DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 13  
S. S. Pío XII

   XXVII

EL ARCÁNGEL PROTECTOR

8 de Mayo de 1940. (DR. II, 107.))

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   En la serie de los santos que la Iglesia venera, 76 ofrece ésta a los fieles patronos para los diversos estados y las diversas edades de la vida. Ya lo sabéis, queridos recién casados; pero acaso os veréis algo sorprendidos al sentirnos hoy invocar sobre vosotros la protección del arcángel San Miguel, cuya aparición celebra la Iglesia en este día, y hacia el cual, como primer impulso, no experimentáis acaso sino una especie de reverente temor. La iconografía sagrada lo dibuja con las líneas severas de un guerrero que aterra al demonio. Después de las Sagradas Escrituras, que llaman a Miguel uno de los primeros Príncipes del Cielo[1] y el caudillo de las milicias angélicas contra Satanás[2], la liturgia le presenta en estas mismas actitudes: cuando baja del cielo, el mar se alborota y la tierra tiembla; cuando enarbola la cruz de la salvación, como una bandera de victoria, fulmina de la roca celeste a los espíritus rebeldes[3].

   Pero más que cualquier otro, parece que deberían temer a este vengador de los derechos de Dios, el hombre y la mujer que dejan a su padre y a su madre[4] para emprender juntos el misterioso viaje de la vida. Porque, como tal vengador, les recuerda casi instintivamente al querubín que, armado de una espada llameante, arrojó del Paraíso terrestre a la primera pareja humana[5].

   Ahora bien, aunque tal temor no deje de tener una apariencia de razón, son más fuertes los motivos de confianza y de esperanza. Porque en la hora misma de aquella tragedia inicial de la humanidad, mientras nuestros primeros padres se alejaban en la hosca y fría niebla del anatema, una nube ligera, semejante a la que un día debía ver el profeta Elias[6], aparecía ya en el horizonte anunciando la rociada benéfica de los grandes perdones: Miguel, con la milicia de los ángeles fieles, entreveía la maravilla de la encarnación divina y de la redención del género humano. Lejos de envidiar a éste, como el orgulloso Lucifer, el honor de la unión hipostática, y obedeciendo según su nombre y su divisa: "Quis ut Deus?" al Señor que no tiene igual, adoró con todos los ángeles buenos al Verbo encarnado[7]. Así, no ha cesado de amar a los hombres, hacia los cuales experimenta una piedad casi fraternal, y cuanto más se esfuerza Satanás por hacerles caer en el infierno, tanto más trabaja el arcángel para conducirlos de nuevo al Paraíso perdido.

   Introducir las almas ante Dios en la gloria eterna, 77 es un papel que la liturgia y la tradición atribuyen a San Miguel. "He aquí —dice el Oficio divino en la fiesta de hoy— al arcángel San Miguel, príncipe de la milicia angélica, cuyo culto es manantial de beneficios para los pueblos, y cuya oración conduce al reino de los cielos .. . El arcángel San Miguel viene con una multitud de ángeles; a él le ha confiado Dios las almas de los santos, a fin de que las conduzca al gozo del Paraíso[8]. Y en el ofertorio de la misa por los difuntos, la Iglesia ruega así al Señor: "Que estas almas no caigan en las tinieblas, sino que el portaestandarte San Miguel las conduzca a la luz santa".

   No creáis, sin embargo, que este "Prepósito del Paraíso", que Dios ha constituido príncipe sobre todas las almas que se han de salvar, "constituí te principem super omnes animas suscipiendas"[9] espera la hora del supremo pasaje para manifestar a los hombres su bondad. ¡Cuan caro, pues, queridos esposos, os debe ser su patrocinio para ayudaros a acoger en este mundo las almas a las que vosotros preparáis, obedeciendo las leyes del Creador, una morada corporal!

Además de que San Miguel os sostendrá también en vuestra misión, cuidando de vosotros y de vuestros hijos. Porque es una devoción muy antigua[10] invocar al grande arcángel como protector de la salud y patrono de los enfermos. Todos vosotros, al venir acá, habéis podido ver la mole Adriana y saludar en su cumbre la estatua de bronce de donde aquel célebre mausoleo toma el nombre de castillo de Santángelo. Aquella imagen parece velar desde arriba sobre la vida y sobre la salud de los romanos, y recordarles cómo, hace ahora mil trescientos cincuenta años, es decir, en 590, mientras la peste desolaba a la ciudad, el Papa San Gregorio Magno, yendo en procesión con el clero y el pueblo para impetrar la cesación del azote, vio, según la tradición, aparecer sobre el monumento al arcángel San Miguel envainando la espada en señal del fin del castigo divino[11]. Vosotros pues, queridos hijos e hijas, que entrevéis ya, junto con los goces, los deberes y los cuidados de la familia, pedid a San Miguel que aleje de vuestro hogar la ansiedad que la salud precaria de los niños, o la amenaza de epidemias, o las crisis mismas del desarrollo, causan en el corazón de los padres.

   La sombra benéfica del castillo de Santángelo, se extiende por lo demás mucho más allá de los confines de la Urbe. San Miguel, poderoso para socorrer al mundo entero, parece sin embargo otorgar una protección especial a los hijos de nuestra querida Italia, como recuerda precisamente la festividad de hoy. En efecto, unos cien años antes de la peste de Roma, una aparición milagrosa sobre la cumbre del monte Gargano[12], cuya narración se inserta en el Breviario Romano, hizo comprender cómo el arcángel San Miguel tomaba aquel lugar bajo su particular tutela, y con tal hecho quería al mismo tiempo manifestar que se rindiese allí un culto a Dios en memoria de él y de los ángeles.

   Pero la Iglesia invoca al arcángel sobre todo como protector de la salud de las almas, mucho más preciosa que la del cuerpo, y siempre amenazada por el contagio del mal. Sin duda, la Iglesia está segura de que las potencias infernales no prevalecerán contra ella[13]; pero sabe también que, especialmente para la conservación de la vida cristiana en cada persona y en cada país, debe implorar el socorro divino, y que Dios tiene por ministros suyos a los ángeles[14]. Por eso todas las mañanas, al fin de la santa misa, el sacerdote ora en unión de los fieles: "San Miguel Arcángel, defiéndenos en el combate...; arroja al infierno a Satanás y a los demás espíritus malignos que andan errantes por el mundo para la perdición de las almas". Rara vez ha parecido más urgente que ahora esta invocación. El mundo, intoxicado por la mentira y la deslealtad, herido por los excesos de la violencia, ha perdido la salud moral y la alegría, al perder la paz. Si la tierra, después del pecado original, no pudo ser ya un paraíso, podría sin embargo ser y debería haber sido un asilo de fraterna concordia entre los hombres y entre los pueblos. Pero el incendio de la guerra lo devora todo en unas naciones y amenaza invadir a otras. Nuestro corazón se conmueve especialmente por vosotros, queridos hijos e hijas, y por tantos otros recién casados de todo país, que en esta trágica primavera unen sus destinos. ¿Cómo ver, sin un grito de horror, perfilarse, aunque sea de lejos, sobre estos hogares nuevos, donde sonríe la esperanza, el espectro terrible de la guerra?" Pero si las fuerzas humanas no parecen actualmente eficaces para el pronto restablecimiento de una paz justa, leal y duradera, es siempre posible para los hombres solicitar la intervención de Dios. Entre los hombres y Dios, el Señor ha puesto como medianera a su dulcísima Madre María. Dígnese esta "Madre amable", esta "Virgen potente", este "Auxilio de los cristianos", que con mayor fervor y ansiosamente invocan en el presente mes de mayo —y más especialmente hoy, bajo el título de Reina del Santísimo Rosario de Pompeya—, unir de nuevo, bajo el manto de su ternura, en la paz de su sonrisa, a sus hijos tan cruelmente divididos! ¡Dígnese, como la Iglesia canta precisamente hoy en la sagrada liturgia, "el ángel de la paz, Miguel, descender del cielo a nuestras moradas, y como mensajero de paz, relegar al infierno las guerras, causa de tantas lágrimas![15]

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NOTAS
  • [1] Dan. X, 13.

  • [2] Apoc. XII, 7.

  • [3] Brev. Rom., día 8 de Mayo

  • [4] Gen., II, 24.

  • [5] Gen., III, 24. 

  • [6] III Reg. XVIII, 44. 

  • [7] Hebr., I, 6.

  • [8] Brev. Rom., loc. cit. 

  • [9] Brev. Rom., loc. cit.

  • [10] Cfr. Acta Sanctorum, Septiembre, T. VIII, páginas 49 y siguientes, 65-66. 

  • [11] Cfr. Acta Sanctorum, loe. eit, pág. 72.

  • [12] Cfr. Acta Sanctorum, loe. cit, pág. 54 ss. 

  • [13] Math., XVI, 18.

  • [14] Ps, CIII, 4. 

  • [15] Brev. Rom., 1, c.

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