DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 22  
S. S. Pío XII

   XXXVI

LOS GRAVES DAÑOS DE
LAS MALAS LECTURAS

7 de Agosto de 1940. (DR. II, 201.)

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   Cuando, bajo el sol radiante de agosto, un niño deja temporalmente a su familia, para irse a una colonia veraniega de montaña o de mar, su padre estimaría superfino decirle: "querido hijo, no lleves una serpiente en tu maletín, y si ves una de ellas en tus paseos, guárdate de tomarla con las manos para examinarla".

   Pues, de igual manera, el amor paterno nos dicta un consejo semejante para vosotros. En la audiencia del miércoles pasado, expusimos brevemente la utilidad de las buenas lecturas; hoy queremos recordaros el peligro de las malas; peligro contra el cual la Iglesia no ha cesado nunca de elevar su voz, pero cuya gravedad desconocen o niegan no pocos cristianos, a pesar de aquellos saludables avisos.

   Pues vosotros debéis persuadiros de que hay libros malos, y malos para todos, a semejanza de aquellos venenos contra los cuales nadie puede decirse inmune. Como en todo hombre la carne está sujeta a las debilidades y el espíritu está pronto a las rebeliones, tales lecturas constituyen un peligro para todos. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que, durante la predicación de San Pablo en Éfeso, muchos de los que habían andado tras de las vanas artes y supersticiones, llevaron sus libros y los quemaron públicamente; calculado el valor de estos escritos de magia así convertidos en ceniza, se encontró que ascendía a más de cincuenta mil denarios[1]. Después, en el curso de los siglos, los romanos pontífices tuvieron cuidado de hacer publicar un catálogo o índice de libros cuya lectura está prohibida a los fieles, advirtiendo bien al mismo tiempo, que otros muchos,' aunque no estén explícitamente nombrados, caen bajo la misma condenación y prohibición, porque son dañosos a la fe y a las buenas costumbres. ¿Quién podría maravillarse de semejante prohibición por parte de aquellos que son los tutores de la salud espiritual de los fieles? ¿No procura también la sociedad civil, con sabias normas legislativas y profilácticas, impedir la acción deletérea de las substancias tóxicas en la economía doméstica e industrial y rodear de cautelas la venta y el uso de los venenos, especialmente de los más nocivos?

   Si os recordamos este grave deber es a causa de la extensión del mal, facilitada actualmente por la amplitud siempre creciente de la producción librera, así como por la libertad que muchos se atribuyen de leerlo todo. Pero no puede existir una libertad de leerlo todo, como no hay la libertad de comer y beber todo lo que se tiene a mano, aunque sea la cocaína o el ácido prúsico.

   Queridos recién casados: estos avisos paternos se dirigen particularmente a vosotros. Vosotros estáis, en vuestra mayoría, en una edad y en una situación en que el espíritu se complace en mayor grado en las narraciones novelescas, y el deseo encuentra pasto en felicidades a veces imaginarias, y la dureza de las realidades se atenúa en la dulzura de los sueños. Ciertamente, no os está prohibido gustar el encanto de las narraciones de pura y santa ternura humana: la misma Sagrada Escritura ofrece escenas semejantes que han conservado a través de los siglos su frescura de idilio: como el encuentro de Jacob y de Raquel[2], el desposorio del joven Tobías[3], la historia de Ruth[4]. Hay también autores de gran ingenio que han escrito novelas buenas y honestas: baste citar a nuestro Manzoni. Pero, junto a estas flores puras, ¡qué pululación de plantas venenosas en el vasto imperio de las obras de imaginación! Ahora bien, con demasiada frecuencia, estas últimas se estiman más accesibles y vistosas, y se aspiran con más ansia a causa de su perfume intenso y embriagador.

   "Ya no soy una niña —dice aquella joven— y conozco la vida: así que tengo el deseo y el derecho de conocerla todavía mejor." Pero no se da cuenta la pobrecita de que su lenguaje es el de Eva ante el fruto prohibido: ¿y cree acaso que para conocer, amar, utilizar la vida, es necesario escrutar todos sus abusos y sus deformaciones?

   "Ya no soy un chiquillo —dice igualmente aquel joven—, y a mi edad las descripciones sensuales y las escenas voluptuosas no hacen ya nada." ¿Está bien seguro de eso? Si fuese verdad, ello sería indicio de una perversión inconsciente, fruto de las malas lecturas ya hechas. Así,, según algunos historiadores, Mitrídates, rey del Ponto, cultivaba yerbas venenosas, preparaba y experimentaba, aun en sí mismo, venenos a los que quería habituarse; de donde viene el nombre de mitridatismo.

   Pero no creáis, jóvenes y muchachas que os dejáis acaso arrastrar a leer, quizás secretamente, libros sospechosos, no creáis que su veneno no produce efectos sobre vosotros; temed más bien que este efecto, por no ser inmediato, sea más maléfico. Hay en los países tropicales del África, algunas glosinas o insectos dípteros, conocidos con el nombre de mosca "tsé-tsé", cuya punzada no causa una muerte repentina, sino una simple y fugaz irritación local, pero inocula en la sangre tripanosomas deletéreos; cuando los síntomas del mal se manifiestan claramente, es acaso demasiado tarde para ponerles remedio con los medicamentos usados por la ciencia. De igual manera las imágenes impuras y los pensamientos nocivos que produce en vosotros un libro malo, parecen tal vez entrar en vuestra mente sin haceros, como suele decirse, una herida sensible. Entonces reincidiréis fácilmente y no os daréis cuenta de que de ese modo, por las ventanas de los ojos, penetra la muerte en la casa de vuestra alma[5]; si no reaccionáis súbita y enérgicamente, ésta, como un organismo entorpecido por la "enfermedad del sueño", resbalará lánguidamente en el pecado mortal y en la enemistad de Dios.

   El peligro de las malas lecturas, es además, bajo algunos aspectos, más funesto que el de las malas compañías, porque sabe hacerse más traidoramente familiar. ¡Cuántas niñas o jóvenes, a solas en su cuarto con el pequeño libro de moda, se dejan decir de él crudamente cosas que no permitirían a oíros murmurar en su presencia, o se dejan describir escenas de las que por nada del mundo quisieran ser actrices o víctimas! ¡Ah! ¡Así se preparan para ser tales el día de mañana! Otros, cristianos o cristianas, que desde su infancia han caminado por la vía recta, gimen después por el repentino aumento de tentaciones que les oprimen, y ante las cuales se sienten cada vez más débiles. ¡Acaso si interrogasen sinceramente su conciencia, deberían reconocer que han leído una novela sensual, hojeado una revista inmoral, fijado la vista sobre ilustraciones inconvenientes! ¡Pobres almas! ¿Pueden lealmente y lógicamente lamentarse de que una ola de fango amenace sumergirlas, cuando son ellas las que han abierto el dique de un océano corrompido?

   Pero además, queridos recién casados, puesto que vosotros preparáis ahora vuestro porvenir e imploráis entre los demás favores divinos la bendición de la fecundidad sobre vuestra unión, pensad que el alma de vuestros hijos será el reflejo de la vuestra. Ciertamente, ¿estáis por completo resueltos a educarles cristianamente y no infundirles sino buenos principios? Magnífico propósito, ¿pero será siempre suficiente? ¡Ah!, tal vez ocurre que padres cristianos que han usado muchas cautelas para la educación de un hijo, de una hija, que les han mantenido lejos de los placeres peligrosos y de las compañías perversas, les ven de repente, hacia la edad de los dieciocho a los veinte años, ser víctimas de miserables y a veces escandalosas caídas: el buen grano que ellos habían sembrado se ha arruinado por la cizaña. ¿Quién ha sido el "inimicus homo" que ha hecho tanto mal? En el mismo hogar doméstico, en este pequeño paraíso, el tentador, el astuto, se ha introducido furtivamente y ha encontrado allí, a punto ya, el fruto corruptor que ofrecer a aquellas manos inocentes. Un libro descuidadamente abandonado en la escribanía del padre, que ha minado en el hijo la fe del bautismo; una novela olvidada sobre el sofá o en el velador de la madre, que ha ofuscado en la hija la pureza de su primera comunión. Ahora bien, el mal que se oculta detrás del placer, es tanto más difícil de curar cuanto más tenaz es la mancha infligida al candor de un alma virgen.

   Pero junto a los escritos que propagan la impiedad y las malas costumbres, no podemos dejar de mencionar aquellos otros que difunden la mentira y provocan el odio. La mentira, abominable a les ojos de Dios y detestada por todo hombre justo[6], lo es todavía más cuando esparce la calumnia y siembra discordia entre los hermanos[7]. Como aquellos maniáticos anónimos cuya pluma mojada en la hiél y en el fango hace desmoronarse la felicidad de la vida doméstica y la unión de las familias, así una cierta prensa parece haberse fijado el propósito de destruir, en la gran familia de los pueblos, las relaciones fraternas entre los hijos del mismo Padre celestial. Esta obra de odio se lleva a cabo algunas veces con el libro, y con más frecuencia aún, con los diarios.

   Que en la prisa del trabajo cotidiano a un escritor se le escape un error, que acepte una información menos comprobada, que exprese una apreciación injusta, puede parecer y ser, no rara vez, más ligereza que culpa; debería sin embargo pensarse que semejantes ligerezas o inadvertencias pueden ser suficientes, especialmente en épocas de aguda tensión, para suscitar graves repercusiones. Pluguiese a Dios que la historia no registrara ninguna guerra provocada por una mentira hábilmente difundida.

   Un publicista consciente de su misión y de sus responsabilidades, se siente en el deber de restablecer la verdad, si ha divulgado el error. Está obligado, ante los millares de lectores sobre los que podrían hacer impresión sus escritos, a no arruinar con ellos o en torno a ellos el sagrado patrimonio de verdad liberadora y de caridad pacificante que diez y nueve siglos de cristianismo han aportado trabajosamente al género humano. Se ha dicho que la lengua ha matado más hombres que la espada[8]. De igual manera, la literatura mentirosa puede resultar no menos homicida que los carros blindados y los aviones de bombardeo.

El Evangelio de la transfiguración del Señor, que ayer leímos en la santa Misa, narra cómo el divino Maestro, para revelar su gloria a los tres Apóstoles predilectos, comenzó por separarlos de los demás y conducirlos consigo a la cumbre de un alto monte[9]. Si vosotros queréis que también vuestra casa sea favorecida por las bendiciones de Dios, por la protección especial de su corazón, por las gracias de paz y de unión prometidas a quien le honra, separaos de la multitud, rechazando las publicaciones reprochables y corruptoras. Buscando

el bien en esto como en todo, viviendo habitualmente bajo la mirada de Dios y en la observancia de su ley, haréis de vuestra casa un íntimo Tabor, adonde no subirán los miasmas de la llanura y donde podréis decir como San Pedro: "¡Maestro, qué bien estamos aquí!"[10].

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NOTAS
  • [1] Act, XIX, 19. 

  • [2] Gen., XXIX, 9-12.

  • [3] Tob, VII.

  • [4] Ruth, III.

  • [5] Cír. ler., IX, 21.

  • [6] Prov., VI, 17 y XIII.

  • [7] Prov., VI, 19.

  • [8] Cfr. Eccli., XXVIII, 22

  • [9] Marc., IX, 1.

  • [10] Marc., IX, 4. 

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