EROS

El sol se astilla
en el borde de tus hombros.
Se anuda en remolinos
con la vellosidad del torso.
Desciende por las caderas rectas
y allí donde se insertan
las dos columnas colosales,
se yergue único
sobre los pilares jónicos.
Vienes a mí
desnudo como el viento
en primavera
te comparten mis ojos,
mis manos te cincelan.
Los cuerpos se mecen
en tremolar de ondas.
Alcanzamos el cielo
en un instante
y temblorosos caemos.
Subo por los nudillos
de tus dedos
bordeo tu antebrazo,
el brazo,
atravieso el mar salobre
de tu espalda
y en el cuenco lumbar
junto a la curva
del ilión anido.
Del verbo en la quietud
soles preanuncio,
desandando por lunas sucesivas
la redondez del mundo

Alejandra
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