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La semana se inicia con la
idea de que los decretos de aumento de salarios pueden frenar la
puja distributiva y controlar la ola de reclamos. Más de lo mismo
para la cíclica historia económica argentina. Es como si la
experiencia no nos sirviera de nada.
El producto ha crecido en los dos últimos años como consecuencia de
dos o tres coincidencias internacionales sumadas a la decisión
nacional de demorar el pago de la deuda todo lo que sea posible.
Pero el crecimiento del producto es el resultado de una operación
aritmética que promedia las actividades económicas y no distingue la
performance de los distintos sectores de la economía. Dar por
sentado que la “riqueza” adicional a la existente el año pasado
puede distribuirse de modo igualitario es una simplificación que
poco tiene que ver con la realidad con que se mueven las variables
económicas.
Hay, claramente, sectores que se han beneficiado de las condiciones
internacionales antedichas y de las discutibles posturas económicas
internas. Pero ello no incluye a todos los sectores.
Por ello vendría bien hacer un primer distingo entre el producto
global, como simple contraste entre las cifras de PBI de un año
contra el otro, y la productividad general y sectorial de la
economía.
La productividad es la relación que mide el rendimiento productivo
por hora/hombre de trabajo. Si esta relación aumenta, es decir, si
se genera más producto en la misma cantidad de tiempo o el mismo
producto en menos tiempo, se obtiene un superávit de producción que
inmediatamente genera el interrogante acerca de cómo distribuirlo.
Obviamente, lo justo, y reconocido en el mundo desarrollado, es que
una parte de ese superávit se dirija a la unidad productiva –que a
su vez puede dedicarlo a la reinversión o al reparto de utilidades-
y otra parte a los trabajadores, de acuerdo a un patrón de reparto
que las partes acuerden. Esta canalización del superávit no es
inflacionaria porque la cantidad de billetes adicionales que se
reparten están respaldados por la generación de riqueza adicional en
bienes o servicios. Si artificialmente se repartieran más billetes
que los respaldados por el aumento de la productividad, la
diferencia se traduciría en inflación porque esos billetes habría
que imprimirlos contra nada.
Ésta ha sido, en resumida síntesis, la historia de los 40 años de la
Argentina que van desde los 50 hasta los 90 y que culminaron con la
hiperinflación galopante que estalló en 1989.
Cuando el Estado se mete a disponer distribuciones del ingreso
nacional por decreto, aborta la posibilidad de que el reparto guarde
una relación acorde con la productividad específica del sector en
cuestión. Claramente se trata de un procedimiento sencillo que le
evita a las partes discusiones arduas y, a veces, largas, pero que
introduce una distorsión tal en las variables económicas que las
consecuencias suelen ser nefastas.
A mediados de los 70 el entonces ministro de Economía, Celestino
Rodrigo, dispuso, por presiones gremiales, aumentos de salario por
decreto que, en algunos casos, llegaron hasta el 500%. Todos sabemos
cómo terminó el experimento.
Si la Argentina entrara nuevamente en este círculo, no sería extraño
que la inflación volviese a instalarse entre nosotros. En el
contexto de un modelo de dólar alto, como este gobierno pretende, el
poder adquisitivo de los trabajadores se deterioraría de un modo
alarmante.
Los dirigentes gremiales que han pedido la intervención estatal para
recomponer salarios, como públicamente ha reclamado, por ejemplo,
Hugo Moyano, deberían dar un repaso, no a complicadas lecciones de
economía, sino a la propia historia que, incluso, muchos de ellos
protagonizaron en el pasado.
Estas señales, junto a la súbita ocurrencia de cancelar la deuda con
el FMI para “desintervenirnos” (como señaló un alto funcionario del
gobierno al diario La Nación), darían la pauta firme de que
la Argentina se encuentra próxima a independizarse completamente de
las reglas de la sana economía y, en realidad, de la sana lógica.
Es muy posible, sin embargo, que, en el camino desesperado hacia la
“independencia”, entreguemos definitivamente nuestra libertad y
nuestra autonomía de la voluntad a las manos de un grupo de
burócratas cuyos únicos denominadores comunes son la ignorancia y el
autoritarismo. ©
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