(Del discurso pronunciado en el Primer Congreso Sionista)
En todas
partes donde los judíos se encuentran entre las otras naciones, en
concentraciones numerosas, impera la miseria judía. No es la miseria común,
inexorable destino del género humano sobre la tierra. Es una miseria especifica
que los judíos sufren no como hombres sino como judíos, y de la que estarían a
cubierto si no fueran judíos.
Esta
miseria judía presenta dos formas: una práctica y otra ética. En Europa
Oriental, en Africa del Norte, en el Medio Oriente, precisamente en los países
que alojan a la inmensa mayoría, probablemente a nueve décimos de la población
judía mundial, existe la miseria judía en su sentido llano y literal. Es una
indigencia física cotidiana; es la preocupación y zozobra por el día de
mañana; la angustiosa lucha por la mera existencia.
Los
países mencionados determinan el destino de más de siete millones de judíos.
Todos ellos, con excepción de Hungría, oprimen a los judíos mediante
restricciones de sus derechos cívicos y mediante la inquina oficial o social,
los rebajan a la situación de proletarios y pordioseros, sin dejarles siquiera
la esperanza de poder emerger de estos profundos abismos de depresión económica
merced a los redoblados esfuerzos del. individuo y de la sociedad.
En Europa
Occidental se ha aliviado algo para los judíos la lucha por la existencia, si
bien en los últimos tiempos se hace evidente también aquí la tendencia a volver
a hacerla más dura y cruel. La cuestión del pan y del techo, la cuestión de la
seguridad de la vida, no les mortifica tanto. Aquí, la miseria es moral. Se
expresa en agravios cotidianos que humillan el amor propio y la dignidad de la
persona; consiste en la ruda represión de sus impulsos hacia las
satisfacciones espirituales de las que ningún otro pueblo se ve forzado a
privarse.
Los
judíos de Europa Occidental no están sometidos a restricción de sus derechos.
Disfrutan de la libertad de movimiento y de desarrollo en el mismo grado que
sus compatriotas cristianos. Las consecuencias económicas de esta libertad de
movimiento han sido notables. Las cualidades raciales judías, tales como la
diligencia, la perseverancia, la inteligencia y la economía, condujeron a una
rápida reducción del proletariado judío, que en ciertos países hasta habría
desaparecido del todo si no fuera por el flujo de inmigrantes judíos de Europa
Oriental. Los judíos occidentales, que lograron la igualdad de derechos,
alcanzaron en un plazo relativamente breve un mediano bienestar. De cualquier
manera, la lucha por el pan cotidiano no adquiere entre ellos los rasgos
dramáticos que se observan en Rusia, Rumania y Galitzia.
Pero
entre estos judíos va creciendo la otra miseria judía: la miseria moral.
El judío
occidental no ve amenazada su vida por el odio del populacho; pero no sólo las
heridas corporales duelen y sangran. El judío del Oeste consideró la
emancipación como una verdadera liberación y se apresuró a deducir de ella
todas las conclusiones. Los pueblos le demostraron que no había razón de ser
tan cándidamente lógico. La ley estableció con toda generosidad la teoría de
la igualdad de derechos. Pero el gobierno y la sociedad han reglamentado la
práctica de la igualdad de derechos hasta convertirla en burla y escarnio. En
su ingenuidad dice el judío: “Soy un hombre, y nada de lo humano me es
extraño”. Y tropieza con la respuesta: “Tus derechos humanos han de ser
utilizados con cautela; careces del verdadero concepto del honor, del sentido
del deber; te faltan prendas morales, amor a la patria, idealismo, y por lo
tanto debemos separarte de todas las posiciones en las que se requieren tales
cualidades”.
Nadie ha
tratado jamás de fundamentar con hechos estas acusaciones. A lo sumo se cita
alguna vez, con triunfal regocijo, el caso aislado de algún judío, vergüenza de
su pueblo y desecho de la humanidad entera. Y contra todos los principios de
la lógica y de la inducción se atreven a erigirlo en premisa básica de la cual
se desprenden toda clase de conclusiones. Debo decir aquí algo penoso: los
pueblos que acordaron a los judíos la igualdad de derechos se engañaron a sí
mismos y se equivocaron respecto a la índole de sus propios sentimientos.
Para alcanzar su pleno efecto, debieron haber realizado la emancipación
primeramente en sus propios sentimientos, antes de darle vigencia legal. Empero
no fue éste el caso, sino todo lo contrario. La emancipación de los judíos no
es consecuencia del reconocimiento del pecado cometido contra todo un pueblo,
de los tormentos infligidos a los judíos, ni de la conciencia de que ha llegado
el momento de reparar esta injusticia milenaria; no es más que la resultante
del modo de pensar geométrico y rectilíneo del racionalismo francés del siglo
XVIII. Basándose meramente en la lógica, sin prestar atención a los
sentimientos vivos, estableció este racionalismo una serie de principios con
firmeza de axiomas matemáticos, y quiso a toda costa imponer estos productos de
la razón pura en el mundo de las realidades. La emancipación de los judíos constituye
un ejemplo más de aplicación automática del método racionalista. La filosofía
de Rousseau y de los Enciclopedistas condujo a la Declaración de los Derechos
del Hombre. La lógica inflexible de los gestores de la Gran Revolución llevóles
de la Declaración de los Derechos del Hombre a la emancipación de los judíos.
Propusieron un silogismo regular: todo hombre tiene por naturaleza
determinados derechos; los judíos son hombres, por consiguiente tienen los derechos
naturales del hombre. Y así fue proclamada en Francia la igualdad de los
derechos de los judíos, no por un sentimiento de fraternidad para con ellos,
sino sencillamente porque la lógica lo exigía. Es verdad que el sentimiento
popular se oponía a esto, pero la Filosofía de la Revolución ordenaba anteponer
los principios a los sentimientos. Perdóneseme, pues, la expresión, que no es
modo alguno prueba de ingratitud; pero los hombres en 1792 nos emanciparon por
puro dogmatismo.
El resto
de Europa Occidental siguió el ejemplo de Francia, no a impulso de los
sentimientos, sino porque los pueblos civilizados sentían una especie de deber
moral de adoptar las conquistas de la Gran Revolución. Todo país que
pretendiera ubicarse en el pináculo de la civilización, se veía obligado a
establecer determinadas instituciones y disposiciones, creadas, adoptadas o
perfeccionadas por la Gran Revolución, tales como la representación del pueblo
en el gobierno, la libertad de prensa, el establecimiento de tribunales y jurados,
la separación de poderes, etcétera. También la emancipación de los judíos vino
a ser uno de estos hermosos implementos imprescindibles para equipar un Estado
altamente civilizado. Así, pues, los judíos de Europa Occidental fueron
emancipados, no por un impulso interno, sino por seguir una moda política en
boga; no porque los pueblos hubieran decidido extender a los judíos una mano
fraterna, sino porque los dirigentes de aquella generación habían adoptado un
ideal de cultura europea que exigía, entre otras cosas, que en el código
figurase también la emancipación de los judíos.
La
emancipación transformó totalmente la naturaleza del judío y lo convirtió en
una criatura distinta. El judío desprovisto de derechos de la época anterior a
la emancipación era un extranjero entre los pueblos, pero en ningún momento
pensó en rebelarse contra tal situación. Se sentía miembro de una raza
totalmente diferente que nada tenía de común con sus coterráneos. Todas las costumbres
y modalidades judías tendían inconscientemente a un solo y único propósito: el
de conservar el judaísmo merced al aislamiento del resto de las naciones,
fomentar la unidad del pueblo judío y reiterar incansablemente al individuo
judío la necesidad de preservar sus características a fin de no verse
extraviado y perdido.
Esta era
la psicología de los judíos del ghetto. Luego vino la emancipación. La ley
aseguró a los judíos que ellos eran ciudadanos cabales de sus respectivos
países natales. La ley también ejerció cierta sugestión sobre quienes la habían
promulgado, y durante su luna de miel provocó en el sector cristiano estados de
ánimo que tuvieron su expresión en un enfoque cálido y cordial de la misma. El
judío, ebrio de gozo, se apresuró a quemar sus naves. A partir de allí tenía
una patria y no necesitaba más del ghetto; estaba ligado a otra sociedad y ya
no necesitaba vincularse exclusivamente a sus correligionarios. Su instinto de
conservación adaptóse rápida y totalmente a las nuevas condiciones de
existencia. Si antes le impulsaba ese instinto al más severo aislamiento, ahora
movíale al extremo acercamiento e imitación. El lugar de la resistencia
defensiva fue ocupado por la adaptación ventajosa. Durante una o dos
generaciones, según el país, continuó este proceso con notable éxito. El judío
se inclinaba a creer que no era más que alemán, francés, italiano, etcétera.
Pero he
aquí que de pronto, hace unos veinte años, estalló en Europa Occidental el
antisemitismo que había permanecido adormecido en las profundidades del alma
popular durante treinta o sesenta años, y reveló ante los ojos espantados del
judío la verdadera situación que él había dejado de ver. Todavía se le
permitía votar en las elecciones a los representantes del pueblo, pero se vio
aparado y expulsado, de buenos o malos modos, de todas las asociaciones y
reuniones de sus compatriotas cristianos. Todavía seguía teniendo libertad de
movimiento, pero por doquier topábase don inscripciones que rezaban: “Prohibida
la entrada a judíos”. Disfrutaba aún del derecho de cumplir con todos los
deberes del ciudadano, pero con la sola excepción del derecho general del voto,
veíase rudamente desposeído de los otros derechos, de aquellos derechos
elevados que acompañan al talento y a la laboriosidad.
Esta es
la situación actual del judío emancipado en la Europa Occidental. Ha abandonado
su personalidad judía, pero los pueblos le hacen sentir que no ha adquirido la
personalidad de ellos. Se separa de sus correligionarios porque el antisemitismo
se los ha hecho aborrecibles, pero sus propios compatriotas lo rechazan cuando
trata de acercarse a ellos. Ha perdido la patria del ghetto, y su tierra natal
se le niega como patria. No tiene terreno bajo sus pies, y no está ligado a un
grupo al cual pueda incorporarse como miembro bien recibido con plenitud de
los derechos. Ni sus cualidades ni sus actos son considerados con justicia y
menos aún con buena voluntad por sus compatriotas cristianos; por otra parte,
ha perdido todo nexo con sus compatriotas judíos. Tiene la sensación de que todo
el mundo le aborrece, y no hay lugar donde pueda hallar la actitud cálida y
cordial que tanto anhela.
Esta es
la miseria moral de los judíos, mucho peor que la física porque castiga a
personas más desarrolladas, más orgullosas y más sensibles.
Los
mejores judíos de Europa Occidental gimen desoladamente bajo esta miseria, y
buscan alivio y escape.
Muchos
procuran salvarse huyendo del judaísmo e ingresan fingidamente en la grey
cristiana. Estos nuevos marranos abandonan el judaísmo con amargura y
aborrecimiento, pero en lo más íntimo de su corazón guardan rencor al
cristianismo.
Otros
esperan el remedio del sionismo, que no es para ellos el cumplimiento de una
mística promesa de las Sagradas Escrituras, sino el camino hacia una
existencia en la cual el judío habrá de hallar finalmente las simples y
primarias condiciones de vida, que resultan sobreentendidas a todo no-judío, a
saber: un apoyo social seguro, buena voluntad en la sociedad, posibilidad de
utilizar sus condiciones para el desarrollo de su verdadera personalidad, en
vez de malgastarlas en la represión, tergiversación u ocultamiento de sus
cualidades.
Y
finalmente están aquellos otros, cuya conciencia se rebela contra la argucia
del marranismo, pero que están demasiado ligados a sus patrias y consideran
demasiado duro el renunciamiento que en última instancia impone el sionismo. Se
arrojan a los brazos de la revolución más cruel, alimentando la secreta
esperanza de que con la destrucción del régimen actual y la erección de una
nueva sociedad, el odio a los judíos no pasará de las ruinas del viejo mundo
al mundo nuevo que pretenden construir.
Esta es
la fisonomía que presenta el pueblo judío al concluir el siglo XIX. Para
decirlo en pocas palabras: Los judíos son en su mayoría un pueblo de mendigos
proscritos. Más activo y diligente que el término medio de los hombres
europeos, sin hablar de los indolentes, asiáticos y africanos, está condenado
el judío a la más extrema indigencia proletaria porque se ve impedido de
utilizar libremente sus fuerzas. Presa de insaciable hambre de cultura, se ve
rechazado y expulsado de las fuentes del saber; su cráneo se estrella contra la
espesa capa helada de odio y desprecio extendida sobre su cabeza. Es excluido
de la sociedad normal, la de sus coterráneos, y condenado a trágica soledad. Se
le acusa de intruso; pero si aspira a la superioridad es porque se le rehusa
la igualdad. Se le echa en cara el sentimiento de solidaridad con todos los
judíos del orbe; empero su verdadera desdicha es, que ante la primera palabra
amable de la emancipación, arrancó de su corazón hasta el último rastro de su
solidaridad judía, a fin de dejar lugar al imperio exclusivo del amor a sus
compatriotas.
La
miseria judía ha de ser motivo de preocupación de los pueblos cristianos, no
menos que del propio pueblo judío.