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Publicación de El Tribuno de Salta |
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Un colaboración de Horacio Da Rin |
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El trascendido de que el Gobierno nacional estudia la posibilidad de pagar toda la deuda que mantiene con el Fondo Monetario Internacional, para no tener que acatar más las exigencias que ese organismo impone al país cada vez que le presta dinero, constituirá materia de estudio de economistas y políticos, dada la complejidad del tema y, obviamente, la escasez de dinero en las arcas del Tesoro. Pero lo que requiere un análisis, digamos especial, es el anticipo de que el principal motivo del viaje que hoy emprenderán a España el jefe de Gabinete y la senadora Cristina Fernández de Kirchner es lograr que el jefe del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, intervenga en favor de esa iniciativa ante el titular del FMI, Rodrigo Rato.
En la relación
acreedor-deudor que rige en estas prácticas, la regla más importante es
una sola: pagar lo que se adeuda. Ilusionarse con que Rodrigo Rato
pueda aplicar un trato especial con la Argentina por el solo hecho de
pertenecer a la misma comunidad idiomática, histórica y cultural,
resulta por lo menos ingenuo. Rato, como antes Horst Köhler, Michel Camdessus y tantos otros, sólo son voceros de los intereses de las principales potencias capitalistas representadas en el Fondo, el denominado G7, y el único y estrecho margen de decisión que tienen es el que le conceden sus mandantes.
Esa creencia, la del Gobierno, entre aldeana y municipal, acerca de los principios que rigen las relaciones internacionales, es la que resulta curiosa. En ese contexto se inscriben las reiteradas ausencias del jefe del Estado en actividades protocolares vinculadas a la relación con mandatarios extranjeros que visitan nuestro país.
Cabe recordar los recientes desplantes de los que fueron objeto los presidentes de Corea del Sur y de Vietnam, recibido el primero en Ezeiza por un funcionario de cuarto nivel, y desairado el segundo por el propio titular del Ejecutivo, quien no concurrió al agasajo ofrecido por su colega.
Resulta evidente, así, que en los más altos niveles no se tiene clara conciencia de que la política con mayúsculas de un país, la que lo proyecta y potencia también en el plano interno, es la que atañe a las relaciones exteriores.
Tampoco se tiene claro
que, en materia diplomática, la relación entre contenido y forma es
indisociable: resulta imposible establecer vínculos duraderos y
mutuamente beneficiosos con un país cuyo máximo representante percibe
que ha sido recibido sin consideración a las normas del buen trato.
Las persistentes
críticas a tanto desapego por el protocolo hicieron que el 2 de este
mes, en lo que fue el eje del discurso que pronunció en un acto en la
localidad bonaerense de Moreno, el presidente apuntara contra los
sectores del periodismo que, a su juicio, descargan "lamentos con la
pluma".
Se preguntó, en ese
mismo lugar, "en qué reuniones protocolares puedo estar pensando,
cuando cada minuto que tengo lo dedico al pueblo argentino para que
pueda seguir adelante".
¿Qué diplomacia es ésta? ¿Con qué tradición nacional o internacional se entronca? En realidad, con ninguna. Es, simplemente, un estilo que nos condena a ser tratados con escaso respeto en el concierto internacional. Una imagen, por cierto, que no se merecen nuestro país ni quienes buscan en él un destino mejor, para sí mismos y para las generaciones futuras. |