mimos de la química

por>lisandro lértora

Existen dos hemisferios que conjugan y saldan sus diferencias en la adicción. Por un lado, la adicción es funcional a la sociedad, y por otro es enteramente competente al individuo. A pesar de la oposición entre los dos términos en la dependencia surge una síntesis en la que, creo, se sostiene buena parte de su esencia. En la interacción entre los hombres se juegan papeles, posturas que llevan el sello impreso de un ser, un personaje a través del cual se habla y se siente pero que a su vez, eso que somos, se ampara en un grupo que brinda como ventaja principal asidero al mundo, pertenencia en la vasta comunidad humana. Así, si indagamos superficialmente, sale a la luz una primera ganancia del “ser drogadicto”: el espíritu se regocija eterno en el vínculo con otros iguales, que sufren similares penurias tanto individuales como familiares. En el ámbito colectivo es donde se forja el emerger al cosmos como una construcción social y no, la forma más dolorosa, como un ente autárquico que es desvalido frente al resto que lo asedia y lo repulsa por ser diferente. Además, recordemos que en la rebeldía del hijo ante la familia, buscar el confronte y a la vez la impunidad, en ese bienestar caótico de la adolescencia, la sustancia tiene un papel preponderante como fuente de conflicto. ¿Pero es este carácter -el de posibilitar ser, el de etiquetar con la estampa del grupo al individuo para que sacie una dolencia que a la mayoría de los mortales les resulta insostenible: sentirse amparados ante lo inconmensurable de la sociedad toda- este carácter, decíamos, es acaso suficiente para que un alma restrinja su vida, la trunque e imponga límites a su existencia, se entregue a los mimos de la química que influyen negativamente sobre el máximo valor mundano: la Libertad? Aquí es dónde la individualidad hace su aparición en escena: eso que se es, cuerpo que goza, relame en un regocijo orgásmico al ser, extrañado, al saciarse con la ingestión del tóxico. Una fuerza inherente a lo orgánico, desmedida y que pulsa desde su sino a la satisfacción, un goce que se deslinda y brega únicamente en aras de su meta eterna, la sacia; allí dónde el cuerpo es compelido a someterse gustoso ante la potencia descomunal de la lucha titánica entre vida y muerte, donde la sexualidad crea su ilusión de inmortalidad, los agujeros.... ¡rellenarlos!... la inconmensurable dimensión de la pulsión encuentra un atisbo para ser pensada y sobre todo justificada. Las adicciones presentan por su relación con lo carnal la facultad de dominar y dirigir el pensamiento, de encubrir mediante engaños y fantasías lo trágico y doloroso: se ha entregado la rutina diaria, el pesar de la existencia, a una sustancia capaz de embellecer la desdicha innata, el malestar. Y aquí viene la paradoja, el hombre es libre o al menos se siente así, y perder su característica esencial sólo depararía tristeza y enfrascaría al deseo en el anhelo vital de recuperarla, entonces podemos afirmar que un sentir oculto sostiene lo insostenible en la adicción, permite al hombre trocar su libertad: es necesario que en la confluencia de la droga y el cuerpo, en la manifestación de la pulsión, también el alma sienta dicha en forma similar que tras contentar a la naturaleza con la cópula. En ese momento místico aquello que nos quita la vida (orgánicamente) a su vez nos la justifica, nos permite continuar a pesar de todo. Acaso no hay algún argumento más valedero para tal acción que hacerlo a favor de la satisfacción; y he resumido lo expuesto aquí con una frase que me avasalló de inspiración en un relato ficticio: “Allí es donde me quiero morir” -donde me conforto con lo que soy, donde la inclemencia del mundo me resbala y, obviamente, donde gozo. Pero si me dejo llevar por mi pensamiento y adentro en mi intimidad y puedo discernir tras lo anterior, se esconde un sentimiento de resignación. Se ha desestimado no se sabe debido a qué inclemencias externas, hallar satisfacción en el afuera. De manera que se deslumbra otra ventaja favorable para quien consuma elixires: es ante todo un regocijo controlado, donde las dificultades para hallar dicha han sido suplidas por el apoderamiento de la situación que se rige por las leyes del capitalismo. Las drogas son un producto del mercado y al comprarlas se asegura el acceso al goce. Pero, a su vez, ese micro clima de ensueño depara al individuo a apartarse del mundo y volverse un ermitaño oculto tras la cáscara de la adicción, retornando si se quiere a la complacencia del reducto uterino.

 

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