DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 18  
S. S. Pío XII

   XXXII

EL OLVIDO DE LAS OFENSAS

10 de Julio de 1940. (DR. II, 169.)

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   En el mes de julio, la -Iglesia honra particularmente, como sabéis muy bien, queridos hijos e hijas, la preciosísima sangre de Nuestro Señor Jesucristo, y en su oración litúrgica suplica al Padre celestial, "que ha constituido a su Hijo unigénito Redentor del mundo y ha querido ser aplacado por su sangre", que nos haga sentir los benéficos efectos de ella[1]. Tal fue el tema de nuestras breves palabras en la audiencia del pasado miércoles; tal será, aunque bajo un aspecto diverso, también el de hoy; porque el misterio de esta sangre divina, generosamente derramada, es inagotable como su mismo manantial, y la meditación, de la obra redentora, es decir, del más magnánimo de los perdones, es en la hora presente más saludable y oportuna que nunca.

   Sobre el mundo visible aparecen a la mirada aterrada, a través de los siglos, no sólo manchas, sino torrentes de sangre que cubren ciudades destruidas y campiñas devastadas. Pero la sangre derramada por la fuerza, hace con demasiada frecuencia que germine el rencor, y el rencor del corazón humano es profundo como un abismo, que llama a otro abismo, del mismo modo que una ola sigue a otra ola, y una calamidad atrae a otra calamidad[2]. Mirad, en cambio, el mundo de las almas. También aquí corren ríos de sangre; pero esta sangre derramada por amor no lleva consigo sino el perdón de las injurias. El Corazón del Dios-Hombre, del que emana, es también un abismo: "Cor lesu, virtutum omnium abys-sus"[3] pero un abismo de virtud que no llama en el fondo de los corazones sino a otro abismo de dulzura y misericordia. Desde que Cristo ofreció su sangre por ella, la humanidad que cree en Él está sumergida en un océano de bondad y respira una atmósfera de perdón.

   ¿Habéis visto acaso, hacia la tarde de un pesado día de verano, la tierra refrescada por la lluvia de una tormenta? Trombas de agua han refrescado en pocos instantes el terreno en montes y valles; cuando el cielo comienza a encalmarse, y mientras el arco iris extiende sobre el firmamento todavía gris su franja de siete colores, sale del suelo húmedo un vapor cargado de aromas vegetales; se diría el aliento tibio de un gran organismo viviente, ávido de expansión. Con este perfume del agua, el árbol podado, como decía Job[4], que parecía muerto, recobra las esperanzas y pronto vuelve a cubrirse con la cabellera de su follaje. Es una débil imagen de los beneficios con los que la tierra ha sido fecundada bajo los torrentes de la sangre redentora. Si las cataratas del cielo, abiertas durante cuarenta días, bastaron para sumergirla[5], ¿cómo no inundará y cómo no impregnará el mundo de las almas aquella sangre divina que desde hace diecinueve siglos brota del corazón de Jesús, sobre miles de altares? Acaso, David tenía a la vista esta efusión benéfica, cuando hablaba de una lluvia abundante reservada por Dios, a su heredad. "Pluviam voluntariam se-gregabis, Deus, hereditati tuae"[6]. La lluvia, condición esencial de fertilidad para la Palestina y grande recompensa de Dios por la obediencia a sus mandatos[7], simbolizaba también la regeneración del género humano mediante la sangre de Cristo.

   Por lo demás, no sería conforme a la verdad creer que el Antiguo Testamento no haya enseñado ya el perdón de las ofensas. Sobre este tema se encuentran allí preciosas y sabias advertencias, especialmente para vosotros, queridos recién casados. "No te acuerdes de ninguna de las injurias recibidas del prójimo", dice el Eclesiástico[8]; ahora bien, el olvidarlas es a veces mucho más duro todavía que perdonarlas. Perdonad, pues, ante todo, y Dios os hará la gracia de olvidar. Pero con más empeño que cualquier otra cosa, desechad el deseo de venganza que ya en la antigua ley condenaba así el Señor": "no buscar la venganza, y no conservar memoria de las injurias de sus conciudadanos"[9]. En otras palabras se podía decir hoy: Guardaos del resentimiento contra vuestros vecinos: aquella familia que habita sobre, o bajo, o junto a vosotros; aquel propietario con quien tenéis comunes las paredes; aquel negociante cuyo comercio os hace la competencia; aquel pariente cuya conducta os humilla. La Escritura advierte todavía: "no digáis: le haré lo que él me ha hecho a mí; pagaré a cada uno según sus acciones"[10]. Porque "el que quiere vengarse, probará la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados"[11]. ¡Qué locura es, en realidad, el rencor en un alma pecadora que tiene tanta necesidad de indulgencia! El escritor sagrado subraya este estridente contraste: "¿Un hombre guarda rencor contra otro hombre, y pide perdón a Dios? ¿No tiene él misericordia hacia un hombre semejante a sí, y reclama el perdón de sus pecados?"[12].

   Pero sobre todo desde que la nueva Alianza entre Dios y los hombres fue sellada con la sangre de Jesucristo[13], fue general la ley del perdón sin límites y del rencor cambiado en amor: "Oh Pedro, respondió Jesús al Apóstol que le interrogaba, no deberás perdonar a tu hermano hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete"[14], es decir, que el cristiano debe estar pronto a perdonar las ofensas recibidas del prójimo, sin limitación ni fin. Y el Divino Maestro enseñaba todavía más: "cuando oréis, si tenéis alguna cosa contra alguien, perdonadle para que vuestro Padre, que está en los cielos, perdone también a vosotros vuestros pecados"[15]. Y no basta ni siquiera no devolver mal por mal. "Sabéis, añadía Jesús, que fue dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero Yo os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian"[16]. Esta es la doctrina cristiana del amor y del perdón, doctrina que exige a veces grandes sacrificios.

   En la hora actual, por ejemplo, existe el peligro de que el noble y legítimo sentimiento del amor patrio degenere en e1 ánimo de no pocos en pasión vengativa: en orgullo insaciable en los unos, en rencor incurable en los otros. Un cristiano que defiende fiel y animosamente a su patria, debe, sin embargo, abstenerse de odiar a aquellos a quienes tiene obligación de combatir. Se ve en los campos de batalla cómo las personas adscritas al servicio de ambulancia, los enfermeros y las enfermeras, se prodigan generosamente en el cuidado de los enfermos y de los heridos, sin distinción de nacionalidad. ¿Pero hace falta precisamente que los hombres lleguen al borde de la muerte para reconocerse hermanos? Esta caridad admirable, pero acaso tardía, no basta; es necesario que, con la meditación y la práctica del Evangelio, la multitud de los cristianos adquiera al fin la conciencia de los vínculos fraternos que la unen en una redención común por los méritos de la sangre de Jesucristo, y que en esta misma sangre, que ha venido a ser su bebida, las almas encuentren la fuerza a veces heroica del mutuo perdón (que no excluye el restablecimiento de la justicia o del derecho lesionado); sin lo cual no será jamás posible una verdadera y duradera concordia. Pero queremos volver con el pensamiento a vosotros, queridos recién casados. En el camino que habéis emprendido, ¿no tendréis que practicar quizás un día el olvido de las ofensas, en un grado que algunos estiman superior a las fuerzas humanas? El caso, aunque felizmente es raro entre esposos verdaderamente cristianos, no es imposible, porque el demonio y el mundo asedian el corazón, cuyos impulsos son prontos, y trabajan contra la carne, que es débil[17]. Pero sin llegar a estos extremos, en la vida misma de cada día ¡cuántas ocasiones de pequeños contrastes, cuántos ligeros enfados que pueden crear entre los cónyuges, si no se les pone remedio a tiempo, un estado de latente y dolorosa aversión! Después, entre los padres y los hijos: si la autoridad debe hacerse valer, mantener sus derechos al respeto, sostenerlos con advertencias, con reprensiones, cuando sea preciso con castigos, ¡qué deplorable sería, por parte de un padre o de una madre, hasta la más mínima apariencia de resentimiento o de venganza personal! Ésta basta muchas veces para dar un golpe fatal o destruir en el corazón de los niños la confianza y el afecto filial.

   En el calendario eclesiástico ocurre pasado mañana, doce de julio, la fiesta de un grande santo italiano, Juan Gualberto, nacido en Florencia de noble familia, hacia el fin del siglo décimo, cuya historia muestra hasta qué punto puede llegar el perdón de las ofensas, y cómo lo recompensa Dios. Caballero joven, armado totalmente y escoltado de soldados, caminaba él en los alrededores de la ciudad por un estrecho sendero, cuando se encontró de improviso ante el asesino de un próximo y amado pariente suyo. Aquél, solo y sin armas, viéndose perdido, cae de rodillas y extiende los brazos en forma de cruz, esperando la muerte. Pero Juan, por respeto a aquel signo sagrado, le hizo gracia de la vida, lo levantó y lo dejó partir libremente. Después, prosiguiendo el camino entró en la iglesia de San Miniato a orar, y vio entonces la imagen del crucificado inclinar la cabeza hacia él con un gesto de infinita ternura. Conmovido profundamente, resolvió no combatir más sino por Dios; con sus propias manos se cortó su hermosa cabellera y tomó el hábito monástico: su victoria sobre sí mismo fue el preludio de una larga vida de santidad[18] .

   Queridos hijos e hijas: vosotros no tendréis que practicar, probablemente, un heroísmo tan extraordinario, ni recibiréis probablemente un favor tan prodigioso. Pero sí deberéis estar todos los días prontos a perdonar las ofensas recibidas en la vida familiar o social; del mismo modo que todos los días repetiréis de rodillas ante la imagen del crucifijo: "Padre nuestro... perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores"[19]. Y si no veis entonces sensiblemente que Cristo inclina hacia vosotros, con una sonrisa, su frente coronada de espinas, sabréis sin embargo, y creeréis con fe firme y confianza absoluta, que de aquella frente divina, de las manos y de los pies del Salvador Jesucristo, sobre todo de su corazón siempre abierto, la sangre redentora derramará tanto más largamente su perdón sobre vuestra alma, cuanto más generosamente hayáis vosotros mismos perdonado.

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NOTAS
  • [1] Brev. Rom., oración del 1º de Julio. 

  • [2] Ps., XLI, 8.

  • [3] Letanías del Sagrado Corazón, 11.

  • [4] XIV, 7-9.

  • [5] Gen., VII, 11 ss.

  • [6] ps., LXVII, 10.

  • [7] Deut, XI, 11-14.

  • [8] X, 6.

  • [9] Lev., XIX, 18.

  • [10] Prov., XXIV, 29. 

  • [11] Eccli., XXVIII, 1.

  • [12] Ib., 3-4.

  • [13] Luc., XXII, 20.

  • [14] Matth., XVIII, 22.

  • [15] Marc., XI, 25.

  • [16] Matth, V, 43-44.  

  • [17] Cfr. Marc., XIV, 38.

  • [18] Acta Sanctorum Boíl, mes de Julio, t. III, página 313 y 343-344.

  • [19] Matth., VI, 12.

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