un objeto-medio, surge en forma refleja y automática la nec. de ese objeto sin importar su naturaleza. Esta es la nec. del impulso mediador. El mismo se encuentra adaptado para responder con nec. ante los objetos-medio que se fijan los otros.

La nec. del impulso mediador es una nec. indiferenciada en sí misma, es un sentimiento de carencia que no tiene matiz ni forma; sólo tiene como elementos constantes el displacer y el sentimiento de carencia. La imagen del objeto-medio que sirve al impulso interesado (o a los impulsos interesados) es lo que provee el matiz definitivo a la nec. Luego, el logro del objeto-medio produce la "alegría del logro" como placer o satisfacción del imp. mediador.

La naturaleza permitió la intensa reacción de placer en la alegría del logro, pero a la vez se "aseguró" de que ese placer no ocurra sino solamente por el anticipo de un hecho útil: satisfacción del impulso interesado en el objeto-medio. El imp. mediador es sólo un refuerzo general para el resto de impulsos, que son los auténticos "dueños" de las vías de entrada al placer. Tales vías o núcleos de entrada al placer son los que le dan orientación. Por ello, la naturaleza no necesitó darle mayores "indicaciones" al imp. mediador. Bastó que limitara las vías de entrada directa al placer, para que dicho impulso aplique toda su fuerza movilizada en el embudo de lo útil a la vida.


15- Imp. de recuperación

Su nec. es el sentimiento de carencia de lo habitual o de lo acostumbrado. El placer o satisfacción es la reacción anímica provocada por el acto de recuperar lo perdido, o lo que estaba "faltando". Ese objeto o condición, que primero se pierde y luego se recupera, es en muchos casos algo anímicamente neutro que habitualmente está presente y pasa desapercibido, sin producir placer ni displacer, pero que al faltar provoca el displacer de su carencia.

Hay muchos campos sobre los que actúa el imp. de recuperación. Por ejemplo, la respiración es una función anímicamente neutra; no produce placer ni displacer respirar. Sin embargo, cuando dicha función se interrumpe y falta oxígeno, se siente una fuerte nec. de respirar. Al recuperar la normal incorporación de oxígeno se produce el placer de la satisfacción del impulso. Pero de allí en más continúa la neutralidad anímica de la respiración.

Además de tener a cargo funciones exclusivas, este impulso suma con frecuencia su poder al de los otros. Por ejemplo, la falta prolongada de incorporación de agua no sólo movilizaría al imp. de bebida, sino que la homeostasis fisiológica vería disminuida la proporción de líquidos, por lo que aparecería, junto con la sed, la nec. del imp. de recuperación, sumando sus fuerzas al de bebida y satisfaciéndose junto a él. Lo mismo, por ejemplo, en relación al imp. recreativo. Lo habitual es la actividad. Por ello, junto al aburrimiento puede aparecer la nec. de volver al estado de actividad.

El imp. de recuperación suele chocar naturalmente con el de variación, el cual motiva a abandonar algo por haberse tornado tedioso, pero luego se siente la nec. de volver. Tales conflictos naturales casi siempre son solucionados por los intereses de los otros impulsos, que desequilibran a favor de la permanencia o el cambio.

Como se podrá observar, hay dos campos generales en los que actúa el impulso. Uno es más fisiológico, y se refiere a la reincorporación de sustancias o al restablecimiento de condiciones naturales o habituales del organismo. En esta función, el imp. de recuperación es el "representante psicológico" más directo de la homeostasis fisiológica. El otro campo es el que se vuelca hacia contenidos puramente psicológicos, donde la recuperación significa el reencuentro con objetos, situaciones, personas, imágenes, recuerdos, la vuelta a la realización de hábitos, etc.

Hay casos en que aquello que se recupera es algo que nunca se tuvo, pero que al tratarse de una condición natural o habitual de la vida de la especie, el placer que provoca su adquisición correspondería igualmente al impulso de recuperación; ejemplo: verse inmerso por primera vez en un medio ambiente natural, al aire libre y rodeado de vegetación; encontrarse bajo un ambiente social nutrido de afecto y estimación con el que nunca se contó antes; adquirir por primera vez un estado de salud general que por determinado problema jamás se había tenido; etc. Si bien esto no sería estrictamente recuperación, por el hecho de adquirirse lo que nunca se tuvo, de todos modos podríamos considerarlo como una forma especial de satisfacción del impulso. Es decir, la vuelta a una situación natural, normal o habitual para la vida de la especie, aunque nunca haya sido vivida por el individuo, produce en general un estado anímico placentero, que el propio sujeto inclusive suele vivenciar como un acto de recuperación.

El fenómeno de esa orientación especial del impulso, por la que el objeto, situación o condición a recuperar trascendería la propia experiencia de vida de un individuo, tendría la función de contribuir a que los organismos no se mantengan apartados del contexto general de las condiciones de vida que son normales o naturales para su especie, por constituir éstas aquello para lo que viene mejor adaptada la estructura y funcionalidad globales del organismo. Pero una limitación que tendría este mecanismo es el hecho de que no siempre se puede saber cuál es la condición natural que está faltando, cuando el individuo nunca pudo vivirla y por tanto conocerla. Por eso, el elemento principal del que se valdrían los organismos para orientarse objetivamente hacia la posesión de las condiciones que son naturales o normales para la vida de su especie sería la capacidad inmanente de sentir placer por encontrarse eventualmente con ellas, en un acto de seudorecuperación de lo que es natural e inherente a la vida de ese organismo. Tal reacción anímica placentera por esa adquisición, así como el displacer o nec. concreta de recuperación que producirá a partir de ese momento su eventual ausencia futura, aseguran relativamente que dicho organismo se mantenga bajo esas condiciones naturales de vida, correspondientes a su especie.


16- Imp. de conservación - 17- de alivio - 18- de continuación - 19- de gozo

Tales impulsos tienen como necs.: el de conservación: temor; el de alivio: dolor o sufrimiento; el de continuación: "disgusto del fin"; y el de gozo: deseo. Los cuatro, son aquellos cuyas necs. serían cuestionables como tales. No obstante, se ajustan a las mismas leyes del nivel de los impulsos. Así como la sed es la nec. de beber, el temor es la nec. de tranquilidad o seguridad. Luego, el dolor es automáticamente y en sí mismo la nec. de alivio; quien siente dolor o sufrimiento sólo quiere alivio, es todo lo que le hace falta. El disgusto o tristeza del fin es la nec. de continuar con la situación productora de placer. Por último, el deseo o ansia es un sentimiento displacentero de carencia del objeto de su satisfacción.

El imp. de conservación es el que responde con temor ante toda amenaza de algo displacentero. Si bien hay algunos hechos o situaciones que generan un temor automático o reflejo, el campo general del funcionamiento del impulso es la amenaza de dolor o displacer de cualquier tipo. El riesgo de displacer provoca la preocupación (temor leve), o el miedo, terror, según la magnitud del riesgo o peligro. La intensidad del temor, y por tanto el grado del poder motivacional del imp. de conservación en su conducta evitativa, dependen de tres factores: 1- intensidad del displacer que amenaza. 2- duración del mismo. 3- grado de probabilidades de tener lugar. A mayor intensidad, duración y probabilidad de presentación del displacer, mayor será la intensidad del temor y más poderosa la fuerza motivadora del imp. de conservación, que procurará su evitación. También la intensidad del placer de la tranquilidad, como satisfacción del impulso, será aproximadamente proporcional a aquello. El nombre dado al impulso no responde solamente al hecho de ser el que tiende directamente a conservar la vida al evitar los peligros. En realidad todos los impulsos tienden directa o indirectamente a conservar la vida. El sentido fundamental del concepto: conservación es, para nuestro encuadre, el hecho de ser el impulso que tiende a conservar el estado anímico de ausencia de displacer. Al ser el encargado de evitar la aparición de todo hecho "malo" o displacentero, es por ello el que tiende a mantener o conservar la situación anímica, tratando de impedir que aparezca el displacer. Hace de resistencia negadora del displacer.

El imp. de alivio es el que se moviliza cuando el displacer ya está presente, tratando de eliminarlo o ponerle fin. Cuando el imp. de conservación no pudo evitar la aparición del dolor, la tarea queda en manos del imp. de alivio, que hará todo lo posible por extinguirlo para lograr su satisfacción. Este impulso trata de poner fin a todo estado de displacer. Por ello, su actividad se puede superponer con la de cualquier otro impulso, al buscar el alivio del fin del estado displacentero de cada nec. Así por ejemplo, se puede unir al propio imp. de conservación, al buscar el alivio del displacer del temor, haciendo que el placer de la tranquilidad, como satisfacción de ese impulso, sea simultáneamente el alivio producido por el fin del displacer del miedo. De ese modo, el placer que se produce al evitar un peligro puede tener al mismo tiempo matices de tranquilidad y alivio como dos componentes de una sola vivencia placentera.

El imp. de continuación, similarmente a lo que sucede en el caso del de variación, es en gran parte producto de la regular combinación de otros impulsos. La tristeza del fin, angustia y nec. semicompulsiva de que continúe la situación placentera, o que no finalice, forman una vivencia única compuesta, en gran medida, por las necs. de otros impulsos. En primer lugar, la parte de angustia de esa vivencia displacentera muestra la presencia del imp. de conservación, que responde con temor hacia la situación anímicamente peor que significa la finalización de la situación agradable. Luego, la parte de tristeza o sentimiento de pérdida está sustentada por el imp. de recuperación, con su nec. característica, que procura la reafirmación de la situación que se está perdiendo. El mediador está también presente con regularidad en la nec. de continuar con la situación, así como en la alegría ante el anuncio o indicio de la prolongación de la misma. Por último, el imp. de gozo responde con el deseo de los hechos placenteros implicados en esa situación que no se quiere perder. Al ser constante y regular esta combinación, se da estructura y movimiento a un impulso nuevo, con sus peculiaridades anímicas, y su función: favorecer la continuidad de la situación en que ocurre la satisfacción de los otros impulsos, asegurando que la misma sea total (hasta la saciedad), así como mantener o impedir que se extingan las situaciones placenteras en general, las cuales en condiciones naturales significan siempre hechos positivos para la sobrevivencia.

El imp. de gozo es el encargado de afirmar todos los hechos placenteros. El deseo, como nec. del impulso, es el sentimiento de carencia que se presenta junto a la imagen de un objeto o situación cuyo logro será algo placentero. Así como el imp. de conservación reacciona con temor ante la amenaza de algo "malo" o displacentero, el de gozo es el que interviene con el deseo ante la posibilidad de algo "bueno" o placentero. Cuando hablamos de deseo, no debe entenderse como un frío concepto, utilizado a veces como sinónimo de "preciso" determinada cosa, o "necesito" tal otra. Estas últimas expresiones generalmente se refieren a la nec. del imp. mediador, es decir al interés por aquello que es un medio para otro fin. El deseo será considerado sólo como la nec. del imp. de gozo, y se perfila en general hacia los núcleos de satisfacción de los otros impulsos. Al igual que la nec. del imp. mediador, el deseo es inespecífico en sí mismo, y adquiere el matiz definitivo con la imagen del objeto a disfrutar en que queda fijado. El placer que se produce al disfrutar ese objeto o hecho deseados constituye el objeto de satisfacción del impulso de gozo, lo cual hace desaparecer el estado displacentero del deseo. Por otro lado, la intensidad del deseo, y consecuentemente el grado del poder movilizador del imp. de gozo, dependen también de tres factores: 1- intensidad del placer que promete el objeto o situación. 2- duración. 3- grado de probabilidades de tener lugar ese placer. Mientras mayor sea la intensidad, duración y probabilidad de presentarse el placer, mayor será la intensidad del deseo y más poderosa la fuerza motivadora del imp. de gozo.

Si reunimos esto último con lo que vimos en relación al imp. de conservación, encontramos los elementos fundamentales que hacen al funcionamiento de la ley de la decisión. Como se recordará, dicha ley consiste en que "en toda decisión se opta por la conducta que promete más placer y/o menos displacer". Según decíamos, ese quantum de placer o displacer es el producto sintético del análisis de aquellos tres factores, que son de orden cuantitativo. También observábamos que el mecanismo por el cual se obtiene la decisión final estriba en una lucha entre las opciones, donde vence siempre la que presenta la mejor oferta anímica. Entonces, al ser los impulsos de gozo y de conservación los que tienen a cargo la evaluación del grado de placer-displacer que ofrecen los diversos hechos o situaciones, surgiendo deseos y temores con una intensidad proporcional a ello, estos impulsos son, por tanto, los que al combinarse, sumando y promediando el conjunto de deseos y temores, proveen los principales materiales de la ley de la decisión. Las luchas entre las diversas posibilidades a elegir son, básicamente, luchas entre el conjunto de temores y deseos en relación a cada opción. También, esos impulsos son los elementos fundamentales que hacen funcionar la ley del efecto, es decir, son los principales impulsos que sostienen la tendencia a repetir lo que llevó al placer (de gozo) y a evitar la repetición de lo que concluyó en el displacer (de conservación).

Una característica común de los cuatro impulsos que estamos analizando (de conservación, de alivio, de continuación y de gozo) es que, al igual que los de recuperación y mediador, se superponen regularmente con los fines de los otros. Así por ejemplo, en el caso del imp. de gozo, si está la posibilidad de un sabroso alimento, dicho impulso responderá con el deseo hacia él, mezclándose el hambre con el deseo de comer. Inclusive puede estar prácticamente ausente el hambre y la conducta de ingestión estar a cargo del imp. de gozo. Lo mismo se puede decir del imp. de alivio, por ejemplo, cuando se suma al alimenticio procurando el alivio del displacer del hambre. Incluso aquí también puede no haber apetito, y la conducta de ingestión estar motivada por el impulso de alivio, cuando, por ejemplo, se intenta contrarrestar o atenuar un mal estado de ánimo por medio del placer del alimento.

Los impulsos de gozo y de continuación actúan fundamentalmente valiéndose de las vías de entrada al placer de los otros. La función que cumplen dichos impulsos es la de reforzar el interés por los objetos de satisfacción de los impulsos "dueños" de las vías al placer (además de encargarse de los placeres de orientación). Los de conservación y de alivio, en cambio, no sólo suman su interés al del resto de impulsos, sino que además tienen a cargo otras "vías libres" que llevan al displacer. Es decir, además del displacer del resto de necs., hay una serie de situaciones o hechos que provocan intenso displacer. Tales displaceres sólo constituyen la nec. del imp. de alivio y lo que el de conservación teme, ejemplo: dolor somático, frustración, rechazo afectivo, vergüenza, etc. Esos displaceres son estados a evitar por parte del imp. de conservación y de los que procura salir el de alivio.

Los cuatro impulsos que estamos tratando se ocupan del aspecto cuantitativo del placer y displacer, siendo sumamente inespecíficos en relación al aspecto cualitativo de los objetos sobre los que pueden actuar. Ello se debe a que son los representantes más directos de la ley general. Para explicar esto, recordaremos las dos tendencias parciales de la ley general. Una es la tendencia parcial afirmadora del placer, y la otra la tendencia parcial negadora del displacer. Los impulsos de conservación y de alivio son los que representan en forma directa a la tendencia parcial negadora del displacer. El de conservación trata de evitar que se produzca el displacer, y el de alivio tiende a ponerle fin cuando ya está presente. Los impulsos de gozo y de continuación representan en la forma más pura a la tendencia parcial afirmadora del placer. El de gozo trata de lograr el placer, y el de continuación procura mantenerlo o impedir que se extinga. Como se ve, los cuatro impulsos tienen una disposición simétrica y complementaria. Cada uno toma un sector de la lucha de la ley general contra las fuerzas contrarias.

Esta situación, por la cual la ley general se encuentra con cuatro "frentes" en su lucha contra las fuerzas contrarias, es la adaptación del funcionamiento psíquico a la dialéctica de la realidad, a la lógica de su movimiento. Ello se explica por lo siguiente. En principio, los conceptos objetivos de afirmación y negación pueden entenderse en dos sentidos: estático, o dinámico. Desde el enfoque estático, la afirmación-negación significan respectivamente ser, existir, haber - no ser, no existir, no haber. Pero en sentido dinámico o funcional, dialéctico, a modo de reproducción del movimiento real, encontramos dos formas objetivas de afirmación y dos de negación. Los dos modos de afirmación son: 1- generación o aparición de algo que no existía. 2- conservación o mantenimiento de lo ya presente. Y las dos formas activas de negación son: 1- extinción o eliminación de lo existente. 2- evitación o impedimento de lo que aún no ha surgido. Tomemos separadamente el placer por un lado y el displacer por otro. Analizando aisladamente el placer como efecto, como fenómeno, tenemos que cuando el mismo se encuentra ausente, el imp. de gozo constituye la fuerza activa que tiende a producirlo, y las fuerzas contrarias hacen de resistencia objetiva que tiende a impedirlo. Luego, cuando el placer ya se ha logrado, allí interviene el imp. de continuación que procura mantenerlo o impedir que se extinga, ante el "acoso" de las fuerzas contrarias que tienden a eliminarlo o extinguirlo. Por su parte, alrededor del efecto de displacer se presenta otra continua lucha similar. Cuando el displacer está ausente, el imp. de conservación hace de resistencia negadora del mismo, trata de evitar o impedir que se produzca, frente al accionar de las fuerzas contrarias que tienden objetivamente a generarlo. Una vez que vencieron las fuerzas contrarias, y el displacer se halla presente, entra en acción el imp. de alivio que procura ponerle fin o extinguirlo, ante la resistencia de las fuerzas contrarias que tienden a mantenerlo.

Tales relaciones nos muestran la adaptación de los cuatro impulsos a las funciones centrales de la intencionalidad o ley general en su lucha contra las fuerzas objetivas contrarias. Es una distribución perfecta, que se ajusta con notable precisión a la dinámica esencial del fenómeno.

De todas maneras, cabe recalcar que aunque el imp. de conservación esté especializado en la evitación del displacer y el de gozo en la consecución del placer, en ambos se hallan presentes las dos tendencias parciales (afirmadora del placer y negadora del displacer). El de conservación tiende a suprimir el displacer del temor y lograr el placer de la tranquilidad, y el de gozo trata de poner fin al displacer del deseo y lograr el placer de su satisfacción. Lo mismo con relación a los impulsos de alivio y de continuación. Por ello, más allá de esas especializaciones, todos los impulsos tienden simultáneamente a afirmar el placer y negar el displacer.

Por otra parte, el gozo y el dolor (o sufrimiento) son cualidades surgidas de lo cuantitativo de la intensidad del placer o displacer. Si la intensidad de tales reacciones anímicas varía de cero a diez, comenzarían a ser goce o dolor respectivamente a partir de un determinado grado, ejemplo: a partir del grado 6 ó 7 aproximadamente. Por tanto, el gozo o dolor surgen cuando el placer o displacer alcanzan esa intensidad, y cuando no llegan a ese punto son sólo agrado-desagrado. Algo similar sucede con los grados de magnitud de los movimientos sísmicos. Si la escala es de 10 grados, el sismo es además terremoto cuando supera los 6 ó 7 puntos, mientras que es sólo temblor (agrado-desagrado) cuando no alcanza esa magnitud. Aquellos cuatro impulsos especiales son precisamente los que se ocupan de lo "grande"; se movilizan en forma notoria cuando se trata de "terremotos anímicos". El de alivio se moviliza significativamente cuando el displacer llega al nivel de sufrimiento. El de conservación responde con un perceptible temor cuando el riesgo es de un displacer con intensidad de dolor o sufrimiento. El de gozo suma su decidido apoyo cuando "vale la pena"; se moviliza considerablemente cuando el objeto promete un placer-goce. Por último, el de continuación experimenta con cierto énfasis la nec. reafirmatoria y el disgusto del fin cuando la situación que se está extinguiendo es productora de gozo. Estos impulsos también se movilizan cuando el placer o displacer son sólo agrado o desagrado. Pero aquí es insignificante su poder movilizador. Tales impulsos se activan con cierta presencia en cuanto al peso de la motivación cuando el asunto es "importante".

De los cuatro, los de conservación, de alivio y de continuación corresponden al grupo de los no crecientes. Sólo se movilizan (al menos en forma notoria) cuando aparece el estímulo correspondiente: riesgo, estímulo productor de displacer, e interrupción de la situación que se disfruta, respectivamente. En cambio el de gozo es el que inicia la lista de los mixtos. La parte creciente significa que el solo pasar del tiempo sin tener nada para disfrutar moviliza el deseo indiferenciado de algún placer intenso. Por su parte, la propiedad no creciente implica que aunque se acaben de vivir situaciones de intenso placer, la presentación de una nueva oportunidad de gozar movilizará el deseo con toda intensidad.

La utilidad de la parte creciente está dada en que, en la vida primitiva, todo lo que produce placer es siempre útil a la sobrevivencia. Por ello es positivo que el solo pasar del tiempo movilice al impulso, de modo que motive continuamente a lograr lo que es bueno a la vida. La parte no creciente tiene la función de mantener al sujeto constantemente dispuesto a gozar cualquier hecho, dado que en estado natural siempre será algo útil.

La insatisfacción de este impulso tendría gran parte de la "responsabilidad" en las perversiones en general y en las adicciones y excesos que deterioran la salud fisiológica. Al estar bloqueadas la vías naturales que llevan al gozo, se busca cualquier camino que pueda llevar a él. Así, se fuma con exageración, se come sin hambre hasta la gula, se practican diversas perversiones sexuales, se bebe hasta el alcoholismo, etc.


20- Imp. de descanso

Su función no requiere mayores comentarios, y consiste, como sabemos, en permitir el restablecimiento de las energías. Veamos su naturaleza mixta. Como la actividad es lo normal en el día, el tiempo transcurrido sin descansar va provocando cambios fisiológicos continuos que hacen aparecer el estado de cansancio general o "agotamiento" (parte creciente). El sueño puede incluirse en el imp. de descanso, en esta parte creciente. Hablamos del estado anímico de "sentir sueño", y del placer de ceder ante él al momento de dormirse. La situación posterior de permanecer dormido varias horas se mantiene por sí misma. Si el sujeto se despierta y aún no es el momento fisiológicamente adecuado, sentirá nuevamente el displacer del sueño. Sólo cuando las horas dormidas sean suficientes para los requerimientos fisiológicos, el nuevo acto de despertarse no será seguido por la nec. del sueño, y no habrá obstáculos para levantarse. La parte no creciente del imp. de descanso está dada en que si se acaba de descansar completamente, pero se realiza un gran esfuerzo muscular, se producirá nuevamente el cansancio específico.


21- Imp. de curiosidad

La parte creciente significa que la ausencia prolongada de algún contenido nuevo hace movilizar de por sí la nec. indiferenciada del impulso. La utilidad de esta propiedad creciente consiste en que la información recogida por la sola nec. de enterarse de alguna novedad hará más abundante la información. La condición no creciente implica la movilización del sentimiento de curiosidad ante un hecho que no es comprendido en su naturaleza o que no "encaja" con los antiguos esquemas, o bien ante la presencia de un fenómeno misterioso, sorprendente, increíble. Ello despertará la más intensa curiosidad, con independencia de la anterior satisfacción.

La función del impulso, tomado en su totalidad, es la de proveerse de información, lo que es siempre útil para la sobrevivencia individual y grupal.


22- Imp. de comunicación

Su utilidad es la difusión de la información. Es algo útil para el grupo que lo que sabe uno lo sepan todos. Este impulso se complementa con el de curiosidad. Es bilateral el interés en que se produzca el acto de la transmisión de la información. Por un lado el emisor, a través de su imp. de comunicación, se ve motivado a expresar lo que tiene para decir; mientras que el receptor, en base a su imp. de curiosidad, muestra interés por escucharlo. En tal sentido, el mecanismo por el que ocurre el acto de la transmisión de la información sería comparable, por ejemplo, al acto de compraventa, el cual no puede tener lugar si no se juntan el interés del vendedor y del comprador.

El imp. de comunicación suele "cooperar" con el fraterno, cuando se trata de enseñar algo, o de transmitir un conocimiento que será útil al compañero.

La parte creciente del impulso consiste en que si el sujeto está incomunicado con los potenciales receptores, igualmente experimentará en su vivencia una sucesión de hechos que lo afectan, los que se irán acumulando en su interior y cada vez será mayor la nec. de comunicarlos. La característica no creciente está dada en que aunque el sujeto haya dicho "todo a todos", si aparece algo significativo en su dominio psíquico, sentirá el peso de su carga y reaparecerá la nec. de transmitirlo.

El impulso tiene muchas veces una utilidad para la sobrevivencia grupal que es imprevisible. Por ejemplo, si un miembro de la tribu se alejó del grupo y es atacado por un animal peligroso, del que logra huir, cuando se reúna con sus compañeros sentirá la nec. de relatar lo sucedido. La conducta de comunicar el hecho sólo busca que los compañeros se "enteren" de lo que le pasó. Pero es probable que el sujeto no sepa que gracias a ese conocimiento el grupo tendrá cuidado y estará preparado para evitar el peligro.

Los impulsos de comunicación y de curiosidad se alternan en el mismo individuo durante la conversación de rutina, y son los que sostienen la continua comunicación entre las personas (además del resto de motivos que utilizan la información y su transmisión como medio). El fluir de la comunicación es tan habitual que el placer o displacer de tales impulsos es prácticamente imperceptible y de mínima intensidad. Pero cuando el que está hablando se ve interrumpido por determinada causa, el receptor sentirá la nec. de seguir escuchando, despertándose su curiosidad por lo que sigue. A su vez, el que hablaba sentirá la nec. de continuar con lo que estaba diciendo.

El imp. de comunicación tiene diversas formas de manifestarse. Una es la comunicación de contenidos íntimos que tienen cierta significación anímica para el sujeto. Aquí la satisfacción concreta consiste en percibir que el receptor ha escuchado y que da muestras de haber comprendido y asimilado. Esto hace sentir bien y es lo que extingue la nec. de comunicar ese contenido. Otra forma consiste en comentar algo curioso, o contárselo a otro, o bien mostrarle algo. Por ejemplo, si alguien ve algo raro o sorprendente, sentirá la nec. de transmitirlo. Así, llamará a otro para que "venga a ver" lo que él vio. Por último, está la nec. espontánea de expresar una opinión o un sentimiento.

En general, la satisfacción del impulso es más completa cuando hay cierta cercanía afectiva con los receptores.


23- Imp. de aprobación

Al igual que en otros impulsos, su utilidad se debe ver desde la tribu y sus requerimientos objetivos para la sobrevivencia. Lo que permite la sobrevivencia al organismo social es ante todo su productividad global en el trabajo. Esto es lo que provee regularmente los medios de subsistencia a la tribu. La aprobación por parte del grupo hacia uno de sus miembros no ocurre por cualquier motivo, sino principalmente cuando el sujeto tiene una conducta buena o eficaz en el trabajo común. Si comparamos dos tribus que son iguales en el resto de condiciones, pero en una sus miembros se ven motivados para tener un buen rendimiento con el agregado de la fuerza de este impulso, la tribu en su conjunto será más eficaz que la otra y sobrevivirá.

Aunque parezca que el impulso tiene una orientación individualista, en realidad es un refuerzo para la cooperación. Como la aprobación se logra al realizar una obra beneficiosa para el grupo, o cuyo producto sea del agrado de los potenciales aprobadores, dicho impulso es, por consiguiente, sinónimo de tendencia a beneficiar al grupo. Cuando un individuo realiza una obra egoísta o perjudicial para el conjunto, el grupo responde con un rechazo o condena moral espontáneos. Tal desaprobación social produce un displacer incondicional en el autor. En términos generales, el imp. de aprobación no puede lograr satisfacción sin implicar la realización de una conducta favorable para el grupo. Esa condición para la aprobación viene dada en la propia "mecánica" del impulso. Por eso, el de aprobación se funde con el imp. fraterno y entre ambos empujan al beneficio de la tribu.

Cuando observábamos, más atrás (cap. 5), que la felicidad humana supone la seguridad de la regular satisfacción de todos los impulsos, más el entusiasmo por el trabajo y las demás actividades sociales, se trataba de algo sintético y sin mayores distingos. Pero ambas condiciones se hallan fuertemente relacionadas. Hay varios impulsos que se satisfacen naturalmente en el marco de la actividad social. Uno de éstos es el de aprobación; es decir, la aprobación se produce con cierta significación como respuesta a una conducta destacada en la actividad social. Por eso, cuando el trabajo es monótono y no es valorado socialmente, el impulso se ve frustrado y correlativamente disminuye el interés por la actividad. Tal situación no se presentaba en la vida primitiva. Allí la naturaleza objetiva del trabajo social daba todas las oportunidades para que a cada uno le tocara realizar un acto destacado, valorado y merecedor del espontáneo reconocimiento*.


* No sólo la monotonía y la poca valoración social de muchos trabajos impiden la satisfacción normal del impulso. En los sistemas o regímenes basados en la explotación por parte de una clase social del trabajo realizado por otra, se suma el hecho de que la propia condición de tener que trabajar generando un producto que se destina al beneficio de un grupo minoritario, más que al bien común, constituye también un importante factor que obstaculiza el natural sentimiento de orgullo y satisfacción moral por tener un destacado rendimiento laboral.

Una de las funciones del imp. de aprobación es la de favorecer el aprendizaje social. Dada la gran dependencia del hombre hacia el aprendizaje cultural, era necesario un sistema ágil de premio y castigo que sirviera para orientar el rápido y seguro aprendizaje de los nuevos miembros de la tribu. Si el niño en desarrollo recibe el placer de la felicitación por lo bueno que hace, y el displacer de la desaprobación social por lo malo, la ley del efecto hará que repita lo que llevó al placer de la aprobación y evite repetir lo que terminó en el displacer de la desaprobación. Además, por medio de la anticipación de la representación mental deducirá qué conductas son buenas o aprobables y cuáles desaprobables. Este mecanismo facilita la adquisición de todo el caudal cultural de la tribu (técnicas de trabajo, normas de conducta, etc.).

El imp. de aprobación tiene un "núcleo accesorio" de satisfacción; esto es el placer de la autoaprobación. Por otro lado, y complementariamente, está el displacer de la autodesaprobación ante el propio acto malo (culpa, vergüenza). El placer de la autoaprobación (orgullo, honor) surge en forma automática e instantánea como reacción anímica ante un acto propio concebido como bueno; mientras que la autodesaprobación es un displacer reflejo y automático asociado a la propia conducta mala (por lo que el imp. de conservación trata de evitar todo aquello concebido como malo para evitar así el doloroso sentimiento de culpa consecuente).

Veamos cómo se originaría la capacidad de experimentar la autorrespuesta ética-moral sobre la propia conducta. De tanto repetirse la aprobación y desaprobación sociales hacia un niño según lo bueno o malo de su comportamiento, se produciría la asociación o condicionamiento de la conducta buena con el placer de la aprobación, y de la mala con el displacer de la desaprobación. Esto llevaría a que luego la sola realización de la conducta buena, aunque no haya nadie que lo apruebe, provoque igualmente la reacción de placer (autoaprobación); y la realización de la conducta mala, aunque nadie lo "vea", producirá igualmente el displacer de la autodesaprobación. Esas reacciones de placer-displacer, en origen, serían anticipatorias de la aprobación-desaprobación sociales concretas. Cuando el niño realiza un acto bueno aparece instantáneamente la alegría que se anticipa al placer incondicionado o directo de la aprobación social que vendrá; y la conducta mala produce en el acto el displacer y temor anticipatorios de la condena social venidera. Estas reacciones de placer-displacer, que en principio serían reacciones anticipatorias, se volverían relativamente autónomas, produciéndose luego en forma refleja ante la propia conducta buena o mala.

No todo hecho neutro que se asocie al placer o displacer incondicionados se vuelve autónomo en su capacidad de producir tales reacciones anímicas. Por ejemplo, si un sonido especial anticipa la comida con regularidad, producirá un placer anticipatorio el oírlo. Pero si luego se cambia el sonido y se escoge otro para anticiparla, el primero dejará de producir placer, al perder la conexión que antes tenía con respecto al alimento. La rápida extinción de la reacción de placer ante el estímulo que ya nada anticipa es algo que la naturaleza controló, de modo que no se vuelva autónoma la capacidad de sentir placer por cualquier hecho; es decir, sólo permite la posibilidad de placer ante estímulos neutros, cuando se hallan rodeando algún núcleo de satisfacción. Tal capacidad se pierde cuando el estímulo neutro se separa del núcleo. Esa separación no siempre debe ser sólo espacial y temporal con respecto al núcleo. En el hombre debe alcanzar también la relación causal entre el estímulo neutro y el placer (o el displacer si esto es lo que anticipa el estímulo neutro), ya que aunque el dinero, por ejemplo, esté separado espacial y temporalmente del núcleo o placer concreto, tiene una relación de implicancia directa con él. Por ello, sólo cuando el dinero rompe ese vínculo deja de interesar y se transforma en un papel molesto.

En cuanto a la autoaprobación y autodesaprobación, sería como si aquel sonido, el dinero, o cualquier otro estímulo neutro, se volvieran autónomos en su capacidad de producir placer o displacer, a pesar de romperse el vínculo con el placer o displacer incondicionados que anticipaban. Aunque no esté el placer de la aprobación social ni el displacer de la desaprobación social concreta, de todas formas, la conducta buena o mala propias (sonido análogo) siguen produciendo placer o displacer. La naturaleza permitió una relativa autonomía del placer de la autoaprobación y del displacer de la autodesaprobación, por la utilidad especial que ello tiene. Gracias a esto, el sujeto tenderá por sí solo a hacer lo bueno una vez aprendido, y evitará hacer lo malo. Lo bueno y lo malo, en origen, son lo favorable y desfavorable a la tribu respectivamente.

Si bien la autoaprobación y autodesaprobación pueden adquirir una considerable autonomía, continúa no obstante la dependencia con respecto a la aprobación-desaprobación de las personas valoradas. Tales respuestas sociales, o la "idea" de ellas, a su vez contribuyen a mantener y "recargar" la capacidad de sentir autoaprobación y autodesaprobación. Así como al imp. sexual no lo conforma mayormente la masturbación, al de aprobación tampoco lo conforma del todo la autoaprobación. Ambos hechos constituyen lo secundario o la satisfacción parcial del respectivo impulso. Esto debía ser así, porque la selección natural eliminaría tanto a las tribus cuyos miembros tuvieran "autosuficiencia sexual", como a aquellas cuyos individuos fueran indiferentes con respecto a la respuesta social hacia la propia conducta.

Hay dos formas generales de la aprobación. Una es la felicitación concreta por un acto bueno, y la otra las muestras de aceptación, valoración, aprecio, como forma global de aprobación hacia la persona toda. Lo mismo con respecto a la desaprobación: desaprobación concreta por un acto, y desaprobación global hacia la persona en forma de desestima o desprecio. Todo eso se repite en relación a la autoaprobación y autodesaprobación: autoaprobación por un acto, o autoestima global; y autodesaprobación por un acto, o autodesestima.

En realidad, por "aprobación" se entiende generalmente la respuesta espontánea hacia un acto, siendo tal vez inadecuado dicho concepto para hacer referencia a la estima estable o valoración hacia el sujeto. Pero ante la ausencia de otro término que englobe ambos contenidos, haremos extensivo el concepto aprobación a toda respuesta anímica o afectiva positiva hacia un sujeto (o grupo). Tal noción global es lo que "maneja" en definitiva el imp. de aprobación. Dicho impulso motiva a lograr el placer que produce la respuesta afectiva positiva hacia sí, cualquiera sea su forma.

Tanto la aprobación como la desaprobación sociales son eficaces en su capacidad de producir placer o displacer en el destinatario cuando hay alguna cercanía afectiva entre los sujetos; especialmente cuando el que aprueba o desaprueba es valorado por quien recibe tales respuestas. El "aprobador" o "desaprobador" puede ser otro individuo, pero siempre afecta más cuando es el grupo en su conjunto, que es naturalmente lo más valorado.

La parte creciente del imp. de aprobación significa que el solo transcurso del tiempo sin aprobación social o sin percibir muestras de estima hacia la propia persona, o el carecer de motivos de orgullo, etc., moviliza la nec. del impulso. Así, la T.D. empujará al sujeto a hacer algo bueno, o a realizar obras positivas para el grupo. La condición no creciente implica que aunque todos hayan dado muestras de estima, o hayan felicitado afectuosamente al sujeto por una importante labor personal, aparecerá nuevamente la nec. de quedar bien, o de salir airoso, ante una nueva situación que se presenta como desafío moral.


© Autor: Alberto E. Fresina
Título: Las Leyes del Psiquismo
Editorial Fundar
Impreso en Mendoza, Argentina

I.S.B.N. 987-97020-9-3
Registrado el derecho de autor en la Dirección Nacional del Derecho de Autor en el año 1988, y en la Cámara Argentina del Libro en 1999, año de su publicación.
Características del ejemplar: Número de páginas: 426; medidas: 15 x 21 x 2,50 cm.; peso: 550 gs.


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