DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 31  
S. S. Pío XII

   XLV

EL MISTERIO DE LA PATERNIDAD

19 de Marzo de 1941. (Oss. Rom., 20 Marzo 1941.)

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   La fe en Cristo y en su esposa la Iglesia os ha guiado y conducido a Nos, queridos recién casados, como a vuestro Padre común, Padre de los creyentes, para pedirnos que bendigamos en nombre de Cristo, y como que ratifiquemos y confirmemos con Nuestra invocación, ante Dios y el pueblo cristiano, vuestro santo vínculo y vuestras esperanzas de verlo florecer y extenderse en aquellos hijos, sin los cuales faltaría la corona de la alegría a la felicidad, ya tan grande, que el Señor os hace encontrar en la unión de vuestras almas.

   No yerra vuestra fe al ver en el Papa, ante todo, al Padre; pero, por grande que sea esta paternidad espiritual y universal, no es sino un lejano reflejo de aquella paternidad suprema, trascendente e infinita, que el Doctor de las gentes, San Pablo, adoraba doblando sus rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo: "Huius reí gratia flecto genua mea ad Patrem Domini Nostri Jesu Christi, ex quo omnis paternitas in coelis et in térra nominatur"[1]. Es el sublime misterio de la paternidad que del cielo, desde el fondo de la eternidad, brilla en la inaccesible luz divina, donde, en el secreto impenetrable e incomprensible de la Trinidad feliz, eternamente, todo el ser, toda la vida, todas las infinitas perfecciones del Padre se comunican al Hijo para volverse a su común infinito Amor que es el Espíritu Santo. Paternidad eterna que engendra la eterna Sabiduría y, con ella, se derrama en el eterno Amor. Paternidad perfecta, infinita, inefable, cuyo término, el Hijo, es no sólo semejante, sino igual al Padre y uno con Él en la identidad de la naturaleza indivisa, no distinguiéndose sino como persona que le conoce y ama infinitamente. Paternidad de siglos eternos, no paternidad transitoria del tiempo, que separa de sí el fruto para que éste viva una vida propia; sino paternidad que es generación, la cual no cesa jamás, en el infinito presente de la eternidad siempre actual y viva, de dominar y sobrepasar todos los tiempos, que inician su curso con el mundo en una efusión de inmensa bondad creadora, cuando el Espíritu, cuyo soplo divino animador se extiende sobre las aguas de la infancia del universo, hace irradiar este amor paterno sobre las obras de su mano omnipotente.

   Honor y gloria de Dios es el misterio de la paternidad: como lo proclamaba el Señor mismo por boca de Isaías: "Yo que concedo a los demás la generación, ¿seré estéril?"[2]. Por lo que dijo a su Hijo, igual a Él en la divinidad y en la eternidad: "Te engendré de mi seno antes que la estrella de la mañana"[3].

   ¿Qué es la paternidad, sino comunicar el ser; todavía más, poner en este ser el misterioso rayo de la vida? Dios es Padre del universo: "Nobis unus est Deus, Pater, ex quo omnia"[4]. Dios es el Padre que crea el cielo, el sol, las estrellas que brillan a su mirada y narran su gloria; Dios es el Padre que ha construido y modelado este mundo donde sembró flores y selvas, fecundó y multiplicó los nidos colgantes de los pajarillos, las inaccesibles cuevas de los peces y las cavernas marinas de los corales, los rediles de los corderos y las manadas de los toros, las guaridas de las fieras y las cuevas de rugientes leones prestos a lanzarse impetuosamente sobre su presa; toda esta varia e inmensa vida es hija del amor de Dios, dirigida, sostenida, desenvuelta en su crecimiento y desarrollo por la paterna Providencia.

   Pero la paternidad se eleva mucho más: es comunicar juntamente con el ser, con la vida vegetal o animal, la vida superior de la inteligencia y del amor. También los ángeles son hijos de Dios. Espíritus puros, libres del peso de la carne, sublimes imágenes de la Trinidad, a la que contemplan y aman, participan de un modo que les es propio en la paternidad divina, puesto que, como enseña Santo Tomás[5], el uno, iluminando y perfeccionando al otro con la luz del entendimiento, se hace padre suyo, a semejanza del maestro que es padre del discípulo y le comunica cada vez nuevos impulsos para la vida de la mente.

   Hijo de Dios es también el hombre, imagen que conoce y ama a la Trinidad. Espíritu unido a la materia, si bien es verdad que ha sido hecho un poco menor que los ángeles, es como padre, en cierto sentido, más que el ángel, el cual no comunica sino la luminosa actividad de la propia inteligencia, mientras el hombre consigue de Dios su concurso en la creación e infusión misma de esta inteligencia en sus hijos, engendrando el cuerpo que la recibirá.

   Recordad, queridos esposos, el gran día de la creación del hombre y de su compañera. Ante la grandiosa obra de unir el espíritu con la materia, la Trinidad divina parece recogerse en Sí misma, y dice: "Hagamos el hombre a nuestra imagen y semejanza". Pero si Dios tomó un poco de barro para plasmar el primer hombre, la primera vida humana, veis en cambio que, cuando quiso e intentó que aquella primera vida se propagara y multiplicara, sacó la segunda vida no del fango inerte, sirio del costado vivo del hombre, y así será la mujer su compañera, nuevo rayo de inteligencia y de amor, cooperadora de Adán en la transmisión de la vida, formada de él y semejante a él en toda su descendencia y posteridad. Y cuando, al conducir y entregar Eva a Adán, Dios pronuncia el altísimo mandamiento, fuente de vida: "creced y multiplicaos", ¿no os parece que el Creador transfiere al hombre su mismo augusto privilegio de la paternidad, remitiéndose en adelante a él y a su compañera para hacer correr a caudal pleno en el género humano el río de vida que mana de su propio amor?

   Pero el infinito amor de un Dios que es caridad, tiene más altos y altísimos caminos para efundir su luz y sus llamas al comunicar, como padre, una vida semejante a la propia. El ángel y el hombre son hijos de Dios y lo manifiestan en la imagen y semejanza que en el orden natural de simples criaturas han recibido de Él; pero Dios posee una paternidad más sublime: engendra hijos de adopción y de gracia en un orden que supera a la naturaleza humana y angélica, y les hace partícipes y consortes de la misma naturaleza divina, llamándoles a repartir su propia felicidad en la visión de su Esencia, en aquella luz inaccesible con la que se revela a sí mismo a los hijos de la gracia y les revela el íntimo secreto de su incomparable paternidad juntamente con el Hijo y con el Espíritu Santo. En esta alta luz impera Dios, Creador, Santificador y Glorificador, que en la predilección por la última de sus criaturas inteligentes, el hombre (aquí abajo hijo de ira[6] por nacer del progenitor culpablc Adán) le regenera y hace renacer con el agua y con el Espíritu Santo en hijo de gracia, hermano de Cristo, nuevo Adán sin mancha, y le hace coheredero de su gloria en el Cielo; de modo que quiso que, para una tal gloria y vida sobrenatural, como para la vida natural, el hombre mismo, cooperando con Dios, fuese padre de su transmisión y de su conservación y perfección.

   Tal es, queridos hijos e hijas, el incomparable misterio en cuyo seno os introduce vuestro matrimonio. Entrad como en un santuario de la Santísima Trinidad, penetrados de respeto, de temor filial y de confiado amor, del sentimiento de vuestras responsabilidades y de la grandeza del oficio que habéis de cumplir. También vosotros tendréis que pronunciar las palabras: "Hagamos el hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza". Palabras divinas y palabras humanas que se confunden en vuestro labio y en vuestro pecho. Pesad estas palabras de paternidad, por parte de Dios y por vuestra parte: vuestros hijos a vuestra imagen y a vuestra semejanza. Sí; vuestros hijos serán semejantes a vosotros, tales cuales vosotros sois, por la naturaleza humana que al engendrarlos les comunicaréis; pero en la vida sobrenatural, ¿serán también semejantes a vosotros? No dudamos de que les procuraréis solícitamente aquel Bautismo que también a vosotros os regeneró ante Dios, haciéndoos hijos de gracia y herederos del Cielo, aun en el caso de que, al abrirle las puertas del paraíso, un angelito vuestro exigiera a vuestra fe y a vuestro amor un dolor o un sacrificio. Hacedlos crecer en la fe, en el temor y en el amor de Dios; transfundid en ellos aquella sabiduría del vivir que hace al cristiano, y lo encamina y guía por el sendero de la virtud entre los peligros de tantos enemigos que ponen asechanzas a la juventud. Sed sus modelos en el camino del bien; y permaneced siempre tales que vuestros hijos no tengan que hacer sino asemejarse a vosotros y merecer alabanzas por ser imágenes vuestras, de modo que respondan plenamente a los designios que tuvo Dios al concederles por vuestro medio una vida semejante a la vuestra. Sea luz de su camino el miraros e imitaros, el recordar, cuando algún día ya no estéis a su lado, vuestras advertencias reforzadas y confirmadas por un cumplimiento íntegro de todas las obligaciones de la vida cristiana, por un delicado e íntimo sentimiento del deber sin claudicaciones, por una fe y confianza en Dios indestructible, aún en las pruebas más duras, por un afecto mutuo que ha ido creciendo cada vez más con los años, por una bondad caritativa y benéfica que se prodiga hacia todas las miserias.

   Mucho esperarán vuestros hijos de los vigilantes cuidados de que rodearéis sus primeros pasos, y el primer soltarse y abrirse de su inteligencia y de su corazón. Confiándoles más tarde a las manos de maestros dignos de vuestra confianza de padres cristianos, no cesaréis de ayudarlos cuando sean mayores con vuestros consejos y alientos. Pero más que cualquier otra palabra, valdrá la voz de vuestros ejemplos, aquellos ejemplos en cuyo espejo continuamente, por muchos años, se reflejará a sus ojos vuestra vida práctica, tanto en la intimidad como en el alejamiento del hogar doméstico; aquellos ejemplos que ellos penetrarán y juzgarán con la terrible clarividencia y con la inexorable agudeza de sus miradas jóvenes.

   ¡Qué bella y digna de ser recordada es la bendición de Raquel sobre el joven Tobías, cuando sabe de quién es hijo... "Benedictio sit Ubi, fili, quia boni et optimi viri filius es!": ¡Bendito seas, hijo mío, porque eres hijo de un hombre de bien y excelente![7]. El viejo Tobías no era ya rico de bienes de fortuna; el Señor le había probado con la desgracia del destierro y de la ceguera; pero era rico de algo mejor: de los admirables ejemplos de su virtud y de las sabias advertencias que daba a su hijo. También nosotros vivimos en tiempos difíciles: acaso no consigáis siempre proporcionar a vuestros hijos la vida acomodada y bella que soñáis para ellos, ni seáis capaces de tenerlos tranquilos y contentos, fuera del pan cotidiano que, gracias a la Providencia divina, confiamos que no les faltará, con aquellos bienes que desearíais asegurarles. Pero más que los bienes de la tierra, que nunca cambian, ni aún para los poderosos y los epulones, este valle de lágrimas en paraíso de delicias, en vuestras manos está dar a vuestros hijos y herederos bienes mejores, aquel pan y aquella riqueza de fe, aquella atmósfera de esperanza y de caridad, aquel impulso de vida animosa y constantemente cristiana, en la que vuestro sagrado deber de padres y de madres conscientes de la alteza de la paternidad que habéis recibido del Cielo, les hará crecer y progresar para consuelo vuestro, delante de Dios y de los hombres.

   Con tal augurio imploramos sobre vosotros, queridos recién casados, la abundancia de los favores celestes, de la cual es prenda la apostólica bendición que con toda la paternidad espiritual de Nuestro corazón os impartimos.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

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NOTAS
  • [1] Ephes., III, 14-15.

  • [2] Isai., 66, 9.

  • [3] Ps., 109, 3.

  • [4] 1 Cor., 8, 6.

  • [5] Cfr. Exposit. super Epist. ad Ephes., c. 3, lect. 4.

  • [6] Cfr. Ephes., II, 3.

  • [7] Tob, VII, 9.

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