DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 35  
S. S. Pío XII

  

XLIX

AMOR PAGANO Y AMOR CRISTIANO

15 de Enero de 1941. (DR. II, 373.)

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   En vuestros paseos por la ciudad romana, queridos recién casados, no ha podido menos de admiraros la manera como se mezclan, se compenetran y se sobreponen, en esta ciudad única en el mundo, los recuerdos de su pasado pagano y las realidades de su pasado y de su presente cristiano. Más particularmente, en razón de vuestro mutuo amor de esposos cristianos y de vuestras nacientes familias cristianas, las ruinas de los palacios magníficos y de los templos vetustos han debido conducir vuestro pensamiento a las costumbres de la Roma imperial, cuando, aun en medio del esplendor de las letras y de Jas artes, al decaer la antigua superioridad e integridad de la vicia, la corrupción había llegado a tal punto que hacía exclamar al poeta Horacio: "Generaciones fecundas de vicios contaminaron primero las bodas y la pureza de la estirpe y la disciplina de las casas; el daño derivado de esta fuente se esparció por la patria y por el pueblo. La doncella se complace en ser amaestrada en las (licenciosas) danzas jónicas... y desde la niñez medita ilícitos amores"[1]. Sin duda, apartando la mente de semejantes imágenes, vuestra alma se ha vuelto con preferencia hacia el recuerdo de aquellas primitivas, fuertes y austeras familias romanas que hicieron el poder y la grandeza de la Urbe dominadora del mundo: "per quos viras... et partum et awctum imperium"[2]. Habéis rememorado, tales cuales viven en las narraciones de Tito Livio, aquellos rudos padres de familia, de autoridad absoluta e indiscutida, custodios fieles de las tradiciones de su "gens", totalmente dedicados al servicio de la cosa pública; y a su lado, noblemente sometidas, aquellas matronas irreprensibles, del todo dedicadas al cuidado de la casa, que como Cornelia, madre de los Gracos[3], veían en los hijos su más bello ornamento, sus más preciosas joyas: "Haec ornamenta sunt mea". No faltaron del todo, en la misma época imperial, ejemplos de familias en las que los cónyuges vivían en feliz concordia y mutuamente se daban el uno al otro la preferencia; en las que el mérito de la buena mujer era tanto más digno de alabanza cuanto era más grave la culpa en la mujer mala[4]. Mujeres que, aun en aquellos tiempos de terror en que eran acusadas y matadas por haber derramado lágrimas por la muerte de sus hijos[5], eran sin embargo para sus maridos modelos de ánimo y de sacrificio. Madres que acompañaban a sus hijos prófugos, mujeres que seguían a sus maridos en el destierro[6]. Esposas castas como aquella Ostoria, cuyo elogio inconparabilis castitatis fenvina" está esculpido en un sarcófago recientemente descubierto en las profundidades de las criptas vaticanas.

   Ahora bien, cuando volvéis la mirada desde estas familias paganas a aquellas familias plenamente, grandemente, espléndidamente cristianas que todos conocéis, sentís instintivamente que a las primeras les falta algo, algo más fuerte que la vieja fuerza de los Quirites, más íntimamente fuerte y al mismo tiempo más ardiente, más penetrante y bueno, más profundamente humano.

   ¿No consistiría acaso esta falta —irremediable miseria de las sociedades paganas o paganizantes— precisamente en la incapacidad de permanecer enérgicas y fuertes, conservando a la vez un corazón verdaderamente humano, capaz de verdadero y puro afecto y piedad? Mirad aquellas antiguas familias romanas cuyas austeras cualidades acabamos de recordar. El día en que se pusieron en contacto con las delicadezas y los refinamientos de la civilización griega y oriental, y fueron presa de la avaricia de las perlas, de las piedras preciosas y del oro[7], relajada la disciplina, "labente paulatim disciplina", se precipitaron en gran número, "iré coeperunt praecipites"[8] hacia aquella corrupción de la que el Apóstol de las Gentes fue testigo indignado[9]. Al desaparecer la rigidez, no la sustituyó el verdadero afecto —"sme ajjectione, sine misericordia", caracterizaba San Pablo el mundo pagano de su tiempo—, sino el desencadenamiento de las más bajas pasiones, a las que el gran emperador Augusto, justamente preocupado del público bien, intentó en vano[10] con sus leyes —entre las cuales han sido célebres las leyes Julias "de maritandis ordinibus" y "de adulteris coercendis" y la ley Papia Poppaea— poner frenos para restituir a la familia una fuerza y una cohesión que sólo la fe en Jesucristo habría hecho recuperar.

   El verdadero afecto, sin dureza y sin debilidad, el verdadero amor, inspirado y elevado por Cristo, lo entrevemos en aquellas primeras familias de convertidos romanos, como los Flavios y los Acilios en tiempo de la persecución de Domiciano; admiramos su refulgente esplendor en torno a una Santa Paula y a una Santa Melania. Pero, ¿por qué remontarnos a tan lejanos siglos? ¿No se vio acaso, en tiempos vecinos a nosotros, por estas mismas calles de Roma, otra esposa cuya vida es o debería ser bien conocida de todas las madres de familia, la Beata Ana María Taigi? No pretendemos aquí describiros sus visiones y la abundancia de los dones extraordinarios de que fue colmada por Dios. Mirad ahora solamente a la mujer de Domingo —el honrado, pero duro y colérico criado de la casa Chigi—, siempre buena y sonriente; hasta las horas tardías de la noche espera la vuelta del marido, y cuando éste llega fatigado, impaciente, descontento de todo, le cuida humilde y tiernamente, soportándolo todo, aceptándolo todo con angélica dulzura. Y entre tanto, firme para mantener el orden entre las numerosas personas de la familia, para hacer perder a su marido el hábito de las palabras gruesas, ama activa y previsora, encuentra modo, aun en su pobreza, para hacer vivir junto a sí, con los propios hijos, a su madre, y acoger más tarde las familias de la hija y de la nuera, sabiendo mostrarse siempre hacia todos, aun frente a caracteres extraños, difíciles y ásperos, hija amante, esposa devota, madre, suegra y abuela admirable.

   ¿El secreto de tal vida? Siempre el mismo, el de todas las vidas santas: Cristo vivo y radiante con su gracia soberana, en el alma que sigue dócilmente sus inspiraciones y sus impulsos. Sólo Nuestro Señor ha sido capaz de hacer nacer en pobres corazones humanos, heridos y extraviados por la culpa original, un amor que sea puro y fuerte sin rigidez ni dureza, amor bastante profundamente espiritual para desligarse de los brutales estímulos de los sentidos y dominarlos, aun conservando intacto su calor e inalterable su delicada ternura. Sólo Él, con los ejemplos y la acción íntima de su Corazón inflamado de amor, ha podido realizar la promesa hecha ya a Isabel: "Aujeram cor lapideum de carne vestra, et dabo vobis cor ccrneum"[11]: "Arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne". Sólo Él sabe suscitar y hacer vivir en las almas el verdadero afecto, tierno y fuerte a la vez, porque sólo Él puede con su gracia librarlo de aquel ingénito egoísmo que más o menos conscientemente envenena los amores puramente humanos. Por eso es, queridos hijos e hijas, por lo que a vosotros y a todos cuantos vienen a pedir para sus nuevos hogares nuestra paterna bendición, les dirigimos incesantemente la viva exhortación: Dad siempre en vuestras casas el primer puesto a Cristo Salvador, Rey y Señor de vuestras familias, luz que les aclara, llama que las calienta y las alegra, omnipotente salvaguardia que conservará su paz y su felicidad. Este amor que os une, y sobre el cual ha querido Dios poner el sello de su sacramento, durará en la medida en que siga siendo cristiano, y, lejos de debilitarse y de disolverse, será cada vez más íntimo y fuerte, a medida que avancéis juntos en la vida. Defendedlo contra todo aquello que tienda a paganizarlo: ¡Ah! ¡Cuántos bautizados no saben amarse sino paganamente! Perdiendo de vista el verdadero fin de su unión, como la fe les ha enseñado, se eximen de los deberes austeros, pero saludables y benéficos, de la ley cristiana, y de este modo llegan, poco a poco, a cambiar aquel matrimonio que la bendición de Cristo había hecho tan bello y grande, en una vulgar asociación de placer y de interés, matando en sí mismos todo verdadero amor.

   No os ocurrirá a vosotros así, queridos recién casados. Vuestro amor vivirá, perdurará, hará vuestra felicidad, aun en medio de las inevitables vicisitudes de la vida, porque permanecerá cristiano, porque vosotros no cesaréis jamás de mantener su íntima fuerza ligándola a su verdadera fuente, en un profundo espíritu de fe, en un constante cumplimiento da las prácticas religiosas que la Iglesia os manda u os aconseja, en una inviolable fidelidad a los deberes, a todos los deberes, de vuestro estado.

Para que la gracia divina, cada vez más abundante, os ayude a caminar hasta el fin por esta vía de salvación y de verdadera alegría, os impartimos de todo corazón, como prenda de los celestiales favores, la bendición apostólica.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

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NOTAS
  • [1] Horacio Carm., III, 6, 17-24.

  • [2] Titi Livii, Ab Urbe condita libri. Praefatio.

  • [3] Valer. Maxim., lib. IV, cap. 4 init.

  • [4] Tacit. Agricl., c. 6.

  • [5] Tacit. Ann., lib. VI, n. 10.

  • [6] Tacit. Historiar., lib. I, m. 3.

  • [7] Horat. Cünn., III, 24, 48.

  • [8] Tit. Liv., I, c.

  • [9] Cfr. Rom., I, 24 y ss.

  • [10] Tacit. Ann., lib. III, n. 

  • [11] Ezech, XXXVI, 26.

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