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La Gaceta de Argentinos a las Cosas |
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Lo que hace Pekín en la Argentina es una apuesta estratégica |
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Un envío de Arturo Regueiro (democracia Participativa) Nº 113 Por Héctor D’Amico |
Necesita
imperiosamente asegurarse distintas fuentes de abastecimiento
En el han, el idioma más extendido de los 55 que se hablan en China, existe una
palabra – xiahai – que puede traducirse como “arrojarse al mar” y que los
funcionarios del presidente Hu Jintao usan en forma coloquial cuando tratan de
resumir ante un visitante extranjero el alcance de la monumental transformación
que están llevando adelante en un país habitado por 1300 millones de personas y
en el cual nacen 1500 bebes por hora.
La revista The Economist describe el fenómeno con una frase que suena más
familiar al oído occidental. Dice así: “China está embarcada en un proceso que
está generando el más dramático estallido de creación de riqueza de la
historia”.
Las dos definiciones resultan complementarias a la hora de dar una rápida
impresión acerca del momento excepcional que vive el nuevo socio comercial de la
Argentina, sobre el que el gobierno del presidente Néstor Kirchner generó tantas
expectativas y depositó tantas ilusiones.
Un puñado de cifras seguramente dirá más que mil palabras para precisar de qué
hablamos cuando nos referimos al mayor cambio económico, político, social y
cultural que protagoniza la humanidad en este momento.
Se sabe que la economía china creció de manera sostenida durante dos décadas (a
una tasa del 10%),que acumula 470.000 millones de dólares de reserva, exporta
por valor de 325.570 millones y recibe anualmente inversiones extranjeras por
57.000 millones. Menos conocidos son los procesos que llevaron a la creación de
tanta riqueza bajo un sistema que obligará a reescribir más de un texto de
teoría económica.
En el territorio chino conviven piezas de un rompecabezas ideológico en
apariencia irreconciliables: estrategias capitalistas, un estricto control de
cada metro de tierra por parte del Gobierno del Pueblo y un fuerte dirigismo en
materia de obras de infraestructura.
A eso se suma la radicación en la última década de 400 de las mayores empresas
privadas de Occidente, cooperativas de campesinos que todavía se encargan de
administrar la distribución de alimentos en las aldeas, un tren bala que une el
centro de Shanghai con el aeropuerto a una velocidad de 430 kilómetros por hora
y quinientos millones de campesinos cuya subsistencia todavía depende de las
parcelas de menos de una hectárea que el gobierno le asigna a cada familia.
Todo esto bajo el estricto control del Partido Comunista, en el poder desde
1949, que aplica todavía la antigua estrategia colectivista de los planes
quinquenales para orientar la marcha de la economía.
El despegue económico que convirtió a China en la tercera potencia mundial tiene
un nombre y una fecha: Deng Xiaoping, en 1978.
Deng, sucesor y a la vez adversario encarnizado de Mao, no sólo puso fin a la
Revolución Cultural, que significó una larga y despiadada noche de nacionalismo
fanático en todo el territorio, aislándolo del resto del mundo, sino que también
detuvo la desastrosa estrategia económica del "salto hacia adelante", cuyo
fracaso condenó a morir de hambre a más de diez millones de chinos.
La apertura de Deng, que él mismo definió en su momento con un slogan que cada
día parece más actual ("el gato puede ser blanco o negro, lo importante es que
cace ratones"), fue el punto de partida de la nueva revolución.
China es hoy el primer mercado de telefonía celular, con más de 260 millones de
usuarios, tiene contratado el 20% de las bodegas de la flota mercante mundial y
en los últimos treinta años sacó de la pobreza extrema a más de 400 millones de
habitantes.
En ese mismo período autorizó a operar dentro de su territorio a 400.000
empresas extranjeras y alentó el crecimiento de una nueva clase media de entre
50 y 70 millones de personas.
En China se gradúan 100.000 ingenieros por año, diez veces más que en Alemania,
y se venden en la capital 1000 autos nuevos por día.
Cuando empezó
la apertura, el objetivo del gobierno no era otro que dar ropa y comida a la
gente, pero en la década del noventa el ingreso per cápita creció de 500 a 1000
dólares.
Como dijo recientemente Jian Shan, director del Departamento de Oceanía del
Ministerio de Relaciones Exteriores, a LA NACION: "Los expertos nos aseguran que
en estos veinte años hemos avanzado más que en toda nuestra historia."
Una transformación tan ambiciosa tiene, por supuesto, más de un talón de
Aquiles.
El más evidente es la necesidad imperiosa de contar, en tiempo y forma, con
suficientes materias primas, combustibles y alimentos como para mantener
funcionando su gigantesca economía.
Para no depender de la oferta – y de la natural incertidumbre - de ciertos
mercados estratégicos, como el del petróleo o el de los granos, China decidió
"crear" sus propias fuentes de abastecimiento en diferentes regiones del
planeta.
Lo que antes los imperios hacían con la fuerza de las armas, China lo logra
ahora con fuertes corrientes de inversión estratégicamente planificadas.
Dentro de esta geopolítica, que el canciller Zhou Wenzhoug definió ante LA
NACION como "cooperación Sur-Sur", y que no excluye una mayor influencia de
China en la zona del Atlántico, están incluidos los 20.000 millones de dólares
que Pekín invirtió en África para asegurarse la provisión de hidrocarburos.
También los 3500 millones que destinó a Chile para obtener cargamentos a futuro
de cobre, y los acuerdos para la explotación de tierras en Brasil con el
objetivo de reducir su dependencia respecto de otros mercados de la soja.
La irrupción de
China como inversor de peso en las finanzas internacionales despierta, como es
previsible, ambiciones y suspicacias en los potenciales países de destino.
Y el factor cultural no es una cuestión menor en este tipo de acercamientos.
A fin de cuentas, son países ubicados en las antípodas, no sólo geográficas, y
todo parece indicar que se acercan alentados más por las necesidades mutuas que
por los afectos compartidos.
El acuerdo que el presidente Hu Jintao cerró con Néstor Kirchner está limitado,
por lo poco que se sabe, a cuestiones estrictamente comerciales: ferrocarriles,
pesca, petróleo y obras de infraestructura.
Chile, que incursionó antes en Pekín y con más decisión, está en las
proximidades de alcanzar un acuerdo especial para ampliar su comercio con China
bajo mejores condiciones arancelarias.
Australia, otro de los casos que más se han comentado en los últimos días, es de
una naturaleza diferente.
También implica un grado de compromiso mucho mayor.
Australia aceptó como residentes permanentes a 600.000 ciudadanos chinos, el
cuatro por ciento de la población total de la isla, y mantiene una relación más
que amigable con Pekín, como lo demuestra su estatus de "tercer socio
estratégico".
Uno de los tantos beneficios que obtiene es ser receptor de un cupo permanente
de 250.000 estudiantes chinos que viajan a Australia para aprender inglés y
dejan en sus arcas unos 300 millones de dólares por mes.
Si la Argentina desea avanzar en esa dirección, deberá encontrar antes una
respuesta que no parece sencilla.
¿Cuántos inmigrantes chinos está dispuesta a aceptar en su territorio?
Por Héctor D’Amico
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