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Pareciera ser que para la dirigencia política
progre y populista, la Argentina se endeudó por mandato del Fondo
Monetario Internacional (FMI). Los permanentes ataques al FMI y la
desesperación por no negociar con ese organismo muestran un extremo
grado de ideología barata. Y no porque el FMI sea la institución
ejemplar por excelencia. Al contrario, personalmente creo que el FMI
debería desaparecer. Pero las causas del endeudamiento son producto
del déficit fiscal de los 90, el que a su vez se produjo por el
feroz aumento del gasto público a lo largo de esos años para que la
Nación y las provincias gastaran alegremente.
El dato relevante a tener en cuenta pasa por considerar dos datos
fundamentales: 1) el aumento del gasto público fue aprobado por ley
del Congreso a lo largo de los 90, y 2) el financiamiento vía deuda
del déficit fiscal producto del aumento del gasto también fue
aprobado por ley del Congreso.
Tanto el aumento del gasto como el endeudamiento fueron autorizados
por el Congreso gracias a que el peronismo tenía la mayoría en ambas
cámaras, lo que le permitía seguir con la fiesta.
De manera que, salvo que el FMI tuviera representantes tanto en el
Senado como en la Cámara de Diputados, el endeudamiento es única
responsabilidad del peronismo. El mismo partido político que llevó
al poder a Kirchner y el mismo partido político que hoy le otorga
los superpoderes para que maneje los fondos de los contribuyentes a
su antojo.
Como dato curioso, uno no puede menos que sorprenderse de las
constantes críticas que Kirchner le formula al FMI. ¿Por qué? Porque
Kirchner es un populista keynesiano y Keynes fue uno de los
impulsores del FMI.
Ahora bien, dejando de lado esta contradicción de Kirchner -que, por
otro lado, no es más que otra contradicción entre las tantas que
tiene en su política en general-, la pregunta que cabe formularse
es: ¿qué es lo que podría hacer Kirchner en materia de política
económica si la Argentina no estuviera endeudada con el FMI? ¿Acaso
cree el presidente que, si por esas cosas de la vida pudiera pagarle
toda la deuda al FMI, podría lanzarse a aumentar los salarios a
ritmo acelerado, terminar de violar todos los derechos de propiedad
y no arreglar el tema de las tarifas de los servicios públicos sin
que explotara la economía?
Al margen de todos los errores que cometió el FMI con la Argentina y
otros países, en nuestro caso en particular la decadencia económica
que venimos soportando desde hace décadas es fruto de los disparates
producidos localmente. La crisis que tenemos es totalmente “made in
Argentina” y por políticos argentinos.
Si mañana, por esas casualidades de la vida, tanto el FMI como los
bonistas decidieran perdonarnos toda la deuda y la Argentina pasara
a tener endeudamiento cero, no por eso al otro día tendríamos una
interminable cola en las fronteras con argentinos y extranjeros
intentando entrar al país con carretillas llenas de dólares para
invertir.
La inseguridad jurídica, la arbitrariedad en las reglas de juego y
la imprevisibilidad en el comportamiento de los políticos argentinos
son las barreras más importantes que hoy tiene el país para poder
salir adelante. No es el FMI el que está trabando nuestro
crecimiento. Son los políticos que detentan el poder los que asustan
a los inversores, son los impuestos confiscatorios, es el avance del
Estado sobre los derechos de propiedad, es la ausencia de una
justicia que le ponga límite a los atropellos del Ejecutivo o a los
disparates que legisla el Congreso los factores que impiden que
lleguen las inversiones, el país crezca y la población pueda salir
de la pobreza, el atraso y la indigencia.
La realidad que le ha tocado vivir a la Argentina es que, hasta la
crisis de Rusia, cada vez que un país entraba en default aparecía el
FMI, que, como el Séptimo de Caballería, venía a salvar a los
tenedores de bonos del desastre.
Cuando a fines de 1994 México entró en crisis, Washington armó un
fenomenal paquete de ayuda, que todos interpretaron que era para
ayudar al gobierno mexicano. Falso: ese paquete de ayuda fue para
salvar a los fondos de inversión y bancos que tenían bonos del
gobierno mexicano y de países emergentes. Más precisamente, fue un
paquete de ayuda para salvar a Wall Street del descalabro. Un
mecanismo parecido se produjo con las crisis del sudeste asiático y
de Rusia.
Pero a la Argentina le tocó ser el primer país que tuvo que afrontar
las nuevas reglas de juego. El FMI dejó de ser el Séptimo de
Caballería y los acreedores de nuestro país se quedaron sin que
nadie los ayudara, con el agravante de que en la Argentina, lejos de
aplicarse políticas racionales que restituyeran la confianza, se
desató una especie de orgía de lo absurdo.
De manera que aquí no se trata de “sacarse de encima” al FMI para
poder crecer, acá lo que hace falta es que, de una vez por todas,
empiece a regir la cordura y la racionalidad. Y, lamentablemente, la
cordura y la racionalidad son bienes escasos entre la dirigencia
política argentina que detenta el poder.
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