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TEORIA GENERAL DE PSICOLOGIA


LIBRO:
LAS LEYES DEL PSIQUISMO

Alberto E. Fresina


CAPITULO 7
-(páginas113 a 128 del libro de 426)


Indice del capítulo:

FUNCIONAMIENTO DE LOS IMPULSOS
1. El impulso mediador y las metas-medio y metas-fin
2. El aprendizaje y los impulsos
3. Lucha entre los impulsos
4. Lucha en el interior de un impulso
5. Particularidades funcionales de los impulsos
6. Los impulsos y los fenómenos históricos y sociales




CAPITULO 7

 

FUNCIONAMIENTO DE LOS IMPULSOS


Aunque no se revele con mucha nitidez en la superficie psíquica, la conducta está siempre sostenida por las tendencias dirigidas de los impulsos. Lo que impide ver con claridad ese hecho es que el imp. mediador tiene a cargo casi todo el colorido de metas de la intencionalidad. Pero se encuentra siempre sirviendo a los intereses de los otros impulsos. Los intereses de las personas son tan variados que se hace imposible delimitarlos. Pero ninguno de ellos persigue otra cosa que la satisfacción de los impulsos. Esto es así porque los intereses del sujeto son los intereses de sus impulsos.*


* Las expresiones referidas a que un impulso “usa” a otro, “coopera” con su compañero, o “se interesa” en algo, es obvio que deben entenderse en sentido figurado. Los impulsos no son entes subjetivos ocultos en las “tinieblas de la mente”. Son sólo leyes objetivas del psiquismo.

Hay una gran diferencia entre los intereses y necesidades de una persona y otra. Pero es una diferencia de forma y no de "fondo" o de contenido. Así, en determinada sociedad las personas tienen interés por conseguir dinero, mientras que en una tribu primitiva nadie tiene interés en ello, sino por ejemplo en construir buenas armas para la caza. El contenido común es el interés y nec. por objetos-medio; la forma diferente es nec. de dinero o de armas. Ambos coinciden en interesarse en objetos-medio que serán útiles a los fines de los impulsos. Tenemos en cada caso la unidad de lo común y lo diferente. Lo común es que el imp. mediador buscará siempre lograr los objetos-medio que se fijan los otros impulsos. Lo diferente es la naturaleza de esos objetos-medio. Esto último depende de las diversas circunstancias sociales, históricas, culturales y ambientales en general.

No solamente a nivel de medios se encuentran unidos lo común y lo diferente. A nivel de fines de los impulsos también se da la unidad del contenido común y la forma diferente. Por ejemplo, el contenido común de lo que persigue el imp. alimenticio es ingerir alimento; la forma diferente es comer pan, carne o tallarines. Esas formas diferentes de tener lugar la satisfacción del imp. alimenticio encierran por igual el contenido común: comer o ingerir alimento.

Los elementos: nec. - T.D. - satisfacción, de cada uno de los impulsos que hemos analizado, se refieren al contenido común, a la esencia constante que subyace al cambiante colorido de los fenómenos manifiestos, o de las posibles formas de tener lugar la satisfacción.

En base a los dos aspectos de los objetivos a los que tiende la conducta (contenido común o esencia y forma diferente o fenómeno), utilizaremos conceptos correspondientes para cada uno de ellos. El concepto: meta será usado en general para lo diferente o variable, sean medios o fines. Así, habrán metas-medio y metas-fin. Las metas-medio son por ejemplo: dinero, armas. Las metas-fin son: comer pan o carne. Las metas-medio son los infinitos y variables objetos o hechos en que los impulsos se pueden interesar como medios. Las metas-fin son las igualmente infinitas y variables formas de dar satisfacción concreta a los impulsos*. Estos conceptos servirán para referirse a la gran variedad de metas que se fijan las personas, a la gran riqueza de propósitos manifiestos de los sujetos. Y por otro lado, cuando hablemos de lo esencial o del contenido común siempre constante, utilizaremos el concepto: objeto de satisfacción. Tal concepto hará referencia a lo común que contienen las diversas metas-fin, a la esencia de lo que busca el impulso. Los objetos de satisfacción son los que forman la lista de “cosas” que producen el placer de cada impulso, ejemplo: comer, acto sexual, beber, etc. En el ejemplo del sujeto que buscaba la moneda para comprar el pan, encontramos claramente los tres elementos:.


* En el caso del impulso mediador, dada su especial naturaleza, lo que es meta-medio para cualquier otro impulso sería siempre meta-fin para él.

Meta-medio: moneda
Meta-fin: comer el pan
Objeto de satisfacción: comer

De tales elementos, sólo lo último es lo esencial y compartido por todos

La búsqueda de la meta-fin es inseparable de la búsqueda del objeto de satisfacción. Sólo que la primera es particularizada, es el fenómeno manifiesto; y el objeto de satisfacción es lo general, esencial y subyacente. La meta-fin es lo variable o casual; mientras que el objeto de satisfacción es lo constante y necesario. Pero ambos aspectos conviven en el mismo hecho. Comer el pan, por ejemplo, es la meta-fin, pero simultáneamente es el objeto de satisfacción: comer.

El objeto de satisfacción puede tener una variación estructural en un impulso. Por ejemplo, la aprobación, como objeto de satisfacción, tiene dos formas generales de ocurrir: 1- felicitación por un hecho concreto. 2- muestras de estima y aceptación hacia la persona por sus cualidades globales. A esas formas estructurales del objeto de satisfacción, y que corresponden al plano de lo común y esencial, les llamaremos: objeto de satisfacción especificado. No todos los impulsos tienen estos objetos de satisfacción especificados, ejemplo: el imp. alimenticio tiene sólo objeto de satisfacción: comer, y no tiene más especificación. En cambio el imp. de descanso, por ejemplo, tiene: el descanso que responde al agotamiento general del organismo, el ceder ante el sueño, y el descanso particularizado luego de un esfuerzo ocasional.

Los objetos de satisfacción especificados forman parte de la estructura del impulso. Están en el mismo plano que el objeto de satisfacción, o sea, corresponden a la esencia, o a lo común y compartido por toda la especie.

Los objetos de satisfacción (y sus especificaciones) son los fines esenciales de la intencionalidad, son las vías de entrada al placer y simultáneamente las vías de salida del displacer. Como la intencionalidad responde a la ley general, en esencia, no puede buscarse otra cosa que eso. Luego, en la motivación manifiesta encontramos una infinidad de metas-medio y metas-fin diferentes, que expresan la flexibilidad y capacidad de adaptación de los impulsos a las cambiantes circunstancias ambientales.


1. El impulso mediador y las metas-medio y metas-fin

Este impulso tiene por objeto de satisfacción: el logro de la meta. Dicho logro es lo que produce placer, generalmente en forma de alegría, y lo que pone fin a la nec. del imp. mediador. Como ya dijimos, las metas (medio y fin) son fijadas por los otros impulsos, y el mediador es el que ayuda a lograrlas. Volviendo al ejemplo anterior, cuando el imp. alimenticio se fija en la moneda como meta-medio, es ayudado por el imp. mediador, y entre ambos tienden a lograr su hallazgo. Aunque tales impulsos se hallen fuertemente unidos, se pueden distinguir por el matiz del displacer de la nec. y por el del placer de la satisfacción. La parte de hambre que acompaña la búsqueda nos muestra la presencia del imp. alimenticio, y la parte de “nec. de moneda” marca la presencia del imp. mediador. Luego, la “alegría del logro”, como forma de placer, es la satisfacción característica del imp. mediador. Pero tal alegría tiene todos los matices de lo que está anunciando, es decir, se ve matizada por la representación mental del alimento y el comienzo de su disfrute en la fantasía. Estos elementos muestran la presencia de ambos impulsos. También notamos la total dependencia del imp. mediador con respecto al impulso al que sirve.

No sólo en el logro de las metas-medio se da la ayuda del imp. mediador, sino que también brinda su apoyo en el logro de las metas-fin. En el ejemplo que traemos, el imp. alimenticio se fijó el hallazgo de la moneda como meta-medio, pero también se fijó comer el pan como meta-fin. El imp. mediador se suma aquí nuevamente al alimenticio, y además del hambre aparece la nec. de lograr “comer el pan”. O sea, el ingerir ese alimento es una meta compartida por ambos impulsos. Para el alimenticio es una meta concreta, por cuanto ese hecho contiene la esencia de su objeto de satisfacción; y para el mediador el acto de comer el pan es una meta “abstracta”, es algo que se quiere lograr tal como si fuera la moneda. Así, en el acto de ingerir dicho alimento se produce una simultánea satisfacción de ambos impulsos. Por un lado tiene lugar el placer propio de la ingestión, y por otro la satisfacción de verse a sí mismo comiendo el pan, como logro de la meta. Este placer es del imp. mediador, cuyo objeto de satisfacción es siempre el logro de la meta cualquiera sea.

La capacidad del imp. mediador de acompañar hasta el final a los otros es un refuerzo general para éstos. Se trata de un apoyo incondicional hasta las últimas instancias. Por consiguiente, el placer del imp. mediador no es sólo la reacción anticipada a la satisfacción, por el logro de la meta-medio, sino que también es conjunta a dicha satisfacción, en cuanto logro de la meta-fin.

El impulso mediador suele fijarse grandes cadenas de metas-medio. Se fija el logro de un medio para lograr otro medio, y así sucesivamente. Ejemplo, la moneda es un medio para lograr otro medio: comprar el pan. También, la satisfacción concreta de un impulso puede ser un medio para otro. Por ejemplo, asimilar la información es la satisfacción concreta del imp. de curiosidad, pero puede ser a la vez un medio para otro impulso. Así, el mediador, si está sirviendo a ese otro impulso, se acopla al de curiosidad y entre ambos motivan a asimilar la información. Lo mismo cuando se mata una presa para alimentarse. Aquí, el imp. alimenticio se fija como meta-medio la muerte del animal. Pero dicha meta implica a la vez la vía de entrada al placer del imp. de agresión. Por tanto, el imp. mediador, que sirve al alimenticio (o al fraterno si lo que se procura es alimentar a los seres queridos), se puede acoplar al imp. de agresión, y entre ambos empujar la conducta por la que se da muerte a la presa.


2. El aprendizaje y los impulsos

Sabemos, en base a la ley del efecto, que el organismo tiende a repetir lo que produce placer y a evitar la repetición de lo que genera displacer. También sabemos que, en general, para que se repita la conducta que llevó al placer, o para que no se repita la que concluyó en el displacer, debe haber cierta cercanía en el tiempo entre la conducta y el placer o displacer consecuentes. De lo contrario el organismo no podrá relacionar los hechos. Si un animal realiza determinada acción, y al día siguiente le damos un alimento como premio, no “sabrá” que la comida se logra con esa conducta. En cambio, si al momento que la realiza le damos el alimento, y sólo lo hacemos inmediatamente después de ello, cada vez que siente hambre repetirá aquella conducta asociada al placer de la ingestión.

En el hombre, como es evidente, la cercanía en el tiempo entre la conducta y el premio o castigo no es imprescindible. Si un niño realiza una acción determinada y a los cinco días le damos un premio, recordándole porqué lo hacemos, puede ser suficiente para que tienda a repetirla.

Aunque el aprendizaje humano no dependa de la cercanía temporal como condición exclusiva, no obstante, el poder determinante de esas consecuencias anímicas de la conducta (premio y castigo) es máximo cuando se juntan las dos circunstancias, esto es, cuando el premio o castigo, además de ser interpretados por el razonamiento como consecuencias de la propia conducta, se presentan en forma inmediata. Por ello, dada la lucha por la sobrevivencia, la naturaleza seleccionó las tribus donde el premio y castigo, además de ser atribuidos correctamente por el intelecto, eran dominantemente inmediatos a la conducta correcta o incorrecta.

Esa sería la función de las respuestas espontáneas de aprobación y desaprobación. Hacía falta un sistema ágil de premio y castigo, que permitiera que el placer o el displacer consecuentes a las conductas buenas o malas fueran dominantemente inmediatos a su realización. En la tribu primitiva sería muy dificultoso tener que dar un inmediato trozo de carne a cada sujeto que realiza una conducta buena, o someterlo a tormentos físicos por cada error que cometa. Si bien este tipo de medidas extremas se acumulan y siguen coexistiendo con lo nuevo, lo fundamental del sistema de premio y castigo es la aprobación-desaprobación sociales en todas sus formas. Se trata de un “invento magistral” de la naturaleza, por el que basta un gesto sobre la marcha para producir placer o displacer en el destinatario según la calidad de su conducta. Tal sistema es un soporte fundamental del aprendizaje propiamente humano: el aprendizaje social y cultural.

Además de favorecer el aprendizaje social, este mecanismo es un importante incentivo para la eficiencia en el desempeño de toda actividad social. Por todo ello, la tendencia a hacer lo bueno (o aprobable) y evitar lo malo (o desaprobable), como valores absolutos del mecanismo moral, tiene la más vital importancia para una tribu.

Sin embargo, traemos acumulado también un sistema más primitivo de premio y castigo que es compartido con otros animales. Consiste en la alegría por el logro de la meta y la frustración como displacer reflejo ante el fracaso en el intento de ese logro. Las reacciones espontáneas de placer o displacer por el éxito o fracaso en el logro de la meta son premios y castigos naturales en relación a su función para el aprendizaje. La conducta que falla en el propósito es generalmente una conducta inútil que debe modificarse o reemplazarse. Por eso, el intenso disgusto de la frustración tiene la utilidad de motivar al organismo a no repetir la conducta y a cambiar su estrategia.

De ello se deduce que el imp. de conservación es también un apoyo general para las metas de los otros impulsos; es decir, como dicho impulso tiene por consigna la evitación de todo displacer, y dado que la frustración es una vía libre de entrada al displacer, aparecerá entonces el temor ante el posible dolor del fracaso. Por lo tanto, el imp. de conservación, al evitar constantemente el displacer de la frustración, se convierte en un apoyo general de la T.D. de los otros impulsos; es el responsable de evitar los errores.

Las instantáneas reacciones de placer o alegría del logro y displacer o frustración, que responden a la conducta acertada o errónea, tienen la importante función de orientar el aprendizaje del organismo. Esto nos muestra nuevamente que la naturaleza siempre “coloca” el placer y el displacer donde hacen falta, y la ley general hace el resto.

Tenemos, así, que los impulsos mediador y de conservación son los que van rodeando la T.D. del impulso en actividad, colaborando firmemente con él; el mediador buscando la alegría del logro y el de conservación evitando el disgusto de la frustración.

Este sistema primitivo de premio y castigo, junto a los placeres y displaceres concretos del resto de impulsos, más la imitación espontánea, es lo que compartimos con otros animales en cuanto a elementos orientadores del aprendizaje. Pero en el hombre se agrega aquel nuevo sistema de premio y castigo de la aprobación-desaprobación sociales.*


* Una buena parte de la imitación humana está sostenida también por el interés en la aprobación. Sobre todo en la niñez y adolescencia, se da el fenómeno por el cual tiende a concebirse como bueno (aprobable y por tanto imitable) lo que hacen las personas valoradas.

A pesar de la gran ventaja que este nuevo sistema significaba para una tribu, la lucha objetiva entre los organismos sociales por la mayor eficiencia del funcionamiento global era tan exigente que no fue suficiente ello, sino que se desarrolló un nuevo sistema complementario de premio y castigo, consistente en la autorrespuesta ética-moral; esto es, la capacidad de sentir placer o displacer ante la propia conducta buena o mala aunque nadie juzgue al sujeto. Dicho sistema complementario está sustentado también por los impulsos de aprobación (autoaprobación) y de conservación (evitación del dolor de la autodesaprobación por el propio acto malo). Todo esto hace que los miembros de la tribu desarrollen un sistema de valores (clasificación de las acciones en buenas y malas, o aprobables y desaprobables) regulador de sus conductas y actitudes.

Durante el desarrollo de la especie, la moral jamás podía oponerse a la satisfacción regular de todos los impulsos. Como dicha satisfacción era siempre útil a la vida, ninguna tribu sobreviviente podía tener una moral cuyo contenido fuera opuesto a ello. Por el contrario, las tribus sobrevivientes, que terminaron en la aparición final del hombre, eran aquellas cuyos contenidos morales (normas y valores) significaban siempre un apoyo y fortalecimiento para la satisfacción de los impulsos en todos sus miembros.

Por otra parte, es incorrecto concebir a la moral separada de los impulsos. No están de un lado los impulsos y del otro la moral. Lo que sucede es que algunos impulsos se organizan en su funcionamiento, llevando “encarnada” la función moral. Así, el imp. de aprobación se satisface a través del acto bueno, y el de conservación, en una de sus partes, evitando la conducta mala.


3. Lucha entre los impulsos

Si alguien, en base a su moral, impide la satisfacción a su imp. sexual, tendremos que este último buscará unilateralmente la satisfacción. Pero se encontrará con una fuerza que se le opone. Dicha fuerza no es más que el imp. de conservación. Dado que el sujeto concibe la conducta sexual como un mal moral, y como el mal moral lleva al dolor de la desaprobación social y de la autodesaprobación o culpa, el imp. de conservación, que es el encargado de evitar el dolor, tratará de evitar el dolor de la culpa y del rechazo social. Por tanto, evitará el mal. Como el mal, aquí, es la actividad sexual, esto es entonces lo que debe evitar el imp. de conservación. De tal modo, se produce una intensa lucha entre dos poderosas fuerzas del psiquismo: el imp. de conservación y el sexual. Aunque la lucha entre esos impulsos puede ser suficiente para trastornar el psiquismo, cada uno de estos “titanes del espíritu” tiene un poderoso impulso “amigo” que lo ayuda. El de conservación, en su interés de negar la satisfacción sexual, cuenta con el apoyo incondicional del imp. de aprobación. La aprobación y autoaprobación se logran al realizar lo bueno, y aquí lo bueno es abstenerse del sexo. Por su parte, el sexual cuenta con el apoyo del imp. de gozo. La vía sexual de entrada al placer es una de las predilectas del imp. de gozo. Por ello, este último vuelca su apoyo al fijar su más intenso deseo en la satisfacción sexual. Indudablemente, el desarrollo de esta lucha de gigantes puede terminar en un “desastre” psicológico.

La lucha excluyente e indefinida entre los impulsos es siempre perjudicial. Sólo es positiva cuando se da el pasaje del dominio de uno a otro, de modo que todos tengan una regular satisfacción. Ejemplo, si el imp. sexual se encuentra en una situación previa a la satisfacción y se presenta un peligro, aparecerá el imp. de conservación que impedirá la satisfacción sexual. Pero pasado el peligro el imp. sexual seguirá con lo que estaba haciendo. Estas son las luchas normales o funcionales que tienen lugar en el interior de la intencionalidad. Pero los impulsos deben “tener en claro” que forman parte del mismo “equipo” de la intencionalidad. La lucha auténtica del psiquismo es la que libra la ley general contra las fuerzas objetivas contrarias. Los efectos supremos excluyentes que están en juego son: la felicidad-infelicidad. Por tanto, los impulsos particulares deben cooperar entre sí, o bien tener luchas funcionales equilibradas que permitan el continuo pasaje de uno a otro, evitando que se produzca la negación absoluta de la satisfacción de un impulso, víctima de los otros. Ello sería favorecer al enemigo común: al displacer, que llega triunfal con las banderas del trastorno psíquico y la infelicidad.

Un caso en que es frecuente aquella intervención negativa del imp. de conservación está dado cuando impide al de curiosidad el arribo a determinadas conclusiones. Esto ocurre en aquellos casos en que la aceptación de determinada verdad significaría un fuerte dolor. Si esa verdad es motivo de una gran desilusión, dolor moral, o perjudica los intereses del sujeto, o bien es contraria y hostil a la “postura de los amigos”, el imp. de conservación tratará como siempre de evitar el dolor. Para ello desviará el curso de los razonamientos, arribando el individuo a una irracional e ilógica conclusión, pero que lo favorece o que permite evitar aquel dolor.

El mecanismo visto es una verdadera trampa para el pensamiento. Por eso está siempre presente el riesgo de autoengaño o de rechazar ideas porque son molestas, sin importar su veracidad. Ese riesgo se vería considerablemente disminuido cuando el sujeto ha desarrollado sus valores de un modo tal que siente un fuerte displacer moral por faltar a la verdad, o por la sola sospecha al respecto, y que no es menos intenso que cualquier otro displacer. Eso hará que el imp. de conservación motive a evitar el dolor de verse a sí mismo huyendo de la verdad, por lo que no se deformarán mayormente los razonamientos. Si bien a veces es muy dolorosa la aceptación de la verdad, tal desarrollo y disposición de los valores implica un dolor moral similar o mayor por huir de ella. Además, habrá un placer moral por aceptarla, lo que terminará en un desequilibrio a favor de la verdad.


4. Lucha en el interior de un impulso

En el interior de la intencionalidad no sólo se producen luchas entre dos o más impulsos, sino que se excluyen con frecuencia las diversas metas de un mismo impulso. Ejemplo, el imp. alimenticio puede “dudar” entre distintas comidas. También, el de conservación eventualmente debe elegir entre evitar un peligro u otro.

En algunos impulsos, cuando se da la lucha entre dos metas-fin, y al optar finalmente por una de éstas, el impulso en su totalidad queda satisfecho con ello y la otra meta deja de interesar. Por el contrario, en otros impulsos cada meta-fin puede tener su exigencia propia, donde la satisfacción por el logro de una de ellas no afecta la permanencia del interés por la otra. Aquí, cada meta-fin tiene su autonomía de exigencias de satisfacción. Por ejemplo, si el imp. de curiosidad se ha movilizado paralelamente sobre dos misteriosos hechos que intrigan al sujeto, y donde se excluye el conocimiento de uno u otro, el satisfacer la curiosidad en relación a uno de los casos no hará desaparecer la curiosidad especial hacia el otro hecho. En cambio, en el imp. alimenticio, por ejemplo, esto no sucede, sino que la suficiente ingestión de un alimento hace desaparecer el interés por el otro.

Los impulsos que suelen fijarse metas particularizadas con gran permanencia e independencia son los de conservación y de gozo. Tanto el temor como el deseo, cuando se fijan a determinados objetos o situaciones, mantienen una gran autonomía en relación a cada objeto particular. Son metas-fin, a evitar y lograr respectivamente, que quedan fijadas con gran firmeza e independencia respecto al resto de metas del mismo impulso. Esto tiene su máxima expresión en las fobias y en las fijaciones obsesivas del deseo.


5. Particularidades funcionales de los impulsos

Cuando un impulso de los crecientes o de los mixtos lleva mucho tiempo sin satisfacción, comienza a aumentar gradualmente la nec. y con ello las exigencias de satisfacción. El aumento progresivo de la intensidad de la nec. y de la actividad de la T.D. llegan a un punto máximo en el que se estabilizan formando una especie de meseta en un gráfico imaginario. Mientras la satisfacción no tenga lugar, el impulso se mantendrá continuamente alrededor de la meseta máxima. Esto es válido para los impulsos no crecientes (y para la parte no creciente de los mixtos) cuando ya se ha movilizado la nec. y la T.D. Al repetirse la presentación de los estímulos movilizadores, sin tener lugar la satisfacción, estos impulsos llegarán también a la meseta máxima.

En esas situaciones la nec. será muy intensa, pero no necesariamente constante en su grado, es decir, puede disminuir la intensidad del estado displacentero de la nec., e incluso desaparecer prácticamente, acentuándose luego (esto respondería al necesario reposo de las neuronas responsables). Pero la T.D. mantendría siempre una atenta actividad mientras no tenga lugar la satisfacción. La influencia sobre la conducta, de esa actividad de la T.D., se manifiesta en los contenidos de las representaciones mentales. También en el mayor peso, en las decisiones, de aquellas opciones que sean más prometedoras para la satisfacción del impulso. Por su parte, los contenidos de los sueños tienden a relacionarse a situaciones de satisfacción del impulso postergado. Otra manifestación es la selectividad de la percepción, que hace distinguir con más facilidad los estímulos sensoriales relacionados al impulso necesitado.

Esa mayor actividad de los impulsos insatisfechos es algo de gran utilidad para la vida. Al ser todos directa o indirectamente vitales en cuanto a su satisfacción, es imprescindible que el impulso postergado, por sí solo trate de llamar la atención. De lo contrario, el sujeto daría satisfacción a unos cuantos que le producen placer, olvidándose de los otros.

Decíamos que una de las formas que tiene el impulso para hacerse notar es su capacidad de usar la representación mental. Esto lo hace presentando imágenes de las situaciones de satisfacción. Tales imágenes pueden ser fantasías, o bien ideas fugaces de la meta-fin. Al presentarse esas imágenes, hacen despertar o intensificar la nec. del impulso insatisfecho, renovando constantemente el vigor de la conducta que se orienta hacia la satisfacción. Por ejemplo, si el imp. alimenticio es el movilizado, aparecerá un leve placer súbito junto a la fugaz imagen mental de un alimento que nos quedó esperando. Esa imagen, más el leve placer súbito que genera, harán revivir la nec., que dará un nuevo “impulso” a la T.D. orientada a concretar la satisfacción.

Tanto las imágenes fugaces, como las fantasías más elaboradas, producen por un lado un placer orientador, y por otro hacen resurgir la nec. vivencial que da un nuevo empuje a la tendencia dirigida.

Digamos que lo que se provoca intencionalmente, aquí, es sólo la aparición de la imagen del objeto de satisfacción y el placer que esa imagen produce. Pero la siguiente acentuación de la nec., que responde a ello, es un mecanismo ajeno a la intencionalidad. Lo intencional es la nueva respuesta a la nec. acentuada.

En el caso del imp. de conservación se presenta una situación especial y algo paradójica. Aquí, aparecen imágenes desagradables u horrorosas de aquello que se debe evitar. Pero tales imágenes no son buscadas por la intencionalidad. Esto se explica por el hecho de que la función del imp. de conservación es evitar algo que aún no sucede, y para ello es necesario que aparezcan a modo de imposición inevitable las representaciones mentales de esos hechos, de manera que despierten el temor y mantengan preparado al organismo. Si esas imágenes fueran susceptibles de un manejo intencional, serían evitadas o “borradas de la mente”, lo que haría que el organismo olvide los peligros que lo amenazan, siendo presa fácil de ellos. Por eso es indispensable que aparezcan aquellas imágenes, para recordarle al sujeto qué hechos debe evitar. En otros términos, tales representaciones mentales desagradables son producto de mecanismos autónomos de las fuerzas contrarias a la intencionalidad, las que cooperan con ésta para la sobrevivencia. Esos mecanismos autónomos hacen aparecer aquellas imágenes, de modo de producir y mantener el temor. Por tanto, en esencia, son mecanismos equivalentes a los responsables de producir y mantener el hambre, la sed, etc. En el imp. de conservación, el objeto de satisfacción es la evitación de algo que aún no ocurre. Pero como para evitar algo es necesario primero concebirlo en su forma afirmativa, deben aparecer obligadamente las imágenes afirmativas de lo que no debe suceder. Gracias únicamente a ello aparece el temor en la vivencia, que moviliza la conducta de evitación.

Sin embargo, cuando el motivo de dolor, o lo que hay que evitar, es un deseo propio, aquí el mecanismo se vuelve en contra del sujeto. Cuando ese deseo es concebido como un mal moral por ejemplo, ello hace que el peligro de dolor esté dado en los propios deseos. Luego, como el mecanismo autónomo hace aparecer en forma inevitable la imagen del motivo de temor, aparecerá la representación mental del objeto deseado y del propio acto de su satisfacción. Esa imagen, cuando es frecuente, tiene el efecto de renovar y reforzar el deseo. Al aumentar el deseo, aumenta el peligro de dolor moral. Y como el mecanismo autónomo hace aparecer la imagen de lo que se debe evitar, aparece pues la imagen del objeto deseado y del deseo mismo, reforzándolo nuevamente. Tal situación hace que aquellas imágenes ya no sean sólo producto del mecanismo autónomo de la aparición de aquello a evitar, sino que también comienzan a ser promovidas por el propio imp. de gozo, como respuesta al deseo reactivado.

Este proceso es el que contribuye a mantener las reacciones obsesivo-compulsivas. Es como recordarle constantemente a un niño que no debe comer el “sabroso” chocolate.

En lo que sigue no tendremos en cuenta aquellas “antifantasías” de lo que se debe evitar, que son ajenas a la intencionalidad, sino las promovidas por las tendencias dirigidas de los impulsos. En el caso del imp. de conservación, las auténticas fantasías de su T.D. son aquellas que tratan sobre situaciones de seguridad o ausencia de peligros, ejemplo: las fantasías de paz de un soldado en plena guerra; es decir, sólo son fantasías las promovidas por la T.D. que responde al temor movilizado, y no las imágenes ajenas a la intencionalidad que generan el temor.

Las fantasías surgidas en condiciones de insatisfacción tienen la función de movilizar al sujeto en la dirección de su realización. Aunque no logre las situaciones imaginadas, al menos lo logrará en el máximo grado posible. También tienen la función de provocar una cierta satisfacción parcial del impulso, lo que contribuye a mantener la buena disposición de ánimo y a revivir el interés por el objeto de satisfacción. Aunque en muchos casos esas fantasías sean buscadas en sí mismas por el sólo placer que producen, no obstante, ello hace que se mantenga la mente ocupada en contenidos relacionados al objeto de satisfacción del impulso necesitado, lo que siempre será favorable para la posterior satisfacción.


6. Los impulsos y los fenómenos históricos y sociales

Cada bebé normal trae potencialmente al nacer los mismos impulsos y del mismo poder motivacional básico que cualquier bebé (ya humano) de otro lugar o de otro tiempo. Los impulsos son fuerzas ciegas, iguales en todos. Por eso, el medio externo, la ubicación social del sujeto en desarrollo, o bien sus condiciones generales de vida, determinan el rumbo de las tendencias dirigidas de los impulsos. En otros términos, determinan los variados intereses o metas-medio y metas-fin. Estos elementos, en el nivel sociológico, aparecen como nuevas necesidades histórica o socialmente determinadas, las que expresan la gran flexibilidad y capacidad de adaptación de los impulsos a las cambiantes circunstancias ambientales.

Esas nuevas necesidades, a las que también podríamos llamar necesidades adquiridas, y que esencialmente son las diversas metas-medio y metas-fin de los impulsos, están representadas, por ejemplo, por todo aquello que en una sociedad moderna un individuo puede sentir que necesita, que le “hace falta”. El propio desarrollo histórico de la producción y de la vida social en general va haciendo surgir las nuevas necesidades; ejemplo: camisetas, lampazos, vehículos, analgésicos, palanganas, rejas, noticieros, ventiladores, teléfonos, libros, etc. Tales necesidades, que pueden variar infinitamente, dependen de aquellas circunstancias externas, históricas, sociales, culturales, de la sociedad. Sin embargo, en ningún caso dejan de ser los caminos o formas particulares por los que se trata de dar satisfacción a los mismos impulsos universales. Todas esas nuevas necesidades adquiridas, determinadas por el propio desarrollo social, están sustentadas, en lo funcional, principalmente por la actividad del impulso mediador. Este aporta su “fondo común” de nec. indiferenciada, como sucedía en el ejemplo de la moneda (meta-medio) y del pan (meta-fin), y se carga con el contenido de lo que a cada paso se van fijando como metas específicas los demás impulsos. Ello, en base a sus intereses esenciales y absolutos, y según las condiciones generales de la existencia material y concreta del sujeto en relación a su realidad social y a todo lo que lo rodea.

Los impulsos, al ser compartidos por todos, son por lo tanto un factor constante. Jamás pueden ser determinantes de ningún acontecimiento histórico o social diferencial. Al respecto están condenados a un papel pasivo, al igual que todo factor constante cuando se trata de un fenómeno diferencial. Por ello, la explicación de esos fenómenos históricos y sociales debe buscarse sólo en las leyes del nivel social, las cuales forman un orden superior de leyes en cuya órbita se mueven los psiquismos individuales.

Si en una sociedad hay una clase trabajadora y otra capitalista, y los miembros de la primera tratan de lograr un salario más elevado, y los de la segunda una ganancia más elevada, obviamente no implicará que nace gente con “impulso al salario” o con “impulso a la ganancia”. Tales intereses surgen de la diferente ubicación social de ambos grupos de sujetos. Al estar organizada la vida social de modo que el dinero es un medio universal para la satisfacción de muchos impulsos, sólo queda aspirar a él como un medio inevitable. Así, tales impulsos, o más específicamente sus respectivas tendencias dirigidas, sumarán sus fuerzas formando una “alianza motivacional” en el psiquismo del sujeto, y dando lugar a los intereses económicos. Estos adoptarán la forma de salario, ganancia, honorarios, etc., según la ubicación del sujeto en el proceso global de producción y distribución sociales.

Todo esto nos muestra que no son fenómenos distintos la tendencia a afirmar el placer y negar el displacer, los impulsos, y los intereses económicos. El razonamiento es como sigue. En principio, se busca el placer y negar el displacer. Luego, como esa tendencia general se ramifica en los impulsos particulares, cada sujeto trata de satisfacerlos. Pero como eso, dada la realidad social, se logra con dinero, los impulsos se interesan en él. Así, tal convergencia de los intereses parciales de los impulsos da forma a los poderosos intereses económicos, los que adquieren la fuerza de un gran río formado por varios ríos menores afluentes.

Pero es evidente que si los impulsos tienen asegurada de otra forma su plena satisfacción regular, el dinero o el poder económico, al ser sólo medios, dejan de interesar completamente.

Digamos finalmente, que son dos tipos de condiciones o premisas básicas las que determinan que un impulso exista. Una es que los impulsos, para ser tales, deben estar “sujetados” a la ley general. El objeto de satisfacción debe ser un hecho productor de un placer concreto e incondicional en todos los miembros de la especie, como satisfacción de una nec. particular igualmente compartida por toda la especie. La otra condición es que el acto de su satisfacción debe implicar un hecho objetivamente útil a la sobrevivencia individual y grupal. Conocemos muchos listados de instintos, pulsiones, necesidades o impulsos del hombre, pero los criterios para establecerlos nunca se ajustaron, al menos plenamente, a esas condiciones. Primero, porque desde la remota época de Epicuro, rara vez se entendió y se le dio importancia teórica a la existencia de la tendencia absoluta de la intencionalidad que aquí llamamos ley general del psiquismo*. Y por lo tanto, sin esa premisa, no se pueden concebir los impulsos como las vías particulares a través de las cuales actúa esa tendencia esencial y absoluta de la intencionalidad a afirmar el placer y negar el displacer. Y segundo, porque la idea de lo útil a la sobrevivencia, premisa que sí se tomó en consideración, se vio siempre distorsionada a causa del enfoque individual del hombre primitivo. Pocas veces se tuvo en cuenta, entre los que se dedicaron al estudio de los impulsos o necesidades primarias, el hecho de que las tendencias esenciales características del hombre cumplían, en su origen, una función que no hacía tanto a la sobrevivencia individual directa, sino a la de la tribu, a la del organismo social en su conjunto.


* Tampoco Freud comprendió claramente la generalidad de esa tendencia. Su “principio del placer”, que parecía algo oportuno y realista, sufrió la abrupta limitación de un extraño “principio de realidad”, concebido como si fuera un mecanismo de la intencionalidad esencialmente distinto o ajeno a esa tendencia general (ver Freud Sigmund. Obras completas. Amorrortu Editores. Buenos Aires 1988).

Cuando se habla, por ejemplo, de misteriosas tendencias antisociales, como los “instintos explotadores”, de “poder”, de “sometimiento”, etc., veremos que no cumplen ninguna de aquellas condiciones. Claro que esos “instintos”, más que serias hipótesis científicas, son elementos que cumplen una función ideológica: la de “justificar la injusticia”, o sea darle “redondez a la cuadratura”. Pero tales instintos imaginarios, además de no provocar placer sino sólo en quien sufre algún grado de alteración psíquica (placer del sadismo y la humillación hacia otros como una posible orientación enfermiza del impulso de agresión), serían altamente perjudiciales para la sobrevivencia. Ninguna tribu podría sobrevivir con semejante “locura colectiva” de sus miembros.


© Autor: Alberto E. Fresina
Título: Las Leyes del Psiquismo
Editorial Fundar
Impreso en Mendoza, Argentina

I.S.B.N. 987-97020-9-3
Registrado el derecho de autor en la Dirección Nacional del Derecho de Autor en el año 1988, y en la Cámara Argentina del Libro en 1999, año de su publicación.
Características del ejemplar: Número de páginas: 426; medidas: 15 x 21 x 2,50 cm.; peso: 550 gs.


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