POLÍTICA&ECONOMÍA
Las delicias de una economía progresista
Por Adrián Urquiza
La Argentina está viviendo los estragos producidos por décadas de despilfarro, corporativismo, prebendas y autoritarismo a la sombra de un sistema de gobierno que poco tiene de representativo, menos de republicano y nada de federal.
Ante un feroz cuadro recesivo, nuestros dirigentes —los mismos que nos habían conducido al desbarranque— tenían ya la poción mágica de la cura, que nada tenía que ver con lo que indicasen los economistas (siniestra profesión para el gusto de nuestros dispendiosos políticos).
Dos y sólo dos resultaban ser los responsables de nuestros padecimientos. El primero era la deuda contraída —la que ellos mismos habían previsto y aprobado para solventar su fiesta de gasto— que nos ahogaba. En busca de soluciones, nuestros líderes siempre prefieren atacar el efecto (la deuda) nunca la causa que lo originó (el gasto). Incumplamos entonces los compromisos que libremente contrajimos, vayamos al default.
El segundo culpable era el régimen monetario. La moneda convertible y estable —nos explicaban— es eminentemente perversa pues "eleva" el costo argentino, restándonos competitividad. Otra vez, nada mejor para combatir la fiebre que romper el termómetro: lo que nos resta competitividad parece que no es lo elevado del costo argentino (por la incidencia de impuestos, tarifas y precios monopólicos o cuasimonopólicos) sino … ¡la moneda en que lo expresamos! Rompamos pues la moneda —eso es la devaluación— y asunto arreglado.
Qué cambió de diciembre a hoy.
Hemos marcado en repetidas oportunidades algunas de las características salientes del complejo problema económico argentino: un Estado metastásico, un sistema de ingresos públicos desquiciado que carga sobre unos pocos una presión fiscal exorbitante, y la existencia de vastos sectores protegidos de toda competencia (cuando no subsidiados).
Hasta diciembre, nuestro sistema monetario no formaba parte del problema. Por ello deseché la dolarización y tanto más la devaluación como alternativas para la Argentina (a quien le interese el tema puede consultar mi artículo "Simplistic Economics: devaluation vs dollarization" en la web del Centro Tocqueville).
Hasta diciembre los argentinos desconfiaban de la salud de la economía en general pero, aún en el tormentoso marco político y financiero en que nos encontrábamos, la moneda lucía como lo único creíble, sólido y estable a pesar de los reiterados ataques que sufría de parte de una dirigencia irresponsablemente locuaz.
Pues bien, nuestros políticos ya se dieron el gusto; defaultearon y devaluaron y estamos aún a la espera de los milagrosos frutos prometidos. Pero la cruel recesión que sufríamos se ha convertido ya —y como desde aquí previnimos— en una depresión sin precedentes. Solo que ahora se le agregan los beneficios de vejar la moneda y quebrar la palabra empeñada: inflación creciente, desabastecimiento, quiebras, y fuga de capital (humano y del otro).
¿Dónde están los progresistas abanderados de la devaluación y el default? ¿No era que con ellas se terminaba la recesión? ¿O es que tal vez la renovada posibilidad de emitir papel pintado solo apuntaba a continuar la francachela del poder? ¿A qué nueva conspiración multinacional debemos nuestro multiplicado penar si hemos dejado ya de pagar tributo a nuestros amos?
Los costos del progreso.
Pero repudiar la deuda y devaluar la moneda no alcanzaban para ser completa y auténticamente progresistas. Para ser consecuentes con el afán redistribucionista, había que pesificar. Neologismo que en términos prácticos significó la intromisión a discreción en contratos entre particulares, el avasallamiento legalizado de derechos individuales, la ilusoriedad de la propiedad privada, y un nuevo vaciamiento de las cajas de jubilación (ahora privadas).
Lo curioso —para envidia de Hitler, Stalin y monarcas absolutos de otros tiempos— fue que nuestra clase dirigente pasó a debatir sobre la forma y alcance de la pesificación para los diferentes sectores, nunca a denunciar la violación de garantías individuales básicas. ¿Dónde quedó la República?
Para financiar semejante trasvasamiento de riqueza no eran ya suficientes los bolsillos devaluados y exhaustos de los ciudadanos pesificados. Para solventar el jubileo de los endeudados ¡nada mejor que endeudarnos (todos) más!
Entonces, con nuestra mejor cara de piedra volvimos a ver a nuestros acreedores —a los mismos que acabábamos de hacerles pito catalán— y les "exigimos" asistencia inmediata.
Veamos una estimación somera de algunos costos de la festichola progresista: u$s 35.000 millones de reprogramación de la deuda pública (fase II), más de u$s 20.000 millones para financiar el descalce de activos y pasivos financieros, y $ 32.000 millones (en ascenso) por asegurar el cambio de las deudas provinciales con el exterior. Esto sin contar la nacionalización de la deuda interna provincial, la casi segura nacionalización de deuda externa privada (seguros de cambio), los costos de justicia por recursos de amparo y otros, los honorarios y costos por demandas internacionales.
Las paradojas del progresismo.
Todos hemos visto crecer año tras año la deuda externa para alimentar un incontenible gasto estatal. Nuestros líderes progresistas y populares se dedicaron desde siempre a condenar el endeudamiento —no ocurría así cuando viajaban a Washington o votaban en el Congreso— pero nunca combatieron el gasto que lo causaba. Y festejaron el default.
Ahora pretenden convencer a los mismos acreedores que acaban de repudiar a que pongan más plata, para bancar no un desequilibrio de arrastre sino los costos inmediatos del reciente disparate.
Y luego de haber destrozado patrimonios individuales junto a la credibilidad de nuestra moneda, ridiculizan o demonizan al ciudadano común que huye ahora en busca de otras que le provean seguridad.
Lo que sucede es que, en esas largas colas de la
City, el pueblo está votando. Y el pueblo no se equivoca.
Cómo salir.
Las calamidades de los últimos seis meses han sumado a las profundas y estructurales reformas pendientes la necesidad urgente de otras medidas puntuales.
Entre estas últimas ocupan un lugar preminente la desaparición del corralito, el respeto de lo estipulado en los contratos, y el urgente retorno a la convertibilidad.
Las reformas estructurales comprenden:
La gravedad y aceleración de la crisis no admiten gradualismos ni etapas. Hay que hacerlo todo a la vez y ya.