Breve historia del homo erectus

Hubo un momento de la prehistoria en que el hombre separó sus manos del suelo y se irguió sobre la tierra. El "homo erectus", lo llaman los historiadores, y todos coinciden en que precisamente esa actitud de erectus mejoró notablemente sus relaciones con el sexo opuesto e hizo menos tedioso el paso de las horas en la noche de los tiempos a pesar de que al principio provocó cierto recelo entre las mujeres, algunas de las cuales se mostraron sorpendidas; a lo que el homo erectus contestaba que no podía pasarse las noches haciendo dibujitos en las cuevas de Altamira mientras ellas se paseaban desnudas por todos lados.
--Uno no es de piedra, ¡ qué embromar! --dijo tal vez alguno, a lo que ella seguramente contestó: --Pero ¿vas a seguir así todo el tiempo, qué vas a hacer con eso?.
--¿Y qué se yo? --Bueno, acostémonos que es tarde y mañana hablamos.
En el fondo de sus almas eran inocentes pero en el fondo de la cueva no tanto, y algunos historiadores han descubierto curiosas inscripciones como por ejemplo: "Eramos pocos y no sé qué le pasó a mi abuela", o "A la Juanidonte le gusta el Cachosaurio", etc., lo que demostraba sin duda cierta tendencia a la promiscuidad.
Ya en esas épocas los hombres se empezaron a dividir entre los que gustaban de los dinosaurios y los que preferían las mujeres. Cuando se extinguieron los dinosaurios, un sector del primer grupo se volcó al segundo quedando una pequeña minoría, al margen de los acontecimientos. Estos últimos fueron llamados más tarde "homosexuarios". La competencia Prece en el mundo muy poco después, pues el ser un homo erectus dejó de ser privilejio de unos pocos para convertirse prácticamente en un hábito, de ahí que siglos más tarde surgiera el dicho "El hábito no hace al monje", derivado de  "El monje no hace al hábito", pues la Iglesia era, antes del concilio, muy severa para algunas cosas.
Desde ese momento, el hombre tuvo que ingeniarse para la conquista de las mujeres.
Años después figuran los homos erectus en los libros de la Inquisición. "Preparan extraños brebajes --dicen éstos-- con los que se mojan sus ropas produciendo diabólicos efectos en las mujeres". Condenados por el tribunal del Santo Oficio, invariablemente piden como última gracia pasar la noche con la infanta de Aragón, petición a la que esta piadosa dama normalmente accede con cristiana resignación. En los anales de la Inquisición figura  una lista de quinientos cuarenta y dos homo erectus con dirección y señas particulares.
La denuncia lleva la firma de la Infanta de Aragón.
En 1690 el virrey Pedro Pablo Sotomayor, gobernador de la isla de San José de las Palmas comunica a la corona haber exterminado un brote de homo erectus. Se carece de datos sobre el eficaz sistema utilizado, pues dicho virrey encontró la muerte poco tiempo más tarde durante la sangrienta sublevación que los historiadores denominan "El alzamiento de las vírgenes furiosas".
Fue recién durante la Revolución Francesa que en boca de Robespierre oímos mensionar por primera vez el nombre de homo erectus en el territorio de Francia. Lo hace ante una asamblea reunida al efecto y la opinión predominante coincide con el ilustre ciudadano cuando dice: "La misma libertad podría aparecer un día con el gorro frigio ladeado, las ropas desgarradas y esa curiosa expresión de inconciente alegría que vemos en las víctimas de los homo erectus. Cortar por lo sano es la consigna, ciudadanos"
Sus palabras fueron mal interpretadas por los técnicos de la república que de inmediato se abocaron a la construcción de las pequeñas "Braguette Guillotins", pensando que con ello mutilarían el arma más eficaz de los homo erectus.
Robespierre murió si llegar aver el sistema en marcha y los vaivenes de la historia nos muestran poco más tarde pequeños brotes de homo erectus marchando con las tropas napoleónicas a través de Europa.
"Son incansables, atacan con denuedo y están siempre en donde menos se espera", decía el emperador a Josefina en una carta que ésta leía en la cama.
--¡Ahá! --contestó el homo erectus que estaba con ella sin detener el ritmo de sus movimientos. --Si no te quedas quieto no puedo leer --dijo Josefina.
Pero al decír eso, no hacía más que demostrar una ignorancia sobre las costumbres de estos curiosos seres, tan poco dados a la quietud durante ciertos momentos, como bien decía un famoso feneral en sus memorias: "Nunca están quietos y les es indistinto el campo donde desarrollan las acciones. Cierta vez, después de una batalla visitaba un hospital de campaña el el que yacía un homo erectus sobre una cama.
--¡Entiérrenlo con la bandera! --ordené.
--Lavandera, la planchadora, la cocinera y cinco de las enfermeras lo dejaron así.
No está muerto, está agotado..."

Alberto Aranda                                                                                     

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