DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 48  
S. S. Pío XII

   LXII

MISIÓN DEL MARIDO EN LA FAMILIA

75 de Abril de 1942.

(Ecclesia, 13 de Junio dü 1942.)

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   Para quien considera y contempla todo el mundo creado, amados recién casados, es grande ocasión de maravilla el ver la suma variedad que nos ofrecen las cosas inanimadas, como los minerales y la tierra; o el inmenso reino de los vegetales, como la hierba, las flores, los frutos, los cereales y los árboles; o el vastísimo imperio de los animales, que se nos muestran en el aire y en las aguas, sobre los montes, en las llanuras y en las selvas. En tal variedad notáis cómo, aun en la misma especie, los individuos se diferencian por sus caracteres morfológicos y fisiológicos, por su vigor y por la belleza de sus colores y formas. Y vosotros mismos, en los hijos que el Señor se digne concederos, podréis observar y discernir las diferentes inclinaciones que distinguen a un niño de una niña y, de modo diverso, dan sello y preparan al hombre y a la mujer en la vida que Dios les prepara.

   De la misma manera, en la unión conyugal el hombre casado es cabeza de la mujer[1] y, de ordinario, la supera en fuerza y en vigor. Pero esta distinción no la humilla a ella, porque, si frecuentemente se dedica a obras en apariencia ligeras, realmente efectúa cosas grandes y fuertes por la responsabilidad que tiene de procurar el feliz estado de la familia y de merecerse la gratitud del marido.

   Sin embargo, por muy cordial que sea este reconocimicnto, vosotros, hombres, podéis y debéis hacer más. Vuestra perfección de jefes de familia no consiste solamente en la realización de los trabajos pertinentes a vuestra profesión, a vuestro oficio, a vuestro arte particular, dentro o fuera de la casa; en la casa misma, que es el dominio de vuestra mujer, tenéis también una parte activa que realizar. Vosotros, más fuertes; vosotros, frecuentemente más hábiles en el uso de los instrumentos y de las herramientas; vosotros, en el arreglo de vuestra casa, encontraréis lo primero de todo y, en muchos pequeños trabajos, tiempo y lugar para cosas que son más propias del hombre que de la mujer. No serán faenas y quehaceres como los de vuestro oficio, oficina o taller donde soléis ir, ni serán tampoco indignos de vuestra dignidad: serán, sin embargo, una participación cuidadosa en las atenciones de vuestra mujer, sobrecargada, con frecuencia, de cuidados y de trabajos; un echar una mano amigablemente para levantar un peso, que será para ella una ayuda y para vosotros casi una distracción y un cambiar de ocupación.

   Para cultivar un huerto o un jardín, si es que la Providencia os hace el regalo de tenerlo; para cualquier adorno, para cualquier reparación, para tantas cosas, más o menos ligeras, que hay que mover, que colocar, que ordenar, como continuamente sucede, ¿no serán acaso más propias y prontas vuestras manos que las de vuestra esposa? Y en general, cuando un trabajo exija más fuerza, ¿no os hará vuestro corazón amable y prudente reservároslo para vosotros? ¿Y qué podría hallarse en una casa cristiana más triste y contrario al sentido católico que aquello que de cualquiera manera recuerde el cuadro y la escena, en un tiempo demasiado frecuente, entre los pueblos todavía no iluminados y suavizados por el divino misterio de Nazareth: la mujer que camina doblada bajo el pesado fardo, como una bestia de carga, ante su señor, que la sigue y la vigila fumando tranquilamente?

   Uno de los grandes beneficios sociales de los tiempos pasados fue aquel trabajo a domicilio, entonces tan común aún entre los hombres, que unía al marido y a la mujer en un mismo trabajo, uno junto a otro, en una misma casa, junto al hogar de los hijos. Pero el progreso do la técnica, el gigantesco engrandecerse de las fábricas y de las oficinas, el dominador multiplicarse de toda clase de máquinas han hecho hoy tal trabajo doméstico muy raro fuera del campo y, muchas veces, han obligado y separado a los padres el uno del otro y les han arrastrado lejos de los hijos durante muchas horas del día... "¡Oh necesidad, señor tirano de los míseros mortales, y que no rompe tu fiereza indómita!"[2]. Pero, por muy imperiosa que pueda ser, ¡oh hombres!, la ocupación de aquel trabajo que os entretiene gran parte del día lejos de las personas amadas, Nos no dudamos de que al fervor de vuestro afecto le quedarán todavía fuerzas, habilidad y cuidado para los pequeños servicios domésticos, que os procurarán más cordial y benévola gratitud cuanto más se note que los hacéis superando todo el cansancio y el deseo de reposo, gracias a aquella condescendencia para ayudar también en las pequeñas necesidades de la familia, que une a todos en el procurárselos y gozar sus bienes.

   Y no es que en la vida familiar jamás haya ocasiones más difíciles, horas y tiempos que mezclan alegrías y tristezas, penas y sudores, incomodidades y lágrimas: horas de nacimientos, de enfermedades, de lutos. Entonces sí que habrá más que hacer. Entonces la mujer no podrá de ningún modo, o solamente con dificultad y con tremenda fatiga, satisfacer los múltiples deberes, convertidos en más graves y urgentes. Entonces todos los de la casa tendrán que hacer todo lo que puedan, aun los pequeños con sus pequeñas ayudas; pero el primero que se ha de poner al trabajo, ¿no es acaso el padre, el jefe de familia, el que en los momentos difíciles tendrá que dar ejemplo de prestarse, prevenir y proveer, empleando, sin ahorro e inmediatamente, su propia persona?

   En estas ocasiones y dificultades se mostrará la sabia dignidad paterna en el vigor de su acción eficaz en él gobierno de la familia. A tan importantes e inevitables pruebas os habéis de preparar, ¡oh esposos amados!, confirmando vuestro ánimo y vuestra mente, porque el porvenir que os aguarda difícilmente será diverso del común de todos los hogares. Por lo que pasa a los otros, aprended a iluminaros y a guiaros a vosotros mismos. Y que os ilumine y guíe también el curso diario de la vida cotidiana. Dentro del recinto de vuestra casa no os detengáis en calcular, medir o comparar para ver quien se cansa o afana más, quién da más su tiempo y sus fuerzas. El verdadero amor no sabe de estos cálculos, de estas comparaciones: se da estimando siempre poco lo que se hace por quien se ama. Lo que dice la "Imitación de Cristo" del amor divino[3] se puede aplicar también a un amor tan profundo y tan santo como el conyugal: "El amor no siente peso, no conoce fatiga, desea más de lo que puede, no se excusa con la imposibilidad... Lo puede todo y cumple y acaba muchas cosas, en las cuales el que no ama falta y sucumbe." Por eso no os admiréis si el Apóstol de las Gentes, tan lleno también en su mente y en su corazón de la caridad de Cristo hasta levantarla sobre las profecías, sobre los misterios y la fe de los milagros, sobre las lenguas y la ciencia, sobre la liberalidad para con los pobres y la entrega al martirio[4], no temió comparar el amor de los maridos hacia sus esposas con el amor de Cristo para con la Iglesia[5].

   Oh, sí!; amad a vuestras mujeres. Les sois responsables de este deber del amor como del más alto y necesario don, porque en este don está la tutela de la castidad conyugal y de la paz familiar; porque en este amor se confirma la fidelidad, se glorifica la prole, se perpetúa inviolable el sacramento que ha unido al hombre y a la mujer en la presencia de Dios. Santificad a vuestras mujeres con el ejemplo de vuestra virtud; concededles el honor de que os imiten en el bien y en la vida religiosa, en la asidua laboriosidad y en la intrepidez en los momentos duros y en los no leves sufrimientos que no faltan en la vida humana. ¿Podría, acaso, el esposo olvidar qué pesos y dolores y, a veces, qué peligros y sublimes sacrificios representan para su esposa aquella maternidad que le dará a él el gozo de ser y de llamarse padre? Y allí donde el amor maternal le ha hecho a ella aceptarlo todo sin poner nada en la cuenta, ¿el amor conyugal y paterno le permitirá a él escatimar su propia entrega?

   Echad una mirada a la historia de la Iglesia, esposa de Cristo. ¡Cuántos héroes y cuántas heroínas en el secreto del santuario de la familia! ¡Cuántas virtudes conocidas solamente por Dios y por los ángeles! En aquella época, a veces dura, de la Edad Media, entre el pueblo, en los viejos castillos, en los palacios, para no hablar de los monasterios, ¡qué almas de mujer recogían el homenaje del respeto mezclado con la ternura! Jóvenes, novias, esposas, madres, parecían circundadas por una aureola celestial, irradiación sobre todas las hijas de Eva del amor inspirado a aquellos corazones creyentes por la nueva Eva, la Madre de Cristo y de los hombres, o por alguna otra idea procurada por la fe que, brotando del profundo espíritu cristiano, hacía florecer en ellos aquel sentido de deferente y afectuosa cortesía, desconocida para los antiguos y modernos paganismos, ufanos con su orgullo viril y con las revueltas del orgullo femenino. Entonces, ante la mujer, la fe exaltaba al poeta, que prorrumpía en un canto alabando a la "Virgen y Madre, hija de su Hijo", a la "Virgen hermosa, con el sol vestida", para que "encomendase a su Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, que acogiese en paz nuestro último suspiro".

   Oh, hombres:, volved la mirada a Nazareth, entrad en aquella pequeña y modesta morada. Mirad a aquel carpintero, custodio santísimo de los secretos divinos, que con sus sudores sustenta a la familia humilde y elevada más que la de los Césares de Roma; observad con qué veneración y respeto ayuda y venera a aquella Madre, su esposa inmaculada y pura; mirad al que se cree "Hijo del carpintero", Virtud y Sabiduría omnipotente que hizo el cielo y la tierra y sin el cual nada se ha hecho, como ningún hombre puede sin Él hacer nada, y que, sin embargo, no se desdeña de los pequeños servicios de la casa y del taller, y de estar sometido a María y a José; contemplad un tan grande modelo de vida familiar, espectáculo que maravilla a las jerarquías angélicas, que lo adoran. ¡Ojalá que esta contemplación conserve en vuestros corazones aquellos sentidos de grata y tierna entrega de vosotros mismos, que en sus diarias manifestaciones constituirán vuestro generoso concurso al bien y a la tranquilidad de la casa! Si en la vida profesional creéis que es honor vuestro no huir de ninguna responsabilidad que os toque, sea también en vuestra vida cristiana noble franqueza y orgullo de vuestra conciencia el tomar con amplitud y amor la porción de colaboración y de cuidado que es vuestra, para formar la felicidad doméstica.

   Mientras, por lo tanto, pedimos a Dios que os conceda a los unos y a los otros, amados hijos e hijas, las gracias necesarias para esta fecunda y santa cooperación, os damos de todo corazón nuestra paternal bendición apostólica.

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NOTAS
  • [1] I Cor., XI, 3 

  • [2] Cfr. Gen., I, 28. 

  • [3] Libro III, cap. V.

  • [4] Cfr. I. Cor, 13, 1 y sig.

  • [5] Cfr. Eph., V, 25-29.

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