LA
CIUDAD DE MISTRA
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Cuando Guillermo de Villehardouin fijó su mirada sobre el promontorio al que los lugareños llamaban Mysithrá, —nombre que parece designar un tipo de queso de forma cónica, al igual que el montículo—, tuvo en cuenta las necesidades básicas que se imponían a la hora de elegir la ubicación de una fortificación: seguridad, suministro de agua y comida, accesibilidad de materiales de construcción y buena comunicación. |
Vista general del promontorio de Mistra donde puede apreciarse la distribución de la ciudad. Al fondo, el Taigeto. |
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Mysithrá, al lado de Esparta y junto al camino de Calamata, con su accidentada
configuración, que lo hacía inexpugnable por dos de sus vertientes y fácilmente
fortificable por las otras dos, entre el Taigeto y la inmensa y fértil llanura
del Eurotas, que le proveían de madera, piedra, agua y alimentos de manera
ilimitada, parecía hecho a propósito para sus exigencias. |
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La topografía del peñasco sobre el que fue subiendo la ciudad, que alcanza la altura de 621 m, determinó la estructura general del centro urbano. La pared occidental del promontorio, y parte de la sur, es casi vertical, defensa natural que lógicamente impidió que la ciudad se desarrollara en esas laderas. |
Este grabado del siglo XVII muestra el corte vertical que hace a mistra inaccesible por su lado occidental.
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En su
vertiente oriental, una pendiente suave conduce hacia una amplia plataforma
natural que se encuentra aproximadamente hacia la mitad de la colina. Allí
comienza la escabrosa subida que conduce hasta la cima, coronada por una llanura
idónea para la construcción de una fortificación. Parece
ser que los francos sólo contemplaron Mistra como una plaza fuerte donde
establecer una guarnición, por lo que se limitaron a levantar la fortaleza y un
pequeño edificio en la llanura intermedia, lo que hoy es el ala norte del
complejo palacial, quizá como residencia del responsable del núcleo militar. Cuando
en 1262 Mistra pasó a manos griegas, los habitantes de Esparta que fueron
abandonando el llano debieron empezar a asentarse en la esquina nordeste del
promontorio, ya que allí se hallan los restos de las edificaciones más
antiguas y las primeras iglesias, como los Santos Teodoros y la Catedral. Así
pues, en torno a este núcleo empezó a gestarse lo que luego sería llamado
“ciudad baja”. En
sus comienzos como ciudad, después de que el gobernador del Peloponeso se
asentara allí en 1289 abandonando Monembasía, Mistra dependía directamente de
Constantinopla. No obstante, la paulatina desintegración del Imperio y las
circunstancias reinantes obligaron a que las regiones que se encontraban aún
bajo dominio bizantino se convirtieran en casi autónomas, creando sus propios
centros de administración, como fue el caso de Trebisonda, Arta, Nicea, Salónica
y también, por supuesto, el de Mistra. De esta manera, al igual que en
Constantinopla se construyó el Gran Palacio cuando se trasladó allí la
capital del Imperio en el siglo IV, cuando Mistra se convirtió en Despotado a
partir de 1349 bajo la dirección de Manuel Cantacuzeno también se amplió el
primitivo edificio construido por los francos, el cual funcionó también como
residencia del gobernador, para convertirlo en Palacio del Déspota, siendo esto
una especie de certificación oficial que reconocía por fin a Mistra como
centro administrativo de todo el Peloponeso. Lo
mismo ocurrió en el aspecto religioso. Cuando Mistra todavía no había
emprendido su andadura como ciudad, sino que tan sólo era el refugio de los
lacedemonios de la llanura que huían de la administración de Guillermo II de
Villehardouin, Eugenio, el primer obispo de Mistra del que tenemos noticia,
comenzó la construcción de la Catedral hacia 1263. Ante la incontenible
rapidez con la que Mistra iba adoptando carácter de floreciente centro urbano y
la frenética actividad que dos décadas más tarde Pacomio comenzó a desplegar
en la ciudad, Monembasía comenzó sus rivalidades con Mistra por el control de
la jurisdicción religiosa. La respuesta del Patriarcado de Constantinopla ante
estas querellas provinciales fue salomónica. En 1304 envió a Nicéforo Moscópulo
como obispo de Lacedemonia, esto es, con poderes de jurisdicción regional por
encima de las localidades de Mistra y Monembasía, pero le dio sede en Mistra. Sin
gobernador y sin obispo, Monembasiá declinó rápidamente y el peso de las
administraciones civil y religiosa recayó en Mistra ya desde la primera década
del siglo XIV. Esto hizo que la nobleza local empezara a trasladarse a la nueva
ciudad para encontrarse cerca de los órganos de poder, construyendo las
primeras mansiones aristocráticas en torno a la residencia del gobernador,
dando lugar a la llamada “ciudad alta”, y también las innumerables pequeñas
capillas que encontramos entre las casas de Mistra, de uso privado de cada
familia y con fines funerarios. Así
pues, Mistra empezó a adquirir las características básicas que todavía hoy
podemos contemplar en su estructura urbana. Los dos círculos de murallas
defensivas adquirieron su forma definitiva. El primero presenta dos líneas que
bajan desde ambos lados del castillo abrazando las laderas norte y sur y
formando un triángulo que cierra la zona de los palacios y la ciudad alta. Este
círculo de murallas tiene dos entradas principales: la Puerta de Nauplio, que
comunica la ciudad alta con el exterior, y la Puerta de Monembasía, que une la
ciudad alta con la baja. La segunda muralla comienza en la Hodiguitria, continúa
por la Catedral y termina en la Períbleptos, donde se funde con el refectorio
del monasterio, y protege la ciudad baja. El progresivo aumento de población
obligaría a edificar casas fuera de las murallas, que serían habitadas
principalmente por campesinos recién llegados y por población que, ante la
venida en masa de familias más pudientes, probablemente abandonara sus casas
dentro del recinto estableciéndose en los suburbios. En caso de peligro, estos
habitantes del cinturón externo de la ciudad correrían a refugiarse tras los
muros. Al
igual que la orografía ha definido esta estructura en cuatro niveles, —ciudad
externa, ciudad baja, ciudad alta y castillo—, la escasez de terreno
disponible dentro de los círculos de murallas también ha determinado
necesariamente la estructura urbanística. Una única calle principal sigue el círculo
inferior de murallas por el interior de la ciudad, uniendo la Hodiguitria con la
Períbleptos, los dos puntos más extremos de la ciudad. De allí parten caminos
que comunican con otros puntos importantes, como la Pantanassa y los Palacios, y
de estas dos vías principales de comunicación nace la laberíntica red que se
distribuía entre las casas de la ciudad. |
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Lo escarpado del terreno impidió que las casas crecieran a lo ancho, por lo que no encontramos ni los jardines ni los amplios patios interiores de que gozaron otras ciudades bizantinas de la época. Las casas se vieron obligadas a crecer a lo alto, presentando la mayoría dos niveles y algunas incluso tres.
La falta de espacio obliga a que las calles sean estrechas y escarpadas. |
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Por otra
parte, las calles entre las viviendas eran necesariamente estrechas y angostas,
por lo que el tráfico de carros por el interior de la ciudad resultaba
imposible, e incluso, en algunos casos, los pasajes públicos transcurrían por
los bajos porticados de las viviendas particulares porque éstas habían sido
construidas de forma contigua cerrando la calle. Este tipo de pasos eran los
llamados diavatiká.
Debido a la estrechez de las calles, en ocasiones era necesario que los porches de las viviendas particulares sirvieran como pasos públicos. |
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Como ya hemos mencionado, lo habitual era que las casas presentaran dos alturas. En el piso inferior, que en las más antiguas presentaba un aspecto casi de fortificación debido al mayor grosor de los muros y a la presencia de troneras, se situaban las dependencias de servicio —establos, caballerías, almacenes, cocinas y, en su caso, talleres—, y en la superior se encontraba la sala llamada triclinio o habitación principal de la vivienda.
Las casas de mistra presentan varias alturas. |
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Triclinio o sala principal de la mansión Láscaris. |
Generalmente ocupa toda la planta del edificio y es diáfana, sin divisiones por muros permanentes. En ella se hacía la vida, y lo más probable es que estuviera dividida en secciones por materiales móviles que irían adaptando el espacio a las necesidades cambiantes de la familia.
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Alacena en un triclinio de una de las casas señoriales de la parte baja de la ciudad. Característicos son los huecos en las
paredes que hacían la función de alacenas o armarios, y que estarían
cubiertos por telas o puertas de madera. No obstante, las mansiones más ricas
de Mistra tenían numerosas dependencias y habitaciones, como la Casa Láscaris
o el complejo residencial llamado Pequeño Palacio. Por lo general, del
triclinio se salía a la terraza o iliakó
(solarium) que daba a la fachada
principal con vistas al valle. En
su época de esplendor, Mistra llegó a albergar del orden de 25.000 habitantes.
Tan enorme concentración de ciudadanos en tan poco espacio físico hizo
imprescindible una serie de infraestructuras que mantuvieran el buen
funcionamiento del conjunto. En
Bizancio se concedía gran importancia al mantenimiento de la ciudad,
responsabilidad que recaía sobre el cargo oficial del eparco. Obligación del
eparco era mantener en buen estado la pavimentación de las calles, por la que
los ciudadanos pagaban tasa, iluminación nocturna, control de transeúntes y
mercancías, etc. Una de las misiones más importantes del eparco consistía en
la supervisión constante de los sistemas principales de la ciudad en cuestión
de aprovisionamiento de agua y de drenaje de los desechos. |
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Con una buena planificación, el aprovisionamiento de agua no presentaba mayores problemas en Mistra. En la parte baja de la ciudad había fuentes naturales, derivaciones del cercano Eurotas, y la parte alta se abastecía bien mediante cañerías de barro cocido que subían el agua a depositos situados allí, o bien recogiendo el agua de lluvia, muy abundante en la zona, mediante un sistema de drenaje que conducía el agua desde el tejado hasta cisternas o pozos subterráneos que se encontraban en el interior de las casas. |
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También en la parte interior de
la fortaleza se conservan restos de una cisterna de ese tipo. Las excavaciones
que se han llevado a cabo recientemente han dejado al descubierto esas cañerías,
que hoy se pueden contemplar entre el tejido urbano. Cuando el agua escaseaba,
era llevada a la ciudad desde el río Eurotas mediante un acueducto cuyos restos
podemos contemplar hoy fuera de las murallas de la ciudad.
Cisterna subterránea que se encuentra en las cocinas del palacio. |
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Restos de un acueducto en las afueras de la ciudad. |
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Debido a la topografía del terreno, el drenaje de desechos presentaba una mayor complejidad. La mayoría de las casas en Mistra presenta restos de lavabos, sumideros o retretes. Existían dos formas de liberar ese tipo de residuos, bien mediante cañerías públicas que los canalizaban hacia el exterior de la ciudad, por las que los usuarios también pagaban un impuesto, o bien mediante fosas sépticas particulares que se encontraban al borde de la propiedad y que debían reunir por ley una serie de requisitos imprescindibles, como estar diseñadas para permanecer herméticamente cerradas y que los detritos se fueran filtrando en la tierra.
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Retrete en el triclinio de una casa de la ciudad baja.
Las últimas excavaciones en Mistra han dejado al descubierto parte del sistema de cañerías que servían para el suministro de agua y la evacuación de desechos. |
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Todo lo relacionado con estas cuestiones era tema de constante
regulación y legislación en el Imperio bizantino por el impacto que podía
llegar a tener en la salud pública de la ciudad. La
economía de Mistra se basaba en el cultivo de determinados productos agrícolas,
fundamentalmente aceite, miel, grano y cítricos. La producción artesanal no
era demasiado próspera, ya que la crisis económica general que dominó la última
etapa del Imperio impidió su desarrollo, centrando la producción en el sector
primario. En Mistra ni siquiera se manufacturaba la seda, producto que constituyó
una importante fuente de ingresos para la ciudad incluso bajo la dominación
turca, por lo que se vendía en bruto y era elaborada fuera de allí. Así pues,
la aristocracia local de Mistra cambiaba los productos agrícolas que producían
sus fértiles tierras por objetos manufacturados y de lujo, como papel, ropa,
armas, etc., que, provenientes del extranjero, sobre todo de Italia, se vendían
en los mercados ambulantes o en las ferias que periódicamente se organizaban
con motivo de festividades religiosas. De esta manera, Mistra se convirtió en
un centro comercial de ámbito internacional. Por otra parte, independientemente
de estos mercados que se celebraban de manera puntual, las tiendas y talleres
que mantenían una actividad permanente se encontraban situados en los bajos de
las casas que daban a la calle principal. Actividades que podían resultar
molestas para el entorno, como mataderos o curtidurías, se ubicaban fuera de la
ciudad, en las inmediaciones del río, mientras que las que resultaban vitales
se encerraban dentro de los muros, como es el caso de la almazara que aún
podemos ver actualmente cerca de la Catedral. Las ruinas de Mistra están siendo hoy objeto de una esmerada atención por parte de las autoridades culturales griegas. Su cercanía a Esparta y su carácter de único ejemplo de ciudad bizantina conservada la convierte en una joya que sirve de puente entre la Grecia Clásica y la moderna, además de que su cuidado y promoción han contribuido enormemente a revitalizar la zona de Lacedemonia. Las importantes exposiciones y congresos que se llevarán a cabo allí harán de Mistra una referencia cultural clave dentro de Grecia, y sus restos, contemplados por fin globalmente como ciudad viva y no sólo como un conjunto abandonado de iglesias como ha venido siendo hasta ahora, llevarán de nuevo al viajero a lo que fue el corazón bizantino del Peloponeso. |
Eva Latorre.
Copyright Eva Latorre Broto, 2002.
Trabajo realizado en el marco del proyecto de investigación BFF2000-1097-C02-01
Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid