DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 16  
S. S. Pío XII

   XXX

EL EVANGELIO, MANANTIAL
DE LA PAZ DOMÉSTICA

26 de Junio de 1940. (DR. II, 153.)

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   Hoy podremos, queridos recién casados, proponer 9. a vuestra contemplación el cuadro gracioso que la Iglesia ofrecía anteayer a la piedad de los fieles: un niño, Juan Bautista, fruto milagroso de unas bodas largo tiempo estériles, y cuyo nacimiento fue acompañado de tales prodigios, que los amigos y conocidos de la familia se preguntaban estupefactos: "¿qué niño será éste?"[1].

   Podremos también, arrodillándonos con vosotros junto a la tumba de los príncipes de los Apóstoles, cuya fiesta, celebrará solemnemente la Iglesia de aquí a tres días, recordaros el eco de las sabias enseñanzas que daban a los fieles de su tiempo San Pedro en su primera carta[2], y San Pablo en la epístola a los efesios[3].

   Pero en una época agitada, en que acaso estáis inquietos por el porvenir de vuestro hogar recién fundado, estimamos todavía más útil una palabra de aliento análoga a la que ya en otras ocasiones, en este mismo mes de junio, hemos dirigido a los recién casados reunidos en torno a Nos, para deciros: "Queridos hijos e hijas, volveos al Sagrado Corazón de Jesús, consagraos a Él enteramente, y vivid en la serenidad y en la confianza".

   No hay duda de que, si se quiere salir de modo durable de la crisis actual, será preciso reedificar la sociedad sobre bases menos frágiles, es decir, más conformes a la moral de Cristo, fuente primera de toda verdadera civilización. No es menos cierto que, si se quiere conseguir tal fin, hará falta comenzar por hacer de nuevo cristianas a las familias, muchas de las cuales han olvidado la práctica del Evangelio, la caridad que requiere y la paz que trae.

   La familia es el principio de la sociedad. Como el cuerpo humano se compone de células vivientes, que no están solo yuxtapuestas la una junto a la otra, sino que constituyen un todo orgánico con sus íntimas y constantes relaciones, así también la sociedad está formada no por un conglomerado de individuos, seres esporádicos que aparecen un instante para desvanecerse en seguida, sino por una comunidad económica y una solidaridad moral de las familias, que transmitiendo de generación en generación la preciosa herencia de un mismo ideal, de una misma civilización, de una fe religiosa, aseguran la cohesión y la continuidad de los vínculos sociales. San Agustín lo notaba hace quince siglos, cuando escribía que la familia debe ser el elemento inicial y como una célula (partícula) de la ciudad. Y como toda parte está enderezada al fin y a la integridad del todo, deducía de ahí que la paz en el hogar doméstico, entre quien manda y quien obedece, ayuda a la concordia entre los ciudadanos[4]. Bien lo saben los que, para expulsar a Dios de la sociedad y lanzarla en el desorden, se esfuerzan por quitar a la familia el respeto y hasta el recuerdo de las leyes divinas, exaltando el divorcio y la unión libre, poniendo trabas al papel providencial confiado a los padres con respecto a sus hijos, infundiendo en los esposos el temor de las fatigas materiales y de las responsabilidades morales que lleva consigo el glorioso peso de una prole numerosa. Contra semejantes peligros deseamos preveniros, recomendándoos que os consagréis al Corazón Santísimo de Jesús.

   Lo que ha faltado, lo que falta al mundo para vivir feliz en la paz, es el espíritu evangélico de sacrificio, y este espíritu falta porque, cuando la fe se debilita, viene a prevalecer el egoísmo, que destruye y hace imposible la felicidad en común. De la fe brotan el temor de Dios y la piedad, que hacen a los hombres pacíficos; el amor al trabajo que conduce al aumento de las mismas riquezas materiales; la equidad que enseña y asegura su recta distinción; la caridad que repara asiduamente las inevitables brechas abiertas en la justicia por las pasiones humanas. Todas estas virtudes suponen el espíritu de sacrificio a que está obligado el creyente: el que quiera venir en pos de Mí, dice Jesús, reniegue de sí mismo"[5]. Por el contrario, entre los hombres como entre los pueblos, las ambiciones de cada uno no podrán nunca conciliarse con el bienestar de todos. ¿De dónde vienen, exclama el Apóstol Santiago[6], las guerras y las riñas entre vosotros? ¿No vienen acaso de vuestras concupiscencias que guerrean en vuestros miembros?

   Para volver a encontrar la paz, hace falta, por lo tanto, que los hombres hagan lo que desde hace siglos les predican Jesucristo y su Iglesia: sacrifiquen sus propias aspiraciones y sus propios deseos, en cuanto aparezcan incompatibles con los derechos ajenos o con el interés colectivo. A este fin les encamina por una vía dulce y segura la devoción al Sagrado Corazón.

   Porque en primer lugar, la imagen del Divino Corazón, rodeado de llamas, coronado de espinas, abierto por la lanza, recuerda hasta qué punto amó Jesús a los hombres y se sacrificó por ellos, es decir, según sus propias palabras, "hasta agotarse y consumirse". Además, el lamento del Salvador por la infidelidad y las ingratitudes de los hombres imprime a esta devoción un carácter esencial de penitencia expiadora. Nuestro gran predecesor Pío XI lo aclaró admirablemente en su encíclica "Miserntissimus Redemptor", y en la oración litúrgica de la fiesta del Sagrado Corazón, donde se dice que al devoto obsequio de nuestra piedad ("devotum pietatis nostrae obsequium") debe añadirse una digna satisfacción por nuestros pecados ("dignce satisfactionis ojfidum"). Estos dos elementos hacen a la devoción del Sagrado Corazón eminentemente apta para restablecer el orden quebrantado, y con esto para preparar y promover el retorno de la paz. La grande obra de Cristo, o, para hablar con San Pablo[7], la obra que Dios hizo en Él, era reconciliar consigo al mundo ("Deus erat in Christo mundum reconcilians sibi"), y la sangre, cuyas últimas gotas brotaron del Corazón de Jesús sobre la cruz, es el sello de la nueva Alianza[8] que reanuda los vínculos de amor entre Dios y el hombre, rotos por el pecado original.

   Haced, pues, de este Corazón el rey de vuestra casa, y estableceréis en ella la paz. Tanto más cuanto que Él mismo, renovando y determinando las bendiciones de su Padre celestial hacia las familias fieles, prometió hacer reinar la paz en aquéllas que le fueran consagradas.

   ¡Oh, si todos los hombres escuchasen esta invitación y esta promesa! Dos gloriosos predecesores nuestros, León XIII y Pío XI, como padres comunes de la cristiandad y guías inspirados del género humano sobre este mundo, lo consagraron solemnemente, es verdad, al Corazón de Jesús. Pero ¡cuántas almas ignoran todavía, cuántas hasta desprecian el manantial de gracia que les ha sido abierto y les es tan fácilmente accesible! Ah, no seáis vosotros de aquellos negligentes o necios que dejan cerradas al Rey de amor las puertas de su hogar, de su ciudad, de su nación, y retrasan con eso mismo el día en que el mundo, pacificado, vuelva a encontrar la verdadera felicidad. ¿Cerraríais acaso vuestra ventana, si vierais volar ante ella, como Noé ante el Arca, la paloma con el ramo de olivo? Pues lo que promete y trae el Sagrado Corazón es más que un símbolo, es la realidad de la paz. Jesús os pide únicamente que le deis sinceramente vuestro corazón: tal es la verdadera consagración. Tened la valentía de hacerla, y aprenderéis por experiencia que Dios no se deja nunca vencer en generosidad.

   Sean las que fueren, hoy o mañana, las dificultades de la vida en torno a vosotros, no experimentaréis ya aquellos desalientos y aquellas tristezas que conducen al abatimiento; porque desalentarse es faltar el corazón; pero vosotros tendréis, en lugar de un débil corazón humano, un corazón conforme al de Dios mismo. Entonces veréis realizarse en vuestra familia, en vuestra patria, en la cristiandad y en la humanidad entera, la promesa del Señor al profeta Jeremías: "Yo les daré un corazón para conocerme... y ellos serán mi pueblo, y Yo seré su Dio?, porque volverán a Mí con todo su corazón"[9]

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NOTAS
  • [1]  Luc., I, 66.  

  • [2]  III, 1-7.

  • [3] V, 22-23.

  • [4] De civitate Dei, lib. 10, c. 16.

  • [5] Matth., XVI, 24.

  • [6] Iac., IV, 1.

  • [7] II Cor., V, 19.

  • [8] I Cor.,XI, 25.

  • [9] Ier., XXIV, 7.

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