Roberto Goyeneche

 

 

“Muchas veces terminé una grabación llorando. Eso tiene que ver con la personalidad, con la sensibilidad, yo creo que sin sensibilidad no se puede vivir. Uno tiene que mirarse hacia adentro. Yo no tiemblo para ganarme aplausos con ese yeite. También, siempre di patadas cuando canté. Hubo una época, cuando recién empezaba, que hasta se caían los vasos de los estantes. Y eso era porque en cada canción siempre puse todo. Siempre las canté con toda el alma.” La autodefinición pertenece al polaco más argentino: Roberto Goyeneche.

El Polaco fue, según muchos, el cantante con más calidad expresiva que tuvo el tango en su historia. Experto en hablar canciones, le dio a cada letra su exacto significado. Cierta vez explicó: “Yo escuchaba ese tango Milonguita. Cuando leí la letra decía: Te acordás Milonguita vos eras. No es voseras. Y cuando dicen: Y en aquellas noches de verano que soñaba tu almita... ¡No es así! Es ¿Qué soñaba tu almita? Tenía un signo de pregunta, se creían que era una mancha. No se puede pretender que los caballos coman bombones. Si hay algún secreto para definir mi estilo, es ése: el respeto por lo que escribió el autor, cantarle hasta las comas. La pronunciación es una manera de respetar al que escribe. Hay que hacer las pausas. Hay que interpretar lo que el poeta quiso decir y transmitírselo al público. Yo corto las palabras cuando hay dos vocales juntas. A eso no se puede renunciar jamás. Si son dos palabras, ¿cómo las voy a transformar en una? ¿Cómo hay que cantar las cosas? Con dramatismo, con dolor, con desesperación, como lo escribió el poeta.” Quizás parezca un detalle menor, pero no lo es. La vida de Goyeneche fue una extensa lección de interpretación, la enseñanza de un estilo que él mismo había inventado. Era más blanda que el agua, lloraba, y no quel agua.

Tenía 18 años cuando debutó con la orquesta de Raúl Kaplún. En 1952 pasa a la de Horacio Salgán, junto al cantor Angel Díaz, responsable del apodo del Polaco. Cuatro años más tarde da el que fue quizás el salto más importante de su carrera: se convierte en el cantor de la orquesta de Aníbal Troilo. "Yo hice de todo, viejo, hasta trabajé de colectivero, en el taxímetro, en los camiones, en los micros. Pero mi pensamiento fue siempre cantar tangos. Si yo no hubiese cantado tangos, me habría gustado cantar tangos. Lo tomé con cariño porque amo al tango. Y, mirá qué pedante soy, yo creo que el tango me quiere a mí. ¿Sabés por qué? Porque en algunos tangos me dice despacito: gracias."

“Ya ves, el día no amanece / Polaco Goyeneche / cantáme un tango más. / Ya ves, la noche se hace larga / tu vida tiene un karma / cantar, siempre cantar. / Tu voz, que al tango lo emociona / diciendo el punto y coma / que nadie le cantó / tu voz, con duendes y fantasmas / respirando en el asma / de un viejo bandoneón”, reza Garganta con arena, el homenaje que le escribió en forma de tango Cacho Castaña. El título proviene de la voz del Polaco, pero sobre todo de esa voz decidora de los últimos años, curtida en tabaco y whisky. Decir a veces puede ser cantar, tal como demostraba Goyeneche cuando apenas susurraba aquello de Lastima, bandoneón, mi corazón. Y, a veces, nada más atractivo en medio de un tango que animarse a extender un eterno silencio, callar cuando hace falta o reir cantando, casi entre lágrimas.

“Canta, garganta con arena / tu voz tiene la pena / que Malena no cantó. / Canta, que Juárez te condena / al lastimar tu pena / con su blanco bandoneón. / Canta, la gente está aplaudiendo / y aunque te estés muriendo / no conocen tu dolor. / Canta, que Troilo desde el cielo / debajo de tu almohada / un verso te dejó”, casi grita el estribillo de su homenaje. “Yo llegué a la conclusión de que lo bueno perdura y lo malo no sirve. Cuando algo me gusta es porque me parece bueno. Y punto. ¿0 a mí me tiene que gustar nada más que el farol, los guapos, las minas? Yo nunca canté esos tangos. ¡Si los guapos se terminaron cuando se inventó la pólvora! Los faroles hoy son todos de utilería”, explicaba el Polaco. Es que, así como la voz de Gardel fue la embajadora del tango de la vieja guardia, la de Goyeneche se asocia instantáneamente con la nueva, la de los Expósito, la de Cadícamo, la de los muchachos que lloran desamor, y no la de los guapos que se andan faconeando en cada esquina. Costaría mucho imaginarse al Polaco fanfarroneando: “Yo anduve siempre en amores / qué me van a hablar de amor.” Su imagen perfecta, en cambio, es llorando: “Nostalgias, de escuchar su risa loca / y sentir junto a mi boca / como un fuego su respiración. / Angustias, de sentirme abandonado / y pensar que otro a su lado / pronto, pronto le hablará de amor.”

Buenos Aires no es la misma ciudad desde que no está el Polaco. No se pareció a ninguno, y ninguno se pudo parecer a él. La noche porteña lo extraña, y varios whiskys aún lo esperan en distintos bares repletos de humo. Lo extrañan los tangos, esos que a veces le decían gracias. Se fue de golpe y prontito, tras vivir la buena mala vida que quiso vivir, una existencia de ésas en que las desdichas son grandes, pero también lo son los placeres. Nada de pequeñeces. Se lo extraña al Polaco, tal como afirmaba la premonición que, un año antes de su muerte, escribió Castaña: “Cantor de un tango algo insolente / hiciste que a la gente le duela tu dolor. / Cantor de un tango equilibrista / más que cantor, artista con vicios de cantor. / Ya ves, a mí y a Buenos Aires / nos falta siempre el aire cuando no está tu voz / a vos, que tanto me enseñaste / el día que cantaste conmigo una canción.”

por Pablo Wittner
Publicado en LAMAGA.com.ar