DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 06  
S. S. Pío XII

   XX

EL MAGISTERIO PERENNE DEL PEDRO VIVIENTE

17 de Enero de 1940. (DR. I, 487.)

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   Existe en Roma, la antigua y piadosa costumbre (de la que más de una vez han dado ejemplo ilustres personajes) de que los recién casados hagan una devota visita a la patriarcal basílica Vaticana, para repetir su credo católico e implorar para su nuevo hogar la perseverancia en la fe. Y vosotros, queridos hijos e hijas, por una circunstancia particularmente feliz, habéis venido aquí en la vigilia misma del día en que la Iglesia celebra la fiesta de la Cátedra de San Pedro en Roma

   Así pues, iréis, si no lo habéis ya hecho, o volveréis de nuevo con mayor fervor, a postraros y a orar en aquel templo máximo de la cristiandad, no solamente sobre la tumba del Príncipe de los Apóstoles, sino también en el fondo del ábside, ante la grandiosa custodia de bronce, en la que el genio de Bernini ha encerrado la cátedra sobre la que afirma la tradición que se había sentado San Pedro. 

   La cátedra es la sede más o menos elevada, más o menos solemne, donde un maestro enseña. Mirad, pues, la cátedra desde la que el primer Papa dirigía su palabra a los primeros cristianos, como ahora os hablamos Nos, exhortándolos a la vigilancia contra el demonio que, como león rugiente, da vueltas buscando a quién pueda devorar[1], animándolos a la firmeza en la fe, para que no fueran arrastrados por los errores de los falsos profetas[2]. Este magisterio de Pedro continúa  en sus sucesores y continuará inmutablemente a través de los tiempos, porque tal es la misión dada por el mismo Cristo al Jefe de la Iglesia.

   Para mostrar el carácter universal e indefectible de este magisterio, la sede del primado espiritual fue fijada en Roma después de una providencial preparación; Dios cuidó, como notaba Nuestro gran Predecesor San León I, que los pueblos estuvieran reunidos en un solo imperio, cuya cabeza era Roma, para que la luz de la verdad, revelada para la salvación de todas las gentes, se difundiera más eficazmente desde ella a todos sus miembros[3].

   Los sucesores de Pedro, mortales como todos los hombres, pasan más o menos rápidamente. Pero el primado de Pedro subsistirá siempre, con la asistencia especial que le fue prometida cuando Jesús le encargó que confirmase en la fe a sus hermanos[4]. Sea el que fuere el nombre, el rostro, los orígenes humanos de cada Papa, es siempre Pedro quien vive en él; es Pedro quien dirige y gobierna; es Pedro sobre todo quien enseña y difunde por el mundo la luz de la verdad libertadora. Esto es lo que hacía decir a un gran orador sagrado, que Dios ha establecido en Roma una cátedra eterna: "Pedro vivirá en sus sucesores; Pedro hablará siempre desde su cátedra"[5].

   Y ved el gran aviso —que ya hemos indicado— que él dirigía a los cristianos de su tiempo: "Hubo en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros maestros de la mentira ... Prevenios, pues, estad en guardia, para que, libres del error de los necios, no decaigáis de vuestra firmeza"[6].

   También vosotros, queridos recién casados, también a vosotros, aun en esta nuestra Italia profundamente católica, en que nuestra santa religión es "la única religión del Estado", y al matrimonio, "base de la familia" se reconoce una "dignidad conforme a las tradiciones católicas del pueblo"[7], podrá ocurriros tropezar con propagandistas de doctrinas destructoras de la fe. Podréis oír, acaso cerca de vosotros, que la religión es una cosa accesoria, si no nociva, en relación con otras urgentes preocupaciones de la vida material. Habrá quien delante de vosotros se jacte de un sentimiento religioso sin dogmas; quien afirme errores y prejuicios contrarios a lo que el catecismo os enseña sobre el matrimonio, su unidad y su indisolubilidad; oiréis decir que el matrimonio cristiano impone a los esposos obligaciones excesivas, imposibles de cumplir. Imposibles, sí, a las solas fuerzas humanas; pero para eso os da y conserva en vosotros el sacramento, con el estado de gracia, fuerzas divinas. Nada de lo que Dios manda está sobre estas fuerzas sobrenaturales, presentes y cooperantes en vosotros: "Todas las cosas me son posibles en Aquel que me conforta"[8], exclamaba el Apóstol de las gentes. "No yo, sino la gracia de Dios que está conmigo" [9].

   No temáis, por lo tanto, nunca a vuestros deberes, por muy graves que puedan pareceros. Recordad que: el día en que Pedro, pescador de Galilea, sin ayuda humana alguna, después de haber fundado la Iglesia de Antioquía y recorrido muchas regiones, vino a fijar en Roma su cátedra y la de sus sucesores, era, según el parangón de San León Magno[10], como un hombre que entra en una selva de bestias rugientes o que avanza sobre un océano agitado por las múltiples corrientes del paganismo que confluían a la Urbe de todos los ángulos del imperio; y sin embargo, anduvo él sobre este mar con mayor seguridad que anduvo sobre el lago de Genezaret, porque su fe estaba ahora divinamente reforzada.

   Pedid a San Pedro esta firmeza en la fe. Entonces vuestros deberes de esposos cristianos no os parecerán demasiado arduos. Al contrario, los observaréis alegremente y seguiréis, en pleno siglo veinte, las enseñanzas que el primer Papa daba a los esposos de su época: "Las mujeres estén sujetas a sus maridos, para que aunque algunos no crean por las palabras, se convenzan sin palabras por el comportamiento de la mujer, considerando con reverencia su casta conducta ... Y vosotros, oh maridos, convivid igualmente con prudencia con vuestras mujeres y rendidlas honor como a seres más frágiles, coherederos de la gracia de la vida[11]. Nada os preservará mejor de los vanos deseos de cambio, de las frívolas inconstancias, de las experiencias peligrosas, como el saberos unidos para siempre el uno a la otra en el estado que habéis escogido libremente.

   Pedro os ha repetido hoy sus enseñanzas; Pedro mismo por la mano de su sucesor os bendice paternalmente.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

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NOTAS
  • [1] I, Petr., V, 8-9.          

  • [2] II Petr., II, 1; III, 17.

  • [3] S. Leonia Magni Sermo LXXXII, c. 3-5.

  • [4] Luc., XXII, 32.

  • [5] Bossuet, Sermón sur l'unité de l'Egllse, I 

  • [6] Cfr. II Petr. 

  • [7] Tratado y Concordato entre la Santa Sede e Italia.

  • [8] Philip, IV, 13. 

  • [9] I Cor., XV, 10.  

  • [10] L., c. 

  • [11] I Petr., III, 1-2 y 7.

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