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Conflictos
Leopold Senghor
Extractos
de una conferencia que el presidente de Senegal pronunció en Oxford el año
1961. Tomados de West Africa, 11 de
noviembre de 1961.
Eentre
los valores de Europa no tenemos la intención de conservar el capitalismo, por
lo menos en su forma del siglo XIX. El capitalismo privado fue, desde luego, en
sus primeros días, un factor de progreso, como lo fue el feudalismo en su tiempo,
y aun la colonización...
Hoy
día es un sistema social y económico anticuado, como el federalismo, como la
colonización. Y, añadiría yo, como el imperialismo en que encontró expresión.
¿Por qué? Porque si la colectivización del trabajo constituye, con sus
especializaciones, un paso decisivo hacia la socialización, la defensa, o más exactamente, la ampliación de la
propiedad privada no va en ese sentido. Igualmente grave es la enajenación de
que es culpable el capitalismo, tanto en la esfera material como en la esfera
del espíritu. Porque el capitalismo funciona sólo para el bienestar de una
minoría. Porque, siempre que la intervención del Estado y la presión de la
clase trabajadora le obligaron a reformarse, sólo concedió el nivel de vida
mínimo, cuando sería necesario no menos del máximo. Porque no ofrece ninguna
perspectiva de una plenitud mayor del ser más allá del bienestar material...
Pero
nuestro socialismo no es el de Europa. No es el comunismo ateo ni, en absoluto,
el socialismo democrático de la Segunda Internacional. Lo hemos llamado
modestamente Modo Africano de Socialismo...
El señor Potekhin, director del Instituto Africano de Moscú, en su libro
titulado Africa mira hacia el futuro, enumera
del modo siguiente los rasgos fundamentales de la sociedad socialista: El poder
del Estado está en manos de los trabajadores; todos los medios de producción
son propiedad colectiva; no hay clases explotadoras, ningún individuo explota
a su semejante; la economía es planificada, y su finalidad esencial es ofrecer
la satisfacción máxima de las necesidades materiales y espirituales del
hombre. Evidentemente, no podemos negar nuestro apoyo a esa sociedad ideal, a
ese paraíso terrestre. Pero aún tiene que llegar; la explotación del hombre por
su semejante aún hay que extirparla en la realidad; hay que llegar a la
satisfacción de las necesidades espirituales que trascienden nuestras
necesidades materiales. Esto no ha ocurrido todavía en ninguna forma de civilización
europea o americana, en Occidente ni en Oriente. Por esta razón estamos
obligados a buscar nuestro propio modo original, un modo negro-africano, de
realizar esos objetivos, prestando atención especial a los dos elementos que
acabo de señalar: democracia económica y
libertad espiritual.
Con
esta perspectiva ante nosotros, decidimos tomar de los experimentos socialistas
—lo mismo teóricos que prácticos— sólo ciertos elementos, ciertos valores
científicos y técnicos, que injertamos como vástagos en el tronco silvestre de
la negritud. Porque esta última, como complejo de valores civilizados, es
tradicionalmente de carácter socialista, en
el sentido de que nuestra sociedad negro-africana es una sociedad sin clases,
que no es lo mismo que decir que no tenga jerarquías ni división del trabajo.
Es una sociedad basada en la comunidad, en
la que la jerarquía —y por lo tanto el poder— se funda en valores espirituales
y democráticos: sobre el derecho de primogenitura y sobre la elección; en la
que se discuten toda clase de decisiones en conferencia, después de haber sido
consultados los dioses ancestrales; en la que comparten el trabajo los sexos y
los grupos técnico-profesionales, basados en la religión...
Así
pues, en la creación de nuestro modo africano de socialismo, el problema no es
cómo poner fin a la explotación del hombre por su semejante, sino impedir que
tenga lugar en ningún momento, volviendo a la vida la democracia política y
económica; nuestro problema no es cómo satisfacer necesidades espirituales,
es decir, culturales, sino cómo mantener vivo el fervor del alma negra...
Investigación
científica, planeación y cooperación resumen exactamente el programa que mi
país, el Senegal, acaba de poner en acción actuando de fuerza motriz el señor
Mamadou Dia, primer ministro. Nuestro primer plan cuatrienal está en marcha
con sus institutos de investigación, sus bancos del Estado, sus empresas
estatales, sus juntas de mercadeo de la producción, sus cooperativas, que abarcan
ahora el 80 % de los campesinos, los cuales constituyen el 70 % de la población
total. Todo esto fue precedido de un estudio social y económico en el que se
emplearon más de 18 meses.
Y
todavía no hemos suprimido legalmente el capitalismo, que es extraño a nuestro
país; aún no hemos nacionalizado nada. Sobre todo, no hemos derramado ni una
sola gota de sangre. ¿Por qué? Porque empezamos por analizar nuestra situación
como país subdesarrollado y colonizado. La tarea esencial fue volver a ganar
nuestra independencia nacional. Después tuvimos que eliminar los defectos del dominio
colonial aunque conservando sus aportaciones valiosas, tales como la
infraestructura económica y técnica y el sistema educativo francés.
Finalmente, esas aportaciones positivas tuvieron que ser enraizadas en la
negritud, y al mismo tiempo fertilizadas por el espíritu socialista, para que
dieran fruto. Tuvieron que enraizarse en la negritud por una serie de
comparaciones entre sistemas existentes. Cuando el capitalismo privado entra
en competencia pacífica con el socialismo, me parece seguro que este último
sale triunfante, siempre que trascienda los objetivos del mero bienestar y no
segregue odio. Entretanto, necesitamos capital, aun de fuentes privadas.
Nuestro propósito es encajarlo en el plan de desarrollo, controlando su uso.
En
este punto nos separamos de los experimentos socialistas de la Europa
oriental, con los experimentos comunistas, aunque tomando sus logros
positivos. Hablé antes de la experiencia viva de recobrar la libertad. A la
lista de necesidades que el plan debe satisfacer, tengo que añadir el ocio. Así
es como la investigación, la planeación y la cooperación trascienden, en su
esencia, el objetivo del bienestar material. La ciencia, por la cual entiendo
la busca de la verdad, ya es una necesidad espiritual. Como lo es el rapto del
corazón, del alma, que expresa el arte, arte que en sí mismo no es más que la
expresión del amor. Esas necesidades espirituales, que tanto pesan en los
corazones negro-africanos, fueron tratadas de pasada por Marx y por Potekhin;
pero Marx no las destacó ni las definió plenamente.