Informaciones de la CEA
Volver a prensa
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILIA DEL
SEÑOR NUNCIO APOSTOLICO
Mons. ADRIANO BERNARDINI
25 AÑOS PONTIFICADO DE JUAN PABLO II
(Luján, 13 de noviembre 2003)
Estimados Hermanos en el Episcopado:
En esta circunstancia de los 25 años del Pontificado de Juan Pablo II es ya la quinta vez que soy llamado a dictar algunas reflexiones sobre los varios aspectos de su persona y de la actividad de su Pontificado. Con ustedes, queridos hermanos Obispos, deseo reflexionar en este momento sobre la persona y la obra del Santo Padre como "hombre del silencio y de la palabra".
1. Hombre del silencio.
En dos ocasiones y por varios días, en mis ya treinta años de servicio a la Santa Sede, he tenido la oportunidad de hospedar en la Nunciatura al Santo Padre. La primera vez fue en Japón en 1981, algunos meses antes del atentado. La segunda vez fue en Venezuela en 1985.
En ambas ocasiones, lo que más me ha llamado la atención ha sido un Su don especial de sumergirse en el silencio y por tanto Su capacidad de saberse abstraer y adentrarse en si mismo. Con frecuencia Él da la impresión de estar hasta ausente de cuanto está ocurriendo o se está haciendo. En realidad no es otra cosa, que un pasar, si bien momentáneo, del silencio a la oración y por tanto a la contemplación.
Estamos en la plena imitación del Maestro Jesús: "El mismo Jesús -subraya el Santo Padre en "Ecclessia in America"- en los momentos decisivos de su vida se retiraba a un lugar solitario" (nº29).
Bajo esta perspectiva, tambien escribe en la "Vida Consagrada": "En la soledad y el silencio la persona consagrada es para la Iglesia un motivo de gloria y de fuente de gracias celestiales" (nº8).
¡El Silencio!
Uno de los más grandes delitos del tiempo en que vivimos es precisamente esto: hacer desaparecer el silencio, hacerlo callar. Se tiene la impresión que el hombre de hoy viva mejor en medio del ruido ensordecedor, y el aturdimiento general se haya convertido en el ambiente, en cual se encuentre a su gusto.
El silencio da miedo. No deja dormir. Provoca escalofríos. Nos obliga a hacer cuentas inquietantes con nosotros mismos. Nos constriñe a escuchar los actos acusadores de una conciencia con frecuencia demasiado distraída. El silencio se convierte así en un fantasma a exorcizar, arrojándolo como quien tira un cubo lleno de agua con ruidos desquiciados, multitud de palabras resonantes.
Cuando se pierde el sentido del silencio, se pierde inevitablemente el sentido de la belleza, la capacidad de asombrarse, de abrirse a lo maravilloso. Si solamente se emiten ruidos, si continuamos a pronunciar fórmulas, no preocupándonos de asegurar a nuestros pulmones el respiro profundo del silencio, estamos condenados a la muerte por asfixia.
Por lo que podemos decir que ¡si no vivimos el silencio, no nos será fácil reconocer el verdadero silencio!
1. El silencio no es una cosa banal, ni negativa, que no se reduce a una simple supresión o eliminación del ruido. Presupone, más bien, una realidad positiva: paz, plenitud, comunión, luminosidad.
2. El silencio no puede confundirse con el mutismo, que es una degeneración del silencio. EL silencio es plenitud, es más, explosión, liberación de la palabra...es una relación de comunión, una comunicación en la profundidad.
3. El silencio no se puede reducir a cerrar los labios, es decir, no es un hecho superficial, mecánico. Al contrario, el silencio es una expresión de un estado interior de sosiego, de concentración en Dios, de reducción a lo esencial, de no preocuparse de sí mismo.
4. El verdadero silencio no es nunca una actitud egoísta. El silencio egoísta es la máscara horrible de la prudencia, del cálculo, de la voluntad de no comprometerse, del deseo obsesivo de no tener problemas, del miedo ponerse con la parte más débil, de la incapacidad de tomar posturas contra la injusticia. El verdadero silencio es fruto de coraje...silencios santos más que costosos, para no herir, ni humillar. Es el silencio "sacrifical" de Cristo en la Pasión, frente al escarnio, la calumnia, las acusaciones injustas.
Solo después de haber vivido el "auténtico silencio", este se hace oración y contemplación: "La llamada a la santidad -dice Juan Pablo II- es acogida y puede ser cultivada en silencio" (v.c.38).
De esta manera la oración – y por tanto la comunión con Dios - "crece"dentro de nosotros de manera inversamente proporcional a las palabras, o si preferimos:: el progreso en la oración es paralelo al progreso en el silencio. Se constata el mismo fenómeno que se tiene cuando el agua cae en una jarra vaía y hace mucho ruido. En cambio cuando el nivel del agua aumenta, el ruido se hace más fino, desapareciendo del todo una vez que la jarra está completamente llena.
El silencio es revelación. El silencio es el lenguaje de la profundidad. En realidad podemos constatar que el silencio no representa tanto la otra cara de la Palabra, pero es Palabra en si mismo. Aquí se completa la maravillosa transformación y realización del silencio: a través de la oración, de la contemplación se ha hecho Palabra...el Verbo.
Solamente a este punto y en estas condiciones puede brotar la Palabra hablante. Es aquella que dice algo, es esencial, auténtica, palpitante, caliente es mas incandescente. Es la palabra que es tomada en serio...que tiene peso....Palabra que nos acecha apiadada y misericordiosamente, en todos las ángulos de nuestro ser. Palabra que nos sitúa adecuadamente, con una sensación de paz y tormentosos remordimientos. Palabra terrible y dulce...simple y misteriosa. Palabra leve, que no se puede tomar a la ligera.
La Palabra hablante es aquella de un lenguaje que surge de la profundidad, de una zona secreta, gracias a un lento, fatigoso trabajo de "extracción". Es como un jirón de carne, que se separa de la persona que habla.
La Palabra hablante, extraída con extrema dificultad, contiene una carga infinita de silencio. Quizás no resuelve algún problema, pero hace pensar. No ofrece explicaciones, pero constituye una invitación a la adoración. Siempre madura en el sufrimiento.
2. Hombre de la Palabra.
El Santo Padre es "hombre del silencio" v por tanto "hombre de palabra"
"La vida contemplativa tiene también una extraordinaria eficacia apostólica y misionera (v.c.59) –dice aún el Santo Padre- ......... cuanto más se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir en los demás, llegando hasta las avanzadillas de la misión y aceptando los mejores riesgos" (v.c.76).
Juan Pablo II nos ha ofrecido en estos 25 años de Pontificado un autentico ejemplo de "Palabra Hablante ", presentándose como "hombre de palabra'' además que como "hombre de silencio".
A 25 años de aquel lejano 22 de octubre de 1978, en donde en la Plaza de San Pedro invitaba a "no tener miedo" y "a abrir, es más, de par de par las puertas a Cristo", él es aún capaz de sorprendernos como el primer día invitándonos al "duc in altum", a "remar mar adentro" en la aventura del tercer milenio.
Juan Pablo II nos entrega así una Imagen de Papa enlazada con la época, pero al mismo tiempo libre de vínculos no necesarios con el pasado.
Ha comunicado a su Iglesia un sentimiento de admiración por el "gozo de vivir" de los jóvenes, entendido como un signo del gozo que tuvo Dios creando al hombre. Admiración que los jóvenes han percibido con sinceridad y le han correspondido, permitiendo una experiencia inesperada de predicación que continúa a las nuevas generaciones.
Juan Pablo II nos transmite una inquietud por la suerte del hombre: su tenaz defensa por la vida, contra el aborto, la pena de muerte y toda guerra. EL mundo no la acoge, pero la escucha.
Esta escucha mundial –lograda también con el uso de los medios de comunicación y con la programación de los viajes- le ha ganado una gran libertad de la que ningún Papa nunca ha gozado.
La inquietud por el Evangelio lo empuja a hacerse misionero del mundo y dar lo mejor de sus energías en el intento de despertar el espíritu misionero de la Iglesia Católica.
En el movimiento ecuménico, el se adecua perfectamente a las indicaciones del Concilio: llama de "hermanos mayores" a los hebreos y de "hermanos" a los musulmanes. Invita, tanto a unos como a otros, a la fiesta del Gran Jubileo.
Mientras no esconde su oposición al comunismo, no es menos su rechazo de resignarse a la victoria del capitalismo. Y con aspecto temblante llega al "mea culpa" por las ,responsabilidades históricas de los "hijos de la Iglesia", llegando a la más valiente de sus denuncias.
Aquí tenemos, queridos hermanos, algunas reflexiones sobre este gran Papa, que del silencio -compendio de oración y contemplación- ha sabido hacer brotar la Palabra Hablante, luz para la entera Iglesia Católica y para todos los hombres de buena voluntad.
La Virgen María, que se ha hecho encontrar por Dios en el silencio y que ha descifrado el proyecto del Señor no con sabios discursos, si no con el silencio, nos ayude a recuperar la llave del silencio. Aquella llave que nos consiente penetrar en el misterio de nuestra vida, manteniendo fuera de la puerta la palabra incoherente. Que la Virgen de Luján nos haga ver como la oscuridad nos aleja de su Hijo y de la necesidad, que tenemos de sumergirnos en la profundidad del silencio, si queremos ser envueltos en la luz de la Palabra de Dios.
Silencio, unión con Dios por la contemplación, comunicación de esta experiencia de Dios a nuestros hermanos par la Palabra: esta es la misión del "hombre de Dios"... Esta es la misión de todos nosotros "seres consagrados".
¡Gracias por vuestra atención y paciencia"!