DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 54 
S. S. Pío XII

   LXVIII

LOS AUXILIARES DEL HOGAR
I. Amos y criados

22 de Julio de 1942.

(Ecclesia, 8 de Agosto de 1942.)

.

   Esta casa del Padre común en que vosotros, amados recién casados, os habéis dado cita, es una casa de fe. La colina sobre la cual se levanta, sus muros, sus imágenes, sus recuerdos y su historia hablan de fe; y la fe ha sido la guía y el impulso que os ha traído aquí. En la fe de Cristo habéis sellado vuestra unión; en la fe de Cristo habéis venido a Nos, no sólo con la idea de cumplir un acto de piedad filial, sino también con la esperanza de que nuestra palabra sea para vosotros luz en el sendero de vuestros nuevos deberes, y nuestra bendición consuelo y ayuda para llevar dignamente su peso. Hemos ya examinado y explicado diversos puntos y aspectos de vuestra multiforme responsabilidad en la vida conyugal y familiar, y otros nos proponemos aún examinar y explicar; lo que hemos dicho a los jóvenes esposos que os han precedido en estas audiencias, Nos quisiéramos exhortaros a considerarlo con espíritu de fe y de confianza, y más adelante a leer asimismo lo que, Dios mediante, diremos a los otros que os seguirán. Hoy nos proponemos conversar acerca de una materia demasiadas veces ignorada en nuestros días, y, sin embargo, en sí misma y en sus consecuencias, importante y necesaria.

   Vosotros sois jóvenes; sois más del presente y del futuro que del pasado; es el privilegio y el orgullo de los jóvenes. Vosotros contempláis el presente, pero la historia ha progresado ya antes de vosotros. Desde hace más de un siglo, las condiciones y relaciones sociales se han desarrollado y transformado con rapidez siempre creciente; estos sucesos periódicos de guerras y de trastornos universales han precipitado su transformación, y la transformación ha entrado también en los muros domésticos. Si, por una parte, se han hecho más escasas las familias que tenían un considerable número de personas de servicio, por otra se han ido multiplicando las que por necesidad deben recurrir a la ayuda ajena. Aun prescindiendo de las casas nobles y acomodadas, veis muchas madres de familia que, retenidas fuera de casa por las ocupaciones cotidianas una gran parte del tiempo, se ven obligadas, por lo menos durante algunas horas del día, a valerse de los servicios y de la vigilancia de otros.

   En estas necesidades y prestaciones de trabajo, no creáis, amados hijos e hijas, que la naturaleza humana encuentra humillación y menosprecio. En la sumisión del servicio está escondido el sentido de un gran misterio divino. Dios es el sumo y único Señor y Amo del universo: todos nosotros no somos más que siervos suyos. El mismo Jesucristo, "igual a Dios en la forma de Dios, se anonadó a Sí mismo tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres y reconocido en su condición como hombre; se humilló a Sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz; por lo cual Dios lo enalteció y le dio un nombre sobre todo nombre, gracias al cual hemos de salvarnos"[1]. Por lo que no dudó en afirmar que "el Hijo del Hombre no había venido para ser servido, sino para servir"[2]. ¿No veis cómo en Él se realizó de un modo sublime que quien se humilla será exaltado? ¿Y por qué? Porque servir a Dios es reinar, y el conocerle es vivir. ¿No es éste acaso el fin de nuestra vida, como enseña el catecismo: conocer, amar y servir a Dios? Todos somos siervos de Dios; Nos mismo, en este puesto, somos el "Servus servorum Dei". Y vosotros, en el hogar doméstico, servís a Dios en la propagación del género humano y de los hijos de Dios hasta los heroísmos de la maternidad. Se sirve a Dios, se sirve a Cristo, se sirve a la Iglesia, se sirve a la Religión, sirve a la patria, se sirve a los superiores, se sirve a los inferiores, se sirve al prójimo. Todos somos siervos de la Providencia, que gobierna al mundo y que endereza a la gloria divina, así el bien como el mal que en este mundo turba al hombre, a los pueblos y a las naciones. ¿Qué es el mundo sino el campo en que Dios hace resplandecer su sol y bajar su lluvia sobre todos los trabajadores, siervos obedientes o rebeldes?[3] . ¿ Qué es la Iglesia sino la casa de Dios, en la que, como dice el gran apóstol Pablo a los efesinos, "vosotros no sois ya peregrinos y moradores en tierra extraña, sino que sois conciudadanos de los santos y pertenecientes a la familia de Dios"? "Et domestici Dei"[4].

   La familia cristiana es una imagen de la Iglesia, un santuario doméstico. En ella viven juntos los padres hijos, y con los hijos los criados y criadas, aunque en situación especial respecto a los amos en cuya casa moran. Sin duda que, por su origen y por su sangre no son ellos de la familia, ni siquiera en virtud de una adopción legal propiamente dicha; pero puede, sin embargo, considerarse como una forma de adopción el hecho de introducirlos en casa para vivir bajo el mismo techo, de suerte que vengan a ser en realidad los continuos testigos de la intimidad de la familia. Pero en un hogar cristiano, ¿no tiene acaso su modesta y discreta belleza la vida de un criado y una sirvienta? Es verdad que más bien va enrareciéndose; pero todavía no ha desaparecido del todo, ni de la historia, ni de nuestra edad. Es, oportuno señalárosla para que la admiréis y la améis, y se despierte así en vuestros corazones el noble deseo de hacerla florecer en la sociedad.

   No es nuestro propósito recordaros la dura noción y la historia más dura aún de los siervos en que se transfomaban los esclavos de la antigüedad; pero nos parece bastante no olvidar que en el mismo Imperio romano — aun con las mitigaciones que a través de los tiempos introdujeron en las costumbres públicas la legislación y el sentido práctico de aquel gran pueblo — , su condición y su vida oran no pocas veces muy miserables. En la literatura de aquella edad resuena todavía, por ejemplo, el eco de las voces de matronas airadas y de los lamentos de sus sicrvas. Son muy conocidos los episodios de la dama elegante que castiga con un latigazo a la infeliz Psecas, mientras le arregla la cabellera, por un rizo que le va demasiado alto[5], y de Lalage, que también por un solo rizo no bien hecho, "unus de toto peccaverat orbe comarum anulus", a quien una aguja no bien puesta restaba gracia, golpea con el espejo, revelador del defecto, a la peinadora Plecusa, que cae por tierra[6]. Pero la ira pagana femenil fue templada sobre todo por el cristianismo, que tiene por Jefe y Maestro a un Dios manso y humilde de corazón.

   Con todo, la distinción entre amos y sirvientes no ha desaparecido de la sociedad familiar. Al entrar en su primer servicio — y con frecuencia este contacto inicial con una vida diversa adquiere especial importancia — , aquellos jóvenes y aquellas jovencitas, a veces todavía adolescentes, pertenecían tal vez a una numerosa y honrada familia de labradores, estimada en el pueblo. En la heredad paterna habían visto a los peones, respetuosos y respetados, ayudar a sus padres en las fatigas demasiado gravosas aún para su joven edad. Entretanto, se ha pensado encontrarles una colocación en la ciudad, como sirvientes a su vez, para ganarse la vida y formarse en un centro de más amplios horizontes que abra en lo futuro el camino a una situación mejor. Con el corazón esponjado e incierto, al dejar la casa y la parroquia, han escuchado consejos y advertencias llenas de cordura y de fe, de labios de sus padres; se les ha recomendado la fidelidad a Dios y a sus amos, A veces han venido a estos señores acompañados por el padre o por la madre, que en cierto modo delegaban en ellos su autoridad y solicitud paterna o materna.

   ¿No es, pues, como acabarnos de decir, una especie le adopción la acogida que se hace a estos jóvenes o adolescentes en la nueva familia? ¡Y qué responsabilidad contraen aquellos a quienes un padre o una madre han lecho señores y superiores de sus hijos! Es una responsabilidad que ata su conciencia ante Dios y los hombres con deberes que hay que conciliar entre sí para ejercitar paternal y dulcemente esta autoridad y cuidalo, y al mismo tiempo mantener y guardar, como es justo, a estos sirvientes y criados en la actitud y espíritu de su condición.

   ¿Qué cosa más conmovedora que la escena del criado enfermo del centurión contada por el sagrado Evangelio? Un centurión tenía enfermo y cercano a la muerte un siervo que le era queridísimo. Por eso, habiendo oído hablar de Jesús, le mandó a los ancianos para que le suplicaran que viniese a curar a su siervo. Jesús, pues, se fue con ellos. Y cuando distaba ya poco de la casa, el centurión le envió a los amigos para decirle: Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; pero di una sola palabra y mi siervo sanará". Y de hecho, los que habían sido enviados, al volver a casa, lo encontraron curado[7]. Admirad la solilicitud de este centurión para con su siervo, pero sobre todo el amor de Cristo, que consuela a cuantos están angustiados y afligidos y recurren a Él.

   Si un gentil nos ofrece un ejemplo tan bello, ¡cuántos y cuáles modelos no menos luminosos nos proporcionaría la historia de las familias cristianas! Hojead sus páginas, y a través de los siglos veréis, con más frecuencia de lo que pensáis, a la dueña de la casa que, cuidadosa como una madre, acoge a la criadita como a una hija, inicia a la inexperta, la ayuda en su poca destreza, la despliega en sus encogimientos, pone finura y luz en sus tosquedades, sin perjuicio de aquella sencillez, ingenuidad e inocencia que forman la gracia de una jovencita que pasa del campo a la ciudad y franquea un umbral acomodado. Podréis ver a aquella jovencita responder a la tarde con los demás a las oraciones que reza el padre de familia; la podéis observar toda conmovida en su timidez al recordar las oraciones que en aquella misma hora ofrecen a Dios en su pueblo sus seres queridos.

   Cuando el sentimiento cristiano de los criados corresponde, con una devoción a toda prueba, al sentmiento cristiano de los amos, es un espectáculo que arrebata las miradas de los ángeles. Porque en aquel sentimiento cristiano recíproco obra la fe que enaltece al amor, pero no rebaja al criado, sino que lo iguala ante Dios en aquella comunión de espíritus que rebasa hasta la perfección de los deberes propios de cada uno. Basta ver cómo no sólo en las habitaciones más a la vista, sino aun en los más bajos aposentos de la servidumbre, todo relumbra, y el orden y la limpieza más aseada ennoblecen los rincones más oscuros, en que ninguno se fija, pero que son también partes de la casa, para imaginarse con qué amor tan cuidadoso cumple la sirvienta su humilde y fatigoso trabajo, su monótono oficio, el mismo todos los días, todos los días vuelto a tomar con el mismo ardor, ya que la característica de su trabajo es precisamente ese volver a comenzar con cada amanecer. Veinte veces interrumpida tal vez en sus. faenas, veinte veces llamada, correrá a la puerta para abrirla a quien viene y recibirá a todos con el mismo agasajo, con la misma deferencia y respeto, dispuesta a volver a la penumbra y proseguir su fatiga con serena alegría, con tranquila ufanía y con asidua diligencia. Todos los que la vean reconocerán en sus virtudes el reflejo de las virtudes de sus amos. ¿Acaso no tiene también la virtud su resplandor? Aquella joven, aquella sirvienta, que en la paz de una buena familia cristiana encuentra y gusta el perfume de un santuario doméstico, probará por su parte poderosos alicientes para el bien en la afectuosa benevolencia que la rodea: los años aumentarán y reforzarán en ella, a medida que vayan pasando, su devoción y adhesión a sus señores y a su casa.

   ¡Qué hermoso es ver más tarde a estas sirvientas y a estos criados crecidos junto al hogar de sus señores y contemplarlos prodigando cuidados y respetuoso cariño junto a las cunas que vienen a alegrar la casa! Entonces la solicitud y benevolencia de los señores se transforma en confianza con el criado o la sirvienta, quienes, sin abusar nunca y sin faltar a una discreta reserva, ejercitan sobre los niños la vigilancia que se les encomienda. Y estos niños, hechos adolescentes, hechos hombres, conservarán en sus casas sincera gratitud y respeto hacia quienes, entrados ya en años y encanecidos, sirvieron antes a sus abuelos y a sus padres y vieron nacer una o dos generaciones.

   Los años vuelan; amos y criados envejecen, las arrugas surcan sus frentes, los cabellos caen o se blanquean, las espaldas se encorvan; sobrevienen las horas de las enfermedades y de las pruebas. Entonces entre amos y criados parece que los lazos se estrechan cada vez más y que el servicio se cambia en una como amistad entro dos viajeros que, fatigados en el camino de la vida, se apoyan uno sobre otro para seguir adelante. Nos mismo hemos conocido muchas veces ejemplos de esta naturaleza o hemos tenido ocasión de leerlos; y tal vez no os será desagradable el recordar alguno de ellos. Una sirvienta que había servido cincuenta y un años en la misma familia, juzgando que esta su larga fidelidad le había granjeado no derechos sino deberes de parentesco, al ver a sus señorea en la indigencia, vino a ofrecer todos sus ahorros para sacarles del apuro, rehusando toda garantía. Otra, alegando también a su favor medio siglo de servirlo, resolvió no gravar más el balance de una familia puesta en graves apreturas por la guerra; se dedicó enteramente a servir a su "señora", venida a pobreza y enferma, y cuando ésta murió, para que no le faltase una sepultura digna de su antigua fortuna, empleó en ella una suma recibida de una sociedad de beneficencia[8].

   Ejemplos más sublimes en que, además de la caridad cristiana, brilla entre amos y criados la unión en la confesión de la fe y en el martirio, nos los presenta la historia de las persecuciones en los primeros siglos del cristianismo. Ahí tenéis a San Agatodoro, criado de San Papilo y de su hermana Agatónica, martirizados juntos en Pérgamo[9]. Ahí tenéis en Alejandría al anciano San Julián, imposibilitado para andar por su enfermedad, que se hace llevar al juez por dos siervos, de los que, si uno fue, por desgracia, infiel renegado a su fe, el otro, en cambio, Euno, fue heroico compañero del amo en el martirio y en la palma recogida entre los tormentos[10]. Ahí tenéis a las celebérrimos mártires de Cartago, Vibia Perpetua, y su sierva Felicitas, quienes, expuestas a las fieras y gravemente heridas por ellas, cayeron luego, víctimas de Jesucristo, apuñaladas en la garganta[11] . Ni callaremos a la heroica sierva Blandina, quien en la persecución de Lyon el año 177, mientras su misma señora temía que ella, como tierna y frágil doncella, no pudiese perseverar en la confesión cristiana, no sólo soportó con alegría los suplicios más crueles, sino que exhortó y animó a la constancia en la fe al jovencito de quince años Pontico[12] .

   Las guerras, las revoluciones y las incomodidades nos presentan también hoy ante los ojos parecidos admirables héroes y heroínas animados por la caridad y la fe. Si tan nobles heroísmos se han hecho más escasos, es necesario que vuelvan a florecer. Orad, velad, obrad: haced de vuestro hogar doméstico una casa en la que quien entre y os alargue la mano respire y absorba la atmósfera más pura. Entonces vuestra labor resplandecerá como la perla de una diadema en la restauración de la sociedad cristiana, en la que, según la gran frase del apóstol Pablo, ya no existe bajo los nombres de amos y criados más que la santa e inmensa familia de los hijos de Dios[13].

   Para que, con el fin de cumplir una obra tan meritoria, levantéis a Dios vuestra súplica y le ofrezcáis vuestros votos a El, que es el único que puede iluminaros y guiaros, Nos, amados recién casados, os damos con toda la efusión de nuestro ánimo la Bendición Apostólica.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

a

Índice "Familia Cristiana"

PORTADA


NOTAS
  • [1] Phill, II, 7, ss.; Act, IV, 12.

  • [2] Mat., XX, 28.

  • [3] Cfr., Math., V, 45.

  • [4] Ephes., I, 19.

  • [5] Juvenal I, sat. VI, 486 y ss.  

  • [6] Marcial, Epigr. II, 66. 

  • [7] Cfr. Lúe., VII, 2 ss.

  • [8] Disc. d. L. Madelin. "Academie Française", 17 de diciembre 1936. 

  • [9] Cfr. Acta Sanct., Martyrol. rom., 1940 p. 136-137.

  • [10] Ibid. p. 178. 

  • [11] Ibid. p. 186.

  • [12] Ibid. p. 220. Eusebio, Hist. Eccles., lib. V, c. 1-3.  

  • [13] Cr. Gal., III, 26-28.

1