Estudiantes de la Biblia

 

RESCATE  y RESTITUCION

(Extraido del libro "El Plan Divino de las Edades", Cap. 9)

 

El Rescate garantiza la Restitución.— Lo que se obtiene con el Rescate no es la Vida Eterna sino la oportunidad paro ganarla.— Las condiciones y ventajas de esto pruebo.— Necesidad del sacrificio de Jesús.— Cómo la raza podio ser redimida por In muerte de uno persona.— La Fe y las Obras aún son necesarios.— Los gajes del pecado voluntario son ineludibles.— ¿Habrá lugar en In tierra paro los millones de resucitados?— Restitución y Evolución.

 

DE ACUERDO con el diseño del plan revelado de Dios, tal cual hasta ahora se ha delineado, vemos que su propósito con respecto a la raza humana es su restitución o restauración a la gloria que perdió en el Edén. La mejor y más conclusiva evidencia acerca de este asunto la hallamos sin dificultad alguna cuando se considera en su verdadero valor la naturaleza y amplitud del Rescate. La Restitución predicha por los Apóstoles y Profetas debe seguir al Rescate como lógica e ineludible consecuencia. Según dispuso Dios al proveer el Rescate, a menos que voluntariamente se resistan al poder que el Gran Salvador tiene para rescatarlos, la humanidad en general será libertada de la pena original, "el yugo de corrupción," la muerte, puesto que de otra manera el Rescate no serviría para todos.

El razonamiento de Pablo sobre el tema es bastante claro y enfático. Sus palabras (Rom. 14:9) son las siguientes: "Pues por eso mismo Cristo murió y volvió a vivir, para que fuese Señor (gobernante o ejercedor del dominio) así de muertos como de vivos." Esto implica que el objeto de la muerte y de la resurrección de nuestro Señor no fue tan solo con la mira de bendecir, gobernar y restaurar a los vivientes, sino además, para poder adquirir la autoridad y el pleno dominio tanto sobre los muertos como sobre los vivos, asegurando para unos y  otros los beneficios derivados de su rescate.(Podemos con bastante propiedad dar a las palabras del Apostal un significado mas profundo, o sea que en la expresión "los muertos" se incluye a toda la familia humana. La raza entera, que se encuentra bajo la sentencia de muerte, desde el punto de vista divino se considera como muerta (Mat. 8:22); si esto se tiene en cuenta, entonces la expresión "los vivos" es aplicable a seres superiores a la raza humana y que no han perdido su derecho a la vida, talos como los ángeles.

Para poder bendecir a la humanidad en general y dar a cada cual una oportunidad de alcanzar la vida, El se dio en Rescate (o precio correspondiente) por todos. El pretender que unos pocos recibirán los beneficios resultantes no deja de ser absurdo. Tal hecho implicaría una de dos: o que Dios aceptó el precio de Rescate y luego injustamente rehusó conceder la libertad a los redimidos, o que el Señor después de redimir a todos no pudo o no quizá llevar a cabo su benévolo designio original. La inmutabilidad de los planes de Dios y la perfección de la justicia y el amor divinos se unen para rechazar y contradecir semejante idea, y nos proporcionan una garantía de que el benévolo plan original para el cual el "Rescate por todos" sirvió de base, en su totalidad y "al debido tiempo" designado por Dios, ha de llevarse a cabo trayendo a los fieles creyentes la bendita liberación fuera de la condena adámica junto con la oportunidad para gozar de nuevo los derechos y las libertades asignadas a los hijos de Dios, disfrutados antes de ocurrir el pecado y de pronunciarse la maldición.

Una vez que los verdaderos beneficios y resultados del Rescate se logren comprender distintamente, en seguida se disipan todas las objeciones que puedan presentarse en cuanto a su aplicación universal. El "Rescate por todos" ofrendado por el hombre Cristo Jesús" a nadie proporciona ni garantiza eterna vida o bendiciones, pero sí garantiza a todo hombre la oportunidad o prueba para obtener la vida eterna. La primera prueba del hombre, que dio por resultado la perdida de las bendiciones concedidas en un principio, a causa del Rescate provisto por Dios se torna para los leales de corazón en una verdadera bendición en forma de experiencia. El hecho de que todos son rescatados de la primera pena no es una garantía de que al ser individualmente probados para alcanzar la vida eterna todos han de rendir una absoluta obediencia sin la cual a nadie le será permitido vivir eternamente. Por medio de la experiencia actual con el pecado y su amarga pena, el hombre se encontrará por completo prevenido, y cuando a consecuencias del Rescate se le conceda la prueba individual bajo la supervisión del que tanto los amó que dio su vida por ellos no queriendo que ninguno pereciera sino que se volvieran todos a Dios para alcanzar la vida, podemos estar seguros de que sólo los desobedientes y voluntariosos han de recibir la pena de la segunda prueba. Esa pena será la segunda muerte; de ella no habrá rescate ni liberación, puesto que sería inútil otro rescate y prueba. Para ese entonces ya todos habrán saboreado y por completo apreciado el bien y el mal; todos habrán experimentado y atestiguado el amor de Dios, y todos habrán gozado de una plena y suficiente oportunidad individual para conseguir la vida eterna bajo las condiciones más favorables. No podría pedirse más, y tampoco se dará más. De una vez para siempre esa prueba decidirá quienes serían justos y permanecerían en su condición santificada aun bajo mil pruebas más, y determinará también quiénes continuarán siendo perversos, depravados e injustos aun bajo ese mismo número de pruebas.

Sería inútil conceder otra prueba bajo circunstancias exactamente iguales a la primera; no obstante, aun cuando las circunstancias serán más favorables, los términos o condiciones para alcanzar la vida bajo esa prueba individual serán los mismos que en la prueba de Adan. La Ley de Dios no variará en lo más mínimo puesto que es inalterable, aún dirá "El alma que pecare ésa morirá." La condición del hombre, en lo tocante a su medio ambiente, no será más favorable que lo fue en el Edén, la gran diferencia consistirá en el aumento de conocimiento. La experiencia con el mal, en contraste con la experiencia del bien que en el transcurso de la prueba venidera todos han de adquirir, constituirá la ventaja causante de la gran diferencia de resultados entre la segunda prueba y la primera, y eso se debe a que la Divina Sabiduría y el Amor proveyeron el "Rescate por todos" garantizando a cada cual la bendición de la nueva prueba. Prueba, ley, condiciones y circunstancias más favorables no pueden concebirse como razones para dar lugar a otro rescate o prueba después de la Edad Milenaria.

El Rescate dado, a nadie disculpa del pecado, ni tiene por objeto el reputar a los pecadores como santos abriéndoles campo para que logren disfrutar de una dicha eterna. Su radio de acción se limita a libertar al pecador que lo desee, fuera de la primera condena y de sus resultados directos o indirectos, colocándolo nuevamente en prueba para alcanzar la vida eterna; en esta prueba, por medio de la obediencia o desobediencia personal se determinará si el individuo es digno o no de gozar perpetuamente de la vida.

No debería tampoco presumirse, como muchos lo presumen, que con el sólo hecho de gozar de cierto grado de civilización y con ver o poseer una Biblia se tiene por esto una plena oportunidad o se está en prueba para conseguir la vida. Debe tenerse en cuenta que la caída no ha afectado de la misma manera a todos los hijos de Adan. Tan débiles e innatamente depravados algunos han venido a la existencia, que son fácil presa de Satanás, el dios de este mundo, quien después de cegarlos, los deja a la merced del pecado que los rodea y asedia; más o menos, todos se encuentran bajo esa influencia a tal grado que aun cuando quisieran obrar lo que es bueno, el mal está presente y los rinde a causa del medio ambiente; y así, el bien que ellos se complacerían en practicar, les es casi imposible, en tanto que difícilmente pueden evitar el mal que desaprueban.

Bastante reducido es el número de los que en la actualidad, a ciencia cierta y por medio de la experiencia, han logrado apercibirse de la libertad que Cristo proporciona a los que aceptan su Rescate y se ponen bajo su mando para ser guiados en lo futuro. Estos pocos, la Iglesia, cuyos miembros son llamados y se prueban de antemano con el propósito especial de colaborar con Dios en la tarea de bendecir al mundo ante el cual ahora testifican para luego, bendecirlo y juzgarlo en su periodo de prueba, son los únicos que hasta cierto grado gozan de los beneficios del Rescate y se encuentran ahora en prueba por la vida. A estos pocos se les imputan (y reciben por medio de la fe) todas las bendiciones restitutorias que se proporcionarán al mundo durante la edad venidera. Aun cuando éstos no han sido perfeccionados de hecho, ni restaurados a la condición disfrutada por Adam no obstante, y para compensar la diferencia, se les trata de una manera especial. A causa de su fe en Cristo se les estima como perfectos, y consecuentemente son restaurados a la perfección y recobran el favor divino como si cesaren de ser pecadores. Sus imperfecciones y debilidades inevitables dejan de serles atribuidas una vez que hayan sido saldadas por el Rescate y al estar cubiertas con la perfección del Redentor. Así vemos que a causa de la imputada posición en Cristo, la prueba de la Iglesia es tan propicia como lo será la del mundo cuando le llegue su turno. Todo el mundo vendrá al pleno conocimiento de la verdad, y al aceptar sus condiciones y requisitos cada cual dejará de ser tratado como pecador y entrará a ocupar un puesto como hijo para quien se han preparado todas las bendiciones de la Restitución.

Entre las distintas experiencias que caracterizan las pruebas del mundo y de la Iglesia, se encuentra la de que los obedientes de entre el mundo sin dilación empezarán a recibir las bendiciones de la Restitución por medio de la remoción gradual de sus debilidades mentales y físicas en tanto que la Iglesia consagrada al Señor a muerte, baja hasta ella y en la resurrección primera instantáneamente obtiene la perfección. Otra diferencia entre las dos pruebas consiste en lo más favorable de las circunstancias en esa época comparadas con las de ésta; en ese entonces, las condiciones sociales, el gobierno, etc., serán más favorables para el ejercicio de la justicia, se premiará la fe y la obediencia, y se castigará el pecado; por el contrario, la prueba de la Iglesia bajo el príncipe de este mundo, se efectúa bajo circunstancias adversas para la rectitud, la fe y toda otra virtud. No obstante, y como ya hemos visto, esto tendrá su compensación en el premio del honor y de la gloria pertenecientes a la naturaleza divina que en adición a la vida eterna se ha ofrecido a la Iglesia.

Aun cuando no tomó lugar sino después de novecientos treinta años de agonía, al desobedecer, la muerte de Adan era inevitable. Puesto que él se encontraba en proceso de muerte, todos sus hijos nacieron en la misma condición moribunda, sin derechos a la vida, y, lo mismo que sus padres, mueren después de una agonía más o menos prolongada. Debe recordarse sin embargo que la pena por el pecado no es el dolor ni los sufrimientos ocasionados por el proceso de muerte, sino la misma muerte, la extinción de la vida, en que culmina esa lenta agonía. El sufrimiento le es puramente incidental y hay muchos que reciben la pena con poco o nada de dolor. También debería recordarse que al perder Adam el derecho a la vida, para siempre lo perdió, y que de entre sus hijos, ninguno ha logrado expiar su culpa ni recobrar la herencia perdida. La raza entera está ya muerta o moribunda, y si antes de la muerte ninguno de sus miembros ha podido expiar su culpa, ciertamente que no han de conseguirlo ahora que están privados de la existencia. La pena impuesta por el pecado no consistió simplemente en morir manteniendo el derecho y el privilegio de volver más tarde a la vida. Al hacerse presente la pena en que se incurriría, no se intimó que habría liberación de ella (Gén. 2:17), y por lo tanto, la Restitución es un acto de gracia y de favor de parte de Dios. Tan pronto como se incurrió en la pena, ano en el momento de decretarla, se hizo alusión al misericordioso y libre favor de Dios, el cual, una vez realizado, patentizará tan plenamente su amor.

De no haber sido por el rayo de esperanza vislumbrado en las palabras de Dios al intimar que la simiente de la mujer quebrantaría la cabeza de la serpiente, la raza hubiera quedado en una triste condición. La promesa daba a entender que Dios tenía un plan en beneficio de la humanidad. Cuando Dios juró a Abraham que en su simiente serían bendecidas todas las familias de la tierra se implicó una resurrección o Restauración puesto que muchos habían muerto ya y han muerto desde entonces sin ser bendecidor. Esa promesa es aún certísima; cuando lleguen los tiempos del refrigerio o de Restauración ( Hech. 3:19 ), entonces serán todos bendecidos. Siempre y cuando que la palabra bendición indica favor, y como quiera que a causa del pecado se retiró el favor de Dios dando lugar a la maldición, la promesa además sobreentiende que ésta sería removida y daría por resultado el retorno de su favor. También implica o que Dios se compadecería, cambiaría su decreto y justificaría a la raza culpable, o que se habla forjado un plan por medio del cual podría redimirla haciendo que otro hombre pagase la pena impuesta sobre el hombre.

Dios no dejó a Abrahán en dudas acerca de su plan sino que por medio de los varios sacrificios típicos que todos los que se le acercaban debían presentarle, le demostró que no podía ni quería excusar el pecado ni lo pasaría por alto, y que la única manera de borrarlo y de abolir su pena era encontrando un sacrificio que fuere suficiente y que correspondiese a ella. Tal cosa se la indicó por medio de un tipo muy significativo: el hijo de Abraham, en el cual se centraba la bendición prometida antes de poder ser instrumento de bendición tuvo que ser ofrendado en sacrificio, y de entre los muertos Abraham lo recibió en figura. ( Heb. 11:19 ) Isaac en esa figura representaba a la verdadera simiente, Cristo-Jesús quien para que todos pudieran recibir la bendición prometida, murió redimiendo a toda la humanidad. Si Abrahán hubiese creído que Dios excusaba y declaraba inocente al culpable, habría pensado que era voluble y por consiguiente no hubiera confiado en su promesa. Sus deducciones probablemente habrían sido que si Dios cambiaba de modo de pensar una vez, nada quitaba que lo repitiese, y si se arrepentía en cuanto a la maldición de la muerte, no sería extraño que procediera de igual manera en lo concerniente a la bendición y favor prometidos. No obstante, el Señor no nos deja en tal incertidumbre, El nos de plena seguridad tanto de su justicia como de inmutabilidad. No podía perdonar al culpable a posar de que tanto amó al mundo que no retuvo ni aun a su mismo Hijo, sino que lo entregó (a la muerte) por todos nosotros.

De la manera que toda la raza se encontraba en Adam y en él perdió la vida cuando éste se puso bajo la sentencia de condenación, igualmente cuando Jesús "se dio a sí mismo en Rescate por todos," su muerte incluyó a la raza que El habría podido engendrar. Así, un precio correspondiente o satisfacción plena en beneficio de todos los hombres se puso en manos de la justicia para ser aplicado "a su debido tiempo," y ahora, Aquel que a todos nos compró, tiene plena autoridad para restaurar a todos los que en su nombre se lleguen a Dios.

"Luego, así como por medio de una sola trasgresión, sentencia vino a todos los hombres para condenación, asimismo también por un solo acto de justicia, sentencia viene a todos los hombres para justificación de vida. Pues de la manera que por medio de la desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores, así también, por medio de la obediencia del otro, muchos serán constituidos justos." (Rom. 5:18-19) La proposición es muy sencilla: A todos los que a causa del pecado de Adam han participado de la muerte, Jesús nuestro Señor, quien murió por ellos y "se dio a sí mismo en Rescate por todos," cuando mediante su sacrificio y ante la ley quebrantada se constituyó en el substituto de Adam, ha de brindarles privilegios de vida. EI murió, "el justo por los injustos para traernos a Dios." (1 Ped. 3:18) Sin embargo, nunca debería pasarse por alto que todas las provisiones divinas y los abundantes favores en beneficio de nuestra raza requieren la voluntad humana como factor para poderlos gozar. Algunos han pasado por alto este detalle al examinar el texto ya citado (Rom. 5:18, 19) Las palabras del Apóstol dan a entender que así como la sentencia de condenación recayó sobre toda la simiente de Adam, de la misma manera, por medio de la obediencia de nuestro Señor al plan que el Padre había forjado, y por medio del sacrificio de sí mismo en beneficio nuestro, a todos se extiende un dan misericordioso, la dádiva del perdón, que si se acepta, se torna en la justificación o las bases para alcanzar la vida eterna. Por consiguiente: "de la manera que por medio de las desobediencia de un hombre muchos fueron constituidos pecadores así también por medio de la obediencia de otro, muchos serán (no fueron) constituidos justos." Si sólo el Rescate, sin la aceptación de nuestra parte, nos constituyese justos, el texto en ese caso diría: por medio de la obediencia de otro, muchos fueron constituidos justos.

A pesar de que el Redentor ha dado ya el precio del Rescate, pocos son los que durante esta Edad Evangélica han sido "justificados" o hechos justos "por medio de la fe en su sangre." Sin embargo, como quiera que Cristo es la propiciación (la satisfacción) por los pecados de todo el mundo, bajo el Nuevo Pacto y por mediación suya todos los hombres pueden ser absueltos y libertados de la pena que el pecado atrajo sobre Adam.

Dios no procede injustamente, de modo que "si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y librarnos de toda iniquidad." (1 Jn. 1:9) El habría sido injusto al habernos permitido escapar de la pena pronunciada sin ser satisfecha. Del mismo modo nos da a entender en este texto que seria injusto el impedir nuestra restauración siempre y cuando que por su misma disposición ya se proveyó el precio correspondiente para pagar por la pena en nuestro lugar.  

La misma justicia inflexible que anteriormente condenaba a muerte al hombre, ahora garantiza la liberación de todos los que confesando sus pecados pidan la vida por medio de Cristo-Jesús. "Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió, más aún, el que también resucitó; el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros."—Rom. 8:33-34

Lo completo del Rescate es el mejor y más sólido argumento demostrativo de la restauración de todos los que quieran aceptarlo en los términos propuestos. ( Apoc. 22:17) El honor y la justicia divinos se encuentran de por medio; se implica en cada promesa que Dios ha hecho, y todos los sacrificios típicos nos dirigen hacia el grandioso y suficiente sacrificio, el Cordero de Dios que quita EL PECADO DEL MUNDO, y que constituye "la propiciación (satisfacción) por nuestros pecados (los de la Iglesia), y no por los nuestros solamente sino también por los de todo el mundo. (Jn. 1:29; 1 Jn. 2:2) Puesto que los gajes del pecado son la muerte, al cancelarse el pecado, de necesidad y al debido tiempo deben cesar los gajes. Cualquier otro punto de vista sería injusto y poco razonable. El hecho de que aún no se ha efectuado la recuperación de lo perdido en Adam a posar de que han transcurrido cerca de dos mil años desde la primera venida y muerte del Redentor, no se podría presentar como argumento en contra de la Restitución puesto que tampoco sería argumento el presentar como prueba de que Dios no había formado el Plan de Redención desde antes de la fundación del mundo, el hecho de que transcurrieron cuatro mil años antes de que viniese el Redentor a morir. Tanto los dos mil años posteriores como los cuatro mil que precedieron a la muerte de Cristo, fueron períodos señalados para otras partes de 'a obra preparatoria de "los tiempos de la restauración toe todas las cosas."

No se suponga apresuradamente que esta opinión presenta algún punto en conflicto con lo que las Escrituras enseñan en cuanto a que la fe en Dios, el arrepentimiento del pecado y la reforma de carácter son requisitos indispensables par alcanzar la salvación. Este punto lo trataremos más detenidamente cuando llegue su turno; por ahora nos limitaremos a insinuar que muy pocos han tenido una medida de luz suficiente para producir una fe completa, el arrepentimiento y la reforma. Algunos en parte, otros totalmente, todos han sido cegados por el dios de este mundo y tienen que ser recobrados de su ceguera y de la misma muerte para que puedan tener una plena oportunidad y que por medio de su obediencia o desobediencia cada cual se demuestre digno o indigno de la vida eterna. Luego, los que se muestren indignos de ella, de nuevo morirán, la segunda muerte, de la que no habrá redención ni la resurrección consiguiente. La muerte y todas las imperfecciones ocasionadas por el pecado de Adam serán removidas por medio de la redención que se ofrece en Cristo Jesús, pero la muerte en que se incurre a causa de la desobediencia personal y voluntaria, es definitiva. Este pecado es imperdonable y su castigo es eterno: no un tormento eterno, sino la muerte eterna, la segunda muerte, una muerte que otra resurrección no ha de interrumpir.

En un volumen subsiguiente trataremos de la filosofía del plan de redención. Aquí nos limitaremos a establecer el hecho de que la redención por medio de Cristo Jesús será tan extensa en sus benéficos resultados y oportunidades, como lo fue el pecado de Adam en lo funesto y degradados; y esto, con el objeto de que todos los que participaron de la condena y sufrieron por causa del uno, "a su debido tiempo," y con la misma certeza, puedan ser libertados por el otro. Este argumento bíblico, sin embargo, no puede apreciarse por ninguno que no esté pronto a admitir que de acuerdo con las Escrituras la muerte, la extinción del ser, son los gajes del pecado. Los que opinan que la muerte es la vida en tormento, a más de no contar con el opuesto significado de las palabras muerte, y vida, se colocan a sí mismos entre dos absurdos. Es absurdo el suponer que Dios, por cual  quiera que hubiese sido la clase del pecado cometido, y más que todo, por la comparativamente leve ofensa de comer del fruto prohibido, perpetuase la existencia de Adam en el tormento eterno. Y si Jesús redimió a la humanidad, si murió en nuestro lugar, si llegó a ser nuestro Rescate, y si bajó hasta la muerte para que pudiéramos ser librados de ella, ¿no es acaso evidente que la muerte sufrida por El tuvo que ser exactamente igual a la que la raza se hallaba condenada? ¿Por ventura se encuentra El sufriendo un tormento eterno por nuestros pecados? De no ser ese el caso, puesto que El murió por nuestros pecados, entonces el castigo que por ellos correspondía fue la muerte, mas nó la vida en ninguna condición o sentido.

Parece extraño el decirlo, pero aun cuando la teoría del tormento eterno es inconsistente con expresiones como: "Cristo murió por nuestros pecados," "Jehová cargo sobre El la iniquidad de todos nosotros," y a pesar de darse cuenta de que es preciso abandonar una u otra idea por ser incompatibles, con todo hay algunos que tan tenazmente se aforran a la idea del tormento y la consideran un bocado tan delicioso, que en abierto desacato a las Escrituras se adhieren a ella y deliberadamente niegan que Jesús se dio en precio de Rescate por el mundo, aun cuando ésta es una verdad que se enseña en cada página de la Biblia.

¿ES PRACTICABLE LA RESTITUCION?

Según suponen algunos, si los miles de millones que han dejado de existir se levantaran, no habría en la tierra lugar suficiente para ellos, y en caso de haberlo, que la tierra no produciría lo requerido para la manutención de una población tan inmensa. Otros llegan hasta el extremo de aseverar que la tierra es un vasto cementerio, y que en caso de que se levantaran todos los muertos, tendrían que amontonarse unos sobre otros por falta de espacio.

Este es un punto importante. ¡ Cuán extraño sería que mientras la Biblia enseña la resurrección de todos los miembros de la raza, al tomar las medidas de la tierra no encontrásemos suficiente campo para ellos! Pero, hagamos un cálculo y se verá lo infundado de esos temores. El resultado demostrará que la tierra ofrece amplio campo para "la Restitución de todos" de que Dios habló "por boca de sus santos Profetas."

Supongamos que desde la creación del hombre han transcurrido seis mil años y que hoy en día (1886) mil cuatrocientos millones de seres humanos pueblan la tierra. Sabemos que nuestra raza empezó con una sola pareja, sin embargo, seamos liberales y hagamos cuenta de que en un principio había tanta gente como ahora, y que el número nunca ha sido menor aun cuando en realidad el diluvio redujo la población del mundo a ocho personas. Una vez más seamos pródigos y a un siglo calculemos tres generaciones o sean treinta y tres años para cada una, a pesar de que conforme al capítulo 5 del Génesis, desde Adam hasta el diluvio, un período de mil seiscientos cincuenta y seis años, sólo hubieron once generaciones, lo que equivale a ciento cincuenta años poco más o menos para cada una. Seis mil años son sesenta siglos; tres generaciones para cada siglo dan un total de ciento ochenta generaciones desde los tiempos de Adam, y a razón de mil cuatrocientos millones en una generación, este cálculo exagerado daría un resultado de doscientos cincuenta y dos mil millones  (252,000,000,000 ) como número total de nuestra raza desde la creación hasta la actualidad.

¿En dónde hallaremos campo suficiente para esta gran muchedumbre? Tomemos algunas medidas a ver en qué paramos. El Estado de Texas, de la Unión Americana, tiene una superficie de doscientos treinta y siete mi] millas cuadradas. Una milla contiene veintisiete millones, ochocientos setenta y ocho mil cuatrocientos pies cuadrados, y por lo tanto, en Texas se encuentran seis billones, seiscientos siete mil ciento ochenta millones ochocientos mil (6,607,180,800,000) pies cuadrados. Si asignamos diez pies cuadrados de superficie para cada cadáver, las cifras nos prueban que Texas como cementerio contendría seiscientos sesenta mil setecientos diez y ocho millones, ochenta mil (660,718,080,000) cadáveres, o casi tres tantos del exagerado número en que hemos calculado los que han vivido sobre la tierra.

Puesta en pie, el espacio que ocupa una persona es poco menos de dos pies cuadrados. En esta proporción, la población actual del mundo (mil cuatrocientos millones— 1886 E. C.) muy bien podía pararse en una área menor que la de la ciudad de Londres o de Filadelfia, y la Isla de Irlanda, (de treinta y dos mil millas cuadradas de superficie) proporcionaría campo para que estuvieran de pie más del doble de las personas que han vivido en el mundo, a pesar de lo exagerado de nuestro cálculo.

Ya vimos, pues, que no es muy difícil el vencer tal objeción. Además, si recordamos la profecía de Isaías (35:1-ó) en donde se nos dice que la tierra cederá su aumento, que el yermo se alegrará y florecerá como la rosa, y que brotarán aguas en el desierto y arroyos en el yermo, nos enteramos de que Dios ha previsto todas las necesidades de su plan y ha de proveer en abundancia todo lo que necesitan sus criaturas de una manera que parecerá muy natural.

LA RESTITUCION EN CONTRA DE LA EVOLUCION

Es posible que algunos aleguen que el testimonio de las Escrituras en lo tocante a la Restitución humana a su primer estado se encuentra fuera de armonía con las conclusiones de la ciencia y de la filosofía, las que, con aparente razón, nos llaman la atención a la inteligencia superior de este siglo y presentan esto como una evidencia conclusivo de que el hombre primitivo debe haber sido, en comparación, muy escaso de inteligencia, la cual pretenden que es el resultado de la evolución. Desde este punto de vista, nada deseable sería una Restitución al estado primitivo, y en cambio sería todo lo contrario de una bendición.

A primera vista, tal razonamiento parece plausible, y muchos parecen inclinados a aceptarlo como verdad sin antes someterlo a un cuidadoso examen; la opinión de éstos, como se expresó por un célebre predicador en la ciudad de Brooklyn, es que si Adam cayo, su caída fue hacia arriba, y que entre más pronto caigamos de ese estado original, tanto mejor será para nosotros y para todos aquellos a quienes concierne.

Filosofar de esta manera, aun en el púlpito, nulifica la Palabra de Dios, y de ser posible, llegaría hasta el extremo de convencernos de que los Apóstoles disparataron al declarar que la muerte y todos los males que la acompañan fueron ocasionados por la desobediencia del primer hombre, y que por medio del Rescate pueden ser removidos para que el hombre logre ser restaurado a la vida y al favor de Dios. (Rom. 5:10, 12, 17-19, 21; 8:19-22; Hech 3:19-21; Apoc. 21:3-5) Mas no nos apresuremos a considerar como inexpugnable semejante filosofía, puesto que de vernos forzados a hacer a un lado las doctrinas apostólicas relativas al origen de la muerte y de] pecado, y a la restauración de la raza a la perfección original, entonces, y para proceder honrada y sincera mente, deberíamos rechazar sus testimonios sobre toda materia y por completo, no considerándolos como inspirados y de consiguiente, sin peso o autoridad especial. A la luz de los hechos, y brevemente, examinemos esta opinión que tanta popularidad está alcanzando, y veamos qué tan profundos son sus razonamientos.

Un adepto y representante de esta teoría se expresó como sigue:—"El hombre en un principio se encontraba en un período de su existencia en que predominaba su naturaleza animal y era casi totalmente gobernado por lo físico; luego, gradualmente fue pasando de un estado otro, hasta hoy, en que podemos decir que por término medio el hombre ha llegado a la condición o estado de ser gobernado por el cerebro. Esta edad, por lo consiguiente, puede calificarse como "la Edad Cerebral" o intelectual. El cerebro da empuje a las grandes empresas de día a su mando están las riendas del gobierno, y los elementos de la tierra, del agua y del aire, por él han sido y continúan siendo sujetados. El hambre está utilizando todas las fuerzas físicas, y lenta pero firmemente, a tal grado afianza su poder sobre los arcanos de la naturaleza, que ya se puede esperar el que por último exclame en el lenguaje de Alejandro Selkirk: 'Soy el monarca de todo cuanto veo.’

El hecho de que a primera vista una teoría parece razonable no debería inducirnos a aceptarla inconsideradamente ni a que procurásemos concordar la Biblia con ella. De diferentes maneras hemos probado la Biblia y sabemos con certeza que contiene una sabiduría sobrehumana que marca lo allí escrito con un sello de verdad. También deberíamos recordar que a pesar de ser recomendable la investigación científica y el examen de sus insinuaciones y deducciones, con todo, éstas no son infalibles. No es de extrañarse que dicha investigación haya probado mil veces lo falso de algunas de sus teorías si se tiene en cuenta que el investigador científico es tan solo un estudiante que afrontando circunstancias adversas y esforzándose en contra de dificultades casi invencibles, se empeña en aprender del gran Libro de la Naturaleza la historia y el destino del hombre, y de la morada de éste.

Por consiguiente, no hemos de oponer ni de impedir la investigación científica, pero eso sí, al oír las opiniones que ofrecen los estudiantes del Libro de la Naturaleza, cuidadosamente comparemos sus deducciones, que tan a menudo han resultado en parte o por completo erróneas, con el Libro de la Revelación Divina, y así aprobarlas o rechazarlas por medio de "la ley y el testimonio," "si no hablan conforme a esta palabra es porque no hay luz en ellos." (Isa. 8:20) El conocimiento exacto de ambos libros ha de probar que están en armonía, mas hasta que se logre adquirir tal conocimiento, para los hijos de Dios, la Revelación Divina debe ocupar el primer lugar (167) y servir de norma para examinar los supuestos hallazgos del hombre falible.

Sin hacer a un lado este principio, indaguemos si se encuentra una solución de la causa a que puede atribuirse el aumento del conocimiento, la pericia y el poder que ha alcanzado el hombre, más razonable que la teoría evolutiva, la que pretende que el hombre, aun cuando ha evolucionado de un rango de existencia bastante inferior, llegó ya a su estado superior o sea la "Edad Cerebral." Tal vez, después de todo, arribemos a la conclusión de que las invenciones y comodidades, junto con la educación general y la mayor difusión y aumento de conocimientos, no son atribuibles a la mayor capacidad mental sino a las más favorables condiciones que en la actualidad se presentan para ejercitar el intelecto. Negamos que la capacidad mental hoy en día es superior a la de los tiempos pasados, aun cuando admitimos sin reserva que debido a lo propicio de las circunstancias, el uso de esa capacidad hoy en día es más general que lo ha sido en tiempos pasados dando por resultado una mayor ostentación. En el estudio de la pintura y escultura, los artistas de esta "Edad Cerebral," ¿no acuden a los grandes maestros del pasado? ¿No dan con esto pruebas de que ellos reconocen una capacidad mental, una originalidad en el arte y una pericia en la ejecución de la obra, dignas de ser imitadas? ¿Y7 para sus obras de arquitectura, la "Edad Cerebral" no depende acaso en su mayor parte de los diseños originales de tiempos pasados? Y, en cuanto a silogismos y métodos, ¿a dónde, sino a Platón, a Aristóteles, a Demóstenes y a otras celebridades antiguas, recurren los oradores y lógicos de esta "Edad Cerebral"? Y de entre los conferencistas de este día, ¿cuántos no codiciarían la lengua de Demóstenes y de un Apolo, o, en grado sumo, el agudo poder de raciocinio que caracterizaba al Apóstol Pablo?

Y, para retroceder algo más, aun cuando bien podríamos referirnos a la retórica de varios de los Profetas y a los sublimes cuadros poéticos que abundan en los Salmos bástanos someter al examen de los filósofos de esta "Edad Cerebral" la sabiduría y lógica, y la no menos notable sensibilidad moral de Job y de sus confortadores. ¿Y de Moisés, "instruido en toda la sabiduría de los egipcios7" qué diremos? Las leyes que por su conducto fueron dadas han servido de base para las de toda nación civilizada y aún se reputan como un compendio de sabiduría sin igual.

Las excavaciones que se han llevado a cabo al tratar de desenterrar algunas ciudades antiguas presentan evidencias de saber tan profundo en cuanto a las artes y las ciencias que muchos de los filósofos de esta "Edad Cerebral" se sienten sorprendidos. Los métodos empleados por los antiguos para embalsamar a los muertos, para templar el cobre y para hacer vidrio elástico, acero de Damasco, etc., son algunas de las adquisiciones de los tiempos remotos, las cuales los cerebros de este día, a pesar de las múltiples ventajas, no pueden comprender ni duplicar.

Al retroceder cuatro mil años  más o menos, hasta el tiempo de Abraham, encontramos la Gran Pirámide de Egipto la que es objeto de admiración y de asombro para los hombres de ciencia más renombrados de la actualidad. Su construcción está en exacto acuerdo con las conclusiones más avanzadas de la "Edad Cerebral" en cuanto a matemáticas y astronomía. Con una exactitud asombrosa enseña verdades a las cuales hoy se puede llegar tan sólo valiéndose de instrumentos modernos. Tan impresivas y evidentes son sus enseñanzas que algunos de los más eminentes astrónomos han opinado que es de origen divino. Y si esto llegase a concederse por nuestros evolucionistas de la "Edad Cerebral" y si estuviesen de acuerdo en cuanto a lo sobrehumano de la sabiduría que allí se exhibe, con todo deben admitir que es de construcción humana, y siendo este el caso, el hecho de que en una época tan remota se encontraron hombres poseedores de la suficiente capacidad mental para llevar a cabo las instrucciones divinas, empresa que muy pocos  hoy en día se atreverían a acometer con el modelo ante los ojos y teniendo a su alcance todos los instrumentos modernos, prueba que nuestra "Edad Cerebral" despliega más presunción de la que justifican los hechos.

Si como lo hemos demostrado, la capacidad mental hoy en día no es mayor que lo fue en tiempos anteriores, sino probablemente inferior, entonces, ¿a qué se puede atribuir el aumento de conocimiento en todo ramo, las invenciones modernas y demás cosas que marcan esta edad? Esto, de una manera razonable y de acuerdo con las Escrituras, confiamos hacerlo evidente. Las invenciones y descubrimientos que están probándose tan valiosos y que se toman como pruebas de que estamos en la "Edad Cerebral," son en realidad muy modernas7 casi todas se han hecho en el transcurso del siglo pasado, encontrándose entre los más importantes los de los últimos sesenta años, por ejemplo: la aplicación del vapor y de la electricidad en la telegrafía, los ferrocarriles, los buques y la maquinaria de las diferentes industrias mecánicas. Por consiguiente, si éstas se toman como evidencias del aumento de capacidad mental, quiere decir que tan solo nos encontramos en los comienzos de la "Edad Cerebral", en tal caso, la lógica deducción sería que al pasar otro siglo toda clase de milagros se considerará como cosa ordinaria, y a ese paso, ¿a donde iremos a parar?

Prosigamos nuestra investigación. ¿Acaso todos los hombres son inventores? No; ¡bien reducido es el número del grupo cuyos inventos son en realidad útiles y prácticos, si se comparan con los que aprovechan y hacen uso del invento una vez que se ha puesto en sus manos! Al decir que en su mayor parte esos inventores no son individuos dotados de una gran capacidad mental, no se nos entienda como menospreciando a esa clase tan útil y estimable de servidores públicos. Algunos de los cerebros privilegiados y razonadores profundos no son inventores mecánicos; por el contrario, entre los inventores hay algunos tan mentalmente raquíticos, que es motivo de asombro general el que tan siquiera hayan tropezado con los inventos que han dado a conocer. Los grandes principios de esas invenciones (la electricidad, fuerza del vapor, etc.) que tantas personas han tomado tanto tiempo en aplicar de diferentes maneras, casi sin excepción fueron descubiertos accidentalmente, sin el ejercicio de una extraordinaria capacidad mental, y pudiera decirse que sin buscarlos.

Desde un punto de vista humano, nuestro parecer en cuanto a la manera en que los inventos modernos han ocurrido, es como sigue: La invención de la imprenta en el año de 1440 puede considerarse como el punto de partida. Por medio de la impresión de libros se dieron a conocer las ideas y los descubrimientos de los pensadores y observadores, los que sin esta invención no hubiese sido posible transmitir a otros que más tarde vinieron al mundo. Con los libros vino también una educación más general, dando paso al establecimiento de escuelas públicas. Las escuelas y colegios no aumentan la capacidad humana pero sí hacen más general el ejercicio mental, resultando en el desarrollo de la capacidad ya poseída. En proporción a que los conocimientos se hacen más generales y los libros se multiplican, las generaciones que gozan de éstos, incuestionablemente adquieren ventajas sobre las precedentes; esto redunda no tan sólo en el aumento de pensadores a razon de mil por uno quienes por medio de insinuaciones mutuamente se impulsan y estimulan sino que también cada generación subsiguiente a más de su propia experiencia tiene a su alcance la experiencia combinada del pasado. La educación y la laudable ambición que ésta engendra de emprender alguna tarea difícil, un espíritu competidor los anhelos de lograr fama y distinción, unido a las anotaciones y descripciones que de los inventos aparecen en los periódicos, todo contribuye a estimular y abrillantar las facultades de percepción poseídas por el hombre, y hacen que cada uno esté alerta para, si posible es, inventar algo que redunde en el beneficio y la comodidad general. Todo esto nos conduce a insinuar que las invenciones modernas consideradas bajo un punto de vista netamente humano, demuestran que en cambio de un aumento de capacidad mental lo que ha acontecido es un aguzamiento de percepción debido a causas naturales.

Ahora pasemos a las Escrituras para averiguar lo que enseñan concerniente al asunto, pues aun cuando opinamos que las invenciones, el aumento de conocimiento y demás cosas que hoy acontecen entre los hombres son resultados de causas naturales, creemos sin embargo que Jehová Dios trazó el plan y ordenó todas estas cosas desde hace mucho tiempo y que al llegarse la ocasion se han llevado a cabo por medio de su providencia que todo lo dirige y que "obra todas las cosas conforme al arbitrio de su misma voluntad." (Efe. 1:11) Según el plan revelado en su Palabra, Dios se propuso permitir que por seis mil años el pecado y la miseria oprimieran y rigieran al mundo, para luego, durante los séptimos mil años, restaurar todas las cosas y extirpar el mal, acabando con él y con sus consecuencias, por medio de Cristo Jesús a quien El de antemano había designado para esta obra. Por eso, a medida que se aproximaba el final de los seis mil años del reinado del mal, Dios permitió que las circunstancias favorecieran los descubrimientos, tanto los relacionados con los Libros de la Revelación y de la Naturaleza como también los conducentes a preparar y a aplicar las herramientas, medios y recursos mecánicos y químicos que durante la Edad Milenaria, pronto a inaugurarse, han de ser tan eficaces en efectuar la bendición y el elevamiento de la humanidad. Que el plan de Dios era tal, claramente se indica en las palabras proféticas: "¡Oh Daniel, cierra las palabras y sella el libro hasta el tiempo del fin (entonces), muchos correrán de aquí para allá y la CIENCIA (el saber, pero nó la capacidad) será aumentadas' "No entenderá (el plan ni el proceder de Dios) ninguno de los inicuos, mas los sabios entenderán" y "habrá un tiempo de angustia cual nunca ha sido desde que ha habido nación hasta aquel tiempo".—Dan. 12:17 47 10 

Parecerá extraño a algunos que Dios no hubiese dispuesto las cosas de tal manera que las bendiciones hubiesen llegado con anterioridad, y así aliviar el castigo del hombre. Sin embargo, debe recordarse que el plan de Dios ha sido el de permitir al hombre familiarizarse plenamente con los resultados de la maldición que ahora pesa sobre el mundo, para que al llegar la bendición todos hayan probado lo poco provechoso del pecado y decidan por siempre abandonarlo. Además, Dios previa y predijo algo de lo cual el mundo no se da cuenta o sea que el conceder sus bendiciones a aquellos cuyo corazón no se encuentra en armonía con las justas leyes del universo, lejos de redundar en bien, originaría grandes males. De esto, una lección práctica muy en breve se tendrá en conexión con las acrecentadas bendiciones del día y tanto en provecho de los hombres restaurados como de los ángeles, de una vez para siempre se ejemplificará este principio. La manera cómo ha de ocurrir, tan sólo podemos insinuarla:

Vemos en primer lugar que mientras la humanidad se encuentra en su actual condición caída y depravada careciendo de castigos apropiados, de leyes restrictivas y de un gobierno lo suficientemente firme para imponerlas, las propensiones egoístas más o menos continuarán ejerciendo un dominio general. En consideración a lo desigual de las facultades individuales, el resultado de la maquinaria ahorrativa de labor, una vez que la agitación y el estímulo al manufacturara quede atrás, no puede tender hacia otra cosa que aumentar el capital de los ahora ricos, empobreciendo más a los que ahora no lo tienen. La tendencia manifiesta es hacia el monopolio y el engrandecimiento propio, y esto redundará en colocar las ventajas directamente en manos de aquellos cuyas aptitudes y prerrogativas naturales son ya de lo más favorables.

En segundo lugar, si posible fuese dictar leyes conducentes a una repartición equitativa de la riqueza actual y de su incremento diario, entre los diferentes grupos sociales (cosa que no cabe entre los límites de lo probable), con todo, sin la perfección humana o un gobierno sobrenatural que administrase los asuntos del hombre, los resultados serían más desastrosos que la presente condición. Al distribuir proporcionadamente las ventajas derivadas de la maquinaria ahorrativa de labor7 y la de los utensilios modernos, muy en breve se acortaría la faena diaria, dando lugar a un gran aumento de ocio. La falta de ocupación, para seres caídos, es por demás perjudicial. De no haber sido por la cortapisa impuesta: "(con el sudor de tu rostro comerás el pan," el deterioro de la raza hubiese ocurrido mucho más rápidamente. La ociosidad es la madre de todos los vicios, y sus ineludibles resultados son la degradación mental, moral y física. Dios por lo tanto, en su infinita sabiduría, retuvo estas bendiciones hasta llegar el debido tiempo para introducirlas como preparativos al Reino Milenario en que han de descollar. Bajo ese gobierno sobrenatural no solamente se distribuirán entre los hombres de una manera equitativa todas las bendiciones, sino que además, el tiempo desocupado será ordenado y empleado de tal manera por el mismo gobierno sobrenatural que se aprovechará en estímulo de la virtud y para guiar hacia la perfección en todo sentido. El sin número de inventos y demás beneficios que en este "día de la preparación" se permiten llevar a cabo de una manera natural, ha dado margen a que los hombres se lacten y los señalen como productos de la "Edad Cerebral"; sin embargo, se permitirá que sus resultados sean talos que ocasione la decepción de estos sabios filósofos. Es este mismo aumento de favores el que ya amaga sobrecoger el mundo en ese "tiempo de angustia cual nunca ha sido desde que ha habido nación."

Como acabamos de citar, el Profeta Daniel enlaza el aumento de conocimiento con el tiempo de angustia. A causa de la degradación de la raza, el conocimiento es el causante de esa angustia. Aquel no sólo ha dado al mundo maquinarias admirables que disminuyen la labor y proporcionan mayores comodidades, sino que a la vez ha hecho crecer de punto la pericia médica prolongando así miles de vidas, y a tal grado iluminando las masas, que las carnicerías humanas, las guerras, se han hecho menos populares y de esta manera muchos se han librado de una muerte prematura para en cambio contribuir a la procreación de la raza, que excediendo quizás a todo otro período en la historia, se reproduce con asombrosa rapidez. Así, a medida que la raza se multiplica velozmente, en proporción decrece la necesidad de su trabajo, y los filósofos de la "Edad Cerebral" confrontan el problema de proveer empleo y manutención para esa clase tan numerosa que aumenta sin cesar y de cuyo trabajo se puede prescindir, suplantándolo con maquinaria, pero cuyas necesidades y anhelos no es posible limitar. Estos filósofos deben finalmente convenir en que la solución de este problema excede a su capacidad cerebral.

Los ricos, los que gozan ya de las ventajas y el poder, seguirán siendo gobernados por el egoísmo; esto les impedirá obrar conforme al sentido común y a la justicia; por otro lado, un egoísmo similar, combinado con el instinto de preservación y un mayor aprecio de sus derechos, animará a unos, e inflamará a otros de entre -las clases pobres, y de esa manera los efectos de las bendiciones serán por algún tiempo terribles: producirán el gran tiempo de angustia cual nunca ha sido desde que ha habido nación, y todo, porque el hombre en su condición depravada, y sin ser guiado y dirigido, no puede hacer el uso debido de estas bendiciones. Tan solo hasta el Milenio, cuando la Ley de Dios de nuevo esté inscrita en el restaurado corazón humano, será que el hombre se hallará en condiciones de ejercer su plena libertad sin daño o perjuicio para los demás.

A su debido tiempo, cuando el que habló al furioso Mar de Galilea de nuevo y con autoridad ordene al tempestuoso mar de las pasiones humanas: ¡Paz! ¡Sosegáos! el día de la aflicción tendrá su fin. Cuando el Príncipe de Paz investido de su gran poder se ponga en pie, sucederá gran calma, y entonces, los rabiosos y encontrados elementos reconocerán la autoridad de "El Ungido de Jehová," "la gloria del Señor será revelada y toda carne la verá"; durante el reinado de Cristo, que de esta manera ha de comenzar, "serán bendecidas todas las familias de la tierra."

Todos entonces verán que aquello que atribulan a la evolución o desarrollo natural y a la ingeniosidad de la "Edad Cerebral," eran los reflejos de los relámpagos de Jehová en el "día de su preparación" para bendecir a la humanidad (Sal. 77:18) Pero esto, sólo los santos pueden verlo ahora y sólo los sabios en sabiduría celestial logran entenderlo, puesto que "el secreto de Jehová es con los que le reverencian," y "a ellos haráles conocer su pacto." (Sal. 25:14) A Dios gracias, al mismo tiempo que el conocimiento se ha aumentado, El ha dispuesto la manera en que sus hijos no sean "infructuosos en el conocimiento del Señor" ni en la apreciación debida de sus planes. Al entender la Divina Palabra y enterándonos de los planes que en ella se revelan, estamos en aptitudes de discernir y ponernos en guardia en contra de las vanas filosofías y de las insensatas tradiciones de los hombres con las que se pretende desmentirla.

El relato bíblico en cuanto a la creación del hombre dice que a pesar de haberlo creado Dios recto y perfecto, una imagen terrenal de sí mismo, con todo, el género humano buscase muchos artificios que en gran manera le mancharon. (Gén. 1:27; Rom. 5:12; Ecle. 7:29) Que siendo todos pecadores, la raza en general quedó impotente y nadie podía en manera alguna redimir a su hermano ni dar por él un Rescate. (Sal. 49:7, 15) Que Dios, teniéndonos amor y compasión, de antemano había hecho provisión para esto, y a su debido tiempo envió a su Hijo, quien haciéndose hombre suministró el Rescate. Que en premio de ese sacrificio y para llevar a término la gran obra de la reconciliación, el Hijo de Díos fue soberanamente exaltado, hasta la naturaleza divina, y ocupando tan alto puesto, a su debido tiempo restituirá a la raza su perfección original y las bendiciones poseídas en un principio. Desde sus primeras páginas hasta su mismo fin, las Escrituras sin lugar a duda corroboran todos estos puntos, los que están en oposición directa con la teoría de evolución, o, expresándonos mejor: "las vanas discertaciones de la ciencia falsamente llamada así," están en extremo e irreconciliable conflicto con la Palabra de Dios.

 

Estudiantes de la Biblia en Argentina. 2005 - 2007

 

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