Instituto Política & Economía  
 Home / Acerca de PyE / Noticias / Especialistas / Actualización   lunes, 05 de abril de 2004
 

Haití, ¿cuándo vamos a aprender?

Ahora que Jean-Bertrand Aristide está en el exilio y Haití se encuentra sumergida de nuevo en el caos, los burócratas de las Naciones Unidas y del Departamento de Estado han comenzado el proceso de "estabilizar" el país. La "estabilización", una palabra usada por el secretario general de la ONU Kofi Annan y el Secretario de Estado Colin Powell, substituyó al eufemismo acostumbrado por la ocupación militar de un estado fracasado, que es el caso de la república de Haití.

Sería irónico afirmar, incluso bajo el estándar del Departamento de Estado, que EEUU quiere poner a Haití de nuevo en el camino a la democracia y la prosperidad. En el pasado fallamos dos veces y no hay razón para creer que la tercera vez lo lograremos.

El primer intento de transformar a Haití en una nación que funcione fue en 1915, cuando un presidente norteamericano, frustrado por la inestabilidad endémica y la lucha civil interna en Haití, envió a los infantes de marina. Frances Maclean escribió en 1993 en Smithsonian Magazine que, en los 72 años anteriores a la ocupación norteamericana, Haití tuvo "102 guerras civiles, revoluciones, insurrecciones, rebeliones y golpes de estado. De 22 presidentes, sólo uno completó su período. Apenas cuatro murieron de causas naturales". Los norteamericanos encontraron un país completamente en caos. Las calles eran asquerosas, los puentes se habían derrumbado y los teléfonos y el telégrafo no funcionaban.

Los norteamericanos procedieron a arreglar muchos de los problemas. Construyeron carreteras y puentes, arreglaron el sistema telefónico y la irrigación. Construyeron hospitales y reacondicionaron el sistema sanitario. Muchos haitianos fueron enviados a Estados Unidos a estudiar medicina, mientras que los médicos norteamericanos trataban a los enfermos en Haití. Los norteamericanos también construyeron escuelas, teatros y parques. Los haitianos fueron entrenados en labores agrícolas, a criar ganado y cultivar tabaco.

Pero en 1934 los norteamericanos cometieron, al parecer, un error fatal: se retiraron. Poco tiempo después Haití estaba de vuelta en el desastre. El historiador Robert Heinl, quien visitó Haití en 1958, encontró "líneas de teléfono muertas... caminos destruidos... puertos obstruidos por sedimento... muelles derrumbándose... condiciones sanitarias y el sistema de electrificación empeorando".

Treinta y seis años más tarde, otro presidente de EEUU, Bill Clinton, tuvo una visión: rompería el ciclo de golpes y contragolpes de estado, restablecería al depuesto presidente Aristide, para encaminar a Haití hacia la recuperación. Diez años y 2 mil millones de dólares después, Haití sigue conmocionado. Las calles son asquerosas, el orden público desapareció y la economía está hecha trizas. Los 850 millones de dólares en ayuda aportados por los contribuyentes de EEUU enriquecieron a la élite gobernante pero para nada ayudó a aliviar la pobreza generalizada. Entonces, los infantes de marina van de nuevo a restaurar el orden y a imponer la paz. Serán presionados a permanecer y a comprometerse en lo que el entonces candidato a presidente en las elecciones del 2000, George W. Bush, consideraba una idea tonta, la "formación de naciones".

Al menos en Irak, el gobierno de Bush puede alegar que la "formación de nación" allá interesa a EEUU. Ese no es el caso de Haití, que no tiene importancia estratégica ninguna para EEUU. Pero Bush ahora impulsa la agenda demócrata-intervencionista que afirma que la única manera de alcanzar nuestra propia seguridad y prosperidad es rehaciendo las regiones problemáticas del mundo a imagen y semejanza de EEUU. Por la fuerza, si es necesario.

Pero las democracias de mercado toman tiempo en desarrollarse. La estabilidad y la prosperidad no se pueden imponer sin un cambio drástico en la cultura política de la población ocupada. Incluso, bajo las mejores circunstancias, ese cambio requiere un compromiso de décadas de sangre y dinero norteamericano. Y el presidente no cuenta con apoyo popular para ese tipo de compromiso porque ello implica cargar con mayores impuestos y muertes de nuestros soldados en el extranjero.

Irónicamente, los partidarios más fuertes del intervencionismo norteamericano en Haití, Sierra Leona y demás naciones fracasadas suelen ser intelectuales de izquierda. No es sorpresa que uno de los padres fundadores del intervencionismo norteamericano, Woodrow Wilson, sea venerado en las cátedras de relaciones internacionales, como el hombre de iniciativas visionarias como los "14 puntos" y la Liga de las Naciones.

Wilson fue el presidente que en 1915 envió tropas norteamericanas a Haití por primera vez. El presidente Bush sigue los pasos de Wilson e igual que Wilson fracasará.

 

 

05-04-2004

Autor: Marian L. Tupy

Imprimir archivo

<<VOLVER

SUBIR

 

 

E-Mail:
politicaeconomia@yahoo.com.ar
Industria 871- Buenos Aires- Argentina
Tel. 4764-4779
Director: Di Doménico Ariel
Derechos reservados.
POLÍTICA & ECONOMÍA ©2003-2004