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EL CICLO DE NAVIDAD
(Preparación, Celebración y Prolongación,
del Misterio de la Encarnación)

CAPITULO 1
EL TIEMPO DE ADVIENTO

(Preparación de la Encarnación)

   1. Origen y razón de ser del Adviento. - B. Carácter del Adviento. - 3. Etapas del Adviento. - 4. Las Antífonas "O". - 5. La Vigilia de Navidad.

El Adviento nos prepara también para la venida de Jesucristo como Juez.

   1. Origen y razón de ser del Adviento. - El Adviento (del latín: adventus, "advenimiento", "llegada"), es un tiempo de preparación para el Nacimiento de Jesucristo, en Belén, y representa los cuatro mil y más años que estuvieron los antiguos aguardando y suspirando por la venida del Mesías.

   La institución del Adviento como tiempo preparatorio para Navidad, data, en España, de fines del siglo IV, según consta por un canon del concilio de Zaragoza celebrado el año 380, y en el resto de Occidente, de principios o mediados del siglo V.

   Vino entonces como a reafirmar la doctrina de los concilios de Efeso y Calcedonia; proclamando el dogma de las dos naturalezas, divina y humana, en la persona de Jesucristo, contra la herejía cristológica de Nestorio y Eutiques, y a dar mayor relieve en la Liturgia al misterio de la Encarnación y al de la Maternidad de la Virgen.

   Hoy día comienza el Adviento el domingo más cercano a la fiesta: de San Andrés (30 de noviembre), o sea, entre el 27 de noviembre y el 3 de diciembre, y abarca, por lo tanto, tres semanas completas y parte de la cuarta.

   Al principio varió Su duración según las liturgias y los países, notándose una tendencia casi general a equiparar el Adviento con la Cuaresma, en el tiempo y aun casi en el rigor. En las Galias y en España; por ejemplo, y en rito ambrosiano, empezaba el Adviento el día de San Martín (11 de Noviembre), y se prescribían como obligatorios para los fieles, dos, tres y hasta cuatro ayunos semanales, y casi diarios para los monjes. La disciplina actual sólo prescribe el ayuno con abstinencia el miércoles, viernes y sábado de las IV témporas, y la Vigilia de Navidad(1), y en muchos países, en virtud de Bulas e Indultos particulares, tan sólo sobrevive el último. Asimismo, para semejarlo todavía más con la Cuaresma, en los últimos días se cubrían las imágenes y altares, igual que en Pasión.

   Por asociación de ideas, a la primera venida de Jesucristo a la tierra, en carne mortal, une la Iglesia el pensamiento de la segunda, al fin del mundo; y, en consecuencia, el Adviento viene a resultar una preparación a ese doble advenimiento del Redentor.

   En este concepto tiene este período litúrgico una puerta que mira al pasado y otra al porvenir; de un lado, tiene por perspectiva los millares de años durante los cuales la humanidad esperaba a su Redentor; de otro, los siglos que han de transcurrir hasta la hora del cataclismo postrero, en el que ha de zozobrar nuestro planeta" (2). Cada uno de estos dos advenimientos sugiere a la Liturgia ideas y sentimientos peculiares, que ella expresa con soberana elocuencia e inflamados acentos. Para preparar el primero, traduce las ansias y suspiros cada vez más crecientes, de las generaciones del Antiguo Testamento; y para prevenir el segundo, alude de vez en cuando al juicio final o alguna de sus circunstancias.

   Pero, además de prepararnos el Adviento para el nacimiento histórico de Jesucristo y para el Juicio final, nos revela cada año al Cristo de la promesa, es decir, al Cristo de las Patriarcas y de los Profe tas, al Deseado de los collados eternos, y estrecha nuestras relaciones íntimas con el Cristo místico, cuya venida y completo reinado en las almas prepara también(3).

   El Cristo de la Promesa es el que llena toda la historia y todos los libros del Antiguo Testamento, Aquél en quien creían, a quien esperaban y a quien, sin conocer, amaban todos los justos de Israel. Aludiendo tan a menudo a El, la liturgia de Adviento nos pone en comunicación de fe, de esperanza y de amor con todas las generaciones creyentes que nos han precedido, y nos persuade de que somos de la descendencia espiritual de Abrahán y herederos legítimos de la Sinagoga.

   El Cristo místico es el Cristo viviendo en las almas y reproduciendo en ellas los fenómenos de su vida divina, haciendo de los cristianos otros cristos. Cada Adviento tiende a producir en nosotros un acrecentamiento nuevo de este Cristo místico.

   2. Carácter del Adviento. - Considerado a través de la Liturgia, el Adviento, por lo mismo que recoge las ansias e inquietudes de las pasadas generaciones y los entusiasmos y regocijos de las nuevas ante la venida del Salvador, es una mezcla de luz y de sombra, de alegría y de tristeza, de angustiosa incertidumbre y de seguro bienestar. Y este doble aspecto se descubre a cada paso en los textos de la Misa y del Oficio, y también en algunos detalles exteriores de la Liturgia.

   A excepción de muy contadas frases que traducen la inquietante expectación de la humanidad ante la demora excesiva de su Libertador y Consolador, y que se resumen en apóstrofes como éstos: "¡Ven a librarnos!... Ven, y no tardes... Ven pronto a visitamos...", etc.; todos los demás textos son acentos, de gozo y expresiones de vehementes de seos de saludar de cerca al Hijo de Dios. 

   La tristeza está más bien dibujada en algunos rasgos exteriores del culto, como son: el empleo en los domingos y ferias de Adviento, de los ornamentos morados, y de las casullas plegadas, o planetas, en lugar de majestuosas dalmáticas; la supresión de los floreros, del órgano, del "Gloria in excelsis", del "Te Deum", del "Ite missa est", y de las bodas solemnes.

   Todos esos son indicios indudablemente, de cierta preocupación y tristeza, comunes al Adviento y a la Cuaresma; pero el objeto del uno y otro período litúrgico los diferencia radicalmente, como bien lo manifiesta el uso diario, en Adviento, del festivo aleluya, nunca permitido en Cuaresma.

   El carácter de penitencia, que algunos recalcan por demás, le vino al Adviento; en le siglo VII, de la influencia del ayuno monástico; no de su propia esencia y espíritu. Pues de sus lo repetimos-, es una temporada de recogimiento y de santa y confiada expectación.

   3. Etapas del Adviento. - Desde el Papa Nicolás I, en el siglo IX, el Adviento consta de cuatro semanas, cuyos domingos son "estacionales". Cada dominica tiene su Misa y Oficio propios y hermosísimos, y señala un notable avance hacia el venturoso suceso de Belén. La silueta del Redentor se va perfilando de semana en semana y adquiriendo nuevos matices y relieves, hasta que, al fin, se le ve aparecer en carne mortal. Paralelamente se va pro clamando cada vez más alto la virginal Maternidad de María.

   El más célebre de estos domingos es el III, llamado "Gaudete" (alégrate) por la primera palabra del Introito, y porque traduce a maravilla el espíritu de la liturgia en este día, que es de extra ordinaria alegría.

   En él suspende la Iglesia todas las manifestaciones exteriores de luto, vistiendo a sus ministros de color rosa y de dalmáticas, engalanando con flores los altares y tañendo el órgano. En las etapas del Adviento, señala este domingo el punto culminante del progresivo ascenso a Belén. Con ser el equivalente al domingo "Laetare", IV de Cuaresma, no suscita en los fieles tanta alegría como aquel; pero es por que tampoco se halle sentir tanto su ausencia, ya que la tristeza de Adviento es muy moderada y obedece a muy distintas causas, como hemos dicho.

   Como a medio camino del Adviento, interpónense las IV Témporas (miércoles, viernes y sábado de la III semana), que con sus ayunos y abstinencias imprimen a la temporada un cierto tinte de austeridad y penitencia.

   Eran éstas las Témporas más importantes del año y las únicas en que, en la antigüedad, se celebraban las Ordenaciones. El miércoles era muy célebre en la Edad Media por su Evangelio "Missus est ", que inmortalizó San Bernardo con sus cuatro popularísimos sermones sobre las alabanzas de María. En él se proclamaban ante el pueblo los candidatos para las Ordenaciones.

   Pero la más amena y alentadora de todas es la etapa última, que abarca del 17 al 25, y que, con su repertorio de antífonas propias, a cada cual más vibrante, nos pone al Salvador ocho días antes de nacer, casi al alcance de la mano: "Ecce veniet dice, Ecce jam venit, De Sion veniet, Egredictur Dóminus, Constantes estote, etc."; y con la fiesta de la Expectación, al menos en España(4), nos envuelve anticipadamente en un ambiente de cuna.

   4. Las "Antífonas O".- Entre las Antífonas que, del 18 al 25 de diciembre, resuenan en los oficios del Adviento, las más solemnes y más célebres son las llamadas " Grandes Antífonas", o "Antífonas O", por empezar todas con esa exclamación. Son como las últimas explosiones de las fervientes plegarias de Adviento, y los últimos y más apremiantes llamamientos de la Iglesia al suspirado Mesías.

   Según Amalario de Metz, estas Antífonas son de origen romano, y probablemente datan del siglo VII. Fueron, en un principio, siete, ocho, nueve, y a veces, hasta diez y más; pero desde Pío V se fijó en siete su número. En cada una llámase al Mesías con un nombre distinto: Sabiduría, Adonai, Oriente, Rey, Emmanuel (Dios con nosotros). Han sido vaciadas todas en un mismo molde literario y traducidas a una misma melodía musical, siendo, bajo ambos aspectos, composiciones clásicas en las catedrales y monasterios, entónanlas cada día un canónigo o un monje distinto, revestido de pluvial y entre ciriales y repiques de campanas. 

   Antiguamente, al menos en las abadías, después del Abad y del Prior las entonaban por su orden: el monje jardinero, el mayordomo, el tesorero, el preboste y el bibliotecario, en atención a la afinidad que creían hallar entre cada uno de esos títulos y sus respectivos cargos. Servíanse de, viejos cantorales, iluminados con miniaturas y perfiles simbólicos. Todo este aparato y el significado mismo de las Antífonas, llevaban a las Vísperas de estos días numerosos fieles, que mezclaban sus voces con las del clero y así disponían pro gresivamente sus corazones para las alegrías de Navidad.

   Algún liturgista hace notar que las letras inicia les de estas Antífonas, invertidas, forman un ingenioso acróstico de dos palabras: ERO CRAS (estaré mañana), que es como la respuesta atenta del Divino Emanuel a esos siete llamamientos de la Iglesia. Hélo aquí:

ES     E mmanuel ......................  veni!   V
TA     R ex ................................  veni!   E
    O riens ............................  veni!   N
   
MA     C lavis ............................  veni!   V
ÑA     R adix .............................  veni!   E
    A donai ............................ veni!   N
NA     S apientia ......................... veni!  

   5. La Vigilia de Navidad. - El Adviento se clausura el 24 de diciembre con una solemne Vigilia, que en la Liturgia, lo mismo que en la vida hogareña y social, es como el alboreo de la Pascua, la sonrisa inicial del Divino Infante, y el primer repique del interminable campaneo que ha de es tallar en la "Misa del gallo", al oír cantar a los Ángeles: "¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad!"

   Esta Vigilia es posterior a la fiesta de Navidad. A diferencia de todas las demás Vigilias, ésta es de alegría y de alborozo; no obstante que, por no infringir las leyes litúrgicas, no se usa todavía en la Misa "Gloria" ni los ornamentos blancos, y persiste la obligación del ayuno(5). Los Oficios son un alerta continuado y un no interrumpido excitar a los cristianos a la digna preparación de sus corazones para la venida del Señor.

   En el Oficio de Prima, en los Coros de las Catedrales y de los Monasterios, se canta hoy con pompa inusitada la Kalenda o anuncio de la Navidad, según el Martirologio. El cantor, revestido de pluvial morado y entre ciriales encendidos, inciensa el libro, y comienza el cómputo en recto tono, pero muy solemne, hasta llegar al anuncio mismo del Nacimiento del Señor, en que sube de tono y cambia de melodía.

   Reza así el anuncio: "En el año 5199 de la Creación del mundo, cuando al principio creó Dios el cielo y la tierra; "en el 2957 del diluvio; en el 2015 del nacimiento de Abrahán; en 1510 de Moisés y de la salida del pueblo de Israel de Egipto; en el 1032 de la unción del rey David; en la semana 65 de la profecía de Daniel; en "la Olimpíada 194; en el año 752 de la fundación de Roma; en el 42 del imperio de Octavio Augusto; estando todo el orbe en paz; en la sexta edad del mundo: "Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre, queriendo consagrar al mundo con su misericordiosísimo Advenimiento concebido por el Espíritu Santo, y pasados nueve meses después de su concepción, nació hecho "Hombre, de la Virgen María, en Belén de Judá". (Se arrodillan todos los circunstantes, y prosigue el Cantor en tono más agudo): "Navidad de Nuestro Señor Jesucristo según "la carne". (Y continúa el acólito el anuncio de los San tos del día siguiente, empezando por la Santa Anastasia, de la que en la Misa de la "aurora" ha de hacerse mañana conmemoración).

   Este anuncio de la Navidad del Señor, tan solemne y tan grandioso, se parece bastante al que hace el diácono el Sábado Santo, en el canto " Exúltet", de la Pascua de Resurrección. ¡Lástima que a la casi totalidad de los cristianos se les pase hoy completamente desapercibido! 

   Al atardecer tienen lugar lag primeras Vísperas de Navidad, donde el Salvador aparece como Rey pacífico y magnífico, que viene a tomar posesión de la tierra. "Levantad vuestras cabezas -dice la Antífona-, y ved que se acerca vuestra redención". Sólo falta ya empezar los Maitines de Noche Buena, cuyo Invitatorio dice textualmente: "Nos ha nacido Cristo: venid, adorémosle" 


  • * Sacado de "La Flor de la Liturgia", del R. P. Andrés Azcárate O.S.B., 5ª Edición, 1945.

  • (1) Ver. can., can. 1252, § 2. (volver)  

  • (2)  Dom Cabrol: La Oración de la Iglesia. C. XVIII, § 11. (volver)

  • (3) Esta doctrina está admirablemente expuesta en el opúsculo "Notre piété pendant l'Avent" de Dom Beaudouin, O. S. B. (Aba día de Mont-César. Lovaina, 1919). (volver)

  • (4) Efectivamente, celebrábase en España, desde el siglo VII, el día 18 de diciembre, la fiesta de la Anunciiación. que más tarde cedió el lugar a esta oportunísima de la Expectación del Parto de la Santísima Virgen o "Ntra. Señora de la O", cuyo oficio tiene mucho de común con el de la Anunciación. (volver)

  • (5) Ha sido trasladado al sábado de Témporas. (volver)