LA MUERTE

 

 


 

 

Principal | Firmar Libro | Email  | Leer libro                Año 1 Nº 1


En cierta mañana de octubre de 192., casi al mediodía, seis hombres nos internábamos en el Cementerio del Oeste, llevando a pulso un ataúd de modesta factura (cuatro tablitas frágiles) cuya levedad era tanta, que nos parecía llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre muerto, sino la materia sutil de un poema concluido.

 

(Leopoldo Marechal, de ADAN BUENOSAYRES)

 


 

 

 

 

 

 

 

 

Como tu cuerpo inerte caía en mis brazos, la lluvia desvencijaba lo poco que quedaba del galpón. Recién muerto, tu rostro de piedra caliza mirábame. No atiné, como en las películas, a cerrarte los ojos. Es lo que más me gustó de vos. Y de tu cuerpo. Tus ojos verídicos. La única verdad que pude tener de vos, maldita mentirosa. Entonces, ahí estaban, azules, vidriosos, secos. Mirándome. Y, como siempre, diciendo la verdad. Ojos de muerta. La mirada fija. La pupila quieta. Los parpados clavados. Totalmente muertos. Como tu corazón de hielo. Como tu pelo teñido. Como tus tetas de otro.

 

(JERICÓ)

 

 


 

 

 

 

¡El suicidio!, obra magna si la hay. El de Werther o Van Gogh, el de Nerval o Wilms Montt.

Mas, no el de Cleantes o Zenón, no el de Séneca o Catón.

Suicidarse por no alcanzar la virtud: ¡qué falta de buen gusto! Una puta y un buen vaso de vino...cuántas muertes le hubieran evitado al estoicismo...

 

(MANDINGA)

 

 

 

 

La mágica muerte llamó a mi puerta

cargando una bolsa en su espalda huesuda

de donde provienen gritos terribles

de alguien que ha muerto y espera morir.

Y con su canto ronco la dama habló:

-          Dame comida, el hambre me agobia,

no quiero manjar, no quiero a tu niño,

dejadlo dormir, la noche está calma.

Tampoco tu mujer que alegre canta

canciones de cuna junto al pequeño.

Y tampoco a tu hermano, joven y apuesto

pues de él comeré en tiempos futuros.

-          ¿No quieres manjar? ¿Qué es lo que quieres?

-          Ya te dije, hombrecito, no quiero manjar,

quiero comer lo que tengas para darme.

-          Tengo a mi niño durmiendo en su alcoba,

tengo a mi hermano, joven y apuesto,

a mi mujer que es la vida en esta, mi casa,

a mí, que soy esto, si me quieres llevar

y a mi madre la tengo, enferma de pena,

llorando en su cama de tanto pesar,

su esposo, mi padre, se ha ido a tu mundo

y ella no quiere sin él caminar.

-          Pues él me ha mandado, tu padre, su esposo,

pues él, sin ella, no quiere morir,

lo tengo en la bolsa, llorando por ella,

gritando su nombre, penando de amar.

-          Es cierto, lo escucho, déjame decirte

que ella está arriba, le iré a preguntar.

Subí los peldaños, llegué hasta su puerta,

la abrí y sin duda caminé hasta ella.

-          Madre, te buscan, la dama ha llegado,

te quiere llevar con ella al portal,

te espera tu esposo llorando de pena,

te espera tu muerte, hoy eres su pan

-          Madre, te buscan, la dama ha llegado,

madre… contesta… dime que no…

La alcé en mis brazos, bajé los peldaños,

llegué hasta la dama y el cuerpo le di,

la tomó suavemente, cual niño dormido

y el llanto en la bolsa dejó de sonar.

Se fue caminando la dama, tranquila,

su hambre y mi madre se fueron con ella,

me senté en la mesa, tomé la botella,

solté una gran risa… y brindé por los tres:

mi madre, mi padre y la muerte.

 

(JERICÓ)

 

 

 

 

Boda negra

 

Oye la historia que contóme un día 

el viejo enterrador de la comarca: 

era un amante a quien por suerte impía 

su dulce bien le arrebató la parca. 

 

Todas las noches iba al cementerio 

a visitar la tumba de la hermosa; 

la gente murmuraba con misterio: 

es un muerto escapado de la fosa. 

 

En una horrenda noche hizo pedazos 

el mármol de la tumba abandonada, 

cavó la tierra... y se llevó en los brazos 

el rígido esqueleto de la amada. 

 

Y allá en la oscura habitación sombría, 

de un cirio fúnebre a la llama incierta, 

dejó a su lado la osamenta fría 

y celebró sus bodas con la muerta. 

 

Ató con cintas los desnudos huesos, 

el yerto cráneo coronó de flores, 

la horrible boca le cubrió de besos 

y le contó sonriendo sus amores. 

 

Llevó a la novia al tálamo mullido, 

se acostó junto a ella enamorado, 

y para siempre se quedó dormido 

al esqueleto rígido abrazado.

 

(Julio Flórez)

 

¡Anciano!, preso de tu existencia,

Adornado de baratas coqueterías,

Ocultando tus miserias que se pudren en tu ser,

¡Anciano preso!,

¿tu pena?, ¿preguntas cuál fue tu pena?

Pues has vivido, anciano, más de lo debido,

Has sido encarcelado en un maravilloso asilo,

¡Anciano miserable!,

La muerte ronda por tu cuerpo,

Ella libraría a tus herederos

Del tedioso trabajo de visitarte: domingos y feriados,

Espantosa rutina de asquerosos traidores,

¡Sepultado, anciano!, sepultado les serías más grato,

¡Anciano envidioso!,

Que envidias a aquel viejo andrajoso,

Que por no tener a nadie que lo ame,

Hoy anda libre por el mundo,

Su celda es el frío y el hambre;

Sin embargo, anciano,

Una misma miseria los cobija a los dos:

La maldita tristeza, anciano, que corona vuestros días,

Al menos, anciano,

Estás ante el último tramo del espanto;

¡El no ser, anciano!, tal vez el no ser te abrace

Y te libre de esta maldita pesadilla.

 

(MANDINGA)

 


 

A Mário de Sá-Carneiro

 

Nació cuando comenzaba

La última década del siglo pasado,

Armado como ninguno

Para la inadaptación al mundo,

Sintió su alma partida

Sin lograr reunirla,

Persiguió la Belleza

Y sólo consiguió soñar,

Se suicidó a los veintiséis años

Cuando la desesperación

Le comió el corazón

La infame Portugal

Lo dejó huir

Y jamás lo reconoció,

Su alma extasiada de dolor

Lo obligó a partir tan pronto,

¡Mário!, tu nombre se ha hecho inmortal,

Tu tristeza..., quieran los dioses que haya expirado.

 

(MANDINGA)

 


 

Deshielo

 

Nunca mayor quietud se vio en la muerte; 

ni frío más glacial que el de esta mano 

que tú alargaste al espirar, en vano 

y que cayó en las sábanas, inerte. 

 

¡Ah... yo no estaba allí! Mi aciaga suerte 

no quiso que en el trance soberano, 

cuando tú entrabas en el hondo arcano, 

yo pudiera estrecharte... y retenerte. 

 

Al llegar, me atrajeron tus despojos; 

cogí esa mano espiritual y breve 

y la junté a mis labios y a mis ojos... 

 

Y en ella, al ver mi llanto que corría, 

pensé que aquella mano hecha de nieve 

en mi boca al calor... se derretía.

 

(Julio Flórez)

 

¡Soy el cáncer del ser querido sano! ¡Soy la llama que no quema pero que destruye! ¡Soy el oro falso! ¡La amargura de la fiesta! ¡El niño que nace muerto! ¡La gloriosa muerte de una madre! ¡Tu cárcel! ¡Soy lo que ni tú ni nadie nunca jamás querrán sentir! Me comparas con una plaga. Me comparas con los jinetes del Apocalipsis. Soy, hombre cristiano, el monstruo que buscabas debajo de tu cama cuando eras aún un niño. Y lo seré de tus propios hijos. Hombrecito, me dices que tengo estigmas. ¡Yo soy el estigma! ¡Yo soy la muerte!

 

(JERICÓ)