El cazador de sombras

 

Sin ser un antropólogo, Edward S. Curtis presentía que su obra era mucho más que una interminable serie de fotografías.



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EL JEFE JOSEPH, LÍDER DE LOS NEZ PERCE, FOTOGRAFIADO EN SU RESERVA EN EL ESTADO DE IDAHO EN 1903.

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EL CAÑÓN DE CHELLY, EN EL ESTADO DE ARIZONA. UNA TROPILLA LO RECORRE EN EL VERANO DE 1904.

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ATAVIADO CON SUS MEJORES GALAS, EL BRUJO/MÉDICO DE LA TRIBU DE LOS APSAROKE POSA PARA CURTIS EN 1908.

El hombre, que había nacido en una era de autodidactas -su arte, el de sacar fotos, lo había aprendido solo, a los 12- escribiría estas sensatas palabras:

"La muerte de cada hombre o mujer significa el fin de alguna tradición, de algún conocimiento o rito sagrado, que sólo ellos poseen. Por lo tanto, la información que pueda ser recopilada para las futuras generaciones debe recogerse ahora o la oportunidad se perderá para siempre".



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UN JEFE KLAMATH FRENTE AL LAGO CRÁTER, LA JOYA DE UN PARQUE NACIONAL UBICADO AL SUR DEL ESTADO DE OREGON.

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EL JURAMENTO, FOTO DE 1908. LOS INDÍGENAS DE LA IMAGEN SON DE LA TRIBU APSAROKE, APODADA "LOS CUERVOS".

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LA RESERVA DE LOS CABEZA CHATA TENÍA SU CAMPAMENTO PRINCIPAL SOBRE EL RÍO JOCKO, EN EL ESTADO DE MONTANA.

Edward S. Curtis dedicaría su existencia a conocer y retratar a los indios estadounidenses en el ocaso de su historia independiente. Con una técnica única en sus fotografías, captó como nadie la agonía triste y digna de pueblos milenarios.



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MUJERES LLENAN SUS CUENCOS DE AGUA EN UNA CISTERNA NATURAL DE ACOMA, NUEVO MÉXICO, EN 1904.

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CUATRO MUJERES DE LA ETNIA HOPI MIRAN HACIA LA PLAZA PRINCIPAL DE SU PUEBLO, WALPI, EN 1906.

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EDWARD CURTIS A INICIOS DEL SIGLO XX, CUANDO EMPEZÓ A RETRATAR ABORÍGENES.

Su enciclopédico trabajo de investigación -The North American Indian (1907-1930)- seguía la tradición europea de plasmar a los otros, tanto a nivel fotográfico como en crónicas. Pero por su escala -2200 fotografías, miles de descripciones de usos y costumbres en extinción-, el de Curtis es un trabajo impar.

Originalmente planeada para ser completada en cinco años, la tarea le demandó casi tres décadas. Mil y una veces el fotógrafo flaqueó, abrumado por lo desmedido de su objetivo y por la escasez de fondos. El banquero J. P. Morgan lo ayudó con un par de cheques, y el escritor William E. Myers lo apuntaló durante casi todo el proyecto. En 1920, con problemas financieros y el relevamiento a medio camino, Curtis se mudó a Los Angeles, donde llegó a trabajar para la flamante industria cinematográfica en busca de financiación. A fines de la década del '20, con la Gran Depresión pisándole los talones, el fotógrafo terminó su trabajo de campo en Alaska y le dio el punto final a los veinte volúmenes de su majestuosa obra, que retrataba a todas las tribus de EE. UU.

El fotógrafo autodidacta (1868-1952) dedicó tres décadas de su vida a recorrer los Estados Unidos en busca de los últimos integrantes de las tribus aborígenes. Con inusual maestría técnica, retrató el fin de una época.

Nacido en 1968 en un pueblito perdido del polvoriento Medio Oeste de los EE. UU. (Whitewater, en el estadode Wisconsin), Edward S. Curtis conoció territorios más salvajes al cumplir los veinte años, cuando él y su padre pasaron de Minnesota a Washington. A los 23 años, ya instalado en la ciudad de Seattle, Curtis compró un estudio de fotografía, en el que pronto ganó reputación de excelso retratista y paisajista. Autodidacta absoluto y hombre de ponerse metas ciclópeas, en un viaje al salvaje territorio de Alaska se propuso una tarea única, casi imposible para un hombre con pocos medios: retratar los usos y costumbres de los aborígenes que eran los pobladores originarios del vasto país.

Como la mayoría de sus compatriotas, Curtis veía a los indios locales como una raza que se apagaba, un conjunto de individuos pintorescos pero incapaces de funcionar en la sociedad moderna. Cuando se mudó con sus enseres a Seattle, la Conquista del Oeste ya estaba en sus últimas etapas, y las tribus aborígenes -ya diezmadas- malvivían en reservas. Curtis comenzó a viajar por medio EE.UU. De a poco, fue fotografiando el último estertor de estos pueblos con una maestría técnica que le valdría el mote de "El cazador de sombras". Fue la obra de su vida, y dejó su vida por ella: para terminar los 20 volúmenes de su monumental "The North American Indian" tomó miles de fotografías. Al terminar el último tomo, Curtis pasó al olvido. Murió en 1952, solo y pobre. Lejos del bronce.

El Museo de Arte Hispanoamericano (Suipacha 1422, Ciudad de Buenos Aires) presenta hasta el 30 de diciembre de 2005 "Legado Sagrado" una muestra fotográfica que incluye sesenta imágenes en gran formato y un documental de Anne Makepeace que examina la obra de Curtis.

(De martes a domingo, entradas $1).



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