Magisterio de la Iglesia

San Francisco de Sales

CARTA ABIERTA A LOS PROTESTANTES
PRIMERA PARTE
DEFENSA DE LA AUTORIDAD DE LA IGLESIA
CAPÍTULO II
Errores de los ministros sobre la naturaleza de la Iglesia

§6 — La Iglesia no puede errar

   Cuando Absalón procuró crear facciones y causar la división contra su buen padre David, se sentó junto a la puerta, en el camino, y a todos los que pasaban decía: Tus pretensiones me parecen razonables y justas: la lástima es que no hay persona puesta por el rey para oírte. ¡Oh, quién me constituyese juez de esta tierra, para que viniesen a mí todos los que tienen negocios, y yo les hiciese justicia!179 Así solevantó los ánimos de los israelitas. ¡Oh, cuántos Absalones se levantaron en nuestros días, los cuales, para seducir los pueblos y arrancarlos de la obediencia a la Iglesia y a los pastores, y para instigar los ánimos cristianos a la rebelión y revuelta, gritaron por todas las avenidas de Alemania y Francia: «No hay nadie puesto por Dios pueda escuchar las dudas sobre la fe y resolverlas; la misma Iglesia, los magistrados eclesiásticos, no tienen el poder de determinar lo que entra en la fe y lo que se sale de ella. Hay que buscar jueces distintos de los prelados, pues la Iglesia puede errar en sus decretos y reglas».

   ¿Qué proposición más dañina y temeraria podrían hacer al Cristianismo? Si la Iglesia puede errar, oh Calvino, oh Lutero, ¿a quién recurriré en mis dificultades? Dicen ellos: «a la Escritura». ¿Pero que podré hacer —pobre de mí— ya que es la propia Escritura la que me plantea tales dificultades? Mi duda no consiste en si tengo que creer o no en las Escrituras, pues, ¿quién no sabe que es la palabra de la verdad? Mi dificultad consiste en comprender estas Escrituras, sus consecuencias, pues son tantas, tan diversas y contrarias sobre un mismo asunto, que cada uno toma partido, unos por unas, otros por otras, y entre ellas solo una es salvífica. ¿Quién me hará conocer la recta de entre tantas malas? ¿Quién me hará ver la verdad auténtica en medio de tantas vanidades patentes y enmascaradas? Cada cual quiere embarcarse en la nave del Espíritu Santo, pero no hay más que una, y esa sola llegará a buen puerto: las otras naufragarán. ¡Qué peligrosa elección! Todos los pretendidos dueños proclaman sus títulos a la misma nave con igual ufanía y seguridad, y así engañan a la mayoría. El que dice que nuestro Maestro no nos dejó guías en un camino tan malo y peligroso, afirma que Él quiere nuestra perdición; el que dice que Él nos embarcó a la merced de vientos y mareas, sin darnos un piloto experimentado que sepa interpretar bien la brújula y la carta marítima, dice que el Señor no es providente; el que dice que este buen Padre nos envió a esta escuela eclesiástica sabiendo que en ella se enseña el error, dice que Él quiso educarnos en el vicio y en la ignorancia. ¿Alguna vez ha oído alguien hablar de una academia en que todos enseñan, pero nadie sea alumno? Así sería la república cristiana librada a todos los particulares. Y si la Iglesia se engaña, ¿quién no errará? Y si cada cual se engaña o puede engañarse, ¿a quien me dirigiré para instruirme? ¿A Calvino? ¿Y por qué no a Lutero, Brence o Pacimontano? Si la Iglesia errase, no sabríamos a quién recurrir en nuestras dificultades.

   Empero, quien considere que el testimonio que Dios dio de la Iglesia es auténtico, comprenderá que decir que la Iglesia yerra equivale a decir que Dios yerra, o que es Su gusto y voluntad que erremos, lo que sería una gran blasfemia, porque dice Nuestro Señor: Si tu hermano pecare contra ti, díselo a la Iglesia; pero si ni a la Iglesia oyere, tenlo por gentil y publicano180. ¿Os dais cuenta de como Nuestro Señor nos remite a la Iglesia en nuestros diferendos, cualesquier que ellas sean? ¡Cuánto más entonces en el caso de injurias o diferendos mayores! Si estoy obligado, a partir de la regla de la corrección fraterna, a recurrir a la Iglesia para hacer enmendar a un vicioso que me haya ofendido, ¡cuánto más obligado estaré a deferirle uno que dijere que toda la Iglesia es una Babilonia, adúltera, idólatra, mentirosa y perjura! Tanto más que su maldad podría infestar toda una región, siendo tan contagioso el vicio de la herejía que irá progresando como gangrena181. Así, pues, cuando yo viere a alguien que diga que todos nuestros padres, abuelos y bisabuelos fueron idólatras, corrompieron el Evangelio y practicaron cuantas maldades se derivan de la corrupción de la religión, me dirigiré a la Iglesia, cuyo juicio cada uno debe aceptar. Pues, si ella puede errar, ya no seré yo, ni siquiera el hombre, quien alimentará este error en el mundo, sino el propio Dios será quien lo autorice y le de crédito, pues Él mismo nos dijo que fuéramos a este tribunal para oír y recibir justicia; entonces, o bien Él no sabe lo que hace o nos quiere engañar, o bien, por el contrario, es allí que se administra la verdadera justicia y las sentencias son irrevocables. La Iglesia condenó a Berengario; quien quisiera proseguir el debate, yo lo consideraré como gentil y publicano, a fin de obedecer a mi Señor, que no me deja en libertad a este respecto, antes bien me ordena: Tenlo por gentil y publicano.

   Esto mismo enseña San Pablo cuando llama a la Iglesia columna y fundamento de la verdad182. ¿No quiere esto decir que la verdad está firmemente sostenida por la Iglesia? En otros lugares, la verdad solamente se sostiene a intervalos, y con frecuencia cae, pero en la Iglesia permanece firme, sin vacilaciones, inmutable, sin vicisitudes; en pocas palabras, estable y perpetua. Responder que lo que San Pablo quiere decir es que la Escritura fue dada en custodia a la Iglesia, y nada más, es valuar demasiado la comparación que propone, porque una cosa es sostener la verdad y otra muy diferente conservar la Escritura. Los judíos conservan una parte de la Escritura, así como también muchos herejes, pero no por eso son columna y fundamento de la verdad. La corteza de la letra no es verdadera ni falsa, sino según el sentido que se le dé, así será verdadera o falsa. La verdad consiste, pues, en el sentido, que es como la médula, y consecuentemente, si la Iglesia fuese guardiana de la verdad, el sentido de las Escrituras le habría sido entregado para guardarlo, por lo que habría que buscarlo en ella misma y no en el cerebro de Lutero, o de Calvino, o de cualquier otra persona; por consiguiente, no puede errar, ya que siempre conserva el sentido de las Escrituras. Y, de hecho, colocar en este sagrado depósito la letra sin su sentido sería como poner la bolsa sin el dinero, la concha sin el caracol, la vaina sin la espada, el frasco sin el perfume, las hojas sin el fruto, la sombra sin el cuerpo.

   Pero decidme: si la Iglesia es la depositaria de las Escrituras, ¿por qué Lutero las tomó y las lleva fuera de ella, y por qué no tomáis de sus manos también el libro de los Macabeos, o el Eclesiástico y todo el resto, como la Carta a los Hebreos? Porque ella también protesta haber cuidado tan celosamente unos y otros libros. En suma, las palabras de San Pablo se resisten a ese sentido que le quieren dar. Él habla de la Iglesia visible; si no, ¿adónde se dirigiría a Timoteo para hablarle? La llama Casa de Dios, por lo que está bien fundada, bien ordenada, bien cubierta contra toda clase de tormentas y tempestades de error: Ella es columna y fundamento de la verdad; en ella permanece la verdad, en ella vive, en ella se aloja; quien la busque fuera de ella, la perderá. Es tan perfectamente segura y firme, que todas las puertas del infierno, es decir, todas las fuerzas enemigas, no podrían dominarla183. Sería una plaza tomada por el enemigo si el error pudiese introducirse en las cosas que son para honra y servicio de nuestro Maestro. Nuestro Señor es la cabeza de toda la Iglesia184. ¿No tenéis vergüenza de decir que el cuerpo de un jefe tan santo es adúltero, profano, corrompido? Y no se diga que se refiere a la Iglesia invisible, porque tal no existe, como ya he demostrado anteriormente. Nuestro Señor es su jefe. Dice San Pablo: Lo ha constituido cabeza de toda la Iglesia185, no de una de las iglesias para dos que vosotros imagináis, sino de toda la Iglesia. Donde dos o tres se hallan congregados en Mi nombre, allí me hallo yo en medio de ellos186. ¿Quién se atreverá a decir que la asamblea de la Iglesia universal de todos los tiempos fue abandonada a la merced del error y de la impiedad?

   Concluyo, pues, afirmando que, cuando nosotros vemos que la Iglesia universal creyó y cree en algún artículo, sea que lo veamos expreso en las Escrituras, sea que se deduzca de las mismas, o por tradición, no debemos controlar ni discutir, o dudar de él, sino prestar obediencia y honra a esta celestial Reina que Nuestro Señor gobierna, y regular nuestra fe a este nivel. Porque, así como habría sido una impiedad, por parte de los Apóstoles, haber contestado a su Maestro, también lo sería contestar a la Iglesia; porque, si el Padre dijo del Hijo: Ipsum audite187, también el Hijo dijo de la Iglesia: Si quis Ecclesiam non audiverit, sit tibi tamquam ethnicus et publicanus188.

CAPÍTULO III

Las notas de la Iglesia

 

§1 — La Unidad de la Iglesia: la verdadera Iglesia debe ser Una.

   1 — Tantas son las veces y tantos los lugares en que la Iglesia, tanto militante como triunfante, y tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, es llamada casa y familia, que me parecería pérdida de tiempo recordarlas, pues esto es tan común en las Escrituras que todos los que las hayan leído nunca lo dudarán, y los que no leyeron, apenas lo hagan encontrarán por todos lados esta forma de hablar. Es de la Iglesia que San Pablo dice a su caro Timoteo: Ut scias quomodo oporteat te conversari in domo Dei, quæ est Ecclesia, columna et fundamentum veritatis189; es de ella que David dice: Beati qui habitant in domo tua Domine190; de ella dice el ángel: Regnabit in domo Jacob in æternum191; y de ella dice Nuestro Señor: In domo Patris Mei mansiones multæ sunt192; Simili est regnum cælorum homini patrifamilias193; y también en muchos otros lugares.

   Ahora, siendo la Iglesia una casa y una familia, no se puede dudar que su jefe no sea sino un solo, Jesucristo, siendo por eso llamada Casa de Dios. Pero este Jefe y padre de familia, al irse a la diestra de Dios, su Padre, habiendo dejado muchos servidores en su casa, quiso dejar uno que fuese el servidor en jefe, a quien todos los demás se refiriesen; por eso dice Nuestro Señor: Quis putas et servus fidelis et prudens, quem constituit Dominus super familiam suma?194 Y, de hecho, si no hubiese un gerente en un comercio, pensad como iría el negocio; y si no hubiese un rey en un reino, un capitán en una nave y un padre de familia en una familia, eso ya no sería una familia; pero escuchad a Nuestro Señor: Omnis civitas vel domus divisa contra se non stabit195. Jamás una provincia se podría gobernar a sí misma, principalmente si fuese grande. Os pregunto, oh señores tan clarividentes, que no queréis que en la Iglesia haya un jefe: ¿podríais presentarme un ejemplo de algún gobierno importante en que todos los gobiernos particulares no hagan referencia a uno principal? Dejemos de lado los macedonios, babilonios, judíos, medos, persas, árabes, sirios, franceses, españoles, ingleses y una infinidad de los más importantes, en los cuales la cosa es bien clara. Pensemos antes en las repúblicas; decidme: ¿dónde habéis visto una provincia que se gobierne por sí misma? ¡Jamás! La mejor parte del mundo fue otrora de la república de los romanos, pero una sola Roma gobernaba, una sola Atenas, una sola Cartago y así todas las antiguas, y también una sola Venecia, una sola Génova, una sola Lucerna, Friburgo y otras. Nunca encontraréis el caso de que todas las partes de una grande y notable provincia se gobernasen a sí mismas: hizo, hace y hará falta un solo hombre o un solo organismo de hombres residentes en un lugar determinado, o una sola ciudad, o una sola porción de toda la provincia haya gobernado el resto, si la provincia era grande. Señores aficionados a historias, estoy cierto de vuestra respuesta, que no consentiréis que alguien me desmienta. Empero, suponiendo —lo que es realmente falso— que alguna provincia en particular se hubiese gobernado a sí misma, ¿cómo podría decirse otro tanto de la Iglesia cristiana, la cual es tan universal que comprende el mundo entero? ¿Cómo podría ser una si estuviese gobernada por sí misma? Dicho de otro modo, ¿haría falta tener constantemente reunido el concilio de todos los obispos? ¿Haría falta que todos los obispos estuviesen siempre ausentes de sus diócesis? ¿Y eso cómo podría ser? Y, si todos los obispos son iguales, ¿quién los convocaría? ¿Qué esfuerzos habría que hacer para convocar un concilio cada vez que surgiese alguna duda de fe? Es de todo punto imposible conseguir que toda la Iglesia y cada parte de ella se gobiernen por sí mismas sin relacionarse entre sí.

   Y visto que he probado suficientemente que es necesario que una parte se relacione con la otra, os pregunto con cuál de ellas se debe relacionar. O es una provincia, o una ciudad, o una asamblea, o un particular; si se trata de una provincia, ¿cuál de ellas? No es en Inglaterra, porque cuando ella era católica, ¿dónde le encontráis ese derecho? Si proponéis otra provincia, ¿dónde estaría? ¿Y por qué ésa y no otra? Tanto más que jamás hubo provincia que reivindicase un tal privilegio. Si se trata de una ciudad, tiene que ser una de las Patriarcales; ahora bien, de las Patriarcales no hay más que cinco: Roma, Antioquia, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén. ¿Cuál de las cinco? Todas son paganas excepto Roma. Por consiguiente, si tiene que ser una ciudad, es Roma; si tiene que ser una asamblea, es la de Roma. Pero no: no es ni una provincia, ni una ciudad, ni una asamblea homogénea y perpetua, sino un solo hombre, constituido jefe sobre toda la Iglesia: Fidelis servus et prudens, quem constituit Dominus196.

   Concluyamos, pues, que Nuestro Señor, para dejar unida su Iglesia, al partir de este mundo dejó un solo gobernador y vicario general, a quien todos deben recurrir en cualquier dificultad.

   2 — Siendo las cosas así, os digo que este servidor general, este dispensador y gobernador, jefe de la casa de Nuestro Señor, es San Pedro, el cual tiene toda la razón para decir: O domine quia ego servus197. Y no solamente servus, sino más también: quia qui bene præsunt duplici honore digni sunt198; ni solamente servus tuus, sino más todavía: filius ancillæ tuæ. Cuando se tiene un servidor de categoría, más se confía en él, y fácilmente se le encomiendan las llaves de la casa; no me faltan, pues, motivos para presentar a San Pedro diciendo: O domine, etc., porque él es el siervo bueno y fiel199, a quien, como servidor de categoría, el Maestro confió las llaves: Tibi dabo claves regni cælorum200. San Lucas nos muestra bien que San Pedro es este servidor, porque, después de haber relatado la advertencia de Nuestro Señor a sus discípulos: beati servi quos cum venerit Dominus invenerit vigilantes; amen dico vobis, quod præcinget se, et faciet illos discumbere, et transiens ministrabit illis, sólo San Pedro interrogó a Nuestro Señor: Ad nos dicis hanc parabolam an ad omnes? Nuestro Señor, respondiendo a Pedro, no dice qui putas, erunt fideles, como había dicho beati servi, sino tan sólo: Quis putas est dispensator fidelis et prudens, quem constituit Dominus super familiam suam ut det illis in tempore tritici mensuram201? Y, de hecho, Teofilacto dice que San Pedro hizo esta pregunta como quien tenía el primer cargo en la Iglesia, y San Ambrosio202 dice que la primera palabra —beati— se entiende referida a todos, mas las segundas —quis putas— se refieren a los obispos, y más específicamente al primero de ellos. Nuestro Señor, entonces, responde a San Pedro como diciendo: «Lo que digo en general pertenece a todos, pero de manera particular a ti, pues ¿quién piensas tú que es el siervo bueno y fiel»?

   Realmente, si queremos indagar con cuidado esta parábola acerca de quién puede ser el servidor que deba dar trigo, ése no es otro que San Pedro, a quien se encomendó el alimentar a los demás: Pasce oves meas203. Al salir, el dueño de casa sale entrega las llaves al mayordomo, que no es otro que San Pedro, a quien Nuestro Señor dice: Tibi dabo claves regni cælorum204. Todo se refiere al gobernador, y los restantes oficiales se apoyan en él en cuanto a la autoridad, de la misma forma que el edificio en el fundamento. Así, San Pedro es llamado piedra, sobre la cual la Iglesia está fundada: Tu es Petrus, et super hanc petram205; cephas quiere decir, en siríaco, piedra, lo mismo que selah en hebreo, pero el intérprete latino dijo Petrus, porque en griego hay petros, que también significa piedra como petra. Y Nuestro Señor, en San Mateo, dice que «el hombre prudente construye su casa y la funda sobre la roca», super petram206. Por eso, el diablo, padre de la mentira y mono de Nuestro Señor, quiso hacer cierta imitación, fundando su desdichada herejía principalmente en una diócesis de San Pedro, y en una Rochelle. Además, Nuestro Señor pide que ese servidor sea prudente y fiel, y San Pedro tiene ciertamente estas dos cualidades: pues, ¿cómo podría faltar la prudencia a quien gobierna no por la carne ni por la sangre, sino por el Padre que está en los cielos207? ¿Y cómo podría faltarle la fidelidad, si Nuestro Señor dijo: Rogavi pro te ut non deficeret fides tua208? Hay que creer en esto, ya que exauditus est pro sua reverentia209, y Nuestro Señor da testimonio probado al completar: et tu conversus confirma fratres tuos210; esto como si quisiera decir: «He rezado por ti para que tu confirmes a los demás, ya que por los otros no recé, visto que tienen en ti un refugio seguro».

   3 — Concluyamos entonces que fue necesario que Nuestro Señor Jesucristo, abandonando su Iglesia, en cuanto a su ser corporal y visible, dejase un lugarteniente y vicario general visible, y éste es San Pedro, por lo que él podía decir: O domine quia ergo servus tuus. Me diréis: «Nuestro Señor no murió y está siempre con su Iglesia; ¿para qué entonces le adjudicáis un vicario?» Os respondo que, no estando muerto, no necesita un sucesor, sino solamente un vicario que asista verdaderamente a su Iglesia en todo y en todas las partes con su gracia invisible, no obstante lo cual, con el fin de no hacer un cuerpo visible sin un jefe invisible, también quiso asistirla en la persona de un vicario visible, por medio del cual, además de los favores invisibles, administra perpetuamente su Iglesia de forma y manera conveniente a la suavidad de su disposición.

   Me diréis todavía en la Iglesia no hay más ningún fundamento a no ser Nuestro Señor: Fundamentum aliud nemo potest ponere præter id quod positum est quod est Christus Jesus211. Os concedo que tanto la Iglesia militante como la triunfante están fundadas sobre Nuestro Señor como fundamento principal; pero Isaías predijo que en la Iglesia debía haber dos fundamentos: Ecce ego ponam in fundamentis Sion lapidem, lapidem probatum, angularem, prætiosum, in fundamento fundatum212. Sé bien cómo un gran personaje lo explica, pero me parece que este pasaje de Isaías debe interpretarse sin salir del capítulo decimosexto de San Mateo, en el Evangelio de hoy. Isaías213 se quejaba de los judíos y de sus sacerdotes, en la persona de Nuestro Señor, porque ellos no querían creer: Manda remanda exspecta y lo que se sigue, a lo que añade id circo hæc dicit Dominus; por ende, el Señor dijo: Ecce ego mittam in fundamentis Sion lapidem.

   Dice in fundamentis porque también los otros Apóstoles eran fundamento de la Iglesia: Et murus civitatis —dice el Apocalipsis214habens fundamenta duodecim et in ipsis duodecim, nomina duodecim apostolorum agni; y en otro lugar dice: Fundatis super fundamenta prophetarum et apostolorum ipso summo lapide angulari Christo Jesu215; y el Salmista: Fundamenta ejus in montibus sanctis216. Pero entre todos, hay uno que, por sus excelencias y superioridad, es llamado piedra y fundamento, aquel de quien Nuestro Señor dijo: Tu es Petrus, id est, Lapis.

   Lapidem probatum. Escuchad a San Mateo217; dice que Nuestro Señor colocará una piedra probada. ¿Qué prueba queréis más que esta: quem dicunt homines esse Filium hominis? Pregunta difícil, a la cual San Pedro, explicando el secreto y arduo misterio de la comunicación de idiomas, responde tan pertinentemente, que concluye y prueba que verdaderamente él es la piedra, diciendo: Tu es Christus, Filius Dei vivi.

   Isaías prosigue y dice: lapidem prætiosum. Oye la estima que Nuestro Señor tiene por San Pedro: Beatus es, Simon Bar Jona.

   Angularem.. Nuestro Señor no dice que fundamentará solamente una muralla de la Iglesia, sino toda la Iglesia: Ecclesiam Meam. Es, pues, angular in fundamento fundatum, fundada sobre el fundamento; será fundamento, mas no el primero, porque ya habrá otro fundamento: Ipso summo lapide angulare Christo218.

   He aquí entonces como Isaías explica a San Mateo, y San Mateo a Isaías. No acabaría nunca si quisiera decir todo lo que me viene a la mente a este propósito.

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NOTAS

179 2 Sam 15, 3-4

180 Mt 18, 15-17

181 2 Tm 2, 17

182 1 Te 3, 15

183 Mt 16, 18

184 Ef 1, 22; 5, 23

185 Ef 1, 22

186 Mt 18, 20

187 Mt 17, 5

188 Mt 18, 17

189 1 Tm 3, 15

190 Sl 83, 5

191 Lc 1, 32

192 Jn 14, 2

193 Mt 20, 1

194 Mt 24, 45

195 Mt 12, 25

196 Mt 24, 45

197 Sl 115, 7

198 1 Tm 5, 17

199 Mt 25, 21-23

200 Mt 16, 19

201 Lc 12, 37-42

202 Libro 7 § 131 sobre San Lucas

203 Jn 21, 17

204 Mt 16, 19

205 Mt 16, 18

206 Mt 7, 24

207 Mt 16, 17

208 Lc 22, 23

209 He 5, 7

210 Lc 22, 23

211 1 Co 3, 11

212 Is 28, 16

213 Is 28, 13

214 21, 14

215 Ef 2, 20

216 Sl 86, 1

217 16, 13ss

218 Ef 2, 2.20