DOCTRINA CATÓLICA
La Familia Cristiana - 63  
S. S. Pío XII

   LXXVIII

LAS VIRTUDES DEL HOGAR DOMÉSTICO
IV. La Fe: a) Los secretos del padre

5 de Mayo de 1943.

(Ecclesia, 22 de Mayo de 1943.).

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   El florecer de la vida humana en la familia, queridos recién casados, es un gran misterio de la naturaleza y de Dios que envuelve como en un haz de enigmas al niño recién nacido y lo pone entre dos mundos: el mundo visible de la naturaleza y el mundo invisible de Dios, creador de la naturaleza y del alma inmortal, que da la vida a todo hombre. De aquí a algunos meses, si así place al Señor, el hogar que fundáis se iluminará con una nueva alegría cuando desde la cuna os sonría un niño, primer fruto de vuestro amor. Vosotros contemplaréis extasiados aquella carita; buscaréis en ella lo que anhelan aquellos ojuelos, lo que ansían: os buscan y anhelan a vosotros, y también otra cosa más alta: buscan y ansían a Dios. Entonces la iglesia parroquial, que os ha visto cambiar el consentimiento conyugal, verá al joven padre de familia que lleva allí al recién nacido. El sacerdote preguntará al niño: "¿Qué vienes tú a pedir a la Iglesia de Dios?" Por él responderá el padrino: "La fe". "Y la fe, ¿qué te da?" "La vida eterna". Con este diálogo se inicia el rito solemne del Bautismo, que purifica al niño del pecado original, le reviste de la gracia santificante y con el hábito de la fe le da todas las virtudes y le hace hijo de Dios y de la Esposa de Cristo, la Iglesia visible.

   ¡Qué poderoso tesoro es la fe! Todos los tesoros del mundo no valen para prolongar la pobre vida terrena, que vuela como una flecha lanzada al blanco[1]; pero la fe, con sus preciosos tesoros, prepara y procura al hijo de Dios la vida eterna. ¿Y qué es esta vida eterna? Es vida indefectible del espíritu, que revivirá aunque el cuerpo se haya hecho polvo; es conocimiento de los íntimos secretos beatificantes de la divinidad, como el Redentor del mundo, en la víspera de su pasión salvadora, hubo de decir, dirigiéndose al Padre celestial: "Ésta es la vida eterna: que te conozcan a Ti. sólo verdadero Dios, y a Aquel que Tú has enviado, Jesucristo"[2]. Pero, ¿qué conocer es éste? O es que no puede la razón humana con sus fuerzas llegar a conocer a Dios? Ciertamente lo puede, porque los cielos narran su gloria, y nosotros podemos elevarnos de las cosas creadas al conocimiento del Creador y a las perfecciones de su naturaleza divina[3]. Sin embargo, Cristo dijo: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo"[4]. La razón, es verdad, puede bien conocer a Dios, y el conocimiento al que le es dado ascender es altísimo, sublime entre toda la sabiduría y la ciencia humana; pero no es todavía conocimiento que penetre en lo íntimo de Dios, como es aquel de que goza el eterno Hijo y aprenden aquellos a quienes Él se lo revela. ¡Qué tesoro de conocimiento divino, superior a la razón, comprende, por lo tanto, la fe! Examinémoslo más de cerca.

   La revelación es, ante todo, la confidencia paternal que Dios hace al hombre de sus secretos, secretos de su naturaleza y de su vida, de sus perfecciones, de sus magnificencias, de sus obras, de sus designios. ¿Comprendéis vosotros bien todo lo que una tal "confidencia" encierra en sí de amor, de ternura, de confianza, de generosidad? Jóvenes esposos: el primer gran testimonio de vuestro afecto que os habéis dado el uno al otro ¿no ha sido, acaso y precisamente, el de comunicaros vuestras confidencias? Haceros conocer recíprocamente, hablaros de las cosas grandes y de las naderías menudas de vuestra vida de ayer, de vuestras más insignificantes ansiedades, de vuestras aspiraciones más nobles para vuestra vida de mañana, de la historia, de las tradiciones, de los recuerdos de vuestra familia, ¿no ha sido acaso el tema más vivo de vuestros afectuosos coloquios? Y estas confidencias no cesaréis de repetirlas y de continuarlas, sin llegar jamás a decíroslo todo, porque surgen del amor de que el corazón rebosa, y el día oscuro en que se detuviese la efusión, sería señal que el manantial se ha secado. Entre estos recuerdos de vuestro pasado, vosotros recordareis la hora en que vuestro padre o vuestra madre, considerándoos ya "grandes" os hicieron participar de sus pensamientos, de sus negocios e intereses, de los trabajos, de las angustias y de los sufrimientos que con su esfuerzo iban soportando para prepararos una vida más bella, tal como la proyectaban y se auguraban para vuestro porvenir. Aquella intimidad fue para vosotros una aurora de gozo. Comprendisteis el amor que la inspiraba y os sentisteis otros al llegar a ser los confidentes de vuestros padres.

   Elevaos, ¡oh jóvenes esposos!, sobre vosotros mismos: también Dios se hace esposo de las almas; y, ¿no es acaso Jesucristo el Esposo de su Iglesia y la Iglesia, su Esposa amada, hecha con su propia sangre, depositaría y custodia de sus divinos secretos y quereres? Pues he aquí que este Dios de infinita bondad se abaja a la confidencia hasta nosotros, para elevarnos hasta Él: majestad inmensa, señor, creador, maestro soberano, juez infalible, remunerador generosísimo, se digna hacernos sus hijos, partícipes de sus designios y de sus graciosos tesoros, revelándonoslos y otorgándonoslos hasta no siendo nosotros capaces de comprenderlos totalmente. Él usa los nombres más dulces y queridos que suenan en la familia, y nos llama hijos, hermanos, amigos y quiere aparecer como padre, madre, esposo maravillosamente amante y celoso de nuestro bien y de nuestra felicidad. Oíd al Salvador que habla a sus apóstoles: "Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor. Pero os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os le he hecho saber a vosotros"[5]. ¡Qué ternura del Dios de verdad! ¿Y habría hombres tan desdeñosos de la luz, tan enemigos de todo más alto conocimiento revelado, tan insensibles a todo signo de amor, tan soberbios de la pobre razón humana, que negarán y rechazarán lo que ellos llaman el yugo de la fe? ¡Pobres pajarillos nocturnos, que desde la oscuridad de su agujero compadecen al águila que en pleno mediodía fija inmóvil la pupila en el sol!

   Aunque no hubiera sino el hecho grandioso de un Dios que revela sus secretos a su criatura, ¡qué maravilla sería ya la revelación! Quien tuviera el privilegio de escuchar a un Dios revelante, ¿cómo no se conmovería y se sentiría otro? Grandes verdades respecto del Creador enseña la naturaleza a quien la contempla con la recta razón; pero si el mismo Hijo unigénito de Dios, sin el cual nada se ha hecho de cuanto se ha hecho[6], convertido en nuestro hermano mortal y maestro, nos hablase de su Padre y de la íntima vida divina, que tiene común con él y es inaccesible al ingenio humano, ¡qué alegría suscitaría en el espíritu que busca y anhela la verdad! Ahora bien, precisamente aquel Dios que lo creó todo, se ha dignado hacerse conocer al hombre por medio de su mismo Hijo. Por eso pudo proclamar el discípulo predilecto de Cristo: "Nadie ha visto nunca a Dios: el Hijo unigénito que está en el seno del Padre, Él nos lo ha revelado"[7]. Sí; es un hecho, una maravilla, una enseñanza, una revelación; pero no es sino principio y preludio de hechos más maravillosos y mutaciones espirituales en la regeneración del hombre elevado a consorte de la naturaleza divina.

   Salidos como somos a la vida desde el profundo y eterno designio divino, todavía no ha aparecido lo que seremos: sino que lo que hemos sido y somos en el tiempo se cumplirá en el mañana de la eternidad. Hijos de Dios, transformados cu viviente semejanza suya, lo contemplaremos cara a cara tal como es en su gloria. Si durante el curso de nuestra vida mortal esto no es todavía visible en nosotros, con la fe y con la gracia de Dios somos, sin embargo, ya desde ahora, no sólo de nombre, sino en realidad hijos de Dios. "Nos llamamos y somos hijos de Dios... Somos ya hijos de Dios, pero aún no se ha manifestado lo que seremos. Sepamos que cuando se manifieste seremos semejantes a Él, porque lo veremos como Él es"[8]. Así hablaba el Apóstol San Juan a los primeros fieles. La revelación, la confidencia de Dios, es, pues, al mismo tiempo, una promesa, que para nosotros es una esperanza. Esperemos confiados su cumplimiento en la vida eterna; pero Dios, desde la presente, en esta vida que pasa, nos ha hecho conocer y barruntar, por decirlo así, su imagen y la belleza de su alta idea y su designio, dándonos como una prenda de él en la fe, que es "sperandarum substantia rerum, argumentum non apparentium"[9]. Porque, ¿qué es la fe sino el creer lo que no vemos?

Le profonde cose
che mi largiscon qui la lor parvenza,
agli occhi di laggiú son sí nascose,
che l'esser loro v'é in sola credenza;
sovra la qual si fonda l'alta spene,
e peró di sustanza prende intenza
[10].

   El amor de Dios hacia nosotros, como si no pudiese esperar hasta aclararse el pleno día, se nos hace entrever en el albor de la revelación. ¡Oh librepensadores, que no creéis en el amor que Dios nos tiene, pobres ciegos voluntarios que camináis a ojos cerrados por las tinieblas y sombras de muerte, no nos compadezcáis a nosotros los cristianos, que, si no se nos ha dado todavía aquí abajo contemplar el sol, pero movemos nuestros pasos hacia él en la claridad del alba, en el sonreír de la aurora, en la esperanza de verlo muy pronto brillante y radioso en un mediodía que no conoce ocaso! Nosotros seguimos a Cristo, creemos en Él, que es el Verbo, la Palabra, el hijo de Dios, luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Pero Él no es escuchado; las tinieblas no le quieren recibir, porque los hijos de las tinieblas huyen el sol y prefieren a la luz la noche. Este hijo de Dios, bajado del cielo para traernos la verdad que tanto nos sublima, se preguntaba un día tristemente si cuando volviera encontraría todavía la fe sobre la tierra[11]. Duras parecen tales palabras de Cristo a los hombres sin fe; pero Pedro, en nombre de todos los creyentes que fueron, son y serán, protesta su fe y su fidelidad, fuera de las cuales no hay sino vértigo de ignorancia y ruina de las costumbres morales: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna"[12].

   La vida eterna es la vida que Cristo ha revelado al hombre para elevar su espíritu inmortal sobre la materia de la que fue sacado. Como el cuerpo es un velo del alma, no de otro modo la palabra de la fe es un velo de la verdad divina, que cubre el fulgor que brota de los secretos de eterna sabiduría, entrevistos en resplandores de relámpagos, como fuentes, de toda belleza. Incluso a aquellos que no poseen sino los compendiosos enunciados del catecismo, la palabra de la revelación dice la verdad de Dios. Elevando incomparablemente el espíritu sobre las concepciones groseras de los dioses del paganismo, sobre los conceptos más nobles, pero cortados en su vuelo, relativos a la divinidad, a los que se elevó la razón de un Sócrates o de un Cicerón, sobre la antigua y santa, pero incompleta revelación que Dios había hecho a su pueblo escogido, el mensaje de Cristo, maestro de su pueblo y de todas las gentes, nos descubre al Dios viviente, no en una fría soledad, sino en la infinita felicidad de su pensamiento y de su amor fecundo, en el esplendor de su inefable Trinidad: sublime mensaje de luz incomparable, que nos muestra a Dios, que crea con un simple acto do su voluntad, no para adquirir algún bien, sino para manifestar la inexhausta difusión de su bondad, el universo con todas sus maravillas; da a todas las naturalezas, en el mar del ser, el instinto, las leyes y el impulso que las guíen en su marcha a diversos puertos; siembra a través de los días, de los siglos, la vida sobre la tierra y todo para preparar al hombre, el último venido, la estancia feliz donde morase antes de subir a la gloria y de hacerse feliz con el gozo de su Señor.

   Pero la verdad respecto al hombre, que se nos ha declarado en la revelación, es a la vez triste y confortante. Dios le había dotado de preciosos dones sobrenaturales y preternaturales, y el hombre cae de la misteriosa participación de la vida divina[13]; pero Dios, en su ternura paterna, no le abandonó y decidió volverle a levantar a la dignidad perdida. Y ésta es la admirable historia de la inefable redención humana: el Hijo de Dios, hecho hombre, convertido en hermano nuestro, guía nuestro, amigo nuestro, modelo y maestro nuestro de verdad y de virtud, pan nuestro de vida eterna; el Hombre-Dios, que expirando sobre una cruz y resucitando del sepulcro, sube a la gloria como abogado nuestro ante el Padre, para prepararnos allí arriba nuestra eterna morada de felicidad, enviando acá al Espíritu Santo, espíritu de amor infinito de Dios creador y redentor, a habitar en nosotros, alma de nuestra alma, vida de nuestra vida, voz de nuestra plegaria, suspiro de nuestros afanes. ¿Qué más? Nuestro Salvador dejó aquí su Iglesia, esposa de su sangre, depositaria indefectible de la infalible palabra y dispensadora de la misericordia reparadora, para preservar a los hombres del error, para levantarlos de toda caída, para afirmarlos en el bien y en la vía recta, para confortarlos en el dolor y en el ocaso de su vida. Más allá de nuestro ocaso, ¿qué va a ocurrir? La revelación nos habla de nuestro porvenir y de nuestro destino; nos dice que seremos juzgados; ¿y por quién? Por aquel mismo Salvador que murió para darnos la vida; por aquel Hijo que constituyó a su Madre por Madre nuestra y abogada de intercesión irresistible ante él. La revelación promete a nuestro arrepentimiento la remisión de los pecados; a nuestro cuerpo, sujeto a tantas miserias, indócil compañero y tirano insidioso del alma, la resurrección del polvo en que ha de convertirse, para volverse a unir inmortal con ella en una vida de felicidad imperecedera, si una obstinada repulsa de la salvación no cierra para siempre al hombre la puerta al gozo del Señor.

   En el camino de la salvación luce siempre la fe, lámpara esplendente en lugares tenebrosos[14], la cual con la esperanza y la caridad guía, sostiene y fortifica la voluntad en la vía del bien y de la virtud, que es también vuestra vía, jóvenes esposos.

   Ella inunda el matrimonio y la familia con una luz y un calor, en comparación de los cuales una concepción puramente natural y terrena de aquel sagrado vínculo no parece difundir sino fría sombra y luz crepuscular. Vosotros, que os habéis unido en las bodas cristianas, sois por la fe y por el bautismo, hijos de Dios, no como Cristo, Hijo de Dios engendrado desde la eternidad por el Padre en la misma naturaleza divina, sino hijos por adopción, regenerados por gracia del Espíritu Santo en el agua de salud. El esposo a quien tú, joven esposa, has dado tu consentimiento ante el altar, es hermano de Cristo y su coheredero de la gloria cierna[15]. Y la esposa que tú, oh joven esposo, has unido a ti, es una hermana de María, y por amor de la Madre de Dios debe serte sagrada y venerada. Habéis sido llamados a ayudaros mutuamente, a guiaros y conduciros en la peregrinación a la patria celestial y cierna.

   Los hijos que Dios os conceda no tienen destino diverso del vuestro: al nacer, el agua del bautismo les espera para hacerlo, como a vosotros, hijos de Dios y un día ciudadanos del cielo. Aunque un recién nacido debiera morir inmediatamente después de su nacimiento y bautismo, no digáis vanas las esperanzas, los dolores, los cuidados y los afanes de la madre. ¡Oh madre dolorida y gimiente por la pérdida de tu hijito!, no llores sobre su cuerpecillo: lloras a un ángel del paraíso que te sonríe desde el cielo y eternamente te agradecerá a ti la vida de felicidad que goce en la faz de Dios, ante el cual te espera allí arriba con los hermanos y con la familia. ¿No son éstos los supremos consuelos de la fe, las grandes verdades que alivian las penas en el áspero y doloroso camino de aquí abajo, las esperanzas que no fallan en el puerto feliz de la eternidad?

   Creced en la fe, queridos esposos, no sólo para vosotros mismos, sino para vuestros hijos; sed sus primeros maestros con la palabra y con el ejemplo.

   Feliz el hogar que iluminen estas verdades divinas, el que las viva y las irradie en torno a sí y el que en toda muerte que ocurra entre sus muros vea el alba de una aurora eterna.

   ¿Qué deseos más bellos, más altos, más santos, qué mejor plegaria podremos Nos dirigir por vosotros al Padre celestial? En la esperanza y confianza de que el Señor oiga nuestra súplica os impartimos de corazón nuestra paterna bendición apostólica.

KKKKKKKKKKKKKKKKKKKKKK

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NOTAS
  • [1] Sap. 5, 12. 

  • [2] Jo., 17. 3. 

  • [3] Cfr. Rom., 1, 20. 

  • [4] Math., 11, 27.

  • [5] Jo., 15, 15. 

  • [6] Jo., 1, 3.

  • [7] Jo., 1, 18.

  • [8] I Jo., 3, 1-2.

  • [9] Hebr., 11, 1.

  • [10] Par. 24, 70-75.  

  • [11] Cfr. Luc., 18, 8.

  • [12] Cfr. Jo.,6, 61-69.

  • [13] Cfr. 2; Petr., 1, 4.

  • [14] 2 Pet, 1, 19.   

  • [15] Cfr. Rom., 8, 17, 29.

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