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Publicación de El Tribuno de Salta

Un colaboración de Horacio Da Rin


  Fuente: El Tribuno (Salta)

 El trascendido de que el Gobierno nacional estudia la posibilidad de pagar  toda la deuda que mantiene con el Fondo Monetario Internacional, para no  tener que acatar más las exigencias que ese organismo impone al país cada  vez que le presta dinero, constituirá materia de estudio de economistas y  políticos, dada la complejidad del tema y, obviamente, la escasez de dinero  en las arcas del Tesoro.

 Pero lo que requiere un análisis, digamos especial, es el anticipo de que el  principal motivo del viaje que hoy emprenderán a España el jefe de Gabinete  y la senadora Cristina Fernández de Kirchner es lograr que el jefe del  gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, intervenga en favor de esa  iniciativa ante el titular del FMI, Rodrigo Rato.


 Conviene tener presente que la deuda total de la Argentina con el FMI  asciende a 15.067 millones de dólares, con vencimientos escalonados que  comienzan el viernes próximo y concluyen el 24 de diciembre de 2008.


 El año próximo el Gobierno enfrentará vencimientos con ese organismo por  5.624 millones de dólares. De ese monto deberá cancelar 3.748 millones, ya que no hay posibilidades de postergarlos o de reprogramarlos.


 Al margen de los montos en juego, lo que resulta sorprendente, una vez más,  es la política que en materia de relaciones internacionales practica la  administración nacional. Resulta insólito suponer que el titular del FMI  pueda sentirse más predispuesto a ceder o negociar con mayor benevolencia  ante una eventual gestión amistosa de Rodríguez Zapatero. Las cosas no  funcionan así en el plano internacional.
 

En la relación acreedor-deudor que rige en estas prácticas, la regla más  importante es una sola: pagar lo que se adeuda. Ilusionarse con que Rodrigo  Rato pueda aplicar un trato especial con la Argentina por el solo hecho de pertenecer a la misma comunidad idiomática, histórica y cultural, resulta por lo menos ingenuo.
 

 Rato, como antes Horst Köhler, Michel Camdessus y tantos otros, sólo son  voceros de los intereses de las principales potencias capitalistas  representadas en el Fondo, el denominado G7, y el único y estrecho margen de  decisión que tienen es el que le conceden sus mandantes.

 

 Esa creencia, la del Gobierno, entre aldeana y municipal, acerca de los  principios que rigen las relaciones internacionales, es la que resulta  curiosa. En ese contexto se inscriben las reiteradas ausencias del jefe del  Estado en actividades protocolares vinculadas a la relación con mandatarios  extranjeros que visitan nuestro país.

 

 Cabe recordar los recientes desplantes de los que fueron objeto los presidentes de Corea del Sur y de Vietnam, recibido el primero en Ezeiza por  un funcionario de cuarto nivel, y desairado el segundo por el propio titular  del Ejecutivo, quien no concurrió al agasajo ofrecido por su colega.

 

 Resulta evidente, así, que en los más altos niveles no se tiene clara  conciencia de que la política con mayúsculas de un país, la que lo proyecta y potencia también en el plano interno, es la que atañe a las relaciones exteriores.

 

 Tampoco se tiene claro que, en materia diplomática, la relación entre  contenido y forma es indisociable: resulta imposible establecer vínculos  duraderos y mutuamente beneficiosos con un país cuyo máximo representante  percibe que ha sido recibido sin consideración a las normas del buen trato.
 

Las persistentes críticas a tanto desapego por el protocolo hicieron que el 2 de este mes, en lo que fue el eje del discurso que pronunció en un acto en  la localidad bonaerense de Moreno, el presidente apuntara contra los  sectores del periodismo que, a su juicio, descargan "lamentos con la pluma".
 

Se preguntó, en ese mismo lugar, "en qué reuniones protocolares puedo estar  pensando, cuando cada minuto que tengo lo dedico al pueblo argentino para  que pueda seguir adelante".
 "Voy -agregó por último- a reuniones que juzgo que son importantes". Y ahí  radica el problema: hay un tono beligerante para consumo exclusivamente  interno, que un día agravia al presidente de Italia -quién acababa de  concluir importantes acuerdos, precisamente, con el presidente del gobierno  español, Rodríguez Zapatero- y el otro advierte a Brasil, a través de  trascendidos publicados en la prensa amiga, que "el canciller Bielsa se  instalará en Nueva York durante el mes de enero, con el objetivo de
 obstaculizar (sic) la intención brasileña de quedarse con un asiento  permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas".

 

¿Qué diplomacia es ésta? ¿Con qué tradición nacional o internacional se entronca? En realidad, con ninguna. Es, simplemente, un estilo que nos  condena a ser tratados con escaso respeto en el concierto internacional. Una  imagen, por cierto, que no se merecen nuestro país ni quienes buscan en él un destino mejor, para sí mismos y para las generaciones futuras.


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