A
ESTO LE FALTO UN TANGO
(Una deuda que se les quedó en la
ganchera a los del dos por cuatro)
En la
noche del sábado 15 de enero de 1944, un terremoto castigó duramente a
la ciudad de San Juan, capital de la provincia, produciendo la mayor
catástrofe natural sufrida por el país en lo que iba del siglo. Por el
siniestro quedó un tendal de alrededor de 7.000 muertos, unos 12.000
heridos, mayormente mutilados, y un 80% de las construcciones de la
planta urbana destruidas y serios daños de todo tipo de instalaciones
como resultado del desastre.
Las tres fotografías que
siguen, pertenecientes al Archivo General de la Nación, fueron tomadas
en las calles sanjuaninas el día domingo 16. En ellas se pueden apreciar
las consecuencias del sismo devastador. Pero usted lector, que
seguramente es ducho observador y avezado crítico, ¿me podría decir que
es lo que ve objetivamente en estas fotografías y sobre lo que jamás se
dijo nada? (Para ampliar las imágenes, hacer "clic" sobre las
mismas)
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Sin
subestimarlo, sufrido lector, es posible que usted no haya dado en el
clavo y, por tal motivo, se lo daré yo sin más trámite. Resulta que, de
acuerdo con estos documentos gráficos, y por tal irrefragables, las
casas de la ciudad capital de la provincia de San Juan, bastión radical
desde por lo menos cincuenta años atrás, eran, al promediar el Siglo XX,
en su gran mayoría de adobes, es decir de barro.
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Los
tirantes de los techos eran de palos comunes, cilíndricos, como los de
las ranchadas, delgados, sin trabajar, y en la segunda fotografía
aparecen algunos más robustos que posiblemente harían de horcones que se
interponían entre las paredes para darles mayor firmeza. Ellos, además,
haciendo de columnas, sostenían chapas de cartón prensado como se puede
apreciar también en la segunda fotografía. Pero en ninguna de las tres
imágenes se llega a ver chapas de zinc onduladas, ni fragmentos de loza
o de ladrillos en bovedilla que pudieron haber servido de techumbre a
sus habitantes. Nada. Este es el verdadero San Juan radical. Y Cantoni,
¿dónde estaba?
Entonces
me es lícito pensar, por estas imágenes tomadas espontáneamente (quiero
decir sin preparación previa), que los techos serían de paja o de
enramadas con paja y barro, o algún otro material parecido, tal cual se
verifica en la tercera fotografía, donde, a la derecha se observa la
pared del frente demolida con lo que fue una buena parte del techo.
Y ahora
hacemos un problema de regla de tres simples: Si esta era la calidad
edilicia de la ciudad capital de San Juan, ¿cuál sería la calidad
constructiva de las ciudades de su interior como Caucete, por ejemplo?
¿Acaso rancheríos infernales donde la vinchuca más chica llevaba apero,
lazo, boleadoras de tres tientos y la morocha de tres patas para hacerse
un guiso?
Pero como
no falta un roto para un descosido, salió un sanjuanino diciéndome que
las construcciones eran de adobe y paja porque en San Juan hace mucho
calor en verano y los inviernos son muy crudos, de donde el adobe es el
mejor material para construir casas. Una tontería hecha y derecha. Lo
que se le olvidó decirme, pienso que sin querer, es que toda la región
de Cuyo es sísmica y es muy difícil que pase una semana en la que uno no
se hamaque con un remezón.
Esto,
admirado lector, se llama escuetamente pobreza. Aunque de buena
gana le aceptaría el calificativo de miseria que, en ocasiones,
le va mejor. Todo otro epíteto que se invente para morigerar este
desastre es chamuchina. No hay que andar vuelteando para algo tan
simple.
Al
promediar la semana pasada estuvo en un programa televisivo el doctor
tucumano José Ignacio García Hamilton con un periodista de esos que él
sabe que no le hará preguntas incómodas. Pontificó el bueno de don José
Ignacio sobre el liberalismo argentino. Mire vea: lo que se dice una
maravilla desde la Derrota Nacional de Caseros a esta parte. Ahora
levante usted su cabeza y mire alrededor de esta Patria desgarrada: todo
eso que ve hoy, que sabe, que pasa y que siente es obra del liberalismo
argentino. Por más vueltas que le de, es así no más. Consecuentemente
muy sencillo.
Dentro de
su perorata, dialéctica pura, el abogado-historiador, casualmente hizo
hincapié en el período 1930-1944 como el más maravilloso de la
Argentina, quebrado, desde luego por los militares, siempre malos, con
la Revolución Nacionalista del 4 de junio (él la llamó nazifascista
como los de la Unión Democrática, luego Junta Consultiva). Dijo que en
aquella década la Argentina era la octava economía del mundo, su moneda
tenía paridad con la libra esterlina y era el país donde se pagaban los
mejores sueldos del mundo. Entonces me acordé de San Juan y su tragedia,
porque todo esto se nota. Prueba acabada de esa Argentina esplendorosa,
de barro, horcones y techos de cartón y paja. ¿Y el resto? El resto es
puro cuento don José Ignacio. Para contárselo a los pibes o a gilunes
como el que esa noche tenías adelante.
¡Ah, y
antes de que me olvide! ¿Por qué te echó Palito Ortega de su Gabinete
ministerial en Tucumán, José Ignacio? Porque, ser echado por un Perón,
por un Lanusse, qué se yo, por ahí hasta un mérito te encuentro y vaya y
pase. ¡Pero que te eche por la ventana Palito Ortega, no! No José
Ignacio, no. ¿Es que sabes una cosa José Ignacio? No hay que quedarse
con los vueltos. Menos con los vueltos grandes. ¿Vos me entiendes?
¡Sí, cómo no me vas a entender! Y si no me crees, fíjate en lo que le
pasó a la Infelisa Amichelli de la Guita Grossa que tuvo menos suerte
que vos y ahora capaz que termina en la sórdida gayola, campaneando un
cacho de sol en la vereda. Conste José Ignacio que no te pregunto por
qué te echó tu mujer de la casa hace una tracalada de años. Son cosas
privadas.
José
Ignacio, hacele caso a este otario: comprate 25 metros de manguera para
regar el jardín y ponete a cuidar los nietos y, a lo que tengas que
pontificar sobre el liberalismo guardalo bajo el felpudo y de noche,
cuando nadie te ve, espigalo con una vela. Y los domingos te vas a la
Logia en Cangallo 1242 y te juntás con tus amiguitos a golpear las
velas, ¿o no es así José Ignacio? Y te dejás de joder.
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