A través del
Islam.
ISLAS MALDIVAS
Resolví entonces
dirigirme a Díbat al-Mahal [Islas Maldivas], de las que ya había oído halar.
Dibat se pronuncia como el nombre «loba», en árabe (di’ba). A los diez días de
habernos embarcado en Calicut, llegamos a estas islas, que son una de las
maravillas del mundo. Hay unas dos mil islas, de las cuales un centenar, o
poco menos, están agrupadas en círculo, como formando un anillo, de modo que
los navíos sólo pueden entrar allí por una especie de puerta. Cuando un barco
llega a una de ellas, tiene que contratar a un guía indígena, si quiere ir a
las otras islas; están tan cerca que, cuando sales de una, ya ves aparecer las
copas de las palmeras de la otra. Si el barco marra el camino, no puede entrar
en estas islas y el viento le lleva a la costa de Coromandel o a Ceilán.
Los
habitantes de las Maldivas son todos musulmanes, hombres religiosos y de buenas
costumbres. Están divididas estas islas en regiones, cada una de las cuales
tiene al frente un valí, que ellos llaman kurduw y que son las siguientes: Pálipúr;
Kannalús; Mahal, nombre por el que se conoce a todas las islas y región donde
habitan sus sultanes; Taládib; Karáydú; Taym; Taladummatí; Haladummati, que
sólo se diferencia de la anterior por la letra hache; Baraydü; Kandakal; Mulúk
y Suwayd, que es la más lejana. No hay ningún tipo de cultivo en las Maldivas,
excepto en Suwayd, donde se da un cereal parecido al anfl [especie de mijo], que llevan de aquí a la región de Mahal. La
alimentación de los isleños consiste fundamentalmente en un pescado parecido al
lirun, que ellos llaman qulb al-mas [bonito negro] y que tiene
la carne roja, sin nada de grasa, aunque huele como la carne de cordero; al
acabar la pesca, los cortan en cuatro trozos que cuecen un poco; poniéndolos
después en unos cestos de palmas, colgados encima del humo de la lumbre. No lo
comen hasta estar completamente seco, y llevan esta mojama a la India, a China
y al Yemen.
Mención de los árboles de las Islas Maldivas
La mayor
parte de los árboles que hay en estas islas son cocoteros, que, junto con el
pescado que acabamos de describir, constituyen la base de la alimentación de
los malvideños. Los cocoteros son árboles de naturaleza admirable, pues llegan
a producir doce racimos por año, o sea, uno por mes; pequeños unas veces,
grandes otras, secos o verdes, y así continuamente. Del coco hacen leche,
aceite y miel, tal y como hemos contado en la primera parte de nuestro viaje;
con la miel hacen dulces, que comen junto con la nuez de coco seca.
Esta
alimentación, a base de pescado y productos del cocotero, da un vigor
maravilloso y sin igual en la coyunda: los maldiveños son extraordinarios en
esto. Yo tuve en estas islas cuatro mujeres, aparte de las esclavas, y a todas
les hacía la ronda diaria, pasando luego la noche con la que le correspondía
por turno; y esto, durante el año y medio que estuve allí.
Los otros
árboles y plantas de las Maldivas son yambos, toronjos, limoneros y ñames. De
las raíces de estos últimos hacen harina, con la que preparan una especie de
fideos que cuecen en leche de coco: es uno de los mejores platos que conozco,
del que comí abundantemente, pues me gustaba muchísimo.
De la gente de estas islas y de algunas de
sus costumbres, seguido de la descripción de sus viviendas
Los
maldiveños son gente religiosa, de buenas costumbres, fe sincera y recta
intención; comen alimentos lícitos y sus plegarias son atendidas. Al
encontrarse, se saludan de esta guisa: «Dios es mi señor y Mahoma mi profeta. Y
yo soy un pobre ignorante». Son débiles de cuerpo y no son duchos en combates
ni guerras, pues no tienen más armas que sus oraciones. Estando en estas islas,
mandé un día cortar la mano de un ladrón y algunos de los que estaban en la
sala de audiencia se desmayaron. Los piratas hindúes, sin embargo, no les
atacan ni les causan espanto, pues ya han comprobado que a quien roba algo a
estas gentes le sobreviene de inmediato alguna calamidad; cuando los barcos
enemigos se acercan por esta zona, arramblan con lo que pueden coger a los
forasteros, pero a los maldiveños no les hacen ningún mal. Si un infiel hurta
cualquier cosa, aunque sea un limón, su jefe le escarmienta mandándole azotar
atrozmente, por miedo al castigo que puede caerles encima. A no ser por esto,
serían presa fácil de quienes quisieran atacarles, debido a su débil
naturaleza.
En todas las
islas hay hermosas mezquitas y casi todas las viviendas son de madera.
Estos isleños
son gente limpia, que no aguanta la suciedad; la inmensa mayoría se lava dos
veces diarias, para mantenerse limpios, debido a la calor tan rigurosa que
hace aquí y a lo mucho que se suda. Usan abundantes ungüentos aromáticos, como
el aceite de sándalo y otros, y se untan con algalia, que traen de Mogadiscio.
Las mujeres suelen llevar a su marido o a su hijo, tras el rezo de la
madrugada, una alcoholera, agua de rosas y unto de algalia, para que se
alcoholen los ojos y se acicalen el cutis con el agua de rosas y el aceite de
algalia,. a fin de que les desaparezca la palidez del rostro.
Se visten con
diversos paños: se atan un lienzo en la cintura, a modo de zaragüelles, y se
ponen en la espalda unos paños que llaman al-wilyán;
es decir, algo así como los alharim [indumentaria
sacra de los peregrinos en La Meca]. Unos se tocan con turbante y otros con un
pequeño pañuelo. Cuando se encuentran con el cadí o el jatib, se quitan el
paño de los hombros y le acompañan hasta su casa con la espalda descubierta.
Otra de sus costumbres es que cuando un hombre se casa y se dirige a la morada
de su esposa, ésta le alfombra con lienzos de algodón el espacio entre la
puerta de la calle y la de la alcoba, colocando además puñados de conchas a
ambos lados de este camino. La mujer le espera de pie en el umbral de la alcoba
y, cuando se acerca, le echa en los pies un paño, que recogen los criados del
marido. Si es la mujer la que va a la casa del esposo, también alfombran la
mansión y ponen conchas, pero es siempre la mujer quien, al acercarse, le echa
el paño a los pies del hombre. Observan este mismo ritual para saludar al
sultán, de manera que han de llevar siempre un paño en estas ocasiones, como ya
diremos.
Sus
construcciones son de madera y, para prevenir humedades, aquí muy abundantes,
levantan el piso de las casas a cierta distancia del suelo. Empiezan tallando
piedras de dos o tres codos de largo y colocándolas en varias hileras,
extendiendo por encima, a continuación, troncos de cocotero; luego alzan las
paredes a base de tablones, demostrando un gran oficio en todo ello. En el zaguán
construyen una habitación, que llaman malam,
donde se reúne el dueño de la casa con sus amigos y que tiene dos puertas:
una hacia el
zaguán, por la que entra la gente, y otra que da a la casa, por donde entra el
anfitrión. Al lado de este malam hay
una tinaja llena de agua, con un cazo llamado walanl, hecho de corteza de coco y con un mango de dos codos de
largo, mediante el cual sacan agua de los pozos, pues éstos son poco profundos.
Los maldiveños, ya sean plebeyos o gente alta, van todos descalzos y sus
callejas están barridas, limpias y sombreadas por árboles, de modo que quien
anda por ellas es como si fuera por un jardín. Aún así, todo el que entra en
una casa tiene antes que lavarse los pies con el agua de la tinaja cercana al malam, secándoselos en una esterilla
grosera hecha de fibra de cocotero allí dispuesta para tal uso, haciendo
también lo mismo para entrar en las mezquitas.
Cuando llega
un barco, los isleños suelen ir a su encuentro montados en kunduras, o sea, barquichuelas, llevando hojas de betel y karanbas, que son cocos verdes. Cada
cual ofrece estas cosas al tripulante del barco que más le place, quedando éste
convertido en huésped del isleño y trasladándose a su casa con todos sus
enseres, como si fuera uno de sus parientes. Si algún recién venido quiere
casarse, lo hace, y, cuando llega el momento de irse, repudia a su mujer, pues
las maldiveñas no salen de su país. A aquél que no se casa, la mujer de la
mansión donde se aloja le sirve y le hace la comida, preparándole, además, el viático
necesario el día en que se va, y se contenta, a cambio, con cualquier
insignificante regalo. Las ganancias del erario, que aquí dicen bandar, consisten en poder comprar un
lote de cada tipo de mercancías del barco por un precio fijo, tanto si los géneros
valen eso como si valen más: a esto llaman «ley del puerto» . Para la administración de este bandar, habilitan en todas las islas una
casa de madera, llamada balansár, donde
el kurduri, es decir, el valí, junta
toda la mercancía que puede comprarse y venderse. Cuando traen piezas de
cacharrería, los isleños las pagan en gallinas: un puchero se vende aquí por
cinco o seis de estas aves.
Los barcos se
llevan de estas islas el pescado del que hemos hablado, nueces de coco,
tejidos, los paños dichos wilyan y turbantes de algodón; también se
llevan vasijas de cobre, de las que hay muchas aquí, conchas y qanbar, que es como llaman a la fibra
del coco. Este qanbar lo curten en
hoyos abiertos en la playa, lo machacan con barras de hierro y luego las
mujeres hilan las fibras, con las que hacen cuerdas para unir el maderamen de
los barcos; estas sogas se llevan a China, la India y el Yemen, pues el qanbar es mejor que el cáñamo. Con estas
cuerdas están ligados los tablones de los barcos indios y yemeníes, pues este
mar abunda en arrecifes, y si las maderas estuvieran clavadas con puntas de
hierro, el barco se haría trizas al chocar contra los escollos, pero el hecho
de ir atadas con cuerdas le da mayor elasticidad a la nave, que de este modo no
se rompe.
En las Maldivas
utilizan como moneda las conchas de un molusco que recogen en el mar y meten en
hoyos cavados en la misma orilla, hasta que se le consume la carne y queda sólo
un hueso blanco. Un centenar de estas conchas recibe el nombre de siyah y a un total de setecientas le
llaman fal; doce mil
constituyen un kuttá y cien mil, un bustus. Comercian con ellas sobre la
base de cuatro bustus por dinar de
oro, aunque a veces valen menos, ya que llegan a cambiarse diez bustus por
un solo dinar. Con ellas compran arroz en Bengala, pues también en este país
las usan como moneda; los yemeníes las aceptan igualmente, porque las emplean
para lastrar sus barcos, en lugar de arena. Estas conchas son, asimismo, la
moneda utilizada en el país de los negros: yo he visto en Malí y en Yawyaw
[Gao, junto al Níger] canjear mil ciento cincuenta de estas piezas por un dinar
de oro.
Acerca de las malvideñas
Las mujeres
de las Islas Maldivas, incluida la sultana, llevan la cabeza descubierta y los
cabellos peinados y recogidos a un lado. Casi todas se visten con un solo paño,
que les llega del ombligo a los pies, quedando desnudo el resto del cuerpo, y
de esta guisa andan por los zocos y demás sitios. Cuando fui designado para el
cadiazgo de estas islas, me esforcé en cortar tal costumbre, ordenando a las
mujeres que se vistieran, pero no pude conseguirlo; todo lo más que logré fue
que, cuando vinieran a yerme para presentar una querella, entraran
completamente vestidas. Algunas llevan, además del dicho paño, unas camisas de
mangas cortas y anchas. Yo tenía unas jóvenes esclavas que vestían como las
mujeres de Delhi y llevaban cubierta la cabeza, pero esto las afeaba mas que
embellecerlas, ya que no estaban acostumbradas a ello.
Se aderezan
con brazaletes, de los que se ponen varios en cada brazo, desde la muñeca hasta
el codo; estas pulseras suelen ser de plata: sólo las llevan de oro las mujeres
del sultán y de su parentela. Llevan también ajorcas, que aquí dicen báyl, y collares de oro, llamados basdarad, que les caen sobre el pecho.
Una de sus
raras costumbres consiste en ponerse a servir a sueldo en las casas por una
cantidad fija que no pasa de los cinco dinares, aparte de la manutención, que
corre a cargo del patrón. En modo alguno ven esto como una vergüenza, y casi
todas las muchachas lo hacen; puedes encontrarte en casa de un hombre rico
hasta con diez o veinte de ellas. El valor de todas las vasijas que rompan, se
les descuenta del salario: si alguna quiere salir de una casa para entrar en
otra, la nueva familia le paga la deuda que tenga con los anteriores amos,
pasando la muchacha, de esta manera, a estar empeñada con los nuevos señores.
La principal labor que desempeñan estas asalariadas es hilar el qanbar.
Casarse en
estas islas es fácil, por lo exiguo del acidaque y lo agradable que resulta el
trato carnal con las mujeres de aquí. La mayoría de los hombres ni siquiera
mencionan el acidaque, sino que pronuncian la saháda [profesión de fe musulmana] y entregan la dote estrictamente
legal. Cuando atracan los barcos, sus tripulantes se casan con las isleñas y, a
la hora de partir, las repudian, pues ellas no salen nunca de su país; es
decir, que se trata de una especie de casamiento de placer. No he visto en el
mundo mujeres mejores que éstas, en lo que se refiere a cohabitar con ellas. La
maldiveña no encomienda a nadie el cuidado del marido, sino que ella misma le
pone la mesa y se la quita, le lava las manos, le trae el agua para las
abluciones y le tapa los pies cuando duerme. Tienen la costumbre de no sentarse
a la mesa con su esposo, para que éste no sepa lo que come su mujer. Yo me casé
en las Maldivas con varias mujeres: algunas comieron conmigo, después de
engatusarlas, pero otras no lo hicieron y no conseguí verlas comer, por más
artimañas que urdí.
Relato del motivo por el que los habitantes
de estas islas abrazaron el Islam y mención de los genios malignos que les
causaban daño todos los meses
Gente de
aquí, digna de toda confianza, como el alfaquí Isá al-Yamani [el Yemení 1, el
maestro y alfaquí Ali, el cadí Abdallh y algunos otros me contaron que los
isleños eran antes infieles y que todos los meses se les aparecía un genio
maligno por el lado del mar, que asemejaba un barco lleno de linternas. Habían
tomado la costumbre, cuando le avistaban, de coger a una moza virgen y llevarla
engalanada a una budjana, o sea, un
templo de ídolos que se alzaba en la costa, con una ventana que daba al mar; la
dejaban allí toda esa noche y, al volver a la mañana siguiente, la hallaban
desflorada y muerta. Así pues, todos los meses echaban a suertes entre ellos y
a quien le tocaba, tenía que entregar a su hija. En esto, llegó a las Maldivas
un magrebí, llamado Abü-l-Barakát al-Barban [el Beréber] que sabía de memoria el excelso Corán, y que se alojó en casa de una vieja de la isla de Mahal. Un
día que fue a visitar a la vieja, vio cómo ésta había reunido a la familia y
cómo las mujeres lloraban como plañideras en un funeral; preguntó qué les
pasaba y no le contestaron. Llegó entonces un trujamán, que le hizo saber que
ese mes, al echar suertes, le había tocado a la vieja, la cual sólo tenía una
hija que habría de morir en manos del demonio. Abúl-Barakát dijo a la vieja:
«Yo iré esta noche, en lugar de tu hija», pues era completamente imberbe. Le
llevaron allí esa noche, le metieron en la budjana,
después de haber hecho las abluciones, y se puso a recitar el Corán, cosa que siguió haciendo cuando
vio aparecer al demonio por la ventana. Este, al oír lo que estaba canturreando
El Beréber, se hundió en el mar, de
modo que, al amanecer, el marroquí continuaba leyendo el Corán. Llegaron entonces, de una parte, la vieja con su familia, y
de otra, los demás habitantes de la isla para llevarse a la muchacha e
incinerarla, según su costumbre, y hallaron al marroquí en plena salmodia. Le
condujeron a su rey, que se llamaba Sanuráza, y le dieron noticia de lo
ocurrido, quedando el monarca maravillado. El marroquí quiso entonces persuadirle
para que se convirtiera al Islam y le instó a ello, pero el rey le dijo:
«Quédate aún otro mes con nosotros y, si vuelves a hacer lo que has hecho y te
libras del demonio, me haré musulmán». Abül-Barakát se quedó allí y Dios abrió
el pecho del rey para que pudiera complacerse en la fe islámica, de modo que se
hizo musulmán antes de terminar el mes, así como su familia e hijos y la gente
de su corte. Ya entrado el mes siguiente, llevaron al marroquí a la budjana y se puso a recitar el Corán hasta el alba, pero el demonio no
apareció. Llegó el sultán con una gran cantidad de gente y le encontraron
enfrascado en la lectura del Corán, así
que destrozaron los ídolos y demolieron la budjana.
Los indígenas de Mahal se hicieron musulmanes y difundieron la noticia por
las demás islas, cuyos habitantes abrazaron también el Islam. El marroquí quedó
allí, siendo muy venerado por los isleños, los cuales siguieron su escuela,
que era la del imán Málik, a quien Dios tenga en su santa gloria. Aún hoy en
día, los maldiveños tienen en gran estima a los marroquíes, a causa de
Abú-l-Barakát, el cual llegó a construir una mezquita que lleva su nombre. Yo
he leído una inscripción en madera, sobre la macsura de la aljama, que dice:
«El sultán Ahmad Sanúráza se hizo musulmán de la mano de Abü-l-Barakát el Beréber,
el Marroquí». Este sultán asignó un tercio de los tributos de las islas como
limosna para los viajeros, ya que habíase convertido al Islam por uno de ellos;
el nombre actual de esta cantidad guarda todavía relación con tal hecho.
A causa del
mentado genio maligno, muchas de las islas quedaron despobladas, antes de su
conversión al Islam. Cuando entramos en las Maldivas, yo no sabía nada de este
asunto y, mientras estaba una noche ocupado en mis cosas, oí que la gente
voceaba el tahlil y el takbir
y vi que los niños llevaban en las cabezas ejemplares del Corán y que las mujeres golpeaban
aljofainas y vasijas de cobre. Quedé pasmado ante semejante conducta y les
pregunté: «¿Qué os pasa?». «¿No has visto lo que hay en el mar?», me
respondieron. Miré y percibí algo así como un gran barco lleno de lámparas y
antorchas. «Es el demonio —me dijeron—, que suele aparecer una vez por mes,
pero cuando hacemos lo que has visto, se aleja y no nos causa daño alguno».
Mención de la sultana de las islas Maldivas
Otra de las
maravillas de estas islas es que tienen por sultán a una mujer, Jadiya, hija
del sultán Yalal ad-Din Umar hijo, a su vez, del sultán Salál ad-Dín Sálih alB
anyálí [El Bengalí]. El reino
perteneció primero a su abuelo y luego a su padre, que al morir se lo dejó en
herencia a su hijo Siháb ad-Din, hermano de Jadiya. Este Siháb ad-Dín era aún
muy joven y el visir Abdalláh b. M. alHadrami [de Hadramawt] se casó con su
madre y le tuvo dominado. El dicho Abdalláh casó también con la sultana Jadiya,
cuando murió su primer marido, el visir Yamál ad-Dín, como ya relataremos. Cuando
Siháb ad-Dín llegó a la mayoría de edad, expulsó a su padrastro, el visir
Abdalláh, y le desterró a las islas de Suwayd, quedándose con todo el poder;
nombró entonces visir a uno de sus clientes,
llamado Ali Kalakí, al que destituyó al cabo de tres años, desterrándole
también a Suwayd. Se decía de este sultán que frecuentaba por las noches los
harenes de sus notables y gente de su corte, por lo que fue destronado y
deportado a la región de Haladutani, donde mandaron después a un individuo que
le eliminó.
Así, no
quedaron de la familia real más que las tres hermanas del muerto: Jadiya, la
mayor; Maryam y Fátima. Los maldiveños proclamaron sultana a Jadiya, que estaba
casada con el jatib Yamál ad-Dín, el cual se convirtió en visir y se hizo con
el poder, nombrando como sustituto suyo en el cargo de jatib a su hijo Muhammad.
De todas formas, los decretos se promulgan siempre en nombre de Jadiya, y se
escriben en hojas de palma con un hierro curvo, parecido a un cuchillo, pues no
emplean el papel más que para los ejemplares del Corán y los libros de ciencia. El jatib menciona a la sultana en el
sermón del viernes y algún otro día más, diciendo:
«Dios mío,
asiste a tu comunidad, a la que has elegido, en tu sabiduría, entre los demás
pueblos, y a cuya cabeza has puesto, como prueba de misericordia para con todos
los musulmanes, a la sultana Jadiya, hija del sultán ‘alál ad-Dín, hijo del
sultán Salál~ ad-Din».
Cuando un
algarivo llega aquí y se dirige al salón del consejo, que dicen dár, ha de llevar consigo dos trozos de
paño, pues ésta es la costumbre. Al acercase a presentar sus respetos por el
lado de la sultana, le echa un paño a los pies, y luego, al saluda al visir,
que es Yamál ad-Dín, el marido de Jadiya, le tira el otro trapo.
Las tropas de
esta sultana están formadas por unos mil hombres, casi todos extranjeros,
aunque hay algunos nativos. Todos los días van al dar, ofrecen sus servicios y se retiran. La soldada se la pagan en
arroz, que les reparten todos los meses en el bandar; a fin de mes, se presentan en el dar, saludan y le dicen al visir: «Haz llegar a la sultana nuestros
respetos y hazle saber que hemos venido a pedir nuestra soldada». Y entonces,
sin dilación alguna, se dan las órdenes necesarias para ello. El cadí y los
funcionarios, que aquí se llaman visires, también van todos los días al dar, ofrecen sus servicios, presentan
sus respetos por medio de los eunucos y se retiran.
De los funcionarios y sus cometidos
Los
maldiveños llaman kalaki al gran
visir, al lugarteniente de la sultana, y al cadí le dicen fandayarqalu. Todos los pleitos van a parar al cadí, que es el
personaje más respetado por esta gente: acatan su autoridad tanto como la del
sultán, o aún más. Se sienta en una alfombra, en el mismo dár, y posee tres islas, en las que recauda por su cuenta los
tributos, según una antigua costumbre implantada por el sultán Ahmad Sanúráza.
Al jatib le dicen handiyari; al
canciller del diván, fama/dan; al
jefe de obras públicas, mafakalu; al
jefe de policía, fitnayak; y al
almirante de la flota, münayak. Todos
ellos reciben el nombre de visires.
En estas
islas no hay cárceles, así pues los criminales son encerrados en las casas de
madera donde se guardan los bultos de los mercaderes, aprisionándoles a cada
uno en una canga, como hacemos nosotros con los cautivos rumíes.
De mi llegada a estas islas y de las mudanzas
de mi fortuna en ellas
Cuando llegué
a las Maldivas, desembarqué en la isla de Kannalüs, hermosa y con muchas
mezquitas. Me alojé en casa de un hombre muy piadoso y luego me convidó a ir a
su morada el ilustre alfaquí Ali, que tiene varios hijos dedicados al estudio
de las ciencias. Encontré en Kannalús a un individuo llamado Muhammad, oriundo
de Zafár al-Ijumüd [en Yemen], que me hospedó y me dijo: «Si entras en la isla
de Mahal, el visir te retendrá en ella, pues no tienen cadí». Mi propósito, sin
embargo, era salir de las Maldivas hacia China, pasando por la costa de
Coromandel, Ceilán y Bengala. Yo había llegado a estas islas en el barco del
patrón Umar al-Hinawri, virtuoso peregrino, que, tras diez días de estancia en
Kannalus, alquiló una kundura para
dirigirse a la isla de Mahal, con un presente para la sultana y su marido.
Quise ir con él, pero me dijo: «Tú y tus compañeros no cabéis en la kundura: si quieres venir tú solo,
puedes hacerlo». Rehusé su ofrecimiento y se hizo a la mar, pero el viento le
gastó una buena jugada y tuvo que volver a Kannalús al cabo de cuatro días,
después de haber sufrido diversas calamidades. Se disculpó conmigo y me conminó
a que le acompañara, junto con mis amigos.
Partimos por
la mañana temprano y desembarcamos a eso del mediodía en una de las islas, de
la cual salimos para pernoctar en otra. A los cuatro días de navegación,
llegamos a la región de Taym, cuyo kurduu’i.
llamado Hilál, me mandó saludos, me hospedó y vino a mi encuentro con
cuatro individuos, dos de los cuales cargaban a hombros un palo del que
colgaban cuatro gallinas, mientras los otros dos llevaban una estaca parecida,
en la que habían atado unas diez nueces de coco. Me extrañé del aprecio que
hacían de cosas tan desdeñables y me dijeron que obraban así en señal de
respeto y estima. Salimos de Taym y al sexto día desembarcamos en la isla de
Utmán, hombre excelente, de los mejores que he conocido, que nos hospedó y
trató con toda consideración. Al octavo día, llegamos a la isla de un visir que
le dicen atTalamdi.
Por fin, a la
décima jornada, llegamos a la isla de Mahal, donde residen la sultana y su
marido, y anclamos en el puerto. Tienen aquí la costumbre de que no pueda nadie
desembarcar en el puerto, a no ser con su permiso. Nos lo concedieron y quise
entonces dirigirme a alguna mezquita, pero los sirvientes que estaban en el
muelle me lo impidieron, diciendo: «Hay que visitar antes al visir». Yo había
recomendado al patrón que, cuando le preguntaran por mí, dijera no conocerme,
por miedo de que me retuvieran allí; pero ignoraba que, a la sazón, habían
recibido ya una carta de un entrometido, dándoles noticias mías y contando que
había sido cadí en Delhi. Cuando llegamos al dár, es decir, a la sala de audiencia, nos acomodamos en unas
bancas orilla de la tercera puerta; el cadí Isá al-Yamani vino a saludarme y
yo, por mi parte, saludé al visir. Llegó entonces el patrón Ibráhím con diez
piezas de paño y presentó sus respetos a la sultana, echándole a los pies uno
de los lienzos y haciendo luego lo mismo con el visir, hasta que tiró todos los
paños. Le preguntaron por mí y dijo que no me conocía. A continuación, nos
sacaron hojas de betel y agua de rosas, que entre ellos es señal de gran
respeto, y nos alojaron en una casa, donde nos enviaron luego una comida
consistente en una gran fuente llena de arroz y rodeada de pequeñas zafas con
carne cocida en adobo, gallinas, manteca y pescado.
Al día
siguiente, fui con el patrón del barco y el cadí Isá al-Yamani a visita una
zagüía que había construido el virtuoso jeque Nayib, en una punta de la isla;
volvimos por la noche y, apenas entrada la mañana, el visir me mandó un vestido
y un banquete de huésped, en el que había arroz, manteca, carne en adobo,
nueces de coco y miel de este mismo fruto, que aquí dicen qurbáni o sea, «agua de azúcar». Trajeron también mil conchas para
mis gastos. A los diez días llegó un baco de Ceilán, donde venían faquires
árabes y persas que me conocían y hablaron de mí a los criados del visir, lo
que hizo aumentar el júbilo de éste por mi llegada. Me mandó llamar al comenzar
el mes de Ramadán y me encontré allí con los otros visires y emires; sirvieron
la comida en mesas, sentándonos a cada una de ellas un grupo de convidados. El
visir me mandó sentar a su lado, en compañía del cadí Isá, del visir famaldári [canciller del diván] y de
Umar el visir dahard. que quiere
decir el «almocadén de las tropas». La comida de estos isleños suele consistir
en arroz, gallinas, manteca, pescado, carne en adobo y plátanos cocidos; al
final, beben miel de coco mezclada con especias, pues facilita la digestión.
El noveno día
del mes de Ramadán, murió el yerno del visir; su hija había estado ya desposada
con el sultán Siháb ad-Din pero ninguno de sus maridos había consumado el
matrimonio con ella, debido a su corta edad. Su padre, el gran visir Yamál
ad-Din, la recogió otra vez en su casa y me entregó a mí la de la viuda, una de
las más bellas mansiones de Mahal. Le pedí permiso para da en ella un banquete
a los faquires que vinieran de visitar el Pie de Adán [en la isla de Ceilán], y
no sólo me lo concedió, sino que me envió, además, cinco corderos, animales muy
estimados por los isleños, pues han de traerlos de las costas de Coromandel y
Malabar o de Mogadiscio. Mandóme también arroz, gallinas, manteca y especias.
Hice que lo llevaran todo a casa del visir Sulaymán, el manayak [almirante de la flota], el cual ordenó que me lo cocinaran
con esmero, aumentando la cantidad por su cuenta, además de enviarme tapices y
vasijas de cobre. Rompimos el ayuno, como de costumbre, en la mansión de la
sultana, junto con el visir, a quien pedí autorización para que asistieran a mi
banquete algunos de los otros visires, contestándome entonces que él también
iría. Le di las gracias, me retiré y, al llegar a mi casa, ya estaba allí
Yamál-ad-Din con los otros visires y notables del Estado. Sentóse el visir en
alto, en un pabellón de madera, y todos los emires y visires que iban llegando
le saludaban y tiraban un trozo de lienzo sin coser, de modo que se juntaron
unos cien paños, que recogieron los faquires. Sirvióse enseguida la cena y
comimos; los almocríes salmodiaron algunos trozos del Corán con sus bellas voces y, acto seguido, los faquires se pusieron
a cantar y baila. Hice preparar una buena hoguera y los faquires entraron en
ella, pateándola con los pies desnudos; algunos se comían los tizones
encendidos, como quien come dulces, hasta que el fuego se fue apagando.
Mención de algunos favores que me hizo el
visir Yamal ad-Din
Al final de
la noche, como el visir se retirara, le acompañé; pasamos por un jardín
perteneciente al erario y me dijo: «Este jardín es tuyo. Te construiré aquí una
casa, para que habites en ella». Le agradecí su buena acción y le bendije. Al
día siguiente, me envió una joven esclava con un criado suyo, que me dijo: «El
visir te manda decir que puedes quedarte con esta muchacha, si te agrada; si
no, te enviará una esclava marhata». Las
jóvenes marhatas me gustaban mucho,
así que respondí: «Quiero la joven marbata».
Me mandó una, llamada Qul Istán, o sea «Flor del Jardín», la cual conocía
el persa y me agradó mucho. Los maldiveños hablan una lengua que no conseguí
aprender.
Al otro día,
me envió una joven esclava del Coromandel, llamada Anbarí [Ambarina], y, la noche siguiente, después del
último rezo, vino él mismo a yerme, con un grupo de amigos. Entró en casa con
dos pequeños esclavos, le saludé y me preguntó cómo estaba; le contesté
bendiciéndole y dando las gracias por todo. En esto, uno de los esclavos le
puso delante una luqsa [o buqia] es decir, una
especie de sabaniyya [velo negro de
crespón] y él sacó de allí unas telas de seda y una cajita llena de perlas y
alhajas. Diómelo todo, diciendo: «Si te hubiera enviado todo esto con la
esclava, ella hubiera dicho: “Esto es mío, lo he traído de la casa de mi amo”.
Ahora que es tuyo, puedes regalárselo a ella». Volví a bendecirle y a darle las
gracias, pues bien sabe Dios que se lo merecía.
Del cambio de actitud de este visir, de mi
voluntad de marchar de las Islas Maldivas y de cómo me quede en ellas
El visir
Sulaymán, el manáyak, me ofreció a su
hija en matrimonio, por lo que pedí autorización para casarme al visir Yamál
ad-Dín. Pero el mensajero volvió diciendo; «No le agrada el asunto, pues quiere
casarte con su hija cuando haya expirado el plazo legal para sus nuevas
nupcias». Yo rechacé esta proposición por temor al mal agüero de la hija de
Yamál ad-Din, pues ya se le habían muerto dos maridos sin haber llegado a desflorarla.
Entretanto, caí enfermo de fiebres: parece que todo el que entra en esta isla,
debe padecerlas. Resolví entonces, de una vez por todas, irme de allí; cambié
algunas alhajas por conchas y alquilé un barco para dirigirme a Bengala, pero,
cuando iba a despedirme del visir, salió a mi encuentro el cadí y dijo: «El
visir te manda decir que, si quieres irte, antes de partir has de devolvernos
lo que te hemos dado». «He comprado conchas —le respondí— con algunas alhajas,
así pues haced lo que os parezca». Volvió más tarde, diciéndome: «El visir
dice que te hemos dado oro, y no conchas», a lo cual le repliqué: «Pues las
venderé y os daré el oro». Mandé, pues, que me negociaran con los mercaderes la
compra de las conchas, pero el gran visir ordenó que no lo hicieran, ya que,
con todo esto, trataba de conseguir que no me fuera de Mahal. Envióme luego a
uno de su privanza, a decirme: «El visir quiere que permanezcas con nosotros y
tendrás cuanto desees». «Estoy bajo su autoridad —me dije para mis adentros—.
Si no quedo de buen grado, será por las malas: mejor será quedar por mi gusto».
«De acuerdo —contesté al mensajero—, me afincaré aquí». Corrió a decírselo a
Yamal ad-Dín, quien se alegró mucho y me hizo llamar.
Cuando fui a
verle, se levantó y, abrazándome, dijo: « ¡Queremos tenerte cerca y tú, sin
embargo, quieres alejarte de nosotros!». Le presenté mis disculpas, que
aceptó, y le dije: «Si queréis que me quede, os impondré mis condiciones». «Las
aceptaremos —replicó— ¡Acuérdalas!». «No puedo pasear a pie», le respondí. La
costumbre de estas islas es que nadie, salvo el visir, vaya montado, así que
cuando cabalgué el caballo que me dieron, la gente me seguía asombrada, tanto
chicos como grandes, de tal modo que hube de quejarme al visir. Mandó que tocaran
la dunqura y que pregonaran entre la
gente que no me siguiera nadie. La dunqura
es una especie de aljofaina de cobre que golpean con un hierro, y cuyo
sonido se escucha desde muy lejos; cuando dejan de tocarla, echan el pregón
ante el público. «Puedes ir en palanquín, si quieres —me dijo Yamál ad-Din—;
si no, tenemos un alazán y una yegua, a tu elección». Escogí la yegua y me la
trajeron al instante, así como un vestido.
Dije luego al
visir: «¿Qué hago con las conchas que he comprado?». «Manda a uno de tus
compañeros a Bengala, para que te las venda allí», me contestó. «Pero entonces
—le dije— tienes que enviar con él a alguien que le ayude». «De acuerdo»,
replicó. Así pues, mandé para Bengala a mi amigo Abú M. b. Farlián, en compañía
de un hombre llamado Alí el Peregrino. Mas aconteció que espantóse el mar y
tuvieron que tira todo lo que llevaban en el barco, incluido el mástil, las
provisiones, el agua y los odres; estuvieron dieciséis noches a la deriva, sin
velamen, timón ni nada, hasta que avistaron la isla de Ceilán, tras haber
pasado hambre, sed y otras calamidades. Mi amigo Abú M. se presentó ante mí al
cabo de un año, habiendo visto el Pie de Adán, que volvió más tarde a visitar
conmigo.
Relato de la fiesta a la que asistí con estos
isleños
Al finalizar
el mes de Ramadán, el visir me envió un vestido y fuimos a la musalla[lugar de oración]. El camino entre su casa y la mu.alla había sido engalanado
alfombrando el suelo con telas y disponiendo a derecha e izquierda montones de
doce mil conchas cada uno. Todos los emires y notables cuyas casas daban a este
camino, habían plantado junto a la fachada pequeños cocoteros, palmas de areca
y plátanos y habían colgado cocos verdes en unos cordeles tendidos de un árbol
a otro. El amo de la casa estaba parado en la puerta y cuando pasaba el visir,
le echaba a los pies una pieza de seda o algodón, que los esclavos de Yamál
ad-Dín recogían, así como las conchas amontonadas en el camino. El visir iba a
pie, vestido con un mantelete egipcio de pelo de cabra, tocado con un gran
turbante y con un pañuelo de seda al cuello; llevaba sandalias y cuatro
sombrillas le protegían la cabeza. Todos los demás iban descalzos. Los
albogues, añafiles y atabales abrían la marcha y el visir estaba en medio de
los soldados, que iban gritando: « ¡Dios es grande! » hasta que llegaron a la musalla. Una vez rezada la zalá, el hijo
de Yamál ad-Dín pronunció el sermón y luego trajeron un palanquín, al que subió
el gran visir. Los emires y visires le hicieron la venia, echándole piezas de
paño, según su costumbre. Era la primera vez que el visir subía aquí al
palanquín, pues esto sólo lo hacían los reyes.
Acabado el
saludo, unos hombres alzaron el palanquín, yo monté en mi alfaraz y entramos en
el alcázar, donde el gran visir sentóse en sitio elevado, rodeado de los
visires y emires. Los esclavos permanecieron en pie, armados de adargas,
espadas y bastones. Trajeron luego la comida y, al final, nueces de areca,
hojas de betel y sándalo en una pequeña zafa; algunos de los que terminaban de
comer, se frotaban con este sándalo. En el almuerzo vi algunos platos de
sardinas, saladas y crudas, traídas como regalo de Kawlam, pues dicho pescado
es muy abundante en la costa de Malabar. El visir cogió una sardina y se puso a
comerla, diciéndome: «Come este pescado, pues carecemos de él en nuestro
país». «¿Cómo voy a comerme estas sardinas, si están crudas?», le respondí.
«No, están cocidas», dijo él. «Las conozco de sobra —dije—, pues hay muchas en
mi país».
De mi casamiento y designación para el cadiazgo
El segundo
día del mes de Sawwal convine con el
visir Sulaymán Mánáyak en casarme con su hija y le pedí al visir Yamál ad-Din
que presidiera en su alcázar la ceremonia de matrimonio. El gran visir aceptó y
dispuso el sándalo y las hojas de betel, según la costumbre. La gente ya había
llegado y como el visir Sulaymán se demorara, se le mandó llamar, pero no vino;
se le requirió una segunda vez y se disculpé diciendo que su hija estaba
enferma. El gran visir me dijo, a solas: «Eso es que su hija se niega a
casarse, y es dueña de sus actos. Pero, ya que la gente ha venido a la boda,
¿por qué no te casas con la madrastra de la sultana, viuda de su padre?». La
hija de esta mujer estaba casada con el hijo de Yamál ad-Din, así que acepté la
alianza. Convocó al cadí y a los testigos, se recité la saháda y el visir pagó el acidaque. Me trajeron a la desposada, que
era una de las mejores mujeres que he conocido, al cabo de unos días. Era muy
agradable cohabitar con ella, hasta el punto de que me daba masajes y me
perfumaba las ropas con incienso; estaba siempre sonriente, sin sufrir cambios
de humor.
Casado ya con
esta mujer, el visir me forzó a aceptar el cadiazgo. Me eligió a mí porque yo
le había echado en cara al cadí que se quedase con el diezmo de las sucesiones,
cuando las repartía entre los herederos, diciéndole: «Tú debes cobra solamente
una tarifa, acordada de antemano con los herederos». Este juez no hacía nada a
derechas. Una vez nombrado cadí, empleé todos mis esfuerzos en hacer cumplir
las prescripciones de la ley, teniendo en cuenta, además, que aquí los pleitos
no se llevan de la misma manera que en nuestro país. La primera mala costumbre
que cambié fue la que tenían las mujeres divorciadas de permanecer en la casa
del que las había repudiado, de modo que cada una de ellas seguía habitando en
la morada de su antiguo marido, hasta casa de nuevo: zanjé este asunto, sin
admitir excusas. Me trajeron a unos veinticinco hombres que se habían
comportado así y les hice azotar, exponiéndoles a la vergüenza pública en los
zocos, mientras a las mujeres las obligué a salir de las casas. Me mostré
inflexible en el cumplimiento de los rezos y mandé a los hombres que corrieran
a los zocos y callejas al acaba la zalá del viernes: al que hallaban sin haber
rezado, le mandaba azotar y le sacaba a la vergüenza. A los imanes y almuédanos
que disfrutaban de sueldo, obligué a que hicieran siempre su trabajo y escribí
a las otras islas, dictando estas cosas. Me esforcé también en vestir a las
mujeres, pero esto no pude conseguirlo.
Mención de la llegada del visir Abdallah b.
M. al-Hadrami que había sido desterrado a Suwayd por el sultán Sihab ad-Din, y
de lo que pasó entre nosotros
Me había
casado con la hijastra de este Abdalláh hija de su actual mujer. Como, además, yo
quería muchísimo a esta esposa mía, cuando el gran visir mandó por él y le hizo
volver a la isla de Mahal, le envié unos obsequios, fui a recibirle y le
acompañé al alcázar de la sultana. Saludó allí al visir Yamál ad-Din, que le
alojé en una muy buena casa, donde yo fui a visitarle alguna vez. Luego
aconteció que pasé el mes de Ramadán en retiro espiritual y todo el mundo vino
a visitarme, menos Abdalláh Acompañé al visir Yamál ad-Din cuando éste vino a
yerme, pero sólo por pura casualidad, de modo que un sentimiento de desagrado
nació entre nosotros. Por otra parte, al salir de mi retiro, los tíos maternos
de mi mujer, la hijastra de Abdalla, se acercaron a presentarme una queja.
Resulta que eran hijos del visir Uamál ad-Din as~Sinjrai, el cual había nombrado
albacea suyo al visir Abdallah; pues bien, éste retenía aún en sus manos los
bienes de los herederos, a pesar de que ya habían salido, según la ley, de la
edad de tutela. Así pues, me pidieron que compareciera a juicio. Yo
acostumbraba citar a los litigantes enviándoles un trozo de papel, escrito o
en blanco; al recibirlo debían apresurarse a comparecer ante el tribunal de
justicia, pues si no, les castigaba. Esto mismo hice, siguiendo mi costumbre,
con Abdalláh, por lo que montó en cólera y me aborreció, pero ocultó su
enemistad y encargó a uno que hablara en su lugar, llegándome así, de su parte,
palabras vergonzosas.
Los de Mahal,
tanto la gente baja como la alta, solían saludar a Abdallah del mismo modo que
al visir Yamál ad-Din, a saber, tocando el suelo con el dedo índice,
besándoselo y llevándoselo a la cabeza. Mandé al pregonero que vocea en el
palacio del sultán, ante testigos, que aquel que hiciera la venia al visir
Abdalláh de la misma guisa que al gran visir, sufriría un duro castigo, y le
encargué no dejar a la gente actuar así. La enemistad de Abdallah contra mí
aumentó aún más.
Yo, entonces,
tomé otra esposa, hija de un visir muy respetado por los isleños, cuyo abuelo
había sido el sultán Dáwúd, nieto, a su vez, del sultán Ahmad Sanúráza. Más
tarde casé también con una mujer que había sido esposa del sultán Siháb ad-Dín,
y construí tres casas en el jardín que me donara el gran visir. Mi cuarta
mujer, la hijastra del visir , la esposa que yo más quería, vivía en su propia
casa. Cuando hube emparentado con estos que he dicho, el gran visir y la gente
de la isla me temieron y respetaron, pues se sentían más débiles que yo. A
partir de entonces me calumniaron repetidas veces ante Yamál ad-Din,
encargándose de ello, sobre todo, el visir Abdalláh, hasta que consiguieron
enemistarle conmigo.
De cómo me separé de la gente de Mahal y de
los motivos que hubo para ello
Cierto día
acaeció que la esposa de un antiguo esclavo del sultán Yalál ad-Din fue a
quejase al visir de que su marido cometía adulterio con una mujer que fuera
concubina del dicho sultán, afirmando, además, que en ese mismo momento estaba
con ella. El visir envió a sus testigos, que entraron en casa de la concubina y
encontraron al criado durmiendo con ella en la misma cama, por lo que les
metieron a los dos en la cárcel. La noticia me llegó al amanecer del día
siguiente y acudí a la sala del consejo, sentándome en mi sitio, como de
costumbre, pero no dije ni una palabra del asunto en cuestión. Entonces, se
acercó uno de los notables y me dijo: «El visir te pregunta si necesitas algo».
«No», respondí. Él esperaba que yo hablara del tema de la concubina y el
esclavo, pues mi costumbre era no deja ningún pleito sin juzgar, pero como
estábamos enemistados y distanciados, decidí abstenerme de intervenir en esta
causa. Pasado un rato, volví a mi casa y me senté a dictar sentencias; de
pronto, llegó uno de los visires y me dijo: «El gran visir me manda notificarte
que ayer ha ocurrido esto y lo otro en el asunto de la concubina y el esclavo,
así que júzgales a ambos según la ley». «Esta causa —le contesté— no procede se
juzgue más que en la misma casa del sultán». Torné, pues, allí y, estando ya
reunida la gente, comparecieron la concubina y el esclavo; mandé azotarles a
ambos, soltando luego a la mujer, mientras que retuve al hombre en prisión.
Hecho esto, volví a mi casa, donde el visir me envió a unos cuantos de sus
grandes, para convencerme de que soltara al esclavo. «Intercedéis ante mí —les
dije— en favor de un esclavo negro que ha mancillado la honra de su amo y, sin
embargo, ayer destronásteis y matásteis al sultán Siháb ad-Din por haber
entrado en casa de uno de sus criados». Acto seguido, mandé azotar al esclavo
con varas de bambú, cuyos golpes son más duros que los de los azotes, y le
saqué a la vergüenza por toda la isla, con una cuerda al cuello.
Los
mensajeros volvieron a informar de todo esto al gran visir, que soliviantóse y
encolerizóse hasta el punto de que reunió a los visires y jefes de la tropa y
me mandó llamar. Yo tenía costumbre de hacerle una reverencia, pero esta vez,
al llegar, sólo le dije: «Salam ‘alaykum»
[«La paz sea contigo»], al tiempo que me dirigía a los presentes con estas
palabras: «Sois testigos de que renuncio al cadiazgo, ante la imposibilidad de
ejercer mis funciones». Como el visir me hablara, subí y sentéme frente a él,
respondiéndole groseramente; en este instante, el almuédano llamó al rezo
vespertino y el visir entró en su casa, refunfuñando: «Dicen que soy un
gobernante y he aquí que mando llama a este hombre para demostrarle mi cólera,
y resulta que es él quien se irrita conmigo». De todas formas, la razón
principal de ini poderosa influencia sobre esta gente estribaba en que conocían
a ciencia cierta la posición que yo ocupaba en la corte del sultán de la India,
al que, a pesar de la distancia, temían en lo más hondo de sus corazones. Una
vez en su casa, Yamál ad-Din me envió al cadí destituido —que era hombre
lenguaraz— a decirme: «Nuestro señor manda que te pregunte por qué le has
faltado al respeto delante de testigos y por qué no le has hecho la venia». «Yo
le saludaba —respondíle— cuando mi corazón estaba a bien con él, pero puesto
que nuestros sentimientos han cambiado, he dejado de hacerlo. Además, el saludo
musulmán consiste solamente en la palabra salám
[paz], y eso es lo que yo he dicho». El visir volvió a enviarme más tarde a
este mismo hombre, que añadió: «Tú lo que tramas es irte de aquí. Paga el
acidaque de tus mujeres y las deudas que tengas con la gente y, entonces, vete
si quieres». Antes estas palabras, hice una inclinación de cabeza, fui a casa y
saldé mis deudas. Días atrás, el visir me había regalado un ajuar completo,
consistente en alfombras, vasijas de cobre y otras cosas; antes me daba todo lo
que le pedía, pues me amaba y estimaba, pero su ánimo había cambiado, ya que
habían conseguido que me temiese.
Cuando supo
que había cancelado mis deudas resuelto a marchar, arrepintióse de lo que había
dicho y demoró el permiso para el viaje, pero yo hice los más solemnes
juramentos de que no tenía más remedio que partir. Llevé mis pertenencias a una
mezquita en la costa y repudié a una de mis mujeres. Otra estaba preñada, así
que le fijé un plazo de nueve meses, al cabo de los cuales yo debería volver, o
si no, ella quedaría libre para hacer lo que quisiera. Me llevé conmigo a la
mujer que había estado casada con el sultán Siháb ad-Dín, para entregársela a
su padre, en la isla de Mulúk, y a mi primera esposa, la madrastra de la
sultana.
Por otra
parte, convine con Umar, el visir almocadén de las tropas, y con el visir Hasan, almirante de la flota, que me dirigiría a
la costa de Coromandel, cuyo rey era cuñado mío, y que volvería con tropas para
someter las islas a su autoridad, gobernando yo en nombre suyo. Acordamos, como
señal entre nosotros, que yo izaría banderas blancas en los barcos y que ellos,
al verlas, se sublevarían en tierra. Yo no me hubiera propuesto nunca semejante
cosa, a no ser por el cambio de actitud del visir Yamál ad-Dín para conmigo.
Éste me temía y decía a la gente:
«Este hombre
quiere, a toda costa, apoderase del visirato, ya sea en vida mía, o tras mi
muerte». Se informaba continuamente de mis actos y afirmaba: «He oído que el
rey de la India le ha mandado dinero para sublevase contra mí». No quería que
emprendiera viaje, por temor a que volviera con tropas del Coromandel y me
indicó que permaneciese en la isla hasta equipar un barco, a lo cual,
naturalmente, me negué.
La hermana
consanguínea de la sultana se quejó a ésta de que su madre se fuera conmigo;
Jadiya quiso entonces impedírselo, pero no pudo lograrlo, así que cuando vio
que esta esposa mía estaba decidida a emprender viaje, le dijo: «Todas las
alhajas que tienes provienen del tesoro del erario. Si no tienes testigos de que Yalal ad-Din te las dio,
has de devolverlas». Aunque el valor de estas alhajas era muy elevado, mi mujer
las restituyó.
Estando yo en
la mezquita, los visires y jefes de la tropa vinieron a pedirme que volviera a
la ciudad, pero les dije: «Regresaría, mas he jurado irme». Entonces me
contestaron: «Véte a otra isla, para mantener tu juramento, y vuelve luego».
«De acuerdo», les dije para contentarles. Cuando llegó la noche de la salida,
fui a despedirme del visir, que me abrazó y lloró tanto que sus lágrimas
regaron mis pies. Toda esa noche la pasó en vela, vigilando él mismo la isla,
por temor de que mis parientes y compañeros se sublevaran contra él.
Por fin,
emprendí viaje y llegué a la isla del visir Ali. Allí, mi mujer sufrió de
grandes dolores, por lo que quiso volverse, de modo que la repudié y la dejé en
la dicha isla, comunicándoselo por carta al visir Yamál ad-Din, pues esta mujer
era madre de su nuera. Asimismo, repudié a la mujer a la cual concediera un
plazo por estar preñada y mandé a por una joven esclava que me gustaba mucho.
Estuvimos luego viajando por estas islas, de región en región.
De las mujeres que tienen una sola teta
En una de
estas islas vi una mujer con una sola teta. Tenía dos hijas, una de las cuales
tenía también una sola, corno su madre, mientras que la otra tenía dos: una,
grande y con leche, y otra, pequeña y seca. Me dejó pasmado la condición de
estas mujeres.