QUINTO LIBRO LOS LAICOS

 

El 'creyente' no se pertenece a sí mismo, sólo puede ser un instrumento; tiene que ser utilizado; necesita a alguien que le utilice.

FRIEDRICH NIETZSCHE



CAPÍTULO 18: LA DIFAMACIÓN DE LA MUJER

1. LAS INJURIAS DE LOS TEÓLOGOS

Al principio, estimada como sacerdotisa

Después, condenada por los sacerdotes

El menosprecio de la mujer por parte de los monjes y los primeros padres de la Iglesia

«Tota mulier sexus»

Tomás de Aquino: «(...) un hombrecillo defectuoso»

Predicadores y hogueras

Disparatadas injurias en el barroco 

En la actualidad, tampoco hay «equiparación» de ninguna clase

Valoraciones positivas y negativas de la mujer entre los herejes

2. LA GLORIFICACIÓN DE MARÍA: EXPRESIÓN DE LA DEMONIZACIÓN DE LA MUJER

La María bíblica y el fetiche de la Iglesia

La blancura de las mujeres o la «desfeminización» de nuestra señora

María contra Eva

3. LA DISCRIMINACIÓN DE LA MUJER EN LA VIDA RELIGIOSA.

«El negro ya ha hecho su trabajo»

Las menstruantes y las embarazadas son impuras

El parto también ensucia

El Vaticano Segundo y la mujer

CAPÍTULO 19: LA OPRESIÓN DE LA MUJER

1. LAS MEJOR SITUADAS

La situación entre los romanos y los germanos

Sin derecho a heredar ni patrimonio

«Ella vivirá de acuerdo a la voluntad de él»

Azotar a la esposa: con respaldo canónico hasta 1918

¿«(...) Medio de educación extremo» o respeto por el folclore?

En Francia, al patíbulo

En Inglaterra, más baratas que un caballo

Bertha Von Suttner y el «gran Berta»

2. LAS PROLETARIAS

«(...) Como las cabezas de ganado o las propiedades»

En el primer capitalismo, con las manos y con los pies al mismo tiempo

3. MUJER Y EDUCACIÓN

4. MUJER Y MEDICINA

5. LOS COMIENZOS DE LA LIBERACIÓN FEMENINA

Un revés bajo el fascismo

En la actualidad se mantienen las desventajas

CAPÍTULO 20: EL MATRIMONIO

1. EL MATRIMONIO, DENIGRADO

«Nada destacable en favor del estado matrimonial»

De San Justino a Orígenes: ¿es mejor ser eunuco que casado? 

Jerónimo, Agustín, Ambrosio 

El matrimonio civil, reconocido hasta el siglo XVI.

2. DIFICULTADES PARA CASARSE

Cuanto más lejos esté el peligro

Las segundas nupcias

3. LA RIGUROSA RESTRICCIÓN DE LAS RELACIONES SEXUALES

«(...) De hecho, no quedaba mucho tiempo libre»

El «matrimonio de José» o ¿cuatro veces en una noche?

4. POR QUÉ SE HA TOLERADO EL MATRIMONIO

Lo más pronto posible

«Citoyennes, donnez des enfants a la patrie!»

La salvación de la familia o «el ideal del filisteo de hoy en día»

«Catecumenado doméstico» o «se le cortará la lengua»

¡Menos multiplicación y más placer!

5. LA PROSCRIPCIÓN DEL PLACER EN EL MATRIMONIO 

Casi todos los contactos sexuales son considerados pecaminosos

El reformador y «el placer nefando»

Amores matrimoniales «anómalos»: tan malos como el asesinato 

Sobre el estancamiento de las leyes

... Y del progreso de la moral

La «oscura compulsión de lo sexual»

Coitus catholicus: «noble y casto»

Debilidad mental en lugar de sexo

Los caballeros del hábito negro

Sobre el coste de la vida sensual

Una capacidad orgasmica casi ilimitada

Y una frigidez bastante sospechosa

¿Copular... por amor a Cristo?

6. EL ADULTERIO

Pena de muerte, según el derecho secular

«(...) El adulterio de la mujer es más grave»

7. EL DIVORCIO

Una «praxis más dúctil» en la «doctrina pastoral concreta» 

Repudiar a la esposa con la bendición eclesiástica

A propósito de algunas falsificaciones sobre la indisolubilidad del matrimonio

El divorcio entre los luteranos y los ortodoxos 

Progreso católico

8. LOS HIJOS NACIDOS FUERA DEL MATRIMONIO.

Privados de derechos y desheredados

Las habituales excepciones

Todavía siguen discriminados en la actualidad

CAPÍTULO 21: LA PROHIBICIÓN DE LOS MEDIOS ANTICONCEPTIVOS

Pigmeos, bosquimanos y católicos

El azote de Dios y la «capucha inglesa» 

Los «infames artículos» de 1913

... Y la Guerra «Santa»

Sobre el decoro y el derecho cristianos

Sobre el «atentado de los esposos»

Cuando la mujer deja de ser mujer 

La «beatificación» de Knaus-Ogino

Sobre la inhumanidad de la «vida humana»

... Y sobre la carga del Espíritu Santo

Cólera y crítica

«(...) Completamente esclerotizado»

Sólo según las «reglas de la Naturaleza» o «como hermano y hermana» 

«Sacrificios permanentes» o «la gracia del estado matrimonial» de los católicos 

Soldar el falo de los pobres

... O que empleen a sus hijos en las fábricas

¿Puede sobrevivir la humanidad?

«Una mirada a las estrellas eternas de la ley moral cristiana» 

Aunque se hunda el mundo

La ambigua posición de las Iglesias protestantes

CAPÍTULO 22:LA PROHIBICIÓN DEL ABORTO

«¡Las mujeres también deben defender Europa!» 

«A ti grito desde la más profunda desesperación (...)» o «la comodidad del agua» 

Odisea germano occidental

Castigo: «Más suave que si un cazador furtivo mata a una liebro:

Los auténticos criminales de guerra

El «nuevo programa de eutanasia»

Invitación a las apariciones

«La cultura de la Iglesia» o «que la madre muera en estado de gracia»

La «modesta propuesta» de Jonathan Swift

Los paraísos para niños de la actualidad

El mayor tributo de sangre lo pagan las pobres

Legalización del aborto y considerable disminución de la mortalidad

CAPITULO 23: EL PECADO ORIGINAL 

El comienzo de la obsesión cristiana por el pecado

¿Erecciones en el paraíso?

La doctrina del pecado original no aparece ni en Jesús ni en San Pablo

San Agustín y «la dinámica de la vida moral»

La controversia pelagiana (411-431) 

CAPÍTULO 24: ONANISMO, HOMOSEXUALIDAD, RELACIONES CON ANIMALES Y CON PARIENTES

1. PALOS Y AGUA BENDITA CONTRA EL ONANISMO

Por qué masturbarse es pecado 

Sistema de alarma para erecciones

¿Cuándo está permitido el deseo?

2. HOGUERA O CASTRACIÓN PARA LOS HOMOSEXUALES

El pecado que clama al cielo

Pena de muerte según el derecho secular

Hitler y la moral cristiana

3. MUERTE PARA LOS SODOMITAS Y LOS ANIMALES LUJURIOSOS

El tabú eclesiástico del incesto ha seguido vigente hasta hoy

La argumentación «científica» también es irrelevante

CAPITULO 25: ALGUNOS DETALLES DE MORAL TEOLÓGICA O «...ESTE ESCABROSO TEMA»

1. LA DELECTATIO MOROSA EN EL PASADO

Sobre «la aplicación práctica de las normas eclesiásticas»

El libro alemán de penitencias eclesiásticas o copular con un taco de madera

Excepciones y controversias

La «mujer estrecha»

Alfonso de Ligorio o la «sabia moderación»

La lujuria desde el cementerio hasta el campanario

Las partes honestas del cuerpo, las menos honestas y las deshonestas

«Cosquillear» a los niños o la polución en los estudios de medicina

La necesidad de la censura y la suciedad de los clásicos

Sobre el carácter diabólico del cine y el teatro

Mirar «desnudos» y otras perversidades

Cómo (no) se peca con modelos y animales 

2. ¿ESTÁ EVOLUCIONANDO LA TEOLOGÍA MORAL?

Alius et ídem

Otros subterfugios

Revolucionario con hábito

Casi siempre el mismo engañabobos

El instinto sexual rebaja a la persona por debajo del nivel de los animales

El cardenal Garrone habla del «hedor narcotizante del sexo» 

CAPÍTULO 26: ORIENTACIÓN SEXUAL CRISTIANA O IGNOTI NULLA CUPIDO

Adultos desprevenidos

Aprender de los perros vagabundos

Teología al estilo Courths-MahIer

«¡Si no tuviera amor (...)!» ¿Y si no tuviera el infierno? 

«Pedagogía sexual (...) sin decir una sola palabra sobre sexualidad»

Nada de camas de plumas... y un alma de ideales perfectos 

«Cuando manan todas las fuentes» o el «señor prefecto» se mete en el agua

Por qué se quiere dejar la educación sexual a los padres

De cintura para abajo: «cochinadas» y «caca»

Cómo convertirse en cristiano

La inolvidable charla matrimonial del obispo Yon Streng

CAPÍTULO 27: SOBRE LA DESVERGÜENZA DE LA MODA, EL BAILE Y EL BAÑO (SIN ROPA)

«¡Cúbrete o prostituyete!»

«Tú, lodo enfundado»

«Un sereno examen de conciencia» entre dos guerras mundiales 

Monos maquillados y serpientes pérfidas

Bailar sólo al son que tocan

«(...) Que los jóvenes y los muchachos tomen baños (...) acarrea muy malas consecuencias»

CAPITULO 28: SOBRE LA PRAXIS DE LA MORAL SEXUAL

1. LAS PERSONAS HONRADAS

Orgías en las iglesias de la antigüedad

«Al hombre le cuelga algo extraño entre las piernas (...)»

«La coronación de sus fatigas (...)»

«Noches de prueba» y «vicios aristocráticos»

Libertinismo en la Baja Edad Media

«(...) Madre e hija, criada y perra, quedaron encintas» 

2. LAS PUTAS O PEREGRINARI PRO CHRISTO

Las primeras prostitutas itinerantes de Europa

Una legión de rameras en todas las cruzadas y todos los sínodos

La prostitución florece en los concilios y en las ciudades papales

Los burdeles estaban al lado de las iglesias

Promovían la Inmaculada Concepción y construían burdeles

Pastores de almas en el burdel y sífilis

Necesitaban a las prostitutas... y por ello se vengaban de ellas

CAPITULO 29: EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

1. EVOLUCIÓN HISTÓRICA

De la absolución única a la confesión

Doble rasero para laicos y sacerdotes

Las penitencias eclesiásticas en la antigüedad y la Edad Media

Dios no se volvió indulgente hasta la Edad Moderna 

Arrepentimiento sin arrepentimiento

2. EL VERDADERO PROPÓSITO

El hijo preferido de los teólogos

«¡Odiad con fuerza!»

CAPITULO 30: DEL ASESINATO DEL PLACER AL PLACER DEL ASESINATO

1. CONSECUENCIAS DE LA REPRESIÓN

Los pueblos con una sexualidad tolerante son más pacíficos

Sobre la castidad de los cazadores de cabezas y testículos

Satisfacción, una palabra «carente de belleza» 

Un cristiano nunca es él mismo

Por qué les gusta tanto la tortura sexual

Sobre la crueldad de los ascetas

«Y David trajo sus prepucios»

De San Pablo al «ejército de salvación»

Tres damas castas

2. SALUS MUNDI MARÍA

«(...) La verdadera dinámica mariana de la historia» 

3. LA MORAL DE LA IGLESIA

A propósito del buen tiro en la nuca y del placer maligno

¡Y todavía hay quien se toma esta religión en serio!

Sobre el espíritu de la guerra en Vietnam

...Y del desastre de una revista

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo

«La LA RELACIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA CON LA SEXUALIDAD A TRAVÉS DEL TIEMPO

DEL VATICANO II A JUAN PABLO II.

La educación sexual 'prudente' del Vaticano Segundo, rosarios ante el Ministerio de Cultura bávaro y misas 'abarrotadas' contra las clases de educación sexual».

Las transacciones de los Obispos desde Europa hasta Australia después de humanae vitae

A propósito del firme episcopado polaco

Juan Pablo II, propagandista de la «castidad» y enemigo del «placer carnal»

Juan Pablo II, defensor del matrimonio posmoderno: cuanto más casto y fértil, mejor

Juan Pablo II o el aborto como primer episodio de la guerra nuclear

«Herminia de los magreos (...)»

«(...) Mientras su trono se mantenga firme, mi cama no se tambaleará»

A propósito de los «valores de la castidad en el celibato» y de los alimentos de la jerarquía eclesiástica para los niños.

Llamamiento del Papa a la juventud o a propósito de la 'cultura de la muerte': «terror, erotismo (...)»....

La nueva hipocresía o «los cambios de nuestros vecinos» 


CAPITULO 18. LA DIFAMACIÓN DE LA MUJER

Ninguna religión o visión del mundo ha apreciado y honrado tanto a la mujer como el cristianismo. - HAERING, teólogo católico (1)

Pues así como la Iglesia está sujeta a Cristo, las mu­jeres deben estarlo también a sus maridos en todo. - Ef., 5, 24

Enséñale a mantenerse en los límites de la obediencia. 1 Clem 1, 3

Tus anhelos se dirigirán hacia tu marido, y el será tu señor (...) Rebájate hasta la sumisión (...) Sé una de las subordinadas. - JUAN CRISÓSTOMO (2)

Si las personas pudiéramos ver lo que se esconde bajo la piel (..,), mirar a una mujer sólo nos provocaría vómitos (...) Si ni siquiera podemos tocar la mucosidad y el fiemo con la punta del dedo: ¿por qué ansiamos con tanto celo abrazar el propio recipiente de la suciedad?

SAN ODÓN (878-942), abad de Cluny y organizador de la reforma cluniacense

La mujer se relaciona con el hombre como lo imper­fecto y defectuoso (imperfectum, deficiens) con lo per­fecto (perfectum). - TOMÁS DE AQUINO (4)

Si ves a una mujer, piensa que es el Diablo, una es­pecie de infierno. - ENEAS SILVIO (PIÓ II, 1458-1464) (5)

Toda maldad es pequeña frente a la maldad de la mujer. La impiedad del hombre es mejor que una mujer buena.- Sínodo de Turnau, 1611 (presidido por el cardenal FORGATS y en presencia del nuncio papal)

Que una mujer hermosa y arreglada es un templo edi­ficado sobre un sumidero (super cloacam) (...) ¿Quién querrá venerar al fiemo como dios? - ABRAHAM DE SANCTA CLARA (1644-1709) (6)

La mujer cristiana le debe a la Iglesia católica su auténtica dignidad. Por ello, es justo y correcto que la mujer también se muestre agradecida a la Iglesia. - RÍES, teólogo (7)

1. LAS INJURIAS DE LOS TEÓLOGOS

Al principio, estimada como sacerdotisa

Las culturas matriarcales apenas conocieron la misoginia. Antes al contrario, la mujer fue considerada como la portadora de la energía vital y de la fertilidad; y su mayor sensibilidad y capacidad de sugestión la hacían más apropiada para el culto que el hombre. De modo que se convirtió en sanadora y hechicera; estuvo relacionada, sobre todo, con la música y los oráculos y, a veces, incluso ascendió a las principales dignidades religiosas.

En la antigua China, las chamanes desempeñaron un papel importante. El sacerdocio femenino estuvo bastante extendido en el sintoísmo japonés y, temporalmente, también en la religión védica. Los egipcios denominaban a las sacerdotisas encargadas de los sacrificios «cantantes del dios» y los sumerios, «damas del dios» o «mujeres del dios». Las druidas eran muy respetadas por los celtas y lo mismo ocurría con las videntes entre los germanos, con la veleda de los brúcteros y con la gamma de los semnones, cuya fama llegó hasta Roma. En Grecia había multitud de sacerdotisas (supra), puesto que toda la mántica estaba dirigida por ellas: la Pitia, Casandra, la Sibila...

El odio a la mujer apareció, seguramente, con el derrumbamiento de las sociedades matriarcales, quizás a partir de la mala conciencia del hombre, de sus complejos de inferioridad, de su miedo a una venganza de la mujer, de sus temores ante sus funciones generativas. Hay que señalar que, en casi todas las lenguas indogermánicas, las palabras «hombre» y «humano» proceden de la misma raíz, pero no la palabra «mujer».

Después, condenada por los sacerdotes

Desde muy pronto, las mujeres se atrajeron la enemistad, ante todo, de los sacerdotes, lo que está relacionado con esas energías parapsicológicas o mágico-numinosas llamadas «mana» en melanesio, «orenda» en la lengua de los indios iroqueses y hurones, «wakanda» en la de los sioux, «manitu» en la de los algonquinos o «hasina» en la de los malgaches, que corres­ponden a las viejas palabras nórdicas «hamingja» (suerte), «megin» (fuerza) y «mattr» (poder) y a la expresión germánica «heill» y que, siendo más propias de la mujer que del hombre, la convirtieron a menudo en remedia­dora y sanadora, en conocedora y sabia, en portadora de lo «sagrado» o «divino», por tanto en precursora y competidora del curandero, del chamáno del sacerdote, quienes, por eso mismo, la desacreditaron, tratándola de hechicera, condenándola como bruja o negociando su erradicación.

Muchas veces fueron precisamente las grandes religiones las que convirtieron la función sexual de la mujer en sospechosa y le arrebataron su función como servidora de la divinidad: en el mazdeísmo persa, en el brahmanismo, en la religión hebrea, en el Islam y, por supuesto, en el cristianismo, que perfeccionó el antifeminismo hasta el más pérfido de los extremos, intensificándolo hasta casi lo insoportable, más que cualquier otra religión misógina, cosa que los teólogos protestantes admiten pero que los católicos han negado y siguen negando en la actualidad.

Las tres divinidades del cristianismo pasan por ser masculinas y su simbolismo teológico está dominado por la idea de lo masculino. El Espíritu Santo fue la única persona a la que algunas sectas le atribuyeron una naturaleza femenina. Para la Iglesia, la mujer fue una criatura prisionera de la Tierra, el ser telúrico por excelencia, devorador y vampirizador, en el que, de una forma especialmente malévola, tomaban cuerpo la seducción terrenal y las tentaciones del pecado. También se pensaba que el Infierno estaba situado en el interior de la Tierra: caliente, fangoso y siniestro. A él se oponía radicalmente el Cielo: allá arriba, por encima de las nubes, higiénico y aséptico, completamente asexuado, eterno, encantadoramente casto y resonante de aleluyas, ese jardín del paraíso al que daban sombra las cejas del Dios Padre, tapizado de césped alpino y hojas de parra y que, como todos los Padres de la Iglesia repiten, fue arrebatado al ser humano por la malvada Eva. Por ello, el amado Padre del Cielo la amenazó: «mu­chas serán tus fatigas»... Una de las pocas profecías bíblicas que se cumplieron.

Sin duda alguna, el antifeminismo de muchos teólogos es el resultado de una forma encubierta de miedo hacia la mujer, de una serie de complejos ante toda clase de ideas-tabú, de una actitud defensiva frente a un supuesto peligro; es el eco de lo que, en cierta ocasión, Friedrich Heer denominó una «ideología de solteros» o, en palabras pronunciadas por el patriarca Máximo en la sala del Concilio Vaticano II, una «psicosis de celibatarios».

El primer menosprecio de la mujer en el cristianismo procede de San Pablo (supra), que nunca pudo hacer referencia a Jesús para respaldarlo. Luego ha sido a Pablo a quien se ha invocado, desarrollando su misoginia por medio falsificaciones. En consecuencia, también se ha querido convertir ulteriormente a los discípulos de Jesús en propagandistas de la virginidad y del odio a la mujer. De Pedro, primer papa y padre de familia, se afirmó más tarde que huía de cualquier lugar donde hubiera mujeres, y se le hizo declarar incluso que «las mujeres no merecen vivir»

El menosprecio de la mujer por parte de los monjes y los primeros padres de la Iglesia

La mujer fue especialmente difamada, evitada... y temida por los monjes, quienes se disolvían en su presencia como la sal en el agua, por emplear un antiguo símil. (Según una errata realmente diabólica que se deslizó en una nota de prensa del Congreso Católico Alemán de 1968 convirtiendo «manche» ¿algunos? en «Monche» ¿monjes?: «sólo con ver a una mujer, los monjes se ponen a gruñir como auténticos cerdos»)

Algunos monjes no vieron a una mujer durante cuarenta años o más Otros —aparentemente influidos por deseos incestuosos reprimidos— rechazaron a sus parientes más próximas, consolándose a veces con que las volverían a ver muy pronto en el Paraíso. Un monje egipcio que debe transpor tar a su vieja madre a la otra orilla de un río se enfunda las manos en unos trapos. Simeón el Estilita, por razones ascéticas, no miró a su madre en 1o que le quedaba de vida. Y Teodoro, primero alumno predilecto y después seguidor de Pacomio, declaró que, si Dios lo ordenara, mataría incluso a su propia madre. Quien pueda despreciar el dolor de su propia madn soportará con facilidad todo lo demás que se le imponga, se dice en la Vida de San Fulgencio. Y, en el siglo XX, cierto prior todavía adoctrina a un padre que espera la visita de su madre, diciéndole que también tiene que ser reservado con ella porque ¡«todas las mujeres son peligrosas»!

En la Iglesia católica, en especial, la mujer aparece desde el prime momento como un obstáculo a la perfección, como un sujeto carnal e inferior que seduce al hombre; como Eva, la pecadora por antonomasia Una y otra vez, los teólogos convierten a la mujer en la criada del hombre, en el ser que engendra el pecado y la muerte (cf. supra), y lo hacen invocando la Biblia, la vieja historieta de la Creación y el Pecado Origina en la que la mujer es formada a partir del hombre, a quien seduce.

Tertuliano, uno de los Padres de la Iglesia, a quien algunos católico elogian como «heraldo de un nuevo ideal femenino» y de «una faceta más elevada de la unión matrimonial», degrada a la mujer hasta presentarla como «puerta de entrada para el Diablo» y le culpa de la muerte de Jesús.

Acusando a la mujer en general, dice: «tú eres quien ha facilitado la entrad al Diablo, tú has roto el sello del árbol, has sido la primera en dar 1a espalda a la ley de Dios y también has arrastrado a aquel a quien el Diablo no había podido acercarse. Sencillamente, has arrojado por tierra al fiel retrato de Dios. Por tu culpa, es decir, en razón de la muerte, la Hijo de Dios tuvo que morir, ¿y aún se te ocurre poner adornos en tu falda de pieles?». Según Tertuliano, las mujeres sólo pueden llevar trajes de luto y deben cubrirse «su peligrosísimo rostro» cuanto dejan de ser niñas, a riesgo de renunciar a la vida eterna.

San Agustín, lumen ecciesiae, declara a la mujer como un ser inferior que no fue hecho por Dios a Su imagen y semejanza («mulier non est facta ad imaginem Dei»): una difamación muy grave, que se repite hasta los siglos centrales de la Edad Media, en las compilaciones jurídicas de Ivo de Chartres y Graciano y en una serie de importantes teólogos. Todos ellos certifican que sólo el hombre está hecho a imagen de Dios; adjudicar esa cualidad a la mujer es un «absurdo». Según San Agustín, corresponde tanto a «la Justicia» como «al Orden Natural de la Humanidad que las mujeres sirvan a los hombres». «El orden justo se da sólo cuando el hombre manda y la mujer obedece».

San Juan Crisóstomo considera que las mujeres están hechas «esencialmente» para satisfacer la lujuria de los hombres. Y San Jerónimo —Doctor de la Iglesia como el anterior y que, al parecer, «hizo tanto por las mujeres»— decreta: «Si la mujer no se somete al hombre, que es su cabeza, se hace culpable del mismo pecado que un hombre que no se somete a la que es su cabeza (Cristo)». Esta idea llegó a ser introducida en el derecho canónico por medio de Graciano.

Es tristemente famosa la anécdota del sínodo de Macón (585) cuando, en pleno debate sobre la cuestión de si, en el momento de la resurrección de la carne, las mujeres que hubiesen hecho méritos suficientes deberían convertirse en hombres antes de poder entrar en el Paraíso, un obispo declaró que las mujeres no eran seres humanos («mulierem hominem vocitari non posse») (9).

«Tota mulier sexus»

En la Edad Media, cuando el hombre y la mujer rezaban por la noche: «he sido engendrado en el pecado, y en el pecado me concibió mi madre», la mujer era difamada por la Iglesia, que la calificaba como mala y diabó­lica, y como origen de todos los males. El hombre devoto tenía que huir de ella y no podía visitar las casas habitadas por mujeres, ni comer con ellas ni hablarles. Las mujeres eran «culebras y escorpiones», «receptáculos del pecado», «el sexo maldito» cuya «infame tarea» consistía en corromper a la humanidad. «A partir de la Edad Media, tener un cuerpo significó para las mujeres una especie de deshonra» escribe Simone de Beauvoir. Y Eduard von Hartmann resume: «En toda la Edad Media cristiana la mujer aparece como la quintaesencia de todos los vicios, de todas las maldades y de todos los pecados, como la maldición y la corrupción del hombre, como una emboscada diabólica en la senda de la virtud y la santidad».

El antifeminismo teológico afecta entonces a todas las capas sociales. De acuerdo con la tipología de San Ambrosio (Adán es igual a alma, Eva igual a cuerpo) y con la antigua divisa occidental «tota mulier sexus», la mujer fue considerada como un ser sexualmente insaciable, y se defendió con la máxima decisión la doctrina judeocristiana de la inferioridad femenina, que llegó a ser desarrollada en el plano teórico por la escolástica.

Según Honorio de Autun, ninguna mujer es grata a Dios. Según San Francisco de Asís, quien tiene trato con mujeres está «tan expuesto a que su espíritu se ensucie como lo está quien atraviesa el fuego a que las suelas de sus sandalias se chamusquen». Y según San Alberto Magno sólo deberían nacer seres humanos perfectos, es decir, hombres. Más claro: «la mujer ha sido conformada para que la obra de la Naturaleza no se frustre por completo» pero incluso esto se atribuye al hombre, ya que puede ser el resultado de una «corruptio instrumenti», de una defectuosa formación de su pene (10).

Tomás de Aquino: «(...) un hombrecillo defectuoso»

¿Y cuál es el veredicto sobre la materia de la máxima autoridad cató­lica? Tomás de Aquino (muerto en 1274), príncipe de la escolástica, doctor communis, doctor angelicus, elevado por León XIII en 1879-80 a la cate­goría de primer doctor de la Iglesia y patrón de todas las facultades y escuelas católicas, cree que el valor esencial de la mujer está en su capacidad reproductora y en su utilidad en las tareas domésticas. Una vez más, la encontramos, si vale la expresión, delimitada por el círculo trazado en Ex., 20, 17: ¡mujer, siervo, buey, asno...!

Según Santo Tomás, la mujer debe estar subordinada al hombre, puesto que él es su cabeza («vir est capus mulieris») y más perfecto que ella en cuerpo y en espíritu; lo era ya antes del pecado original. La subordinación de la mujer procede del derecho divino y del derecho natural, o lo que es lo mismo, de la misma naturaleza de la mujer, por lo que Tomás le exige obediencia tanto en la vida pública como en la privada. «La mujer se relaciona con el hombre como lo imperfecto y defectuoso (imperfectum, deficiens) con lo perfecto (perfectum)». La mujer es espiritual y corporal­mente inferior, y la inferioridad intelectual es el resultado de la corporal. más precisamente de su «exceso de humedad» y de su «falta de tempera­tura». La mujer es un verdadero error de la naturaleza, una especie de «hombrecillo defectuoso» «errado» «mutilado» («femina est mas occasionatus»): un improperio que se remonta a Aristóteles, repetido a menudo por Santo Tomás y recogido después por sus discípulos.

Para Santo Tomás, como para su maestro Alberto, un hombre sólo debería engendrar hombres, «porque el hombre es la perfecta realización de la especie humana». Si, pese a todo, nacen mujeres —Dios nos asista— ello se debe, según el patrono de las universidades católicas, lux theolo'gorum, bien a un defecto en el esperma (la «corruptio instrumenti» de San Alberto), bien a la sangre del útero o a los «vientos húmedos del sur» (venti australes) que, debido a las precipitaciones que provocan, son la causa de hijos con alto contenido acuoso, es decir, de niñas.

La mujer, según Santo Tomás, sólo es necesaria para la reproducción. Aparte de ello, atrapa el alma del hombre y la hace descender de la sublime eminencia en que se encuentra, sometiendo a su cuerpo a «una esclavitud que es más amarga que cualquier otra»,

La propia Revista de Teología Católica elogia a posteriori que el Aquinateo valore al hombre en toda su integridad, por una parte, y por la otra certifica una triple infravaloración de la mujer: «infravaloración en el desarrollo (biogenética), en el ser (cualitativa) y en la práctica (funcio­nal)» (11).

Predicadores y hogueras

La devastadora misoginia de los teólogos condujo, a partir de innumerables sermones en parroquias, catedrales y capillas nobiliares, a una extensa literatura misógina. En ella, la mujer aparece como la muerte del cuerpo y el alma, como una arpía o un lazo diabólico, un señuelo o una ponzoña inoculada; en una palabra, como una ramera. En un poema del obispo francés Marbodio de Rennes (1035-1123), el prelado subsume bajo el concepto de «ramera» a todo el sexo femenino.

La historia de la cultura le debe a un dominico italiano el desdichado alfabeto femenino: avidissimum animal, bestiale baratrum, concupiscentia camis, duellum damnosum, etcétera; en él, la mujer es representada como la Peste, el naufragio de la vida, la Bestia y símiles parecidos.

Finalmente, esta demonización continuada de la mujer la llevó a la hoguera, convertida en bruja. En el año 1484, Inocencio VIII, el gran progresista, había hablado en su bula Summis desiderantes affectibus de «muchísimas personas de ambos sexos» (quamplures utriusque sexus personae) que «tienen trato carnal con espíritus nocturnos galantes». Pero lo que podemos considerar como el comentario de la bula, el Martillo de brujas de los dos legados papales, los dominicos Kramer y Sprenger, que apareció en 1489 y alcanzó las treinta ediciones, se dirigió casi exclusivamente contra la mujer. «Para los entendidos» como declaran estos «dilectos hijos» del Santo Padre, está muy claro que «se encuentran infec­tados de la herejía de los brujos más mujeres que hombres. De ahí que, lógicamente, no se pueda hablar de herejía de brujos, sino de brujas, si queremos darle el nombre a potiori; y loado sea el Altísimo que ha preservado hasta hoy al sexo masculino de semejante abominación». Ambos cazadores de brujas sólo amenazan al hombre como de pasada y, ante todo, a los maridos, hijos y abogados que apoyan a las acusadas.

El odio patológico a la mujer que contiene este libro —que invoca sin vacilaciones a los Padres de la Iglesia, desde San Agustín a San Buenaventura y Tomás de Aquino— lleva a sus autores a afirmar, entre otras cosas, que la mujer no sólo tiene un entendimiento más débil y carnal que el hombre, sino que, además, su fe es menos sólida. Como prueba: la etimología de la palabra «femina» (mujer) está compuesta de «fe» y «minus» luego femina = quien tiene menos fe. En efecto, la mujer es «sólo un animal imperfecto».

Durante siglos fueron sobre todo mujeres quienes sufrieron acusaciones y torturas y a quienes fueron enviadas a la hoguera, incluso en los países protestantes, pues Lutero estaba de acuerdo con los papas en lo referente a incinerar a las «rameras del Diablo» (12).

Disparatadas injurias en el barroco

En el siglo XVII —en el momento en que Johannes Berchmanns S.J. (supra) enseña que «hay que huir de la mirada de las mujeres como de la mirada de los basiliscos»—, los sermones cristianos están atestados de calumnias contra la mujer. El chambelán bávaro Egidio Albertínus la llama «instrumento particularísimo del Diablo», el eremita agustino Ignatius Ertí se pregunta: «¿quién tiene la cabeza más estúpida y el corazón más débil que una mujer?» y el muniqués Georg Stengel, tutor del príncipe y uno de los jesuítas más relevantes de su tiempo, niega a las mujeres tanto la religiosidad como el entendimiento, «puesto que tienen tanto cerebro como un espantapájaros» y escribe que «la mujer tiene ventaja sobre todos los demás seres en la mentira y el engaño», siguiendo a un Padre y Doctor de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, a la hora de tachar a la mujer de «mal sobre mal», «una serpiente contra cuyo veneno no hay antídoto», «una tortura y un martirio» o repitiendo las injurias de San Ambrosio, que pensaba que la mujer es «la puerta a través de la cual el Diablo llega hasta nosotros». Es la diabólica desfachatez, la baba, el veneno, la bilis de siempre del celibatario, el resentimiento de quienes niegan a los demás lo mismo que se les niega a ellos.

En los umbrales del siglo XVIII, Abraham de Sancta Clara, un predicador de rotunda oratoria, recurría a la literatura mundial desde Salomón hasta Petrarca a la hora de maldecir a la mujer. Y a comienzos del siglo XIX todavía aparecían escritos referidos a la infame disputa escolástica «Habeat mulier animam?» (¿tiene alma la mujer?)

En la actualidad, tampoco hay «equiparación» de ninguna clase

En 1919, Benedicto XV —del que corrió un rumor (y no propagado por malvados, sino por cardenales) que le acusaba de haber envenenado a un competidor— se pronunció en favor del voto femenino, pero sólo porque creía, con razón, que las mujeres eran conservadoras y clericales. En lo demás, el clero se siguió mostrando contrario a su emancipación, siguió exigiéndoles sumisión y la necesaria «desigualdad y jerarquía»: «Las Sagradas Escrituras ponen especial cuidado en advertirnos de dos de las peores ocasiones de pecado: 'el vino y las mujeres'».

Y aún hoy, cuando el papel de la mujer parece haber cambiado más que en los pasados cinco mil años (lo que el mismo Pablo VI considera «notable»), la Iglesia del aggiomamento y de la seudoadaptación oportunista deja ver el viejo antifeminismo e insiste en defenderlo como principio. De modo que se sigue enseñando que el deber «fundamental» de la esposa es «ocuparse de la casa, sometiéndose al hombre», sin admitir en lo fundamental ninguna clase de igualdad de derechos.

La mujer no es más competente en ninguna esfera en particular; al hombre le corresponde «la última palabra en todas las cuestiones económicas y domésticas»; ella tiene que estar «dispuesta a obedecer en todo aquello que sea lícito». «Su sitio es, ante todo, la casa». Se dice expresamente que «hay que rechazar las aspiraciones de esas feministas (en su mayor parte, de inspiración socialista) cuyas pretensiones van encaminadas a un creciente equilibrio entre hombre y mujer». Para ello se remite, en letras cursivas, a la vieja tradición de Efesios 5, 23; «el hombre es cabeza de la familia». Y el Osservatore Romano todavía anunciaba en 1965 —sin que conozcamos réplica— que la «primacía del hombre» ha sido querida por Dios.

No obstante, al mismo tiempo, los católicos (con la desvergüenza que les caracteriza desde siempre) celebran a la Iglesia como liberadora de la mujer y se consideran por encima de «todas las mezquindades y las vulgaridades que ha dicho el paganismo antiguo y moderno sobre la natu­raleza y posición de la mujer».

Y es que mientras, por una parte, se quejan del triste, opresivo e indigno destino de la mujer entre los pueblos no cristianos (tanto los anteriores como los posteriores a Cristo), mientras escriben que «la mujer se encuentra en ellos en una situación de menosprecio y opro­bio que no puede ser más profunda», mientras afirman «que los histo­riadores de la mujer, desde Marx y Bebel hasta Johannes Scherr, son, en su mayoría, hasta las mismas puertas del siglo XX, unos diletan­tes», pretenden, por otra parte, que surgió una nueva época para el «alma femenina» desde que el Espíritu Santo actuó en el seno de María («la fuerza del Altísimo hizo su obra maestra en el taller del virginal útero de María») y mienten cuando escriben que «la Iglesia, con todo su poder, ha intentado mejorar el destino opresivo de la mujer», la ha «liberado de las cadenas de la esclavitud», le ha proporcionado «una dignidad completa­mente nueva» y ha hecho que su «estimación» creciera «enormemente», argumentando que la «valoración positiva de la virginidad» ha traído con­sigo una «equiparación de la mujer» cuando, en realidad, las campañas sobre la virginidad han sido desde siempre el correlato negativo de la difamación de las mujeres. Es más: a todo aquel que llama por su nombre al antifeminismo clerical se le acusa de incultura histórica y se imputa a los «heréticos» la praxis subyugadora que la Iglesia ha mantenido durante todos estos siglos (13).

Valoraciones positivas y negativas de la mujer entre los herejes

Sin embargo, la antigua gnosis y el maniqueísmo ya reservaban a la mujer una posición destacada. Las montanistas podía ser sacerdotes y obispos. En el catarismo, la perfecta podía partir el pan, oír confesiones y perdonar los pecados. Entre los bogomilitas búlgaros y los valdenses, la mujer tenía acceso al círculo más estrecho de los perfectos. En estos casos, el rechazo del matrimonio carnal no significaba ningún menosprecio para la mujer, que estaba casi al mismo nivel que el hombre. De la misma manera, en los círculos heréticos italianos de costumbres más libertinas, además de desaparecer las diferencias jerárquicas entre señora y criada, la mujer tuvo una posición igualitaria respecto al hombre.

En cambio, el protestantismo mantuvo la discriminación católica de la mujer. Como cualquier Padre de la Iglesia, Lutero interpretó la historia del Pecado Original en beneficio del hombre, al que corresponde el «man­do», mientras que la mujer debe «humillarse». El hombre es «mayor y mejor», es el «custodio del niño»; la mujer es un «medio niño», un «animal salvaje»; «la mayor honra que le cabe es que todos nosotros nacemos gracias a ellas».

En 1591, una serie de teólogos luteranos discutieron en Wittenberg sobre si las mujeres eran seres humanos. En 1672, apareció en la misma ciudad el escrito “Foemina non est homo”. Era la misma década en que en Wittenberg se disputaba sobre la posibilidad de que un camello pasara por el ojo de una aguja y en que aparecía un Tratado de ciencia natural sobre las pócimas de las brujas (14).

2. LA GLORIFICACIÓN DE MARÍA: EXPRESIÓN DE LA DEMONIZACIÓN DE LA MUJER

Desde el siglo XII hasta el XX, el movimiento mariano está estrechamente conectado con la condena de la mujer, de la carne pecaminosa, del mundo de las malas mujeres. - FRIEDRICH HEER

La María bíblica y el fetiche de la Iglesia

«No ha habido ninguna religión que haya valorado y honrado a la mujer como el cristianismo» afirma un eminente defensor del mismo. «En la Iglesia católica, esto tiene una expresión especialmente intensa en la mariología y en la veneración efectiva de María, a la que el mismo Hijo de Dios debió honrar como madre. Dios no habría podido conceder mayóla honor a la mujer y a la madre». Pero en realidad, no hay en esta religión ninguna figura en la que converja el absurdo como en la de Nuestra Señora, la Virgen que finalmente ascendió al Cielo en cuerpo y alma: un producto de la mitología arcaica muy retocado por medio de leyendas devotas y grandes mentiras. El fetiche tardío no tiene nada que ver con la imagen original de la Biblia, y menos aun con los más antiguos estratos de la tradición.

El arte clerical edificante quiso hacer olvidar que María apenas desempeñó un papel en el Nuevo Testamento; que el Libro de los Libros habló de ella escasísimas veces y sin mostrar ninguna veneración especial; que San Pablo, el primer autor cristiano, la nombra pocas veces, lo mismo que el evangelio más antiguo; que también la ignoran el Evangelio de San Juan, la Carta a los Hebreos y los Hechos de los Apóstoles; que los escritos que la mencionan están plagados de contradicciones; que el mismo Jesús guarda un completo silencio sobre su concepción por el Espíritu Santo y sobre la maternidad de la Virgen y, es más, nunca llama madre a María ni habla de amor maternal, y hasta la increpa duramente cuando ella le toma por loco; que antes del siglo III ningún Padre de la Iglesia toma en consi­deración la virginidad permanente de María y hasta el siglo VI nadie sabe nada de su ascensión a los cielos en cuerpo y alma; que la fe en su Inma­culada Concepción, luego convertida en dogma, fue combatida como su­persticiosa por las mayores lumbreras de la Iglesia: sus doctores Bernardo, Buenaventura, Alberto Magno y Tomás de Aquino, todos los cuales invo­caron a San Agustín; y que lo mismo ocurrió, en mucho mayor grado, con otras tantos rasgos marianos (15).

Lo único importante es que, a través de todas estas burdas omisiones y de invenciones aun más burdas, se tuvo finalmente una criatura asexuada hasta el extremo, que pudo ser presentada al mundo como ideal y en la que tomó cuerpo, no la idea esencial, sino la caricatura de toda mujer.

La blancura de las mujeres o la «desfeminización» de nuestra señora

Con asombrosa coherencia, también fueron erradicados los más ligeros síntomas de auro seminalis. Ya antes de su nacimiento, justo cuando el semen de su padre penetraba en su madre Ana, María quedó libre del pecado hereditario, del más terrible de los pecados que todos los seres humanos padecen, más blanca que la blancura, por así decirlo: en todo caso, el dogma de la Inmaculada Concepción de María no se propuso al mundo hasta casi diecinueve siglos después, el 10 de diciembre de 1854.

Nada más lógico que una criatura que fue engendrada de modo tan maravilloso llevara una vida no menos maravillosa. Y en efecto, cuando María concibió y parió un hijo siguió siendo virgen, ningún placer la ensució; no la mancharon ni el pene ni el vulgar esperma; Dios llevó todo este asunto con la mayor discreción y no lesionó la vagina de la madre. El hijo del carpintero de la Biblia no es, ciertamente, hijo del carpintero, y sus hermanos y hermanas, de los que la Biblia da testimonio, no son, por supuesto, sus hermanos y hermanas. Antes al contrario, todo es maravillo­so... como ya había ocurrido antes, en realidad, con una docena de hijos de dioses que también nacieron de madres vírgenes.

Así que únicamente María, pura, sin mancha, virgen ante partum, in partu y post partum, se convirtió al final en la gloriosa antagonista —en todo— de Eva, de la pecadora, de la culpable, de la compañera de la serpiente —es decir, del falo—, de la mujer. Y cuanto más se ensalzaba a la Virgen, tanto más se degradaba a todas las mujeres (naturales y vivas). Por una parte, una incomparable hiperdulía; por la otra, una difamación casi infinita. Ambas cosas mantenían una inconmovible reciprocidad.

María contra Eva

Según una antigua tradición, los clérigos galos y germanos del siglo VII oponían drásticamente a Eva, imagen primigenia de la mujer, frente a María, «la virgen que había dado a luz a Dios». En medio de la misa, un obispo decía: «Su vida no se originó en la concupiscencia; el poder de;á naturaleza no descompuso su cadáver (...) Los merecimientos de esta tieni doncella son exaltados en todo su valor (!) si se los compara con 1« hechos de la primera Eva: pues si María ha traído la vida al mundo aquélla ha engendrado la ley de la muerte; y si la una nos ha corrompid por su pecado, las otra nos ha liberado por su maternidad. Aquélla no dañó en la misma raíz por medio de la manzana del árbol (...) Parió coya dolores la maldición (...) La infidelidad de aquélla cedió ante la serpiente engañó al hombre y corrompió al hijo; la obediencia de María desagravia al Padre, la hizo merecedora del Hijo y redimió a las generaciones postea riores. Aquélla halló amargura en el jugo de la manzana; ésta obtuvo de la| frente del Hijo unas gotas de dulzura». Etcétera.                      

El envilecimiento se convirtió en una constante. En la Edad Media,  al mismo tiempo que florecía el culto exaltador de Nuestra Señora y que  se multiplicaban los himnos, las advocaciones, las ermitas y las hermandades marianas, la mujer era injuriada, humillada y oprimida (supra). De esta manera, María (pese a todo, como producto de una ideología patriarcal |«esclava del Señor» y «sierva de Dios» es decir, del sacerdote) podía  convertirse en «puerta de entrada del Cielo» mientras que cualquier otra mujer —sobre todo si no se trataba de una monja, de un instrumento  directo del clero— era «una puerta al Infierno permanentemente abierta».

Es muy lógico que la postergación de la figura de María entre ciertas Jsectas heréticas no llevara aparejada ninguna clase de postergación de la jmujer, sino que, al contrario, estuviera ligada con la igualdad eclesiástica i de ambos sexos. La dignidad femenina no quedó rebajada ni siquiera en los cultos adamitas Las relaciones sexuales libres que, en algunos casos» mantenían perfecti y perfectae, hijos e hijas de Dios, entre los cataros y los valdenses, no suponían ningún género de discriminación para la pareja femenina, lo que, por lo demás, es perfectamente comprensible. En cambio, la tendencia posterior de estos círculos hacia la interpretación católica de María tuvo como significativa consecuencia un nuevo rebajamiento de la condición femenina (16).

3. LA DISCRIMINACIÓN DE LA MUJER EN LA VIDA RELIGIOSA

«El negro ya ha hecho su trabajo»

En el primer cristianismo, las mujeres, a las que Jesús había puesto al mismo nivel que los hombres, podían convertirse en misioneras e impartir doctrina. Las profetas cristianas tal vez aparecieran antes que los profetas. Hubo mujeres que fundaron comunidades o se colocaron al frente de las mismas. En la época de los apóstoles se conocían las dignidades de «viuda de la comunidad» y «diaconisa», que en parte equivalían a la de sacerdote. En una palabra, las mujeres tenían funciones proféticas, catequizadoras, caritativas y litúrgicas, pronto fueron mayoritarias en la nueva religión, se convirtieron a menudo en sus «dirigentes» y formaron el grupo de conversos menos problemático. Celso llama al cristianismo «la religión de las mujeres» y Porfirio llega a afirmar que la Iglesia está dominada por las mujeres. Y fueron precisamente ellas quienes convencieron a los hombres cultos y, finalmente, también a los emperadores.

No obstante, en períodos más recientes se ha tendido a relegar cada vez más a la mujer, inhabilitándola para asumir oficios eclesiásticos y para recibir dignidades, una lucha estrechamente relacionada con la que emprendió el clero contra los laicos. Y después de dejarla definitivamente excluida de la jerarquía, siguieron poniéndola en entredicho.

Las menstruantes y las embarazadas son impuras

De modo que, en la Edad Media, las mujeres no podían llevar la cabeza descubierta, ni sentarse entre religiosos en los banquetes, ni entrar en el coro, ni acercarse al altar, ni tomar la eucaristía con la mano, adu­ciéndose a veces, expresamente, la debilidad y la impureza femeninas, «el ensuciamiento de los divinos sacramentos por mano de mujer». Y si el hombre podía bautizar en caso de necesidad, a la mujer le estaba prohibido.

En los penitenciales medievales, la mujer siempre está por debajo del hombre.

A comienzos del siglo X, las Instrucciones de visitación parroquial de Regino de Príim —una de las colecciones de fuentes del derecho canónico anterior al Decreto de Graciano más significativas— prohiben a todas las mujeres que canten en las iglesias. Así que durante siglos se hizo castrar a algunos muchachos con el único fin de sustituir a las voces femeninas en los coros de las catedrales.

Otra muestra muy significativa del combate emprendido contra la mujer como ser sexual la constituye el hecho de que, dentro de las iglesias, las menstruantes y las embarazadas fueran consideradas impuras. Las fun­ciones específicamente femeninas (regla, embarazo, parto) que en el pasado habilitaban a la mujer para el servicio religioso, fueron justamente las que la descalificaron en el cristianismo. Así, San Jerónimo predicaba que «nada hay más impuro que una mujer con el período; todo lo que toca lo convierte en impuro». De ahí que en la Iglesia primitiva se castigara a las menstruantes que besaban la mano de un sacerdote. Hasta comienzos de la edad moderna también se les negaba la entrada a la casa del Señor y la comunión. Quienes infringían este precepto eran castigados con una pena de siete años. Y en muchos lugares, los sacerdotes que les daban la euca­ristía eran removidos de sus empleos.

En Occidente no podían acceder a la iglesia ni tomar la comunión ni siquiera las monjas menstruantes. Algunos teólogos de comienzos del siglo XV defendieron dicha costumbre —con éxito— y en los siglos XVI y XVII la cosa derivó en humillaciones públicas. Un protocolo eclesiástico de la región de la Selva Negra informa en 1684: «las mulleres menstrua parientes se colocan ante la puerta de la iglesia y no llegan a entrar, quedándose, por así decirlo, en la picota» (17).

El parto también ensucia

Además de a las menstruantes y a las embarazadas, la Iglesia también consideró impuras a las parturientas y a veces incluso a quienes ayudaban en el parto. La comadrona, cuya posición en la Antigüedad «pagana» era muy elevada, fue uno de los oficios más indignos y despreciados en casi todo el Occidente cristiano.

Una importante ordenación eclesiástica del siglo III prohibía participar «en los misterios» a todos aquellos que hubieran asistido a un parto; por cierto —y esto es una nueva expresión del menosprecio clerical de la mujer—, la prohibición se hacía extensiva a veinte días si el recién nacido era niño, y a cuarenta si era niña. El período de purificación para la madre duraba veinte días tras el nacimiento de un hijo y ochenta tras el de una hija. A finales del siglo V algunos sacerdotes se negaban a bautizar a las parturientas moribundas si no había transcurrido el plazo de purificación. Y en el siglo XI todavía se castigaba a cualquier mujer que pisara una iglesia durante ese tiempo.

Fue a mediados del siglo XII cuando el clero permitió el acceso a la iglesia, al menos teóricamente, a las mujeres que acababan de dar a luz. No obstante, en la práctica estas mujeres no abandonaban la casa hasta treinta o cuarenta días después del parto, no sin antes hacerse «bendecir» a fin de obtener el perdón por el placer que habían disfrutado («¡mi madre me concibió en el pecado!»)... y no sin pagar antes las «entregas», unos óbolos por los que a menudo disputaban párrocos y frailes, que solían ser mayores en los partos extramatrimoniales y que en algunos lugares eran graduados según el pecado cometido.

Sin embargo, en el siglo XX el arzobispo Gróber («con la recomendación de todo el episcopado alemán») le da al hecho —puesto que hoy en día se sigue «bendiciendo»— otro significado: «la bendición de la madre cristiana después del parto es una acción de gracias y no una cere­monia de purificación o una petición de perdón».

El Vaticano Segundo y la mujer

Si es cierto que el Vaticano Segundo no ignoró del todo la situación de la mujer en la Iglesia y la sociedad, también es verdad que trató el tema con notable concisión; y en la forma de esas pobres seudolamentaciones de las llamadas encíclicas sociales, con las que, de tiempo en tiempo, los papas exhortan a los ricos a tener compasión hacia los pobres.

¿Pues qué puede importar que el Concilio se pronuncie, con insípidas palabras, a favor del «derecho a la libre elección del cónyuge y de la forma de vida», o por la «participación de la mujer en la vida cultural»? Y es que las indecisiones son mucho mayores. Y las formulaciones, casi insuperables por su tibieza, son tanto menos comprometidas cuanto que la forma extema actual de la Iglesia católica sigue probando la estentórea marginación de la mujer.

La santa asamblea, en sí misma, fue poco más que un conciliábulo puramente masculino. Dos mil quinientos dignatarios eclesiásticos se reu­nieron con, como mucho, cincuenta mujeres, «oyentes laicas» (infra), en su mayoría monjas que, además, nunca intervenían, sino que más bien demostraban el paulino «mulier taceat in ecciesia»; estas mujeres tuvieron que limitarse a escuchar y sólo al final, a partir del tercer período de sesiones, se les permitió sentarse en unos bancos sin respaldo. (¡Y aún puede uno emocionarse ante tanta magnanimidad o suerte!) Por lo demás, también el Codex Juris Canonici, el código vigente de la Iglesia católica, rebosa de discriminaciones sexuales directas e indirectas.

Y eso que hay al menos tantas católicas como católicos; y alrededor de 370.000 frailes y seglares frente a 1.250.000 monjas (18).

CAPÍTULO 19. LA OPRESIÓN DE LA MUJER

La ideología cristiana ha contribuido no poco a la opresión de la mujer, - SIMONE DE BEAUVOIR (1)

La premisa de que la mujer es la portadora del pecado, que es para el cristianismo un artículo de fe inamovible, tuvo que influir muy negativamente, como era inevitable, en su posición social y legal. - J. MARCUSE (2)

La crueldad de las leyes civiles contra las mujeres se ha unido en todos los usos sociales a la crueldad de la Naturaleza. Así, han sido tratadas como seres que no eran dueños de su entendimiento.- DENIS DIDEROT (3)

A lo largo de la historia, la mayoría de las mujeres han vivido casi al nivel de los animales..- KATE MILLETT (4)

1. LAS MEJOR SITUADAS

La historia de la mujer fue hecha por hombres —por tanto, contra ellas— desde los primeros tiempos del patriarcado.

La situación entre los romanos y los germanos

De todas formas, desde la perspectiva de la época imperial, los días en que un romano podía tratar a su esposa como si fuera un pedazo de carne, venderla o matarla quedaban muy lejos. Por el contrario, la ley del Imperio favorecía la emancipación femenina y permitía a la mujer una notable autosuficiencia personal y social. Doscientos años antes de San Agustín, la madre poseía los mismos derechos que el padre, la hija tenía el mismo derecho a heredar que el hijo y la separación estaba al alcance de ambos cónyuges, para lo que bastaba una simple petición formal. La virginidad y la fidelidad matrimonial tampoco tenían ningún significado relevante. Propercio, Horacio y Ovidio (cuyo Ars Amandi fue el único poema de la Antigüedad incluido en el índice) ensalzaron el amor libre.

Entre los germanos, el hombre era, ciertamente, el dominador. Podía pegar y vender a su esposa y, si ésta cometía adulterio, podía matarla impunemente. Pero esta dominación era al mismo tiempo un protectorado, pues la mujer germana nunca fue el infame «recipiente del pecado» sino, como dice Tácito, «sanctum aliquid et providum» un ser que reclamaba no sólo cuidados, sino también respeto.

Este gran respeto por la mujer germana se ve traducido en el derecho penal que, en la mayoría de los pueblos, reconoce mayores indemnizaciones para la mujer que para el hombre. (Las respectivas cantidades que se tenían que pagar como compensación por herida o muerte en un crimen entre clanes indican, hasta la Edad Media, la jerarquía social y jurídica de una persona). En el derecho del pueblo alamán y en el derecho bávaro el rescate de sangre de la mujer dobla al del hombre; entre los francos, si la atacada estaba en edad fértil, la cantidad se triplicaba; ¡pero en la Edad Media cristiana se redujo a la mitad de la indemnización masculina! «El clero, inclinado, según una extraña idea, a observar a la mujer como si fuera un ser impuro e inferior, lo que seguramente tuvo que ver sobre todo con el pecado original de Eva, no pudo aceptar la valoración positiva de los germanos y, con el tiempo, consiguió que la mujer perdiera su estimación legal».

Por el contrario, el respeto de los germanos por la mujer era consecuencia de su religión. Por ello no debió de ser tan fácil convertir a las mujeres germanas. Pues aunque el «factor personalista» del cristianismo no era nuevo para ellas, sí eran extrañas y difíciles de entender ideas como la de la creación secundaria de la mujer, su función como compañera del Diablo en el pecado original y su difamación por parte de los Padres de la Iglesia como fons et caput mali, ideas que sirvieron de base para la subordinación de la mujer en todas las esferas de la vida. La doctrina de la virginidad como forma más sublime de existencia también debió de parecerles nueva y extraña, y lo mismo se puede decir de la imposibilidad de acceder a las dignidades religiosas o al matrimonio sacerdotal, o del derecho canónico, que pretería los intereses de la esposa y la hija en las herencias. Un escritor católico admite, en nuestros días, que «la estimación de la que disfrutaba la mujer entre los pueblos paganos al norte de los Alpes contrastaba abruptamente con el menosprecio que los Padres de la Iglesia expresaban sin el menor rodeo» (5).

Sin derecho a heredar ni patrimonio

Habida cuenta del poder y la enorme influencia de los sacerdotes cristianos, el hecho de que denigraran constantemente a la mujer no podía dejar de tener consecuencias jurídicas, económicas, sociales y educativas.

Tengamos presente que, en la Edad Media, muchas veces los príncipes seculares contaban poco frente a los espirituales y sobre todo frente al Representante de Dios sobre la Tierra; que el derecho canónico, como derecho de la mayor comunidad de Occidente y como su ordenamiento jurídico más importante, desbordaba con mucho el ámbito meramente in­terno de la Iglesia; que los principios cristianos determinaban también la política, la educación y la ciencia. Queda así claro de inmediato que la misoginia empedernida de la Iglesia católica debió de reforzar fatalmente el patriarcalismo tradicional.

No fue Italia el único lugar en el que la mujer descendió por debajo del nivel alcanzado en el Imperio, viendo reducidos en la Edad Media sus derechos de herencia y perdiendo —como persona carente de capacidad jurídica— el Muntwait («monovaldo»: una relación de protección y representación, del alemán antiguo «munt» latinizado «mundium»). En Alemania, las cosas también le fueron mucho peor que a la mujer romana de antaño en cuanto a sus derechos pecuniarios. Una legislación estricta le impedía tener un patrimonio digno de tal nombre y prácticamente no le dejaron más elección que la del matrimonio o el convento. Y si se casaba, todos sus bienes muebles e inmuebles pasaban a pertenecer al marido. Éste los administraba, ostentaba la titularidad legal y era el único usufructuario,

Si la mujer era repudiada (aunque fuera inocente) generalmente tenía que renunciar a cualquier pretensión de restitución de la dote. «Si se ha perdido (...)» se dice en el código de Suabia, tendrá que prescindir de ello». Si, por el contrario, ella misma enajenaba una parte de la dote, su marido podía anular el trato. Tampoco podía dictar disposiciones testamentarias sin permiso, con la única excepción, vigente en algunos códigos locales, de lo referido «a sus vestidos viejos y a las joyas de su ajuar».

«Ella vivirá de acuerdo a la voluntad de él»

Los homenajes de los trovadores tampoco influyeron en la situación legal y económica de la mujer, ni siquiera en la época del amor cortés. Ella recibía ilusión, pero el hombre seguía poseyendo el derecho. Él es su alcaide y su superior y, como decreta una antigua fuente, «ella vivirá de acuerdo a la voluntad de él y será sumisa y obediente, pues por sí misma, sin su marido, nada puede hacer y nada puede ordenar». Otros códigos garantizan la supremacía masculina con expresiones similares y en Frisia las cosas llegaban a tal punto que se podía declarar Jpaypr de edad a un huerfanq^de siete años a fin de convertirlo en tutor de su propia madre. Un dicho femenmcTde la baja Edad Media dice: «lo propio de una mujer es una vida temerosa de Dios, casta y retirada». Y en 1883, un Libro edificante para católicos educados aprobado por el obispo de tumo todavía les encarecía a las mujeres católicas que «la religiosidad aumenta los en­cantos más que ninguna otra cosa (...) Que no se lamente de lo que el marido le depare (...)»

Los sentimientos decidían los enlaces matrimoniales en muy pocas ocasiones. El matrimonio era una cuestión familiar y patrimonial, no sentimental, y la propia mujer era algo así como un objeto del hombre. Ella debía amar a aquel con quien se casaba y sólo excepcionalmente podía casarse con quien amaba. El pariente masculino más cercano era quien concedía su mano. Y como esposa era casi una esclava e incluso podía ser regalada o vendida, por placer o por necesidad; esta costumbre se prolongó en Alemania hasta bien entrado el siglo XIII y, en otras partes, hasta mucho más tarde.

La doble moral no se detuvo ante nada. El marido podía ir al burdel, podía hacer y ordenar lo que quisiera, mientras que la mujer sólo podía amar cuando el marido quería, le gustara o no. Ella tenía que guardarle una fidelidad sin contrapartidas. De ahí que, por lo general, fuesen las mujeres quienes tuvieran que sufrir la barbaridad de los «juicios de Dios», de las pruebas del agua y el fuego: y a menudo por razones insignificantes.

El poeta italiano Matteo Bandello escribe en el siglo XVI: «Éste mató a su mujer porque sospechaba (!) de su infidelidad; ése estranguló a su hija porque se había casado en secreto; aquél, en fin, hizo matar a su hermana ¡porque no se quería casar de acuerdo con su criterio! Es una gran crueldad que todos queramos hacer lo que se nos ocurre y a las pobres mujeres no les esté permitido lo mismo. Si ellas hacen algo que nos disgusta, ahí estamos nosotros de inmediato, con la soga, el puñal o el veneno en la mano». O con el cinturón de castidad, ese ingenioso instru­mento que los cristianos colocaron a sus mujeres desde el siglo XIII para ayudarlas a respetar la fidelidad conyugal y que, aunque permitía orinar y defecar, impedía, en cambio, —o pretendía impedir— el acceso a las «puer­tas demoníacas». Sólo lo pretendía, porque mientras los hombres estaban de viaje o luchaban en lejanas cruzadas —con la ayuda de muchas prosti­tutas (infra)—, las llaves de entrada al «harén de los cristianos» circulaban de mano en mano. En Occidente, el artilugio se generalizó en los siglos XV y XVI; su perfección técnica fue cada vez mayor y a veces los aficio­nados al arte los adornaron con preciosas piezas de orfebrería. En la católica España, las mujeres los llevaron hasta principios del siglo XIX (6).

Azotar a la esposa: con respaldo canónico hasta 1918

Además, el hombre tuvo derecho a azotar a su esposa durante toda la Edad Media. Era su juez y podía recurrir a los castigos más extremos;

como ilustra la literatura de la época, podía pegarla, azotarla y aplicarle garfios «hasta que la sangre» brotara «de cien heridas» o hasta que se derrumbara «como muerta». Ella, en cambio, debía temerle, honrarle y amarle tiernamente.

Incluso durante la era de la courtoisie, del amor cortés —que, si no mejoró la situación jurídica de la mujer noble, al menos hizo más llevadera su suerte—, el caballero podía zurrar a su esposa casi siempre que quería, con tal de que no le rompiera ningún miembro. Un estatuto de la ciudad de Villefranche, en el siglo XIII, no tiene reparos en permitir las palizas, «siempre que ella no muera». Y en Baviera, donde la mujer siguió estando sometida al «derecho punitivo menor» hasta 1900, el código de derecho municipal de Ruprecht de Freising (1328) pretendía que sólo se castigara al marido que hubiese matado a golpes a su costilla «inmerecidamente».

La justicia profana intervenía normalmente de mala gana. Un código de Passau, de la baja Edad Media, establece que «lo que un hombre tiene que tratar con su esposa no es de la incumbencia de ningún tribunal secular y sólo comporta penas espirituales». Y en Bresiau, un marido que fue demandado por crueldad en el siglo XIV tuvo que prometer que «en lo sucesivo sólo pegaría y castigaría ¿a su pareja? con vara, lo que es suficiente y corresponde a un hombre de bien, según la lealtad y la fe»... ¡según la fe, sobre todo!

Pues aparte de que la teología moral ha sostenido la communis opinio —también en la edad moderna— de que, en la familia, el «mando» sólo le corresponde a una persona, esto es, al padre, los azotes a la mujer también fueron respaldados canónicamente, y este derecho del hombre se vio fa­vorecido en toda su extensión. Según Tomás de Aquino (cf. supra), el hombre sólo debía acudir a los tribunales en caso de repudio o de homicidio. El Corpus Juris Canonici, el código vigente en la Iglesia Católica hasta 1918, obligaba a la mujer a seguir a su marido a todas partes; este último podía declarar nulas las promesas de su mujer; también podía golpearla, encerrarla, atarla y obligarla a ayunar (7).

¿«(...) Medio de educación extremo» o respeto por el folclore?

Incluso hoy en día, cierto moralista romano —que, por principio, prohibe al hombre pegar a su mujer— entendería el castigo si se tratara de «rudas costumbres populares en las que le fuera reconocido tal 'derecho' al hombre y éste lo usara como medio de educación extremo». Al contrario: el confesor no se dejará enredar por las quejas, «en especial de la mujer», sino que deber exhortar, «en especial a la mujer», a «hacer antes todo lo posible para que el hombre encuentre la casa bonita y agradable».

O sea, que se sigue dando licencia para algún palo que otro... aunque sea, por decirlo así, como concesión al folclore. Nada sorprendente, por cierto, en una institución que permitió durante siglos que se apaleara a las mujeres hasta dejarlas lisiadas; que las hizo quemar, ahogar, empalar y enterrar en vida; que las ató a los caballos para que las descuartizaran. (Únicamente se las libró de la horca: por decoro). Casi todas las barbari­dades y vejaciones estaban bien vistas. Y en cambio ¿qué es lo que le parece al abogado moral de hoy en día la «peor degradación de la mujer»? ¡Qué otra cosa podría ser!: una relación sexual «anómala».

Así que ¿a quién le puede extrañar que Lutero también se pronunciara en favor del castigo corporal a las mujeres? ¿O que las excluyera de la ordenación sacerdotal y las mandara para sus casas? «Saca a las mujeres de sus tareas domésticas y no sirven para nada».

En Francia, al patíbulo

El poder del padre fue tan grande a lo largo de toda la Edad Media que el derecho secular y la teología moral le permitían vender a sus hijos en caso de necesidad. «Un hombre vende a su hijo con derecho si se ve obligado a ello por la necesidad» admite el código suabo, compuesto a finales del siglo XIII sobre la base del código alemán. El derecho medieval alemán no recoge en ningún momento el mundium materno. Incluso en caso de muerte del padre, el tutor de los hijos debía seguir siendo un hombre, puesto que la madre, que permanecía durante toda su vida bajo tutela, no podía representarlos ante la sociedad. La recepción del derecho romano, profundamente misógino, y del concepto de patria potestas, cerró el paso a una mayor influencia femenina, incipiente en el derecho alemán tardío, y acabó con cualquier restricción del poder del padre sobre la familia. «En él se dibujaba el perfil de Dios (...)».

Las hijas solteras o acababan en el convento o permanecían hasta su muerte en casa del padre, sometidas por completo a él. Al contrario de lo que ocurría con los hijos, no podían emanciparse y durante toda su vida carecían del derecho de disponer de patrimonio.

A comienzos de la edad moderna, los derechos de la mujer seguían siendo en muchos países completamente inexistentes. Ni siquiera la Revolución de 1789 mejoró la situación. Ellas se rebelan, sobre todo en Francia, pero inútilmente. Olympe des Gouges muere en el patíbulo. Otras, como la condesa de Salm, Flora Tristan o George Sand, continúan la lucha, apoyadas por los sansimonistas, cuyos elementos más extremistas se declaran devotos de la Gran Madre; la sociedad se burla de ellas, las persigue, las difama: la liberación femenina fracasa.

En Francia —donde el estadista e historiador Guillaume Guizot declara que «la Providencia ha destinado a la mujer al hogar (la Providencia fueron San Pablo y Lutero)—, todos los clubes femeninos son prohibidos en 1848, el «Año de la Mujer». Y el Code Napoleón, código civil vigente desde 1804, impide su emancipación durante el resto del siglo. La mujer carece de derechos políticos y subsiste el mundium matrimonial (X). Las  francesas no consiguieron el derecho de voto activo y pasivo hasta 1945.

En Inglaterra, más baratas que un caballo

La situación en Inglaterra era, si cabe, aún peor. Unas pocas líneas de William Blackstone (muerto en 1780) a propósito de la Common Law esclarecen sus miserias. «Por medio del matrimonio», escribe este jurista considerado, todavía hoy, como una autoridad en cuestiones de derecho inglés, «hombre y mujer se convierten en una sola persona (!) ante la ley: es decir que, mientras dura el matrimonio, la existencia legal de la mujer queda suprimida (!) o, al menos, incorporada en la existencia del hombre y con­solidada en ella (...) Ella está por debajo y obra según el impulso de él».

Por supuesto, ella también obraba a veces por cuenta propia, lo que no parece haber aumentado su cotización. A comienzos del siglo XIX, un arrendatario anunció en un diario londinense la pérdida de su caballo y. al día siguiente, la (fuga) de su mujer; ofreció cinco guineas por el hallazgo del animal y... cuatro chelines por la recuperación de su media naranja. La venta de mujeres, por medio de la cual la mujer se convertía en legítima esposa del comprador, fue legal en Inglaterra hasta 1884.

Como ya ha señalado anteriormente Kate Millett, según la Common Law vigente en el siglo XIX, la mujer anglosajona se sometía a una «muerte civil» cuando se casaba, pues renunciaba «en la practica a todos los derechos humanos, como el criminal cuando lo encierran"; ante la ley estaba tan «muerta como los locos o los idiotas». Y Kit Moual escribe que. en aquel momento, la inglesa estaba al nivel «de los criminales, los enlermos mentales y los insolventes:". No podía participar en las elecciones ni ejercer una prolesión liberal; no podía firmar papeles ni atestiguar ante un tribunal; no podía controlar sus ingresos ni adminisliar sus bienes. Todo lo que ganaba durante el matrimonio pasaba a ser propiedad del hombre, al que la ley autorizaba expresamente a emplear la «fuerza física» o el «poder» contra ella. Hasta 1923, la esposa no tenía ninguna posibilidad de denunciar la infidelidad del marido, y hasta 1925. el derecho de tutela del padre prevalecía sobre el de la madre. Hasta entonces, la independencia legal de la mujer inglesa estuvo peor garantizada que la de la mujer babilonia en el Código de Hammurabi, aproximadamente del 1700 a.C.

Bertha Von Suttner y el «gran Berta»

En todo el siglo XIX. las posibilidades sociales y económicas de la mujer dependieron sobre lodo de la posición del marido, el padre o el hermano. Y, con la excepción de unas pocas gobernantes, el poder político se mantuvo exclusivamente en manos de hombres. En Baviera, por ejemplo, las mujeres sólo fueron autorizadas a participar en asambleas sobre asuntos públicos en1898.

Sin embargo, esta permanente subyugación de la mujer y el triunfo del «sexo fuerte», después de 1848 tuvieron una devastadora influencia en el destino de la sociedad y, en especial, como subraya Friedrich Heer, en el creciente grado de neurosis del ambiente político. Las ideologías de los hombres, «su nacionalismo, su imperialismo, sus miedos y su odio son. hasta 1950, factores determinantes del expansionismo de Europa, de sus guerras internas y exteriores». Al igual que había ocurrido, por el lado francés, con George Sand, en el mundo germánico Bertha von Suttner, ganadora del premio Nobel de la Paz en 1905. fue objeto de burlas y libelos que la convirtieron en «pazberta» la «bruja de la paz» o la «furia de la paz». «Los hombres alemanes no pudieron oponer a esta mujer nada más que el Gran Berta, el gran cañón que apuntaba a París en 1914» (9).

2. LAS PROLETARIAS

No hace falta decir que el Occidente cristiano resultó aun más catastrófico para las mujeres de las clases inferiores.

«(...) Como las cabezas de ganado o las propiedades»

Durante toda la Edad Media, los siervos fueron vendidos, cambiados y regalados por sus señores a voluntad. Los azotes eran una cosa cotidiana. Según la Lex Sálica, anotada por los monjes en el siglo VI, los golpes que podía recibir una ancilla oscilaban entre ciento veinte y doscientos cuarenta. En los serrallos de los conventos, las muchachas tenían que realizar toda clase de trabajos, desde esquilar ovejas y segar el lino hasta limpiar los establos, fregar, moler el grano o cultivar el campo. «Eran el capital de su señor, como las cabezas de ganado o las propiedades, y su trabajo representaba parte de la renta de la que el señor vivía».

En la edad moderna, muchas veces lo único que recibieron estas mu­jeres como compensación fue una alimentación paupérrima. Y, en adelante, su retribución siempre estuvo muy por debajo de la del hombre, que ya de por sí estaba bastante mal pagado. En la Prusia oriental de 1420, un criado recibía tres marcos de salario anual, y una doncella, uno. En una finca de Franconia de finales de la Edad Media, se pagaba entre cinco y ocho florines a los sirvientes y tres a las sirvientas. En la parroquia de Nuestra Señora de Ingolstadt, a comienzos del siglo XVI, los jornaleros cobraban de diez a catorce peniques al día. los picapedreros entre dieciséis y veinti­cuatro y las trabajadoras entre ocho y diez (un cerdo magro costaba entonces una libra ' ocho chelines ' doscientos cuarenta peniques).

A menudo, estas mujeres también eran siervas desde un punto de vista sexual, literalmente. En las cortes cristianas de los primeros siglos de la Edad Media, su libertad estaba casi tan limitada como en un harén musulmán. De igual manera, el serrallo de las grandes cortes señoriales servía al mismo tiempo como burdel para el señor, sus camaradas y sus invitados. Posteriormente, muchas sirvientas abandonaron los latifundios, formando el grupo social de las mujeres ambulantes, las putas proscritas de la Edad Media. Y, por supuesto, fueron estos serrallos los que dieron lugar a las mancebías estables, la mayoría de las cuales fueron conocidas por ese nombre: «serrallos».

Finalmente, las mujeres no libres sufrieron la vejación del jus primae noctis, que, a cambio del permiso matrimonial, concedía al señor el derecho al primer coito con la novia. Muchos burgueses de la edad moderna si­guieron motejando a sus sirvientas como los «orinales del amo» porque estaban a su disposición durante toda la noche, como el orinal. Por la misma razón, muchas francesas llamaban a sus doncellas «les pissepots de nos maris».

En la ciudad, las jóvenes de las clases bajas sólo tenían, fundamen­talmente, tres posibilidades de sobrevivir: el servicio doméstico, la prosti­tución y el convento. Pero ninguna de estas tres posibilidades ofrecía una vida soportable. Como tampoco lo hacía una cuarta eventualidad: el trabajo en el taller, que, por lo demás, entraba muy pocas veces en consideración y no estaba bien visto, sobre todo por la Iglesia (10).

En el primer capitalismo, con las manos y con los pies al mismo tiempo

Después de la Reforma, las mujeres fueron expulsadas de los oficios urbanos, pero en el primer capitalismo volvieron a ser explotadas con especial dureza. Su trabajo se contabilizó como aportación «adicional» a los ingresos familiares, lo que pudo justificarse en todo momento con la vieja idea cristiana de que la mujer pertenece al hogar.

En el siglo XIX, hubo muchos industriales que incluso prefirieron emplear energías femeninas. La explicación cínica: «Son más celosas en su trabajo y cobran menos sueldo». De ahí que murieran más jóvenes. La mitad de las trabajadoras de la seda enfermaban de tisis ¡antes de acabar la etapa de aprendizaje! En 1831, estas mujeres bregaban durante diecisiete horas al día. En los talleres de pasamanería de Lyon, algunas trabajaban «con las manos y con los pies al mismo tiempo, prácticamente colgadas de las correas».

El resultado de esta servidumbre fue la caída de los salarios masculi­nos. Con frecuencia, las mujeres expulsaban a los hombres del trabajo, de modo que ellos se quedaban en casa sentados mientras que ellas se dirigían a la fábrica para hacer lo mismo por menos dinero.

En Inglaterra, muchas veces las mujeres estaban sometidas a una ex­plotación peor que la de la esclavitud antigua: Engeis encontró en Man-chester a infinidad de mujeres y niños harapientos, «tan sucios como los cerdos de las escombreras y las charcas». Como las galerías de las minas eran demasiado estrechas para los caballos, las «arrastradoras» remolcaban las vagonetas y llevaban cargas que pesaban entre cincuenta y ciento cin­cuenta kilos durante doce, catorce o dieciséis horas al día; y en casos excepcionales, más. El testimonio de una trabajadora en las minas de carbón de Littie Bolton comienza así: «Tengo un cinturón alrededor de la cintura y una cadena por entre las piernas y voy a cuatro patas». En el pozo en el que trabaja esta mujer de treinta y siete años, el agua le cubre los zuecos y a veces le llega hasta los muslos. «Ya no soy tan fuerte como antes ni puedo soportar tan bien el trabajo. He estado sacando carbón hasta dejarme la piel; el cinturón y la cadena son peores cuando estás embarazada. Mi marido me pega a menudo cuando no tengo ganas».

Estas mujeres, la mayoría de las cuales padecía deformación de pelvis, tenían que mantener el mismo ritmo de trabajo casi hasta el momento del parto, como confirma Heinrich Wilheim Bensen en 1847. «Habitualmente, la mujer vuelve a trabajar a pleno rendimiento ocho días después. El niño se queda en un cuarto sucio, sin espacio ni aire, languideciente a causa de una alimentación pobre y completamente inadecuada, adormilado por el aguardiente o el opio. Por consiguiente, muchos hijos de trabajadores se perdían en los primeros años (...)».

En una nota al pie de página de El Capital, Marx incluye la siguiente cita: «Herr E., un fabricante, me informó de que emplea exclusivamente a mujeres en sus talleres mecánicos; prefiere a mujeres casadas, sobre todo a las que dejan en casa una familia cuyo mantenimiento depende de ellas; éstas son más cuidadosas y dóciles que las solteras y apuran sus fuerzas hasta el límite para procurarse el necesario sustento». Por supuesto que muchas veces no se dudaba en recurrir a niños, que aun eran mucho más baratos y que a menudo morían extenuados.

Un informe del Departamento de Interior prusiano resume así la situación: «Una parte muy importante de nuestras trabajadoras gana unos salarios que no alcanzan a cubrir las mínimas necesidades vitales, razón por la cual se ven en el dilema de buscar un complemento en la prostitución o sucumbir a las ineludibles consecuencias de una ruina física y espiritual» (11).

3. MUJER Y EDUCACIÓN

Puesto que los poderosos vivían en buena medida de la ignorancia de las masas, los conocimientos que la mayoría recibía —y en especial las mujeres— eran sólo los imprescindibles, afirmación que las escasas excepciones no hacen sino corroborar. Hasta el siglo XX, la historia de la cultura ha sido cosa de los hombres.

Obviamente, en las cortes se educaba mejor a las muchachas; las chicas de la élite social aprendían a leer y escribir; pero incluso éstas —que, por lo demás, solían acabar como simples monjas— leían poco más que oraciones, catecismos y leyendas bíblicas. Y la mayoría restante se dedicaba a cuidar ocas o a trabajar en casa o en el campo, y morían siendo analfabetas. Incluso cuando algunos alardean de la educación de la mujer en la Edad Media, como todavía se sigue haciendo errónea y falaz­mente, admiten que «las mujeres (...) eran tenidas en cuenta sólo en casos aislados», que la religión cristiana quena educar a la mujer, «naturalmente (!), sólo hasta cierto punto» y «con el propósito expreso —y en principio exclusivo— de formarla desde el punto de vista religioso y moral» o, como también se dice, «puramente clerical».

Francisco Barberino, que se pregunta en tiempos de Felipe el Hermoso si será conveniente instruir a las hijas en la lectura y la escritura, responde con un rotundo «no». Y Lutero, defensor decidido del confinamiento de las mujeres en el hogar, opina que con una hora de clase al día es suficiente.

Hubo que esperar al Renacimiento, con la resurreción de la Antigüedad clásica y el reconocimiento de la personalidad, para que la situación de las mujeres se acercara a la de los hombres, sobre todo en Italia; entonces pudieron empezar a estudiar y, eventualmente, a enseñar. Como escribe un católico, «el ideal educativo que se defendía ya no era el ideal cristiano de la Edad Media (...)» Exacto.

Claro que la Iglesia siguió ponderando este ideal. Y así arruinó o descuidó gravemente la educación de las jóvenes —incluso cuando estaba en manos de monjas—, pudiendo invocar para ello a la Biblia: «No permito a la mujer que enseñe». Hasta el siglo XIX, la mujer estuvo excluida de la vida cultural tanto como de la vida política. Wilheim Busch podía bromear al respecto:

Ella está en su silla, todavía en bata, él está leyendo la prensa local, y mientras ella sigue haciendo calceta, él le cuenta sólo lo fundamental.

En el siglo XX, algunos países occidentales todavía excluían a las mujeres de los centros de enseñanza superior. La primera doctora en me­dicina de Nueva York obtuvo el título en 1849. Inglaterra, Suecia, Holanda, Rusia y Suiza no admitieron a las mujeres en la carrera de medicina hasta los años setenta —y entonces sólo con la oportuna autorización—; en Alemania hubo que esperar hasta 1889, y, aun entonces, a condición de obtener un permiso especial del ministro de Cultura, el rector y los respectivos profesores. Hasta 1920, Oxford siguió otorgando títulos diferentes a hombres y mujeres. Y en 1960 todavía había en Alemania 2.328 cate­dráticos frente a sólo trece catedráticas (12).

4. MUJER Y MEDICINA

La difamación cristiana de la mujer y de su cuerpo también repercutió sobre las ciencias naturales, y en especial sobre la medicina. Ello obstacu­lizó la investigación sobre el cuerpo femenino y causó innumerables víctimas, tanto más teniendo en cuenta que la salud de la mujer —por razones comprensibles— era más endeble que la del hombre. Francois de la Boa, un destacado médico del siglo XVII, ya atribuía la propensión femenina a las enfermedades nerviosas más frecuentes, tan lacónica como atinadamente, a «que un ser que vive siempre sometido al hombre, por fuerza tiene que sentirse triste y temeroso y de ahí que enferme con tanta facilidad».

En la Edad Media era considerado «indecoroso» que un hombre asis­tiera en el parto a una mujer. La praxis correspondiente estaba casi exclu­sivamente en manos de las comadronas, aunque los libros que éstas em­pleaban habían sido escritos por hombres. Así que, por culpa del sentido cristiano de la vergüenza, la teoría y la práctica estuvieron separadas hasta el siglo XVII. Sólo entonces se difundieron las escuelas para comadronas, creándose también algunas cátedras de obstetricia.

La época de la Ilustración aportó la moderna asistencia sanitaria estatal, la higiene individual y la mejora de la posición social de la mujer, por lo que se la ha podido denominar, con toda justicia, como «el siglo de la mujer».

La ginecología también se aprovechó de ello. Es en ese momento cuando se estudia con más detenimiento la anatomía y la fisiología de la mujer, cuando se realizan las primeras investigaciones fundamentales sobre las diferencias entre el cuerpo masculino y el femenino y cuando John Hunter acuña el concepto de caracteres sexuales secundarios.

No obstante, siguió habiendo bastantes disparates de impronta religiosa muchas veces, hasta los médicos creían que la esterilidad estaba causada por elementos mágicos. El mismo Linneo —hijo de un predicador— omitió los órganos sexuales femeninos en su Tratado sobre la Naturaleza por considerarlos «algo horrible». Todavía a mediados del siglo XIX, Ferdinand Jahn, el reputado médico de la corte de Meiningen, compara la infección patológica con la reproducción sexual, con el proceso que comienza en los genitales femeninos después de la concepción; en todo ello subsiste algo del asco sexual de San Agustín: «ínter faeces et urinam nascimur» (supra).

En la Inglaterra victoriana, el reconocimiento riguroso de una mujer estaba poco menos que descartado. Las pacientes señalaban la localización de sus propios dolores gracias a unas muñecas que había en las consultas. El médico, en todo caso, podía palpar después los lugares correspondientes a través de la blusa y, por supuesto, sólo en presencia del marido o de la madre. En 1891, el inglés William Goodell describe su lucha contra la tradición de no operar a las mujeres menstruantes —puesto que desde tiempos inmemoriales se enseñaba y se creía que la presencia de estas mujeres «manchaba las fiestas religiosas y podía agriar la leche, interrumpir la fermentación del vino y acarrear mucha desgracia por doquier» (cf. infra)—. Y si en los siglos pasados ser un enfermo sexual era ya de por sí una tragedia en un hombre (exceptuado, hasta cierto punto, el tolerante siglo XVIII), en una mujer era un crimen (13).

5. LOS COMIENZOS DE LA LIBERACIÓN FEMENINA

Entretanto, Johann Jakob Bachofen (1815-1887) había descubierto el matriarcado. La primacía, hasta entonces casi indiscutida, del orden pa­triarcal, empezó a quebrarse, lo que influyó de modo notable en la inves­tigación sociológica. La sociedad fue cada vez más consciente de la situación de la mujer, la apreció en sí misma y con el tiempo se produjo un cambio profundo, multiplicándose sus derechos políticos, sociales, económicos y sexuales; y todo ello, no por casualidad, en un momento en que el poder de la Iglesia no dejaba de disminuir.

Un revés bajo el fascismo

Bajo el fascismo, con su inequívoca supremacía masculina, esta tendencia cambió de sentido. La emancipación de la mujer fue rigurosamente fre­nada y la propia mujer fue puesta al servicio, a la vez, del poder político y del marido, «aspirando a un reencuentro con la Iglesia, por el viejo respeto a la familia y siguiendo una larga tradición de esclavitud femenina».

La política sexual de los nazis, que hacían responsables al comunismo y al judaismo de la «libertad sexual» en la República de Weimar, estuvo en abierta sintonía con las máximas de la moral cristiana. La mujer fue de nuevo relegada al hogar: se le prohibió ejercer como juez y, en 1936, fue excluida de cualquier función en la administración de justicia; también fue apartada del Reichstag y, en cierto modo, quedó rebajada hasta la condición de yegua de cría. Y ambas cosas, la expulsión de la vida pública y la verborreica propaganda en favor de la maternidad, prolongaban la análoga idealización mística de la Iglesia: una fanática máquina de parir, en uno y otro caso.

El comunismo —que, de momento, sigue siendo para la Iglesia el movimiento anticlerical más odioso del siglo XX— concedió a la mujer, al menos, la igualdad económica: en Rusia, recibe el mismo salario que el hombre. Pero la moral sexual soviética es en algunos aspectos tan pacata como la católica. Está claro que hay afinidades en ambos sistemas y que, de hecho, no existe igualdad sexual ni allí ni en ninguna parte.

En la actualidad se mantienen las desventajas

Y es que, todavía hoy, la situación psicológica de la mujer —y no sólo su situación psicológica— sigue siendo más conflictiva que la del hombre. Como en la época de Engeis, la familia se sigue basando, hoy en día, en la «esclavitud doméstica» de la mujer; el hombre representa a la «burguesía», la mujer al «proletariado». La antigua categoría de la mujer como bien mueble sigue estando detrás del hecho de que pierda el nombre al casarse o que tenga que adoptar el domicilio del hombre. Hasta mediados de este siglo, en países como España y Portugal, la mujer no puede, sin permiso de su marido, ni participar en causas civiles, ni adquirir nada, aunque sea gratis. En España, la hija no puede abandonar el domicilio paterno antes de cumplir veinticinco años si no es para ingresar en un convento o para casarse, con lo que la Iglesia y el marido son sus señores absolutos.

En las sociedades de muchos países, la mujer sigue ocupando una categoría inferior, como se muestra en casi todos los ámbitos: la economía, la política y la religión. Jefas de gobierno han sido una excepción, incluso en la Europa democrática.

En el mercado de trabajo, la mujer sigue estando, en la mayoría de los casos, muy mal pagada. En Suecia, donde, grosso modo, tiene los mismos derechos que el hombre, gana una tercera parte menos que éste; y en muchos otros países occidentales, en especial en España y los Estados Unidos, la diferencia es de la mitad, ya que se topan con mayores obstáculos para acceder a los trabajos mejor pagados y a los puestos de mayor responsabilidad.

Sólo un 6% de los integrantes del Bundestag son mujeres; en el Comité Central del PCUS son aproximadamente el 3%, en el Congreso americano entre el 1 y el 2%, y el Senado es en la actualidad un gremio puramente masculino. Incluso en la ONU —que siempre ha combatido la desigualdad de la mujer y que en 1968 constató por unanimidad que seguía existiendo una «grave discriminación»—, sólo seis de los doscientos cuarenta y cinco puestos dirigentes están ocupados por mujeres.

Últimamente, los únicos países que han tenido o siguen teniendo jefas de gobierno son no cristianos: India, Ceilán, Israel.

En la Iglesia, la mujer cuenta aun menos que en la economía y la política. No tiene ninguna forma de acceder a la jerarquía; según un católico, su necesaria «liberación» sólo es «tomada en consideración por unos pocos teólogos», lo que quiere decir que sólo es... deseada. Entre increpaciones y burlas, se hace referencia a que muchas chicas «se consideran demasiado buenas para trabajar en casa. Para ellas, ese trabajo no es lo bastante intelectual, ni importante, ni destacado, ni lucrativo. Sus (necios) pensamientos vuelan más alto: querrían algo científico, artístico, creativo, o al menos comercial». Y eso que, «ante Dios (...), un trapo es tan precioso como un mantel de seda. ¿No era acaso la Madre de Cristo una 'simple' ama de casa, inculta e insignificante?» (14).

Sí, así es como les gustaría a muchos que siguiera siendo la mujer. Viviendo en habitaciones pequeñas llenas de crios. Y, a partir de los treinta, casta como la Virgen.

CAPÍTULO 20. EL MATRIMONIO

Celos, asesinatos, suicidios, perversiones de todo tipo, hipocresía, infinitas frustraciones y agresiones, cosificación total de la mujer (...) Se ha desvirtuado la vida de pareja hasta convertirla en una cadena perpetua y se han descuidado las tareas fundamentales del matrimonio y de la familia, por ejemplo, el cuidado responsable de los hijos. Todo ello forma parte de la abundante cosecha de la moral antisexual de las iglesias, que siguen defendiendo, aún hoy en día, contra todos, por todos los medios y en nombre de Cristo, su obra destructiva sobre la sexualidad humana (...) - DEMOSTHENES SAVRAMIS, teólogo (1)

 

1. EL MATRIMONIO, DENIGRADO

Se basa en el mismo acto que la prostitución. Por lo cual, lo mejor para las personas es no tocar a ninguna mujer. - TERTULIANO, Padre de la Iglesia

Pues donde está la muerte, está el matrimonio, y donde no hay matrimonio, no hay muerte. - JUAN CRISÓSTOMO, Doctor de la Iglesia

Anatema para quien diga (...) que no es mejor y más santo seguir virgen o célibe que casarse. - Concilio de Trento (2)

No hay ninguna palabra de Cristo contra el matrimonio. Sus hermanos y sus primeros discípulos estaban casados (supra). El Nuevo Testamento subraya que «nadie aborreció jamás su propia carne» y que las mujeres «se salvarán por su maternidad» y ordena que «las jóvenes se casen, tengan hijos y administren su casa». Por supuesto que el Libro de los Libros, que está lleno de contradicciones, también elogia a aquel que «no se mancha con las mujeres». Y la denigración comenzó con San Pablo (supra) y ha proseguido después con numerosas referencias a su doctrina o con falsificaciones que utilizaron su nombre. En algunos apócrifos tardíos, el propio Jesús ordena que «el soltero no contraiga matrimonio» y anuncia que ha venido para «deshacer la obra de la mujer».

«Nada destacable en favor del estado matrimonial»

Dentro de la Iglesia oficial también se combatió el matrimonio. A la hora de la conversión, se consideraba imprescindible que los esposos se separaran y vivieran castamente; los casados eran menospreciados y se les negaba la esperanza de la salvación. Es cierto que el clero intervino contra los extremistas y que, en ocasiones, incluso dejó escapar algunas expresiones de admiración hacia el matrimonio; pero todas ellas quedan eclipsadas por la tendencia contraria y, desde un punto de vista general, Lutero tiene razón cuando constata que «ninguno de los Padres ha escrito nada destacable en favor del estado matrimonial», lo que se explica como concesión al «espíritu de la época»; una fórmula que permite disculparlo todo: matanzas de paganos, persecución de judíos, cruzadas. Inquisición, procesos por brujería, colaboración con el fascismo, etcétera (cf. supra).

No es ninguna casualidad que todos los Padres de la Iglesia elogien la virginidad —muchos de ellos en tratados específicos sobre el tema— y que ninguno escriba una apología del matrimonio; que traten de convertir a los casados al ascetismo e inventen historietas edificantes de personas que, antes de la noche de bodas, se juran mutuamente mantenerse castos el resto de sus vidas; que no se reprochara a los padres que vendieran a sus hijos —con el consentimiento de éstos— para poder ingresar en un convento; que, de resultas de la continua propaganda a favor del celibato, algunos creyeran que las relaciones extramatrimoniales eran más disculpables que las matrimoniales, opinión que incluso hizo necesaria la intervención de más de un sínodo. No es ninguna casualidad que la Iglesia haya canonizado a legiones de vírgenes y viudas y que, en cambio, no haya una sola santa —ni un solo santo— que lo sea en virtud de su «vida matrimonial».

En el Vaticano Segundo, en 1964, sólo se admitió como comparsa laica a solteras y viudas. (Y de las que, según bromeaba entonces una publicación católica, se podría decir lo de aquella italiana que, habiendo sido poco favorecida por la naturaleza, le negaba a ésta cualquier favor:

«es fea como una mujer de Acción Católica)» (3).

De San Justino a Orígenes: ¿es mejor ser eunuco que casado?

Según San Justino, el apologeta más destacado del siglo II, todo ma­trimonio es ilegal, en tanto está ligado a la satisfacción de un placer perverso. (El santo llega al extremo de encomiar la conducta de un joven que ha decidido castrarse.)

De modo parecido, Tertuliano elogia a aquellos «que se ofrecen como eunucos por amor al reino de Dios»; también compara el matrimonio con la prostitución y ensalza a quienes prescinden de las mujeres.

Clemente de Alejandría es el primer cristiano que convierte la fabri­cación de niños en un deber patriótico —siendo el antecedente de otro tipo de actitudes más nefastas—, pero aspira a una reproducción completamente libre de emociones, a la que seguiría una abstinencia permanente. (Y hasta interpreta el coito como una enfermedad perniciosa, como una «pequeña epilepsia».)

El sucesor de Clemente, Orígenes «el primer teólogo católico en todo el sentido de la palabra», el «precursor de la escolástica», califica a todo lo sexual de «deshonesto» (inhonestum), incluyendo la oración de la pareja en el dormitorio matrimonial, lo que bien pudo ser el primer paso hacia aquella prescripción eclesiástica que prohibió construir capillas debajo de dichos dormitorios. Yendo más lejos. Orígenes enseña que el Espíritu Santo se esfuma durante el contacto sexual; en fin, este hombre que se emasculó él mismo para poder ser casto es el responsable de una gradación que sigue presente en los misales: 1. mártires; 2. vírgenes; 3. viudas; 4, casados.

Jerónimo, Agustín, Ambrosio

Según San Jerónimo, la relación sexual inhabilita a la persona para la oración. «O bien rezamos constantemente y somos vírgenes, o bien dejamos de rezar para hacer vida matrimonial». Por lo único que este santo aprecia a los casados es porque engendran vírgenes. «Si es bueno no tocar a una mujer» enseña invocando a San Pablo, «entonces es malo tocarla»; los casados viven «al modo de las bestias»; las personas, cuando yacen con mujeres, «no se diferencian en nada de los cerdos y los animales irracionales».

¿Y San Agustín? El es el inspirador de la opinión medieval según la cual la cópula es un impedimento para la comunión. Afirma que «la castidad de los solteros es mejor que la de los casados»; que «una madre, puesto que estuvo casada, ocupará en el Cielo un puesto inferior al de su hija que fue virgen»; dice que sólo los matrimonios que mantienen una completa abstinencia son «verdaderos matrimonios» y que los casados que renuncian a la «relación camal» forman «una pareja tanto más santa»: un alarde verdaderamente insuperable de tergiversación conceptual; y añade que preferiría que los hijos fueran «sembrados a mano, como el cereal». Con todo. San Agustín es «el teólogo del matrimonio cristiano».

Pese a esta muestra —que casi podría aumentarse a discreción—, los apologetas recurren a los «Padres» a la hora de hablar del matrimonio; y no para difamarlo, sino para defenderlo. Como muestra, un teólogo quiere «mostrar mediante un ejemplo —¿convenientemente acotado por él?— lo inexacto e injusto que es hacer imputaciones tan parciales como las men­cionadas a todos (!) los Padres de la Iglesia». A continuación cita, entre otros, a San Ambrosio: «el matrimonio es honroso, pero la continencia es más honrosa; pues si quien entrega su virginidad en el matrimonio obra bien, quien no la entrega obra mejor». «La atadura del matrimonio es buena, pero es una atadura; el coniugium es bueno, pero deriva de 'iugum':  de un yugo mundano». «(...) No prohibimos un segundo matrimonio, pero no lo aconsejamos». En fin, el matrimonio sería una «carga», una «servidumbre», una «turbación de la carne». Y para finalizar, nuestro teólogo opina que «hoy alguna expresión de los doctores del primer cristianismo resulta extraña y dura». Responsabiliza de ello (con una pudorosa nota al pie de página) a la «retórica propia de aquel tiempo», amante de «antítesis y exageraciones» y escribe que «los Padres fueron fuertemente influidos por ella (...)» admitiendo, en el fondo, lo que acaba de impugnar (4).

En realidad, durante mucho tiempo, la Iglesia sólo aceptó el matri­monio como un mal necesario, lo que puede ilustrarse con la propia historia del vínculo matrimonial.

El matrimonio civil, reconocido hasta el siglo XVI

Aunque la institución del sacramento del matrimonio habría tenido lugar «en el Paraíso», de hecho la monogamia procedía del paganismo y, durante siglos, las bodas no fueron asunto religioso. En Europa Oriental, las bendiciones nupciales no se hicieron obligatorias hasta el siglo IX (¡y ya entonces, el obispo adquiere el derecho a percibir una cantidad a cambio!) En ese mismo momento, en Europa Occidental, el papa Nicolás I considera innecesaria una ceremonia religiosa de esas características. El consentimiento de los cónyuges ante el sacerdote no se introduce hasta los siglos XI y XII, que es cuando surge la idea del matrimonio como sacramento. Pero los matrimonios contraídos sin ese trámite siguen siendo reconocidos hasta el siglo XVI, hasta el Concilio de Trento. Sólo a partir de entonces cabe hablar de sacramento institucionalizado.

Pero el Tridentinum también declaró anatema para todo aquel que dijera que el celibato y la virginidad no eran «mejores y más santos» (melius ac beatius), lo cual ha sido la posición oficial de la Iglesia hasta la actualidad, una posición que implica claramente una desvalorización del matrimonio (y de la sexualidad). Pues, si no se rendía tributo al orgullo de casta de muchos clérigos, si no se declaraba que los sacerdotes y los frailes eran mejores que los «esclavos del lecho matrimonial», según la fórmula que mantiene el Corpus Juris Canonici, ¿qué otra ventaja podrían tener los primeros respecto a los segundos?

Así que las maledicencias del famoso secretario de la Corte bávara, Ágidius Albertinus —quien afirmaba que «las fornicaciones fuera del matrimonio no se dan a diario, mas las fornicaciones de los casados suceden cada día, a cada hora, ininterrumpidamente»— no son una peculiaridad del siglo XVII; en el siglo XX se siguen haciendo elogios —aunque cier­tamente con un eco cada día más débil— de la «gracia del celibato», o de «la virginidad como modo de vida más elevado»; se afirma «la superioridad objetiva de la virginidad sobre el matrimonio», o la «maternidad», «o «la simple satisfacción del placer del hombre»; en una palabra, hay quien sigue paralizado por el complejo de virginidad de la Antigüedad: incluso después del Vaticano Segundo que, pese a haber vindicado la «dignidad» del matrimonio, decreta, refiriéndose a los futuros clérigos, que «deberán reconocer claramente la preeminencia de la virginidad consagrada a Cristo (...)».

En cuanto al matrimonio civil —que algunos países introdujeron en el siglo XVI, aunque la mayoría de los estados no lo hizo hasta el siglo XIX—, los católicos lo seguían considerando a comienzos de siglo (y con licencia eclesiástica) «una cosa odiosa y repugnante (...) una horrible degradación de la persona y sobre todo del cristiano, en tanto que coloca la propagación del género humano al mismo nivel que la reproducción de los animales». No obstante, hoy en día una de cada tres matrimonios se celebra ante el funcionario del registro civil.

Y aunque el cura no bendiga,

 es matrimonio legal:

¡vivan el novio y la novia

 y los hijos que vendrán! (5)

2. DIFICULTADES PARA CASARSE

De acuerdo con su ideología ascética, la Iglesia dificultó las bodas desde el principio con una gran cantidad de prohibiciones. Entre éstas, distingue los «impedimentos dirimentes» que son motivo de anulación, como la impotencia, la consanguinidad o la diferencia de religión, y los «impedimentos impedientes» que convierten un matrimonio en ilícito, como el parentesco próximo y la diferencia de confesión religiosa. Todo esto tiene aun más importancia si tenemos en cuenta que muchas veces fue incluido en las jurisdicciones estatales.

La consanguinidad desempeñó un papel especialmente importante. En algunas sociedades no cristianas el matrimonio entre parientes ha sido relativamente frecuente; sobre todo, entre los antiguos peruanos, que se casaban con sus madres, sus hermanas y sus hijas, públicamente y sin reserva de ningún tipo. En Egipto, los faraones tuvieron la obligación de contraer matrimonio con sus hijas durante generaciones: Cleopatra, por ejemplo, era el resultado de una de estas uniones. El Avesta, libro sagrado de los antiguos persas, recomienda el matrimonio entre hermanos como una «obra de devoción» y entre los germanos estos enlaces tampoco fueron excepcionales.

Cuanto más lejos esté el peligro...

En cambio, el cristianismo prohibió el matrimonio entre parientes incluso en los grados más alejados —en el caso más extremo, hasta el decimocuarto grado, según el cómputo romano—, de acuerdo con la má­xima: cuanto más lejos esté el peligro, más fácil será evitar la caída. Se ha calculado que la cifra media de parientes vivos de decimocuarto grado es de dieciséis mil personas. Pero si se tienen en cuenta todas las formas de parentesco, se llega a una cifra de 1.048.576 personas.

San Basilio, en el siglo IV, impone a un matrimonio incestuoso una penitencia de quince años. En la alta Edad Media, un penitencial de la Iglesia Romana contempla una pena de siete años para las bodas entre parientes de hasta el séptimo grado, doce años para un matrimonio entre parientes de quinto grado y quince años si el parentesco es de tercer grado. Y el castigo del poder secular incluía privación de oficio y de beneficio (infra).

En el siglo XI, la prohibición de los matrimonios de hasta el séptimo grado fue recordada una y otra vez y se convirtió en «derecho común». Y hoy en día, en la República Federal (supuestamente indiferente en materia religiosa), los cuñados tienen prohibido contraer matrimonio, lo cual está en contradicción con la Constitución y remite al derecho canónico, según el cual un matrimonio es inválido tanto entre parientes en línea directa —todos los antepasados y descendientes (hijos, padres, abuelos, etcétera)— como entre parientes colaterales hasta el tercer grado inclusive (hermanos, primos hermanos, etcétera).

Las razones esgrimidas por la Iglesia para justificar el tabú del incesto eran adecuadas al objeto. Así, el papa León III (795-816), para explicar a los obispos bávaros la prohibición del matrimonio hasta la séptima gene­ración, adujo que el Señor había descansado de todos sus trabajos al séptimo día.

El clero también concibió algunos impedimentos para el matrimonio entre parientes «espirituales». Se alegaba entonces que «el parentesco espiritual está por encima del corporal». Esta clase de decretos también fue incorporada al derecho secular. En el año 721, el sínodo de Roma, presidido por Gregorio II, amenazó con la excomunión al padrino que se casara con su comadre (commater). Poco después, el papa Zacarías renovó la prohibición y, en una carta a Pipino, calificó el matrimonio con una comadre o con su hija como «crimen y pecado grave contra Dios y sus ángeles». Finalmente, ni siquiera los testigos de un mismo bautizo pudieron casarse entre sí. Y hoy en día, según el derecho eclesiástico, el matrimonio entre un bautizado y uno de sus padrinos o el ministro del bautismo (si no fuese sacerdote) es inválido debido al «parentesco espiritual». (En cambio, como los millones de hijos de concubinarios que causó la prohibición de la separación matrimonial en Italia ni siquiera son considerados parientes de sus progenitores, ¡un padre puede casarse con su propia hija!).

Las segundas nupcias

Los romanos ya desaprobaban las segundas nupcias y las viudas que las evitaban eran tenidas en gran estima y, no pocas veces, eran recordadas en las lápidas con títulos honoríficos (univira, uninupta).

Hacia el año 180, había algunas voces católicas que se oponían radi­calmente a un segundo matrimonio. En la Iglesia de la Antigüedad, el segundo o tercer matrimonio tras la muerte del cónyuge nunca se vio con buenos ojos. Era considerado como una «fomicatio honesta» y terminó por ser severamente castigado, convirtiéndose en una «boda de bigamos». «¿Para qué quieres volver a hacer lo que ya te perjudicó?» argumenta San Jerónimo contra una viuda. «El perro vuelve a su escupitajo y la puerca, tras el baño, se revuelca de nuevo en el lodo».

Durante más de un milenio, en muchos lugares se les negó a los segundos matrimonios la bendición sacerdotal, Y todavía en 1957, Pío XII declaraba que no era deseable que el cónyuge superviviente se volviera a casar (6).

Pero la Iglesia, además de poner dificultades a las segundas nupcias tras la muerte de uno de los cónyuges, se opuso constantemente, con toda consecuencia, a las relaciones sexuales dentro del matrimonio.

3. LA RIGUROSA RESTRICCIÓN DE LAS RELACIONES SEXUALES

El matrimonio puede y debe ser un Cielo sobre la Tierra, pero bajo el supuesto de que cada cual se comprometa a morirse en vida. – “Observaciones a los futuros esposos”

Yo soy el Señor tu Dios ¡y un día te pediré cuentas de cómo has vivido tu matrimonio! Una institución creada por Mí ¡debe ser vivida de acuerdo con Mi voluntad! – “Amado Dios” (con licencia eclesiástica)

«(...) De hecho, no quedaba mucho tiempo libre»

Los días de abstinencia no estaban regulados en general, pero eran habituales en todos los lugares y tan numerosos que los mismos católicos de hoy deben admitir que «de hecho, no quedaba mucho tiempo libre». Se prohibió mantener relaciones sexuales los domingos y días de fiestas —y eso que entonces había bastantes (en Colonia, ¡cien días al año!)—, así como los miércoles y los viernes, o los viernes y los sábados o, según algunos de los primeros escolásticos, todos los lunes, jueves, viernes, sá­bados y domingos. Además, se exigía continencia en los días de oración y penitencia, en las octavas de Pascua y Pentecostés, en la Cuaresma y en el Adviento; y también, al menos en los primeros siglos de la Edad Media, durante el embarazo o en los últimos tres meses del mismo y, a lo largo de toda la Edad Media, después del alumbramiento: treinta y seis días si se trataba de un niño, y cincuenta y seis si era una niña (de menor valor).

Durante toda la Alta Edad Media, a los matrimonios también les estaba vedado tener relaciones sexuales unos días antes de la comunión: generalmente tres, pero a veces más; según un libro de penitencias de la Iglesia romana del siglo VIII, siete días antes y siete días después. El Concilio de Trento todavía exigía, al menos, tres días de abstinencia previa, lo que, en la práctica, ha seguido vigente hasta nuestro siglo. El coito y el placer consiguiente manchaban el cuerpo y el alma, por lo que, después del mismo, los casados ni siquiera podían ir a misa sin haberse lavado previamente. Muchas veces, incluso en ese caso tenían que permanecer fuera un rato, según una tradición que se siguió en la Iglesia romana durante siglos.

Según una costumbre relacionada con ésta y documentada en primer lugar en la Galia, los recién casados evitaban la casa del Señor durante treinta días, después de los cuales debían hacer penitencia y comulgar durante otros cuarenta. Y es que, como es natural, la luna de miel estaba llena de placeres y, precisamente por ello, de pecados (vid. infra).

En Rusia, los matrimonios no podían acceder al interior de las iglesias después de la unión; tenían que escuchar la misa, de pie, desde la entrada. En pleno siglo XVIII, el zar y la zarina no pasaban por delante de ninguna cruz por las mañanas después de haberse acostado juntos porque estaban «impuros» y «en pecado».

Finalmente, las relaciones sexuales con una mujer menstruante también estuvieron prohibidas casi hasta el final de la Edad Media; el Antiguo Testamento prescribía, para este caso, la pena de muerte.

Como resultado de todas estas disposiciones, los matrimonios católicos debían de guardar castidad durante más o menos ocho meses al año; y en los siglos centrales de la Edad Media, e incluso más tarde, casi la mitad del año.

Estas obligaciones fueron estricta y repetidamente inculcadas por predicadores, confesores, libros penitenciales y sínodos, acompañadas, por supuesto, de los correspondientes castigos.

Por lo demás, a los desobedientes les aguardaban las horribles consecuencias de la venganza divina. San Cesáreo de Arlas y San Gregorio de Tours profetizaban que quienes se ensuciaran en los días de castidad obligatoria tendrían, a consecuencia de su malvada acción, hijos leprosos, epilépticos, deformes o poseídos por el Diablo. Los Padres de la Iglesia también señalaban el trato sexual con menstruantes como origen de una descendencia enferma o deforme: un argumento «científico» al que se dio crédito durante muchos siglos.

El «matrimonio de José» o ¿cuatro veces en una noche?

Los teólogos sólo se sentían felices si los esposos guardaban una abstinencia total. El «matrimonio de José» —según la Biblia, no cabían dudas sobre la castidad de María y José— se convirtió en el ideal de esta religión tan amiga de tergiversaciones. Pese a que el matrimonio había sido declarado sacramento, el matrimonio ficticio fue celebrado como una empresa sublime a la que aguardaba la más alta de las recompensas en el Más Allá y algunos príncipes y princesas casados que habían vivido «en celibato» fueron canonizados: el emperador Enrique II, su esposa Cunegunda o Eduvigis, esposa del duque Enrique I de Silesia y patrona de este país, que necesitó veintidós años de matrimonio para decidirse por la castidad.

Con el tiempo, sólo se castigó que se exigiera el débito matrimonial en días de castidad, existiendo, en cambio, la obligación de cumplir con el mismo. Y finalmente los numerosos obstáculos sexuales quedaron sin efecto. La gente era cada vez más progresista. En el siglo de la Ilustración, Alfonso de Ligorio, Doctor de la Iglesia, ya se preguntaba si era pecado negarse, después de tres coitos en una misma noche, a un cuarto. En todo caso, según un conocido moralista del siglo XX, «no ser necesario, por regla general, acceder a un segundo requerimiento en menos de veinticuatro horas» (7).

4. POR QUÉ SE HA TOLERADO EL MATRIMONIO

Por eso la doncella tiene su rajita, que le proporciona (al hombre) el remedio para evitar poluciones y adulterios. - MARTÍN LÜTERO

(...) para aportar nuevos vastagos a la Iglesia de Cris­to, para procrear conciudadanos de los santos y domésticos de Dios, a fin de que cada día aumente el pueblo dedicado al culto de Dios y de nuestro Salvador(...) - PIO XI

 

La supresión de los días de castidad no fue, en modo alguno, una cuestión de liberalidad, comprensión humana o bondad. Por el contrario, se actuó así porque los confesores sabían muy bien que, muchas veces —por decirlo en palabras de Oscar Wilde—, la felicidad del hombre casado depende de la mujer con la que no se ha casado, de modo que se concedió más libertad en el matrimonio con el único fin de evitar alguna que otra escapada. Este es el meollo de la cuestión: la represión de las cópulas extramaritales ha sido la principal razón por la que el cristianismo ha tolerado el matrimonio.

San Pablo, el primer autor cristiano, creía que el matrimonio sólo era admisible «en razón de (evitar) la fornicación» (supra). Los esposos sólo podían separarse, de mutuo acuerdo, para rezar, y después debían volver a reunirse inmediatamente, para que Satanás no les hiciera caer en tentación.

Este motivo paulino, garantizar la salvación del alma previniendo la lujuria extramatrimonial, fue aprovechado por otros autores, en especial por San Agustín, y su importancia no dejó de aumentar hasta la gran época de la escolástica. La Iglesia exigía cada vez con más rigor que los esposos estuvieran constantemente juntos porque así se aseguraba de que podían cumplir con el débito conyugal en cualquier momento, es decir, que lo que pretendía era evitar escapadas.

La mujer también tenía que seguir al hombre a cualquier parte —en todo caso, según sus deseos—: a los viajes de negocios o las peregrina­ciones, a la cárcel o al exilio. Eso valía también para el caso de que él fuera un vagabundo o de que ejerciera el deshonesto y gravemente peca­minoso oficio de actor.

En evitación de deslices por parte de la mujer, al marido no le estaba permitido mortificarse con ayunos tales que lo incapacitasen para el coito. Llegada la ocasión y si no había ningún otro lugar disponible también era lícito copular en la iglesia, sobre todo «si la lujuria amenazaba hasta ex­tremos peligrosos». Incluso los leprosos estaban obligados a cumplir con el débito matrimonial. Y es que el peligro constante del pecado era peor que transmitir la enfermedad a los hijos. ¡Siempre sería mejor «un hijo, leproso que ninguno»!

El cardenal Huguccio, el canonista más importante del siglo XII, elu­cubra sobre el caso de un marido que llega a ser papa contra la voluntad de su mujer. ¿Tiene que seguir cumpliendo con el débito conyugal? El experto responde que sí, a no ser que se pueda convertir a la esposa a la castidad. En estos casos, el matrimonio es, como escribe Alberto Magno, un «remedio contra la lascivia» (medicina contra concupiscentiam) o, como dice Lutero, un «específico para la fornicación».

Lo más pronto posible

Un matrimonio temprano era una profilaxis contra los placeres extra-matrimoniales y contra la pérdida de la «inocencia» infantil. Según una instrucción de la Iglesia primitiva a los religiosos, «ante todo, los más jóvenes deben contraer matrimonio cuanto antes para librarlos de los lazos de la pasión juvenil». Más adelante, los compromisos entre niños fueron autorizados tanto por el derecho religioso como por el secular. La regla constante era que «después del séptimo año de vida, como se dice, los niños y las niñas son ya diferentes. Por esa razón, suele suceder que desde ese momento encuentran deseable un compromiso matrimonial». Las cosas seguían igual en el siglo XVIII.

En todo caso, se pudieron celebrar matrimonios entre niños que no habían alcanzado aún la pubertad hasta casi el final de la Edad Media. Posteriormente, la norma sobre la edad legal de matrimonio (aunque siempre hubo excepciones, sobre todo si existía capacidad constatada «per aspectum corporis» constatación exigida por los teólogos más escrupulosos) se fijó en quince años para los chicos y trece para las chicas. Y pese a que la Iglesia apoyaba y reforzaba los derechos del padre, éste ya no podía anular el matrimonio de uno de sus hijos si tenía la edad requerida.

En diversos países católicos dichos límites de edad siguen estando vigentes. De ahí que sean tan frecuentes en todas partes las separaciones entre matrimonios jóvenes; en Alemania, la cifra de estas separaciones es más del doble de la media de todos los matrimonios separados. Y los hijos de dichas parejas son casi siempre psicológicamente menos estables; a menudo son maltratados y no es raro que se conviertan en jóvenes asociales (8).

«(...) Que sigan pariendo hasta morir, que para eso están»

Además de evitar las relaciones extramatrimoniales, la Iglesia tenía una segunda y más convincente razón para reconocer el matrimonio: la preservación de su propia existencia.

Significativamente, este motivo puramente político resultó absurdo para aquellas comunidades primitivas que creían firmemente en un próximo fin del mundo, para aquellos primeros cristianos a quienes, en todo mo­mento, se les había vendido la expectativa del fin de los tiempos (cf. supra). Por eso mismo. San Pablo había reprobado el punto de vista cínico-estoico, que sólo autorizaba las relaciones sexuales de los esposos si estaban encaminadas a la procreación. En cambio, cien años después, Justino el mártir escribe: «Desde el principio, contrajimos matrimonio con la única finalidad de criar hijos». Del mismo modo, todos los «Padres» de los primeros tres siglos rechazaron cualquier trato sexual que no estuviera encaminado a tener hijos. Al crecer la Iglesia, sus dirigentes dejaron de contar con el colapso del mundo (en todo caso, contaban con su propio poder) y como engendrar hijos era casi la única justificación religiosa del matrimonio, cualquier contacto sexual que no tuviera este objetivo pasó a ser considerado «pecado». El motivo paulino —evitar la «lujuria» para asegurar la salvación el alma— dejó entonces de ser relevante. Prescin­diendo de unas pocas excepciones, no volvieron a recurrir a él hasta San Agustín, cuando ya habían alcanzado el poder y, dado que desde ese mo­mento la descendencia no parecía estar por encima de todo, su importancia no dejó de aumentar en los comienzos de la escolástica y, sobre todo, en la época dorada de ésta.

En cualquier caso, la procreatio prolis, la multiplicación de la huma­nidad, siempre fue el más importante de los motivos; y es que, evidente­mente, la Iglesia estaba pensando en sí misma. San Agustín tampoco creía que «este género» de las mujeres hubiera sido «creado para dar otro servicio al hombre que no fuera engendrar hijos».

Ya en el prefacio del antiguo Sacramentarium Gelasianum se dice que el parto de una mujer es «un timbre de gloria» para el mundo, porque, a pesar de su antifeminismo y de su antipatía por el matrimonio, la Iglesia valoraba la contribución de la mujer «al crecimiento de la comunidad cristiana» y no quería que —como les había ocurrido a los marcionitas y a los valentinianos— una prohibición del matrimonio la condujera al fracaso en su lucha por superar a otras confesiones.

Por ello, a uno no le caben dudas de que la Iglesia recibía a los recién nacidos con los brazos abiertos; que, finalmente, bendijo las alcobas y los lechos matrimoniales, creando oraciones «específicas contra todo aquello que pudiera impedir el coito»; que Santa Liduvina (muerta en 1433) recibió el honroso título de «Madre de las parturientas» y «santa comadrona» etcétera. Para Lutero, dar a luz era la tarea más importante de la mujer y el feto era más importante que la madre, hasta tal punto que, en cierta ocasión, apostrofa: «Danos al niño, y te digo más, si mueres por ello, entrégate de buena gana, pues verdaderamente mueres por una noble obra y por obediencia a Dios». O: «Si se agotan y terminan muriendo a fuerza de embarazos, no importa; que sigan pariendo hasta morir, que para eso están» (9).

Pero aquí hay muy poca humanidad y casi nada de simpatía hacia el matrimonio. Por el contrario, esto es lo característicamente cristiano de la institución matrimonial, una institución que durante dos mil años apenas ha tolerado el erotismo, y menos aun el placer, que, hasta las épocas más recientes, no ha sido más que una especie de asociación con fines biológicos, una sociedad de intereses, un negocio algo sucio, pese a haber sido «enaltecido» como sacramento. En él, la mujer hacía las veces de una máquina de parir y la maternidad era su papel principal, tanto más si tenemos en cuenta que, en la Edad Media, el promedio de mortalidad infantil podía estar en torno al 80%

«Citoyennes, donnez des enfants a la patrie!»

Después de la Reforma, se llegó al extremo de recurrir a la bigamia —que se propagaba en todos los ámbitos, incluso desde los pulpitos— con la vista puesta en el restablecimiento de las regiones despobladas por las guerras y la violencia. Obviamente, el Estado deseaba que hubiese muchos niños para fortalecer la economía y aumentar las fuerzas ofensivas y defensivas.

Cuando hacían falta hombres, la bigamia no era suficiente. En el siglo XVII, después de una peste, el gobierno islandés aprobó que las muchachas podían tener hasta «seis bastardos» sin que su honra se resin­tiera. El edicto tuvo tal éxito que pudo ser revocado al poco tiempo. Y en la época de la Revolución Francesa, que barrió muchas de las anteriores prescripciones sexuales —es decir, matrimoniales— la reproducción se consideró un deber patriótico. Había mujeres que agitaban banderas por todo París con la leyenda: «Citoyennes, donnez des enfants á la patrie! Leur bonneur est assuré!» (Ciudadanas, dad hijos a la patria. Su felicidad está garantizada).

En este sentido, el clero sintonizó en especial con los nazis (el cama­rero papal y vicecanciller de Hitler, Franz von Papen, no fue el único en descubrir que, entre las dos concepciones del mundo, había una corres­pondencia «en todos los aspectos»). El hecho de que Hitler hubiese puesto punto final a la fase más liberal de la República de Weimar se ajustaba muy bien a los planes de la Iglesia. Se cerraron las «clínicas matrimoniales» que se habían dedicado a distribuir anticonceptivos, la pornografía fue prohibida, la homosexualidad combatida, lo mismo que el aborto, y la reproducción forzosa se convirtió en consigna estatal. Así que los católicos tuvieron más oportunidades de exaltar la «fertilidad» como «bendición y mandamiento a la vez» y la «floreciente prole» de las familias católicas «naturales» como «fuentes de juventud» para «el pueblo y la sociedad». (Título: La práctica de la imitación de Cristo).

Sin embargo, ni siquiera en la Rusia soviética se pensaba de modo muy diferente. Es cierto que la monogamia y la familia burguesa fueron eliminadas en 1917. Pero Lenin ya había advertido contra la anarquía sexual y había exigido el mantenimiento de la familia. En 1927 —después de su muerte— la unión libre y el matrimonio fueron equiparados, ini­ciándose la época de las «postales de separación» (bastaba una declaración unilateral del hombre o de la mujer en la oficina del registro para disolver el matrimonio). En 1936 —un año después de que se prescribieran penas de cinco años de cárcel para los autores y editores de ilustraciones y libros obscenos— una nueva ley restauró el matrimonio indisoluble. El Estado declaraba a la familia imprescindible y sólo permitiría las separa­ciones por acuerdo de ambos cónyuges, imponiendo unas tasas cada vez mayores y dificultando el proceso, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se estaban difundiendo «ideas morales sanas». Desde 1950, eminentes sociólogos americanos creen que en la Unión Soviética domina una idea del matrimonio más monógama y victoriana que en la mayoría de los países occidentales (10).

La salvación de la familia o «el ideal del filisteo de hoy en día»

La llamada a la «salvación de la familia», la «santa institución», resuena por todo Occidente desde hace bastante tiempo. Pero ¿qué tiene esta organización para que la fomenten sistemas tan diferentes como el fascismo y el comunismo? Tiene que la familia —«principio o célula del Estado», según un postulado de San Agustín (y, según Engeis, «el ideal del filisteo de hoy en día, compuesto de sentimentalismo y riñas domésti­cas»)— contribuye poderosamente al mantenimiento de la estructura social patriarcal, a la subordinación incondicional.

La propia etimología de la palabra es instructiva. Originariamente, la familia romana se refería exclusivamente a los esclavos: «famulus» quiere decir esclavo doméstico y «familia» era el conjunto de los esclavos y objetos pertenecientes a un hombre. Y aunque la estructura y las funciones de la familia hayan cambiado a lo largo de los tiempos, ésta ha seguido siendo, mutatis mutandis, una especie de servidumbre romántica, una je­rarquía en miniatura, la primera y más importante escuela de adaptación y represión sexual.

El joven está sometido al miedo y a la dependencia. Puesto que no puede vivir de acuerdo con su naturaleza, se sume en una permanente desorientación que acaba por desgastar sus energías: y como tiene que luchar contra sí mismo, no puede luchar en favor de sí mismo, lo que, por supuesto, también (y más aún) vale para los padres, llevados de la mano de la Iglesia y el Estado, pero también de la del propio niño. Pues de la misma manera que los progenitores refrenan, controlan y disponen de las emociones y la motricidad de su hijo, éste, a su vez, los mantiene sujetos a ellos mismos.

Los católicos quieren que el instinto sea «refinado y mitigado» en el matrimonio, que pierda «agudeza» y que el hijo se sitúe entre los esposos para proporcionarles una cierta «distancia y una distracción saludable». Y, generalmente, la familia acaba en esta deseada atrofia vital. El hombre se reduce a su mujer y la mujer a su marido, lo que es una garantía tanto para el matrimonio como para la familia que, en virtud de su impronta patriarcal y autoritaria, sigue procreando individuos dependientes y sumisos, primero respecto a las atribuciones de los padres, sobre todo del padre, y después frente a la Iglesia y el Estado.

«Catecumenado doméstico» o «se le cortará la lengua»

No debe extrañar que, en el catolicismo, el papel del padre como cabeza de familia haya contado con una sanción religiosa explícita.

Los primeros teólogos, Agustín y Juan Crisóstomo, advierten una y otra vez a los padres de que, en su casa, administran una especie de obispado. Según Tomás de Aquino, «en su casa, el marido es como un rey en su reino». Y los Padres de la Iglesia modernos, como el arzobispo de Friburgo, Conrad Grober (antiguo miembro cooperante de las S.S.), ponderan aun más elocuentemente los dones especiales del cabeza de familia «para el desempeño de la cura familiar de almas, dones que ni siquiera quienes poseen la dignidad sacerdotal han recibido de igual modo y en igual medida»; las mismas personas elogian su «sacerdocio doméstico», «la instrucción religiosa de los vastagos de la Iglesia (catecumenado do­méstico)», «la tarea de imponer disciplina, propia de los reyes» es decir, todo aquello que «se inculca a los seres humanos desde pequeños (!)» y que, después, la palabrería clerical hace florecer...

Además de esta clase de envilecimiento del alma infantil ab incunabilis, lo que se espera de las familias, y sobre todo de las familias con muchos hijos, es subordinación. Como subraya un teólogo: obediencia «al pie de la letra»; «porque la madre que tiene muchos hijos no puede estar repitiendo siempre las cosas dos o tres veces. ¿Y hay alguna virtud más importante que la virtud de la obediencia?». Para todos aquellos que sólo pueden gobernar mediante una tutela sin escrúpulos, por supuesto que no.

Sólo así se puede comprender por qué se pedían cuentas a los niños que hubieran actuado, de alguna manera, contra sus padres; por ejemplo, las leyes de la ciudad de Passau (1299) equiparaban un simple insulto al padre o a la madre con la blasfemia y lo castigaban con una muerte atroz. «A quien insulte gravemente a Dios, a los santos, a su padre o a su madre, se le cortará la lengua». Al menos en los primeros siglos de la Edad Media, daba igual si la ofensa era leve o grave; una simple impertinencia, una mala palabra, podía suponer la ejecución. Y tenemos constancia de que hasta el siglo XVII los niños debían «estar ante sus padres en tembloroso silencio, de pie o de rodillas, y sólo podía sentarse con permiso expreso».

Aparte de formar personas obedientes y complacientes, las familias, sobre todo las familias más numerosas, generan un efecto añadido. Como sabe cierto escritor católico, «los hijos de familias numerosas difícilmente son niños consentidos. Aprenden pronto a resignarse; aprenden pronto a renunciar, a privarse de algunas cosas». ¡Qué importante es esto cuando hay miseria social; en países católicos como Italia o España, o en Sudamérica!

De ahí que los teólogos no dejen de insistir en «la importancia de la familia en la realización del Reino de Dios en la Tierra». La familia es «la célula del Pueblo de Dios, cada día más reducido», «el santuario dentro del santuario de la Iglesia», «ecciesiola in ecciesia». Precisamente en 1942, en plena Guerra Mundial, cuando la demanda y el consumo de carne de cañón era mayor que nunca, Pío XII, con la afectación que le era propia, pedía espacio, luz y aire para la familia, para que «la estrella de la paz brille por siempre sobre la sociedad (...)» El Vicario de Cristo llamaba a los esposos «auténticos colaboradores de Dios»; con lo que volvemos al tema central: la multiplicación del número de los creyentes (11).

¡Menos multiplicación y más placer!

Este papa reprendió en muchas ocasiones a los teólogos tolerantes, sobre todo a «ésos que niegan que la finalidad principal del matrimonio es la reproducción y la educación de los hijos». «La verdad es» afirma el duodécimo Pío, «que el matrimonio, como institución natural de acuerdo con la voluntad de Dios, no tiene como primera y más profunda finalidad el perfeccionamiento de los esposos, sino la creación y formación de nuevas vidas (...) Y esto es así para todos los matrimonios (...)».

Según la doctrina tradicional de la Iglesia, la libido sólo está destinada a la reproducción. Así que, siguiendo la correcta deducción de Wilheim Reich, como los padres más aficionados a los niños se conforman con dos, tres o cuatro, los cristianos deberían aparearse un máximo de cuatro veces en la vida, en tanto que un organismo sano, con una vida genital que dure treinta o cuarenta años, necesita entre tres y cuatro mil actos sexuales. Por otra parte, la investigación de los últimos años y sobre todo el trabajo de los sexólogos japoneses y americanos ha mostrado que apro­ximadamente en el 90% de las mujeres el máximo de excitabilidad coincide con el mínimo de fertilidad, esto es, en los llamados días «seguros»; un indicio de que el instinto sexual sirve al placer más que a la reproducción.

Y es que el celo y la reproducción no coinciden ni siquiera entre los animales; son más bien pocas las especies en que el acto sexual provoca una fecundación inmediata. «No hay ninguna señal en la biología o en la etologia que indique que el cortejo o el apareamiento están inseparablemente unidos a la reproducción; todo lo contrario» (12).

Pero la Iglesia, además de poner una enorme cantidad de obstáculos al matrimonio, además de limitar radicalmente las relaciones sexuales de los cónyuges, también trató de desnaturalizarlas en los casos en los que las permitió.

5. LA PROSCRIPCIÓN DEL PLACER EN EL MATRIMONIO

Dios crea en el sereno santuario del cuerpo de la madre, ¿y tu quieres mancillarlo con el placer? - SAN AMBROSIO

La Iglesia declaró el matrimonio indisoluble y extirpó todo conocimiento del ars amandi; de modo que hizo todo lo que estaba en su poder para que la única forma de sexualidad que toleraba conllevara el menor placer y el mayor sufrimiento posibles.- BERTRAND RUSSEL

El cristianismo (paulino), completamente dominado por los conceptos de pecado y salvación, es, por principio y sobre la base de su riguroso dualismo, enemigo del placer. Por ello, en la religión del amor, cuanto más escaso e insulso es éste, mejor.

Casi todos los contactos sexuales son considerados pecaminosos

Según decía ya el Nuevo Testamento, cada cual tenía que poseer «su propio receptáculo con santidad y honor, y no dominado por la pasión, como los gentiles». San Agustín subraya una y otra vez que los esposos pecan tan pronto se entregan al placer, por lo que deben rezar: «perdónanos nuestras culpas». Poco después, León I (440-461) enseña que no hay ninguna madre sobre la tierra en la que la concepción suceda «sin pecado». Y según Gregorio I (590-604), un destacado difamador de la sexualidad —ambos eclesiarcas, Gregorio y León, recibieron el título de «Grande» y fueron los únicos papas reconocidos como Doctores de la Iglesia—, los esposos que disfrutaban durante el acto eran, justamente, quienes pervertían (!) «el orden correcto», por lo que debían entregarse a la mortificación.

Hacia el año 610, San Isidoro de Sevilla dice que el matrimonio es bueno «en sí» pero que las «circunstancias» ligadas al mismo son «malas», por lo que pide expiaciones diarias por el placer del que se ha disfrutado. La mayoría de los primeros escolásticos estimaron que todo trato sexual era pecado. Y en plena Edad Media, Inocencio III escribe: «¿quién negará que el ayuntamiento conyugal nunca puede ser consumado sin la comezón de la carne, sin el ardor de la lujuria, sin el dolor de la libido...?». Todos creen que el coito es un acto vicioso.

Según muchos teólogos, la relación sexual de los cónyuges sólo era inocente si se aborrecía el placer que conllevaba. ¡Pensemos por un mo­mento en qué clase de ideas estaban inculcando! ¡Qué esquizofrenia la de procrear con mala conciencia! En esa línea, fue larga la vigencia de frases tales como: «cuanto mayor es el placer, tanto mayor es el pecado», o «quien ama a su mujer con excesiva pasión, comete adulterio». Porque nada contrariaba al clero como esto último. Se esperaba que el matrimonio tuviera un efecto desarticulador e insensibilizador, un continuo amainar, secarse, desvanecerse, un proceso que llevara a aquello que William Blake denominó «the Marriage hearse» el coche fúnebre del matrimonio; en resumen, como un católico confiesa, a «excluir el placer sexual lo más absolutamente posible de la conciencia de los esposos» (13).

El reformador y «el placer nefando»

El propio Lutero, que nunca se cansó de explicar «cuan menospreciada y profanada» estaba «la institución del matrimonio bajo el papado», que se mostraba tan complaciente en asuntos matrimoniales que, en caso de impotencia masculina, autorizaba la asistencia de terceros, que emitió la conocida sentencia de «si la mujer no quiere, ¡acuda la doncella!» y que incluso enseñaba que «tampoco era contrario a las Escrituras» que alguien quisiera «cohabitar con varias mujeres», o que vivir con una o con dos mujeres era una cuestión tan irrelevante como vivir con una o con dos hermanas, el mismo Lutero creía que el acto matrimonial siempre está ligado al pecado, y a un pecado grave, «no diferenciándose en nada del adulterio o la fornicación, en tanto intervienen la pasión sensual y el placer nefando», porque fuimos «corrompidos por Adán, concebidos y nacidos en pecado» y «el débito matrimonial nunca se cumple sin pecado»; «los cónyuges no pueden librarse del pecado».

De acuerdo con las reprimendas del Reformador, que algunas veces es casi más papista que el Papa (el «cerdo de Roma» o «el cerdo del Diablo» como solía decir), la Iglesia se condenó por el «placer nefando» más que por sus maniáticos llamamientos al asesinato, repetidos durante dos mil años, siempre que pudieron llevarse a cabo en forma de hecatombes. Los esposos no podían ni besarse con la lengua. Como esta práctica había comenzado a ser considerada como pecado venial, el papa Alejandro VI condenó semejante relajamiento en 1666. Más adelante, en tiempos más progresistas, la Iglesia católica llegó a ofrecer una casuística que incluía indicaciones exactas acerca de cuántos milímetros podía penetrar la lengua para que el beso siguiese siendo honesto y cuál era el límite en el que comenzaba la deshonestidad.

Ha habido épocas en que la Iglesia ha prohibido al esposo ver desnuda a su mujer. (Y todavía hoy, debe «decidir cuándo y cómo puede hacerse, comprobando las reacciones de su corazón»).

Para disminuir el placer de la pareja, en la Edad Media se recomendaba la llamada «camisa del monje» (chemise cagoule), un invento que tapaba el cuerpo hasta los pies, no dejando al descubierto nada más que una estrecha rendija en la zona genital, lo imprescindible para procrear nuevos cristianos y celibatarios. Esta creación religiosa también sirvió para algunas tribus indias especialmente austeras que la usaron de pudorosa indumentaria, con una discreta rendija en el centro. Cuando los indios querían echar una cana al aire, se cubrían por delante y por detrás de tal forma que los amantes no podían verse. El accesorio era prestado por el cacique y el prestigio de un hombre era tanto mayor cuantas menos veces se dirigía a aquél para pedírselo.

Amores matrimoniales «anómalos»: tan malos como el asesinato

Si, para lograr un placer más intenso, se elegía una postura «antina­tural» —un situs ultra modum, como dicen los moralistas—, se cometía, según la opinión general de los teólogos medievales, un pecado grave que durante siglos fue castigado con diversas penas canónicas. Y es que, evi­dentemente, lo que menos convenía a los celibatarios era que el matrimonio mantuviera vivos los afectos, y menos aún que aumentara el placer de la carne. En diversas ocasiones, el permiso «para gozar de la mujer de modo diferente» ha sido reprobado como una herejía y toda postura «anómala» dictada por el mero placer ha sido considerada ¡«un pecado mortal de la misma gravedad que el robo o el asesinato»! Sobre todo porque, como algunos corifeos enseñan, un hijo que haya sido engendrado perversamente heredará alguna tara y tendrá tendencias pecaminosas antinaturales. En cambio, el camello, que sólo copula una vez al año, y sobre todo la elefanta, que lo hace cada tres años, son presentados como ejemplo moral y «modelo de continencia».

Según el Manual para Confesores redactado por el obispo de Le Mans, monseñor I.B. Bouvier (que, según una advertencia preliminar, sólo se podía obtener con el permiso del superior del seminario o del vicario general de la diócesis), los cónyuges pecan gravemente si «se entregan a actos obscenos o que atenten al sentido natural del pudor» por ejemplo, «si la mujer toma el miembro de su marido en su boca o lo coloca entre sus pechos o lo introduce en su ano». Pecan gravemente «sobre todo si el hombre, para aumentar su placer» —lo que siempre es un crimen capitale—, «toma a su mujer por detrás, al modo de los animales, o si se coloca debajo de ella, alterando así los papeles. Este extravío a menudo es la expresión de una concupiscencia reprobable que no se quiere contentar con practicar el coito de la manera usual».

Resulta ciertamente difícil de entender por qué el acto «usual» es decir, con la mujer de espaldas y el hombre sobre ella, facies ad faciem, es el normal, el correcto y el preferido por Dios; por qué, de entre todas las variadas posibilidades, justamente ésa y sólo ésa tendría que haber sido prescrita por toda la eternidad: porque esta posición —que, al parecer, o bien no se conoce en ninguna otra cultura del mundo, o sólo se considera insignificante o curiosa— es en realidad «una de las posiciones menos eficaces que los hombres han podido concebir» (14).

Sobre el estancamiento de las leyes

Todavía hoy, cuando la psicología y la medicina (aunque probable­mente desde hace no mucho tiempo) consideran normal cualquier tipo de coito, al igual que los contactos buco-genitales y la masturbación, no pocas jurisdicciones siguen haciendo extensible a las parejas casadas el concepto de deshonestidad, lo que sin duda debemos a las iglesias. En algunos estados de los EE.UU. las penas por este tipo de conducta en la época de Kinsey siguen siendo tan horrendas que sólo las superan las concernientes a la violación, el secuestro de niños y el homicidio. «Sabemos de casos en los una persona fue condenada a demanda de su cónyuge o porque alguien se enteró de que tenían lugar juegos sexuales orales o anales dentro del matrimonio. Es cierto que hay pocos procesos penales que se basen en estas leyes, pero mientras estas leyes existan serán objeto de una interpre­tación celosa y estricta y servirán de pretexto para los chantajistas».

... Y del progreso de la moral

Con el tiempo los sacerdotes cedieron, aunque fuera a desgana, habida cuenta de que el mundo no acababa de salir de la órbita del vicio y, lo que es peor, de que ya ni siquiera les parecía tan vicioso.

Cierto es que Ja Iglesia había declarado en la Antigüedad tardía que la sexualidad se derivaba de Dios pero la excitación sexual era el resultado del pecado original, y aunque en la Edad Media había llegado a defender que el placer procedía de Dios, ei «desorden del deseo y el placer» era calificado como «culpa de los primeros padres» y como «deuda» personal. No obstante, poco a poco terminó por permitir cierto goce en las relaciones sexuales. Más tarde, además del coito con placer, también fue autorizado el coito por placer y sólo se le tildó de pecaminoso si se hacía por mero placer. Los teólogos de nuestro siglo a lo mejor se creen muy progresistas porque, en una época en la que el amor se ha convertido en un factor importante en la elección de pareja y en la que casi nunca se renuncia a él, ni siquiera después de un fracaso matrimonial, ya no se oponen abier­tamente al hecho físico; porque enmascaran su tradicional espíritu antise­xual, subrayando el significado personal del matrimonio y la igualdad de la mujer en la pareja. Pero no lo hacen porque de repente eslén infundidos de mejores ideas o sean más humanos, sino simplemente porque el cambio de tendencia ya ha ido demasiado lejos y, como siempre en casos análogos, la adaptación es imprescindible. Así que aparecen más indulgentes, más generosos y más sabios, haciendo burlas cómplices sobre la teología moral de tiempos pasados, e inmediatamente vuelven a limitar sus propias concesiones —un cuarto de jovialidad y tres cuartos de malicia—, de modo que queda poco más que la venda en los ojos de los incautos.

La «oscura compulsión de lo sexual»

En concreto, la cosa resulta así:

En primer lugar, se tolera generosamente que los casados «busquen y disfruten el placer que el Creador les ha destinado», pues nadie quiere pronunciarse contra el Creador, ni siquiera el Papa, al menos directamente. Pero después el Santo Padre reduce drásticamente la generosidad que acaba de mostrar y ordena que «los cónyuges se mantengan en los límites de la justa moderación», que «en el goce sexual no se entreguen desenfrenadamente al impulso de los sentidos» pues «aunque la substancia del acto permanezca intacta, se puede pecar en la forma de ejecutarlo».

El Catecismo Holandés dice que lo erótico es «bueno». Y no se queda ahí. Porque esto todavía estaría «expresado demasiado débilmente. Es santo.

El erotismo es un poder santo y creador que hay en nosotros». Citare que sólo una línea después de esta frase retórica cuyo desparpajo ya la hace sospechosa y permite barruntar algo malo, se dice: «Si la atracción erótica se desprende del sistema de los demás valores humanos y, sobre todo, si su faceta corporal, la sexualidad física, se desprende del sistema del erotismo humano, pueden abrirse insospechados abismos de maldad y brutalidad (...)».

Hoy se autoriza el placer a los casados mediante la idea de una «se­xualidad querida por Dios». Pero estas ideas —se advierte— son, bajo determinadas circunstancias, completamente «inútiles y peligrosas». Cier­tamente, el placer sexual está santificado por el sacramento del matrimonio y como tal es bueno. Pero cuando el placer es «buscado por sí mismo», cuando se «cede a él sin freno alguno» es «la fuente de degeneraciones, pasiones y pecados indescriptibles».

Cierto moralista que, por progresismo, además de reconocer frunca-menle que el matrimonio no es «ningún convenio» llega a pedir que el acto «sólo se dé en las condiciones óptimas de vigor y energía corporales y espirituales» (¡lo que ciertamente implica nuevas y notables restricciones!), se queja después, en cuanto su progresismo le deja recuperarse, de la «oscura compulsión de lo sexual y la incontrolahilidad de lo erótico», de «la tendencia inherente al erotismo de romper con lo establecido y convertirse en peligroso e incluso destructivo», o del «omnipresente sexualismo». Y aunque, por amor a las convenciones científicas (que los expertos en Dios necesitan más que nadie), encuentra sutiles diferencias en el matrimonio entre causa efficiens. causa lormalis y causa finalis, o entre amor complacentiac, amor concupiscentiac y amor benevolentiae, o entre «corporalidad» y «corporeidad», la «oscura compulsión» (no de lo sexual sino de lo teológico) desemboca, como siempre, en el viejo callejón sin salida: «La unión e interpenetración de amor sexual, erótico y personal precisa, entre los cristianos, de una conformación mediante el amor cristiano: el ágape. Sexus, Eros y Amor nunca logran salir de un tibio ir y venir entre la auténtica entrega y la satisfacción egoísta si no son aquilatados en el ágape hasta convertirse en la pura forma del amor. Ll ágape es el amor nacido de Dios». «Lo ontológicainente interior remite a la integración en lo ontológicamente superior. Sexus y Eros siempre necesitan (...)». ...a los teólogos morales; ya se sabe. <¡Y viceversa!) (15).

Coitus catholicus: «noble y casto»

No es un mero recuerdo el caso de un teólogo católico de hace cin­cuenta años para quien la satisfacción sexual sólo era lícita «si se dominaban los instintos»; el amor conyugal tenía que levantarse «sobre la base de la castidad» y a los casados les estaba prohibido vivir «como adúlteros». No fue aquella época —lo que significa; ¡después de nada menos que mil novecientos años de cristianismo!— la última en la que se pudo escribir (con licencia eclesiástica): «Una madre que alguna vez se una a su marido como una prostituta venal con su libertino amante» transmitirá «a su hijo el germen del mal» y por la sangre de éste correrá «la inclinación al pecado (...) en lugar del sentido de lo sublime y lo noble, de lo puro y lo bueno». Tampoco es únicamente en la literatura popular de la Iglesia de hoy en día donde se sigue afirmando que es pecado «todo aquel exceso de placer sensual que atenta contra el sentido del pudor», esperando que «la mujer santa y pura (...)» pisotee a «la serpiente de la concupiscencia», que «en lo más profundo» siga siendo «virgen, es decir, propiedad de Cristo»; es decir, que tiene que seguir sometida, como en la Edad Media, a una Iglesia que condena el placer. No es sólo en la literatura religiosa popular de la actualidad donde se recomienda «la tranquilidad de la noche» para los contactos sexuales (como para todas las empresas tenebrosas), aprobándolos sólo en aquellas posturas que «sobre todo, miren por la comodidad de la mujer y no olviden el respeto que se le debe» es decir, el respeto al despotismo de la Iglesia.

No; la teología moral «seria» de hoy en día —en su elaboración de una «perspectiva eclesiológica»— también querría que el coito comportara «una disponibilidad respetuosa para el cumplimiento de la misión reproductora», que fuera «totalmente respetuoso, noble y casto», que lo espiritualizara todo «hasta un plano auténticamente humano», que alcanzara «el carácter de una acción sobrenatural, santa y constantemente santificadora». El matrimonio debe ser un «orden sagrado», un «medio de salvación» un «ministerio», un «permanente servicio a Cristo»; los esposos tienen que convertirse en «mutuo instrumento de santificación», en «Corpus Christi mysticum», en «Cristo viviente»; deben mirarse el uno al otro «con la vista constantemente puesta en Dios», deben hacer efectiva, día a día, su «semejanza a Dios» y convertir su «apoyo mutuo» en «participación en la obra de la Salvación» etcétera.

Debilidad mental en lugar de sexo

De esta manera, el amor entre hombre y mujer es desterrado a la aséptica pesadilla del cielo cristiano, a la Nada desencamada y deserotizada; se le distancia de la libido bajo un aluvión de sermones tan infatuados como carentes de sentido, y la vivencia sexual, en lugar de ser santificada por el sacramento del matrimonio, es reprimida por él. En estas condiciones, la entrega total al compañero resulta imposible, lo que ha provocado graves crisis de conciencia en infinidad de personas, empujándolas a la renuncia, a la histeria o a la neurosis y, en bastantes ocasiones, destruyéndolas.

Pero toda esta chachara moral típica del gremio se reduce, básica­mente, a esto: ¡el mínimo de sexualidad y el máximo de sumisión! Siempre ha sido así. No necesita mayor comentario el hecho de que, en un motu-propio sobre el matrimonio mixto del 31 de marzo de 1970, en el momento en que sus siervos comenzaban a descubrir y a proclamar la dignidad personal de la mujer, el Papa empleara casi cuarenta veces los conceptos «ley», «derecho», «norma», «deber» y «obediencia» y ni una sola vez la palabra «amor». O que se elogiara abiertamente «la excelente ética sexual de la Edad Media» y se predicara sin ambigüedades que la dignidad de la mujer «sólo puede ser preservada» mediante el regreso a la revelación bíblica (16).

Los caballeros del hábito negro

El viejo principio de hostilidad al placer se oculta en una burda trampa teológica que hasta los más ingenuos deberían haber descubierto: en la infatigable preocupación del clero por el bienestar corporal de la mujer.

Apenas hay una sola obra de teología moral (del pasado) en la que los religiosos no se presenten como sensibles guardianes y nobles (¿o quizás no tan desinteresados?) protectores de la mujer acosada por el marido lujurioso, de ese ser que siempre han odiado, rebajado... y usado sexualmente. Pero pese a lo transparente de sus intenciones, el viejo llamamiento sigue haciéndose efectivo en el siglo XX en todos aquellos lugares (¡y dónde no!) en los que se enseña a los esposos cristianos a dominar «sus propios instintos, quizás fogosos», para que «nunca atenten contra la dis­creción amorosa», o siempre que se aboga por «una digna expresión de las relaciones matrimoniales», por unos encuentros sexuales llenos de «amor y respeto», o de «amor espiritualizado», por una cópula sin «pautas apren­didas», sin «técnicas amorosas refinadas» y sin «orgasmo» —¡eso por nada del mundo!—, proponiendo, frente a ello, un «amor respetuoso y pudoroso» y mucha «consideración», «discreción» y «ternura». Y es que «los cónyuges verdaderamente tiernos pueden renunciar con más facilidad a la unión matrimonial completa y al placer que lleva consigo (...)»;con lo que, al final, se acaban poniendo todas las cartas sobre la mesa clerical.

El aura protectora de los religiosos termina por llevar a este punto. Cuando celebran la santidad y la consagración sacramental del matrimonio como «lo más excelso» revelan, de hecho, lo que las mujeres le deben al cristianismo; ¡cuanta menos sexualidad, mejor! «En esta clase de matrimonio, atravesado por el hálito de lo Sobrenatural, la mujer no necesita preocuparse de su dignidad. El esposo custodia el paraíso de su feminidad como un querubín con su espada refulgente». Lo que de nuevo resuelve la cuestión estilísticamente. El buen católico espera que «la pureza revista el ser de su esposa de una majestad invisible» y coloque «sobre su cabeza una corona real» (textos con licencia eclesiástica). Y la costilla de Adán, buena y católica espera de su señor que «domine sus sentidos». Ella no amará a un calavera «desenfrenado»; lo despreciará e incluso lo deberá detestar (!). «¡Qué ricas son las posibilidades que tienen los esposos cris­tianos de honrar a Cristo en la intimidad!» (17).

Sobre el coste de la vida sensual

Es bastante comprensible, por consiguiente, que en muchos matrimonios católicos, y precisamente en el ámbito de lo sexual, parezca que es el malestar y no el placer el que gobierna. Que los jóvenes católicos recuerden hoy que «para mi madre, la virginidad era el más alto de los ideales. Por ello, sólo veía el matrimonio como un mal necesario (actitud que se refiere exclusivamente a la vertiente sexual del matrimonio)». ¡Todo un ideal bíblico: fidelidad a la línea de San Pablo! Otro testimonio: «Mamá era una mujer silenciosa, llena de confianza en Dios. No obstante, mis padres se enfrentaban a lo sexual con una actitud negativa, en especial mi madre. Lo corporal entraba dentro del contrato matrimonial, pero el placer era pecado, en consonancia con la moral eclesiástica».

Muchos teólogos, para reprimir el diabólico placer, advertían infatigablemente de las consecuencias del libertinaje. Una y otra vez —y no sólo en la tenebrosa Edad Media— asustaban a la gente profetizando el nacimiento de niños leprosos, epilépticos o inválidos. En el siglo XX siguen amenazando con la capacidad de convicción de un hechicero de la selva: «Cuando al hombre le falta la energía de la castidad y el autodominio, la esposa tiene que pagar el coste de una vida sensual incontrolada, que se traduce en graves padecimientos nerviosos y ginecológicos, así como en una progenie debilitada, deforme y no pocas veces medio idiotizada». Además de afirmar, en pleno siglo XX, que las relaciones prematrimoniales acarrean «neurastenia sexual y enfermedades nerviosas» y desembocan en los casos más graves en la esterilidad, divulgan cómo cierto médico com­probó «en dos mil pacientes» que los «abusos matrimoniales» eran causa de inflamaciones, «con independencia de los métodos usados». «El cáncer también es causado a menudo por el estímulo mecánico de los preservativos».

Una capacidad orgasmica casi ilimitada...

La preocupación demostrada por el clero hacia las «puertas del Infierno, siempre abiertas» es tanto más curiosa cuanto que, como sugieren las investigaciones mejor fundamentadas, la mujer tiene un potencial sexual extraordinario y una capacidad para la sexualidad mucho mayor que la del hombre. «Si una mujer capaz de alcanzar un orgasmo normal es estimulada correctamente, en muchos casos puede tener hasta seis climax después del primero antes de quedar realmente satisfecha. Al contrario que el hombre, que habitualmente sólo puede tener un orgasmo en un corto espacio de tiempo, muchas mujeres pueden tener cinco o seis orgasmos en un lapso de algunos minutos, sobre todo si el clítoris continúa siendo estimulado».

Y una frigidez bastante sospechosa

Sin embargo, la constante insinuación de sentimientos de culpa sexual y tonterías —sostenidas incluso por médicos, pero inspiradas por la reli­gión— del tipo de que la mujer ni podía ni debía obtener satisfacción erótica o que quedaba mancillada porque se le atribuyeran tales sensaciones, comprometieron, por fuerza, e! equilibrio psicológico de la pareja. Parece claro que, desde hace siglos, los instintos femeninos se encuentran ener­vados; en un mundo que permitía al hombre concubinas, amantes y pros­titutas, mientras que la vida sexual de la esposa se iba consumiendo, la sexualidad femenina fue deformada y debilitada drásticamente y la mujer europea padeció una especie de atrofia psicológica, perdiendo unas facul­tades que las mujeres de otras culturas todavía tenían.

Sólo así se entiende que, aunque la mujer tiene una capacidad orgas­mica casi ilimitada (con estimulación eléctrica, entre veinte y cincuenta veces en una hora), en los años treinta de nuestro siglo —según el informe del sexólogo y sociólogo británico Alex Confort— una de cada tres pa­cientes del departamento ginecológico de un hospital londinense todavía no había experimentado ningún orgasmo a lo largo de su vida matrimonial; o que, hacia la misma época, según Erich Fromm y Wilheim Reich, el 90% de las esposas de trabajadores padecían trastornos neuróticos y se­xuales; o que, en 1963, según una encuesta sobre la vida íntima de los alemanes occidentales, sólo el 35% de las mujeres (frente al 66% de los hombres) consideraban necesarias las «relaciones íntimas», mientras que el 52% de la población femenina podía renunciar a ellas (frente a sólo el 22% de los varones); y aún más: según estimaciones fiables, en la actualidad la frigidez todavía afecta a no menos del 40% de las mujeres. Y aunque, a menudo, esto tiene causas individuales, específicamente biográficas, el electo de los factores colectivos es aún más devastador, sobre todo, como subraya Josef Rattner, el de la «primitiva convicción religiosa de que la sensualidad es pecado (...); todavía pesa sobre nosotros una tradición milenaria que nos ha machacado con tal absurdo».

Se estima que en los Estados Unidos sigue habiendo miles de matrimonios que carecen de vida sexual. Un investigador localizó a varias decenas de mujeres casadas que contesaban no saber cómo se practicaba un coito. Y algunos consejeros matrimoniales afirman haber conocido parejas que ni siquiera sospechaban que se trata de una práctica normal (18).

¿Copular... por amor a Cristo?

¿A quién puede sorprender que, como escribe la francesa Menie Grégoire, «la iniciación sexual plantea tales dificultades a los cristianos que éstos visitan al psiquiatra cada vez más asiduamente, empujados por un insuperable temor hacia lo que representa la auténtica esencia de la vida»? ¿A quién puede sorprender que, según las voluminosas encuestas de Kinsey, las católicas estrictas alcancen su primer orgasmo seis o siete años después que las no practicantes? ¿O que el 21% de las católicas estrictas encuestadas por Kinsey experimentaran su primer orgasmo a los treinta y cinco años, pese a que la mayoría estaban casadas y tenían relaciones sexuales con regularidad? ¿A quién puede sorprender que los psicoterapeutas de hoy conozcan a «mujeres con una educación católica relativamente estricta que nunca han podido y nunca podrán alcanzar un orgasmo» y que ven completamente natural que la relación sexual sólo se practique «para dar gusto al hombre o por amor a Cristo»? ¿O que haya jóvenes que fueron «internadas en manicomios cuando descubrieron en la noche de bodas lo que sus maridos realmente pretendían hacer»?

Y, pese a todo, se vuelve a hablar en Francia y Bélgica, como en la Edad Media, de un «orden matrimonial» (ordre du mariage): ¡el ingreso de ambos cónyuges en un «orden intermedio» o en una casa de oblatos! ¿Y por qué no? En 1973, un católico se queja de la limitación que todavía se da en las relaciones sexuales dentro del matrimonio: «Si los esposos católicos obedecen la encíclica del actual obispo de Roma, les van a quedar muy pocos días para su vida sexual» (19).

Para resumir brevemente: aunque, por una parte, la Iglesia ha puesto trabas al matrimonio, creando una irritante cantidad de días de castidad matrimonial obligatoria y, por si fuera poco, tratando de acibarar el placer en cuanto tenía oportunidad, como corresponde a su lógica característica, la religión del amor no tolera ninguna relación extramatrimonial y menos el divorcio.

6. EL ADULTERIO
Muchas veces es el primer eslabón en una larga cadena de crímenes. Si una persona se ha atrevido a dar este primer paso (...). ninguna barrera le detendrá en la pendiente del crimen. - J. RÍES, teólogo; ¡con licencia eclesiástica!

La teología moral ha incluido el adulterio —diferenciando entre adul­terio simple y doble, según esté casado uno de los amantes o los dos— entre los delitos más graves hasta casi nuestros días.

En la Antigüedad, diversas iglesias africanas solían castigar a los adúlteros con penitencias de por vida y con su expulsión definitiva. En los primeros siglos de la Edad Media, la norma de la Iglesia fueron cinco años de penitencia por cada adulterio (bastaba con una tentativa notoria) si el culpable estaba soltero y siete si estaba casado; no obstante, si ambos cónyuges se habían puesto de acuerdo, la penitencia se elevaba a diez años.

La expiación consistía, entre otras cosas, en sobrevivir durante años a pan y agua, en destierros y largas peregrinaciones —sobre todo a Roma, a las supuestas tumbas de los apóstoles— en las que, para endurecer el castigo, se colocaba a los penitentes unas argollas de hierro alrededor de cuello, manos y piernas, argollas que, según se creía —a tal punto llegaba la confianza en Dios—, se romperían por sí solas cuando la penitencia fuera suficiente. Todos los domingos, y más adelante cuatro veces al año, se condenaba a los malhechores, que eran paseados desnudos por las calles mientras recibían innumerables azotes. De acuerdo con una resolución del sínodo de Naplusa (1120), el adúltero era castrado y la adúltera perdía la nariz, siendo a veces el mismo culpable quien tenía que ejecutar la sentencia sobre su cómplice. Y en el siglo XIV, en un momento en que los clérigos tenían el derecho casi exclusivo de castigar los adulterios, el marido que sorprendía in fragantí a la mujer junto a su amante podía matarlos inme­diatamente, imponiéndosele por ello una simple penitencia religiosa.

Pena de muerte, según el derecho secular

El emperador Constantino ya equiparaba el adulterio al asesinato, negándoles a los convictos incluso el derecho de apelación. Su hijo Constancio hacía eliminar a los adúlteros de igual manera que a los parricidas, es decir, echándolos al mar metidos en un saco cerrado junto a una serpiente, un mono, un gallo y un perro o, si el mar quedaba demasiado lejos, mandándolos a la hoguera.

Las cosas no se suavizaron con el tiempo. Los códigos de Sajonia y Suabia castigaban el adulterio de ambas partes con la muerte. Algunas legislaciones municipales condenaban a los amantes a ser decapitados o enterrados en vida, esto último sobre todo para !a mujer, en caso de que el marido no se conformara con otro castigo. En Berlín y entre el campesinado de Dithmarschen, el esposo podía mutilar a su mujer y al seductor, matarlos o bien dejarlos libres, a su completa discreción. En torno a 1630, el elector Maximiliano fijó para los delitos de adulterio un destierro de entre cinco y siete años, pero, en caso de reincidencia, los culpables serían entregados al verdugo. Y a mediados del siglo XVIII, el Codex Maximilianeus Bavaricus Criminalis todavía permitía a los nobles encerrar a sus esposas infieles —siempre que hubieran confesado ante terceros— en sus castillos «o en otros lugares apropiados, reteniéndolas en tal prisión bajo custodia hasta el momento de su muerte» (20).

Hubo que esperar a la Ilustración para que el adulterio fuera juzgado con menos severidad y, pese a todo, en la República Federal de los años sesenta, gobernada por la coalición CDÜ/CSU, una «reforma» del código penal estuvo a punto de reintroducir el delito —hoy está despenalizado—, castigándolo con un año de prisión —frente a los seis meses de la época guillermina—.

«(...) El adulterio de la mujer es más grave»

Una característica de los procesos por adulterio es que, a menudo, la mujer ha sido castigada con mucha mayor severidad, lo que, en buena medida, se ha debido a la acción de la Iglesia.

En la Antigüedad, si la mujer de un cristiano cometía adulterio, éste tenía que repudiarla. Los religiosos estaban obligados a ello bajo amenaza de suspensión o de excomunión definitiva. Por el contrario, la mujer tenía que volver a recibir al marido si éste regresaba a casa arrepentido. Es más: la Iglesia primitiva castigaba el adulterio del hombre con siete años de penitencia y el de la mujer ¡con quince!

Hay muchos ejemplos de que esta tendencia se mantuvo en el derecho secular de la alta Edad Media. Es el caso de la Lex Baiuvariorum (743) —redactada por un clérigo y empapada de ideas religiosas—, que convertía la fidelidad matrimonial en asunto exclusivo de la mujer. El hombre, en cambio, tenía derecho a matar al amante (y seguramente solía ejercerlo), aunque es de suponer que, en el mismo arranque de ira, por lo general también liquidara a su esposa. Según las Ordenaciones de Enjuiciamiento Penal del Alto Palatinado (1606), «ambos, el adúltero y la adúltera, serán sentenciados a muerte por espada o por agua», aunque sólo se castigaba la infidelidad del hombre si su amante estaba casada, con lo cual se seguía pensando igual que los judíos en tiempos de Cristo. En el Código de Napoleón el adulterio continuó siendo delito, pero sólo si lo cometía la mujer. En ese caso, el marido podía encerrarla y separarse de ella, e incluso podía matarla si la cogía m fraganti, en tanto que el hombre que vivía en concubinato era condenado, en el peor de los casos, a una pena monetaria.

La teología moral del siglo XX todavía cree que «el adulterio de la mujer es más grave». La influencia misógina de la Iglesia es tan grande que hasta hace poco el derecho italiano y el español sólo castigaban a la esposa adúltera y a su amante, pero no al marido adúltero. El mando sólo podía ser castigado por concubinato. En cambio, hasta 1968, la mujer infiel se arriesgaba en Italia a un año de cárcel.

Sin embargo, a juzgar por abundantes estimaciones estadísticas y en contra de la propaganda habitual de la Iglesia, el 70% de los adulterios de la mujeres casadas, en lugar de acarrearles graves dificultades, tienen como consecuencia un cambio de rumbo favorable en el matrimonio (21).

7. EL DIVORCIO

Aunque, según Marcos y Lucas, Jesús prohibió estrictamente el di­vorcio, según Mateo lo autorizó en diferentes ocasiones, en caso de «fornicación» (porneia) de la mujer. San Pablo también admite el divorcio, aunque por motivos diferentes, esto es, si en un matrimonio mixto lo reclama el cónyuge pagano. El catolicismo reconoce este privilegium paulinum como una situación excepcional; tras uno de estos divorcios por motivos de fe es lícito incluso un nuevo matrimonio con un cónyuge cris­tiano: el llamado privilegium petrinum.

Existe otra posible dispensa (basada en la distinción entre matrimonium ratum y consummatum) para los enlaces contraídos con plena validez pero que no han sido consumados físicamente: un caso, por supuesto, infrecuente. Y, por último, el derecho canónico también autoriza la «separación de mesa y lecho» que, sin embargo, impide a ambas partes volverse a casar, es decir, que no anula la unión.

En cualquier caso, todo matrimonio celebrado entre personas bautizadas y consumado con la copula carnalis es considerado por la Iglesia como indisoluble. Con lo cual el divorcio no está autorizado ni siquiera aunque el acto sólo haya tenido lugar una vez: porque el marido haya quedado impotente inmediatamente después de la noche de bodas a consecuencia de un accidente, pongamos por ejemplo. «En ese supuesto, no cuentan ni la finalidad reproductora del matrimonio, el mayor bien de la teología sexual, ni el peligro de que la esposa insatisfecha se vea abocada a una relación extramatrimonial pecaminosa».

Según el derecho canónico, un divorcio civil tampoco puede servir de base a un nuevo matrimonio. Como quiera que el primer matrimonio subsiste, si hay segundas nupcias se tratará de una relación adúltera. O sea que, de acuerdo con este punto de vista, un hombre que se casa después de haberse separado comete bigamia y vive con su segunda mujer en adulterio y concubinato, ergo, como alguien comentaba hace poco con sarcasmo, «un adulterio elevado al cubo».

Una «praxis más dúctil» en la «doctrina pastoral concreta»

Claro que estas reglas no siempre han estado en vigor; la realidad las desmintió durante mucho tiempo y en la praxis se era mucho más «dúctil» y «flexible». Y puesto que el mismo Evangelio hacía proclamaciones con­tradictorias y tanto el derecho romano como el germano autorizaban los (frecuentes) divorcios, poco a poco la Iglesia Católica puso en funcionamiento un poderoso mecanismo de dispensas. Si en el siglo II todavía se interpretaba la indisolubilidad de forma estricta, se empezó a ser más tolerante en el siglo III, de modo que, en los siglos IV y V, sólo conocemos a dos Padres de la Iglesia, San Agustín y San Jerónimo, que prohiban el divorcio y las segundas nupcias en caso de adulterio. Los penitenciales de la alta Edad Media también permiten al marido engañado tomar una nueva esposa; mientras que una mujer sólo podía abandonar al marido infiel si ingresaba en un convento.

No obstante, además del adulterio, había otras causas de divorcio que, a veces, abrían la puerta a un nuevo enlace: procesamiento, captura del marido o de la mujer por el enemigo, esterilidad, abandono doloso, lepra y otras. Significativamente, la Iglesia también permitía el divorcio si uno de los cónyuges había dejado de ser «adecuado al rango»: una concesión evidente al pensamiento germánico (22).

Repudiar a la esposa con la bendición eclesiástica

La forma más sencilla de disolver un matrimonio era por consangui­nidad. Una vez descubierta, el clero consideraba al matrimonio como si no hubiese tenido lugar. Como quiera que la prohibición del matrimonio entre consanguíneos abarcaba hasta el séptimo grado y que muchas —por no decir la mayoría— de las familias nobles de la Edad Media eran de hecho consanguíneas, dichos enlaces podían ser anulados en cualquier momento: lo cual era aún más importante para el hombre, puesto que los matrimonios frecuentes aumentaban su patrimonio. Así que muchas mujeres fueron repudiadas cuatro y cinco veces con bendición eclesiástica. En todo caso, ello no era óbice para que, como ocurría con cierta frecuencia como resultado de la indisolubilidad, los hombres liquidaran a sus esposas —con sus propias manos o por medio de sus sirvientes—, imputándoles luego un adulterio para justificar el hecho.

Por otra parte, el clero no vacilaba en hacer frecuentes concesiones a los poderosos. Por ejemplo, cuando el hijo del emperador Lotario, Lotario II (855-869), quiso abandonar a su esposa Teutberga y casarse con su amante Waldrada, los sínodos, dócilmente, aprobaron el divorcio y el nuevo matrimonio. Y aunque el papa Nicolás I se opuso, su sucesor Adriano II levantó el anatema contra Waldrada y dio la comunión a Lotario en Monte Cassino.

La Iglesia, comprometida con los príncipes, llegó al extremo de tolerar la poligamia, sobre todo de los merovingios y los carolingios.

El rey Clotario I se casó seis veces y en una de las ocasiones lo hizo simultáneamente con las hermanas Ingunda y Aregunda. Con su hijo Cariberto pasó algo parecido. Dagoberto I, un rey muy apreciado por el clero (y que hizo asesinar en una noche a miles de familias búlgaras que se habían puesto bajo su protección huyendo de los hunos), tuvo tres esposas e innumerables barraganas; Pipino II tuvo dos esposas legítimas, Plectrudis y Alpais. Y Carlomagno, que fue declarado santo por Pascual III (antipapa en tiempos de Alejandro III) el 29 de diciembre de 1165, vivió con concubinas hasta su muerte, después de haber contraído cinco matrimonios —su tercera esposa, Hildegard de Suabia, sólo tenía trece años cuando se casaron y quedó embarazada a los catorce—; no obstante, hacía azotar salvajemente a las «rameras» en las plazas de los mercados. La Iglesia toleró el concubinato hasta bien entrada la Edad Media, aunque no era compatible con el matrimonio.

A propósito de algunas falsificaciones sobre la indisolubilidad del matrimonio

A mediados del siglo IX, las falsificaciones seudoisidorianas —que brindaron servicios al papado tan importantes como numerosos— contri­buyeron a promover la indisolubilidad del matrimonio. La prohibición del divorcio y la monogamia se confundieron en el catolicismo desde los siglos X y XI (el concilio lateranense es de 1215); la primera fue reafirmada enérgicamente por el Concilio de Trento aunque, con vistas a una eventual unión con los greco-ortodoxos, no fue expresamente definida desde un punto de vista dogmático.

La indisolubilidad del matrimonio supuso sin duda una cierta garantía para la mujer que, la mayoría de las veces, se llevaba la peor parte en las separaciones. De todas formas, esta garantía, por la que no pocas mujeres se hicieron cristianas, fue el único beneficio que la nueva religión les concedió.

Como era de esperar, el Papa se reservó el derecho de autorizar las separaciones. Y este derecho, reconocido por todos los príncipes, puso a menudo todos los triunfos en manos de la Curia.

Cuando, a finales del siglo XV, Luis XII quiso disolver su matrimonio para casarse con la duquesa de Bretaña, en Roma elaboraron las correspondientes capitulaciones para complacer al monarca. Pero poco tiempo después, cuando Enrique VIH quiso anular su matrimonio con Catalina de Aragón para desposar a Ana Bolena, una de las damas de su corte, el Vaticano se negó, pese a que Enrique VIII era un fiel hijo de la Iglesia y un firme antagonista de la Reforma. Pero la Bolena procedía de la baja nobleza inglesa y Catalina de Aragón pertenecía a la más poderosa dinastía del mundo; además era tía de Carlos V, a quien el Papa necesitaba impe­riosamente para combatir a los reformadores (23).

El divorcio entre los luteranos y los ortodoxos

Entre los protestantes, el derecho al divorcio existió desde el primer momento. La opinión más generosa era la de Melanchton; en cambio, Lutero —aunque sólo en la última etapa— limitó las causas de divorcio al adulterio y el abandono doloso del hogar. Pero, con el tiempo, también fueron reconocidos como motivos suficientes para disolver la unión: la negativa continuada a satisfacer el débito conyugal, el encarcelamiento de uno de los cónyuges, las amenazas físicas, la incompatibilidad de caracteres, la esterilidad de la mujer, la impotencia del marido, las enfermedades incurables, la locura, el onanismo, el alcoholismo, el despilfarro, y otras. Con todo, desde el punto de vista protestante tampoco puede uno disolver su matrimonio sin hacerse culpable a los ojos de Dios.

La Iglesia grecoortodoxa, que siempre ha reconocido la posibilidad de separación por adulterio, la sigue concediendo hoy en día en casos extremos, apoyándose en la doctrina de algunos doctores de la Iglesia de la Antigüedad. El patriarca melquita Elie Zoghby (Egipto) defendió esa misma posición en el Vaticano Segundo, bien es cierto que ante la perplejidad general de los asistentes.

Progreso católico

Pero incluso en el interior de la Iglesia católica algunos empiezan a pensar —tímidamente y, por supuesto, más por amor al famoso «progreso» clerical que por humanidad— en sacar el mejor partido de la nueva situación.

Y es que la situación ha cambiado radicalmente, también en este sentido. La indisolubilidad, que antaño era una protección real para las mujeres, como esclavas sumisas al clero, hoy es más bien un obstáculo para ellas. Al menos en Alemania Occidental, la mayoría de las peticiones de divorcio ya no proceden de los maridos, y los mismos católicos se preguntan «por qué son precisamente las mujeres y las jóvenes quienes se pronuncian con tanta vehemencia contra la indisolubilidad». Y mientras el papado combate con firmeza la introducción del divorcio en Italia, mientras el cardenal Garrone lo considera un «paso atrás» y un «camino equi­vocado», los «progresistas» han descubierto en Jesús «una cierta com­prensión hacia el divorcio»... ¡y también en sus seguidores! «De todos modos, se puede admitir que algunos católicos convencidos también aceptan el divorcio en determinadas circunstancias y como último recurso». Eso es: ellos... ¡no Jesús!

Esta adaptación oportunista es la única razón de la nueva actitud hacia los hijos nacidos fuera del matrimonio, a los que la Iglesia ha tratado siempre con el máximo desprecio,

8. LOS HIJOS NACIDOS FUERA DEL MATRIMONIO

Los hijos naturales no eran considerados como deshonrosos ni por los griegos ni por los germanos; en cambio, las jóvenes «pecadoras» cris­tianas fueron castigadas con penitencias públicas y castigos infamantes hasta el siglo XVIII y en el norte de Alemania todavía eran azotadas a comienzos del siglo XIX.

Privados de derechos y desheredados

Pero sobre todo, debido al influjo creciente de la Iglesia, el hijo tenía que sufrir durante toda su vida el castigo por el «crimen» de su madre. En la Alemania de los siglos centrales de la Edad Media, los hijos naturales sólo podían reclamar del padre ciertos derechos de manutención. En el código de Sajonia son uno de los grupos «sin derechos»: excluidos de todos los privilegios, están incapacitados para ser jueces, jurados, testigos o tutores y ni siquiera pueden hacerse con un tutor que represente sus intereses ante los tribunales. En Inglaterra también se vieron seriamente perjudicados «a instigación de la Iglesia»: no podían reconocerlos ni el padre ni la madre, básicamente eran outlaws, filius nullius en el sentido jurídico, hijos de nadie.

Muchos, por no decir la mayoría de los códigos consideraban bastardo (no emparentado ni con el padre ni con la madre) al hijo que, aun habiendo nacido dentro del matrimonio, hubiese sido concebido anteriormente, o cuando los padres no se hubiesen casado hasta después del alumbramiento (!) Y como el hijo bastardo no podía heredar de sus padres, éstos no tenían ningún derecho respecto de los bienes de aquél. Su patrimonio iba a parar al fisco. Un Registro de casos de bastardía del Alto Palatinado confería al Estado el derecho a confiscar la totalidad de la herencia de los hijos naturales. Muchos fueron los afectados por este tipo de leyes. En la mayoría de los lugares de la católica Baviera siguió habiendo a lo largo del siglo XIX más de un 20% de nacimientos ilegítimos, y algo más del 30% en una ciudad como Nuremberg (24).

Las habituales excepciones

No obstante, con tal de que se le pagara lo suficiente, la Iglesia podía pasar por alto la mácula de nacimiento de ciertos prominentes bastardos. Así, en 1247, Inocencio IV enmendó la exclusión del bastardo Hagen Hagensen a la sucesión del trono de Noruega, recibiendo quince mil marcos de plata por ello. Igualmente, el «experto cardenal» Guillermo de Sabina, que fue quien entregó la bula papal, fue colmado de dinero y regalos. (Al mismo tiempo que legitimaba al rey bastardo, la Curia se dedicaba a privar de derechos a los hijos legítimos de los sacerdotes. Y los hijos de un religioso casado por lo civil siguen siendo hoy en día bastardos, de acuerdo con el derecho canónico.)

La Iglesia daba a los hijos de los matrimonios consanguíneos (deformes, tullidos y lisiados, según ella) el mismo tratamiento que a los bastardos, privándoles de todos sus derechos civiles cuando le era posible hacerlo. Por supuesto que estos niños también podían ser rehabilitados a cambio de una cantidad suficiente de oro y monedas... siempre que un beneficio mayor (major utilitas, en su jerga) no impusiera a la Madre Iglesia una postura de dureza.

Todavía siguen discriminados en la actualidad

La discriminación de los hijos nacidos fuera del matrimonio —tratados como «hijos del pecado»— se deja notar todavía en la actualidad. Así, por ejemplo, el código religioso aún excluye en el siglo XX a los bastardos del cardenalato, el episcopado y la prelatura. En muchos estados de Europa, los hijos concebidos fuera del matrimonio siguen sin ser reconocidos ni siquiera en el caso de posterior boda, aceptándose así expresamente una disposición del derecho canónico. En nuestros días, una audiencia territorial alemana denegó la declaración de legitimidad en uno de estos casos (refe­rido al derecho holandés) invocando específicamente ¡las prescripciones eclesiásticas del siglo XIII!

Hubo que esperar al 1 de julio de 1970 para que los bastardos (llama­dos ahora «hijos no matrimoniales») perdieran toda connotación ominosa de iure en la República Federal. Aunque en la práctica siguen teniendo desventajas desde que nacen: el número de niños que nacen ya muertos es entre ellos vez y media superior a la cifra que se registra entre los niños matrimoniales. Según las encuestas sobre la situación de la mujer, la presión psicológica que sufre una madre soltera (y con ella, indirectamente, el niño) en la República Federal es enorme, pues las madres solteras tienen una reputación ínfima, incluso cuando sobrellevan ejemplarmente su difícil situación.

Claro que incluso los servidores de la Religión del Amor empiezan a descubrir, después de casi dos mil años, que el «ser inocente», el hijo nacido fuera del matrimonio, también tiene derechos que no prescriben por culpa del «pecado de sus padres» y que el «comportamiento pastoral» respecto a la madre soltera debe ser sometido a «una revisión fundamental». ¿Por tolerancia? ¿Por humanidad? ¿Por justicia? No, ¡qué va! Porque «las circunstancias sociales han cambiado radicalmente» (25).

CAPÍTULO 21. LA PROHIBICIÓN DE LOS MEDIOS ANTICONCEPTIVOS

¿Por qué no se termina de liberalizar la publicidad de medios anticonceptivos? ¿Por qué no se instruye ampliamente a los niños en las escuelas sobre anti­concepción? ¿Por qué no se instalan en todas partes máquinas expendedoras de diferentes anticonceptivos de fácil acceso? Todo ello podría haber ocurrido hace tiempo sin mayores quebraderos de cabeza para nuestros ministros de Sanidad, Hacienda y Trabajo, porque no cuesta nada (...) - CHRISTA BECKER

La persona mayor de edad (...) piensa y actúa deforma que siempre está en condiciones de arrastrar la res­ponsabilidad por sus propios actos (...) Piensa, ante todo, que engendrar hijos tiene que ser la acción más responsable de la persona. Pues quien engendra hijos que no pueden ser felices comete el mayor crimen imaginable. - DEMOSTHENES SAVRAMIS

La Iglesia no juzga a la «pildora»; más bien es la «pildora» la que sienta a la Iglesia en el banquillo, desde el punto de vista de las necesidades humanas fundamentales. - ALEX CONFORT (1)

Pigmeos, bosquimanos y católicos

El control consciente de la natalidad o planificación familiar no es un aspecto novedoso de la «degeneración» moderna, sino que es un fenómeno de origen antiquísimo extendido por toda la Tierra: una parte integrante de la propia vida humana. Los cazadores y recolectores primitivos, como los pigmeos y los bosquimanos (y ciertos católicos), son los únicos grupos que suelen renunciar a los medios anticonceptivos; o que prescinden de ellos por completo, como parece ser el caso de los nativos de Tierra del Fuego.

El procedimiento anticonceptivo más antiguo —y seguramente el más usual— debe de hacer sido el coitus interruptus que ya aparece en el Antiguo Testamento. No obstante, hace cuatro mil años, las egipcias ya se aplicaban intravaginalmente unas bolas de lana y paño impregnadas de ciertos extractos. También es muy antiguo el uso de preservativos —hechos de tripas de pescado o diversos animales—, la ingestión de productos vegetales e incluso la abstinencia durante un período determinado del ciclo menstrual, prácticas ya descritas a comienzos del siglo II por el griego —afincado en Roma— Sorano de Efeso, uno de los ginecólogos más im­portantes de la Antigüedad. La cristiandad parece haber ignorado la gran mayoría de los medios contraceptivos... ¡hasta el siglo XVIII! La regla en esta parte del mundo era casarse pronto y producir una descendencia tan amplia como fuera posible (supra).

Aunque la doctrina de Jesús acerca de la finalidad del matrimonio es inexistente y en todo el Nuevo Testamento no se dice ni una palabra sobre control de natalidad, la Iglesia ha prohibido el uso de cualquier medio anticonceptivo, por simple que sea. El más usado de todos ellos, el «apearse en marcha» o «marcha atrás» —que, según San Agustín, degradaba a la mujer a la condición de prostituta—, ha sido considerado hasta nuestros días como gravemente pecaminoso. (Aún hoy la Iglesa sigue amenazando con los «devastadores efectos» de esta práctica centrada «en el desenca­denamiento del placer».)

Naturalmente, la prohibición está, en primer lugar, al servicio de la multiplicación del número de los feligreses y los cuadros clericales (supra). Pero también es la expresión de una envidia sexual y una malicia espiritual que pueden quedar de manifiesto en un breve papal de 1826 que condena el uso de preservativos «porque obstaculiza los designios de la Providencia, que quiso castigar a las criaturas por medio del miembro con el que pecan»: es decir, por ejemplo, por medio de la sífilis, que entonces era incurable (2). (Dicho sea de paso: ¡menuda Providencia, que se queda con dos palmos de narices por culpa de un condón!)

El azote de Dios y la «capucha inglesa»

La Iglesia no veía la sífilis como una enfermedad, sino como una plaga de Dios, consecuencia del pecado de la lujuria y, sobre todo, de la sodomía. En la Edad Media, las víctimas de enfermedades sexuales, «mu-jerzuelas disolutas y depravadas», eran condenadas a llevar unos hábitos amarillos llamados «vestidos de canario», un signo suficientemente lla­mativo de su abyección. En el siglo XIX, las enfermedades de este tipo seguían siendo consideradas pecaminosas y degradantes en extremo. Había que mantenerlas en secreto a cualquier precio; la palabra «venéreo» ni siquiera podía aparecer escrita. Y, por lo visto, hoy en día, los enfermos por transmisión sexual continúan provocando a menudo el odio de quienes les rodean, incluidas amenazas de huelga en algunas fábricas («Hay que encerrarlos», «¡echadlos a patadas!», «son moralmente reprobables»...).

Estas cosas son el resultado de una moral cuyos apóstoles siempre han prohibido la profilaxis sexual. A mediados del siglo XIX, en un momento en que los mismos médicos eran encerrados en prisión por recomendar medios anticonceptivos, el Vaticano decreta que «servirse de tal funda es una falta grave; es un pecado mortal». Y a la pregunta: «¿debería una mujer entregarse al coito si sabe que su marido rodea su miembro con una 'capucha inglesa'»?, el Papa y el colegio cardenalicio responden a mediados del siglo XIX: «No, pues sería cómplice de un crimen abominable (!) y cometería pecado mortal».

Los «infames artículos» de 1913...

A finales del siglo XIX, el control de natalidad estaba ampliamente extendido en Europa; el clero, desde España hasta Alemania, dirigía sus ataques contra el «abuso matrimonial», las «relaciones sexuales antinatu­rales», o la «renuncia a la bendición de los hijos».

Una instrucción impartida por los obispos belgas en 1909 a propósito del «onanismo matrimonial» —«el perverso pecado de Onán que cometen en Bélgica ricos y pobres, ciudadanos y campesinos»— instruye a los confesores del modo siguiente: «si alguien practica la anticoncepción por temor a traer al mundo más hijos de los que podría alimentar, deberá animársele a poner más confianza en la Providencia, que ya se ocupará de que ninguno muera de hambre. Si un hombre practica la anticoncepción por temor a que el embarazo y el alumbramiento pongan en peligro a su mujer, habrá que mitigar sus temores. Pero si existe un peligro real, se recomendará una castidad heroica». Públicamente, los sacerdotes debían hacer frente al pecado mediante el elogio de la familia numerosa, pero en el confesonario tenían que «combatir el mal con especial firmeza».

Poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial, los obispos alemanes condenaron todas las formas de impedir la reproducción; los supuestos abusos del matrimonio «por puro placer» serían «pecados graves, muy graves (...) No puede haber necesidad tan apremiante, ni beneficio tan grande, ni instinto tan invencible que justifiquen semejante violación de la ley moral natural (!) de Dios».

Hasta la industria del ramo fue condenada por los pastores como «nefanda» a causa de su «criminal complicidad», ya que «nuestro pobre pueblo alemán» tendría que «pagar sus infames artículos no sólo con su dinero, sino también con su sangre, con la salud del cuerpo y el alma y con la felicidad de la familia» (3); ¡aunque es evidente que quien paga con dinero, felicidad y salud es el que desdeña los métodos de prevención!

... Y la Guerra «Santa»

Por lo demás, ¿acaso la Iglesia habría combatido la industria del armamento con esta energía? ¿se te habría ocurrido tacharla de «criminal» y «nefanda»? Porque para esos «artículos» sí que habrían sido ajustadas las palabras episcopales de 1913: «nuestro pobre pueblo alemán tiene que pagarlos no sólo con su dinero, sino también con su sangre (...)». Pero los obispos no hablaban entonces de granadas, cañones y gases. No: hablaban de preservativos. Ellos justificaban las granadas, los cañones y el genocidio; ¡los calificaban como santos! Los preservativos, en cambio, eran cosa del demonio, y lo siguen siendo. Porque diezman a los consumidores y a quienes están destinados a ser consumidos, a los usuarios y a quienes son carne de cañón; diezman el poder y la gloria. Así que ¡guerra a los preser­vativos! ¡Pero nunca guerra a la guerra! Ésta es la moral de la Iglesia; todo lo demás, palabras. Por eso mismo, lo que los obispos no decían de los cañones y las granadas, sino de los profilácticos, vale para los obispos mismos: los pueblos tienen que pagarlos con su dinero y su sangre... Como demuestra la historia: desde las guerras de Constantino, pasando por las carnicerías de los merovingios y los carolingios, las cruzadas en norte, sur, este y oeste, las matanzas de hugonotes, herejes, brujas y judíos y las grandes masacres religiosas del siglo XVII, hasta las dos guerras mundiales y el baño de sangre en Vietnam.

¡Esta Iglesia llama al genocidio culto divino! Pero a los profesionales de la medicina les prohibe distribuir anticonceptivos: mejor que uno coja la gonorrea o la sífilis. Después de la Primera Guerra Mundial, en los «santuarios» del catolicismo brillaba con luz propia la siguiente frase: «por mucha parte que haya tenido la guerra en el embrutecimiento de las costumbres de la posguerra, no deja de ser sorprendente que los mismos mandos militares pusieran medios profilácticos en manos de los jóvenes, suministrándoles así 'artículos de burdel' sin restricción alguna». La opor­tuna réplica de Kurt Tucholsky: «O sea, que los católicos maten seres humanos, pase. Pero que los mandos (...) se preocupen —y se preocupan muy poco— de que no haya más gente que pesque la gonorrea (...) eso sí que podría poner en peligro los dogmas católicos. Un amor muy curioso, el amor cristiano».

Sobre el decoro y el derecho cristianos

La simple venta de métodos anticonceptivos «es una participación formal en el pecado del comprador». ¡La venta de granadas no! Ésta es la moral de la Iglesia; su concepto del bien y el mal, de conciencia y amora­lidad. «Por ejemplo, va contra una correcta idea de la conciencia el que el Estado, en nombre de la libertad de conciencia, tolere la literatura dañina, los medios anticonceptivos e incluso el aborto. El Estado tiene que garan­tizar la libertad de la conciencia buena y sana, pero no el libre desenvol­vimiento de la mala conciencia. Si no, sería inevitable que los malos acabaran finalmente por imponerse a los buenos».

De este modo, la coacción de los «buenos» se impuso a los «malos»: y en la actualidad, la contracepción sigue siendo combatida con la ayuda del «brazo secular»; así por ejemplo, mientras los suecos y los daneses facilitan el acceso de los jóvenes a los medios anticonceptivos e insertan publicidad semanal al respecto en la televisión, en otros países los anuncios de este tipo están castigados con multas y penas de prisión; en la segunda mitad de este siglo ha habido médicos que han sido juzgados (en Italia, en Alemania) por esterilizar a mujeres o, simplemente, por recomendar anticoncetivos. En cambio, en la India (no cristiana), se recompensa a los adultos que se dejan esterilizar y en Japón (otro país que tampoco es cristiano) se ha evitado una catástrofe en los últimos veinte años mediante la realización de unos treinta millones de abortos legales. En todo el mundo occidental, incluida América, las leyes relativas al comportamiento sexual han derivado hasta hoy de la moral cristiana (4).

Sobre el «atentado de los esposos»

En 1930, Pío XI, un decisivo colaborador de Mussolini, Hitler y Fran­co, impartía en su encíclica Casti connubii («De la nobleza y la dignidad del matrimonio cristiano») la siguiente doctrina: «Pero puesto que el acto matrimonial, por su propia naturaleza, está destinado a la generación de nueva vida, aquellos que, al practicarlo, lo despojan a sabiendas de su fuerza natural, obran contra la naturaleza y hacen algo reprobable e inmo­ral». Al mismo tiempo, el Papa estaba —verbalmente— «muy conmovido por las quejas de los matrimonios que, oprimidos por una extrema pobreza, apenas si saben cómo criarán a sus hijos». Aunque, pese a toda su conmo­ción, la «funesta situación económica» no puede ¡«servir de motivo para un error aún más funesto»!

Para el Papa, todo lo que va contra el afán de dominación de la Curia —siempre presentada como «divina»— es «pecaminoso», «algo reproba­ble», «inmoral», «culpa grave». Todos los que «por aversión a la bendición de los hijos quieren evitar la carga, disfrutando empero del placer», actúan, lisa y llanamente, como «criminales». Y es que: placer sin carga... ¡adonde iríamos a parar! ¡Y adonde iría a parar la jerarquía eclesiástica, que vive de la cirga que endosa a los demás!

Por ello, Pío XII difundió enérgicamente la misma moral. «Todo aten­tado délos esposos», decía en 1951 ante las matronas italianas, «contra la consumación del acto matrimonial o contra sus consecuencias naturales, con el propósito de despojar al acto matrimonial de su fuerza inherente, impidiendo la generación de nueva vida, es inmoral». Y aseguraba: «esta norma está hoy en completa vigencia, lo estuvo ayer y lo estará mañana y siempre».

El clero procede conforme a estas directrices que, seguramente, los papas posteriores deplorarán. Así, una Instrucción para el tratamiento de los abusos matrimoniales en el confesonario, impartida por la vicaría general del obispado de Münster, señala lo siguiente: «Se pide a la parte dócil una resistencia activa al acto, lo mismo que frente a (...) la violación de un tercero; sólo puede doblegarse ante la coacción física»; la «violación», el «estupro» ¡del marido!

Y no sólo eso: «la mujer no puede recurrir a los medios anticonceptivos ni siquiera como 'legítima defensa'; por ejemplo, para protegerse ante un hombie que padece una enfermedad sexual (...); que, dejando a la mujer embarazada, la pusiera en evidente peligro de muerte (!); que sólo pudiera engendrar niños con graves deficiencias (!); que no se preocupara en modo alguno de la alimentación y educación de sus hijos». Está visto que esta gente no se arredra ante nada.

Cuando la mujer deja de ser mujer

Sobre todo, se sigue coaccionando a las mujeres más sugestionables para que eviten toda práctica anticonceptiva. «Si es el hombre el que recurre a ellas, la mujer debe ofrecerle una seria resistencia, negarse y

defenderse durante todo el tiempo y por todos los medios que pueda; en todas las ocasiones, la mujer debe hacer todo lo posible para evitar este tipo de relación sexual y sólo la permitirá obligada por un acto de fuerza real que no pueda impedir aunque lo intente». «Queremos vivir cristiana­mente; no tenemos ningún derecho a cometer excesos (!)». De esta forma, la mujer debe convencer al marido que quiera poner impedimentos a la concepción. De esta forma, pretextando responsabilidad, se coacciona irresponsablemente, se exigen, con egoísmo evidente, los sacrificios más graves y se lleva el temor, la discordia y la inhumanidad al interior de las familias, de los matrimonios, del dormitorio conyugal. De esta forma, se califica de exceso a lo que es razonable, se tacha de pecado y crimen lo que es una obligación obvia respecto a la pareja, los hijos y la sociedad; y respecto a uno mismo.

Al mismo tiempo, se provoca el temor a los medios anticonceptivos, presentándolos como causa de infecciones, incluso de cáncer, soltando toda una sarta de mentiras: «la totalidad del sistema circulatorio funciona con dificultad; el sistema nervioso, que debería relajarse, queda colapsado, y el hombre, en lugar de liberarse de su instinto, queda esclavizado a él. Pero la mujer deja de ser mujer desde el punto de vista espiritual, se entrega a la sensualidad, su condición materna queda enterrada. Incons­cientemente, se mata al alma por medio del cuerpo».

Y, puesto que la consecuencia de emanciparse de la coacción sexual de la Iglesia suele ser liberarse de la Iglesia misma, los casados escuchan continuas y vehementes llamadas al arrepentimiento: «aun cuando no lo reconozcan el uno al otro, no se desharán del mudo sentimiento íntimo de ser culpables ante Dios vivo (...) Por tanto, es comprensible que eviten seguir mirando a Dios (!) a los ojos y se aparten de su camino. Hablan de intromisión de la Iglesia en la esfera privada. Pero, en el fondo, saben que no se trata de una intromisión de la Iglesia, sino de Dios y del orden divino» (5).

La «beatificación» de Knaus-Ogino

La utilización de los días no fértiles de la mujer o método Knaus-Ogino fue el único procedimiento que Pío XII admitió como moralmente justificado y el único para el que encontró razones «serias». El Papa, con ello, hizo una concesión al espíritu de la época —dejando de lado toda la tradición—, pero, por otra parte y no sin cierta consecuencia, dio vía libre al procedimiento más inseguro: al método «natural», como se tenía buen cuidado en subrayar, para diferenciarlo de los medios «antinaturales» o «artificiales» repetidamente condenados.

Pero, según esta lógica, quedarían desacreditadas todas las conquistas técnicas del hombre que han hecho la vida más llevadera, desde las gafas a las prótesis, desde las dentaduras postizas hasta los órganos artificiales. Además, habría que preguntarse si, para muchos, el control «artificial» de la natalidad no es más esencialmente natural que la medición diaria de la temperatura basal o el análisis de la mucosa del cuello del útero, aprobados por el Papa.

En todo caso, cualquier otra medida preventiva sigue siendo pecami­nosa y profundamente inmoral: desde el coitus interruptus al condón, desde el pesarlo a la pildora... cuya producción, curiosamente, fue posible gracias a los trabajos previos de un católico, el ginecólogo de Harvard John Rock. Una ironía todavía mayor si tenemos en cuenta que el descubrimiento fue el resultado casual de sus investigaciones sobre fertilidad, la consecuencia no deseada de unos experimentos encaminados, no a impedir, sino a facilitar el embarazo. (¿No son los caminos de Dios inescrutables?)

El desarrollo posterior de los hechos fue proverbial. Por una parte, en la historia de la farmacia seguramente no ha habido ningún preparado que se haya popularizado con tanta rapidez, obteniendo tan buenos resultados: si con el uso de condones el porcentaje de fracasos era de casi el 50%, con la pildora descendió por debajo del 1%, con lo que se suprimió el miedo al embarazo que hasta entonces había sido la razón decisiva para evitar o limitar las relaciones pre y extramatrimoniales. Pero por otra parte —y precisamente por la misma razón— se desencadenó de inmediato un pánico enorme. Pues aunque en 1966 algunos de los gremios científicos más importantes del mundo (comisiones de expertos de la O.M.S. y del gobierno británico, autoridades sanitarias de los Estados Unidos, y otros) destacaron —cada uno por su parte— la total inocuidad de la pildora, fueron culpados por muchos médicos —con una significativa mueca de desaprobación— de alterar el «orden de la creación»; estos últimos, con una «desorientación calculada», advirtieron de las funestas consecuencias de un uso inadecuado: varices, problemas hepáticos, anemia o cáncer... pese a que la medicina cree que la pildora probablemente inhibe los pro­cesos cancerígenos, en lugar de fomentarlos.

Sobre la inhumanidad de la «vida humana»...

En el Concilio Vaticano Segundo, la Iglesia mantuvo su línea antihu­manística y antihedonística. Los «padres»seguían sin permitir que, «en el control de la natalidad, los hijos de la Iglesia» recorrieran «caminos que el Magisterio, en aplicación de la ley divina, prohibe». Un católico comenta que «quien lea el texto conciliar con detenimiento, constatará que no existe la decisión libre de tener hijos o no tenerlos, o de tener dos, tres o cuatro. El acto matrimonial siempre debe comportar una 'voluntad de reproducción'».

En una plática que dirigió a los cardenales en 1964, Pablo VI ya había reconocido «francamente»: «Nos, por lo pronto, no tenemos base suficiente para considerar que las normas decretadas a este respecto por Pío XII están superadas y ya no son vinculantes»; y añadía una amonesta­ción para que nadie se expresara en aquellos momentos «en un sentido que se desvíe de las normas vigentes». En 1968, la «encíclica de la pildora» (que, por cierto, no mencionaba la pildora, aunque se ocupaba de ella por extensión) dejaba claro que, en este tema, las cosas seguían como siempre. Sólo se permitían los métodos basados en los ciclos de fertilidad, circunstancia de la que los mismos católicos se burlaban: «la beatificación de Knaus-Ogino, representada por la compañía del asilo de San Pedro de Roma, bajo la dirección de Pablo VI».

Además, Pablo VI también prohibía todo lo que tratara de impedir la reproducción, «preventivamente, durante la realización del acto o con pos­terioridad al mismo» y ordenaba que todo acto sexual de la pareja «debía ir encaminado, per se, a la reproducción de la vida humana», por más que «se estén alegando razones honestas y poderosas para otra forma de pro­ceder». (¡Sólo si una monja está amenazada de violación —cosa que alguna quizás espera en vano— puede usar medios anticonceptivos con autorización curial!)

La circular papal Humanae vitae —cuyo título tal vez es otra muestra de cinismo celibatario— mantiene inalterada la tradición teológico-moral de los últimos papas. Hace valer el derecho divino, invoca «ante todo la iluminación del Espíritu Santo, de cuya particular asistencia disfrutan los pastores a la hora de exponer la verdad» y, con el mismo atrevimiento, no vacila en afirmar que la doctrina (sobre el amor, el matrimonio y el control de natalidad) «está de acuerdo con la razón humana» (6).

... Y sobre la carga del Espíritu Santo

Humanae vitae se basa en varios dictámenes de la comisión papal sobre la cuestión del control de natalidad: un dictamen de la mayoría, otro de la minoría y una réplica de la mayoría al dictamen de la minoría.

El ultraconservador dictamen de la minoría, decisivo para la elabora­ción de la encíclica, habla de la «maldad de la contracepción», a la que califica de pecado grave y antinatural, vicio condenable y «homicidio anticipado». Los autores del dictamen —quienes no dudaban en declarar que «todos los creyentes» aprobaban sus afirmaciones— alegaban convincentemente que una modificación de la tradición suscitaría dudas de con­sideración acerca de la historia de la Iglesia, la autoridad del ministerio pastoral en cuestiones morales e incluso la del Espíritu Santo pues, en tal caso. Éste habría estado de parte de los protestantes en 1930 (Pío XI: encíclica Casti connubii), 1951 (Pío XII: discurso a las comadronas) y 1958 (Pío XII: discurso ante la Sociedad de Hematólogos) y no habría prevenido del error durante medio siglo ni a Pío XI, ni a Pío XII ni a gran parte de la jerarquía.

De hecho, si permitiera el control de natalidad, la Iglesia se pondría en una situación difícil, se condenaría a sí misma, literalmente. Porque no sólo negaría todo aquello que antes había exigido —es decir, toda la tra­dición católica—, lo que no significaría gran cosa para unos jerarcas que siempre han sido esclavos de la oportunidad; tampoco afectaría al destino de los millones de personas que, por culpa de la compulsión reproductora, han visto cómo su matrimonio fracasaba o se hundía definitivamente en la pobreza.

No obstante, teniendo en cuenta que un católico comete pecado mortal no sólo cuando sabe perfectamente que se trata de una falta grave, de una materia gravis, sino también cuando cree que es pecado mortal, aunque no lo sea en absoluto, sería verdaderamente fatal para los pastores de almas que la Iglesia hubiese condenado sin remisión a tantos creyentes; como se dice en el documento sobre control de natalidad entregado por el cardenal Ottaviani al papa Pablo VI, «supondría un funesto error para las almas» si «miles de actos humanos ahora aprobados» hubiesen sido «condenados del modo más imprudente a las penas del Infierno hasta Pío XI y Pío XII».

Cólera y crítica

A raíz de Humanae vitae muchas personas, y en especial los católicos, se irritaron profundamente; apenas ha habido una encíclica que haya despertado una protesta tan airada en el seno de la Iglesia. Y es que, aunque esta clase de escritos no goza de la llamada infalibilidad papal, sí posee un carácter autoritario, es expresión del supremo magisterio de los papas y los creyentes deben acatarlo interior y exteriormente.

El teólogo católico Antón Antweiler ofreció una de las réplicas más profundas. En una extensa crítica única en su género y que, no por casua­idad, hubo de editar el mismo autor, se ponía de relieve que no había ningún mandato de Dios o de Cristo a propósito del matrimonio, pues éste no había formado parte de la doctrina católica hasta la edad moderna; que la teología moral no estaba guiada por la psicología, la sociología, la genética o la medicina modernas, sino por anticuadas ideas escolásticas;

que la encíclica manifestaba un total desconocimiento científico y antropológico, y en cambio era dura y cruel, y ni aportaba una solución al problema, ni servía de ayuda a la mujer, la familia o la sociedad; al contrario, el llamamiento al sacrificio y al idealismo debía aparecer a las personas en dificultades como puro sarcasmo.

El teólogo puso a prueba el documento de su jefe sistemáticamente, casi frase por frase, y de la misma manera, casi frase por frase, lo redujo al absurdo con lógica y lucidez reconfortantes, con imponente serenidad y, de cuando en cuando, cuando era inevitable, con esa sutil y mortal ironía que corresponde al asunto tratado.

«(...) Completamente esclerotizado»

Si dos grupos numerosos de premios Nobel ya habían solicitado a Pablo VI antes del documento papal «una revisión de la posición católico-romana en el tema del control de natalidad», después de la publicación de aquél, más de dos mil científicos americanos aseguraron en una carta de protesta:(«No nos dejaremos influir más por llamamientos a la paz mundial y a la compasión hacia los pobres de un hombre cuyos actos sólo contri­buyen a favorecer la guerra y a hacer inevitable la pobreza»."?

No obstante, este escrito del Papa es menos responsabilidad del Papa que del sistema; es verdad que la encíclica adoptaba «un punto de vista esclerotizado», como creía el presidente de la Unión de Médicos Católicos, Saes, y que era «una catástrofe», como también proclamaba este (miope) médico, pero la catástrofe es la Iglesia, el Cristianismo en sí mismo. Y lo es desde San Pablo, ¡no desde Pablo VI! Quien hoy no ve esto, o está ciego o se hace pasar por tal. Tertium non datur.

Un control consciente de natalidad es indispensable para orientar la vida humana; su importancia difícilmente puede ser sobrevalorada. Gracias a él podemos decidir el tamaño de la familia y el intervalo entre los nacimientos, podemos impedir la miseria material y el desgaste de la salud, así como algunas crisis matrimoniales y traumas infantiles. Y es que el problema de una existencia no deseada arrastra graves consecuencias: «el niño que no es querido expresamente por sus padres se venga durante toda su vida por haber nacido. Se venga en sus padres, en sus semejantes, en toda la humanidad. El verdadero crimen no es sino la venganza de los hijos no deseados» (7).

Sólo según las «reglas de la Naturaleza» o «como hermano y hermana»

¿Y qué soluciones racionales ofrece la Iglesia para los numerosos problemas relacionados con la reproducción humana? ¿Qué propuestas practicables hace desde los puntos de vista individual y social? ¿Qué hace para evitar el agotamiento físico y psíquico de los padres de familias numerosas o para evitar la superpoblación y las hambrunas?

Básicamente, oscila entre dos extremos: o bien dosifica a sus pobres, es decir, a sus masas, el único placer que se pueden permitir, convirtiéndolo en un costoso programa de penosos ejercicios bajo el signo de la cruz, vigilado por instituciones penitenciales y sometido a la obligación de producir constantemente nuevos católicos, o bien, si no se ama «según las reglas de la naturaleza», exige un ascetismo estricto, el «camino de la castidad perfecta», «una vida como hermano y hermana, según el notable ejemplo de la madre de Dios y San José»: una alternativa que sólo ha podido surgir de los cerebros de unos celibatarios sádicos.

No sería necesaria la investigación del Instituto Allensbach de Demoscopia para saber quiénes suelen caer en aquella trampa y quiénes son los mayores acreedores de la Iglesia: «el control de natalidad se practica menos cuanto peor es la educación y más baja la clase social». El 30% de los padres de clase alta y media-alta no habían deseado tener a ninguno de sus hijos. Esa cifra subía ya a un 41% en el caso de la clase media mayo-ritaria en las que el padre ejercía algún oficio manual y llegaba hasta el 53% entre los encuestados que el Instituto encuadraba en la «clase social más modesta». Según una encuesta de la propia Iglesia, el distanciamiento respecto a ella crece proporcionalmente con el nivel de educación.

Podemos ver algunos resultados cotidianos, en absoluto extremos, de la prohibición católica del control de natalidad: una madre con cuatro hijos reconoce a una doctora francesa que tiene miedo a un nuevo embarazo, por lo que se queda trabajando por las noches todo el tiempo que puede y no se va a la cama hasta que su marido, un trabajador textil, está profundamente dormido; o, a veces, finge estar agotada para que la deje «tranquila». «Cuando la interrogué con ocasión de su quinto embarazo me dijo que le había sido imposible renunciar por completo a las relaciones sexuales». Otro caso cotidiano: una joven pareja que, después de dos años y medio de matrimonio, va a visitar al médico con motivo del tercer emba­razo, explica: «hasta el matrimonio tuvimos que mantenemos puros el uno para el otro; ahora tendremos que mantenernos puros para no tener más hijos: ¡es para volverse loco!».

Problemas de conciencia, desavenencias, apuros económicos: ¿le pre­ocupa todo esto al clero? Paro, viviendas miserables, habitaciones llenas de niños hambrientos... ¡Cuántas veces han sido asesinados precisamente porque tuvieron que nacer! Un sínodo español dice en el año 589: «entre las muchas quejas que han llegado al sínodo, la más horrible es que en algunas regiones de España hay padres que matan a sus hijos para no tener que alimentarlos».

¿Pero conmueve todo esto a los sacerdotes o a los ambiciosos jerarcas? ¿Les inquieta que, en la actualidad, alrededor de veinte millones de personas se mueran de hambre cada año? ¿Les inquieta que cada año haya, sólo en Alemania Occidental, casi cien niños que mueren víctimas de malos tratos, calculándose que entre el 90 y el 95% de todos los casos ni siquiera llega a ser conocido? ¿O que se supone que más de la mitad de los casos de lactantes muertos por asfixia son provocados? ¿O que la mortalidad entre los hijos de mujeres que han pasado por cinco partos o más es dos veces superior a la de los hijos de las que han sido madres entre dos y cuatro veces, y seis veces mayor que la de los hijos de madres que sólo han pasado por un alumbramiento? ¿Les inquieta que los sentimientos mater­nales de las mujeres excesivamente fértiles y constantemente embarazadas sean más débiles que las de las madres con menos niños? ¿Les inquieta que el 50% de las mujeres que no recurren a procedimientos anticonceptivos vuelvan a quedar embarazadas a los tres meses del anterior parto? Claro que no. Al contrario: «¡más valen diez en la cuna que uno en la conciencia!».

Como mucho, lo que puede irritar a los jerarcas son esas tremendas noticias (sólo las noticias, naturalmente) que de vez en cuando recorren el mundo acerca del «increíble» estado «de abandono social y depravación moral, crueldad y hambre, de los hospicios católicos de las grandes ciudades italianas» (8).

«Sacrificios permanentes» o «la gracia del estado matrimonial» de los católicos

Pero la Iglesia no quiere que en el matrimonio se disfrute de la felicidad de un amor puramente humano. Por el contrario, lo condena como «el peor de los peligros que amenazan la vida matrimonial», una expresión en la que, una vez más, interviene la envidia clerical a los laicos casados. «La moral eclesiástica rechaza las soluciones simples de los técnicos que no están dispuestos a ningún sacrificio». Aboga por «el 'agere contra', es decir, la renuncia voluntaria, incluso cuando se trata de cosas mundanas cuyo uso está autorizado». Desea que el amor conyugal sea como «un amor crucificado», una «imitación del Salvador crucificado». Desea «la cruz diaria del amor conyugal» —a esto se le llama en el catolicismo «la gracia del estado matrimonial»—, el «heroísmo diario de millones de matrimonios que ven en el hogar familiar un altar en el que es bueno y santo sacrificar el propio amor».

Esto es lo que necesitan los amos: ¡el sacrificio diario de los demás! Y no sólo respecto al matrimonio y al sexo. El cristiano debe vivir completamente afligido y atormentado. Como un teólogo reclama en negrita, hay que pasar «una vida (...) de incomodidades si uno quiere aspirar al Cielo». La «cruz está unida al día a día de la religión» insistía en 1972 el cardenal Garrone, al tiempo que exigía «sacrificios permanentes»; nada nuevo, por cierto. «Sufrir es el destino de los verdaderos cristianos», se dice en el misal. La dogmática del cristianismo se basa, en buena medida, en sufrimiento, penalidades, aflicciones y tribulaciones, miserias espirituales y tormentos de toda clase; no en la alegría y la felicidad. Es la desgracia lo que hace anhelar la Salvación. En definitiva, la Iglesia necesita personas atormentadas, rotas, infelices: enfermedades, desgracias, catástrofes. (¡Los templos están llenos en todas las guerras!). Por tanto, suscita y alimenta los sentimientos de culpa y pecado, la renuncia o el sacrificio. Porque sólo entonces puede ofrecer su bálsamo, su asistencia y consuelo, su re­dención, lo que le cuesta poco y le proporciona mucho: el ideal de todos los mayoristas.

Pese a todo, el control de natalidad ha adquirido una excepcional importancia, y no solo para el individuo.

Soldar el falo de los pobres...

Ya a comienzos del siglo XIX, el clérigo anglicano Robert Malthus había tratado de arreglar la superboblación y la pobreza por medio de la ascesis sexual (moral restraint), recomendando a la gente que se casara tarde y fuera casta. Su teoría implicaba que el que no tiene dinero, en el fondo, no tiene derecho al amor. Pues según toda la doctrina católica, la relación sexual presupone una voluntad de reproducción; pero eso sólo se lo podían permitir los pudientes y no los raquíticos y los tísicos que vivían en lúgubres tugurios, como Malthus dio a entender con toda claridad.

En Inglaterra, el «apologista del capitalismo» fue nombrado profesor, en Francia y Alemania las academias le rindieron honores y la mayoría de los economistas de Europa se declararon discípulos suyos, aun en el caso de que no se adhirieran a todas sus tesis.

Kari August Weinhold, de Halle, un antiguo cirujano de campaña en Sajonia que había llegado a ser catedrático de cirugía, se propuso la audaz tarea de resolver desde un punto de vista médico el problema maltusiano de la población. En su desdichado escrito «Sobre la reproducción mayoritaria del capital humano frente al capital de explotación y el trabajo en los países europeos civilizados junto a algunas propuestas médico-policiales para lograr un equilibrio entre pobreza y bienestar» (1828), el imaginativo sabio sugirió que a los hombres había que soldarles el miembro, al menos hasta cierta edad.

Una cosa inofensiva, opinaba Weinhold, «suave» y «casi completa­mente indolora» que él mismo había experimentado con éxito en jóvenes onanistas, contando solamente con un poco de metal, plomo, aguja, hilo y soplete (entre paréntesis: un método que ya había regocijado a Marcial y Juvenal). Eso sí, el inspirado académico de Halle pretendía que se exigiera la «soldadura y sellado metálico» sólo hasta la celebración del matrimonio y sólo «a aquellos a quienes pudiera probarse que no poseían suficientes bienes como para alimentar y educar hasta la mayoría de edad a los hijos engendrados fuera del matrimonio. Aquellos que nunca obtuvieran una posición que les permitíerse alimentar y educar a una familia llevarían la soldadura durante toda su vida» (!) (9).

... O que empleen a sus hijos en las fábricas

La sociedad cristiana no aceptó ni las propuestas maltusianas ni la infibulación a la Weinhold. En cambio, se apresuró a emplear a sus hijos en las fábricas a precio bastante económico. «Los primeros que utilizaron la energía de las grandes máquinas en el hilado del algodón» escribe Heinrich Wilheim Bensen en 1847, en su libro El proletariado, muy consultado en su tiempo, «ya especularon con el trabajo de los niños, que son mucho más sufridos en los trabajos aburri­dos y mecánicos que los adultos y resultan mucho más baratos (de 1,5 a 3,5 chelines a la semana)». Se arrojaba a montones de niños a estas hilan­derías (se estima que, en 1796, la familia Peel ya tenía empleados a más de mil niños), reclutándolos sobre todo en las Workhouses (casas de trabajo) con la excusa de darles una educación como 'aprendices'. Se podía ver a niños desde los cinco años —la mayoría tenían entre siete y nueve^— encerrados en estancias pequeñas y llenas de humo; sus dedos se movían tratando de anudar de nuevo los hilos rotos para completar, con la máxima atención, el monótono trabajo de la máquina. El amo fijaba arbitrariamente la jornada de trabajo: catorce, hasta dieciséis horas al día; incluida la pequeña pausa para disfrutar de un pobre refrigerio. Otros les hacían trabajar ininterrumpidamente, día y noche, renovando la plantilla cada doce horas. Otros fijaban una jomada de catorce horas o más y sólo concedían un pequeño descanso a los más fatigados para que pudieran dormir. Por lo demás, gracias a la larga fusta del vigilante, los pequeños se mantenían despiertos mientras podían... Pero si los niños sufrían deformaciones o se consumían físicamente, si se volvían definitivamente inútiles para el trabajo o medio idiotas, la plutocracia no se sentía conmovida para preocuparse por una cosa así. Para ella, la explotación de estos niños es doblemente ventajosa. En primer lugar, sacan un gran beneficio del trabajo barato y, además, la explotación de niños elimina una parte de la población, cuyo exceso podría llegar a ser peligroso».

¿Puede sobrevivir la humanidad?

El peligro no deja de aumentar. En los primeros tiempos, el mundo necesitó más de un milenio para doblar su población; el plazo disminuyó a dos siglos a comienzos de la edad moderna y hoy en día se calcula que está en cincuenta años. En el pasado siglo vivieron tantos seres humanos como en los anteriores seiscientos mil años.

Si no fuera por el control de natalidad, que en el siglo XX se ha impuesto entre la mayor parte de la población, la República Federal Ale­mana tendría en la actualidad ciento ochenta millones de habitantes. En Sudamérica, donde viven un tercio de todos los católicos del mundo y la renta per capita anual de la población está por debajo de los mil marcos, existen actualmente unos doscientos millones de seres humanos. Dentro de menos de una generación, en el año 2000, se espera que haya en aquel territorio entre seiscientos y setecientos millones de personas, y en el mundo —suponiendo que sea una época pacífica—, más de seis mil mi­llones. Sin planificación familiar, dentro de doscientos años vivirían, con los actuales índices de crecimiento, cien mil millones de personas y nuestro mundo sería una gigantesca ciudad, excluidos los mares, las grandes mon­tañas y los círculos polares. Por tanto, la limitación de la natalidad se ha convertido en una obligación ética.

Pero mientras nuestros principales expertos en demografía alarman a la humanidad y, por ejemplo, Kingsley Davis, director del Instituto Inter­nacional de Demografía de la universidad de California, califica el apoyo fiscal a las familias numerosas de «criminal» y de «asesinato de los hijos de nuestros hijos» y considera que «la única esperanza de supervivencia humana es la sistemática imposición de impuestos a los matrimonios con hijos, la legalización de la interrupción del embarazo, las esterilizaciones y el uso generalizado de medios anticonceptivos», el catolicismo persiste inconmovible en su prohibición (10). Y lo hace con mayor fuerza en un momento en que su crecimiento porcentual está por debajo del de la po­blación mundial y la Iglesia ni siquiera parece en condiciones de asegurar su propia reproducción.

«Una mirada a las estrellas eternas de la ley moral cristiana»

La doctrina que sobre el matrimonio inculcaron Pío XII y el hasta entonces vigente derecho eclesiástico, han mantenido su validez incluso después del Vaticano Segundo; la reproducción, el engendrar y educar a los hijos, es todavía la «primera finalidad» del matrimonio, «como su corona»; aún hoy, «toda la vida matrimonial tiene que ser un constante sí al orden de la creación, es decir, a la fecundidad» y toda la sexualidad de los esposos debe conducir a «una relación natural, consumada y fecunda», evitando todo «pecado objetivamente grave contra la castidad matrimonial» y todo «envilecimiento que tienda a convertir a la mujer en una prostituta» (!) «Dejar a los padres la decisión sobre el número de hijos es peligroso. Por la prudencia que el tema exige, no quiero hablar sobre el mismo con más detalle» advertía el cardenal Ruffini de Palermo a mediados de los años sesenta, con una notable falta de argumentos. «Seguimos a San Agus­tín, quien no dudaba en manifestar que los casados acaban en la violación y la prostitución (!) cuando no viven su matrimonio cristianamente y se­paran la relación matrimonial de su finalidad».

El significado de todo esto queda claro cuando alguien estima que la fecundidad fisiológica normal de una mujer casada supone entre diez y doce hijos, exigiendo, además, la vuelta a «la familia popular cristiana» «de ocho a doce hijos, uno cada dos años». (¡Y luego, en cada generación, una cruzada por un «pueblo sin espacio»!). Título: Una mirada a las estrellas eternas de la ley moral cristiana.

Aunque se hunda el mundo...

Parece que hace poco el Papa ha iniciado una ofensiva diplomática secreta ante distintos gobiernos y organizaciones internacionales —en es­pecial, Estados Unidos y la ONU— para prohibir la financiación y el apoyo de la planificación familiar. El mismo Vaticano ha confirmado la existencia de una circular secreta sobre el control de natalidad 'enviada a todas las representaciones vaticanas. Las últimas y más terribles conse­cuencias de esta política quedan ilustradas por la respuesta que el teólogo holandés Jan Visser dio en la televisión alemana a la pregunta de si la Iglesia se iba a cruzar de brazos ante una superpoblación fatal de la Tierra: «Sí. Si está verdaderamente convencida de que ésa es la ley de Dios, yo diría que sí. Aunque se hunda el mundo, debe suceder lo que es justo».

Fiat justitia et pereat mundus. El jesuita Gundiach interpretaba en 1959 la doctrina de Pío XII sobre la guerra nuclear de modo similar: «El recurso a la guerra atómica no es absolutamente inmoral». Aun en el caso de que nuestro planeta fuera destruido, escribe Gundiach, el hecho tendría poca importancia. «Primero, porque tenemos la completa seguridad de que el mundo no durará eternamente y, segundo, porque no somos res­ponsables del fin del mundo. Así que podemos decir que si el Señor, mediante su divina Providencia, nos ha conducido hasta esa situación o ha permitido que llegáramos a ella, desde ese momento nosotros debemos dar testimonio de fidelidad a Su Orden y asumir la responsabilidad» (11).

«Todo el esplendor de la Tierra se convertirá en humo y ceniza». Eso es seguro. Es decir que, en caso de desastre por guerra atómica o por superpoblación... siempre nos quedará la buena conciencia. Primero: la masacre global será un «testimonio de fidelidad»; segundo: el final por falta de espacio será «justicia». Este discurso viene del mismo tipo de personas, gente que alzan devotamente ios ojos y pregonan: «¡más valen diez en la cuna que uno en la conciencia!».

Por lo demás, quien rechaza los medios anticonceptivos como «anti­naturales», «amorales» e «impíos», apoya en la práctica el aborto. Porque las que más se ven abocadas a él son las que no pueden usar anticoncepti­vos; es decir: las católicas más que las protestantes.

La ambigua posición de las Iglesias protestantes

En la actualidad, el protestantismo de uno y otro lado del Atlántico juzga la planificación familiar bastante más liberalmente. Si en la confe­rencia de Lambeth de 1908 la iglesia anglicana había condenado «con horror» cualquier medio anticonceptivo artificial, en 1958 declaró que la reproducción no era la única finalidad del matrimonio y dijo que era «com­pletamente falso que la relación sexual tuviera carácter pecaminoso cuando no se deseaba expresamente tener hijos». Y en 1960 el Committee on Moráis de la Iglesia de Escocia constató con toda evidencia que «traer un hijo al mundo sólo por satisfacer un deseo físico es menos moral que considerar la reproducción como un acto de responsabilidad».

Todas las formas de control de natalidad que no conllevan efectos secun­darios negativos para la salud están permitidas: el preservativo, el dia­fragma, el coitus interruptus, etcétera; por una parte, se puede acudir a la Biblia, que ignora tales prohibiciones, y por otra parte se sostiene el criterio lógico de que, desde el punto de vista de los principios éticos, aprovechar los días no fértiles no es más legítimo que usar medios mecánicos. El con­sejo nacional de la Iglesia protestante de los EE.UU. y el primado anglicano y arzobispo de Canterbury autorizaron la utilización de la pildora en 1961, juzgándola como completamente lícita y compatible con la moral cristiana.

Sin embargo, el protestantismo coincide con el papado en tanto que rechaza el control de natalidad practicado por puro placer y comodidad y, sobre todo, en tanto que condena el aborto radical y decididamente.

Ha sido en los últimos años cuando se ha empezado a vislumbrar una tendencia humanitaria hacia la interrupción del embarazo en las filas evan­gélicas, aunque de momento se trate de opiniones muy aisladas. Así por ejemplo, en 1967, Howard Moody, de la Judson Memorial Church de Nueva York, fundó un Servicio Nacional de Asesoramiento Religioso para la Interrupción del Embarazo que, desde entonces, ha hecho posible la realización de decenas de miles de abortos; la convención baptista de 1968 también dijo que el aborto debía dejarse «al libre criterio personal» hasta la duodécima semana de gestación; y en 1971, un sínodo evangélico celebrado en Berlín-Oeste tuvo, al menos, la suficiente honradez como para exigir una reforma en el tratamiento penal del aborto y el fin de la «hipocresía que supone la práctica actual».

La jerarquía católica se aferra a sus posiciones. El Concilio Vaticano Segundo siguió calificando el aborto como «un crimen abominable» (12).

CAPÍTULO 22. LA PROHIBICIÓN DEL ABORTO

Aunque se vaya a morir de hambre después de veinticuatro horas de vida larval, o tenga una caducidad de un año por culpa de la epilepsia, de dos, por tuberculosis, o de seis, por sífilis hereditaria; aunque vaya a llevar los estigmas del alcoholismo paterno o de la desnutrición materna, o el baldón de una relación extramatrimonial... según el artículo 218, debe nacer ante todo que nazca: el ídolo lo exige. - GOTTFRIED BENN

Todos se preocupan de mí: las Iglesias, el Estado, los médicos y los jueces... Durante nueve meses. Pero des­pués: allá me las apañe para seguir adelante. Durante cincuenta años nadie se va a preocupar de mí; nadie. En cambio, durante nueve meses se matan si alguien pretende matarme. ¿No son unos cuidados bastante peculiares? - KURT TUCHOLSKY

El clero protege la vida antes del nacimiento. Pero si cientos de miles de jóvenes son hechos pedazos, el clero no hace nada para impedirlo, sino que bendice las banderas y los cañones. - ERNST KREUDER (1)

Desde que el hombre existe hay embarazos no deseados; y tanto tos abortos como su castigo tienen un origen remoto, como testimonian algunos de los escritos más antiguos. Sin embargo, algunas de las grandes religiones no conocen ninguna prohibición expresa del aborto: el Islam incluso llega a permitir la operación hasta el sexto mes. Entre los antiguos griegos y romanos también era normal; Platón y Aristóteles lo defendieron y la sociedad en que vivían lo consideraba «bueno»: tal vez ésa fue la razón por la que San Pablo, el martillo de los pecados sexuales, no tocó el problema.

«¡Las mujeres también deben defender Europa!»

Desde el siglo II en adelante, la Cabeza de la Iglesia, preocupada por la mayoría del «Pueblo de Dios», ha definido el aborto como un grandísimo crimen. «Toda mujer», enseña San Agustín, «que hace algo para no traer al mundo tantos hijos como podría, es tan culpable de todos esos asesinatos como la que intenta lesionarse después del embarazo».

Las abortistas eran tratadas como homicidas y según el sínodo de Elvira (306) tenían que someterse el resto de sus vidas a penitencias pú­blicas, que fueron reducidas por sucesivos documentos eclesiásticos a diez años para las culpables y, en algunos casos, veinte años para los cómplices. Una tentativa de aborto era perseguida en la Edad Media como si fuera un asesinato; a veces la interrupción del embarazo debía ser expiada durante doce años y el infanticidio con quince y, en caso de homicidio premeditado de un lactante, la culpable podía acabar sus días internada en un convento. La Iglesia aún no admite en la actualidad ni la indicación eugenésica (la interrupción del embarazo por enfermedad mental de la madre u otras enfermedades heredables por el feto), ni la ética (interrupción de un em­barazo producto de una violación), ni la social (pobreza, madre soltera o demasiado joven), e impone la excomunión a todos los implicados, incluida la mujer afectada.

Nada de matar al feto. Nada de abortar. Y después, en la guerra, una inmensidad de fosas comunes ocupadas por quienes tenían «derecho a nacer». Se protege la vida del no nacido para que el nacido pueda palmarla. Como comenta Kari Kraus irónicamente, «la patria, llegado el momento, recor­dará a las madres que aborten hijos adultos». Lo que hoy en día, en labios de un arcipreste castrense, se traduce por: «¡las madres también deben defender Europa!». Un mensaje tan inequívoco que, ahora, los mismos cristianos se indignan: «se trata de esa peculiar protección o interés por la futura vida que se extingue tan pronto como el niño aparece. Luego podrá espicharla de un modo u otro (...) Eso no tiene la menor importancia».

Pero para que el hombre pueda palmarla, primero tiene que nacer. Y para ello se recurre a todos los medios, no se ahorran amena/as ni buenos consejos y los teólogos conjuran un mandamiento que vuelven ágilmente del revés durante la guerra: «¡no matarás!». Un mandamiento que, de repente, en un embrión de centímetros o milímetros, resulla incontrovertible. «Quien mata a uno de estos seres es un asesino». O aun peor: comete «un gravísimo hurto contra Dios», según la fórmula que empleó el cardenal Faulhaber, el cual, por supuesto, ayudó a matar en ambas guerras mundiales a los que no fueron hurtados. Esto último no fue un robo a Dios; esto último agradó al Señor: fue un sacrificio que le complació. «Con Dios», se decía en las cartucheras de millones de agonizantes caídos en algún lugar de los campos de batalla; «gustosamente», afirma Faulhaber en su condición de capellán castrense; «bellamente», dice otro eclesiástico,

Pero sobre todo: bautizados. Porque los fetos muertos no han sido bautizados (eternos lamentos). Y, no obstante, tienen un «alma inmortal» desde el primer instante, desde el momento de la concepción, cosa que no siempre se ha sabido. Al contrario, según estimaron la mayoría de los Padres, incluido Santo Tomás, el alma penetraba en el cuerpo de los niños a los cuarenta días, y en el de las niñas a los ochenta: un ejemplo más, por cierto, de difamación de la mujer.

«A ti grito desde la más profunda desesperación (...)» o «la comodidad del agua»

El brazo secular de la Iglesia actuó brutalmente contra el aborto y el infanticidio, a menudo castigados del mismo modo. Con frecuencia, las muchachas culpables eran insaculadas, es decir, metidas en un saco —a veces, junto a un perro, un gallo, un gato y una serpiente— y arrojadas al agua mientras se entonaba una canción adecuada a la situación: «A Tí grito desde la más profunda desesperación (...)». En el sigo XVIII, la cristiandad todavía eliminaba de ese modo a las jóvenes madres. En casi toda Europa, eran atormentadas con tenazas ardientes, enterradas en vida o empaladas. «Enterrad viva a la exterminadora de niños: una caña en la boca y una estaca en el corazón» establece, concisa y concluyentemente, la Instrucción de Brenngenborn de 1418.

La Constitutio Criminalis Carolina del devoto Carlos V —legislación penal que siguió vigente hasta el siglo XVIII, y en algunos estados alemanes ¡hasta 1871!— era algo más civilizada y humana: «ítem, si una mujer mata con premeditación, nocturnidad y alevosía a un hijo suyo vivo y ya formado, generalmente será enterrada viva y empalada. No obstante, para evitar complicaciones en estos casos, dichas malhechoras pueden ser ahogadas cuando en el lugar del juicio la disponibilidad de agua lo haga posible. Mas si tales crímenes suceden a menudo, con el objeto de atemo­rizar a las tales malas mujeres, queremos autorizar el recurso al mencionado enterramiento y empalamiento, o que se desgarre a la malhechora con tenazas ardientes antes de ser ahogada, todo ello según el consejo de los expertos en derecho».

...Y según la moral de la Iglesia. Y es que justicia —o más bien injusticia— y moral eclesiástica están estrechamente relacionadas, sobre todo en el campo de la sexualidad (infra). El cristianismo es el responsable de que sigan existiendo leyes contra la interrupción del embarazo en la mayoría de los estados de nuestro ámbito cultural.

En Alemania el artículo 218 del código penal, en su redacción de 1871, castiga a una embarazada que haya abortado con hasta cinco años de prisión y a los cómplices con hasta diez años; a finales de la dictadura de Hiler se introdujo la pena de muerte para ese supuesto. El proyecto de reforma de la legislación penal de 1962 mantuvo la prohibición del aborto con limitadas excepciones. Y desde 1973, según la ley vigente, una mujer que «matara al fruto de su vientre o permitiera su muerte a manos de otro» puede pasar hasta cinco años en la cárcel.

Cierto es que en la actualidad las sentencias son más suaves y la gran mayoría de los casos ni siquiera llegan a juzgarse, lo que aumenta la injusticia que sufren quienes son castigados con multas y penas de prisión —que, por supuesto, siempre pertenecen a los grupos más débiles de la sociedad—. «Todavía no ha habido ninguna mujer rica que haya compa­recido ante el juez a causa del artículo 218», declara el reputado jurista socialdemócrata Gustav Radbruch (2).

Odisea germano occidental

El derecho germano-occidental, que prohibe el aborto incluso en las peores situaciones de necesidad social, lo autoriza sólo por indicación médica y con el respaldo de una comisión de expertos, lo que es un hecho extremadamente infrecuente. El siguiente informe puede poner en claro la clase de complicaciones que esa solución sigue generando y lo poco que una ley de supuestos puede ayudar a resolver la desoladora situación de las embarazadas en la República Federal.

«Una mujer que ya tiene varios hijos y ha estado enferma durante años intenta suicidarse en el segundo mes de embarazo ingiriendo pastillas. La salvan, pero se entera de que el feto puede haber sido dañado por las pastillas; le aconsejan que aborte. No obstante, como ha cambiado de domicilio y, por consiguiente, de médico, no sabe quién podría presentar la solicitud. Se dirige al departamento sanitario competente. El departamento sanitario no puede hacer nada y la envía al colegio de médicos. Dudas en la familia; la mujer, abrumada, va a peor. Decide pedirle al nuevo médico que haga la solicitud. Éste escribe al colegio de médicos. El colegio responde acusando recibo de la solicitud y remitiendo información sobre los costos de los dictámenes necesarios y la cantidad que la Seguridad Social paga, y añade: 'Le rogamos ingrese en la cuenta del colegio una tasa de diez marcos por gastos de administración. Cuando lo haya hecho le envia­remos a vuelta de correo los nombres y direcciones de los peritos médicos.'» (¡Cuando lo haya hecho!)

«Los peritos no consiguen ponerse de acuerdo. Hay que avisar a un nuevo perito que actuará como arbitro. Y de nuevo se dice: ¡primero pagar y luego vendrá la dirección!

«Por fin llega la decisión de los peritos del colegio autorizando el aborto. Entretanto, han pasado casi dos meses sin que haya habido retrasos premeditados por parte de nadie (trámites equivocados, dudas familiares, correo). Y es entonces cuando comienza la parte más penosa para la mujer:

buscar un hospital que lleve a cabo el aborto autorizado. En un lado las monjas se niegan; en el otro, un médico tiene escrúpulos médicos y éticos. Tal vez el tercer hospital esté completo. La mujer sigue buscando, el embarazo prosigue y el embrión crece, así como el peligro para la madre y la presión sobre el médico. Si se aprueban nuevos supuestos, seguramente los retrasos en las instancias médicas se multiplicarán».

Castigo: «Más suave que si un cazador furtivo mata a una liebro:

En los EE.UU., donde la «batalla del aborto» no empezó hasta hace poco tiempo, la interrupción voluntaria del embarazo se castiga en todo el territorio —con penas que van desde uno (Kansas) a veinte (Mississippi) años de prisión—, aunque también allí las leyes se aplican sólo esporádi­camente. En la mayoría de los casos se considera punible la simple tentativa de aborto, ¡aun en el caso de que la mujer no estuviera embarazada! A comienzos de los setenta, treinta y un estados sólo autorizaban el aborto si peligraba la vida de la madre.

Pese a todo, la intervención es legal desde 1973. La mortalidad ha disminuido notablemente; en Nueva York, y como consecuencia de un número menor de hijos no deseados, el porcentaje de nacimientos de hijos naturales se ha reducido a casi la mitad, el de expósitos en casi un tercio y la carga social en varios millones de dólares. Sin embargo, diversos grupos, sobre todo los católicos,'- lanzan ataques contra el aborto. Hasta un juez del Tribunal Supremo como Harry Blackum (por lo demás, más bien conservador), expone la siguiente queja: «Nunca he recibido tantas cartas agresivas. Se me acusa de ser un Poncio Pilatos, un Heredes y un carnicero de Dachau».

En otros países el aborto sigue estando castigado con penas de prisión elevadas y en algunos casos se persigue la simple apología del mismo. Asimismo, la cuantía de las penas les parece a los católicos «por lo general, más suave que si un cazador furtivo mata a una liebre», «demasiado débi­les» para «un crimen tan terrible, que socava gravemente el bien público». Y, por si fuera poco, después de la Segunda Guerra Mundial, con el exter­minio de los judíos por Hitler y el lanzamiento de la bomba atómica sobre Japón, y cuando aún tenía lugar el genocidio de Extremo Oriente, el teólogo Háring se atrevía a escribir que «el aborto es un crimen que caracteriza, como casi ningún otro, el bajo nivel moral del mundo moderno». ¡Esta es la forma que tienen de entender la moral! (3).

Los auténticos criminales de guerra

La guerra y el aborto son relacionados hasta tal punto que se califica a los responsables de abortos de «auténticos culpables» de las guerras y, por ello, «casi» se querría que acabaran ¡en el patíbulo! Y es que, como argumenta el católico Bider textualmente; «¿No son justamente las mujeres para quienes ni siquiera es sagrada la vida de sus propios hijos las que más contribuyen a destruir el respeto a la vida? Ellas son las auténticas culpables del desprecio a Dios como Señor de Vida; ¡y casi me atrevería a decir que en los procesos por crímenes de guerra no han sido ahorcados quienes más lo merecían!».

El «nuevo programa de eutanasia»

O sea, que los criminales de guerra nazis «casi» fueron injustamente ahorcados... Es normal que esta idea provenga de la misma gente que defiende el artículo 218, tan valorado por los nazis, y que imputa a sus oponentes el dar «vía libre al asesinato» y... ¡un nuevo «programa de eutanasia»!

En la R.D.A., donde, desde marzo de 1972, la mujer podía decidir por sí sola durante los tres primeros meses si quería interrumpir su embarazo —completamente gratis, incluidos el tratamiento previo y el posterior—, la jerarquía católica (en una declaración leída desde todos los pulpitos) profetizó «un funesto futuro para todo el pueblo» y la evangélica «un embotamiento general de las conciencias».

Por su parte, los prelados de la República Federal no han dejado de manifestarse en la controversia sobre el aborto y la esterilización voluntaria: desde el arzobispo Schaufele de Freiburg hasta el arzobispo Bengsch de Berlín, desde el arzobispo Dópfner de Munich hasta el prelado Jaeger de Paderborn, a quien probablemente sólo la situación impide pasar de la guerra fría a una caliente. En cualquier caso, condena ahora el «nuevo programa de eutanasia» y la «eliminación de la vida indefensa en el seno de la madre» con el mismo ardor católico con el que antaño, como capellán castrense de Hitler, calificaba de «degenerados hasta casi la animalidad» a los adversarios rusos de aquél y con el mismo santo celo con el que ha defendido más tarde la presencia de armamento atómico en la República Federal y el «cumplimiento del ideal de cruzada (...) en su forma moderna».

Los obispos también instruyen al unísono al gobierno de Berlín acerca de que un aborto sólo es defendible por prescripción médica y que hay que rechazar cualquier otra causa de despenalización, incluido el supuesto de embarazo por violación. ¡Claro que hace algunos años se autorizaban los raspados a las monjas violadas! Sin embargo, lo que les está permitido a las monjas, a las otras mujeres les puede salir muy caro. Porque las cosas no cambian y en 1970 fue entregada en Bonn una Toma de posición del Comisariado de los Obispos Alemanes sobre la protección de la vida del no nacido en la que se exigía que el Estado castigara el aborto como «homicidio premeditado contra una vida humana».

Pero la voz cantante en el concierto religioso la lleva el Osservatore Romano. Así, a comienzos de 1972 imputaba al gobierno del SPD-FPD el haber tomado «decisiones inhumanas» e incluso un regreso a «la ideología del Tercer Reich». Otros periódicos católicos de Italia escribían: «peores que Hitler» o «los hospitales donde en aquel tiempo se efectuaban abortos y esterilizaciones se llamaban Auschwitz, Dachau y Mauthausen». O sea que, por culpa de un proyecto de esterilización voluntaria, un gobierno social-liberal es igualado a los asesinos que llevaron a cabo una criminal esterilización forzosa, que mataron a socialdemócratas y liberales y que impulsaron una política sexual en la línea del papado (supra), el cual, por su parte, los apoyó intensamente casi hasta el último momento (4).

Invitación a las apariciones

Y, además de la difamación y las mentiras, la cursilería que se endilga a las masas por medio de periodicuchos y hasta de carteles, si es preciso. «Imaginaos ahora», sugiere un monje con fantasía, «a esos cientos de miles de no nacidos paseándose por toda Alemania, todos ellos ataviados con trajes de luto. Una impresionante muchedumbre de criaturas, una pro­cesión fantasmal de unos cien kilómetros de longitud. Recorren todas las comarcas de Alemania, sus grandes capitales, sus ciudades pequeñas y sus aldeas hasta llegar a la última granja, y elevan sus manilas inocentes inculpando a los padres cristianos que no les concedieron la vida, ni la terrenal ni la eterna, inculpando a los matrimonios a cuyas puertas llamaron pidiendo ser admitidos en nombre del Niño Dios y que, despiadadamente, les arrojaron de nuevo a la tenebrosa noche de la muerte. Y esta legión de espíritus formada por quienes nunca nacieron asciende al trono de la San­tísima Trinidad, ante el cual elevan sus graves acusaciones contra los esposos cristianos que, egoístas, lúbricos, afeminados y crueles (...)». Et­cétera, etcétera.

«Ahora imaginaos a esos cientos de miles de no nacidos (...)». Cual­quiera que no sea un católico cursi puede imaginárselos tranquilamente. En cambio, imaginaos, por sólo citar un caso entre miles, al hijo de una joven sordomuda de veinte años a la que en 1971 todavía le era denegado en Nuremberg el permiso para abortar ¡pese a que ya tenía cinco hijos sordomudos viviendo en asilos!

«La cultura de la Iglesia» o «que la madre muera en estado de gracia»

El católico Schreiber, que en su obra Madre e hijo en la cultura de la Iglesia exhibe hasta los más banales ejemplos como testimonio de la be-neficiencia clerical ofrece en el apéndice, a modo de prueba, cuatro anexos de fuentes. Una instrucción para matronas de comienzos del s. XVII acon­seja que «si se plantea el dilema de la muerte de la madre o la del niño, ella —la matrona— debe ante todo ocuparse de que el niño sea bautizado, pues es preferible que la madre muera en estado de gracia a que el niño se quede sin bautizar».

En nuestros días, un historiador de la medicina del siglo XVIII anota que «para las embarazadas y las parturientas sin recursos no se hacía prácticamente nada. Las autoridades se ocupaban de las- madres solteras para vigilarlas y castigarlas, lo que se consideraba más justificable que el cuidarlas. Cuando no había dinero, las mujeres, pese a su estado, casadas o no, tenían que trabajar hasta la extenuación, muy a menudo en condiciones de absoluta insalubridad. Entre los pobres, el trabajo de los niños era obligado».

La Iglesia siguió prohibiendo matar al feto, incluso si existía riesgo para la vida de la madre, hasta bien entrado el siglo XX. «No está permitido destruir al niño —por ejemplo, mediante una craneotomía, una embriotomía, etc.— ni siquiera para salvar la vida de la madre». Y aun más: «la eliminación directa del feto también está prohibida aunque el médico considere necesario un 'aborto terapéutico' para salvar la vida de la madre e incluso aunque quepa la posibilidad de que, sin esa intervención, mueran la madre y el hijo». «Es preferible que la madre muera en gracia de Dios a que una mano criminal mate al hijo premeditadamente. Es preferible que madre e hijo mueran por decisión de Dios a que una mano homicida arrebate la vida del niño» (5).

La «modesta propuesta» de Jonathan Swift

Y, en ese caso: ¿qué sucedía con los niños?

En la Edad Media, se les permitía estar en inclusas y orfanatos hasta que podían «ir a limosnear» por sí mismos; porque, aparte de algo de religión, apenas habían aprendido nada. Más tarde, en la Baja Edad Media y a comienzos de la Edad Moderna, cuando los ejércitos de mendigos y vagabundos crecían constantemente y surgió —por decirlo en palabras de Marx— una «masa de proletarios forajidos», los viejos, los achacosos y los enfermos recibían ayuda, pero a los demás generalmente se les daba caza: eran azotados en público, los marcaban a fuego en el pecho, en las espaldas o en los hombros, les cortaban una oreja o un pedazo de ella o los mutilaban de alguna otra manera y, finalmente, si los habían prendido repetidamente sin contar con un trabajo —con independencia de que hubiera alguno—, los ejecutaban sin más ni más.

En 1729, el gran satírico Jonathan Swift hace su «Modesta propuesta de cómo se puede evitar que los hijos de los pobres acaben siendo una carga para sus padres o para el Estado y cómo pueden redundar en beneficio de la comunidad». Swift recomienda usarlos «para alimentar y para ayudar a vestir a muchos miles de personas»; en especial, «un niño sano y bien amamantado es, a la edad de un año, un plato sumamente delicado, sano y nutritivo, bien sea estofado, asado, cocido o guisado (...), como fricasé o como ragout» y la carne de niño pobre podía ser producida y luego puesta a la venta a muy bajo precio. Los pronósticos de Swift eran: una importante mejora de la situación material de los padres, la reducción de los abortos intencionados, los infanticidios y, sobre todo, la falta general de cariño, así como la disminución de la caza furtiva de alimañas y «una honrosa competición entre las mujeres casadas (...) para ver cuál de ellas conseguía llevar al mercado el niño más gordo».

De los setecientos cuarenta niños que ingresaron en la inclusa de Kassel entre 1763 y 1781 sólo vivían a finales de este último año ochenta y ocho y apenas diez de ellos llegaron hasta la edad de catorce (6).

Los paraísos para niños de la actualidad

En 1927 el 80% de la población de Viena aún vivía en habitaciones ocupadas por ¡al menos cuatro personas! A finales de los años cincuenta, según una encuesta sobre las condiciones de vida de más de seis mil niños del distrito obrero berlinés de Kreuzberg, las dos terceras partes de los escolares vivían en casas con una o dos habitaciones, sin jardín ni balcones, casi el 40% no disponían de lavabos y muchos de ellos habitaban en viviendas de una sola habitación ocupada por tres (el 39%), cuatro (el 25%), cinco o más (15%) personas. Uno de cada tres niños no tenía en su casa ni un lugar para trabajar ni un rincón para jugar, y uno de cada ocho ni siquiera contaba con una cama propia. Y todavía en 1965, ochocientas cincuenta mil familias de la República Federal de Alemania residían en barracas, sótanos o buhardillas.

En la católica Italia, más de un millón de personas siguen viviendo del trabajo a domicilio, pésimamente pagadas y sin seguridad social; el 50% de los jóvenes trabajadores industriales con formación (!) tienen un sueldo semanal de alrededor de cinco mil liras; 1,3 millones de italianos carecen de cualquier clase de trabajo: en el sur de Italia, el 48,3% de quienes están en edad de trabajar. ¡Por no hablar de las calamidades que asolan la católica Sudamérica! Pero el embrión debe ser protegido...

El mayor tributo de sangre lo pagan las pobres

El aborto, según la ley, es un crimen. Con lo cual, la mayoría de la población estaría compuesta por crimínales, criminales, por cierto, de todas las clases sociales. A.S. Neill, el conocido fundador de Summerhill —que califica el problema del aborto como uno de los síntomas más repugnantes y farisaicos de la enfermedad que padece la humanidad—.afirma con razón que «no hay ningún juez, sacerdote, médico, maestro y demás pun­tales de la sociedad que no preferiría que su hija abortara a soportar la vergüenza de que se convirtiera en madre soltera».

En estas situaciones —como en la mayoría—, la gente con medios tiene ventajas. Ellos pueden acudir a cualquier parte del mundo para ase­gurarse una operación legal, médicamente impecable y casi sin riesgos, mientras que las mujeres pobres se ponen en manos de chapuceros y muchas veces acaban estériles, enferman (¡alrededor del 30%!) o mueren. Según una investigación realizada en Nueva York en los años setenta, el 56% de los abortos practicados en mujeres puertorriqueñas y el 50% de los practi­cados en mujeres negras terminaban con la muerte de la paciente, mientras que el porcentaje entre las gestantes blancas era del 25%. El Newsweek comentaba el hecho con la frase: «El mayor tributo de sangre lo pagan las pobres y las marginadas».

Según una estadística científica nunca rebatida, a finales de los años veinte se practicaban en Alemania 875.750 abortos. Gottfried Benn calcu­laba en aquel tiempo que, entre médicos y pacientes, anualmente la pobla­ción se hacía «acreedora ante el Estado de más de trece millones de años de presidio por delitos de aborto». Cada año, unas veinte mil mujeres morían durante estas intervenciones y setenta y cinco mil se veían atacadas por fiebres puerperales.

Asimismo, el pastor Legius lamentaba en la revista Reforma que «la mayoría de ellas no se mueran durante las intervenciones, como escarmiento para perdidas y crédulas. Afortunadamente, una cifra importante de berli­nesas modernas mueren del llamado puerperio, como castigo por haber abortado. No obstante, es de lamentar el número de estas inútiles que sobreviven para proseguir su infame vida».

En los años cincuenta se calculaba que, por cada nacimiento, en la República Federal se producían unos dos abortos. Aparte de la eventual muerte de la paciente, la lista de las posibles consecuencias incluiría de­presiones, neurosis, aversión al hombre que ha insistido en la operación y, con frecuencia, esterilidad. Aproximadamente, entre el 15% y el 20% de las pacientes no pueden tener más hijos, lo que supone, sólo en Alemania Occidental, entre ciento cuarenta y doscientas mil mujeres al año. No hace muchos años, la cifra estimada de abortos anuales de nuestro país seguía siendo de varios cientos de miles (pese a la pildora), con miles de mujeres muertas durante esas intervenciones.

En Francia, a mediados de siglo, había tantos abortos como naci­mientos; dos terceras partes de las pacientes eran mujeres casadas. Las que se sometían a la intervención no eran jovencitas que habían tenido alguna aventura inconfesable, sino madres que no podían alimentar a más hijos. En los años sesenta, el 80% de las francesas había abortado alguna vez. Y muchas de ellas deben de haberse sometido a más de quince abortos ilegales.

Por las mismas fechas, en Estados Unidos quedaban interrumpidos alrededor del 80% de los embarazos prematrimoniales, el 15% de los ma­trimoniales y más del 80% de los postmatrimoniales. Es bastante signifi­cativo que los estados se preocupasen de advertir a los estudiantes de medicina sobre los problemas sociales y legales del aborto, siendo tan escasos los debates sobre técnicas de interrupción del embarazo, por lo que la formación de los médicos no pasaba de «fragmentaria». Se habrían podido desarrollar métodos eficientes y seguros, pero la moral dominante lo impidió.

Legalización del aborto y considerable disminución de la mortalidad

Por el contrario, esta clase de intervenciones, que había estado prohi­bida a lo largo de toda la era cristiana, fue legalizada en la Unión Soviética en 1920, quedando a cargo de los médicos de los hospitales públicos; y es que, antes de dicha fecha, aproximadamente el 50% de las pacientes sufrían complicaciones septicémicas y el 4% morían como resultado de la operación. El aborto volvió a ser prohibido —con escasas excepciones— en la época de Stalin, pero en 1955 fue nuevamente legalizado. En Rusia se practican unos cinco millones de abortos legales al año y las extranjeras también pueden someterse a dicha operación. Lo mismo ocurre en Polonia, Yugoslavia, Japón y, desde 1968, en Inglaterra, donde el «crimen capital» seguía castigándose a finales del siglo XIX con cadena perpetua. El respeto a la vida humana no ha disminuido en ninguno de esos estados. ¿Qué estaba pasando en Rusia cuando Stalin prohibió el aborto? ¿Qué ocurría en Alemania cuando los nazis protegían la «vida del no nacido» con la pena de muerte? Los argumentos que esgrimían Stalin y Hitler son los mismos que la Iglesia esgrime en la actualidad, casu substrato.

La legalización de la interrupción del aborto reduce considerablemente la mortalidad y la morbidad. Un aborto realizado por especialistas prácti­camente no tiene riesgos; en todo caso, tiene menos riesgos que un naci­miento normal. En todos los lugares en los que el aborto bajo atención médica está permitido, las conocidas consecuencias de las intervenciones ilegales —fiebre, infecciones, un cierto tipo de esterilidad— tienden a desaparecer de inmediato. En los estados del bloque oriental había a finales de los años cincuenta seis muertes por cada cien mil operaciones de este tipo; ¡en Checoslovaquia la cifra se había reducido a 1,2 a comienzos de los sesenta y en Hungría era de 0,8 en 1968! Frente a dichas cifras, la mortalidad en los abortos ilegales practicados en Occidente es diez veces superior (7).

De esta manera, millones de mujeres se han convertido en las víctimas de unas instituciones religiosas que siguen influyendo en nuestras leyes, que siguen predicando el dogma del pecado original, que siguen condenando el placer extramatrimonial, que siguen intentando sabotear la educación sexual de los jóvenes y alimentando la hipocresía, las neurosis y las agresiones, como mostrarán los capítulos que vienen a continuación.

 

CAPITULO 23. EL PECADO ORIGINAL

Cuando uno oye el escándalo que organiza un teólogo porque un hombre al que Dios creó amante del placer se acuesta con su compañera a la que Dios hizo tan agradable y encantadora, ¿no se diría, más bien, que el mundo está ardiendo por los cuatro costados? - DENIS DIDEROT

No hay nada de malo en la sexualidad; el punto de vista tradicional al respecto es enfermizo. Creo que ningún mal acarrea tanta desgracia a la gente en nuestra sociedad (...) - BERTRAND RUSSELL

¿Cuál fue el ideal a cuya luz ha sido visto durante siglos el sexo, la relación sexual y el placer? (...) La imagen dominante ha sido el ámbito de lo sucio, de lo anal (...) El placer sexual sigue siendo considerado por muchas personas algo parecido al placer de orinar y defecar. - FRITZ LEIST, católico (1973) (1)

 

El concepto de culpa, acuñado en el siglo XIV a.C. en el Egipto de Akenatón (Amenofis IV), fue asumido por los hebreos y se introdujo en el cristianismo por medio del Antiguo Testamento. Pero éste consideró como pecado no sólo el acto «pecaminoso», sino la simple complacencia en el mismo, el recuerdo placentero del pecado cometido o el desconsuelo por el que todavía no se ha perpetrado: el simple deseo de hacer algo prohibido.

Entre las distintas formas de pecado, la pasión sensual, la sexualidad, ha sido desde siempre la que ha tenido mayor importancia. En el catoli­cismo, como escriben desde sus propias filas, hay una «larga tradición» según la cual «toda actitud sexual es o comporta pecado», «todo acto sexual se muestra como concretamente malo debido a su indisoluble rela­ción con la concupiscencia». «Los sacerdotes se referían a ese pecado en cualquier sermón y bajo cualquier pretexto. Como reza el dicho alemán, 'pintaban el diablo en la pared' a menudo. Presentaban esas faltas como si fuesen las más graves».

El comienzo de la obsesión cristiana por el pecado

La siniestra insistencia en el «delito sexual» tiene poco o nada que ver con Jesús. No obstante, en la Carta apostólica del Nuevo Testamento, la asamblea de los apóstoles ya presenta como pecados capitales o mortales la conocida tríada: idolatría, impureza y homicidio. Estos se convirtieron en los clásicos delitos del cristianismo, los crimina por antonomasia. (Por cierto, que los sínodos de los primeros siglos no fijaban ninguna clase de penitencia por el asesinato ¡porque creían que no existía entre los cristianos!).

Pero el que seguramente ha sido el mayor predicador cristiano de la psicosis de pecado está al comienzo de la historia. Se trata de Pablo, que no se cansa de amonestar, de conminar, de atemorizar: «el pecado ha venido al mundo», el cuerpo «está dominado por el pecado», «en los miembros» radica la «ley del pecado». «Dios ha condenado los pecados de la carne», los hombres son «esclavos del pecado», «siervos del pecado», están «vendidos al pecado», «todos han pecado» etcétera, por sólo recurrir a citas de la Carta a los Romanos.

La doctrina cristiana sobre los vicios del siglo III ya colocaba la gula y la lujuria en lo más alto y, finalmente. San Agustín sistematizó el asco sexual para la teología.

Agustín, según Theodor Heuss, «la fuente más pura .y.. pro funda» de la que surge el pensamiento católico, un personaje que fue amante no sólo de varias mujeres, sino quizás también de algunos hombres, que no con­trolaba sus propios problemas sexuales, que vacilaba entre el placer y la frustración, que rezaba: «¡concédeme la castidad (...), pero no ahora!», que sólo se volvió religioso después de haberse cansado de fornicar, cuando su debilidad por las mujeres se transformó en lo contrario —como les ocurre a algunos hombres al envejecer— y se le presentaron diversos achaques de salud, molestos sobre todo para un retórico (los pulmones, el pecho), este Agustín fue el que creó la clásica doctrina patrística del pecado y de la batalla contra la concupiscencia, influyendo decisivamente hasta hoy en la moral cristiana y en el destino de millones de occidentales sexualmente inhibidos y reprimidos.

Para San Agustín, no hay más amor que el amor a Dios; el amor propiamente dicho es, en el fondo, asunto del Diablo. «Hay dos formas de amor: una es santa, la otra es profana». «Cuando el amor crece, la concu­piscencia disminuye». «El amor se alimenta de lo mismo que debilita el anhelo'sensual; lo que mata a éste, da plenitud a aquél». Por tanto, el verdadero amor no puede ser sino casto. «El verdadero amor es casto y puro» (sic), cecea Cassie en la genial Manhattan Transfer de Dos Passos. Agustín habla del amor no con un error de dicción, sino con un error de concepto: «Tanto Susana, la esposa, como Ana, la viuda, y María, la virgen, lo envuelven en castidad».

El obispo de Hipona se indignaba y se escandalizaba de los coitos y de los orgasmos que había disfrutado en días más vigorosos; ahora deploraba hasta las tentaciones del paladar y el placer era para él una cosa del Diablo, «abominable», «infernal», una «inflamación irritante», un «ardor horrible», una «enfermedad», una «locura», una «putrefacción», un «cieno asqueroso», etcétera, etcétera. Las palabras salen de él como de un bubón al reventar (2).

¿Erecciones en el paraíso?

«El teólogo del matrimonio cristiano» (supra) querría que todos los casados fuesen castos y enrojece ante «cierto grado de movimiento animal»; afirma que todos deberían engendrar a sus hijos como en el Paraíso, sin voluptuosidad, y titubea penosamente —en una cuestión en sí misma risible— cuando supone que antes del «pecado original» sólo existió una «unión casta entre hombre y mujer»; al examinar la cuestión del «contacto corporal» afirma rotundamente que lo hubo, pero sin lujuria; no obstante, en sus últimos años de vida, acepta la posibilidad de que en el Paraíso existiera el deseo sexual.

Posteriormente, .la mayor parte de los teólogos, como por ejemplo Guillermo de Champeaux, conjeturan que Adán encasquetó el pene a Eva «como cuando alguien pone el dedo sobre algo sin ninguna clase de placer» y Eva, según Robert Pully, «por su parte, recibió la semilla masculina sin ardor». En estos autores toda emoción genital aparece desplazada, incompatible con la dicha celestial. Matilde de Magdeburgo (supra) y otros vir­tuosos creyeron, por ello, que los primeros padres carecían de órganos sexuales:

Pues Dios les privó de los órganos de la vergüenza

y fueron vestidos con el traje de los ángeles.

Tuvieron que engendrar a sus hijos

con amor santo,

así como el sol se refleja juguetón en el agua

y el agua, en cambio, permanece intacta.

Todo este asunto es «un misterio de orden sobrenatural» y, aunque no es «positivamente comprensible» es de gran ayuda para «entender la existencia humana con mayor profundidad», en referencia, obviamente, a «la radical necesidad de salvación»; por consiguiente, el pecado original es algo así como la expresión en negativo «de la luminosa verdad de la Salvación». O dicho de otro modo: hay que ser «pecador» para poder ser «redimido».

La doctrina del pecado original no aparece ni en Jesús ni en San Pablo

El peccatum origínale es, según la doctrina cristiana, la corrupción generalizada de la humanidad, consecuencia del desliz de Adán y Eva; en cierta medida, se trata de una participación de todos en la «Caída».

Como resultado de ello, todos los seres humanos, salvo María, son, desde el primer momento, pecadores; es decir, que están automáticamente implicados en el yerro de nuestros primeros padres. La mancha invisible —por razones comprensibles— del pecado original es borrada por el bau­tismo, como es natural, de forma asimismo invisible. No obstante, lamen­tablemente sus consecuencias visibles no desaparecen: las penalidades de la vida, la enfermedad, la muerte y, sobre todo, el deseo sexual, específicamente relacionado con el pecado original.

Como ocurre con todo lo demás (supra), este abstruso teologúmenon, «parte esencial e irrenünciable de la religión cristiana», según Pío XII, y «centro y corazón del cristianismo», según Schopenhauer,.no es algo pri­vativo del pensamiento cristiano. Los cultos paganos han recurrido a ideas análogas durante siglos e incluso milenios.

En Jesús no hay ninguna referencia al pecado original, así que se ha explicado su silencio por la incapacidad de sus oyentes «para asimilar el sentido de un misterio de tales características». (¡En cambio, comprendieron misterios mucho más complicados, como el de la Trinidad!).

La doctrina se convirtió en dogma tardíamente y, aunque entonces se invocó a San Pablo (Rom., 5, 12), éste —como el resto de los autores neotestamentarios— no la sostuvo, a pesar de que para él los seres humanos son malos «por naturaleza» y están hundidos, sin excepción, en el «cieno de la inmoralidad» y de las «pasiones infames». Ésa es la razón de que, en su comunidad de Corinto, los hijos de padres cristianos no fueran bau­tizados. Y aunque se supone que el bautismo es imprescindible para borrar el pecado original y que nadie que no haya sido bautizado puede entrar en el Cielo, se mantuvo la costumbre de no bautizar a los niños, habida cuenta de que los primeros Padres de la Iglesia señalaban expresamente que estaban libres de pecado. Aunque algunos han querido atribuirle la tesis del pecado original, Tertuliano también combatió enérgicamente el bautismo de niños (3). Pero conforme se imponía la nueva doctrina, los bautizos se hacían a más temprana edad.

San Agustín y «la dinámica de la vida moral»

Pero el verdadero padre del dogma del pecado original —que no adquirió la categoría de artículo de fe hasta el siglo XVI— fue San Agustín, que creía que el pecado de Adán era un crimen de naturaleza múltiple y que a los niños no bautizados les esperaban las penas eternas del Infierno (¡eso sí, las más suaves!). Influido por el odio sexual de San Pablo y por las ideas maniqueas de maldad heredada, totalmente intoxicado por una cupiditas reprimida e incapaz de pensar naturalmente sobre lo natural, Agustín llegó a la conclusión de que la humanidad es un «conglomerado de corrupción» (massa perditionis) y una «masa condenada» (massa dam-nata), entrelazando pecado original y concupiscencia hasta tal punto que para él ambas cosas son casi idénticas: el mal se transmite mediante el acto de la generación.

San Agustín que, como psicólogo y ético, describe ante todo «la di­námica de la vida moral» dice que, justo después de la terrible pérdida del estado de gracia, los primeros padres notaron que «ocurría algo nuevo en sus cuerpos». ¡Ay, todo habría ido bien o, por decirlo en palabras de la Cassie de Dos Passos, «cazto y puro», si «los ojos de los primeros padres no hubiesen descubierto esta conmoción indecorosa»! Y si el padre de Agustín se había puesto muy contento al ver el pene erecto de su vastago en el baño (no es extraño que la historiografía cristiana apenas mencione a este hombre y sólo se refiera a su virtuosa mujer, Mónica), el hijo se deprimía con la misma intensidad al pensar en el miembro enhiesto de nuestro primer padre Adán.

La controversia pelagiana (411-431)

¿No respondía ese pesimismo sexual al espíritu de la época? ¿No se podía reconocer en él la mojigatería, la perversidad y el absurdo de aquel tiempo?

El contemporáneo de Agustín, Pelagio, un monje irlandés, refutó convincentemente el complejo de pecado original. Al principio, incluso el papa Zósimo intervino en favor de Pelagio; el sínodo de Dióspolis (Pales­tina) le absolvió en el año 415 del cargo de herejía y en el año 418 todavía diecinueve obispos italianos se negaban a condenar a Pelagio. En fin, el obispo Julián de Eclana (sur de Italia) puso a Agustín en una situa­ción difícil al hacer constar que el impulso sexual había sido creado por Dios y era, por tanto, moralmente irreprochable. Poco antes, el monje Joviniano había obtenido una resonante acogida en Roma predicando que la virginidad y el ayuno no constituían méritos especiales y que las mujeres casadas estaban a la misma altura que las viudas y las vírgenes.

Jerónimo y Agustín replicaron a sus adversarios, como era usual en estos casos, acusándoles de herejía y, para mostrar la mayor fuerza probatoria de sus tesis, apelaron al Estado, con lo que, poco después, Joviniano fue azotado con un látigo de bolas de plomo y deportado a una isla dálmata junto con sus seguidores. Debido al celo de Agustín, Pelagio también sufrió el anatema, primero en Cartago, luego en Roma y finalmente en el concilio de Éfeso (431): ¡aunque Agustín representaba a las nuevas ideas y Pelagio a la tradición!

La historia occidental habría sido quizás distinta si la Iglesia no se hubiera doblegado en aquel momento a Agustín. Y es que se trataba fundamentalmente de una discusión sobre el libre albedrío de los seres humanos y sobre si se puede mejorar «este» mundo o, como enseña el clero, por culpa de la condición pecaminosa de la persona no cabe sino esperar un Más Allá más hermoso.

Más tarde, la gran controversia también dividió a los protestantes: Calvino y Lutero —que negó rotundamente el libre albedrío, comparando al ser humano con una caballería cuyo jinete es Dios o Satanás— se man­tuvieron del lado de San Agustín, pero el íntegro Müntzer tomó partido por Pelagio. Zwinglio, calificado por Lutero como pagano a causa de su tolerancia, rechazó el dogma del pecado original como antievangélico y la mayor parte de la moderna teología protestante lo ha abandonado: Kari Barth lo definió como contradictio in adjectio.

Todo en el dogma del pecado original está desde hace tiempo tan desacreditado que ni siquiera el catolicismo lo valora demasiado y, por ejemplo, se puede leer —con imprimatur— que la doctrina clásica sobre el pecado original ha desembocado «desde hace siglos en un punto muerto», necesitando «urgentemente la integración de otros elementos». Cuentos nuevos que sustituyan a los antiguos...

El odio sexual agustiniano se propagó de generación en generación. Todo lo corporal se convirtió en «fomes peccati», combustible del pecado, todo lo sexual era, simplemente, «turpe» y «foedum» indecente y sucio, y colocaba a los seres humanos al nivel de los animales.

Para los primeros escolásticos, el instinto sexual es el colmo de la depravación y toda sensación libidinosa es pecado. Más tarde, San Buena­ventura califica el acto amoroso de «corrupto y en cierto modo apestoso». Tomás de Aquino lo relega a «lo más vil»; habla de «suciedad obscena» y anuncia que la incontinencia «bestializa». Y San Bernardo de Claraval, para quien todos hemos sido «concebidos por el deseo pecaminoso» y destruidos por «la comezón de la concupiscencia», declara que el ser hu­mano apesta más que el cerdo, por culpa del placer perverso (4).

Pero antes de examinar la teología moral con más detalle, consideremos algunos pecados sexuales en particular.

CAPÍTULO 24: ONANISMO, HOMOSEXUALIDAD, RELACIONES CON ANIMALES Y CON PARIENTES

Moral people, as they are termed, are simple beasts. I would sooner have fifty unnatural vices than one unnatural virtue. - ÓSCAR WILDE (1)
1. PALOS Y AGUA BENDITA CONTRA EL ONANISMO

El clero católico siempre se ha ocupado de la satisfacción solitaria. Donde el coito no es posible, el onanismo es práctica habitual, sobre todo en las cárceles y en los seminarios: donde no hay gritos de por medio y nada interrumpe la faena. «En el concilio de Nicea» dice Lutero, «quedó terminantemente prohibido que alguien se excitara a sí mismo,' ya que, como algunos estaban atormentados por la lujuria y el ardor, se excitaban frenéticamente en solitario y así los hábiles y los capaces querían perma­necer en los oficios eclesiásticos y mantener sus prebendas».

Esto todavía ocurre: «el onanismo era practicado en exceso», reconoce un sacerdote de más de cuarenta años. «El onanismo frecuente ha seguido existiendo hasta hoy», escribe un segundo. «Siempre he sentido la necesidad diaria de masturbarme», se queja un tercero. Para un cuarto, «la satisfacción solitaria» se convirtió en «casi una obsesión». Según una investigación moderna realizada entre 232 estudiantes de teología, el 90,3% de ellos se masturbaban.

Pero también los laicos se masturban frenéticamente: en Europa, según diferentes investigadores, lo hacen entre el 85% y el 96% de todos los hombres. En América, según el informe Kinsey, el 92% de los hombres se habían masturbado alguna vez hasta alcanzar el orgasmo; entre las mujeres de veinte a cincuenta años, se entregaban alguna vez a esta práctica una tercera parte de las casadas y casi la mitad de las solteras.

Por qué masturbarse es pecado

La prohibición del onanismo es tan importante, seguramente, porque la infracción del precepto despierta los sentimientos de culpa desde muy temprana edad y la Iglesia vive, en parte, gracias a la remisión de esa culpa (infra).

Al volver la vista hacia su pubertad, un católico cuenta que el ona­nismo «se convirtió en el problema central de aquellos años. Vivía mi propia sexualidad como mala y pecaminosa». Otro sentía «un gran senti­miento de culpa porque me masturbaba con frecuencia». Un tercero: «Mas­turbación: vergüenza en el confesonario, alivio después de la absolución, recaída, desesperación». Un cuarto se masturbaba habitualmente desde los diez años y tenía «terribles remordimientos (a causa del pecado mortal)»,

Esta angustia, que no pocas veces se transforma en desesperación, ha sido y sigue siendo alimentada por la Iglesia. «Ciertas conferencias y las primeras charlas informativas me hicieron experimentar los primeros sen­timientos de culpa», recuerda un católico. Un profesor de religión de treinta y cuatro años: «La masturbación provocó en mí grandes remordimientos» reforzados por «un escrito religioso que calificaban como 'texto informativo'». Un monje de treinta y nueve años: «comencé a masturbarme durante la pubertad (...) Los remordimientos me acosaban (...) porque los padres nos decían que ése era el pecado más grave».

Por supuesto, a veces hay clérigos razonables, Pero, aun en el caso excepcional de que un joven trate con religiosos verdaderamente indulgentes, el sentimiento de pecado y la vergüenza permanecen. «A pesar de que los confesores y los directores espirituales impartieron a los jóvenes de aquella época una educación moral razonable, con la madurez sexual y las primeras masturbaciones aparecieron fuertes sentimientos de culpa que acabaron en frecuentes visitas al confesonario»; ésa es, precisamente, la clave del asunto.

En el pasado, el onanismo estuvo severamente castigado y llegó a ser conceptuado como una especie de «homicidio». Para Tomás de Aquino —que decía que la masturbación era peor que la fornicación—, Alberto Magno y muchos otros autores, hasta las poluciones nocturnas eran pecado: en algunos conventos, había que informar de ellas en los capítulos de la comunidad. Según nuestros expertos espirituales, la masturbación ocasiona «el mismo ardor y la misma excitación» que la relación sexual.

Los novicios también eran violentamente apaleados y azotados por culpa de las eyaculaciones involuntarias. El castigo corporal, aplicado sobre todo a los adolescentes católicos, fue una práctica habitual desde el primer cristianismo; en las distintas iglesias nacionales se convirtió en una «es­pecialidad» —según la expresión del obispo auxiliar Schmitz— pensada para expiar las acciones impuras. Hoy en día, algunos moralistas ponen los ojos en blanco: «cuando ha padecido una polución, el pobre adolescente necesita bondad y comprensión». Pero durante milenios lo flagelaron brutalmente y, como alguno admite ahora, lo machacaron hasta tal punto «que muchas veces no pudo soportar la desesperación y el joven terminó por suicidarse» (2).

Sistema de alarma para erecciones

Los moralistas ni vacilaron a la hora de recurrir a cualquier forma de coacción ni temieron al ridículo, y los avances de la técnica moderna fueron celosamente aprovechados en beneficio de la bendita moral. Se recomendaba, sobre todo en el siglo XIX, un tipo de camisa extralarga que se abotonaba hasta por debajo de los pies, se ataba las manos a los chavales y se fabricaban unas camisas de fuerza que se cerraban por detrás y unas correas anti-onanismo que sujetaban el cuerpo y los muslos, aseguradas por candados. La industria comercializó unas jaulas en las que quedaban encerrados los genitales de los jóvenes por la noche; para conseguir la máxima protección, el exterior de algunos de estos artefactos estaba cubierto de púas. No obstante, el colmo de tales esfuerzos fue una caja que hacía sonar un timbre en caso de erección espontánea.

Las Iglesias apoyaban tales prácticas con tratados congeniales. Innu­merables textos informativos se ocupaban de la pureza y la clorosis, la histeria y la angustia. El onanismo conduce a la locura y al suicidio, escribe el teólogo protestante, prelado y predicador Karpff, de Stuttgart, —su ejemplo es uno de tantos— en el arranque de su Advertencia de un amigo de los jóvenes acerca del peor enemigo de la juventud o Enseñanzas sobre pecados secretos, sus consecuencias, curación y prevención —en la que el «mayor enemigo» el «enemigo infame y vicioso» desempeña un papel verdaderamente temible—. «En muchos casos, las consecuencias más graves no salen a la luz, el impuro se desenvuelve como las demás personas, tiene un empleo, trabaja, se divierte, parece completamente sano y feliz; pero interiormente la vida espiritual se marchita (...)».

«Por culpa de la masturbación, un hombre cayó tan bajo que tuvo que dejar su empleo; entonces no dejaba de lamentarse: que estaba muerto, que no podía hacer nada más, que lo había perdido todo, etc. Engolfado en la molicie, era una carga para sí mismo y para los demás e, internado en un manicomio, su estado a duras penas experimentó cierta mejoría. Ahora, su cuerpo se pudre bajo tierra».

¿Cuándo está permitido el deseo?

Aunque, en 1929, el Santo Oficio todavía prohibía provocar una eyaculación para poder detectar una enfermedad mediante el análisis del esperma, más recientemente los cristianos fueron autorizados a lavarse, ba­ñarse y montar a caballo incluso aunque se supusiera que ello iba a causar una polución. También se permitía «acabar con una comezón penosa in verendis», en las partes pudendas, «mediante frotamiento», cuando dicha comezón no fuera producida simplemente por la excitación sexual. No obstante: «en caso de duda sobre la causa de la comezón, el frotamiento está permitido» siempre que uno no se deje arrastrar «al placer impuro». Las «contingencias» (supra) nocturnas tampoco son ya delito, ni siquiera aunque se «haya obtenido satisfacción durante el sueño». Pero la «polución directa y voluntaria siempre es un pecado grave».

En definitiva, el onanismo sigue siendo para los católicos una perversión, un vicio antinatural. A mediados de este siglo, cierto confesor aún le grita a un joven de diecisiete años que se acusa de haberse masturbado dos o tres veces: «¡infeliz, has crucificado a Cristo!». Y en la actualidad, un católico (nacido en 1932) confiesa: «en el noviciado, siempre me ponía guantes por las noches, como me aconsejaba el maestro de novi­cios, y me ataba los dedos con cordones de zapatos para que nada pudiera 'pasar'». Y aunque la teología moral «científica» hace ciertas concesiones bajo la presión de las ciencias respetables, la vieja táctica se mantiene en pleno siglo XX cuando se adoctrina a los pobres infelices. Algunos siguen amenazando —mucho tiempo después de que ciertos teólogos dijeran que «sería un completo error trabajar con temor y angustia»— y afirman que el onanismo es uno de los factores que afectan más negativamente al desarrollo de la personalidad, infectando la sangre y provocando neurosis y locura hasta que, finalmente, «cuando menos lo piensa», el onanista «ha perdido la alegría de vivir» (3). «Ahora, su cuerpo se pudre bajo tierra».

2. HOGUERA O CASTRACIÓN PARA LOS HOMOSEXUALES

La Iglesia ha condenado en todo momento la homosexualidad (sodomie ratione sexus) como una perversidad abominable. Pero ¿es tan antinatural? ¿No es acaso la expresión de nuestra naturaleza fundamentalmente bisexual? ¿No es un fenómeno que también aparece a menudo entre los animales, sobre todo en los primates, que son los reyes del reino animal? Entre ciertos monos, algunos machos se masturban mientras otros los penetran. Y en todas las especies animales superiores, cuando la pareja heterosexual no está disponible o es impotente, los individuos se entregan a la homosexualidad. Los perros copulan per anum, las vacas se montan unas a otras, las lobas se lamen mutuamente la vagina; las gallinas, las ocas, las patas y las hembras del faisán tienen a menudo relaciones lésbicas. Los contactos homoeróticos entre distintas especies animales tampoco son infrecuentes.

Según Goethe, decidido anticlerical, la homosexualidad es tan antigua como la propia humanidad y, por eso mismo, natural.

En Grecia, la pedofilia domina todas las manifestaciones de la cultura desde los tiempos más remotos: artes figurativas, épica, lírica y tragedia, calificada por algunos críticos antiguos como «caldo de cultivo de la pe-derastia». Nos encontramos con ella en todo tipo de libros históricos, científicos y filosóficos y la mitología rebosa de leyendas paidofílicas; más aún, en un primer momento, la palabra «pedagogo» designaba al hombre que inducía a los muchachos a mantener contactos homosexuales.

Licurgo, el (legendario) legislador de Esparta, afirma en sus leyes que no se puede ser un ciudadano competente si no se tiene un amigo en la cama. Solón y sus sucesores recomiendan la homosexualidad a los jó­venes. Platón no conoce «mayor dicha para un adolescente que ser amado por un hombre honesto, ni mayor dicha para éste que tener un amante». En Tebas, la homosexualidad era práctica habitual de un potente regimiento de élite compuesto por trescientos hombres y en Creta y Esparta formaba parte de la educación que los jóvenes guerreros recibían de sus superiores. La lista de homosexuales famosos de la Antigüedad griega incluye a reyes como Hierón de Siracusa o Filipo de Macedonia, estrategas como Alejandro Magno, Epaminondas o Pausanias, legisladores como Minos y Solón, fi­lósofos como Sócrates, Platón o Aristóteles y muchos otros. Sin embargo, las historias de la cultura de la Antigüedad clásica más voluminosas de finales del siglo XIX seguían sin mencionar la homosexualidad o lo hacían muy de pasada. Y en las escuelas de la actualidad todavía no se habla del tema.

El pecado que clama al cielo

Con los hebreos y los cristianos comenzó una caza despiadada de homosexuales, aunque, en ciertos momentos, el judaismo contó con algunos templos donde se practicaba la prostitución homosexual masculina, como ocurrió en otros cultos asiáticos. No obstante, el Antiguo Testamento impuso la pena de muerte para la homosexualidad: «si alguien se acuesta con un hombre como con una mujer, ambos han cometido abominación (toúebhah) y deben morir».

Más adelante, Pablo condenó el amor homoerótico de los hombres y (en un pasaje ) el de las mujeres. Amparándose en él o citando el Antiguo Testamento, la mayoría de los otros Padres de la Iglesia también condenan la homosexualidad, sobre todo San Agustín, el vehemente San Juan Crisóstomo y el todavía más rabioso Pedro Damián, que cree que la homose­xualidad es peor que el bestialismo. Posteriormente, San Pedro Canisio (1521-1597) se convirtió en el más virulento impugnador de la homose­xualidad, incluyendo las relaciones homoeróticas entre los «peccata in coelum clamantia» los pecados que clamaban al Cielo, una categoría hasta entonces apenas conocida cuya especial importancia se encargó de subrayar.

La sociedad cristiana persiguió el «vicio» durante mil quinientos años con castigos cada vez más severos; los teólogos lo condenaban con expre­siones constantemente renovadas: «nefanda libido», «nefarium», «monstrosa Venus», «diabólica luxuria», «horrendus scelus», «execrabile», etcétera.

A comienzos del siglo IV, el sínodo de Elvira priva de la comunión a los «violadores de niños», incluso en peligro de muerte. San Basilio ordena que se aplique a los homosexuales una penitencia de quince años; la teología de comienzos de la Edad Media habitualmente se pronuncia por los diez años. El XVI sínodo de Toledo establece en el año 694 que un sodomita debe ser «excluido de todo contacto con los cristianos, azotado con varas, rapado ignominiosamente y desterrado». El sínodo de Naplusa (1120), que responsabiliza al modo de vida desenfrenado de los creyentes de las catástrofes naturales y los ataques de los sarracenos, exige que quien ha consentido libremente un acto homosexual (activo o pasivo) muera en la hoguera. La bula papal Cum primum prescribe en 1566 la entrega al Estado de todos los homosexuales, lo que indudablemente comportaba la ejecución.

Pena de muerte según el derecho secular

Los emperadores paganos no habían visto la homosexualidad con malos ojos. Pero Constantino y sus sucesores en el trono la condenaron a la hoguera.

El antiguo Código Visigodo, elaborado entre los siglos VI y VII y contaminado de ideas cristianas, establece que las relaciones homosexuales debían ser castigadas, además de con determinadas confiscaciones, con la castración; en una reelaboración posterior del mismo, las Siete Partidas, se prescribe la pena de muerte. Y es que, como se dice en dicho texto, por culpa de este terrible pecado «del que algunos son esclavos. Dios Nuestro Señor hace descender sobre la Tierra el hambre y la peste y los terremotos y una infinidad de males que ningún ser humano podría detallar».

El amor homoerótico fue considerado en Occidente durante mucho tiempo como un crimen capital. Las leyes penales de Carlos I («cabeza secular de la cristiandad y protector de la Iglesia»), que todavía estaban vigentes en muchos lugares a finales del siglo XVIII, castigan las relaciones sexuales entre hombre y hombre o entre mujer y mujer con la hoguera.

En Inglaterra, donde esa clase de relaciones estaba muy extendida, quienes las practicaban fueron colgados o lapidados hasta el siglo XIX. Más tarde se ordenó que el máximo castigo fuera la cadena perpetua, pero antes de ello se abandonaba al reo a «los sanos sentimientos de la pobla­ción» poniéndolo en la picota, donde se le arrojaban durante horas barro, excrementos y perros, gatos y peces podridos; el simple intento de cometer este «crimen horrible» era castigado con una pena de hasta diez años (4). En Inglaterra hubo que esperar hasta 1957 para que la homosexualidad entre adultos fuera despenalizada.

Hitler y la moral cristiana

En Alemania, el Führer hizo endurecer el tristemente famoso artículo 175 del Código Penal con un artículo 175a por el que fueron juzgados por homosexualidad entre 1937 y 1939 alrededor de veinticuatro mil hombres.

No obstante, para los homosexuales el imperio nazi se alargó en la República Federal hasta 1969. Hasta esa fecha, vivieron bajo la amenaza del parágrafo endurecido por Hitler; una minoría inocente e inofensiva se vio perseguida como si fueran criminales y su vida quedó arruinada «a causa de actos privados entre dos seres adultos, en pleno uso de razón, recíprocamente independientes y por mutuo consentimiento, actos que no hacen daño a nadie ni ocasionan ningún perjuicio al Estado».

El auténtico criminal era, en efecto, la moral cristiana que estaba detrás de todo ello. En una sentencia de hace no mucho tiempo sobre la constitucionalidad del artículo 175, el Tribunal Constitucional Federal no sólo se refería al artículo 116 de la Constitutio Carolina de 1532, sino que llegaba a invocar al ¡Levítico, 18, 22 y 20, 13!

Obviamente, en las dictaduras católicas de España y Portugal los homosexuales siguieron sometidos a la amenaza de castigos que en España podían llegar, desde los años cincuenta, a medidas de intemamiento. Y, aunque unas investigaciones realizadas en América acerca de setenta y seis culturas indígenas ágrafas descubrieron que cuarenta y nueve de ellas habían mantenido una actitud permisiva hacia la homosexualidad, el derecho sexual de los EE.UU. todavía era, en la época del informe Kinsey, una especie de espejo de la moral eclesiástica medieval, y algunas o la totalidad de las prácticas homosexuales estaban penalizadas en el conjunto del te­rritorio nacional: en ciertos estados, como los crímenes más violentos.

En la R.D.A., el parágrafo referente al tema fue suprimido; sólo se mantuvieron las medidas de protección de menores. En Polonia, Hungría y Checoslovaquia la homosexualidad fue también despenalizada.

No obstante, la actitud católica hacia el amor homoerótico no se ha modificado en lo esencial, como demuestran las obras de teología moral dedicadas al tema. El libro Vida cristiana y cuestiones sexuales del sacer­dote francés Marc Oraison, que rechazaba las penas de cárcel para los homosexuales, fue incluido en el Índice. Mein Kampf de Hitler —quien' mandó a los campos de concentración a tres grupos: opositores políticos, judíos y homosexuales— no fue incluido en el Índice; ¡y es que la Iglesia había perseguido durante dos milenios a quienes él persiguió durante doce años! (5).

Las condenas contra el amor lésbico fueron, en general, más suaves; intensamente practicado desde el Renacimiento, sobre todo en Italia (como demuestra la expresión «donna con donna» muy utilizada en aquella época), fue, probablemente, el resultado de que los contactos entre hombre y mujer estaban más estrechamente vigilados y, por tanto, comportaban mayores riesgos. Sin embargo, la homosexualidad ha sido fomentada, al menos durante los últimos siglos, por el sistema educativo cristiano y su tendencia a aplazar tanto como sea posible el contacto entre los sexos.

3. MUERTE PARA LOS SODOMITAS Y LOS ANIMALES LUJURIOSOS

El bestialismo (sodomía ratione generis), al que tantos piadosos personajes del Antiguo Testamento fueron aficionados, aparece constantemente en sínodos y penitenciales. El sínodo de Ancira (314) ya prescribe para «aquellos que se hayan entregado a la lujuria con animales irracionales o lo sigan haciendo» una pena de quince años si tienen menos de veinte años, de veinticinco si tienen más de veinte y están casados, y cadena perpetua si están casados y tienen más de cincuenta. Diversos penitenciales medievales imponen castigos similares. Si una mujer se deja seducir por un animal de carga (jumento) puede ser condenada a una pena de diez años. En cambio, la Iglesia ordenaba matar a los animales lujuriosos y arrojarlos a los perros.

En el Occidente cristiano, los amigos de los animales han preferido gratuita. Pues no sólo se debe respeto a los familiares, a la propia hermana o a la hija, sino también al propio marido y a la propia esposa. Y si el coito no atenta contra el respeto entre los cónyuges, ¿por qué iba a acabar con el respeto entre hermano y hermana? Mucho más evidente es la advertencia posterior: «que si no existiera la disuasión de una ley especial, las ocasiones de pecado se presentarían con más facilidad por la estrecha relación entre las personas emparentadas».

Por lo demás, el propio clero no se dejó intimidar. En todo caso, parece que en la Edad Media el número de laicos acusados de incesto fue inferior al de clérigos bajo esta acusación, aunque éstos fueron castigados con menos severidad. El papa Juan XII también fue acusado de haber tenido «relaciones ignominiosas» con su madre y su hermana (supra). Juan XXIII (Baldassare Cossa) confesó las suyas ante el concilio de Cons­tanza y en muchas otras ocasiones. Alejandro VI fornicaba con su hija Lucrecia (supra). Y el cardenal Richelieu mantenía con su hija ilegítima, madame Rousse, esa forma de relaciones incestuosas que Sade describe como la cumbre de la voluptuosidad.

El tabú eclesiástico del incesto ha seguido vigente hasta hoy

La Reforma, o al menos sus manifestaciones más extremas, el purita­nismo y el calvinismo, reclamaron un agravamiento de las penas por incesto. En Alemania, la muerte —en la mayoría de los casos, por espada— fue más la regla que la excepción en los siglos XVI y XVII. En la Francia de aquella época el castigo para el incesto era la horca. En Suecia, la pena de muerte se mantuvo hasta 1864. Sorprendentemente, entre los ejecutados había muchas madres, pese a que el incesto entre madre e hijo es muy infrecuente. Por lo visto, esta relación parecía tan criminal que se pensaba que se podía liquidar a las personas sobre la base de simples sospechas. En Escocia, el incesto estuvo castigado con la decapitación —como atentado al orden religioso— hasta 1887 y con la cadena perpetua a partir de dicha fecha.

Las relaciones sexuales entre parientes próximos siguen estando pe­nalizadas en la mayor parte de los estados y, en muchas ocasiones, con penas tan absurdamente elevadas que dejan entrever algún profundo trauma psicológico en el legislador.

En la República Federal Alemana el incesto acarrea penas de prisión de varios años o multas. En los EE.UU. las castigos van desde los qui­nientos dólares o, como máximo, seis meses de cárcel en Virginia, hasta los cincuenta años de prisión en California, con casos intermedios como el de Luísiana, con penas de diez a veinte años. En cambio, el contacto sexual entre hermanos está despenalizado en Francia, Bélgica y Holanda, y algunos estados como Luxemburgo, Japón o Turquía no castigan el incesto en ninguna de sus formas (7).

La argumentación «científica» también es irrelevante

... y, además, simple teología encubierta. «El pretexto de que la rela­ción sexual entre parientes está penalizada porque tiene como consecuencia una descendencia 'degenerada' está en total contradicción con los resultados experimentales de los genetistas, que reproducen cientos de generaciones de animales de laboratorio uniendo a los descendientes de una sola pareja sin que se observe la menor degeneración. Pueblos como el judío que, encerrados en sus guetos, se vieron abocados al matrimonio entre parientes, han desmentido el mito de la degeneración desde hace mucho tiempo. Un alto grado de inteligencia, una mínima incidencia de las enfermedades mentales y una enorme vitalidad han sido, precisamente, los resultados de una alta tasa de consanguinidad. La salud de los hijos no depende del parentesco de los padres, sino del aporte genético que les transmiten. Si éste es bueno, la consanguinidad sólo puede mejorarlo. Si es malo, la consanguinidad lo empeorará».

¿Cómo llegan a producirse relaciones sexuales con parientes próximos y animales u otras desviaciones? Pues bien, muchas de estas sorprendentes conductas —que el arzobispo Grober («con la recomendación de todo el episcopado alemán») se complace en ver «perseguidas y estigmatizadas por el régimen disciplinario de la Iglesia y el Estado» ¡en 1937!— son el resultado de la propia moral cristiana. Buena prueba de ello es un exhibi­cionista sometido a tratamiento psicoanalítico que confiesa que sentía placer en la mirada de las mujeres, mientras que «el contacto corporal directo» con ellas le parecía «tosco, bestial y pecaminoso»; o un paciente con fantasías necrófilas, que declara: «si haces algo así con una persona viva, se refiere a un contacto sexual—, después hay unos ojos acusadores que te observan; pero un muerto con el que haces algo así no te mira». También es indicativo que, de entre un centenar de casos de incesto criminal investigados, la mayor parte de los padres que habían abusado de sus hijas lo habían hecho apremiados por el rechazo sexual más o menos absoluto de sus mujeres.

Las «anomalías» sexuales son, por tanto, el resultado de una moral que prohibe el contacto sexual antes y fuera del matrimonio y que incluso limita la propia relación matrimonial; en una palabra, que ensucia lo más íntimo y natural y lo llama pecado. De ahí que, forzosamente, la naturaleza busque otras salidas. Los animales que no pueden tener relaciones heterosexuales también se vuelven «anormales»; se entregan a la homosexualidad, se masturban: llegado el caso, un perro faldero puede copular con una oca.

Por supuesto que algunas anomalías también nacen del instinto, de la curiosidad, del deseo de placeres inusuales; no todas tienen que ser manifestaciones de protesta o consecuencias de la represión. Sin embargo, parece que en algunos pueblos primitivos las «perversiones» no existían antes de que los europeos llegaran y los misioneros cristianos impusieran la proscripción del placer (8).

Y es que muchas «peculiaridades» fueron, a buen seguro, directamente difundidas por la praxis confesional de los moralistas católicos.


CAPITULO 25. ALGUNOS DETALLES DE MORAL TEOLÓGICA O «...ESTE ESCABROSO TEMA»

art. 100. La castidad.

Advertencia preliminar. Al igual que San Alfonso, exhortamos a los estudiantes de teología para que no estudien este tema {arts. 100 y ss.) hasta que no se haga necesario en la preparación inmediata para la administración del sacramento de la penitencia. La teología moral católica, como la medicina o la jurisprudencia, no puede eludir el deber de ocuparse de este escabroso tema, naturalmente, con toda la gra­vedad moral que corresponde a la ciencia sagrada. - GÓPFERT, teólogo católico (1)

Debemos preguntar a quien se confiesa de modo minucioso. - DEBREYNE, teólogo católico (2)

1. LA DELECTATIO MOROSA EN EL PASADO

Ninguna religión del mundo ha debatido las intimidades sexuales como lo ha hecho el catolicismo. El teólogo moral es el creyente que más incumple la sentencia bíblica: «la fornicación y toda forma de impureza, que ni siquiera se mencionen entre vosotros, como conviene a los santos».

Significativamente, hay un concepto teológico-moral, la «delectatio morosa», que expresa ese bochornoso fisgoneo de los casuistas, ese cir­cunstanciado recrearse, ese solazamiento amargado del que resulta una especie de masturbación mental. Los moralistas subrayan que la delectatio morosa de los demás «siempre es pecado», pero son más generosos consigo mismos, ya que puede «estar permitido, e incluso ser un deber, pensar en el pecado para adquirir los necesarios conocimientos; como, por ejemplo, en el caso de médicos y confesores».

Muchos teólogos se mostraron interesadísimos por estos conocimientos; reflexionaron sobre el pecado un siglo tras otro, por puro sentido del deber, cada vez más intensamente, demostrando una ciencia y una sabiduría que no dejaba de aumentar.

Sobre «la aplicación práctica de las normas eclesiásticas»

Una simple mirada superficial a cualquiera de los penitenciales de la alta Edad Media es reveladora. Desde el siglo VII, todos los sacerdotes debían poseer y conocer estos escritos. Pero había que ocultarlos a los laicos, pues eran considerados como «libros secretos»; hoy en día siguen siendo una de las «fuentes más sobresalientes» del derecho canónico, «documentos sobre la aplicación práctica de las normas eclesiásticas».

Encontramos en estos textos preguntas del tipo de: si alguien ha que­rido copular, pero r»o fue capaz; si deseó a la mujer del prójimo, pero no pudo pecar; si disfrutó con un olor voluptuoso (libidinoso odore); si tuvo una polución por una conversación o una mirada excitante, o mientras dormía en la iglesia. Los investigadores espirituales indagan si un beso ha provocado eyaculación o no; si uno ha tenido relaciones con una mujer estéril, con una embarazada o con una menstruante; si, mientras abrazaba a la mujer, ésta tuvo un orgasmo; si la emisión de esperma se repitió dos, tres o más veces. Escrutan si se ha copulado con animales de tiro o si una madre ha intentado propasarse con su joven hijo o un muchacho con la criada, y en qué medida lo consiguieron; si los jóvenes fornican entre ellos o con animales; si se satisfacen mutuamente con las manos o entre los muslos; si lo hacen los hombres; si lo hacen una o muchas veces, etcétera, etcétera.

Y todo esto y mucho más había que expiarlo: no sólo los actos (amorosos) sino también los deseos «ilegítimos» e incluso los sueños.

En el caso de los religiosos, los moralistas también imaginaron todas las posibles combinaciones: si un obispo se beneficia a una mujer casada o a una virgen; si el prelado se excita mentalmente por las noches (cogitavit fantasiam luxoriae) y, después, eyacula durante el sueño; si derrocha su semen cuando una mujer le besa o con simples fantasías eróticas (per cogitationem); si se masturba (si manu semen excusserit; si manu tetigerit) o si eyacula en la iglesia debido a la excitación (3).

El libro alemán de penitencias eclesiásticas o copular con un taco de madera

El Poenitentiale Ecciesiarum Germanicae, que está repleto de pesquisas inquisitoriales, pregunta casi constantemente: «¿te has acostado con la hermana de tu mujer?», «¿has cometido actos impúdicos con dos herma­nas?», «¿has fornicado con tu hija?, ¿con tu madrastra?, ¿con la mujer de tu hermano?, ¿con tu padre?, ¿con tu tío?, ¿con la esposa de tu hijo?, ¿con tu madre?, ¿con tu tía materna?, ¿con tu tía paterna?» «¿has pecado contra la naturaleza, es decir, has copulado con hombres o con bestias; con una yegua, una vaca, una burra o alguna otra bestia?».

El Libro alemán de penitencias eclesiásticas, aparte de inquirir si alguien ha plantado su miembro (virgam) en el trasero de otro hombre o de su hermano carnal al estilo de los sodomitas y si lo ha hecho dos o tres veces, o lo hace habitualmente, pregunta: «¿has fornicado, como suelen hacer algunos, tomando el miembro del otro en la mano y éste el tuyo y moviéndolos ambos de modo que derramaste el esperma a consecuencia del deleite?», «¿has fornicado, como suelen hacer algunos, penetrando con tu miembro en el hueco de un taco de madera (lignum perforatum) o un objeto similar, hasta que, mediante este movimiento, tu esperma se derramó?». Y así sucesivamente.

Todas estas situaciones estaban tasadas por los expertos. Por ejemplo, una penitencia de veinte días a pan y agua para las relaciones sexuales con tacos de madera y exquisiteces parecidas; o penitencias en feriae legi-timae —esto es, lunes, miércoles y viernes— durante quince años en caso de penetrar al propio hermano por detrás, el coitus per anum.

Excepciones y controversias

Aunque ios más antiguos moralistas ya habían examinado detenidamente las distintas formas de vicio, discutiéndolas y analizándolas en todas sus modalidades, sus sucesores, mejor preparados, les reprocharon a veces la falta de ideas originales y el no haber considerado ciertas excepciones. Así por ejemplo, cavilaron sobre lo siguiente: si sólo quedaran unos pocos seres humanos, ¿estaría permitido fornicar con una prima o con la mujer de un impotente? (Algunos autores lo aprobaban, mientras que los más prudentes preferían esperar a una orden de Dios).

Otra cuestión controvertida era si el grado de placer determina la gravedad del pecado. Así, para San Jerónimo el delito es igual de grande con independencia de que la mujer con la que uno se ha acostado sea guapa o fea, pero Huguccio afirma que «el pecado es mayor con una mujer hermosa porque, en este caso, el placer y el goce son mayores». Pedro el Chantre enjuicia el tema de modo similar. En cambio. Alano de Lille opina que «quien fornica con una mujer hermosa, peca menos» puesto que se encuentra coaccionado por la belleza, y «cuanto mayor es la coacción, menor es el pecado». El problema se complica aun más porque, como ya sabían los primeros cristianos, la fea tiene el inconveniente (más bien la ventaja, por supuesto) de que los hombres, y sobre todo los reli­giosos, son «más proclives al pecado» cuando están «libres de sospecha, y el placer no repara en la fealdad, ya que el Diablo convierte lo feo en hermoso».

Otra cuestión conectada con ésta es si la relación extramatrimonial es más inmoral en un joven o en un viejo. Si se acepta que el joven siente más placer, entonces, según la teoría del gozo, peca más. Pero si se supone que está empujado por un instinto más fuerte, entonces es el viejo el que peca con mayor voluntariedad y, por tanto, es éste el mayor infractor, porque quien fornica con mayor voluntariedad es peor que quien disfruta más.

Los teólogos de los siglos centrales de la Edad Media discurren sobre el tema de las personas que, a causa de su corpulencia, sólo pueden copular «al estilo de los animales»; o ponderan la gravedad del pecado si «la excitación del hombre es como la de un caballo o como la de un mulo». Los sabios católicos se llegan a preguntar: si resucitara un muerto, como Lázaro, ¿podría reclamar de nuevo a su mujer en caso de que ésta se hubiera vuelto a casar? El maestro Martinus, un pensador intrépido, responde que no es recomendable «establecer reglas determinadas para casos tan infrecuentes» (!) (4).

La «mujer estrecha»

También se estudió a fondo el problema de si los eunucos se pueden casar (y si se pueden casar sin un testículo, o sin los dos, y si basta con la virga erecta, aunque no haya eyaculación, etcétera) y el de la «mujer estrecha» que constituía un impedimento dirimente.

Según una opinión general, el estrechamiento debía ser eliminado, no sólo quirúrgicamente, sino también mediante la cópula con un hombre físicamente apropiado. Si la mujer, después de separarse del primer marido, conseguía copular en el segundo matrimonio y, a raíz de la desfloración, estaba ya en condiciones de hacerlo con el anterior esposo, debía volver con él. Llegado el caso, tendría que acceder a una nueva petición de matrimonio del primer marido. Los teólogos suspicaces sólo le concedían a éste hasta tres oportunidades. Con el tiempo se cayó en la cuenta de que, si una mujer copulaba con uno, también podía hacerlo con otros, de modo que alguna se hacía pasar por «estrecha» simplemente para agotar en su provecho las posibilidades brindadas por los expertos en moral.

Alfonso de Ligorio o la «sabia moderación»

Ahora bien, la teología moral sólo floreció verdaderamente en el siglo XVIII y, sobre todo, en el XIX. Como uno de sus representantes dice con acierto, se desarrolló «a su propio ritmo». En sus Resolutiones morales, el teólogo Antonino Diana resolvió, en solitario, veinte mil «casos de con­ciencia». Y el siglo XVIII —en el cual el magistral Hunolt de la catedral de Tréveris declaró que la castidad era la «reina de las virtudes» y la incontinencia peor incluso que «renegar de la fe»— deparó a la Iglesia un teólogo moral clásico, si no el clásico por antonomasia. San Alfonso de Ligorio, premiado con el título más elevado de la Iglesia y, además, con el de la «sabia moderación».

El Sabio moderador pudo aprovechar las obras de ochocientos cicuenta autores para sus estudios, encontrando así «el justo medio entre los dos intentos extremos de solución». En su Theologia Moralis, que apareció entre 1753 y 1755 y alcanzó más de setenta ediciones, investiga la peca-minosidad y la punibilidad de los besos conyugales y extraconyugales con y sin eyaculación; de mirar las «partes deshonrosas del cuerpo» (partium inhonestarum) de otra persona de cerca y desde muy lejos; o de las polu­ciones involuntarias de los médicos que tienen que tocar órganos genitales. Establece «la posición más adecuada para que el esperma derramado por el hombre sea acogido en el órgano sexual femenino»; trata del coito sentados, de pie, de costado o por detrás, al estilo de los animales, o con el hombre abajo y la mujer arriba, o del coito en el que el hombre se vacía «fuera del recipiente natural de la mujer» (extra vas naturale). Discute sobre la fornicación con un cadáver de mujer (coire cum foemina mortua); examina si es pecado mortal negarse a un cuarto coito en una sola noche o rechazar a quien lo intenta por quinta vez en un mes.

¿Quién fue este genio católico?

Nacido en 1696 en el palacio de Marianella, junto a Ñapóles, Alfonso de Ligorio interrumpió una carrera de abogado muy brillante después de haber perdido un proceso importante. Renunció decidido al vil mundo y fundó la congregación del Santísimo Redentor, la Orden de los Redentoristas. Vestía un simple sayal de pelo de caballo, echaba en su comida hierbas acérrimas, dormía directamente sobre el suelo, incluso en las noches más frías, tenía unas cadenas cortantes para manos y pies, una cruz cubierta de clavos para el pecho y la espalda y, durante una larga temporada, se pasaba las horas en una gruta medio derruida azotándose con una fusta de púas hasta quedar ensangrentado, momento en el cual Santa María, virginalmente hermosa, solía aparecérsele.

Y es que este hombre, cuyo «sentido de la realidad» siguen elogiando algunos, aun cuando investigó todas las posibles variantes de la relación sexual con las mujeres desde un punto de vista puramente teórico... guar­daba in praxi la distancia con el sexo femenino o, al menos, evitaba quedarse a solas con ninguna mujer. «Cuando era obispo», informa la biografía oficial de la orden, «daba audiencia a las mujeres únicamente en presencia de un sirviente, salvo en cierta ocasión en que recibió a una anciana sentándola a un extremo de un largo banco y colocándose él de espaldas en el otro extremo. Cuando confirmaba a mujeres y tenía que dar el beso en la mejilla prescrito por la Iglesia, nunca tocaba el rostro desnudo de la confirmada, sino solamente su tocado».

A los ochenta y ocho años sufrió un trastorno mental. Como escribe su biógrafo: «escrúpulos de conciencia, unas profundas tinieblas en el alma, dudas y un sufrimiento espiritual más grande que todos los dolores corporales que había padecido, asaltaban su alma con gran ímpetu y le tenían paralizado en el suelo. Su entendimiento, en otras ocasiones tan agudo y penetrante, quedaba de repente envuelto en tal oscuridad que ya no sabía distinguir el bien del mal. Todo lo que quería hacer le parecía que estaba prohibido; veía el pecado o el peligro de pecado en todas partes y no dejaba de atormentarle la duda de si aún se encontraba en estado de gracia. Además le asaltaban algunas otras tentaciones de entre las más peligrosas. Dudas de fe, orgullo, desesperación, temeridad, todos los pecados luchaban entre ellos en la imaginación y en los sentidos del santo. Incluso llegó a sentir el aguijón de la carne de tal modo que exclamaba sollozando: '¡ay, cuento ya ochenta y ocho años y todavía no se ha apagado el fuego de mi juventud"!».

Pese a todo, seis volúmenes de Theologia Moralis.

En 1803, un decreto vaticano anunciaba que, «después de una madura investigación, no se ha encontrado en el conjunto de las obras del venerable obispo nada que pueda ir, de algún modo, en detrimento espiritual de los creyentes»; Pío VII lo beatificó en 1816; Gregorio XVI lo canonizó en 1839; Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesia en 1871; y en 1950 Pío XII lo convirtió en patrón de los confesores y los moralistas.

Semejante modelo obliga. Y así vemos que la teología moral del siglo XX aún se sigue ocupando intensivamente de los más diversos crí­menes sexuales, tasando los pecados entre padre e hija, madre e hijo, padrastro e hijastra, yerno y suegra, suegro y nuera, tutor y pupilo, los pecados «del cura con su feligrés», los que «el sacerdote comete con el penitente», los «cometidos por o con alguien del estado religioso» o los cometidos por alguien del estado religioso con otro religioso, etcétera, etcétera (5).

La lujuria desde el cementerio hasta el campanario

Se suscita la cuestión de «cuándo queda contaminado el lugar sagrado», debiéndose advertir que «iglesia y cementerio sólo son contaminados cuando estas acciones impúdicas son públicas y notorias» (supra). No pertenecen al lugar sagrado «ni la sacristía, cuando haya alguna edificación adosada de este tipo, ni el almacén de la iglesia, ni la cripta, ni la torre» por lo que no quedan afectadas por un «sacrilegio local». O sea, que para no pecar de inhumanos, dejan una serie de reservados a modo de refugios en los mismos alrededores de la iglesia y hasta en el interior de ésta: desde el sótano hasta lo alto de la torre. (En caso de actos deshonestos notorios en la iglesia o en el cementerio, muchos teólogos exigen que sea el obispo quien borre el pecado, mientras que, si la falta se ha cometido en secreto, basta con la simple absolución —con aqua exorchitata: agua bendecida por el obispo— del sacerdote, porque saben que, en caso contrario, los obispos tendrían que ponerse en marcha a diario para esa clase de purificaciones).

¿Qué pasa cuando en la casa de Dios copula una pareja de casados «que seguramente ha permanecido allí durante cinco, diez, quince días o un mes»? ¿Qué pasa cuando para pecar «se toman o se utilizan cosas sagradas, como sacramentos, vasos o hábitos»?

¿No es un pecado grave, reflexionan los teólogos, cuando se «alarga innecesariamente una conversación con una muchacha hacia la que, de todos modos, se tiene una inclinación desordenada»? ¿O «cuando una mujer yergue sus pechos artificiosamente para gustar o atraer a los hombres»? ¿O cuando «personas del mismo sexo se lanzan alguna mirada mientras nadan juntas, o en el baño, o en alguna otra circunstancia»?

Las partes honestas del cuerpo, las menos honestas y las deshonestas

Mirar el propio cuerpo también entraña riesgos, sobre todo las «partes menos honestas, como los pechos, los brazos y los muslos de una mujer», lo que no quiere decir que mirar el pecho, los brazos y los muslos de un hombre no sea igualmente deshonesto, sino que mirar los de una mujer lo es todavía más. En todo caso, en referencia a las «acciones impúdicas o deshonestas», conocidos manuales católicos de nuestro siglo diferencian muy seriamente entre: 1) las partes deshonestas del cuerpo (partes inhonestae, turpes, obscenae), esto es, los órganos sexuales y las partes cercanas a los mismos, 2) las partes menos honestas (partes minus honestae): el pecho, los brazos y los muslos y 3) las partes honestas (honestae), que habitualmente no están cubiertas por la ropa, por ejemplo, el rostro y las manos. Así que, cuanto más cerca de los genitales, «menos honestas»; y, en fin, los «órganos sexuales y las partes que están muy cerca de ellos» son totalmente deshonestos.

Por tanto, contemplar las «partes deshonestas» del propio cuerpo sólo está permitido si no conlleva placer sexual. Si uno los observa por curiosidad o por frivolidad, se trata de un pecado perdonable. Pero si uno «mantiene una de esas miradas durante algún tiempo y sin motivo (!), es probable que se convierta en un pecado mortal». «Los besos y tocamientos motivados por el placer sexual son pecados mortales, no importa lo ligeros que sean, ni si se realizan sobre partes honestas o menos honestas (...) Rozar ligeramente la mano de una mujer puede ser pecado mortal si sucede por un propósito impuro». «Los besos in partibus minus honestis (...) son, por regla general, pecados mortales» pues o bien se deben «al puro deleite o, al menos, causan una fuerte excitación».

Y menos mal que el cuerpo humano —«la mayor obra de arte de la creación» según nos informan los jesuítas—, incluso para los más rigoristas, tiene un par de piezas decorosas. El rostro y las manos están desmateriali­zados, espiritualizados (supra). El alma no anima «a todas las partes de la misma manera». Por debajo de la cabeza, aparte de las manos, el cuerpo se convierte en una cosa turbia, triste y bestial. El alma, lamentablemente, ya no puede tener sobre él «ningún otro influjo ennoblecedor o espiritualizador. El cuerpo es carne y sólo se diferencia de los animales por la forma» (6). Hoc habet.

«Cosquillear» a los niños o la polución en los estudios de medicina

¿Cuál es la gravedad del pecado, siguen cogitando los teólogos, «cuan­do se mira a niños desnudos», cuando se observan las «partes-deshonestas de una persona de otro sexo», o cuando «se ven esas cosas a través de una red o de una envoltura fina y transparente»? ¿Y cuando niños «que todavía son sexualmente inmaduros» visten ropas que «destruyen el sentido del pudor y los diques de la castidad»? Pues «se escandaliza con ello a muchos niños y adultos».

Unas instrucciones para confesores de jovencitas «que no saben o no se atreven a declarar sus pecados contra la castidad» señala, respecto a la masturbación, las siguientes transgresiones o tentativas «que las jóvenes cometen habitualmente en este terreno»: ligeras caricias en los órganos sexuales externos con la superficie de la mano; la introducción del dedo en la vagina; o la introducción de una pieza de madera redondeada, un objeto con la forma del miembro masculino u otros objetos parecidos. Pero también se considera «habitual en este terreno» que «una joven presione sus partes sexuales contra la pata de una mesa o contra la esquina de una pared hasta producir la lubricación»; que «frote los genitales en la silla en que se sienta»; que «se siente sobre el suelo y presione sus órganos sexuales con la punta del pie» etcétera. ¿Quién puede sorprenderse de que «en algunos sitios» exista «una antipatía rayana en lo enfermizo contra los interrogatorios de confesonario»?

Los moralistas discuten sobre lo grave que es que las «criadas y nodrizas toquen momentáneamente y por curiosidad las partes sexuales de los niños mientras los lavan o los visten»; o que «toquen los órganos sexuales de los bebés para calmarlos». Esas criadas sin conciencia dedicadas a «cosquillear» genitales infantiles preocuparon constantemente a los servidores de Dios. De ahí que los padres devotos se apresuraran a contratar a personas frígidas, a las que sólo permitían llevar ropa «decente», prohi­biéndoles fornicar en los períodos de lactancia, puesto que, como ya sabía en el siglo XVIII el cardenal de Bemis «por propia experiencia», las criadas transmitían su sensualidad a los niños con la leche que les daban y pecaban «cosquilleándolos y frotando sus partes sexuales».

¿Cuál es la magnitud del pecado cuando un «eunuco trata de conseguir una polución» palpando sus partes sexuales? ¿Y cuando alguien fornica «con una mujer muerta»? Por otra parte, «los medios de transporte, que hoy en día suelen estar repletos de gente», encierran «una gran cantidad de peligros», puesto que hay «personas sensuales que intentan satisfacer su sensualidad mediante el contacto íntimo y anónimo con desconocidos». O sea que ¡cuidado con esto también!

Y los padres, ¿no ponen en gran peligro la salud espiritual de sus hijos, cuando «hablan ante ellos de cosas impuras (...) que éstos, años después, experimentan demasiado pronto»? ¡Ah, los ilustrados católicos! Acusan de pecar gravemente a aquel que habla «sobre medios para impedir la procreación», «sobre todo cuando lo hace ante jóvenes de diferente sexo; pues los jóvenes y las mujeres (!) son por lo general débiles y es fácil incitarles a la lujuria». Bañarse desnudos también priva «a los niños y sobre todo a las jóvenes (!) de todo sentimiento de pudor».

¿Y no peca muy gravemente, cavilan los especialistas, quien lee libros obscenos y «suele tener poluciones a consecuencia de esas lecturas»? ¿Qué pasa «cuando los jóvenes buscan palabras deshonestas en los diccionarios o pasajes lascivos en los clásicos por curiosidad»? ¿Y cuando se puede prever una eyaculación «a consecuencia de la aplicación en el estudio de la medicina o la anatomía, pero aquélla no es premeditada»?

Leer los así llamados libros «malos» —«aunque no sean completa­mente malos»— es, por lo general, un pecado grave. Si sólo son «un poco inconvenientes» se comete un pecado venial que, por supuesto, cuando son leídos «con malos propósitos» se puede convertir en mortal. Las per­sonas casadas también son advertidas «seriamente» contra una literatura que «describe las intimidades del matrimonio con el mayor detalle y sin ningún respeto» (7),

La necesidad de la censura y la suciedad de los clásicos

Durante siglos la literatura ha estado vigilada de acuerdo con tales principios. Fue un príncipe de la Iglesia, el arzobispo de Maguncia Bertoldo de Henneberg, quien creó la primera institución censora en 1486. El Re­glamento de Censura del Reich, de comienzos del siglo XVI, también fue aprobado por iniciativa eclesiástica y, durante su larga vigencia, ciertamente se tuvieron más en cuenta las manifestaciones sobre la Iglesia y la Religión que las «cuestiones morales».

La situación no ha cambiado en lo esencial hasta hace muy poco. El papa León XIII (1878-1903) decretaba en su constitución Officiorum ac minorum: «los libros que tratan, relatan o enseñan por sistema cosas sucias e inmorales, están estrictamente prohibidos (...) Los libros de escritores antiguos y modernos que pasen por clásicos y no estén libres de toda suciedad (!) quedan autorizados en consideración a la elegancia y pureza del lenguaje, aunque sólo aquellos cuyo oficio y magisterio exigen esa excepción. Pero a manos de los niños y los jóvenes sólo llegarán ediciones cuidadosamente expurgadas y serán instruidos únicamente sobre la base de las mismas».

En la batalla contra la «literatura inmoral» que se da en la República Federal Alemana todavía se actúa según dichos principios. De modo que, en nuestro país, una institución oficial de la Iglesia promovió y preparó una Ley sobre la difusión de escritos peligrosos para menores a la que siguieron miles de procesos, algunos incluso contra obras de cierta rele­vancia estética.

En 1948 todavía fueron incluidas en el Índice de Libros Prohibidos —creado por Paulo IV en 1557— las obras completas de Sartre y en 1952, las de Gide. En la segunda mitad del siglo XX aún aparecían, además de Ranke y Gregorovius, Heine y Flaubert, los Essais de Montaigne, la Crítica de la Razón pura de Kant, los Penseos y las Provinciales de Pascal y libros de Spinoza, Lessing y muchos otros.

Sobre el carácter diabólico del cine y el teatro

El teatro obsceno todavía era condenado por los católicos en los um­brales del siglo XX... casi como en la Antigüedad. El sínodo de Arlas, del siglo V, ya había lanzado el anatema contra cualquier cristiano que aceptara un papel teatral. Posteriormente, la censura ha cortado palabras sueltas, frases, escenas y piezas completas siempre que los potentados seculares y religiosos se han sentido ofendidos. (El Tribunal Superior de Prusia no dudó en prohibir en 1903 la María Magdalena del premio Nobel Heyse aduciendo como razón los instintos eróticos, «los más bajos y reprobables instintos eróticos de la persona».)

No obstante, en las representaciones de obras «deshonestas» pecaba (eso «por supuesto») casi todo aquel que intervenía: escritores, intérpretes, empresarios, público y quien tenía que prohibirlas y no lo hacía. Los ballets también eran, «casi siempre, un escándalo para los espectadores» («nunca absolvería a una de éstas» se refiere a una bailarina de ballet, «si antes no hubiera abandonado su ocupación»), «Se puede ser más indulgente con quienes tienen una intervención más lejana; por ejemplo, los que barren el teatro o los que construyen el edificio». Es para no creerlo: ¡en pleno siglo XX las mujeres de la limpieza y los albañiles cargaban con su parte de culpa! Por el contrario: «los policías y los soldados están libres de pecado (...)». ¡Pues claro! ¡Cómo iban a ser culpables los militares a los ojos de la Iglesia!

Cuando se abra algún cine, «hay que hacer todo lo posible para que quede en manos de un cristiano responsable». El cine, la radio y la televi­sión deben «ser cristianizados». Los propietarios de cine que exhiban pe­lículas «malas» pecan. Al igual que quienes arrienden la sala, aunque no tengan ninguna influencia en el programa. «Pecan» hasta los que oyen la radio o ven la televisión «sin ningún criterio».

Un joven reconoce a un jesuíta: «cierta tarde, de forma excepcional, entré con unos amigos en un teatro y así (ipso facto) se echaron a perder todos mis buenos propósitos». Otro confiesa: «Desde que dejé de ir al cine, dejé de pecar» (8).

Mirar «desnudos» y otras perversidades

«Los pintores y escultores que producen o exhiben obras obscenas (es decir, obras en las que las partes deshonestas aparecen desnudas o sólo ligeramente cubiertas) o aquellos que exponen dichas obras en sus casas a la vista de todos, pecan gravemente». También peca gravemente quien mira dichas imágenes —a las que en algún momento se califica como «desnudos y obras de arte»— «salvo si lo hace por un corto espacio de tiempo o a larga distancia o si la imagen ha perdido los colores con el paso de los años (!). En general, aunque con algunas matizaciones, lo mismo se puede decir de las estatuas, puesto que éstas, al no estar pintadas, son menos incitantes que los cuadros. «Ni que decir tiene que el hecho de que un cuadro o una estatua estén expuestos en museos públicos no constituye razón suficiente para legitimar su contemplación». Tales cosas se escriben con licencia eclesiástica.

Bouvier, experto moralista católico, había debatido en 1876 el caso de la masturbación ante una estatua de la virgen e incluso varias décadas después la teología moral seguía ocupándose de las relaciones sexuales con «una estatua» (coitus cum statua): claro que ya los cristianos de la Edad Media tenían un trato similar con una muñeca de madera (supra) y según el mismo S. Juan Crisóstomo, «muchos ascetas» de la Antigüedad sentían una sospechosa inclinación «por piedras y estatuas».

Cómo (no) se peca con modelos y animales

Los artistas y los estudiantes de arte que ven en una galería «desnudos dudosos y obras verdaderamente indecorosas junto a obras de arte decoro­sas (!)» deben «alejarse más de toda ocasión inmediata de pecado rezando, renovando sus buenos propósitos y teniendo cuidado con la mirada (!)». En todo caso, «salvo motivo fundado», hay que evitar tales exposiciones que son «ocasión inmediata de pecado y, a menudo, escándalo de otras personas». -

Tampoco «está permitido en sí mismo» que las jóvenes y las mujeres adultas sirvan de modelo si sólo se cubren los genitales. En cambio, no pecan cuando dibujarlas es necesario para la formación de los artistas. «Pero, por supuesto, no deben consentir en posturas obscenas y deben tratar de alejar el peligro rezando y renovando sus buenos propósitos».

Cuando copulan, los animales también son peligrosos para los católi­cos: «(...) no hay duda de que unos ojos castos evitarán una visión tan gratuita». Pero, para el caso de la cría ganadera, todavía se sigue reco­mendando en los siglos XIX y XX que, «cuando el macho cabrío monte a la cabra o el toro a la vaca» —¡Ave María Purísima!— más vale que asistan «personas casadas o ancianos» antes que «solteros y jóvenes, porque los primeros son menos excitables». Esto también está escrito con licencia eclesiástica.

Peca incluso —aunque venialmente— quien mira sin lujuria (¡si es que puede!) las «partes deshonestas» de los animales o los observa durante el apareamiento. «Acariciar animales es más o menos pecaminoso, dependiendo de la intención con la que se haga y del peligro de polución que conlleve». La teología moral examina el problema de que «las partes sexuales rocen al animal y haya frotamiento»; pero no se para ahí, y también analiza casos como la «introducción en la vagina del pico de una gallina», o el de la mujer «que pone saliva o pan en la vagina para mover al perro a lamer sus partes pudendas», o que masturba al animal «para poder intro­ducir el miembro erecto en su vagina».

El caso del pico de una gallina introducido en una vagina humana al que se refiere la teología moral católica no es mencionado ni siquiera por el doctor Kinsey, que recoge los más variados contactos eróticos: desde dejarse olisquear por un perro o lamer por un gato hasta coitos completos, así como actos sexuales (generalmente protagonizados por hombres) con temerás, ovejas, burros, patos, gallinas y gansos, incluso en los mataderos. De cualquier forma, Kinsey escribe acerca de «personas extremadamente religiosas» que «obtenían una total satisfacción de sus instintos por medio de animales, ya que estaban convencidos de que el coito heterosexual era moralmente inaceptable» (!) (9).

2. ¿ESTÁ EVOLUCIONANDO LA TEOLOGÍA MORAL?

Claro que ya hace tiempo que oímos la misma réplica: desde entonces, el pensamiento de la Iglesia se ha vuelto bastante más liberal y tolerante. Muchas de las cosas que se defendían hace algunos años (¡hace algunos años!) y que aún siguen defendiendo los conservadores han quedado superadas e incluso han sido denunciadas por los moralistas; con otras palabras, se ha producido un cambio notable («también en esto»), hay nuevas perspectivas, progreso, más dinamismo, un pensamiento evolutivo, etcétera. Pero como quiera que sea, ahí queda la devastadora doctrina impartida durante diecinueve siglos. ¡Y diecinueve siglos pesan más que los últimos diecinueve años!

Y además, ¿está cambiando de verdad la teología moral? ¿O nos encontramos simplemente ante unos cuantos giros semánticos desvergonzadamente innovadores unidos a la tradicional falta de carácter? Por su­puesto que, hoy en día, cuando la castidad importa tan poco (aunque algunas jóvenes negras todavía pagan con la vida la «afrenta» de una desfloración prematrimonial, aún existen en la tierra del Papa pólizas de seguros de virginidad y en Weri —un lugar de peregrinación en Alemania Occidental— se cobran 4,30 marcos por un medallón que, cosido en las enaguas, protege contra una posible desfloración), los teólogos procuran por todos los medios darse un nuevo aire.

Alius et ídem

Un ejemplo. «La teología no se sitúa en la eternidad, sino en la historia. Quizás hubo teólogos que pretendieron haber escrito para todas las épocas, pero precisamente por esa actitud ya estaban ligados a su tiempo; porque pertenecían a una fase de la historia en la que el ser humano no captaba su propia historicidad o no la captaba lo suficiente. Esa fase parece definitivamente terminada. En la actualidad, somos conscientes de que hacemos teología en la situación presente. Intentamos seguir siendo fieles al mensaje salvífico, que vale para todas las épocas, pero traduciéndolo para este nuestro tiempo. Al servicio de tal modo de entender la teología, hemos hablado en este libro del pecado, de sus grados y de sus consecuencias, del pecado del mundo y del pecado original. La fidelidad a las constantes del mensaje salvífico nos ha obligado a ofrecer largas explicaciones y distinciones aparentemente sutiles (!) entre este mensaje y la forma de la que se ha revestido en el pasado. Esas explicaciones han tenido por objeto presentar dicho mensaje según la imagen que hoy tenemos de la persona y del mundo».

Este pasaje refleja la táctica con exactitud: siguen siendo «fieles al mensaje salvífico, que vale para todas las épocas» y, al mismo tiempo, no les queda más remedio que «traducir». Otro moralista, con la vista puesta en el Vaticano Segundo y su constitución pastoral, Gaudium et Spes, ex­presa lo mismo con desvergüenza aún mayor: el mero hecho de que ya no se hable tanto de «verdades eternas» como de «realidades terrenales» mues­tra que se tiene la firme intención de «encamar la palabra de Dios en nuestro tiempo».

¡Pero es que han hablado de «verdades eternas» durante casi dos mil años! ¡Han proclamado verdades eternas! ¡Los creyentes han vivido, han sufrido y han muerto por ellas durante dos mil años! Y ahora, cuando tales «verdades» estorban a los exégetas, éstos prefieren dejarlas en el trastero, con la ropa vieja, y simplemente optan por no hacer referencia «a pasajes concretos de las Escrituras» en las «cuestiones del mundo de hoy» (¡cuando no encajan!); es lo que Horacio decía de Apolo: alius et .ídem.

Otros subterfugios

Por de pronto, los estrategas de la teología nunca prescinden de autoin-culpaciones ni de explicaciones que suenen a «progresistas». También reconocen ciertos «puntos oscuros» en el pasado, pero sin arrojar sombras de duda sobre la Iglesia.

Hablan de la «era de la mojigatería» ¡como si hubiera sido un asunto de una o dos décadas, como la «era Adenauer» o la «era del fascismo»! Explican que «no sólo individuos, sino generaciones enteras (...) rindieron culto al 'no querer saber' o, al menos, guardaron una apariencia de infantil ingenuidad» ¡como si precisamente la Iglesia, tutelándolo todo, no hubiese fomentado a cualquier precio este culto al permanente infantilismo! Re­chazan «la actitud de muchos de nuestros abuelos que, basándose en viejos tabúes, veían toda la esfera de lo sexual como impura» ¡como si sólo hubiese sido la actitud de «nuestros» abuelos o quizás, simplemente, una actitud «de abuelos»!, ¡como si la Iglesia no hubiera predicado e inculcado esos tabúes constantemente, bajo la amenaza de los peores castigos en esta vida y en la otra! «La buena educación», se dice, «exigía una completa ignorancia y, generalmente, la educación era identificada con la moralidad». Sí pero, ¿por quién?

Quieren disculparse imputando el pesimismo sexual, sobre todo, a Platón, la Estoa y el gnosticismo, pese a que sólo tomaron de éstos lo que les interesaba. Le echan las culpas a la medicina, la filosofía y hasta las «creencias populares» del pasado, que pretenden haber asimilado irrefle­xivamente. Pero ¿por qué irreflexivamente? ¿Y por qué irreflexivamente durante nada menos que dos mil años? ¿Acaso no influyeron ellos en todo, incluida la filosofía? ¿No fueron las creencias populares un simple producto de la teología y no al revés? Querrían hacernos creer que la difamación del sexo se debió exclusivamente a los herejes, al movimiento de los cataros. Su rechazo del cuerpo y del matrimonio habría influido en la Iglesia, por la ley de la aculturación, bastante más que la propia teología. Porque, en las «guerras culturales, la aniquilación de la víctima supone, en parte, su asimilación». Pero ¿por qué hubo aniquilaciones? ¿Para poder asimilar? ¡Como si no se hubiera asimilado lo bastante el rechazo al cuerpo y al sexo por medio de San Pablo! (supra); ¡o por medio de Orígenes, el mayor teólogo de los primeros tres siglos del cristianismo, que se castró por su propia mano! (supra); ¡o por medio de San Agustín, que se ha convertido en un clásico de la aversión al sexo! (supra).

Naturalmente, en el caso de San Agustín la culpa la tuvo el mani-queísmo; Platón y la Estoa influyeron decisivamente en Orígenes; y el judaismo y el paganismo, en Pablo. Entonces, ¿qué es el cristianismo? ¿Todas esas cosas? ¿O ninguna de ellas? Simplemente, lo que les convenga en cada momento. Y si necesitan lo contrario, eso también será cristiano. Y si necesitan algo intermedio, también será cristiano. Y si no les conviene ninguna de las posibilidades, entonces se tratará de algo helenístico, romano, judío, pagano, hindú...

Incluso cuando admiten que el rechazo católico de la sexualidad tuvo una «expresión insuperable» en «la última época de la Iglesia», se trata de un simple reflejo de la «sociedad burguesa puritano-victoriana».

Asi y todo, algunos moralistas acusan a sus predecesores de haber defendido una «moral teórica, alejada de la vida» y piensan que «aún están a la búsqueda de la Verdad» (¡después de haber predicado la Verdad Eterna durante diecinueve siglos!). Apocados de repente, partiendo de «una interpretación relativa de los preceptos divinos referentes a la persona», se vuelven contra «una paralización, una esclerotización» —consecuentes, dinámicos, «progresistas»—, adoptando una postura en la que su precipitada afirmación de que «obviamente, nos ha sido dada la verdadera fe en Cristo» desconcierta tanto como su referencia a las «limitadas posibilidades de que la Iglesia se equivoque»; como si la práctica no demostrara —desde San Pablo a Juan Pablo II— que los errores de la Iglesia son infinitos. También resulta penoso cuando presentan la santurronería del pasado como una especie de equivocación coyuntural, disculpándola mediante la refe­rencia a los recientes hallazgos de la antropología y la psicología, cuyas tendencias progresivas fueron combatidas con especial acritud precisamente por el clero. Hoy prometen una mayor comprensión y rectificaciones fundamentales, pero sólo para defender unas posiciones que son desde hace tiempo endebles.

Por tanto, y en principio, un solemne mea culpa, al menos por parte de los apologetas «progresistas». Se habría visto el principio del mal «en todo», muchas veces se habría valorado la sexualidad «equivocadamente», «exagerando el valor de la virginidad para la gente» y «exagerando» tam­bién el «carácter pecaminoso» de aquélla. «Muchas veces se habría actuado como si los pecados contra el sexto mandamiento fuesen los pecados». Y otras autocríticas similares. Además, se necesitan «una reflexión y un es­fuerzo sinceros» para dar «una forma nueva» y realmente moderna a todo esto, hay que conseguir hacer un «examen profundo», construir una «pe­dagogía sexual sana». ¿Cómo? «Haciendo sitio de nuevo a la ética en la pedagogía sexual». ¿De nuevo? Por supuesto. Pues «se verá que nuestra visión católica del asunto tiene mucho que ofrecer, precisamente porque ha penetrado en la Naturaleza con una mirada tan abierta (!) y tan profunda (...) que el punto de vista que mejor se ajusta a las leyes biológicas es el católico», ¿Y cómo es este punto de vista católico ajustado a las leyes biológicas? Normalmente se recurre a la figura del luchador «que tiene que prepararse para una larga y dura batalla contra sus pasiones, que tiene que triunfar en una guerra sangrienta».

Así que están donde siempre han estado.

«Reconozcamos abiertamente», escribe otro católico, «que tenemos que rectificar y reparar una infinidad (!) de cosas. Todavía no hace mucho tiempo nuestra sensibilidad moral estaba determinada por la mojigatería y el rechazo a la naturaleza, más en la vida práctica que en nuestros princi­pios. Hoy se trata de recordar lo esencial: también en la moral. La realidad que había levantado muros de protección alrededor de la vida moral ha desaparecido. Tenemos que acostumbrarnos a eso. Ahora más que nunca, la decisión sobre lo que hay que hacer y lo que no en el orden moral le corresponde al individuo. Dependiendo de las circunstancias prácticas de la vida, puede encontrarse de un día a otro ante situaciones en las que lo único que decide es la conciencia personal. Formar esta conciencia sobre la base, a la vez, de una sana naturalidad y de una fe viva, espiritualizada por la gracia, y educarla para la independencia (!) en las cuestiones aquí tratadas, debe ser, por ello, la tarea de la formación espiritual de nuestros días» (10).

Es decir que, de entrada —por seguir el texto—, miran aterrados a su alrededor y, por lo visto, tiemblan, moderadamente horrorizados: ¡hay que reparar y rectificar una infinidad de cosas! Hasta hace poco lo que había era mojigatería y rechazo de la naturaleza; y aquí empieza el arte de tergiversar y ponerlo todo patas arriba: la mojigatería era más una cuestión de práctica que de principios. Sin embargo, de hecho, las predicaciones de los sacer­dotes siempre han sido mucho más mojigatas que las de los laicos... y también sus propias vidas. De hecho, tampoco se alegran de la caída de los antiguos «muros de protección». Más bien la lamentan, en el fondo preferirían la vieja mojigatería y la moral de la virtud, y por ello aspiran, como de costumbre, a recuperar la «sana naturalidad» y la «independencia» que en este caso son sinónimos de antínaturalidad y dependencia total.

Revolucionario con hábito

Algunos moralistas más ambiciosos y «progresistas» amplían esta maniobra —que otros han desarrollado sólo parcialmente— a toda una obra completa.

Esos moralistas llegan a descalificar productos de teología moral de gran difusión hasta casi nuestros días, tachándolos simplemente de «inser­vibles», aludiendo no sólo a las doctrinas morales de papas como Pío XII y Pablo VI, sino incluso a Doctores de la Iglesia como San Agustín y (con mucho más cuidado, eso sí) Tomás de Aquino; o sea, que la discusión abarca desde un recorrido relativamente festivo por el pecado original hasta una rehabilitación de Van de Velde. Un lector superficial y con imaginación, después de doscientas páginas de semejantes sueños amorosos (en los que hasta se pide a las parejas que mantengan relaciones prematri­moniales, al menos en algunos casos; lo que «nunca» y «de ningún modo» significa dar «carta blanca para todo»), podría creer que en el catolicismo se ha desencadenado una bacanal de santificación de los sentidos y divini­zación dionisíaca del sexo.

Sólo después de que nuestro propagandista «de la cultura erótica», como asustado de si' mismo, aclare que las «investigaciones anteriormente expuestas seguro que dejarán atónitos a muchos en la Iglesia y hasta en el mundo secular», da a entender con más claridad (de lo que lo había hecho antes en ciertos momentos) que «el aggiomamento de la moral religiosa correctamente entendido» no consiste en ningún caso «en una reducción o en un abandono del mensaje evangélico por una adaptación oportunista a las necesidades del gusto de la época», claro que no, se trata «justamente de lo contrario, de poner al descubierto lo que el mensaje cristiano significa propiamente para nosotros hoy (...)» Etcétera.

Entonces demuestra con ayuda de Freud y de Marcuse (!) que uno «no puede abandonarse al principio del placer en cualquier situación». Consecuentemente, «debemos desarrollar nuestra capacidad de frustración». Es cierto que, por lo que respecta a los instintos, «no todos (!), ni mucho menos, pueden ser etiquetados como de indeseables o 'malos'». Pero «no puede prescindirse de las exigencias esenciales de la ética, tal y como han sido conformadas a lo largo de nuestra historia cultural y social, sin dañar al individuo y a la sociedad».

Y aquí vienen, lamentablemente, «los conocimientos que la medicina aporta en este contexto». Ya en la frase siguiente, nuestro vanguardista se coloca en el terreno de las «perversiones sexuales» y de la «psiquiatría». Entonces caemos rápidamente y, prosiguiendo «una búsqueda cada vez más intensa del placer», nos precipitamos en la «relación entre 'sexualidad y crimen'». En fin, logramos entender así. incluso «desde la perspectiva de las ciencias más objetivas», por qué la tradición teológica ha hablado «de una específica desintegración de la esfera sexual por el pecado origi­nal»; por supuesto, sin que ello suponga «una visión de la sexualidad fundamentalmente pesimista».

Obsérvese que termina por mostrar bastante comprensión hacia el pecado original que, de entrada, había sido descrito en tonos muy negros. Entre medias, el experto sacerdote también dedica un capitulito a reivindicar con mucho énfasis a Tomás de Aquino, su brillante compañero de orden, al que había atacado ligeramente. Sólo faltaba que hubiera revocado la rehabilitación de Van de Velde, trámite que se ahorra debido a la escasa significación de éste.

Claro que las citas, «por falta de espacio», son algo simplificadoras y «arrancadas de contexto» porque si no la cosa difícilmente funcionaría. Pero cualquiera que las lea podrá explicarse por qué el mismo autor que reconoce que «el rechazo de la sexualidad está profundamente arraigado en la conciencia de la Iglesia», que este rechazo de la sexualidad ha en­contrado «una expresión absolutamente insuperable (!) en el mundo cató­lico» y que la religión judeocristiana ha tenido una «participación importantísima» en la «discriminación de la sexualidad y de la mujer», en medio de semejantes afirmaciones, asevera: «no es exagerado decir que el cris­tianismo ha librado una gigantesca lucha en nuestra cultura contra la difa­mación radical de la sexualidad humana, contra el desprecio de lo corporal o contra la subestimación de la mujer por principio» (11).

Casi siempre el mismo engañabobos

Los «progresistas» casi siempre trabajan con arreglo al mismo patrón. Admiten que las cosas se han hecho mal durante casi dos mil años, y lo hacen generalmente sin rodeos y no dejando títere con cabeza, o con tal radicalidad y tales deseos de transformación que se diría que la Revolución es inminente; pero al final no hay nada, salvo los viejos ardides.

Cierto teólogo moral contemporáneo escribe con desparpajo que «la Iglesia se ha declarado en todas las épocas contra todo tratamiento negativo de la sexualidad creadora» en la misma página en la que aparece la siguiente jerarquía: sexo; por encima de él, «más amplio y más alto» el Eros; y finalmente, «infinitamente (!) superior a ambos», el Ágape. Pero esto no es difamar el sexo, ¡por supuesto! Ni difamar la sensualidad o el placer. «Es un error descalificar esas partes del cuerpo como 'impúdicas', como se hacía en el pasado». Porque todo es bueno y querido por Dios. Y, por tanto, todo lo que ha sido hecho por el Creador tiene su completa aproba­ción, su placel... y es que son gente tolerante.

Ellos sólo están en contra de «apurar» el goce de la vida; en contra de paladear el sexo, del placer intensivo. Porque «es verdad que el instinto es un designio de Dios y, por tanto, bueno. Pero ¡ay, cuando la persona no puede controlarlo! Cuando da vía libre, sin cortapisas, a sus instintos des­enfrenados, ¡se convierte en una bestia! Pregunta a las mujeres y jóvenes que conocen el Oriente; ¡ellas se han estremecido ante la bestia humana incontrolada!». Una afirmación que, de paso, apunta a que las bestias incontroladas, los «infrahombres» como se les conocía ya en la época eclesiástica y fascista, viven en Oriente y amenazan a nuestras vírgenes occidentales... y que el verdadero horror de la guerra no son los muertos, que serían una especie de producto marginal de ella, sino los contactos sexuales extemporáneos. Esta es la moral de la Iglesia.

En efecto, cualquiera que sea el instinto, «hay que refrenar la concu­piscencia, allí donde comienza el pecado (...), las almas inmortales no pueden ser víctimas de los instintos. No estamos en la Tierra para apurar los goces de la vida, sino para ganamos el Cielo mediante el sacrificio y la lucha». Vivir la vida, no; ¡mortificarnos, sí! (cf. infra).

El instinto sexual rebaja a la persona por debajo del nivel de los animales

Sacrificio y lucha siempre fueron bienvenidos por la Iglesia: sacrificio y lucha en su beneficio, naturalmente. Por ello, uno de los «mejores ma­nuales de comienzos de siglo» dice de la relación sexual que es «una cosa sucia en sí misma y penosa por sus consecuencias». Y aún más, en los años veinte, el católico Ríes advierte contra el «placer ciego y bestial» y afirma, con licencia eclesiástica, que el cuerpo humano arrastra al espíritu (...) hacia lo bajo y lo bestial». «La castidad absoluta y una vida de total pureza desde el comienzo es la única manera de dignificar verdaderamente al ser humano». «El ser humano sólo puede preservar la dignidad que el Creador otorgó a su naturaleza sometiendo victoriosamente la concupiscencia y los bajos instintos sensuales» y «refrenando el instinto sexual (...)». «Pero el más poderoso de los instintos es el instinto sexual (...) que apaga completamente la llama divina de la naturaleza humana, deshonra a la persona en cuerpo y alma y le rebaja a la condición animal, e incluso por debajo de los animales».

Cada cita clama: sólo los castos son verdaderos seres humanos.

Aún hoy, «cualquier excitación sexual premeditada» fuera del matrimonio sigue siendo considerada pecado mortal, y lo mismo ocurre cuando se cede voluntariamente a un deseo espontáneo. Es más, el placer es nada menos que un asunto del Diablo, por muy «insignificante y breve» que sea. «No hay asuntos triviales en este terreno», se subraya.

Las relaciones sexuales de una pareja de novios no son «más que un deslizarse hacia la animalidad»; a los novios ni siquiera les está permitido pensar en ello. No deben imaginar sus futuros contactos matrimoniales, de la misma manera que las viudas tampoco pueden recordar sus expe­riencias del pasado. El autor es tan descarado, mejor dicho, tan necio, como para escribir que un hombre no puede respetar ya a su mujer cuando ha estado «en brazos de una prostituta».

En efecto, el pecado sexual parece tan terrible que se puede desear «al prójimo cualquier mal, incluso la muerte» (!), «con tal de que un joven inconsciente no se llegue a descarriar» (12).

El cardenal Garrone habla del «hedor narcotizante del sexo»

A pesar del cambio teológico, a pesar de todos los nuevos matices, perspectivas, expresiones y frases desenfadadas, muchos católicos se quejan hoy en día del «evangelio de la carne y del embrutecimiento», de «la dictadura sexual», del «canibalismo sexual», esa «epidemia» del «hedor narcotizante del sexo», del «maldito sexualismo de nuestra época», del «sexo infrahumano». Al otro lado de la represión de los instintos acecha el «caos», el ser humano que afirma el placer por el placer se hunde «en una existencia propia de animales», se entrega a «una esclavitud despiadada», a la búsqueda de «la depravación y el sadismo... al final de los cuales se encuentra el crimen sexual» y la «aniquilación de un pueblo».

Todavía hoy no vacilan en afirmar oficialmente que la «equivocada adoración del sexo y el erotismo» ha provocado y provoca «una esclavi­zación de la humanidad tan grande» como la que produce el «abuso del poder»; sugiriendo con «equivocada adoración» que habría una adoración no equivocada del sexo y el erotismo (en privado pueden ocultar toda clase de adoraciones). Todavía hoy difaman la tendencia a una mayor espontaneidad y unas relaciones personales más fluidas, hablando de «cuesta abajo» y de «rebajamiento del comportamiento humano (...) al nivel ani­mal», lo que llaman con bastante expresividad «educar a la juventud». Denigran la sexualidad incluso cuando pretenden defenderla: «la esfera sexual no debe ser considerada desde una perspectiva puramente (!) nega­tiva». ¡Y es que ven a los amantes como individuos obsesionados por lo genital! «Constatamos el hecho de que hoy en día (...) la inclinación entre hombre y mujer se limita a la zona inferior del cuerpo. Se ignoran los sentimientos elevados, los afectos personales, es decir, el amor que, par­tiendo del alma, busca a otra alma». Por lo visto, el único capaz de tener esos sentimientos es el célibe que se refiere a un hecho cuya sola mención —falsa por lo que dice y también por lo que sugiere— le desenmascara como un mentiroso, poniendo en evidencia la perspectiva del moralista: su fijación por el sexo de la mujer.

En la respuesta a un escrito de la Asociación Mundial de Jóvenes de Acción Católica solicitando una mayor apertura, Pío XII volvía a subrayar con toda claridad en 1952 «las obligaciones fundamentales de la ley moral» y, entre otras cosas, explicaba que «el adulterio, las relaciones sexuales entre personas solteras, los abusos en el matrimonio y el placer solitario fueron estrictamente prohibidos por el legislador divino». El Papa ordenaba bruscamente: «no hay.nada que probar Cualquiera que sea la circunstancia personal, no hay rnas opción que la de  obedecer» (13). Y las cosas han seguido exactamente igual con los papas que le han sucedido.

Así que sería erróneo insistir en que la doctrina moral de la Iglesia ha cambiado en los últimos tiempos. Primero, porque algunos años de aparente adaptación cuentan poco o nada frente a casi dos mil años de educación defectuosa. Segundo, porque, aparte de una pequeña minoría de teólogos, la amplia «literatura de orientación» de la Iglesia sigue tan apegada como siempre al viejo dualismo del instinto y el espíritu, del sexo y el alma. Tercero, porque las masas católicas (¡y no sólo ellas!) apenas se han aprovechado de las insignificantes concesiones de los «pro­gresistas» ya que el cambio a mejor es una simple comedia de cara a los intelectuales. Cuarto, porque la teología moral «seria» está, en el fondo, donde siempre ha estado. Y quinto, porque la Iglesia puede retractarse de sus concesiones en cuanto las circunstancias se lo permitan.

CAPÍTULO 26. ORIENTACIÓN SEXUAL CRISTIANA O IGNOTI NULLA CUPIDO

Toda ignorancia es lamentable, pero la ignorancia en un terreno tan importante como el de la sexualidad es un riesgo gravísimo. - BERTRAND RUSSELL

No creo que la tendencia a un hedonismo de orientación sexual pueda ser combatida por pías banalidades censuradas. Las exhortaciones eclesiásticas realizadas desde el pulpito o en charlas privadas con quienes buscan consejo tienen el mismo efecto que una huella de dinosaurio en Colorado. - A. L. FEINBERG 

 

El viejo principio romano «humana non sunt turpia» (lo que es humano no avergüenza) ha sido reprimido en el cristianismo durante casi dos mil años. Las personas cultas tomaban sus conocimientos sobre sexualidad fundamentalmente de la Antigüedad pagana. En 1882 Krafft-Ebing todavía tenía que publicar algunas partes de su Psychopathia sexualis en latín. A comienzos de siglo, las obras sexológicas seguían siendo escasas y apenas había en ellas investigaciones metódicas y sistemáticas. Desde entonces se puede hablar más abiertamente de la vida sexual y, al menos, los científicos ya no tienen que temer la censura de sus publicaciones.

No obstante, a mediados de los años treinta, Erich Fromm todavía protesta de que la mayoría de los médicos carece de educación sexual. En aquella época aún había una infinidad de médicos que defendían tópicos cristianos superados desde hacía tiempo, dejándose utilizar, explicando que la masturbación o las relaciones sexuales normales causaban infecciones dérmicas, disnea, conjuntivitis, cáncer o locura; y también impotencia, pese a que copular con frecuencia no debilita, sino que fortalece. Posteriores investigaciones mostraron que «dependiendo del objeto de estudio, la cifra de orgasmos iba de uno al año a diez o doce al día, sin que se produjeran en este caso consecuencias negativas. Este hecho era conocido por los médicos desde hacia milenios; sin embargo, no se pudo evitar la profusión de generalizaciones desmesuradas». La fatiga más o menos intensa también solía atribuirse a los excesos sexuales. No obstante, la fatiga es más frecuente entre personas con escasa libido, y unas relaciones sexuales precoces pueden ser una buena preparación para la vida matrimonial.

En todo caso, lo perjudicial no es la actividad sexual, sino los senti­mientos de culpa, las depresiones, ios miedos provocados. Lo perjudicial es la «literatura de orientación» de la Iglesia sobre cuestiones como «mantenerse puro», «llevar una vida sana», etcétera. Hoy no provocan más que efectos hilarantes aquellas terribles y tristemente famosas sentencias del estilo de «se casó a los doce años, fue padre a los trece (...), pero antes de su siguiente cumpleaños la hierba crecía sobre su tumba»; algo parecido ocurre con el «psicopater» Leppich (el «mesías de las manos en los bolsillos») cuando clama: «individuos agotados que ya mantenían relaciones sexuales a los dieciocho años, a los veinticinco estaban arruinados y acabados (-..)». Con todo, seguramente encontrará cierta audiencia cuando sugiera a su público que a los enfermos sexuales, a los «frutos podridos», les aguarda una existencia «idiotizada» en «enormes manicomios», aunque ésta es una consecuencia más bien excepcional de las enfermedades sexuales. Leppich también trata constantemente de que sus oyentes crean que la masturbación conduce a la locura, suscitando la ironía de los parodistas.

No obstante, la moderna sexología coincide con la moral eclesiástica —que, por lo visto, pervive incluso entre quienes se han venido burlado de ella desde hace tiempo— en tanto que, a priori, difama todo comportamiento sexual alternativo, es decir, no conforme con las normas cristianas y las costumbres burguesas, tachándolo de defectuoso, perverso, psicopatológico y anormal. Se habla todavía hoy de la «miseria de la sexología»; y es que la mayoría de los médicos siguen siendo incapaces de diagnosticar —y mucho menos de tratar correctamente— enfermedades y trastornos de origen sexual: como decía el sexólogo Volkmar Sigusch en 1974, muchos médicos siguen teniendo «unos puntos de vista inauditos sobre la sexuali­dad» (2)

Adultos desprevenidos

Así que no debe extrañar que los conocimientos de la gente sobre lemas sexuales sean bástanle escasos; que sean sobre todo los jóvenes quienes relacionen el órgano sexual femenino con la idea de suciedad. quienes crean que una gran actividad sexual disminuye sus fuerzas físicas y su lucidez mental, u otros disparales parecidos.

El psiquiatra A. Hesnard, presidente de la Société francaise de Psychanalyse, advierte que la vergüenza, el desprecio y el rechazo a lo sexual hace tiempo que dejaron de ser patrimonio de los círculos religiosos, e informa de la aversión insuperable de muchas personas a hablar del problema. Menciona a algunas mujeres que carecían de lodo conocimiento sexual: una doctora de treinta años que no sabía nada de su propia vagina; una académica que, al ver el miembro erecto de su marido en la noche de bodas, sufrió un shock que terminó provocándole una neurosis. «A menudo nos hemos encontrado con adultos inteligentes que nos preguntaban sobre la sexualidad femenina, ya que creían que los órganos sexuales servían únicamente para la reproducción. Mujeres que habían estudiado literatura o ciencias no sabían en qué consistía el acto sexual (-..)».

Según un ginecólogo francés, de las dos mil personas que trató en 1959, sólo cinco hablaron libremente de temas sexuales: un porcentaje que es la regla general. Hace algunos años, el Servicio berlinés de Asis­tencia a Personas Desesperadas descubrió que la mitad de los diez mil maníacos depresivos y suicidas potenciales atendidos padecían trastornos sexuales. Y más recientemente, según una encuesta de Pro familia entre diferentes facultativos, el 25% de lodos los pacientes tenían alguna disfunción sexual.

Pero casi todo esto es el resultado de ese «espíritu» que incluyó en el Índice el manual para matrimonios de Van de Velde aparecido en 1926 y que llegó a atacar a Lineo por dividir las plantas en sexuadas y asexuadas (como dice Friedell. también habla de «varios estambres con un mismo ovario que viven en concubinato»), fecha/ando su clasificación como «in­moral» y como un «insulto no sólo a las plantas, sino también a Dios, que nunca habría permitido una inmoralidad tan horrible».

A comienzos del siglo XX en las escuelas alemanas general mente .sólo se hablaba de semillas y de fecundación en clase de botánica; «por influencia de la Iglesia» como subraya un teólogo. Y en las representaciones del cuerpo humano de los manuales solían faltar los órganos sexuales; los dibujos de hombre y mujer eran asexuados.

Aprender de los perros vagabundos...

Las cosas tampoco cambiaron posteriormente en todo el mundo cris­tiano. «La escuela no nos ayudaba», recuerda el americano A.L. Feinberg. «Las charlas sobre la estructura y las funciones del cuerpo humano termi­naban en el ombligo (...). Empollábamos los nombres latinos de las zonas del cerebro o de los huesos y hasta la nomenclatura científica de algunas plantas. Pero sobre los órganos sexuales sólo aprendíamos lo que se ense­ñaba en las esquinas de los callejones, en conferencias pronunciadas en un lacónico inglés. Los perros vagabundos nos instruían mejor que nuestros maestros». El americano Vanee Packard cuenta que la educación sexual de su escuela había consistido en una charla de media hora de los chavales —separados por sexos— con el médico, el cual se había pasado la mayor parte del tiempo describiendo a «las dos bestias» que acechaban en los dormitorios de la institución: «Sífilis y Gonorrea». Y recientemente tenemos el caso de aquel joven inglés de clase alta que tenía que ocultar sus trabajos de biología sobre los órganos sexuales de un conejo porque su madre se hubiera puesto fuera de sí de haberlos descubierto. En Suecia, muchas de las clases de educación sexual —que es obligatoria en todas las escuelas desde 1956— son dadas por sacerdotes, pero, por lo general, se trata de una instrucción conservadora y moralizante que reprueba las relaciones prematrimoniales y casi nunca recomienda la masturbación.

Así y todo, algún miembro de la Iglesia evangélica reconoce que «en el siglo pasado (...), la cristiandad ha desconocido a menudo el papel trascendente del amor sexual y, por tanto, del amor conyugal»; también admite que «hasta ahora» no se ha tratado el problema, sobre todo el de la información sexual a los jóvenes. Es decir que, como escribe Hans-Jochen Gamm, «sigue estando vigente la que durante siglos ha sido la praxis docente del Occidente cristiano: el ser humano tiene un cuerpo, pero su instinto no es objeto de conocimiento (...). Mucha gente cree que lo mejor en estas cosas es el silencio» (3).

Teología al estilo Courths-MahIer

¡Y hay que ver cómo orienta la Iglesia a los jóvenes! ¡Qué bisutería religiosa les ofrece, cómo les machaca en pleno siglo XX con que las relaciones prematrimoniales coartan el amor espiritual, perjudican la se­xualidad conyugal y conducen a la prostitución! Siguen repitiendo que quienes atenían contra la castidad son peores que las bestias, que para ellos «ya no hay nada santo», que su fantasía «ya no es sino un buitre que revuelve en la podredumbre». «Sólo le interesan las bajezas en esta Tierra de Dios maravillosamente bella». En el Llamamiento a los jóvenes con nobles aspiraciones, los jesuítas lanzan la siguiente amenaza: «No tienes más que una alternativa: o castidad absoluta o a la ciénaga». Ya que: «(...) et lujurioso, el sinvergüenza, como se le llama con toda justicia, carece de amor y de honor; el instinto desordenado y bestial le ha arrancado las dos cosas del corazón».

Mienten sin escrúpulos cuando dicen que las relaciones prematrimo­niales vuelven a las jóvenes frías y han sido «a menudo el comienzo de la decadencia de una cultura». «Las relaciones íntimas y secretas con personas de otro sexo constituyen sin duda la peor y más nefasta de las perversida­des». Más aún —y ya es difícil hallar una fórmula más curiosa de invertir la realidad—: son «una de las principales causas de neurosis» (¡protesta del embrión contra los excesos!).

De modo que la incontinencia termina por acarrear «consecuencias terribles», «pérdida de memoria», «envejecimiento prematuro», «decadencia y corrupción». «¿Puede uno sorprenderse de que algunos no puedan soportar estos tormentos y, desesperados, se quiten la vida? ¿O de que muchos pierdan la razón y acaben en una completa enajenación mental?». No: uno no puede sorprenderse de ello. «Algunas muchachas, pilladas por sorpresa (!) por su joven pareja, salen de la sala de baile para volver a entrar después con el cuerpo y el alma rotos o, simplemente, para no volver a ella». Pero lo que la frase constata es que vuelven rotas porque han sido pilladas por sorpresa, por culpa de la terrorífica propaganda de quienes califican la «lascivia» de «verdadero foco epidémico», o de «verdadera epidemia». La lujuria «infecta al matrimonio y a los hijos. Cada año, miles y miles de infelices sufren las consecuencias de los pecados de sus padres».

«¡Qué horripilante obra la de la seducción! Ahí está el jardín del corazón, lleno de fragantes flores. Todo está verde y florece en su fecundo esplendor y allá arriba brilla el cielo radiante de la complacencia divina. El libertino lo ve y se desliza como antaño la serpiente en el Paraíso. ¡Atrás, desgraciado!». Courths-MahIer parece sobria al lado de esto. Hasta entonces: «todo el esplendor primaveral de las flores y los capullos», «el milagro primaveral del joven amor, de la felicidad matrimonial». Pero como suele suceder con estos cerdos, llega la «noche de la incredulidad» y «el rocío de la gracia ya no volverá a fructificar la tierra seca». Por el contrario, el joven católico tenía «sangre joven y noble», era «un príncipe real», «¡príncipe heredero del Cielo!». «Los ojos del joven casto (...) ¡te miran tan claros, tan serenos, tan alegres! Brillan y refulgen con un es­plendor sobrenatural». «¡Oh, joven casto! ¡Qué hermosa es tu resplande­ciente sonrisa!». ¿Y el libertino? «El libertino casi no puede reír». Sólo le queda «una risa burda, vulgar, cruel, que más bien recuerda al gruñido de un animal (...)». ¿Y su alma? Sólo hay una cosa que se le parezca... «Sa­tanás en el Infierno».

Millones de seres humanos han sido educados con semejantes sandeces criminales respaldadas por la Iglesia hasta la actualidad; se les ha atemo­rizado, se les ha inculcado una angustia literalmente diabólica. Y, como escribe A.S. Neill, atemorizar a un niño es el peor de los crímenes (4).

«¡Si no tuviera amor (...)!» ¿Y si no tuviera el infierno?

Eliminaron el placer y alimentaron el miedo. Miedo a la masturbación, a fornicar, a los métodos anticonceptivos. Miedo a las «perversiones»... y a los compromisos. Una incesante producción de bloqueos sexuales e insatisfacciones.

«(...) El amor, corazón de la moral cristiana (...) ¡Ni hablar! ¡Su cora­zón es la angustia, el miedo! En todo caso, una esperanza fingida. Pero hoy en día ¿a quién seduce su Cielo? En cambio, su Infierno tuvo colorido desde el principio, era la terrorífica invención de sus mejores cabezas. Y es que, como Gregorio Nacianceno, lo hacían todo «con la vista puesta en la otra vida». «Nos arrojamos en brazos de esta doctrina por temor al Juicio final», opina Tertuliano. Aunque el miedo a la muerte y al Juicio final también podía arrojarlos al placer camal. Un cristiano escribió no hace mucho que si el «nacimiento» del Diablo, en el sentido en que lo conocemos en la actualidad, coincide con el comienzo del cristianismo, es «sobre todo por obra del redactor del Nuevo Testamento».

El Apocalipsis de Pedro, falsamente atribuido a éste, ya pintó en el año 135 con tonos terribles los tormentos reservados en el Más Allá para los lujuriosos; las imágenes quedaron inmortalizadas en la obra de Dante:

«Y otras personas, mujeres, estaban colgadas por la nuca y los cabellos sobre aquel cieno borboteante. Eran las que se hacían artificiosos trenzados, no por amor a la pura belleza, sino para mover al placer y para capturar las almas de los hombres. Y los hombres que se habían acostado con ellas eran colgados por los pies y sus cabezas estaban hundidas en el cieno. Entonces decían: 'no creíamos que acabaríamos en este lugar'».

Durante dos mil años han vivido del miedo, han tenido poder porque otros temían y han mantenido el culto a Satanás con todo su fervor. Y es que, como dice Diderot: «quítesele a un cristiano el miedo al Infierno y se le quita su fe». Por eso, en pleno siglo XX, el clero sigue invocando al Diablo, alarmando al penitente con una receta de probada eficacia: «¡mira ese cuerpo que llevas contigo! ¿Qué será de él allá abajo? Tus ojos que pecaron, que lanzaron miradas voluptuosas, que contemplaron demasiado la belleza del mundo y la vanidad, ahora arden y ya no ven ningún rayo de luz, sino unas tinieblas absolutas y eternas (...). Los oídos que aquí en la Tierra escucharon con complacencia palabras lascivas o que pecaron de cualquier otra manera, ¡cómo arden ahora! (...). Mira tus manos, quizás sacrilegas, con las que cometiste tantos pecados, pecados infames. Su penitencia será tan grande como sus sacrilegios (...). ¡Todo tu cuerpo, tu carne pecadora, hierve en el fuego! ¡Las llamas lo devoran ansiosamente!». El catecismo amenaza ya a los más jóvenes:

¡Ten siempre presente

las penas del Infierno, tan terribles,

y huye de los placeres!

Ciertamente, la eficacia de esta receta es cada vez menor. De ahí que el Jefe de los católicos, desconcertado, se preguntara en 1972 por qué ya no se habla del Diablo, por qué no se le tiene en cuenta ni siquiera en la vida cristiana. Porque el Diablo existe de verdad. Y no sólo hay «un diablo» sino «una temible multitud». El Malo ha adquirido influencia y gobierna «comunidades y sociedades enteras». Satanás es «el Tentador por antonomasia», «una terrible realidad», «el enemigo número uno», y se abre camino en el interior de la persona por medio del sexo, de la embria­guez y de la herejía (5).

«Pedagogía sexual (...) sin decir una sola palabra sobre sexualidad»

La Iglesia no ha dado una (razonable) orientación sexual durante dos mil años. La sexualidad era tabú; antes del matrimonio era mala, pecado, delito y, en bastantes ocasiones, también lo ha sido dentro del matrimonio. De ahí que, cuando una comisión especial de la conferencia episcopal de Fulda presentó en 1939 un memorial sobre Obligaciones y formas de la orientación sexual, los obispos —que, por otra parte, estaban bastante ocupados con la guerra y las victorias de Hitler, tocando campanas, cele­brando misas de acción de gracias, haciendo llamamientos a los soldados católicos para que estuvieran «dispuestos a cumplir con su deber y a ofrecer toda su persona por obediencia al Führer»— no tuvieron demasiado inconveniente en volver a prescindir de la orientación sexual. «Ignoti nulla cupido».

En el siglo XX, los pedagogos sexuales y los charlatanes de la Iglesia siguen empeñados en «descubrir la temperatura adecuada y la correcta composición del aire en el que un niño crece»; demandan con Aristóteles —y con Imprimatur— «que se aleje todo lo malo del alcance y el conoci­miento de los jóvenes»; advierten («con la recomendación de la Conferencia Episcopal Alemana») que nadie «entre en el terreno de la sexualidad sin autorización». ¡Dios santo! Y como remedio no ofrecen «'orientación se-» xual' (...), sino una introducción paulatina a los valores personales que fomentan el respeto» y «una delicada iluminación de los valores que me» recen y exigen el vigoroso compromiso de una santa educación, con todos sus sacrificios».

En pleno siglo XX, pretenden practicar una «pedagogía sexual en su forma más amplia y profunda sin decir una sola palabra sobre sexualidad». En pleno siglo XX, rechazan tanto la coeducación como los baños conjuntos de chicos y chicas y, en definitiva, querrían que no hubiera ninguna forma de orientación sexual. «Es decir, que la educación no puede ser la regla». En pleno siglo XX, esperan «enterrar» la educación sexual de los jóvenes «al menos durante un siglo»; que se mantenga todo lo sexual lejos de los niños porque, de lo contrario, inesperadamente, a temprana edad, pueden recibir algunas impresiones peligrosas que, puestas como huevos de insectos en la carne viva, tal vez se desarrollen convirtiéndose en una tortura o (...) en fuente de tentaciones». (¡Como si la sexualidad no se desarrollara a partir del propio cuerpo y no estuviera orientada al placer!). Sin embargo: «Ceteris paribus, cuanto menos tiene que ver el joven con el problema sexual, tanto mejor. Por consiguiente, ejerce una influencia corruptora hablar constantemente, justo en esos años, del problema sexual».

Siempre lo mismo. «¡Aquí también se puede aplicar el dicho alemán de que no se debe pintar el Diablo en la pared!». El Diablo es la sexualidad.

Nada de camas de plumas... y un alma de ideales perfectos

En pleno siglo XX, su orientación sexual, su «primer principio de pedagogía sexual», consistía en la «profilaxis». ¿Y en qué consistía la profilaxis? En no excederse con los condimentos, o en no dormir demasiado ni en lecho caliente («nada de camas de plumas»). O bien: «que la ali­mentación sea sencilla. Nada de excitantes, sólo algunos dulces y huevos». A cambio, un «alma llena de contenidos ideales, entusiasmo por las ideas religiosas y sobrenaturales, por ejemplo, por la evangelización del mundo o al menos por el trabajo de los paúles y las adoratrices». «Después se tocan las cuerdas del joven en lo más profundo y éstas dejan escapar un acorde tan perfecto que toda el alma se llena con su sinfonía».

Hoy en día, cincuenta años después, todo esto resulta penoso para muchos católicos: de la misma manera que ocurrirá con las opiniones de estos últimos dentro de otros cincuenta años... No obstante, hay quienes ahora mismo siguen extendiendo semejantes especies, con la única diferencia de que sustituyen los «trabajos de los paúles y las adoratrices» por los «buenos camaradas de los Nuevos Alemanes o los Exploradores de San Jorge».

El psicólogo alemán Wolfgang Metzger observaba en 1972 que. de acuerdo con la acepción habitual de pecado, se equiparan «inocencia» y «desinformación» de modo que los educadores se comprometen a mantener a los niños «inocentes» tanto tiempo como sea posible. «Los frutos de este esfuerzo son conocidos: durante las confesiones, niños de ocho años se enteran de que han pecado por ver a su madre en el baño por casualidad y que la magnitud exacta del pecado depende de lo que han visto de ella. Hasta se considera peligroso que los niños del mismo sexo consigan verse en la ducha..». (6).

«Cuando manan todas las fuentes» o el «señor prefecto» se mete en el agua

La Iglesia, coherentemente, tampoco brinda orientación sexual a sus jóvenes clérigos. Una encuesta realizada entre sacerdotes y exsacerdotes arroja respuestas unánimes: «comprenderán que la educación sexual en el seminario era mínima». «En la etapa de formación, la orden no nos pro­porcionó casi ninguna orientación sexual». «Sólo oíamos hablar del matrimonio en las clases de moral y derecho eclesiástico (...). Aparte de esto, todo lo referente al sexo era poco más o menos tabú». «Se hablaba poco de temas sexuales; en la práctica, no tuvimos una auténtica preparación para poder dar orientaciones pastorales sobre sexualidad en el confesona­rio». «La literatura orientativa consistía en manuales de teología moral. Además, era un asunto que debía llevarse en secreto (...), puesto que sólo podíamos leer los capítulos referentes al 'sexto mandamiento' cuando em­pezaba la preparación para la labor de confesión». ¡Y ya sabemos lo que escriben los teólogos morales sobre educación sexual! (cf. supra). Nuestro informante también opina que «aparte de que dichos capítulos siempre estaban redactados en latín (...), no hay nada en el mundo menos apropiado para la educación sexual que esos compendios de citas de clérigos celibatarios. Hay en ellos una inversión, una perversión de la sexualidad».

Claro que alguno de los encuestados, gracias a la «orientación sexual» de la que había disfrutado, pudo resistir todas las «tentaciones diabólicas», pero a costa de padecer gastritis y úlceras, antes y después de la ordenación sacerdotal. «En el seminario, el director espiritual nos explicó que era una buena señal que un muchacho creyera que todo pecado contra el sexto mandamiento era un pecado grave. Aunque las cosas no fueran así... Ni él mismo se lo creía. No obstante, no podíamos bailar, debíamos mantener la vista siempre al frente, para no observar a ninguna chica; no podíamos cantar canciones de amor como 'Cuando manan todas las fuentes' (...). Antes de alcanzar el subdiaconado, nos dieron algunos firmes consejos para mantener el celibato: ojo con los catálogos y los escaparates, no apretar la mano de las jóvenes y sobre todo; no rozar los muslos».

Y en cierto sentido, aún falta lo mejor: un baño en un «seminario episcopal», con su propia playa completamente cerrada. «Nos lanzábamos al agua y retozábamos por ahí. En cierta ocasión se presentó el 'señor prefecto', pero no en bañador, como todos, sino enfundado en un traje negro. Yo, que era novato, pensé: ¡qué gracioso! Los demás no lo veían así. Al final me convencí de que un sacerdote no puede bañarse con baña­dor. Toda nuestra educación era de ese estilo» (7).

Según otra encuesta más reciente sobre sexualidad en Alemania, sólo un uno por ciento de los entrevistados recibió una auténtica información sexual de la Iglesia.

Por qué se quiere dejar la educación sexual a los padres

El Vaticano Segundo pedía que los jóvenes fueran educados en su momento y «del modo apropiado»... pero, sobre todo, como delata la expresión «modo apropiado» ¡«para que se les oriente sobre el significado de la castidad»!

Desde que el Estado regularizó la educación sexual, los católicos protestan con furia contra ella. Según informaciones de prensa de 1972, las asociaciones católicas de padres de familia hablaban, sobre todo en Baviera, de «intromisión». Afirmaban que no había «buena» y «mala» educación sexual en la escuela; «es la idea misma la que es errónea». Por consiguiente, exigían reducirla a un mínimo y, al final, suprimirla; el mismo ministro para el Culto les secundaba: la educación sexual, decía, es «ante todo, un derecho y una competencia de la familia».

Se quiere dejar esta tarea a los padres... para que quede sin hacer. Un teólogo moral se opone al Atlas de Educación Sexual del ministerio de Sanidad germano-occidental con el siguiente argumento: «de todos modos, hay muchas discusiones que son superfinas, porque el niño aprende la diferencia entre los dos sexos discretamente en el seno de la familia (!). Si hace falta alguna otra explicación, serán los padres quienes se la den».

De cintura para abajo: «cochinadas» y «caca»

Pero no se la dan. Los teólogos lo saben bien. E innumerables voces en el catolicismo lo atestiguan:

«No nos explicaban nada». «Por supuesto que la sexualidad como tema era tabú». «No recibí ninguna educación sexual, de mis padres». «Mis padres nunca hablaron conmigo una sola palabra sobre sexualidad». «En casa nunca se hablaba de la vida sexual». «Mi madre me llamaba la atención sobre lo que decía el confesor: hablar sobre sexo es pecado». «Por lo demás, para un milieu católico como es debido, la sexualidad y todo lo que se relaciona con ella era tabú. En la familia no se hablaba de ello en absoluto; en el confesonario, y luego en las charlas de religión, se ponía el sexto mandamiento como punto central y casi decisivo de la vida cristiana: la menor infracción era magnificada hasta convertirla en un pecado 'grave'».

Aquí nos acercamos al punto decisivo. Y es que no se hablaba del tema, pero se hacía sentir con fuerza a los niños que todo lo sexual era extremadamente sucio, pecaminoso y malo, como pueden probar algunas otras confesiones. «A los siete años, me respondieron con una bofetada a una pregunta referida al pecho de una mujer». «Comprendí la situación cuando desde mi casa miré a una chica de mi misma edad que estaba en la (...) calle y que me había mostrado el vientre, por lo que recibí un severo castigo». «Me educaron muy estrictamente. Me acuerdo muy bien de que nos enseñaron que mirar cuando alguien defeca en el baño también es una muestra de lujuria». «Hasta cuando se estaba hablando de que en la vecindad había llegado al mundo 'una cosita pequeña', las voces de los adultos se convertían en un susurro apenas nos acercábamos los niños (...). Comprendí desde muy pronto que todo lo de cintura para abajo tenía que ver con 'cochinadas'». «Todo lo relacionado con los genitales era 'caca'». «La actividad sexual instintiva era para mí libertinaje y desde un punto de vista moral no estaba por encima de la explotación, las matanzas o los crímenes de guerra» (8).

Sin duda se trata de confesiones representativas del sentir de la mayoría de los católicos... ¡de finales del siglo XX! Con ellas uno se siente transportado a los días de San Luis Gonzaga, en la Edad Media, o a la época de los Apóstoles y su Decreto, en el que homicidio y «lujuria» quedaban al mismo nivel (supra).

Cómo convertirse en cristiano

En suma, que el niño no puede oír nada de la cuestión principal. Nt se puede educar, hay que «embellecerle» todo. El joven no debe saber que la vida sexual es tan natural como buena y que todos los desatinos sobre los pecados sexuales no son más que un medio de presión y de poder da)| la Iglesia. El niño cristiano ha tenido que comportarse constantemente de| un modo diferente al suyo natural, ha tenido que parecer inocente aniel cualquier realidad mientras podía y, como consecuencia, se le ha convertido| en un hipócrita desde pequeño «Y los niños de diez años aprenden, gracias a Dios, que no debeal cometer adulterio (...)», escribe Amulf Overland «Al final», continúa, «aprenden algunas cosas de David, Urías y Betsabe», Pero ni una palabra de Darwin.

«Podemos observar los frutos de una tradición cristiana irracional?» inmoral y fraudulenta, que se impone a los niños a la edad en que son más sugestionables y están más indefensos intelectualmente». «Prohibir pensar da sus frutos».

«Si los niños no pueden hacer preguntas sobre lo que les interesa, sobre lo que encuentran extraño o inverosímil, si sus preguntas son res­pondidas con evasivas, ambigüedades o mentiras (...) todo esto ejerce un efecto directa y efectivamente entontecedor».

«Los niños se convierten en 'pobres de espíritu', personas cobardes, adormecidas, obedientes: ¡se convierten en cristianos!». Se convierten en hipócritas.

¿Y si uno no se comporta hipócritamente? ¿Si no muestra «las chispas divinas en la naturaleza humana», la «dignidad conferida por el Creador», el «rocío de la Gracia»? En ese caso, el pastor Arndt recomienda, senci­llamente, ponerle «la mano encima» al «cochino». «Algunos jóvenes asquerosos (!) no entran en razón hasta recibir una sonora bofetada o volar contra la pared con una llave de jiu-jitsu». Y el teólogo católigo Rapp aconseja lacónicamente: «soltarles una bien dada». O bien: «(...) explico nuestra posición. Cuando ya nada sirve, darle en los morros (...). Eso siempre funciona».

La religión del amor, ¡«(...) el corazón de la moral cristiana»! ¿Qué es lo que dice el jesuíta Schroteler? «El educador es el espejo de Dios, si queremos expresarlo en términos religiosos». Debe reflejar la «sabiduría de Dios» para que «los jóvenes vean a Dios a través de él».

Así que imparten una orientación sexual de acuerdo con las circuns­tancias. Tan pronto te dan «en los morros» como, casi a renglón seguido, se expresan «delicada y respetuosamente sobre este ámbito sagrado».

La inolvidable charla matrimonial del obispo Yon Streng

En ese sentido, el obispo von Streng de Solothum, en su Charla ma­trimonial para los novios —porque a los novios ya les revelan algunas cosas sobre la «pequeña diferencia»—, recomienda no hablar de «ovarios», «vagina» y «testículos» —¡y quién los llama así!—, sino de «cuna bajo el corazón de la mujer», de «fuentes de la vida», o de «órganos generadores (...) en el seno del hombre».

El «acto conyugal —una expresión que el obispo tampoco aconseja a los «curadores de almas»— lo transcribe del siguiente modo: el «portal de salida del seno materno, que se abre durante el nacimiento del niño y, a continuación, se vuelve a convertir en puertecilla, es el portal de entrada por el cual los embriones masculinos de la vida encuentran el camino en el seno de la madre». De esta manera, opina el obispo, «una charla matri­monial como la presente sería una preciosa e inolvidable lección hasta para los católicos tibios y para los no creyentes»... «Los novios tienen que poder decirse: 'es sorprendente, en tan poco tiempo, ¡con qué claridad nos ha hablado!, ¡qué preciosas, elevadas y reconfortantes han sido sus palabras!'». Uno puede adivinar qué quiere decir el obispo cuando explica que «poseemos en nuestra literatura católica una gran cantidad de libros y escritos recientes que proporcionan conscientemente un vocabulario exquisito al servicio de una instrucción escrupulosa y elevada».

Habría que recordar las palabras de John Money: «El legado de una larga historia de hipocresía en nuestra sociedad es que las palabras naturales en el terreno sexual han sido desterradas como vulgarse y sucias» (9). Y quienes más han practicado la hipocresía son quienes más palabras han desterrado.


CAPÍTULO 27. SOBRE LA DESVERGÜENZA DE LA MODA, EL BAILE Y EL BAÑO (SIN ROPA)

La mujer debe cubrir su cabeza, porque no está hecha a imagen de Dios. - SAN AMBROSIO (siglo IV)

(...) cagarse en los pechos desnudos de estas mujeres.- ABRAHAM DE SANTA CLARA (siglo XVII)

Las chicas que llevan minifalda van al Infierno. - WILD, sacerdote jesuíta (siglo XX) (1)

«¡Cúbrete o prostituyete!»

Según una antigua proscripción de origen paulino, la mujer tenía que cubrirse el cabello en la casa de Dios (supra). Esta decisión, símbolo de su dependencia de la voluntad del marido, el único que podía verla con la cabeza descubierta, pronto fue extendida a la vida en el exterior de la iglesia. Así, Tertuliano exigía a todas las jóvenes que llegaban a la adolescencia que se cubrieran el rostro completamente —so pena de renunciar a la eterna bienaventuranza—, como luego ha venido sucediendo en el Islam. «¡Cúbrete o prostituyete!».

Se insistió aún más en que había que cubrir el cuerpo, incluso el de los hombres. Los francos, que desde el siglo V llevaban calzas cortas, volvieron a llevarlas largas desde su conversión al cristianismo. Y en los siglos X y XI la ropa de los círculos feudales se adaptó cada vez más a las formas de las vestiduras religiosas. La Iglesia condenó las demás tendencias con extrema virulencia. Los zapatos de pico —que imitaban con total fidelidad el «pico» del falo, el glande— también despertaron la indignación del clero durante décadas y, finalmente, fueron prohibidos en Francia.

Pero sobre todo eran las mujeres las que tenían que custodiar su piel. Y es que, aunque los teólogos más progresistas, siguiendo la máxima de «mejor desnudo que mal vestido», deseaban que no quedara oculto todo el cuerpo de las damas, la Iglesia oficial exigía lo contrario. Durante toda la Edad Media la obligación de cubrir el cuerpo incluyó a los brazos. Y ya en la época cortesana se consideraba indecente una falda que sólo llegaba al tobillo, moda que provocó la protesta de los sínodos. Ulrico de Lichtenstein se quejaba en su Libro de las mujeres (1257) de que éstas ya no se entregaban a los hombres con la misma despreocupación ni llevaban hermosos vestidos, sino que se embozaban el rostro con gruesos velos y se colgaban rosarios al cuello como prueba de religiosidad (2).

«Tú, lodo enfundado»

No obstante, cuando aparecieron los trajes de cola, a comienzos del siglo XIII, los sacerdotes se rebelaron contra las «colas de pavo real» o las «pistas de baile para diablillos». Piropos como «tú, lodo enfundado» (stercus involutum), con el que el hermano de San Bernardo apostrofaba a una doncella vestida a la moda, fueron moneda corriente durante siglos. Y cuando las colas se hicieron más largas, los franciscanos llegaron a negar la absolución a quienes las llevaban.

A mediados del siglo XV, San Antonio, arzobispo de Florencia, expulsó de la iglesia «a todas las hembras» vestidas con «desvergonzados trajes de ramera». Y parece que en 1461 fueron despedazadas en Ulm tres mujeres que se burlaban de un sermón contra la moda del famoso antisemita Juan Capistrano.

Más adelante, Abraham de Santa Clara maldice a la mujer a la moda porque «descubre desvergonzadamente el rostro (!)» además de los dos pechos «como las malditas montañas de Gilboé» y porque empuja esos pechos «hacia arriba, como dos cornamusas, con ayuda de fajas y bandas» y los expone «como harían las mujeres del mercado de Kráutel con dos repollos que, cuando se pudren, son arrojados a los cerdos».

Los protestantes se caracterizaban por ser aun más estrictos en cuestio­nes morales. Así, los sombreros y los vestidos de la mujer de un párroco desencadenaron gravísimos altercados en Amsterdam durante toda una década del siglo XVII. Y los decentes ingleses llegaron al extremo de cubrir las patas de los pianos porque les recordaban las piernas de las mujeres.

«Un sereno examen de conciencia» entre dos guerras mundiales

El episcopado católico alemán todavía exige en 1923 que las mangas de los vestidos femeninos lleguen hasta por debajo del codo. Y en 1930 un teólogo experto en Fátima se queja (con imprimatur) de «que hoy en día haya tantas almas que se condenan eternamente como consecuencia de los dos principales vicios (!) de la actualidad, la sed de placeres y la lujuria, en la cual hay que incluir la moda desvergonzada, según la expresa declaración de María». E inmediatamente impone a sus «atemorizadas lectoras» el «sereno examen de conciencia» siguiente: «Primero; mi vestido ¿está cerrado hasta el cuello? Segundo: las mangas ¿llegan hasta la muñeca7 Tercero: la falda ¿llega hasta el tobillo o, al menos, hasta la pantorrilla? Cuarto: el talle del vestido ¿resulta impúdico, por ir demasiado ceñido? Quinto: ¿es transparente? Sexto, ¿llevo medias color carne o voy con las piernas desnudas? Séptimo, ¿soy ya miembro de la Liga de mujeres católicas contra la moda inmoral? Si no, hoy mismo me daré de alta... ¡por amor a Nuestra Señora del Rosario de Fátima!». Y sigue la dirección. ¡Éstas son las preocupaciones de un teólogo entre ambas guerras mundiales!

Y en una guerra, ¿qué les atormenta?

Cuando Pío XII, conmovido, fustigó los «males» de la época en noviembre de 1939, ignoró por completo el fascismo y la guerra, pero no el divorcio ni los «extravagantes vestidos modernos». «Resultaba menos comprometido arremeter desde el pulpito contra los trajes de baño indecentes y contra los burdeles que contra la dictadura fascista y los campos de concentración», escribe Paúl Ricoeur (3).

Monos maquillados y serpientes pérfidas

La Iglesia ha combatido todo lo que hace a las mujeres más atractivas y seductoras: adornos, maquillaje, peinados.

Incluso el muy «tolerante» Clemente de Alejandría, «literato y bohe­mio» y gentleman entre los Padres de la Iglesia, condenó en su época cada uno de los recursos que casi todas las mujeres católicas han empleado después. Y es que la obediencia a la palabra de Dios es el más bello adorno de las orejas, la alegre disponibilidad para dar limosna es el adorno más apropiado para las manos y el olor del perfume de Cristo, el mejor ungüento. Pero una mujer que se tiñe el pelo, se empolva el rostro, se aplica sombra de ojos y recurre a otros artificios impíos, no le recuerda a Clemente la solemne imagen de Dios, sino a una prostituta y adúltera, mono maquillado y serpiente pérfida. San Cipriano teme que el Señor, en el día de la Resurrección, no reconozca a las que se adornan y se pintan. Y Tertuliano conjetura que la mano que se adorna con anillos no valorará las cadenas del martirio y que un cuello ataviado con perlas no estará muy dispuesto a entregarse al hacha.

En la Edad Media, Odón de Sheriton opina que mejorar la obra de Dios es en realidad un delito contra Dios. El franciscano Bertoldo de Ratisbona, celebrado en su tiempo como el demagogo más virulento de Alemania, dice desde el pulpito que «las que se pintan y se tiñen se aver­güenzan de su rostro, hecho a imagen de Dios, ¡y Dios se avergonzará de ellas y las arrojará al abismo de los infiernos!». Y los religiosos también dirigían sus imprecaciones a las que se arreglaban el cabello, cuyos trenzados tenían más colas que Satanás, y se horrorizaban porque esas cabelleras podían proceder de personas muertas, incluso de inquilinos del In­fierno o de pobres almas del Purgatorio.

En todo caso, aunque un obispo todavía amonestaba en el Vaticano Segundo a los diáconos casados porque a lo mejor sus mujeres se empol­vaban y se arreglaban, hoy en día los moralistas hacen determinadas con­cesiones. De manera que las mujeres, «en caso de que sea costumbre entre las mujeres decentes (!), pueden recurrir a medios artificiales (lápices de labios y maquillaje, pelucas, etcétera)». Por supuesto, la cosa no debe pasar «de los límites acordes con su estado y su origen»; la mujer no puede agradar a otros hombres, sino sólo a su marido, a la joven sólo se le permite preocuparse por favorecer el «casamiento». Cualquier detalle «vistoso o extravagante» causa «fácilmente escándalo», cualquier «indecencia en la moda es un pecado grave».

Todas estas amonestaciones ya no pueden ni quieren hacerlas desde el pulpito, con lenguaje amenazante y voz de trueno; simplemente, «el predicador no puede sino decir alguna palabra contra la moda indecente. No obstante, debe enterarse con todo detalle de dónde empieza lo inde­cente» (4). Y es que han metido la pata en demasiadas ocasiones y hoy temen, además de causar hilaridad, no obtener el más mínimo efecto.

 Bailar sólo al son que tocan

Pero aparte de la moda, los adornos o el maquillaje, también fueron combatidas otras manifestaciones de vitalismo, como el baile, que ya fue radicalmente rechazado por el tolerante Clemente. Posteriormente, San Basilio clama, horrorizado: «mueves los pies y saltas como loco y bailas danzas indecentes». Y San Juan Crisóstomo, gran enemigo del «baile mundano», explica que «Dios no nos ha dado los pies para servimos de ellos de modo deshonesto sino para bailar con los ángeles». Porque en la Iglesia se ha bailado siempre, desde los días de las primeras fiestas de los mártires hasta la actualidad, cuando todavía se siguen celebrando algunas procesiones de danzantes, y aunque no deja de ser significativo que se haya vuelto a recuperar la costumbre de bailar en el templo —por ejemplo, cuando se trató de atraer a la juventud a las iglesias americanas (especialmente dadas a mimetizar comportamientos de la más rabiosa «modernidad») con bailes de rock-and-roll—, el clero, en el fondo, sólo quiere que nos meneemos «por amor a Cristo», «danzando con alegría y celestial deleite», bailando en el «corro del Cielo», como lo llaman los místicos; en una palabra, entregándonos a la gracia del iubilus en la cual, según la Crónica de Kirch-berg, la persona está completamente traspasada «de una sensación tan agradable que no hay nadie lo bastante casto como para mantener la calma». Y en esas ocasiones alguna podría saltar hasta los ocho metros de altura (supra).

No obstante, a la Iglesia no le entusiasma ningún otro baile que no sea el baile en honor de Dios. El baile es considerado como un invento del Diablo, como algo pensado para capturar almas y llevarlas al Infierno. En la Edad Media, estrechar a la pareja se tenía por poco decoroso, había que guardar cierta distancia y, además, sólo se podía bailar con el cónyuge. Algunos cristianos eminentes preocupados por su fama no permitían bailar en sus palacios y castillos. León XII, un fanático perseguidor de judíos que fue coronado en 1823, prohibió el vals; aunquetambién prohibió la vacuna j;ontra la viruela sin importarle qúe lai morrtalidad siguiera aumentando por ello. Y hoy en día, «a nadie le es lícito» participar en bailes en los que se estimule la sensualidad mediante los «roces» o la «música de acompañamiento» (5),

La vergüenza del propio cuerpo ha sido introducida en el mundo presumiblemente por el cristianismo. Sus acólitos vigilaron los baños de igual modo que la moda y el baile, sobre todo cuando los bañistas se desnudaban o cuando se juntaban los de ambos sexos.

«(...) Que los jóvenes y los muchachos tomen baños (...) acarrea muy malas consecuencias»

El baño conjunto de hombres y mujeres era una costumbre habitual tanto en la Roma imperial como entre los germanos, pese a lo cual los Padres de la Iglesia la declararon pecaminosa y, finalmente, los sínodos, los penitenciales y los confesores la prohibieron; en un primer momento la prohibición afectó exclusivamente a clérigos y monjas, pero después se extendió a todos los cristianos. Ni siquiera el baño en la tinaja casera se libró de los denuestos del clero, que combatió cualquier forma de relación entre los sexos y con el propio cuerpo, por ingenuas que fueran. Aunque hubo resistencias, la Iglesia se mantuvo implacable en su idea: «que los jóvenes y los muchachos tomen baños en verano es muy escandaloso y acarrea muy malas consecuencias», de acuerdo con la queja del abad Gregorio de Melk en 1697. Irse a nadar era otra costumbre considerada dañina y reprobada; a los escolares que lo hacían se les castigaba con azotes y a los adultos los encerraban a pan y agua durante semanas enteras, aunque no hubieran hecho otra cosa que bañarse «como Dios los creó, completamente desnudos y sin el menor pudor», como ocurrió en Francfort, en el río Main, en 1541.

En este terreno, el principal peligro viene de nuevo del lado de la mujer. En 1895, el propio Boletín alemán de natación reconocía que «no (somos) tan blandos como para permitir que nos atrapen semejantes cebos sensuales y no queremos saber absolutamente nada de la natación femenina».

La Conferencia episcopal de Fulda aprobó en 1925 las siguientes Orientaciones e Instrucciones para el baño: «Los sexos han de estar separados. En las playas (de mar y de río) hay que exigir una completa separación de sexos, así como vestuarios separados, exhortando a las autoridades locales para que los instalen; también hay que insistir para que se lleven trajes de baño decentes y haya una vigilancia constante. Deben hacerse los mismos requerimientos, tanto para los adultos como para los niños, en el caso de los baños de sol cada vez más en boga». «Todos los católicos» debían «cumplir escrupulosamente estos principios».

Posteriormente, en España, el cardenal Pía y Daniel prohibió a todos los creyentes que visitaran las playas en las que hubiera bañistas del otro sexo. (El prelado español también decía de los novios que paseaban del brazo, y de los bailes «en los que la pareja se abraza», que eran «un grave peligro para la moral, prácticamente un pecado».)

Y en la Italia de hoy en día —donde el Papa sigue condenando el culto al cuerpo y el «libertinaje» de la moda (así como las devastadoras tendencias de la prensa, el cine, la televisión y el teatro) que, según su opinión, están aniquilando «algunos de los valores más elevados de la persona»—, pasearse en público desnudo está castigado con penas de hasta cinco años de cárcel.

La Iglesia se preocupa, sobre todo, del baño de los jóvenes. El antiguo obispo de Regensburg, Buchberger, advertía insistentemente de «los estragos causados en las almas de los niños y los jóvenes por los baños inmorales. Hace algún tiempo, un sacerdote me comentaba que apenas quedan niños inocentes en las grandes poblaciones por culpa de estas costumbres de baño desvergonzadas». Generaciones de escolares habían sido «completamente corrompidas» de esta manera. Y según un profesor de moral de la actualidad, «los mínimos trajes de baño exhibidos en público provocan, en todo caso, un gran escándalo y son un estímulo para los pecados, bie» de pensamiento o de obra» (6).

¿A quién puede sorprender que siga habiendo gente que considere pecaminoso estar en la bañera desnudo, aunque sea a solas y con la puerta cerrada?

Por supuesto que la gran mayoría de los cristianos se bañan desnudos de buen grado; muchos de ellos pecan con gran regocijo, como ya lo han hecho en épocas pasadas. Con lo cual se plantea la pregunta de si, verda­deramente, todos estos ataques antisexuales han tenido éxito. ¿Adonde conduce todo esto? ¿Es que los sermones y la praxis, la moral y la realidad, sólo coinciden a medias?

Por el contrario, fue precisamente en la Edad Media, en el climax del poder clerical, cuando triunfó una forma burda de sensualidad


CAPITULO 28. SOBRE LA PRAXIS DE LA MORAL SEXUAL

 

¿Cómo es posible que los cristianos, que saben, gracias a una revelación, que hay que renunciar a los vicios para ser felices eternamente y para no ser eternamente infelices, que mantienen a predicadores tan excelentes (...), que tienen a su disposición a tantos confesores llenos de celo (religioso) y tantos libros de devoción, con todo esto, cómo es posible, digo, que los cristianos lleven una vida de descomunal libertinaje, como de hecho hacen? - PIERRE BAYLE

En la iglesia todo el mundo conoce los diez manda­mientos, pero en la calle sólo se saben nueve y el que olvidan es justamente aquel que deberían recordar. - FRIEDRICH HEBBEL (1)

1. LAS PERSONAS HONRADAS

Orgías en las iglesias de la antigüedad

La extensión de las prácticas penitenciales coincidió con un despertar del libertinismo; ciertos círculos gnósticos, los antitactos, los carpocratianos y los marcionitas culminaban sus reuniones con salvajes orgías. Los ágapes de los primeros cristianos finalizaban con cierta frecuencia en excesos sexuales, al igual que las festividades en memoria de los mártires. San Basilio se horrorizaba de las fiestas que se celebraban junto a las tumbas de aquéllos, que incluían numerosos adulterios y desfloraciones. La lujuria

y la hipocresía reinaban en los «matrimonios espirituales» (supra). La homosexualidad estaba muy extendida. Según Juan Crisóstomo. los pede­rastas visitaban la iglesia a causa de la belleza de los mozalbetes. Y el mismo Jerusalén, meta de los peregrinos cristianos, era ya a finales del siglo IV un «semillero de los peores arrebatos de inmoralidad». Gregorio de Nisa, poco después de un viaje a Jerusalén, previene contra la creencia de que una peregrinación a la Ciudad Santa puede reportar una recompensa especial y cree que es mucho mejor quedarse en casa (2).

«Al hombre le cuelga algo extraño entre las piernas (...)»

En la Edad Media, las iglesias se convirtieron en centros de reunión social. Allí se intercambiaban las últimas noticias, se cerraban acuerdos y se coqueteaba. Un teólogo católico subraya que si la lujuria «se extendía enormemente (...) entre los laicos» y «los pecados más graves y horrendos no constituían ninguna rareza» «los religiosos no andaban a la zaga de sus camaradas del siglo en punto alguno» (cf. supra).

Algunas veces, el pecado quedaba inmortalizado en las iglesias: en el atrio de la iglesia de la isla inglesa de Adam, un joven diablo hundía su cabeza en el regazo de una joven, ambos in puris naturibu.s: una iglesia altomedieval de la localidad francesa de Pairon presentaba a una pareja desnuda copulando.

No son más excepcionales las representaciones de este estilo con frailes y clérigos como protagonistas (supra). Sus testimonios literarios tampoco se andan siempre con melindres. Uno de los más antiguos en el área anglosajona, el Libro de Exeter, publicado por un monje, contiene las siguientes charadas:

«Al hombre le cuelga algo extraño entre las piernas.

Está bajo las ropas, partido por delante,

está tieso y duro y firme en su lugar.

Cuando el hombre abre sus ropas sobre la rodilla

desea visitar la cosa, con la herramienta colgante,

y encontrar el hueco conocido,

que encaja, pues lo ha llenado antes a menudo

Solución: la llave».

En el año 756, San Bonifacio acusa al rey Etelbaldo de darse la gran vida, «incluso cometiendo adulterios con monjas» y, además, escribe que «casi todos los nobles del Reino (...) viven en pecaminoso concubinato con mujeres adúlteras». Carlomagno, que fue canonizado por un (anti)papa, además de sus concubinas, disfruto y repudio a cinco esposas, una de ellas de trece años. y engendró a varios hijos naturales. Una de sus hijas, mujer insaciablemente sedienta de vida y de amor, sedujo tín cierta ocasión a un oficial para comprobar si era cierto lo que iba pregonando: que podía copular hasta cien veces. No obstante parece que, cuando el hombre mostró su flojera no pasando de treinta veces —pese a haber sido amena/ado de muerte en caso de fracaso—, ¡a resignada princesa se dio por satisfecha. El sínodo de París declaró en el año 829 que todos los males que padecían la Iglesia y el Estado eran el castigo por la lujuria de la población, la pederastía, el bestialismo y las incansables fornicaciones de los creyentes, hasta con animales (3).

«La coronación de sus fatigas (...)»

En la moral de la noble/a reinaban el fingimiento y la frivolidad. Los propios defensores del amor cortés recomendaban la brutalidad, cuando de amores «inferiores» se trataba. Un caballero al servicio de una «dama», casada también, mantenía una relación de dependencia que. por muy exal­tadamente casta y espiritual que pareciera y pese a todas sus resonancias —la negación del mundo de la Antigüedad tardía, e! dualismo gnóstico, el rechazo maniqueo de la sexualidad, por no hablar de ciertos componentes masoquistas—. muchas veces terminaba en un adulterio desenfrenado. Y es que el caballero no solía conformarse en absoluto con los faveurs, las cmprises d'amour, las pruebas de amistad y las prendas de amor de su señora, partes de su vestido o sus interiores que paseaba en publico, pren­didas del yelmo, el escudo o la lanza. Desde luego, no se contentaba con coleccionar pelos de la cabeza o del pubis, o con beber el agua de baño de la amada. No sólo quería conquistar un corazón, sino todo. «La coronación de sus fatigas siempre tiene lugar en el lecho».

Como suele hacer ante los aristócratas, la Iglesia era generosa, sobre todo porque los caballeros no dejaban de disimular piadosamente sus placeres. Para favorecer sus relaciones, elegían a una patrona y este genio de la lámpara con frecuencia no era otro que la Virgen María, convertida así en una auténtica «protectora del adulterio organizado». Es importante señalar que, mediante la erótica caballeresca, el derecho amoroso se antepuso al derecho conyugal (con independencia de cuánto hubiera de invención literaria en ello y cuánto de realidad), socavando así la ideología dominante, reduciendo la «santidad» del matrimonio ad absurdum y reforzando la posición de la mujer como nunca antes en la historia cristiana, io que ciertamente no es mucho decir (cf. supra).

Los servicios amorosos, con su culto a la domina, se transmitieron grosso modo al siglo XVI en la institución del cavaliere servente, el amigo oficial de una noble casada, y de ahí pasaron a la Italia de los siglos XVII y XVIII, con el cicisbeo; también se puede citar la costumbre de tolerar que un amigo visitara a la esposa con entera libertad, costumbre cuyo transfondo masoquista, homosexual y perverso remite probablemente a ciertas influencias gnósticas.

Tanto en el caso del amor «inferior» como en el del amor «elevado», el principal objeto de las conversaciones caballerescas en la Edad Media no fue ni Cristo, ni la Iglesia, ni la Santísima Virgen María, sino las mujeres.

Los cortejos amorosos de la nobleza francesa finalizaban a menudo en orgías a las que se entregaban sin el menor reparo mujeres enmascaradas de todas las edades. Algunos gobernantes como el emperador Federico II tenían un harén en el que ni siquiera faltaban eunucos. Y el caballero Ulrico de Berneck mantenía a doce hermosas jóvenes «para hacer su viudedad más llevadera». Cualquier hombre podía acostarse con su doncella (no libre) siempre que quisiera. Y, en pleno apogeo de la época caballeresca, el derecho de guerra permitía a un noble violar a las mujeres y los niños de una ciudad conquistada; no era infrecuente que esas agresiones termi­naran con la muerte de las víctimas. El concubinato, en fin, siguió existiendo durante toda la Edad Media. Los ricos tenían esposas y concubinas al mismo tiempo y los únicos monógamos eran los pobres, por necesidad.

Las damas, por su parte, no eran en absoluto tan frágiles y tan inactivas como en épocas posteriores. El Román de la Rose, el gran poema épico-amoroso de la Francia del siglo XIII, afirma, no por casualidad, que una mujer decente es tan rara como un cisne negro. Las mujeres practicaban en los castillos y los palacios una hospitalidad francamente amistosa, ayu­dando a los huéspedes a desvestirse y echándoles una mano en la cama. Claro que el adulterio acarreaba una venganza cruel (supra), pero no era mucho más infrecuente que hoy en día (4).

«Noches de prueba» y «vicios aristocráticos»

Los hombres y las mujeres de las aldeas también compartían camas con bastante desenfado —según decían, como el «querido ganado»—, para lo cual las mujeres tenían en especial estima, además de a caballeros y escuderos, a los religiosos del lugar. Desde el siglo XIII se introdujo la costumbre de las «noches de prueba»: los novios dormían juntos por la noche hasta que se convencían de la aptitud de él para el matrimonio. En Baviera, durante mucho tiempo no hubo separación alguna ente los dormitorios de los mozos y los de las criadas; pese a la severidad de los castigos, el número de hijos naturales era muy elevado (supra). Los mismos religiosos podían ir a examinar la aptitud de alguna muchacha apetecible en nombre de un mozo casadero de fuera del lugar o un vecino de la finca y, por lo visto, realizaban la «prueba» a conciencia. La mayoría de las veces eran perfectamente capaces de detectar si se trataba de una virgo intacta.

La homosexualidad estaba muy extendida en la Edad Media, sobre todo entre las clases altas. En Francia se conocía como el vicio aristocrático. Los muchachos eran mantenidos públicamente y recibían lucrativos em­pleos. Felipe I otorgó el obispado de Orléans a su mancebo Juan. Los británicos eran aun más aficionados a las relaciones homoeróticas. Los italianos se entregaban a dichas prácticas hasta en las iglesias. Aunque cada domingo se imponía la excomunión a todos los homosexuales, con ello sólo se conseguía estimular el «pecado» que se propagó, sobre todo, a causa de las cruzadas.

Y es que los baños femeninos de Oriente eran atendidos sólo por mujeres, y los baños masculinos, sólo por hombres y adolescentes, lo que propiciaba contactos exclusivamente homosexuales. Y los cruzados, después de haber disfrutado de la vida in partibus infidelium, buscaron los mismos placeres en casa. De modo que los sirvientes de los baños se especializaron rápidamente en toda clase de masajes, hasta tal punto que, en 1486, los únicos baños de hombres autorizados en Bresiau debían estar atendidos por mujeres. Las consecuencias de las cruzadas en Occidente fueron mucho más lejos. Así, en aquel tiempo se extendió la creencia árabe de que el coito podía desviar los humores peligrosos del hombre y sanar,su cuerpo. Los moralistas prohibieron este remedio, claro está. No obstante, al mis­mísimo arzobispo de Maguncia, Matthias von Bucheck, le colaron una mujer en la cama por razones sanitarias (5).

Libertinismo en la Baja Edad Media

A medida que avanzaba la Edad Media, la vida sexual se desenvolvía cada vez con mayor libertad. Enrique de Berg opina en el siglo XIV que «la mayor parte de la gente se ha vuelto sucia y lujuriosa, dentro y fuera del matrimonio, curas y laicos, monjas y frailes, es decir, casi no queda nadie que no esté manchado o ensuciado de alguna forma». Y el griego Francisco Filelfo, profesor en Italia, se queja en el siglo XV de que «el género humano apesta (...) La casa del Señor está abatida y es una taberna de criminales».

Era la época en la que Boccaccio contaba cómo un monje enseñaba a una joven ermitaña a «enviar al Diablo al Infierno»: una historia que después fue reescrita poéticamente por Pietro Aretino: «entonces él separó delicadamente sus nalgas —era como si abriera las hojas de un misal— y miró entusiasmado su culo».

Una canción popular presenta el ideal femenino de aquel tiempo:

«una testa de Bohemia, dos blancos bracitos de Brabante, un pecho de Suabia, dos tetitas erguidas como lanzas de Carintia, un vientre de Austria, que fuera liso y parejo, un trasero de Polonia, un cono de Baviera y unos piececitos del Rin: así debería ser una hermosa mujer».

La gente iba con frecuencia ligera de ropa, incluso en público; en algunos sitios, se paseaban y bailaban desnudos. Las prostitutas de Viena recibieron como Dios las trajo al mundo a los emperadores Segismundo y Alberto II, al rey Ladislao Postumo y a otros personajes. A su llegada a París en 1461, Luis XI fue recibido por jóvenes completamente desnudas que le recitaron unos versos y lo mismo le ocurrió a Carlos el Temerario en Lille en 1468; el propio Carlos V, un católico estricto, recibió en 1520 la bienvenida de las desvestidas damas de los burdeles del puerto de Ámberes, escena.que Durero describe como testígo presencial. Las calles de Ulm fueron festivamente alumbradas en 1434 cuando el emperador se dirigió al burdel acompañado de su cortejo; Berna puso su mancebía a disposición de la Corte durante tres días, corriendo el consistorio con los gastos. Durante la visita de los nobles von Quitzow a Berlín en 1410, la ciudad les ofreció «como pasatiempo a algunas hermosas mujerzuelas».

Es significativo que en francés haya trescientos sinónimos para la palabra «coito» y cuatrocientas formas de referirse a los genitales; o que Geyler von Kaysersberg escriba: «muchos creen que no pueden hablar con una mujer sin tocar sus pechos»; o que los padres y los criados masturbaran a los niños para tranquilizarlos; o que en Ulm hubiera que ordenar al prostíbulo que dejara de admitir la entrada de chavales de doce a catorce años. En Francfort del Oder, los jóvenes patricios iban al burdel un día sí y otro también; en 1476 las burguesas de Lübeck entraron, con el rostro cubierto, en las mancebías; y en 1527 las mujeres casadas de Ulm se mezclaron entre las prostitutas a la vista de todo el mundo.

El negocio de las alcahuetas florecía, aunque había fuertes castigos para el caso de que ofrecieran sus servicios a mujeres casadas: picota, piedras al cuello, destierro de la ciudad, enterramiento en vida, hoguera. Un informe de aquel tiempo nos da cuenta de que «la alcahueta lleva por las noches una vida de murciélago; no conoce un momento de reposo». «Su principal actividad comienza cuando los buhos, las lechuzas y los mochuelos salen de sus agujeros. De igual manera, la alcahueta abandona su escondrijo y llama a las puertas de los conventos de frailes y monjas, las cortes, los burdeles y todas las tabernas. Ahora va a buscar a una monja; después, a un fraile. A éste le proporciona una prostituta; a aquél, una viuda. A uno, una mujer casada; al otro, una virgen. Contenta a los sirvientes con las criadas de sus señores. El noble consigue una mujer indulgente que le consuele».

Los apuntes del maestro Franz, verdugo de Nuremberg, mencionan a mujeres casadas que habían fornicado con veinte hombres o más, casos de bigamia y trigamia, sodomía de todas las clases, violaciones de niños de seis a once años e incestos con padres y hermanos (6).

¿Y qué pasaba en los baños públicos?

«(...) Madre e hija, criada y perra, quedaron encintas»

Que iban allí desnudos o medio desnudos, aunque «con una mano en el trasero, como es debido». Luego se desvestían todos juntos en un mismo lugar y se metían en una bañera, los hombres, a veces, con taparrabos, las mujeres normalmente «sin» nada por detrás y nada por delante, todo lo más adornadas con collares o con flores en el pelo. Hubo que esperar al siglo XVI para que el uso de un traje de baño se convirtiese en algo habitual.

Las sirvientas de los baños realizaban su trabajo vestidas con ropas finísimas o completamente desnudas, no se inmutaban si veían a alguna pareja en una de las tinajas e incluso ayudaban a algún sacerdote a des­vestirse. Reparaban las fuerzas de los bañistas con comida y bebida, ad­ministraban abluciones y sobre todo masajes, cuyas características les valió el sobrenombre de «frotadoras». (Una de estas frotadoras fue Agnes Ber-nauer, que se casó con el duque Alberto III, por lo que el padre de éste la hizo ahogar en el Danubio, en 1435, acusándola de hechicera.) Se adueñaron paulatinamente de las fantasías religiosas del pueblo y al final se convir­tieron en unas figuras tan queridas que la propia Iglesia exaltó las cualidades de la Virgen María como frotadora ideal en un himno religioso:

En el baño es tu manceba

la hermosísima María.

Algunas parejitas se pasaban semanas bajo la estufa de los baños —que era una especie de tienda— atendidos por los empleados. En 1591 fueron expulsadas de unos baños de Essiing dieciocho parejas que, «en complicadas uniones», habían celebrado orgías de varios días de duración. La gente decía: «vuelven a casa, los cuerpos bien lavados y los corazones ensuciados por el pecado». O: «para las mujeres estériles, lo mejor es el baño; lo que no hace el baño, lo hacen los huéspedes». Y en muchos países y lenguas se conoce el dicho: «el baño y la cura obraron maravillas, pues madre e hija, criada y perra, quedaron encintas».

Los baños no tardaron en transformarse en burdeles. En Inglaterra, el rey Enrique II (1154-1189) promulgó una serie de leyes para limitar la prostitución homosexual y heterosexual en dichos lugares. Y en Francia, muchos baños públicos no eran otra cosa que casas de placer encubiertas. París, con diferencia la mayor ciudad de Europa, con sus doscientos mil habitantes, ya contaba a comienzos del siglo XV con treinta de dichos establecimientos (7).

Las mancebías sólo descansaban los domingos, los días de fiesta y la Semana Santa: evidentemente, se trataba de una señal de respeto al Salvador y a la Salvación.

2. LAS PUTAS O PEREGRINARI PRO CHRISTO

La prostitución se conocía desde mucho antes de la época cristiana. Pero no era considerada indigna y, a menudo, incluso se trataba de una profesión sagrada que era ejercida en los templos por miles de jóvenes. Por el contrario, el cristianismo despreció a las prostitutas aunque, a causa de su moral ascética, necesitaba alguna válvula de escape. La prostitución creció, literalmente, a partir de esta válvula. Y, como escribe el teólogo Savramis, a medida que la sociedad se «alineaba» con la moral de los teólogos y de la Iglesia, «el número de las prostitutas iba en aumento».

Los clérigos, que condenaban cada vez con más furia los placeres que ellos mismos disfrutaban ardientemente, presionaron para que aquella institución se mantuviera. Curiosamente, la materialización más palpable del «vicio» era, para ellos, la más poderosa protección de lo que entendían por virtud. San Agustín, el más importante de los Doctores de la Iglesia, dice: «reprimid la prostitución pública y la fuerza de las pasiones acabará con todo». Tomás de Aquino —o el teólogo que se apropia de su nombre— piensa que la prostitución es a la sociedad lo que las cloacas al palacio más señorial; sin ellas, éste acabaría por ser un edificio sucio y maloliente. Y el papa Pío II asegura al rey de Bohemia, Jorge de Podiebrad, que la Iglesia no puede existir sin una red de burdeles bien dispuesta. El oficio de Venus sólo estaba prohibido a las mujeres casadas y a las monjas.

En realidad, una sociedad que no se permite disfrutar de la vida con libertad, una sociedad frustrada, tiene necesidad de las putas. Lo que no podemos encontrar en la Naturaleza, se convierte en necesario cuando la negamos.

Las primeras prostitutas itinerantes de Europa

La excusa aparente también era específicamente religiosa: la piadosa costumbre de las peregrinaciones. Jerusalén, el principal lugar de peregrinación del cristianismo, ya estaba en la Antigüedad estrechamente conectado con el amor venal (supra). Los penitentes y las monjas que se desplazaban a Roma, sucumbiendo durante el viaje a toda clase de necesidades y placeres, sentaron las bases de la prostitución ambulante en Occidente. La mala fama de las peregrinaciones se mantuvo durante siglos. San Bonifacio apeló insistentemente al arzobispo de Canterbury para que pusiera coto a las peregrinaciones o las regulara, ya que, en el camino a Roma, eran muy pocas las ciudades donde no había peregrinos ingleses públicamente aman­cebados con «mujeres veladas». Tampoco sirvieron de nada ni las medidas de Carlomagno, ni los procedimientos de uno de sus sucesores, que orde­naba arrojar al agua a las prostitutas y prohibía que se les ayudara, ni la picota, los azotes o los cortes de pelo. El oficio cobró nueva vida precisa­mente en las Cruzadas (8).

Una legión de rameras en todas las cruzadas y todos los sínodos

Los peregrinos armados siempre iban a Oriente acompañados de un montón de vagabundas. El conde Guillermo IX, que fue el primer trovador y tenía más riquezas y poder que el rey de Francia, iba rodeado durante su pía marcha por tal tropel de fulanas que el cronista Geoffroy de Vigeois atribuyó el fracaso de la expedición a las diversiones del rijoso caballero. Según se cuenta, los franceses fueron acompañados en 1180 por bastante más de mil trotonas de vida alegre. Y en el campamento de Luis IX (1226-1270), los burdeles se levantaban junto a la tienda del rey, que poco después fue proclamado santo (1297). Los templarios, que eran los contables de los cruzados, pretenden que un año tuvieron a trece mil cortesanas en sus filas. Los cristianos también fornicaban en las cortes árabes y lo hacían con tanto empeño que los musulmanes tuvieron que llamarles la atención. «Parece que se puede interpretar la religiosidad de los cruzados y los caballeros como uno de los intentos más destacados de espiritualidad laica (...)» escribe un teólogo católico. «La religiosidad caballeresca culminó en la religiosidad de las cruzadas».

Naturalmente, las «liebres lascivas» eran necesarias en batallas menos sacrales. Por ejemplo, cuando Carlos el Temerario cercó Neuss en unión del arzobispo Ruprecht de Colonia, en 1474-75, el ejército contaba con mil colchones de campaña. Posteriormente, el genocida duque de Alba que, con la bendición papal, liquidó ciudades enteras sin perdonar siquiera a los niños, llevó a los Países Bajos a cuatrocientas prostitutas a caballo y ochocientas a pie, que acompañaron a sus tropas «divididas en compañías y alineadas en columnas tras sus respectivos estandartes».

La prostitución florece en los concilios y en las ciudades papales

Las «doncellas» itinerantes tampoco faltaban en ceremonias oficiales y grandes asambleas eclesiásticas. A las cortes de Francfort de 1394 acu­dieron ochocientas fulanas y a los concilios de Basilea y Constanza se calcula que unas quinientas (cf. supra). Y los funcionarios viajeros también podían incluir sus visitas a los burdeles en la cuenta de gastos. Hasta los estrictos caballeros teutones, que estaban al servicio exclusivo de su «Ce­lestial Señora la Virgen María» y que tenían que pronunciar un juramento que comenzaba: «prometo y hago voto de que mi cuerpo se mantendrá casto (...)» (cf. supra), llevaban un libro detallado en Konigsberg en el que figuraban las cantidades que habían dado a las «doncellas» que habían «danzado para nosotros»; una elegante manera de referirse a lo que un «sargento de rameras» (un inspector de mancebías), tras una visita al burdel, registraba en su cuenta de gastos con algo más de precisión: «he jodido; treinta peniques».

No es casualidad que las ciudades papales siempre estuvieran atestadas de prostitutas. Petrarca ofrece esta información respecto a Avignon y, durante bastante tiempo, Roma fue famosa por el gran número de puellae publicae que albergaba. Una estadística bastante fiable acredita que en 1490 había en dicha ciudad seis mil ochocientas mujeres públicas... para menos de cien mil habitantes; una de cada siete romanas era prostituta. Incluso es posible que las cortesanas modernas (un término que tiene difícil traducción en inglés y en alemán —si exceptuamos un concepto tan vago como el de «Buhierin», de «buhien», galantear—, mientras que las lenguas latinas están llenas de sinónimos: «corteggiana» «concubina» «maítresse» «grande amoureuse» «grande cocotte» «femme entretenue» etcétera) sur' gieran en la corte papal de Avignon. Allí había una gran cantidad de mujeres hermosas y una mujer del entorno de un señor eclesiástico sólo podía ser su concubina, como ocurriría posteriormente en Roma.

Los burdeles estaban al lado de las iglesias

Las primeras casas públicas aparecieron a comienzos del siglo XIII y en el siglo XIV se multiplicaron en todas partes. Sus calles llevaban nombres femeninos: Rosenhag, Rosental; las denominaciones alemanas de los establecimientos podrían traducirse por casas de mujeres, casas de hijas, casas comunes, públicas o libres, cortes de vírgenes, y a sus empleadas se las llamaba «hijas libres», «señoritas de placer», «muchachas públicas», «pelanduscas», «niñas monas» y otras tantas expresiones. En la Baja Edad Media casi todas las ciudades contaban con su burdel —muchas veces con el propósito explícito de proteger la moral de sus ciudadanos— y, significativamente, la mayoría de las veces se encontraba en una bocacalle cercana a la iglesia.

Los duques Ernesto y Guillermo regalaron en 1433 a la capital de Baviera «una casa de mujeres» con «muchachas públicas» para que se «promueva la castidad y la honestidad de hombres y mujeres en nuestra ciudad de Munich (...)» El duque Segismundo puso en 1468 la primera piedra de la actual catedral de Nuestra Señora... probablemente con las mismas intenciones.

En Würzburg, las dueñas de los burdeles —que eran funcionarías de la ciudad y, entre otras cosas, tenían que reclutar «pájaras»— prestaban un triple juramento de fidelidad: al consistorio, al obispo y al capítulo de la catedral. La Ordenanza de Mancebías de Nordlingen de 1472 comenzaba:

«de modo que la Madre de la Santa Cristiandad, para prevenir mayores males, tolera que pueda haber una casa con muchachas libres en un municipio (...)».

Incluso la pequeña población de Volkach, situada en la Baja Franconia (y conocida por su Virgen), poseía un burdel en la época de florecimiento del catolicismo.

La historiografía conservadora denomina a todo esto integración «me­diante la benevolencia». «También a este respecto, la cristiandad ennobleció a la Naturaleza sin violentarla; la 'hija de Dios' debía tener un espacio reservado no sólo a sus instintos nobles, sino también a su desenfreno y sus vicios». (10). En realidad, la «hija de Dios» no necesitaba un «espacio reservado», al menos no uno de esa clase; lo que necesitaba era al hombre, al que la Iglesia mantenía bajo tutela sexual. Y la mayor parte de las mujeres que no se ofrecían en público no recibían ningún «espacio reser­vado» sino, en todo caso, palos y un cinturón de castidad (supra).

Promovían la Inmaculada Concepción y construían burdeles

Pero el clero también se apresuró a aprovechar la prostitución econó­micamente. En no pocas ocasiones, ambas esferas estuvieron conectadas administrativa y financieramente, por lo que se produjeron conflictos de competencias entre las ciudades y la nobleza. Todos querían poner a las rameras bajo sus órdenes, a menudo cobrándoles elevados impuestos que, en algunas ocasiones, se convirtieron en la parte más significativa de los ingresos, como ocurría en Augsburgo a finales del siglo XIV. La ciudad papal de Avignon también tenía una casa de placer pública. Y en Roma abrieron burdeles algunos Vicarios de Cristo, como Sixto IV (1471-1484) —constructor de la Capilla Sixtina y promotor de la festividad de la In­maculada Concepción— o Julio II (1503-1513); Sixto, que se entregaba a los excesos sexuales más frenéticos, percibía por sus rameras impuestos por valor de veinte mil ducados al año. Clemente VII exigió que la mitad de la fortuna de todas las prostitutas se dedicara a la construcción del convento de Santa María della Penitenza y, probablemente, la propia basí­lica de San Pedro fue parcialmente financiada con esta clase de ingresos.

De un prelado alemán con fama de muy culto se dijo que en sus casas había tantas fulanas como libros en su biblioteca. Un cardenal inglés adquirió un burdel; un obispo de Estrasburgo construyó otro; el arzobispo de Maguncia se quejaba desque las mancebías municipales perjudicaban a sus propias empresas. Como pastor de todos, también quería gobernar a todas las prostitutas... «íntegramente». Y es que, según razonaba, la moral discurre por los cauces correctos sólo cuando el negocio está «en manos dignas». Es significativo que la Inquisición, en general, aunque hacía la vista gorda con los burdeles, perseguía a las damas que fornicaban por su propia cuenta. Los abades y las superioras de reputados conventos también mantenían casas de placer: ¡y, además, tenían «casas de la Magdalena» para pecadoras arrepentidas! La surpriora del conocido convento vienes de San Jerónimo para «mujeres descarriadas», Juliana Kleeberger, no sólo se casó en la época de la Reforma con su capellán Laubinger, sino que, además, acabó dedicándose a la prostitución.

Por tanto, resulta algo cómico que la moderna teología moral califique a la prostitución —que tantos servicios ha prestado a papas, obispos, conventos, cruzados, soldados cristianos y a toda la Iglesia— como «la más indigna y escandalosa forma de fornicación» y que subraye que la culpa y la vergüenza no sólo recaen en las prostitutas, sino «asimismo en quienes las utilizan».

El hombre medieval no sólo obligaba a las prostitutas a mantener relaciones sexuales, sino también a algunos ejercicios puramente espirituales. En una abadía de Avignon conocida como el «silo del amor» no podían perderse ningún oficio divino. Las delincuentes profesionales fueron incorporadas a la vida religiosa. Se sentaban en la iglesia ante el altar penitencial, donde también se reclinaba el verdugo, y tenían su propia patrona. Santa María Magdalena, aunque veneraban asimismo a la Virgen María, en cuyos cepillos ponían todas las semanas algo de dinero. En esas circunstancias, el clero invocaba las palabras de Jesús a los fariseos: «los publícanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos».

En el imperio de los zares, los burdeles estaban repletos de reliquias e iconos. Cada fulana tenía colgado en su habitación a un santo protector al que rezaba antes del acto (ora...), lo cubría después (...et labora) y lo destapaba al terminar para volver a darle las gracias y ofrecerle un cirio o un poco de dinero. En la católica España, las mujeres de la calle debían rezar frente a la iglesia antes de iniciar la jornada (11).

Pastores de almas en el burdel y sífilis

Eventualmente, las prostitutas entraban directamente al servicio de la moral cristiana. Como ocurría en Venecia, tenían que reclinarse junto a una ventana abierta con el pecho descubierto o salir a la calle para impedir los contactos sexuales entre hombres y adolescentes.

En ningún caso les estaba permitido acostarse con judíos, gitanos, turcos y paganos. Tampoco debían hacerlo con sacerdotes ni éstos con ellas. Aunque, en realidad, los clérigos y los monjes frecuentaban los burdeles.., se supone que para convertir a sus inquilinas en «arrepentidas». Algunos pastores de almas incluso sacrificaban el sueño para conseguirlo. En 1472, la ciudad de Nordlingen les prohibió pasar la noche entera en los burdeles y en 1522 la ciudad de Schaffhausen concedió al alguacil el derecho de embargar las ropas de los sacerdotes sorprendidos en la man­cebía. Casi nadie siguió los consejos de la Iglesia para que las «perdidas» fueran salvadas mediante el matrimonio. En todo caso, llevarse una pros­tituta a casa era menos frecuente que llevarse una sífilis, la «plaga del placer», la «enfermedad del santo Job», llamada también «morbus gallicus», una epidemia que asoló Europa desde finales del siglo XV hasta mediados del XVI, afectando sobre todo al clero —no por casualidad—, que la extendió cada vez más. Decenas de miles de personas murieron; prelados y los más altos dignatarios eclesiásticos fueron contaminados, entre otros el papa Julio II, un antiguo franciscano, padre de tres hijas «naturales».

Necesitaban a las prostitutas... y por ello se vengaban de ellas

A medida que progresaba la plaga, de la que se hacía responsables a las meretrices, comenzó una caza de brujas contra ellas en toda la regla. Aunque las deseaban, las necesitaban y las explotaban sexual, económica y espiritualmente, no dejaban por ello de considerarlas pecadoras e infames. No obstante, la actitud hacia ellas osciló, a menudo en la misma época, entre la tolerancia y la más profunda aversión. En algunas ciudades obtu­vieron el derecho de ciudadanía y un cierto derecho de agremiación; se entregaba a una «mujercita» como premio de algún torneo o se hacía bailar a la más hermosa con el gobernador dos veces al año en la plaza del mercado. Pero, en otras partes, las prostitutas eran obligadas a llevar una ropa determinada, se les impedía visitar las posadas y los baños públicos o se las colocaba bajo la vigilancia del verdugo o del alguacil.

En el fondo, las prostitutas eran despreciadas y proscritas. Aunque algunas se hacían ricas, como aquella cortesana vienesa que abandonó el concilio de Constanza con ochocientos escudos de oro, la mayoría vivían miserablemente, apartadas de la sociedad, al igual que el verdugo o el enterrador. No les estaba permitido participar en los juicios, podían ser expulsadas de la ciudad o de la región sin posibilidad de apelación y a menudo podían ser insultadas y maltratadas —aunque no asesinadas— impunemente. Y es que se vengaban de ellas porque las necesitaban. Y cuanta más castidad se exigía, más las necesitaban. «A más frustración, mayor demanda de prostitutas... y más sentimiento de vergüenza por parte de los clientes. Cuanto mayor es la vergüenza, mayor es el deseo de ven­ganza. El hombre, en lugar de castigarse a sí mismo, castiga a la prostituta».

Algunas prostitutas reformadas que abandonaban las casas de peni­tencia y los conventos de María Magdalena eran encerradas en prisión y desterradas posteriormente. Si volvían a ejercer su oficio las entregaban al verdugo o las ahogaban. A finales de la Edad Media, las prostitutas eran tratadas como mercancías: vendidas, cambiadas, empeñadas; al proxeneta se le denominaba «Manger» («mango»: tratante de esclavas) y si morían las enterraban en el muladar.

A medida que se propagaba la sífilis, fueron expulsadas de los burdeles, se convirtieron de nuevo en vagabundas y, en muchas ocasiones, fueron perseguidas. Se castigó cualquier forma de prostitución: con el destierro, la picota, azotes, marcas a fuego, extirpación de nariz, orejas, manos y pies, ahogamiento y toda clase de castigos corporales, incluyendo la pena de muerte. Las rameras eran consideradas criminales y, puesto que no les quedaba otro remedio, se mezclaban con los mismos criminales. Hasta mediados del siglo XIX, eran azotadas en público.

Hoy en día, en la República Federal hay al menos doscientas mil prostitutas profesionales o eventuales y en los Estados Unidos son, como mínimo, medio millón, pero en Suecia, significativamente, apenas quedan algunas. Un sociólogo sueco explica este hecho: «es tan fácil conseguir una joven hermosa..». (12).

Si volvemos la vista atrás, resulta evidente que la pedagogía sexual que los clérigos han venido predicando durante tanto tiempo no ha servido de nada y que, en el fondo, la cristiandad siempre ha estado engolfada en los pecados condenados; lo que, por otra parte, queda confirmado, sobre todo, por los libros, los sermones y las imprecaciones de los propios teólogos.


CAPITULO 29. EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Qui diable est-ce done quon trompe id? - P.A.C. BEAUMARCHAIS

El sacramento de la penitencia refleja como ningún otro el pecado original de la Iglesia católica: el poder del clero autocrático y la impotencia del pueblo oprimido, manipulado y engañado. - KLAUS AHLHEIM, teólogo

De la misma manera que el aparato dogmático es una cárcel para el entendimiento, la confesión es una cárcel para el ser humano en su totalidad. - ALIGHIERO TONDI, jesuíta

Luis XI y la Brinvilliers se confesaban en cuanto ha­bían cometido un gran crimen; y se confesaban a me­nudo, como cuando los sibaritas toman una medicina para aumentar su apetito. - VOLTAIRE (1)

1. EVOLUCIÓN HISTÓRICA

La doctrina católica del pecado y el uso de la confesión no se remontan a Jesús, lo mismo que sucede con tantas otras cosas en esta religión; en cambio, demuestran rotundamente la relación de la Iglesia con la estupidez humana, que parece no tener límites.

Por supuesto, ya había habido otros que se aprovecharon de ella. Recurrieron a la confesión el budismo, el jainismo, el culto de Anaitis, los misterios de Cabina en Samotracia y la religión de Isis, en la cual, bajo las amenazas de los sacerdotes, los pecadores arrepentidos se echaban al suelo del templo, embestían con la cabeza la puerta sagrada, imploraban a los individuos purificados, besándolos, y hacían peregrinaciones; por el contrario, en el ámbito de las religiones primitivas (a las otras se las denomina «grandes» religiones), después de la confesión se arrojaban al aire astillas de madera y briznas de paja y se proclamaba: «todos los pecados se han ido con el viento». En el catolicismo, se evaporan con la absolución del sacerdote. Aunque las cosas no han sido siempre tan fáciles. La evolución del sacramento de la confesión muestra con toda claridad las ideas que había detrás del mismo.

De la absolución única a la confesión

El cristianismo primitivo sólo conocía una forma de expiación: el bautismo. Una vez administrado, una segunda purificación era «imposible», según algunos pasajes de la Biblia que, evidentemente, irritaban sobrema­nera a los Padres de la Iglesia. El mismo Pablo excluía a los creyentes que habían cometido pecados graves.

No obstante, esta práctica —surgida en la creencia en el inminente regreso del Señor, creencia obviamente errónea, pero compartida por toda la cristiandad— pronto se reveló como demasiado rigurosa, de modo que se estableció la diferencia, según el modelo de las religiones mistéricas, entre pecados perdonables, «veniales» —es decir, que no comportaban el castigo eterno— y «pecados mortales»: apostasía, homicidio y fornicación (adulterio y trato con prostitutas).

Pero, con la ausencia de Jesús y el crecimiento de las comunidades, la doctrina de los pecados imperdonables tampoco pudo mantenerse. Por ello, a comienzos del siglo II, el cristiano Germán, hermano de un obispo romano, fue instruido por un ángel del Señor (!) para que anunciase la posibilidad de una única segunda expiación, sentando así el principio de la institución católica de la penitencia.

Pero todavía pasó bastante tiempo hasta que se supo que los frutos de la gracia maduraban una segunda vez para todos los pecados y que acaso podían hacerlo permanentemente, hasta que se descubrió el beneficio que podía sacarse a la misericordia. Hubo que esperar al año 217 o 218 para que el obispo Calixto —que tenía a sus espaldas un intento de suicidio, una malversación de fondos y una estancia en una prisión de Sicilia— autorizara la posibilidad de extender la segunda expiación a los pecados sexuales. Ahora sólo se excomulgaba a los apóstatas y a los asesinos, una minoría cada vez más reducida y, por consiguiente, prescindible. Sin em­bargo, después de las apostasías masivas durante la persecución de Decio, a mediados del siglo III, se volvió a aceptar a los renegados; y, después del sínodo de Arlas (314) y la introducción entre los cristianos del servicio militar, también se aceptó perdonar a los asesinos,

Los pecadores, antes rechazados y condenados para siempre, podían ahora volver a la Iglesia aunque, de todas formas, sólo mediante una única expiación que, por eso mismo, en la mayoría de los casos se aplazaba hasta la vejez o hasta el lecho de muerte. Si un joven recibía este perdón por causa de alguna enfermedad o peligro de muerte, surgían los escrúpulos. Porque, si sanaba y volvía a cometer un pecado grave, ya no era posible una segunda absolución; al menos hasta el tercer sínodo de Toledo, en el año 589.

La posibilidad de conceder un segundo perdón de los pecados no se introduce hasta comienzos de la Edad Media; en el siglo IX se exige someterse a ella de forma periódica y en el siglo XII la confesión anual se convierte en obligatoria. En la actualidad, todos los religiosos regulares deben confesarse «sinceramente» al menos una vez a la semana y los laicos al menos una vez al año; también deben hacerlo los niños de menos de siete años «si ya han alcanzado el uso de razón»,

Por el secreto de confesión (sigillum confessionis), el sacerdote tiene prohibido revelar «de palabra, mediante señas o por cualquier otro medio» —tal como lo expresa el cuarto concilio lateranense de 1215— lo que le ha confesado el penitente, ni siquiera para salvar su propia vida. No obs­tante, sólo se considera pecado grave la revelación directa, por ejemplo si el confesor, sobornado, descubre un adulterio; el pecado puede no ser tan grave en el caso de la revelación indirecta, por ejemplo, si el religioso dice que hoy alguien le ha confesado una monstruosidad. El confesor puede informar fácilmente de cualquier delito importante mediante este procedimiento medio legal, sin recibir por ello ningún castigo (!) (2).

Doble rasero para laicos y sacerdotes

Clemente Romano ya sabe a comienzos del siglo II que la confesión cristiana de los pecados exige oraciones, tristeza, lágrimas y postraciones: «¡arrójate a los pies de los sacerdotes!». Cien años después. Tertuliano ordena a los pecadores «vestirse de saco y cubrirse de ceniza, afear et cuerpo descuidando su limpieza, sumir al espíritu en la tristeza (...), gemir, llorar, llamar al Señor día y noche, postrarse ante los sacerdotes, abrazar las rodillas de los favoritos de Dios (...)». Y es que, como decreta León I en el siglo V en relación a la penitencia, «la bondad divina ha ordenado sus dones de modo que estén irrevocablemente unidos a los dones de los sacerdotes».

Sin embargo, la Iglesia de la Antigüedad no contaba con disposiciones detalladas acerca del perdón de los pecados de los propios religiosos; incluso descartó repetidamente que los sacerdotes y los obispos se some­tieran a cualquier forma de penitencia. Y más tarde, las penas más graves para ellos se quedaban muchas veces en el papel, sobre todo si los pecados no eran públicos. Clericus clericum non decimat- Bastaba con que expiaran sus faltas en privado, considerando «la superioridad de la dignidad clerical y el escándalo en la comunidad».

El caso de los laicos era completamente distinto.

Las penitencias eclesiásticas en la antigüedad y la Edad Media

El penitente debía ser condenado lo más dramáticamente que fuera posible. De entrada recibía toda clase de reconvenciones ante la iglesia. A continuación venía su confesión y una nueva declaración de la magnitud de su culpa, para lo cual tenía que postrarse en tierra, entre gemidos y lágrimas. Cuando el religioso dictaba sentencia, el pecador debía morder el polvo de nuevo. Finalmente le echaban ceniza en la cabeza, se enfundaba la ropa penitencial y era expulsado «como el primer hombre. Adán, del Paraíso». Dependiendo de la época y el lugar, los penitentes eran rapados o se les obligaba a dejarse crecer el pelo y la barba, para mostrar la magnitud de la afrenta que pesaba sobre sus hombros.

La confesión no siempre se llevaba a cabo públicamente. No obstante, San Agustín pedía que así se hiciera en caso de que la falta constituyera un «escándalo ante los demás» y fuese ya conocida. Ahora bien, cuando se empezó a sospechar que la confesión pública era un escándalo aún mayor y que había dejado de ser oportuna, fue eliminada: Nestorio lo hizo en Oriente en el año 390 y León I en Occidente en el 461; para este último, bastaba con «hacer examen de conciencia ante el sacerdote en confesión secreta». La confesión privada se convirtió en práctica general desde el siglo VII. No obstante, con la reforma carolingia volvió a em­plearse la confesión pública para las faltas más graves.

Hasta e! Siglo VII, los cánones eclesiásticos sólo mencionan, por regla general, la duración de la penitencia. Simplemente se comunicaba al «cri­minal» que tenía que hacer penitencia un número determinado de años, lo que, entre otras cosas, comportaba la exclusión de los sacramentos; también suponía llevar un hábito de penitente y un cilicio de crin de caballo, guardar ayuno constantemente, salvo los dfas de fiesta y los domingos, y, casi siempre, abstinencia sexual permanente y prohibición de viajar y de utilizar caballerías.

Resulta sintomática la progresiva suavización de las penitencias. A finales del siglo IV, el papa Siricio todavía exigía que se impusieran penas de por vida por las faltas más graves, por ejemplo, el ascetismo sexual hasta la muerte. (¡Piénsese en la conciencia torturada de quienes no podían mantenerla! ¡Y en la infelicidad de los que lo conseguían!) En algunos lugares los castigos de por vida se prolongaron hasta los siglos V y VI. como ocurrió en España con los asesinos, los envenenadores y —nueva­mente al misino nivel que los anteriores (cf. supra)— las viudas de los sacerdotes que se volvían a casar o quienes lo hacían con un hermano o una hermana del cónyuge muerto.

En la Alta Edad Media, cuando se generalizó la confesión frecuente, oral y privada, a un laico que quería tener relaciones sexuales pero no podía o era rechazado todavía se le imponía una penitencia de dos años; a una mujer que se masturbaba («mulier vero cum se ipsa coitum habens»; sola coitum habet), tres años; a una lesbiana, generalmente también tres, pero a veces cuatro, siete y hasta diez años. Eyacular en la boca de alguien se pagaba con tres o siete años y, en algunos casos, con penas de por vida. Si una mujer mezclaba en la comida el néctar de amor de su marido —la espermatofagia fue considerada durante mucho tiempo como vigori­zante— tenía que hacer penitencia durante siete años. Si un laico desfloraba a una monja, la expiación del pecado duraba ocho años, tres de ellos a pan y agua. Si algún fiel rijoso eyaculaba en la iglesia, te caía una pena de diez o —si lo hacía en compañía de una mujer o un hombre— quince años (3). Catastrófico... durante siglos.

Dios no se volvió indulgente hasta la Edad Moderna

Hoy las cosas parecen completamente diferentes; Dios se ha vuelto humano y comprensivo. Si antes se infligían castigos como desde la perspectiva divina de que mil años son como un día, hoy suelen imponenerse penas cortísimas por las mismas infracciones. Esto, por supuesto, forma parte de la táctica de los teólogos, que consiste en tener en cuenta a la hora de administrar la penitencia no sólo el pecado —como creen los laicos—, sino ¡también al pecador! Y si uno está seguro de éste, puede someterle a penitencias más duras. «Cuando pienso ahora en cuántas ne­cesidades espirituales nos confían las personas a los confesores —necesi­dades referidas, la mayoría de las veces, a una sexualidad temerosa, inma­dura y atormentada— y cuando pienso después en lo estrictos que son nuestros juicios al respecto porque 'la Iglesia* lo prescribe así, en la poca ayuda y comprensión que podemos brindar a estas personas —en el sentido del Evangelio—, ¡me avergüenzo y pido perdón!» reconoce un exsacerdote.

Asimismo, dichas penitencias palidecen ante las antiguas. Se trata de forma especialmente indulgente a aquellos de quienes se teme que no se sometan al castigo y se «alejen» —con otras palabras, los dejen «planta­dos»— en caso de que la penitencia sea demasiado severa. Y es que quien no cumple una penitencia porque es injustificadamente grande no comete pecado. Y, del mismo modo, quien olvida la penitencia que le ha sido impuesta «con o sin culpa de su parte» en sí no está obligado a nada».

Arrepentimiento sin arrepentimiento

La Iglesia hace todo lo posible en lo que se refiere al arrepentimiento, que siempre ha resultado imprescindible para ella; se comprende que un pecador seguramante no puede sentir un gran arrepentimiento por un pecado que se ha cometido durante siglos con el mayor agrado. De modo que, por una parte, debe mostrar un «auténtico dolor de los pecados», su arrepenti­miento debe ser «grande sobremanera», pero por otra parte no sólo no tiene por qué existir un «dolor palpable» sino que —sorpresa— ¡tampoco es necesario el arrepentimiento! Porque «en la mayoría de los casos, quienes se lamentan de no haberse arrepentido seguramente lo han hecho» y, por consiguiente, pueden ser absueltos «sin reparos».

El hecho de que un mismo procedimiento sirva para cancelar todos los pecados graves, pero no todos los leves, forma parte de los misterios del sacramento de la penitencia. (¡Las personas purificadas deben seguir sintiéndose inseguras!) Una absolución escrita tampoco es válida y la ab­solución oral tiene un alcance limitado. Por ejemplo, a San Alfonso le parece que «una separación de veinte pasos es un poco excesiva».

Pero si el penitente estaba lo bastante cerca del oído del confesor, si no ocultaba ningún pecado grave, si se arrepentía «sobremanera» en el sentido de que se arrepentía de no arrepentirse, en ese caso podía cometer el mismo pecado tranquilamente diez, cien, mil veces y ser una y otra vez (bisbisees) automáticamente absuelto. Algo fabuloso. Como ya escribió Nietzsche:

Murmura una frasecita,

se arrodilla y media vuelta,

 y con la última faltita

la anterior ya queda absuelta.

Según una confesión de un antiguo fraile católico, la cosa suena en prosa así: «cuando las jóvenes, con un asomo de gozoso arrepentimiento, me contaban con total ingenuidad que se acostaban con sus amigos, me dejaba completamante estupefacto que se lamentaran tanto y que no qui­sieran hacerlo nunca más, cuando el fin de semana siguiente lo volverían a hacer con toda seguridad».

Una Teología del pecado católica comienza su resumen final del «Men­saje de Salvación, Pecado y Redención» con estas palabras: «a riesgo de caricaturizar (...)» (4).

2. EL VERDADERO PROPÓSITO

No hay nada más evidente: el sacramento de la penitencia no pone trabas al pecado. Y, por supuesto, nadie sabe esto mejor que el propio clero. Más aún: no sólo lo sabe, sino que lo pretende. «¡Vosotros gritaréis con el corazón triste y con el espíritu quebrado gemiréis!» como se dice en Isaías. El clero querría que los cristianos fueran «todos ellos pecadores». Aunque, naturalmente, cuando un pecador se arrepentía, lo principal no era el pecado sino la sumisión. Y, por tanto, los creyentes debían seguir pecando, pues sólo entonces seguirían necesitando la absolución y siendo dependientes.

Es significativo que San Pablo hable del pecado casi siempre que exalta la Redención. Y es que, sin pecado, a nadie le hace falta la Redención. En cambio, el perdón es tanto más necesario cuanto mayor es la culpa. La Iglesia, en buena medida, vive desde hace casi dos mil años de esta burda construcción y de la candidez en virtud de la cual los hombres han creído y creen.

Cierto que en un primer momento esto pudo haber sucedido de buena fe, sin segundas intenciones, sin una falta de catadura moral tan evidente. Al menos es lo que parece indicar el rigor de las primeras penitencias. Pero cuando la práctica de la expiación única fue sustituida por la segunda expiación y luego por la expiación continuada se hizo evidente que ya no se trataba de moralidad, de «perfeccionamiento» del pecador, sino de crear seres dependientes.                                                

Por consiguiente, para la Iglesia sólo hay, en el fondo, un pecado que odie de verdad, el único que la afecta y la amenaza directamente, el pecado del escepticismo agnóstico, del pensamiento autosuficiente: la autonomía espiritual. Es, en su lenguaje, el pecado de «malicia» o «soberbia» que, desde Gregorio I, no sólo es uno de los ocho pecados radicales, sino algo así como su raíz más profunda, un pecado que conduce a la apostasía.

Para la teología moral no hay «duda de ninguna clase respecto a que los pecados de malicia, los 'pecados del espíritu', que tienen su raíz en la soberbia, son mucho peores y menos propicios al arrepentimiento que los pecados de flaqueza, que tienen su raíz en los instintos y la mayoría de las veces no llegan al mismo grado de premeditación que los pecados del espíritu». «Los peores pecados son los que se dirigen directamente contra Dios y su gravedad aumenta cuanto mayor es el rechazo a alabarle y a aceptar su amor. Los pecados relacionados con el odio a Dios, la blasfemia y la incredulidad son los que tienen mayor grado de gravedad». «La raíz última de todos los pecados es el no querer obedecer, el querer ser señor de uno mismo».

¡Porque es la Iglesia la que quiere ser señora de los demás! Y, por tanto, prefiere infinitamente, en teoría y en la práctica, ochenta años de una vida de pecado, dedicada día a día a los peores desenfrenos, pero en el seno de su comunidad, que un solo «pecado del espíritu» que hace del ser humano un rebelde, que le aleja de ella, que le sume en la duda, en la «incredulidad» que incluso puede hacerle vivir como los ángeles (cf. supra).

La «mala conciencia» que la Iglesia inculca en sus criaturas, que les administra casi con la leche materna y que, implacablemente, mantiene viva hasta la muerte, es la almohada de su dulce reposo. Porque sólo puede estar de buen humor mientras nos atosigamos y mortificamos, en tanto caemos y nos rendimos.

El hijo preferido de los teólogos

Así que el pecado es tan obvio para los cristianos como el nacimiento y la muerte. Domina sus vidas porque la Iglesia les domina a ellos. Y la Iglesia domina, sobre todo, por medio de aquellos pecados que son, con diferencia, los más frecuentes: los pecados sexuales. De este modo, el cristiano sufre una reglamentación que llega hasta la última circunvolución de su cerebro y hasta el último rincón de su cama. La insistencia en el pecado es para la Iglesia una condición sine qua non, una cuestión existencial; la Iglesia no le hace ascos, como tampoco se los hace a la «infame» y «frivola» «bagatelización de lo sexual», la «falta de respeto ante el ámbito sagrado de lo sexual». Porque «estos pecados, a consecuencia del poder de la concupiscencia, tienen una muy peligrosa tendencia a esclavizar permanentemente a los hombres y a embotar sus intereses religiosos».

Esto, naturalmente, es lo último que la Iglesia desea. Y si bien aspira a cualquier cosa antes que a extirpar el pecado sexual y educar a la masa para la santidad, tiene que preocuparse de mantener la conciencia de pecado y de crear conflictos de conciencia. Pues sólo entonces recibe a la persona contrita, dispuesta para la penitencia, necesitada de su consuelo y su ab­solución, sometida, en definitiva; una persona cuya conciencia no ha sido fortalecida, sino doblegada para sus intereses.

De modo que la sexualidad es reprimida desde la infancia; el niño es educado en oposición a sus propios instintos y se le infunde la obsesión por el pecado.

La Iglesia propaga y pretende el sacrificio, la renuncia. No obstante, tiene en cuenta la debilidad de la naturaleza humana, que deplora santu­rronamente cuando en realidad supone una gran baza para ella. Tiene en cuenta las flaquezas ante el ideal ascético. Sabe que muchas prohibiciones multiplican la culpa y aumentan la dependencia del creyente respecto del sacerdote, agudizando la conciencia de pecado, la esquizofrenia, la neurosis. Alguien se lamenta abiertamente —con licencia eclesiástica— de que «entre los jóvenes que viven una vida sexual desenfrenada apenas existe auténtico conflicto». Por tanto, instruye a los jóvenes para que se resistan a mastur-barse: «pon los brazos en cruz. Reza (...) Mientras tu voluntad esté con Cristo, el cuerpo puede hacer lo que quiera; no has consentido en el pecado, no lo has querido». Y más adelante: «lo más importante (...) tras una derrota es reconciliarse con Dios por medio del arrepentimiento».

Lutero, que en muchos sentidos fue el más sincero del gremio, formuló esto de modo mucho más abierto, sin tantos rodeos y pudor: «sé un pecador y peca sin miedo, pero confía y alégrate en Cristo». Y aún más contundente, si cabe: «los auténticos santos de Cristo tienen que ser pecadores buenos y fuertes y seguir siendo santos» (5).

«¡Odiad con fuerza!»

La doctrina del pecado también es un instrumento de poder de la Iglesia, por lo que ésta la inocula, la marca a fuego, la graba permanente­mente en los creyentes. Hay que ver con qué lujo retórico los antiguos Padres de la Iglesia atizan el odio al «pecado», al «amor a las cosas malas», como dice Juan Crisóstomo, que prosigue: «por ejemplo, el amor de los lujuriosos». Y, a continuación, comenta Romanos, 12, 9: «No dice 'conteneos', sino 'odiad', y no sólo 'odiad', sino '¡odiad con fuerza'! Porque quiere que nuestro interior también sea purificado y que nos ene­mistemos, odiemos y combatamos al pecado. Lo cual no significa, viene a decir, que Mi mandamiento 'amaos los unos a los otros' llegue hasta el punto de que debáis colaborar con los malos. No, Yo ordeno justo lo contrario: no sólo liberarse de las malas acciones, sino también de la inclinación hacia el Malo; no, debéis apartaros de él con repugnancia y odiarlo».

Y el mismo celo ardoroso, el mismo enardecimiento del odio a uno mismo, se encuentra, por supuesto, en San Agustín: «toda injusticia, grande o pequeña, debe ser castigada, bien por el pecador mismo al que el arrepentimiento conduce a la expiación, bien por Dios, que castiga en justicia. Porque quien tiene remordimientos también se castiga a sí mismo. Por ello, hermanos, castiguémonos por nuestros pecados si pretendemos la misericordia de Dios (...) Después, Dios se apiadará de nosotros. ¡Odiemos en nosotros lo que Dios odia! Comenzamos a agradar a Dios cuando cas­tigamos en nosotros lo que desagrada a Dios». Y en otra ocasión: «anula lo que has hecho para que Dios salve lo que Él ha hecho. Tienes que odiar en ti lo que es tu obra; tienes que amar en ti lo que es obra de Dios». O más lapidario: «ninguna persona llega a ser lo que desea si no odia lo que es».

El doctor gratiae predica el odio de la persona a uno mismo siempre y en cualquier circunstancia. «Si odias en ti mismo lo que Dios odia en ti, tu voluntad tenderá un puente hacia Dios. Enfurécete contra ti mismo para que Dios te acoja y no te condene». La peor aflicción del ser humano y su mayor necesidad es, según Agustín, «el conocimiento de la culpa, la mala conciencia». Y hoy, el catecismo holandés, que pasa por «progresista», sugiere: «Si de verdad hemos pecado, tomemos conciencia de ello profundamente: lo he hecho, soy culpable» (6).

El odio a uno mismo no ha sido cultivado con tanta intensidad en ninguna religión del mundo. Y con el odio a uno mismo, por supuesto, el odio a todos los que piensan y creen de forma distinta, porque el odio a los demás es precisamente el resultado del odio a uno mismo. Ya que ¿cómo podría amar al prójimo quien se detesta a sí mismo tan furibunda­mente? ¿Cómo podría aceptar y aprobar al otro quien no se acepta a sí mismo? Por ello, cuando la frustración, consecuencia inevitable de la obsesión eclesiástica por el ascetismo y el pecado, no se transforma en depresión, el placer asesinado —la consecuencia más terrible de la moral cristiana— conduce al placer por el asesinato.

CAPITULO 30. DEL ASESINATO DEL PLACER AL PLACER DEL ASESINATO

(...) Las relaciones sexuales son el deporte más sano e importante de la humanidad; muchos malhechores destacados de la historia se caracterizaron por su castidad. - ALEX COMFORT

El instinto de destrucción es la consecuencia de una vida que no ha sido vivida. - ERICH FROMM

Dentro de dos o tres siglos será cosa admitida que los buenos cazadores de cabezas son todos cristianos. - MARK TWAIN (1)

1. CONSECUENCIAS DE LA REPRESIÓN

Cada vez se hace más evidente que, como dice Wilheim Reich, «la energía sexual inhibida se transforma en destructividad»; que «la disposición al odio y los sentimientos de culpabilidad del ser humano dependen, al menos en su intensidad, de la economía de la libido, que la insatisfacción sexual aumenta la agresividad y la satisfacción la reduce».

Esto no sólo se detecta entre los seres humanos. El propio Reich escribe: «Me informé del comportamiento de algunos animales salvajes y descubrí que cuando están sexualmente hartos y satisfechos son inofensivos. Los toros sólo son salvajes y peligrosos cuando los conducen hacia las vacas, pero no cuando los traen de vuelta. Los perros son muy peligrosos cuando están encadenados, porque se les coarta la motricidad y la distensión sexual. Pude comprender los rasgos de crueldad en los estados de insatis­facción sexual crónica. Pude ver este fenómeno en viejas vírgenes hurañas y en ascetas moralistas. Me llamó la atención, por el contrario, la dulzura y bondad de las personas genitalmente satisfechas. Nunca he visto una persona satisfecha que pudiera actuar con sadismo. Cuando el sadismo aparecía en una de ellas, se podía atribuir con seguridad a una alteración repentina que impedía la satisfacción acostumbrada».

Los pueblos con una sexualidad tolerante son más pacíficos

La investigación etnológica ha hecho observaciones parecidas. Los pueblos sensuales y con una vida sexual libre no sólo padecen menos trastornos personales y sociales, sino que también tienen menos robos y asesinatos que los pueblos con una actitud negativa hacia la sexualidad.

La cultura polinésica del siglo XVIII no conocía ninguna forma de neurosis: los adultos exhibían en público todas las prácticas eróticas y, a su vez, los jóvenes las enseñaban a los niños de cinco y seis años.

Los esquimales de Groenlandia, un «pueblo natural» sin diferencias sociales, conflictos generacionales o psicosis, desconcertantemente amistoso y pacífico, unas gentes que no pegaban a sus hijos, casi no conocían la criminalidad, los robos o los homicidios. Su lengua carecía de insultos, así como de la palabra «guerra». Pero tampoco había entre ellos ninguna clase de hipocresía o de represión sexual; por el contrario, practicaban el intercambio de mujeres y una generosa hospitalidad desde Groenlandia hasta Alaska: las esposas se ofrecían a los invitados para pasar la noche con ellos. Las relaciones sexuales entre padres e hijos o entre parientes próximos tampoco eran tabú. Sin embargo, después de su cristianización, los esquimales se convirtieron en unos seres tan moralistas, celosos, alborotadores y pendencieros como el resto del mundo cristiano; aparecieron todas las formas de comportamiento asocial.

Otras sociedades equilibradas desde el punto de vista de la psicología de los instintos, sexualmente inalteradas, como los samoanos, los indios sirionos y los papúes de las Trobriand seguían siendo en las primeras décadas de nuestro siglo bondadosos, dulces, tranquilos y, al mismo tiempo, no mostraban en ningún caso signos de desorden sexual.

Los trobriandos, por ejemplo, no conocían la represión ni los secretismos y eran educados de una forma completamente natural, satisfaciendo sus instintos de acuerdo con la edad de cada cual: nada de «perversiones», enfermedades mentales funcionales, neurosis o crímenes sexuales. Carecían de una palabra que designara el robo. «En esta sociedad, la homosexualidad y el onanismo eran considerados como un medio antinatural de satisfacción sexual, como una prueba de que la capacidad de obtener una satisfacción normal había quedado trastornada. Los niños de las islas Trobriand desconocen la educación estricta y neurótica de la civilización, cuya obsesión por la pureza está minando la raza blanca. De ahí que los trobriandos sean espontáneamente puros, ordenados, sociales sin coacción, inteligentes y laboriosos. La forma social dominante de la vida sexual es la pareja mo­nógama, que es escogida voluntariamente y puede ser disuelta en cualquier momento sin ninguna dificultad; no existe la promiscuidad.

Y en Ghotul, en las casas de niños y adolescentes de los Muria de la India occidental, en las que sus ocupantes practican el comunismo sexual, tampoco existe criminalidad juvenil de ninguna clase, ni el más mínimo robo (2).

Sobre la castidad de los cazadores de cabezas y testículos

Por el contrario, muchas cofradías primitivas de Nueva Guinea for­madas por hombres que viven separados de sus mujeres destacan por su belicosidad y su crueldad. Son cazadores de cabezas y de testículos. Entre los Galla y otras comunidades de Etiopía, el hombre no entra en la edad del matrimonio hasta que puede presentar los genitales cortados de un enemigo; y entre los malayos y los asmats, hasta que exhibe como trofeo una cabeza. Significativamente, en Melanesia, Indonesia y Sudamérica hay tribus de cazadores de cabezas cuya religión prescribe la continencia sexual antes de una expedición guerrera o de pillaje. En cambio, la supre­sión de la caza de cabezas provocó inmediatamente ¡un aumento del número de adulterios! «La victoria pertenece a los más castos», reza una divisa de los habitantes del Hindukush, que, al parecer, nunca han tenido relaciones sexuales mientras estaban en guerra.

El hecho de que la posibilidad de contactos sexuales sea muchas veces mínima, tanto para los soldados como para los monjes, y el que ambos grupos lleven a cabo sus tareas acuartelados hacen más evidente la conexión entre belicosidad y represión sexual, entre agresividad y ascetismo. El ejemplo clásico: los espartanos, una casta guerrera reglamentada por el Estado hasta en los más mínimos detalles, que viven en cuarteles desde los siete hasta los sesenta años y hasta pasan allí su noche de bodas.

Pero hay otros indicios de la mencionada conexión. Así, muchos nue­vos estados de África se han vuelto bastante mojigatos, lo que ha llevado incluso a algunas campañas contra los vestidos cortos. El Consejo Revo­lucionario de Zanzíbar ordena apalear a quienes llevan minifaldas o pantalones cortos: cuatro bastonazos a la primera infracción e ingreso en un correccional a la segunda; ni siquiera los turistas están exentos.

Los fascistas griegos, que creían que sus enemigos estaban sometidos a «la ley de la jungla», también prohibieron las faldas cortas poco después del golpe de estado. Y, según parece, en el ejército popular de Ho Chi Minh reinaba un ascetismo implacable que no se limitaba a la estricta represión de la sexualidad, sino también a placeres sustitutivos como el alcohol, el juego y el opio.

En general, cuanto más totalitario y despótico es un régimen, tanto mayor es el tabú sexual. Aunque el placer nunca es completamente desna­turalizado —eso no lo soportaría ninguna sociedad— sí es reducido al mínimo. «Atrofia las necesidades sensuales del pueblo, pero nunca con excesivo rigor» instruye el Mefistófeles de Lenau a un ministro. Pero la represión permanente o la coartación de las funciones sensuales se trans­forma fácilmente en un sadomasoquismo latente, produce seres menos críticos y, por consiguiente, más sumisos, de los que los dominadores se sirven sin contemplaciones. Por el contrario, un pueblo con una existencia vital y alegre, una sociedad sin represiones, dada a los placeres, feliz y gozosa, es difícil de manipular y no es probable que se entusiasme por metas despóticas o por especulaciones transcendentales; quiere la felicidad aquí y ahora y siente poca inclinación por mortificarse, abstenerse, morir o aplicar estos tratamientos a otros. En cambio, el cristiano ha sido y es ejercitado justamente para esto. Porque cuando alberga más esperanza y amor es cuando más dispuesto está al sacrificio y a la muerte. Cuanto más esclaviza su propio cuerpo, tanto más fácilmente se deja esclavizar.

Satisfacción, una palabra «carente de belleza»

La conexión entre ascetismo e inhumanidad, entre renuncia y brutali­dad, en ninguna parte ha sido tan evidente como en el mundo cristiano. Su historia está envuelta retóricamente por los ecos del Evangelio del Amor: amor a Dios, al Prójimo, al Enemigo; Todos conocemos el magnífico himno de San Pablo: «si no tuviera amor (...)» Pero no lo tiene, no lo permite; al menos en su sentido natural, sexual. Y una moral que enseña amor y al mismo tiempo lo restringe, lo pervierte, lo falsea de tal modo que contraviene los valores fundamentales de la naturaleza y la vida, una moral semejante sólo puede producir el turbio ambiente de depresiones y coacción, de dogmatismos y fanatismos, que es típico de nuestra historia. Una moral semejante tiene que crear personas atormentadas, irritadas e infelices, propensas al resentimiento, al odio y a la guerra.

Sin sexo, el ser humano ni siquiera existe. Y de la misma forma que tiene brazos y piernas para usarlos, también tiene un falo o una vagina, y no para tenerlos arrugados detrás de una hoja de parra. La persona debe calmar su instinto sexual como calma sus ganas de comer o su afán de novedades. Por su naturaleza, aspira al placer y el deseo forma parte del amor (inglés: «love», alemán antiguo: «liubi» o «luba» relacionado origi­nariamente con la antigua raíz india «lubh» = desear) y la consecuencia necesaria del deseo es su satisfacción, por usar «una palabra carente de belleza» como dice el cardenal Hoffner, arzobispo de Colonia («una tierra completamente clerical desde siempre (...), lugar preferido de los oscurantistas».)

Porque la Iglesia no quiere que el deseo sea satisfecho: todo lo que está conectado con la paz le desagrada (su historia lo demuestra). La Iglesia incita a combatir el instinto, el hedonismo, el culto a la carne; obliga a la abstinencia y a una mortificación deformadora fuera del matrimonio y, bas­tante a menudo, también dentro de él. El «mono desnudo», que es precisa­mente el más sexual y el más lascivo de todos los primates, el «mono más sexy», debe vivir en contra de su naturaleza y en contra de sí mismo (3).

Un cristiano nunca es él mismo

De modo que el cristiano, en tanto es cristiano, nunca es él mismo. En el fondo, siempre vive contra sí mismo o, dicho de otra forma, no puede «vivir»; al menos no puede llevar una vida plena desde el punto de vista sensual, una vida íntegra y elemental. Porque quien limita o bloquea su libido en contra de sus necesidades, limita su propia vida y la bloquea. Todo lo que desea de verdad no le está permitido; y todo lo que debe hacer va contra su naturaleza.

La religión cristiana ha separado al ser humano de su propio ser, lo ha escindido en dos entidades, forzándolas a una lucha permanente, y ha asentado en él una discordia y un estado de descontento permanentes, la controversia y el enfrentamiento; no ha sido la primera religión en hacerlo, pero sí la que lo ha hecho más metódica y vilmente. En el cristianismo, lo emocional es truncado desde la niñez, lo sexual es mutilado, casi todos los deseos sexuales son tachados de malos o perversos. El Yo es difamado y lesionado, se refrena el afán de conocimientos y el desarrollo de la libertad y de la autonomía. Pero la «renuncia» ascética acaba por provocar sentimientos de vergüenza y de culpa, actos de contricción, melancolía y, a menudo, irritabilidad patológica, deseos de venganza, una disposición belicosa y persecutoria; y tendencia a la desesperación o al despotismo. El que está sexualmente insatisfecho no puede ser dichoso y muchas veces ni siquiera puede ser un individuo pacífico.

Si el asceta peca, le abruma el sentimiento de vergüenza. Si se controla, tropieza en la próxima ocasión o en la siguiente y se hunde cada vez más en un dilema enervante: la tristeza y la resignación o el fanatismo y el odio. Porque, de la misma manera que el amor pretende hacer feliz a la persona amada, de la misma manera que una vida sexual regular libera y el orgasmo relaja, su negación continuada provoca una congestión perma­nente: excitabilidad, irritabilidad y ataques nerviosos que alteran y deforman en primer lugar al propio individuo y después a las personas de su entorno.

¡Cuánto mal han causado y causan los neuróticos que descargan sus tensiones psíquicas, al tiempo que atormentan a los demás con la pedantería, el doctrinarismo y el comadreo sólo porque ellos mismos fueron atormen­tados por la moral dominante! Y es que, la mayoría de las veces, el neuró­tico, en su niñez, fue educado en la pureza y la castidad.

¡Cuántos estragos ha causado la prohibición del onanismo, por ejem­plo! ¡Cuántos miedos provocó, cuántos escrúpulos, enfermedades psíquicas y crímenes! «Con mucha frecuencia, la prohibición de la masturbación constituye el comienzo de una neurosis juvenil, el primer paso de una perversión y, en muchos casos, la verdadera razón de un asesinato (...) Pero no es sólo la prohibición del onanismo; la prohibición de todas las demás actividades infantiles posibles conduce también a la frustración y al miedo a ser descubierto en caso de infracción. El miedo desencadena agresiones. Un día las agresiones dan paso al asesinato. El asesinato es, en este sentido, el sucedáneo de la «actividad prohibida» (A. Plack, «La sociedad y el mal»).

La represión del propio deseo, la violencia contra uno mismo, es demasiado a menudo la responsable de la intolerancia y la inhumanidad hacia los demás. La mortificación se venga, el impulso en la dirección equivocada busca salidas y aparecen toda una serie de conflictos sociales que van desde la insolidaridad a las catástrofes colectivas, pasando por vilezas de todo género. Más o menos insatisfecho, más o menos baqueteado física y moralmente, el ser humano se rebela. La represión sexual perma­nente, ese alejamiento del ser más vegetativo y animal (¡que, por supuesto, no excluye un alto nivel intelectual!) exigido y promovido por el clero, se convierte al final en inhumanidad, la moral del amor pasa a ser la moral del odio que, con frecuencia, no es más que un equivalente embriagador de los placeres que faltan, del gozo del que uno se ha visto privado.

Por qué les gusta tanto la tortura sexual

No es casualidad que la crueldad se concentre tan a menudo en la genitalidad, que los tormentos preferidos sean los que se aplican sobre la vagina y el falo: arrancar el vello púbico, patear los testículos, golpear a la mujer. Los numerosos malos tratos practicados por la Edad Media cris­tiana en una medida y con una brutalidad hasta entonces desconocidas (aplastamiento de pulgares, descoyuntamientos, bota española, doncella de hierro, liebres mechadas, devanadera, balanza de inmersión, escama, descuartizamiento mediante caballos, instilación de plomo fundido en boca, nariz, ano o vagina, etcétera), en los que, la mayoría de las veces, la víctima debía estar desnuda, tenían casi siempre una componente sexual y sádica. Lo mismo ocurre hoy en día, por ejemplo, con los crímenes del Ku-Klux-Klan que, entre otras cosas, lucha por la castidad prematrimonial y la fidelidad conyugal: al hombre de color que (se dice) ha molestado a una blanca, primero lo castran, le obligan a comerse sus propios genitales y luego lo embrean, lo empluman y lo linchan.

El instinto constreñido disfruta de la vida mediante la perversión, que no es sino un reflejo distorsionado de la moral cristiana. «Bednarek, celador jefe de Auschwitz, que pisoteaba los genitales de sus víctimas hasta que morían, pisoteba así el instinto que la moral dominante le había enseñado a despreciar. Colectivamente, sucedía lo mismo en España donde, en algunos lugares, los hombres adultos y los jóvenes se arrojaban antaño a la arena después de la lidia para escupir en los testículos del toro muerto y pisotearlos: una verdadera fiesta del triunfo sobre lo considerado bajo y animal, sobre 'lo malo' que hay en nosotros mismos. El sentido 'moral' de toda crueldad reside exclusivamente en esto. La moral de los genocidas que hicieron de los judíos su toro no es otra que la de los pequeño-burgueses en cuyas filas se reclutaron: en Auschwitz, unos niños fueron 'rociados' con fenol porque se consideraba inmoral 'dejarlos dormir en las mismas salas que los adultos'. Quien tome esto por una consumada hipocresía todavía no ha comprendido el sentido de la crueldad y el sentido de nuestra moralidad. Su armonía es, ante todo, el resultado de la hipocresía objetiva que nos gobierna» (4).

Entre la moral de una sociedad y sus criminales existe, como es sabido, una estrecha relación: así, el hecho de que los adolescentes y quienes comienzan a envejecer supongan un porcentaje elevado de los criminales no es más que la consecuencia de las mayores renuncias de estos grupos de edad.

Más específicamente, los homicidios sexuales que hay que atribuir a la represión cristiana de los instintos son numerosísimos. Los crímenes sexuales sirven para liberar un excedente de instintos que habían quedado retenidos. En cierta medida, el criminal recurre así en tiempo de paz a un sustitutivo que la sociedad emplea colectivamente en la guerra. Y hace posible en tiempo de paz que todos aquéllos a quienes el deseo les produce un cierto cosquilleo en los dedos (o donde sea) se sumen por empatia a las ejecuciones colectivas, que casi resultan una especie de intento de liberación obtenida mediante la compasión y la exasperación. Sólo así se explica el enorme interés «literario» de las masas por los crímenes, en especial por los delitos sexuales.

Pero también en este sentido hay que cargar muchos homicidios se­xuales en la cuenta de la moral cristiana porque, con frecuencia, esos homicidios no se deben al placer, sino al simple pánico, sobre todo entre los jóvenes. Ha habido miles y miles de casos en que niños y adolescentes mataron a sus parejas después de un contacto sexual para no ser «traicionados» por ellas, por miedo a que se descubriera una relación considerada pecaminosa y criminal. En esos casos, la última responsabilidad, la verda­dera culpa, no recae en los asesinos, sino en la moral que está detrás del homicidio, cuyo producto indirecto es a menudo el criminal sexual.

Sobre la crueldad de los ascetas

Las vejaciones de que son objeto los creyentes e incluso el clero subalterno, secular o regular, así como el odio incendiario hacia los disidentes, son una muestra evidente de que los sacerdotes y monjes celibatarios, auténticos profesionales de la represión de la propia sexualidad, han sido los más propensos a todo género de brutalidades. Han sido precisamente los ascetas quienes han combatido al «Demonio» en su propia carne, al mismo tiempo que arremetían sin piedad contra la «amoralidad» de los demás, tranquilizando así su conciencia. «Las orgías masoquistas de la Edad Media» escribe Wilheim Reich, «la Inquisición, las mortificaciones, los tormentos o las penitencias de los religiosos revelaban su función: ¡eran tentativas sin éxito de satisfacción sexual masoquista!».

No obstante, Voltaire ya sabía que «los enemigos de la sexualidad humana, enemigos entre ellos y contra sí mismos, son incapaces de conocer las comodidades de la sociedad, que más bien odian. Se elogian elocuentemente los unos a los otros la dureza bajo la que todos gimen y que todos temen. Cada monje blande la cadena a la que él mismo se ha condenado y golpea con ella a su compañero, de la misma manera que es golpeado. Infelices en sus escondrijos, quieren hacer infelices a las demás personas. Sus monasterios albergan el remordimiento, la discordia y el odio».

Shenute, el conocido patriarca monacal que ayunó y se mortificó mu­chas veces hasta el límite (supra), estaba al menos lo bastante fuerte como para apalear bárbaramente a sus monjes, matando a uno de ellos como muestra de su celo religioso. Los monjes de las montañas de Nitria, que se sometían a terribles penitencias, atacaron por sorpresa a la hermosa Hipatia, la última gran filósofa del neoplatonismo, la arrastraron hasta una iglesia, la desnudaron y desgarraron su cuerpo con pedazos de vidrio. Y los inquisidores, que como cazadores de herejes pusieron en escena monstruosidades de un sadismo sin igual, también eran muchas veces as­cetas, hombres que luchaban violentamente contra su propia sexualidad. En el siglo XV, el rey Matías de Hungría se queja de los prelados porque «no evitan la cólera, pues se irritan contra sus sirvientes, se muestran crueles, los azotan y los hacen asesinar; y a todo esto lo llaman 'sano rigor'. Me da vergüenza hablar de la sed de sangre y la crueldad inhumana de algunos obispos».

«Y David trajo sus prepucios»

En fin, la consecuencia más terrible de la moral cristiana es que frustración y guerra se hallan en estrecha relación. El que está insatisfecho se puede volver peligroso en cualquier momento. La represión sexual sistemática, la anulación de la capacidad de gozar y un excesivo grado de autoexigencia provocan una mayor disposición a la guerra. La persona moralmente oprimida y maltratada por coacciones antinaturales ve su liberación en la situación excepcional de la guerra y, por consiguiente, está de acuerdo con ella en secreto. Bien mirado, no se trata de que sea seducida por un «caudillo» sino de que es seducida por una moral que le predispone hacia ciertos «caudillos». Vive en la guerra aquello a lo que renuncia en la paz. Significativamente, los delitos criminales disminuyen durante las guerras; los crímenes privados son compensados por los colectivos.

Es, por tanto, completamente lógico que el mundo cristiano, que está fundamentalmente determinado por el ascetismo y condena lo dionisíaco, se haya visto envuelto en muchas más matanzas —y más crueles— que cualquier otra religión, siendo muchas veces los propios clérigos sus ma­yores instigadores: desde las Cruzadas hasta la guerra de Vietnam. Porque quien ya no soporta su penitencia, ni sus tormentos y renuncias, ni a sí mismo, tiende a desahogar su entumecimiento y su inquietud sexual en el caos de la matanza; como en una borrachera.

Históricamente, la cristiandad ha sido influida en ello por una tradición que recuerda fatalmente a las costumbres de los cazadores de cabezas antes mencionados: la abstinencia sexual de los israelitas antes de una guerra. En la época predavídica, los judíos ya hacían su típica «guerra santa» que la mayoría de las veces terminaba con la proscripción del enemigo (hebr.: «herám»), su aniquilación total y la muerte de personas y animales, ¡pero que había comenzado con bendiciones religiosas y absti­nencia sexual!

En el Antiguo Testamento, el rey Saúl promete a David como esposa a su hija Mikal con la condición de que David ataque a los filisteos y le traiga cien de sus prepucios como prueba de su victoria. «Entonces David se levantó, partió con sus hombres y mató a doscientos filisteos. Y trajo David sus prepucios que fueron entregados cumplidamente al rey». (5). El significado de la palabra «ascetismo» y su misma esencia también están relacionados con la guerra. El ascetismo era practicado tanto por el atleta de la Antigüedad como por el guerrero. Y la vida del cristiano «ideal», sobre todo del clérigo y más aún del monje, debe ser una lucha permanente, un estado de guerra constante. El individuo que se mortifica se convierte en un combatiente; primero contra sí mismo y luego contra los demás.

De San Pablo al «ejército de salvación»

A San Pablo —cuya vida como cristiano fue, de principio a fin, un único ejercicio de agitación, un exceso de obstinación e intolerancia— le gusta la imagen de la guerra, entabla un «combate pugilístico», ejerce un «sevicio militar» para Cristo y considera a sus ayudantes «compañeros de armas». Clemente Romano, el supuesto tercer sucesor de Pedro, compara a los dirigentes de la Iglesia con «generales» y «jefes de ejército». San Cipriano aparece en la biografía cristiana más antigua —que está repleta de conceptos militares— como «oficial de Cristo y de Dios». La «jura de bandera» se convierte en un símbolo bautismal, la Iglesia en un ejército: una idea que ya estaba generalizada desde Constantino, el primer emperador cristiano, que hizo de su guerra una guerra de religión. En ese momento, la fusión de cristianismo y militarismo se realizó también en la práctica.

Es comprensible lo fácil que les resulta a los cristianos convertirse en soldados y asimilar la ideología militar: es el caso de Pacomio, el primer fundador de monasterios, cuya regla funcionaba «como unas ordenanzas militares», o de San Ignacio, cuya alegoría principal es la antigua idea ascética de la «batalla espiritual». Los monasterios se transformaron en «fortalezas celestes» (coelestia castra) incesantemente asaltadas por el ene­migo, los Westwerke (fachadas occidentales) de las iglesias románicas, calificados como «centros de mando del comandante de las tropas celestiales», pasaron a ser «castillos» (castellum), y toda la vida y la historia universal se convirtió en un dramático enfrentamiento entre Dios y el Diablo. «En toda la Edad Media», escribe un cristiano, «las ideas del religioso estaban atravesadas por la conciencia de ser un guerrero, incluso cuando estaba ante el altar para celebrar la misa». En el Comentario de la Misa de Honorio de Autun, que obtuvo una amplia difusión en territorio alemán, las partes del oficio sagrado eran interpretadas como fases de un combate.

Durante las Cruzadas se declaró oficialmente que la lucha por el cristianismo era un acto de guerra espiritual y se equiparó el derramamiento de sangre a las obras ascéticas. La correspondencia entre penitencias espi­rituales y sadismo bélico es especialmente llamativa en la orden de los templarios. Los piadosos caballeros prometen castidad y pobreza, tienen que dormir con la camisa y los calzones puestos, evitan el teatro, los bufones y los juglares —como destaca Bernardo de Claraval, uno de sus defensores más poderosos— y, de esta manera, se entregan con mayor vehemencia todavía a la lucha contra los enemigos de la cristiandad. Según Tomás de Aguino, los hombres permanecen virgenes no sólo en razón de algún trabajo espiritual, de una vida contemplativa, sino también «para poder dedicarse mejor al servicio de las armas». Porque el espíritu casto está dispuesto a cualquier sacrificio, incluso a la «heroicidad del martirio», como siguen diciendo en el siglo XX algunos fanáticos. Hay quien elogia la manía de los flagelantes y los cruzados, calificándola como «vigorosa» y escribiendo, ciertamente con razón, que podían «entregarse a una vida de castidad (...) con esa intensidad que sólo encontramos en la Edad Media». Por el contrario, como opinan en la actualidad los capellanes castrenses católicos, el sexo paraliza la voluntad de defensa, aniquila los ejércitos y las naciones, como hizo antaño con Sansón, y es más peligroso que «el posible enemigo militar del exterior» (6).

Asimismo, casi no es necesario probar que la evidente relación entre frustración, ascetismo e inhumanidad también ha aparecido constantemente entre las mujeres.

Tres damas castas

La emperatriz Teodora (muerta en el año 548), antes de su matrimonio con Justiniano —el tristemente famoso perseguidor de paganos—, era una hetaira notoria que después de su boda sirvió «en cuerpo y alma a las doctrinas de la virtud». Ahora velaba fanáticamente por la moral y en cierta ocasión juntó a quinientas prostitutas de Constantinopla y las metió en una «casa de penitencia» en donde, al parecer, la mayoría de ellas se arrojaron desesperadas al mar. De la misma manera que antes disfrutaba fornicando, ahora disfrutaba haciendo torturar a la gente. Entraba en la cámara de tormentos y observaba ansiosamente la torturas. «Si no ejecutas mis órdenes» rezaba su dicho favorito, «te juro por lo más alto que te haré desollar a latigazos».

Catalina de Medicis (muerta en 1589), contemporánea de la católica María Tudor (Bloody Mary), cambió finalmente una vida sexual atrofiada por una incontrolable sed de sangre. Crecida bajo la protección de su tío el papa Clemente VII, se convirtió en una de las mujeres más malvadas y sádicas de la historia moderna: responsable de la Noche de San Bartolomé, los «sangrientos esponsales parisinos», con entre quince y veinte mil víc­timas en una sola noche. Y el papa Pío V, que mandó dinero y tropas a Catalina, advirtiendo que «de ningún modo y por ningún motivo hay que ser indulgente con los enemigos de Dios» y exhortando a la guerra «hasta que todos sea masacrados», había sido dominico y Gran Inquisidor y siguió siendo como papa un asceta estricto y un juez de costumbres —su primer acto oficial: despedir al bufón de la Corte— que llevaba el hábito monacal de crin bajo las vestiduras pontificales y hacía y deshacía de acuerdo con esa mentalidad; o, lo que es lo mismo, quería convertir Roma en un monasterio.

Un magnífico ejemplo del presente: Ngo Dinh Nhu, política sudvietnamita, cuñada del presidente Diem, liquidado en 1963. Por un lado estaba la ferviente católica, militante y despiadada. «El poder es maravilloso y el poder ilimitado absolutamente maravilloso» solía decir. Como comandante del ejército femenino, reclutado por ella, persiguió con celo a los budistas, les dio caza (aún habría querido abatir «diez veces más») y era feliz con «cada monje asado». Para un golpe de mano contra los budistas, su familia pensó en el 24 de agosto, ¡aniversario de la masacre de la Noche de San Bartolomé! Y, de hecho, en agosto de 1963 se desencadenó bajo su liderazgo una auténtica guerra religiosa.

Por otra parte, madame Nhu valoraba la moral e introdujo algunos decretos draconianos sobre costumbres. Su ley de familia prohibía la poli­gamia y el concubinato y dificultaba extremadamente la separación. Si se veía en público a un hombre casado y una mujer extraña dos veces seguidas, ambos podían ir a la cárcel; la prostitución y los anticonceptivos fueron prohibidos, así como las salas de baile, incluso las privadas. Su razona­miento: «Basta con que bailemos con la muerte»; una ilustración clásica de la relación entre ambos fenómenos. También fueron prohibidos el twist —que se acababa de poner de moda en los primeros años sesenta— y las canciones sentimentales. «La moral de lucha de las tropas no debía ser minada por sentimientos como el amor, la compasión y la nostalgia. En los bares y discotecas sólo se permitían entonces himnos que exaltaran al presidente, a la juventud revolucionaria y a las aldeas militarizadas» (7).

La medida en que se relacionan castidad y crueldad queda simbolizada ejemplarmente por la más famosa imagen femenina del catolicismo, aunque hay pocos capítulos de la historia de éste que sigan siendo tan mal cono­cidos.

2. SALUS MUNDI MARÍA

No quiero callar, proclamaré en voz alta tus hazañas. - Liturgia oriental

Si Ishtar, la diosa del amor, fue escogida como deidad guerrera, «juez de batallas» y «señora de las armas», si la virgen Atenea fue diosa de la guerra y la virgen Artemisa, diosa de la caza, María no es sólo la dulce Señora, pura, casta, triunfadora sobre los instintos, cuya hiperdulía ha sido fustigada con razón por Joachim Kahl como producto y expresión de una sexualidad infantil y atrofiada. No, «María, la Reina de Mayo», «Nues­tra Señora del Tilo» y «del verde bosque», es también la gran diosa cristiana de la sangre y la guerra. Nuestra Señora del Campo de Batalla y del Genocidio. Ella siempre sabe «con toda seguridad donde está el enemigo», forma «constantemente la primera línea del Imperio de Dios», «en todas partes hace frente a Satanás».

Y para recordar las más sangrientas carnicerías de nuestra historia, las iglesias de las victorias de María cubren toda la Europa católica: desde Santa Maria da Vitoria en Fátima a María de Victoria en Ingolstadt, de la Maria-Sieg-Kirche de Viena a «Santa María de la Victoria», la iglesia conmemorativa situada en el campo de batalla de la Montaña Blanca de Praga.

Asesinar con María era una antigua costumbre cristiana. Cuando Constantinopla estaba en guerra, unas supuestas «reliquias de la Madre de Dios» eran paseadas por la ciudad, sumergidas en el mar y llevadas al campo de batalla. Las imágenes de Nuestra Señora adornaban la proa de las naves de guerra del emperador Heraclio y los pabellones guerreros del emperador Constantino Pogonato, del rey Alfonso de Castilla, del emperador Femando II, del emperador Maximiliano de Baviera, etcétera.

Muchos de los más importantes jefes de ejército cristianos fueron también grandes devotos de María: el fanático perseguidor de paganos Justiniano I, marido de la virtuosa Teodora (supra), Clodoveo, el genocida, Carlos Martel, el «Martillo de Dios», que mató en el año 732 junto a Tours a trescientos mil sarracenos con asistencia mariana, o Carlomagno, el exterminador de sajones.

María se convirtió en el grito de guerra del caballero cristiano, que a menudo llevaba la imagen de la Asunción en su escudo y recibía el espaldarazo con las palabras: «por el honor de Dios y de María, recibe esta espada y sólo ésta».

«(...) La verdadera dinámica mariana de la historia»

Todo el movimiento de las Cruzadas también estuvo «impulsado por fuertes energías marianas» como alguien comenta elogiosamente en la actualidad. «Cuando San Bernardo predicó su inspirado sermón de las cruzadas en la catedral de Espira, las masas le respondieron con el mara­villoso himno del Salve Regina, que resonó poderosamente en las bóvedas de la catedral. Querían suplicar la bendición de aquélla, poniéndose bajo su protección: 'O clemens, o pia, o dulcis virgo Maria'. Con su victoriosa ayuda, poco después entraron en Jerusalén»; y mataron a continuación entre sesenta y setenta mil musulmanes, cuya sangre llegaba hasta los tobillos o hasta las rodillas de los caballos. «O clemens, o pia (...)». En total, la «dinámica mariana» de las Cruzadas sacrificó a veintidós millones de personas, según cálculos prudentes. «(...) O dulcis virgo Maria».

El rey Alfonso de Castilla agitó un estandarte de María en 1212, en la batalla de las Navas de Tolosa, el día de la fiesta del Carmen; más de cien mil moros mordieron el polvo: otro de «los grandes días de Nuestra Señora». En 1456 fueron exterminados ochenta mil turcos junto a Belgrado con la ayuda de María; bajo su protección, fueron abordadas, hundidas o quemadas ciento sesenta y siete galeras en Lepanto. En 1935 se enviaron unas imágenes «milagrosas» de María a África para la expedición fascista de rapiña y gaseamiento en Abisinia; y de allí llegaron unas postales en las que la Virgen, dulce, casta, coronada de estrellas y acompañada del Niño Jesús, se sentaba en su trono sobre la torre de un tanque rodeado por las nubes de humo de las granadas enemigas. La leyenda: Ave María.

Pío XII, que fomentó decisivamente la mariología, también fue un gran promotor del fascismo en Italia, España, Alemania y Yugoslavia —es decir, de lo que los estrategas marianos denominan «la verdadera dinámica mariana de la Historia»— y uno de los mayores culpables de las matanzas de la Segunda Guerra Mundial. Dado el cinismo tradicional de Roma, su elevación a los altares parece lógica, más aún, imprescindible. ¿Qué dice Helvetius?: «Si uno lee sus leyendas piadosas, encuentra los nombres de mil crímenes santificados (...)». Y Jahn escribió: «La perversión de las costumbres crece sobre el suelo de la falsa moral» (8).

3. LA MORAL DE LA IGLESIA

Pero millones de muertos no han inquietado ni inquietan a esta Iglesia. Una Iglesia que llamó a ambos bandos a la Segunda Guerra Mundial. Una Iglesia que comprometió a todos los soldados a que juraran bandera. Y que está dispuesta en cualquier momento, en cuanto haya una oportunidad, a nuevos y mayores horrores que, de acuerdo con su concepción moral, tal vez sean necesarios, justos y buenos: un acto de amor... aunque el amor fuera del matrimonio es un crimen.

Un católico, al parecer nada impresionado por la Primera Guerra Mun­dial, escribió a comienzos de los años veinte: «Fuera de este ámbito del que brota la vida humana, no hay en absoluto ningún aspecto de la vida humana (!) en donde sean más funestos el desorden, la indisciplina y los excesos, dondequiera que aparezcan (...), la anarquía, la arbitrariedad y el impulso natural ciego e incontrolable. La humanidad tenía que pagar con su existencia semejante desenfreno y anarquía». Y después de la Segunda Guerra Mundial sigue diciéndose lo mismo: «si hay un instinto que puede rebajar a la persona por debajo de la dignidad de su razón y su libertad, es con seguridad el instinto sexual».

A propósito del buen tiro en la nuca y del placer maligno

Si antaño se sacralizó el placer sexual, en el cristianismo fue satani­zado. Si en el Cantar de los Cantares todavía se decía: «el amor es la mayor de todas las dichas», el cristianismo hizo de él el mayor de todos los pecados, o al menos el más condenado. Porque su ideal no era la felicidad sino el sufrimiento y la mortificación; por mucho que se quiera borrar en la actualidad, el cristianismo era radicalmente hostil a la vida, rigurosamente ascético y antidionisíaco. Antinaturalidad en lugar de naturaleza, represión en lugar de liberación de los sentidos, placer -perseguido en lugar de persecución del placer: ¡cuántas veces el tiro en la nuca ha parecido más inofensivo que el placer!

En la Edad Media, una mujer que se masturbaba una sola vez se hacía acreedora de una penitencia de tres años (supra). De modo que se castigaba bárbara y desmesuradamente algo que no había causado a nadie el más mínimo perjuicio y que al onanista sólo le había proporcionado placer. Pero quien golpeaba brutalmente a otro, quien había matado a alguien en la guerra o había asesinado por orden de su señor, ¡tenía que guardar penitencia durante cuarenta días! Ésta es la moral de la Iglesia.

¿O tal vez lo era? ¿Forma todo esto parte del pasado? Al contrario. En la actualidad, quien mata en la guerra, no se somete a ninguna clase de penitencias; hace tiempo que se acabaron las penitencias, ¡salvo para quie­nes no asesinan!, ¡salvo para quienes rompen su juramento militar! Ésta es la moral de la Iglesia.

¡Y todavía hay quien se toma esta religión en serio!

Setenta millones de personas —nuestro siglo lo prueba— pueden haber sido exterminadas por voluntad de Dios, como eméritas víctimas de guerras «santas» y «cruzadas». Setenta millones de fusilamientos, cremaciones y gaseamientos, setenta millones de víctimas de horripilantes matanzas de todo tipo que, a los ojos de los representantes del cristianismo, pueden transfigurarse en actos de deber, de heroicidad o de amor. En cambio, un solo acto de amor sin su bendición es un crimen mortal...

¡Y todavía hay quien se toma esta religión en serio! ¡No se ha con­vertido en tema de cabaret o en objeto de estudio para los psiquiatras! ¡No hemos incluido a sus predicadores en las filas de los cómicos, ni los hemos llevado a los juzgados o a las celdas de aislamiento! ¡Dejamos que sigan predicando... la religión del amor! ¿Cuándo se va a derrumbar esta religión del amor? Y no por la ira, ni por la venganza, ni por medio de torturas y hogueras, no, sino como consecuencia de una explosión de car­cajadas que estremezca a todo el globo terráqueo...

Por otra pane, también es llamativo que hasta hace poco la pornografía haya estado prohibida en todas partes y que en algunos sitios lo siga estando, mientras que todos los países permiten las novelas y las películas negras, la representación del asesinato, incluso para la juventud. Sin embargo, las películas sexualmente explícitas están restringidas o se advierte de que no son apropiadas para los jóvenes. Y es que, en la «cultura cris­tiana», el auténtico crimen no es ni mucho menos el asesinato, sino, cum grano salis, las relaciones sexuales.

De esta manera, el Bien y el Mal quedan trastocados, el uno ocupa maliciosamente el lugar del otro, se llama bueno a lo malo y malo a lo bueno; toda nuestra historia es un reflejo de esta moral. Una moral que nos sonríe sarcásticamente desde cada libro de historia, que está en cada clase de historia, sucia y triste, cubierta de sangre y de lágrimas. El escándalo no es el asesinato en masa, sino el amor entre dos personas sin consentimiento eclesiástico. Eso es lo bestial, lo diabólico, el skandalon. Y, tal como dice el cardenal Garrone, Dios no puede «hacer la menor concesión» al Mal. «No puede sino declararle la guerra: guerra cuerpo a cuerpo, si es preciso. Esa es la justicia de Dios».

Sobre el espíritu de la guerra en Vietnam

La Iglesia no ha dejado de apoyar la guerra, cuerpo a cuerpo, si es preciso... y con bombas y napalm. Eso es algo que no le preocupa.

Lo que le inquieta es el peligro de que la maldad de su código de costumbres y de su moral pudiera ser reconocida. Porque su moral es la base de su poder.

Así, no hace mucho, el cardenal Ruffini, de Palermo, opinaba que en Sicilia (como es sabido, enclave de la Mafia, que se encuentra en los monasterios como «en casa») «no hay más crímenes que en cualquier otro lugar. El verdadero peligro está en la decadencia moral del Norte». Asi­mismo, un prelado del arzobispado de Múnich-Freising afirmaba que «el espíritu del amor no ha sido desplazado en las luchas guerrilleras de Vietnam del Sur, sino aquí y ahora, entre nosotros: por ejemplo, en la 'guerra de los bañadores' de Loope, con todas sus manifestaciones añadidas». (Se trataba de si el hecho de que los escolares se bañasen desnudos todos juntos era moralmente peligroso.) No, no es la guerra, que ellos celebran como un «servicio a Dios», lo que es considerado «terriblemente grave», sino «una actividad de cortejo y flirteo demasiado temprana». «Dependiendo de si quedan preservados los fundamentos de la moral sexual se decidirá si somos un pueblo destinado a la decadencia o si se puede esperar de nosotros un resurgimiento».

...Y del desastre de una revista

Una guerra fecunda, un genocidio, no son ninguna desgracia para la Iglesia: «los sacerdotes siempre han tenido necesidad de la guerra» (Nietzsche). Desde San Agustín («¿Qué tenemos contra la guerra? ¿Que los hombres que tienen que morir algún día, mueran en ella?») hasta hoy, se ha admitido cínicamente dicha necesidad, que ya era conocida en el siglo V por San Teodoreto: «Los hechos históricos enseñan que la guerra nos proporciona mayores beneficios que la paz». En cambio: «No sabéis qué  desastres puede ocasionar una sola revista que esté por ahí tirada, cómo puede ser envenenada el alma inocente de un niño que está creciendo por una serie de imágenes lúbricas. Una juventud que está siendo alimentada por revistas de burdel y películas sucias tiene que acabar algún día en el arroyo!».

Por el contrario, si domina a «la alimaña que lleva dentro» se desarrolla «dura como el acero de Krupp» y cosas parecidas; esos jóvenes son, o eran, limpios, como en el Reich nazi, del que el cardenal Faulhaber certificaba en 1934 que había «acabado con burdos excesos en la literatura, los baños, el cine, el teatro y otros ámbitos de la vida pública» y había «rendido un servicio inapreciable a la vida moral del pueblo». Ya se sabe: una sola serie de imágenes lascivas... y el mundo se desbarata.

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo

¿Exageración? ¿Tal vez demagogia? No. «Es cierto» confirma inme­diatamente el padre Leppich, «es cierto: atrás ha quedado una guerra atroz» —una guerra, no lo olvidemos nunca, que en Alemania fue atizada por el conjunto del episcopado católico (¡junto al conde Galen!), «repetida e insistentemente», citando sus propias palabras, y que recibió igual sanción de la Iglesia evangélica—; una guerra, prosigue Leppich, «que nos ha dejado iglesias y casas destruidas y una multitud de muertos. Pero las casas y las iglesias destruidas pueden ser levantadas de nuevo y cada día nacen personas en número suficiente. No. Alemania no puede perecer por eso. Y si alguien me pregunta si Alemania está acabada o si tiene aún algún futuro, sólo hay una respuesta: vamos a acabar de nuevo de mala manera por culpa de nuestras mujeres, que arrojan al barro diariamente lo más santo que poseen» (9).

Oh, sí. «La sociedad. Dios mío» reza una frase que no se sabe bien de quién procede, «se ha ido tantas veces al Diablo que es endiabladamente extraño que todavía no se encuentre en el Infierno».

Porque, por supuesto, Alemania puede derrumbarse, y Europa y todos los demás países; pueden derrumbarse rápidamente, de la noche a la ma­ñana. Pero ¿por culpa de las mujeres? ¿No será más bien por culpa de una moral que ya ha acabado con la vida de muchísimas personas, en todos los sentidos? «(...) Cada día nacen personas en número suficiente (...)». «¿Qué tenemos contra la guerra?». «El espíritu del amor no será desplazado en las mortíferas luchas guerrilleras de Vietnam del Sur (...)». No, para ellos la cuestión no es ésa. Porque si ellos dicen «Dios», «Cristo», o «María», si conjuran el Cielo o el Infierno, el Vicio o la Virtud, la Salvación o la Condenación, lo único que les importa es su propio maldito Yo, su beneficio, su dominio, su poder; porque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, todos los ángeles y arcángeles, los querubines y los serafines, todos los espectros del Infierno y del Abismo con los que han seducido y ate­morizado, nunca han sido otra cosa que ellos mismos.


«La LA RELACIÓN DE LA IGLESIA CATÓLICA CON LA SEXUALIDAD A TRAVÉS DEL TIEMPO

DEL VATICANO II A JUAN PABLO II

Caminamos entre la inmundicia - PABLO VI. 1972 (1)

El sexualismo es (...) una expresión de la decadencia. Parece como si todo el país estuviera encharcado por unas aguas podridas y malolientes. - JOSEPH HÓFFNER, cardenal. 1984

Esto probablemente nos aclarará por qué antes hemos llamado la atención acerca del estrecho nexo existente entre la mujer y el animal: la sexualidad conduce a la bestialidad. - GRABER, obispo de Regensburg. 1980

Con lo cual, lo que en el mundo de los seres vivos es propio de los animales se transmite al ámbito de la realidad humana.- JUAN PABLO II. 1982

Y es que acaso no nos ha impresionado el mandato de arrancarnos los ojos y cortarnos las manos si estos miembros causan escándalo. - JUAN PABLO II. 1985 (2)

 

La educación sexual 'prudente' del Vaticano Segundo, rosarios ante el Ministerio de Cultura bávaro y misas 'abarrotadas' contra las clases de educación sexual»

«La alegría y la esperanza, la tristeza y la angustia de los seres humanos del presente, en especial de los pobres y oprimidos de cualquier condición, son la alegría y la esperanza, la tristeza y la angustia de los discípulos de Cristo». Esta afirmación afablemente compasiva del Concilio Vaticano Segundo, incluida en la constitución pastoral Gaudium et Spes, suena bien, hay que admitirlo, como tantos otros documentos de los actuales jerarcas de la Iglesia. Pero, ¿es sincera? En primer lugar, estos «discípulos de Cristo» no son, de hecho, discípulos de Cristo, sino más bien lo contra­rio: por lo menos, desde comienzos del siglo IV. En segundo lugar, la alegría y la esperanza, la tristeza y la angustia de los seres humanos, en especial de los cristianos, ya nunca han sido, desde aquella época, alegría y esperanza, tristeza y angustia de los jerarcas. Porque éstos promovieron el mantenimiento de la esclavitud —que incluso se endureció algo más en la época cristiana— y reconocieron desde muy pronto las ventajas que les reportaban las guerras, por sólo escoger dos catástrofes sobresalientes. En el siglo V, cuando San Agustín ya había mostrado su entusiasmo por la guerra, incluidas determinadas guerras ofensivas, el obispo Teodoreto, Doc­tor de la Iglesia, predicaba lo siguiente: «Los hechos históricos enseñan que la guerra nos proporciona mayores beneficios que la paz». Así que, en tercer lugar, los «pobres y oprimidos» no sólo fueron mantenidos por los papas y los obispos en su pobreza y opresión, sino que, en muchas ocasiones, fueron aún más empobrecidos y oprimidos. Y es que, como ya he escrito en otro lugar, el juego de prestidigitación de la Iglesia de hoy consiste en convertir los grandes sacrificios de los pobres en beneficio de los ricos los pequeños sacrificios de los ricos en beneficio de los pobres.

El Vaticano Segundo, en el capítulo sobre «Dignidad del matrimonio y la familia» sigue sosteniendo la indisolubilidad del matrimonio, que existe en virtud «del designio divino» y no está sujeto al «arbitrio de los seres humanos»... ¡excepción hecha de los papas! Como ha sucedido desde siempre, se prohibe la poligamia, el divorcio, el amor libre y cualquier actividad sexual fuera del matrimonio. «La Palabra de Dios conmina en diversos pasajes a los novios y a los esposos a que conformen su matrimonio por medio de un amor casto y a que lo vivan con un amor siempre íntegro». A cambio, se subraya que la fecundidad, la reproducción y la educación de los hijos son las finalidades del matrimonio y que los esposos deben «cooperar con firmeza y solicitud en el amor del Creador y Salvador, que a diario aumenta y amplía Su familia mediante ellos». Esto quiere decir, evidentemente, que la Iglesia amplía sus posesiones, pretendiendo acabar así con la crisis de vocaciones o, al menos, impidiendo que el problema siga creciendo.

El control de natalidad queda asimismo descartado. Salvo el muy inseguro método de utilizar los días no fértiles de la mujer, que ya estaba permitido, todos los demás medios anticonceptivos están estrictamente prohibidos (3).

A los prelados no les preocupa lo más mínimo ni la espantosa super­población, ni la terrible miseria, ni el hambre de millones de personas. «¡Sed fecundos y multiplicaos (...)!». Aparentemente se deja el número de hijos a la decisión de los cónyuges, pero «teniendo presente a Dios». Es decir, que no deben tomar en cuenta sólo su propio bien, sino también el del Estado y la Iglesia; no deben actuar «a su arbitrio» sino conducidos «por una conciencia que tiene que ajustarse a la ley de Dios, obedeciendo al magisterio de la Iglesia (...)» Por consiguiente, la cuestión no está tanto en el bien de los cónyuges y la familia como en el de la jerarquía eclesiástica, que «interpreta esta ley divina a la auténtica luz del Evangelio»; lo que de nuevo quiere decir: ¡tal como le interesa!

El Concilio tampoco aportó nada nuevo en cuanto a información se­xual. Aunque pidió «una educación sexual positiva y prudente» (una fórmula que resulta ya bastante tramposa para los avisados), esta «educación sexual positiva y prudente» significa, como reconoce el Concilio francamente en otro pasaje, que «los jóvenes deben ser informados acerca de la dignidad, los deberes y la consumación del amor conyugal fundamentalmente en el seno de la familia, de forma apropiada y en el momento adecuado, de modo que, acostumbrados a una disciplina de castidad, puedan acceder en su momento al matrimonio después de un noviazgo limpio».

Fundamentalmente en el seno de la familia, es decir, como suele suceder precisamente en los círculos católicos: lo preferible es que no se informe; de forma apropiada, es decir, lo menos posible; en el momento adecuado, o sea, lo más tarde posible; una disciplina de castidad y un noviazgo limpio, esto es, bajo la tutela del catolicismo hasta el pie de la tumba.

No es una casualidad que la educación sexual en las escuelas sea combatida por muchos católicos como un «grandísimo peligro» porque, como escribía en 1984 el padre Werenfried van Straaten (el famoso «padre mantecas» un combatiente de la guerra fría), «hasta ahora ha tenido efectos devastadores en todos los países en donde ha sido introducida.

Esta es la clase de propaganda en contra que se hace desde el lado católico, a veces tan furibunda como risible.

A modo de ejemplo, la obra Jóvenes. Hombre, Mujer (volumen II: para lectores entre trece y dieciséis años) que apareció en 1972 en la editorial cristiana Gerd Mohn como libro de texto aprobado en Baja Sajonia, Renania-Palatinado, Bremen, Hesse y SchIeswig-Holstein, es enjuiciada así por la revista Información del Círculo de Amigos Maria Goretti: «Este libro se ocupa de todos los aspectos de la sexualidad con una mentalidad propia de una película de O. Kohie, sobre la base de casi ciento cincuenta páginas de un material gráfico desvergonzado (...) y de unos textos com­pletamente indignos de llamarse cristianos (...) Lo que aquí se enseña a escolares de doce a dieciséis años no son otra cosa que conocimientos de burdel». Aunque hay algunas partes «irreproducibles» la revista católica extrae citas bastante explícitas sobre la masturbación, la homosexualidad, la pornografía y la relación sexual y después se pregunta quejosamente:

«¿de quién es la reponsabilidad por estas mil formas de seducir a niños y jóvenes a quienes el Hijo de Dios proporcionó la vida de la gracia mediante Su muerte en la Cruz?».

La misma revista atacó la información sexual en las escuelas, cuya necesidad es tan apremiante, con titulares en negrita como «Se extiende el desierto» o «El Apocalipsis ilumina nuestra situación». Y en marzo de 1981, cuando Hans Maier, el ministro de Culto bávaro —presidente del Comité Central de los Católicos Alemanes; no se trata, ciertamente, de un anticristiano— introdujo las clases de educación sexual en las escuelas del Estado, —naturalmente con el voto favorable del Landtag— la men­cionada revista, bajo el titular «Rosario ante el ministerio de Culto» elogió a ese «grupo de personas, en su mayor parte modestas pero fieles», que «reza desde hace cinco años (!) por nuestros hijos y por los responsables» cada primer y tercer viernes del mes a las siete en la Salvatorstrasse, delante del ministerio de Culto de Baviera. «¡Recen con ellos!».

Y aún hay más. La revista Información exhortaba a los sacerdotes de su Círculo de Amigos para que celebraran misas en honor de la Inmaculada por la desaparición de las «clases sexuales» de las escuelas. En aquel año pudo ya contabilizar ciento sesenta y cinco misas. No obstante, no se llevó a la práctica la propuesta de que se celebraran las misas «en alguna fiesta mañana, cuando las iglesias están 'abarrotadas'»; cosa que, quién sabe, quizás hubiera ablandado al Cielo tanto como lo están ciertos cerebros. Volviendo al Concilio, no sólo perjudicó a los hombres, las mujeres y los laicos, sino también a los clérigos, que han seguido soportando el celibato. Porque en la actualidad cada vez hay más sacerdotes que querrían casarse, que querrían ver abolido el celibato, una institución que, según Wilfried Daim, provoca «una proliferación en el clero de tipos infantiles, de fija­ciones maternas que, a consecuencia de un mecanismo de defensa incons­ciente, convierten la imposibilidad psicológica de soportar a las mujeres adultas en la virtud de la 'pureza' (...)» (4).

¡O en la virtud de la hipocresía! (supra). Porque cuando se restableció el diaconado, el grado inferior de la jerarquía clerical, se permitió que accedieran a él los hombres casados «de edad más madura», mientras que los jóvenes diáconos siguieron sometidos a la ley del celibato. Aun así, los grupos clericales conservadores temieron lo peor de este restablecimiento, mera consecuencia de la falta de sacerdotes. Y la discusión sobre el celibato llegó a involucrar al Papa personalmente (cf. supra). Así que quien quiere llegar a ser sacerdote o seguir siéndolo, ¡debe pagar el precio de la hipocresía!

Esta reunión de obispos, que fue seguida con tantas esperanzas por los desinformados, los simples y los utópicos ingenuos, no aportó nada nuevo en las cuestiones fundamentales de la sexualidad, reafirmó el viejo instinto de poder de los jerarcas y mantuvo la tutela sobre los católicos, incluido el bajo clero. Como resume un teólogo católico, «La nueva doctrina sobre el matrimonio pregonada por el Concilio sigue siendo la antigua. En su rígido legalismo externo, carece por completo de cualquier viso de humanidad concreta. Habla de instituciones, no de personas. Controla a las personas en lugar de ayudarlas; en lugar de ayudarlas a canalizar su instinto más íntimo y apremiante, su sexualidad».

Esta no es sólo la opinión de un teólogo católico crítico. Frente a quienes opinan que desde el Concilio se ha «avanzado», la ultraconservadora revista Información del Círculo de Amigos Maria Goretti («mártir de la castidad»), que en todos sus números esgrime argumentos verdaderamente cargantes y repulsivos en favor de la «pureza», constata objetiva y acertadamente que «de hecho, no es así. El Vaticano II no ha llegado a declarar nada nuevo sobre la cuestión de la E.S. (educación sexual), ni ha establecido nuevas reglas: como tampoco lo ha hecho sobre la sexualidad en general».

Y el propio obispo Vekoslav Grmic (de Maribor), que certificaba que en la constitución pastoral vaticana hay un gran respeto por el matrimonio y la familia y una extraordinaria dignificación del acto conyugal y de la importancia fundamental del amor, vio finalmente cómo sus expectativas resultaba defraudadas: «la Iglesia oficial se está volviendo cada vez más autoritaria y clerical, los laicos tienen cada vez menos que decir, las mujeres están discriminadas en diversos sentidos, lo que afecta a su igualdad de derechos en el seno de la Iglesia» (5).

Las transacciones de los Obispos desde Europa hasta Australia después de humanae vitae

Como es natural, la posición del Concilio coincidía en la gran mayoría de los puntos con la del Papa, lo que dada la dependencia de los obispos respecto a su señor casi no precisa demostración. En un discurso pronun­ciado por Pablo VI el 13 de septiembre de 1972 sobre «este delicado tema» que, como dijo, antes «era tratado con mucha precaución» y que hoy es abordado «con minuciosidad francamente provocadora», enumeraba de un tirón las siguientes plagas de la vida moderna: la ciencia del psicoa­nálisis, la pedagogía sexual, la literatura erótica, la «vulgaridad provocativa» de los anuncios, el «exhibicionismo indecente» del teatro, las revistas pornográficas y, finalmente, los entretenimientos en general, en los que se buscaban «diversiones cada vez más impuras y tentadoras». «Tenemos que concienciamos de que vivimos en una época en la que la faceta corporal del ser humano degenera a menudo en una inmoralidad desenfrenada. Ca­minamos entre la inmundicia».

Después de presentar esta «inmundicia» con algo más de detenimiento y de condenarla, poniendo la educación sexual ¡«al mismo nivel que la pornografía y la obscenidad»!, como constataba orgullosamente un co­mentarista católico. Pablo VI continuaba: «Tenemos que protegemos, que aprestamos a la defensa (...) No podemos ceder ante la inmoralidad que nos rodea por comodidad o por temor a los demás. Además, tenemos que concienciamos de que la juventud que comienza su andadura por la vida no tiene ningún derecho a la impureza de la que estamos tratando, como tampoco lo tiene el hombre moderno (...), ni el adulto, como si fuera inmune al desorden y al contagio de la inmoralidad provocadora». Y, obviamente, el pastor bonus no se privaba de decir a sus corderinos qué es «impureza», a saber, «el predominio en la persona de los instintos y las pasiones del cuerpo sobre la razón moral». No hace falta decir que esta razón moral no es sino la supuesta «ley divina» es decir, la antigua y maldita represión sexual de esta Iglesia.

Por supuesto, los obispos tienen que someterse al Papa, en caso de que no opinen como él. Ciertamente, en el clero católico hay una oposición global que es, sobre todo, resultado de la desbandada global de los cre­yentes. Pero cuando los prelados fingen al menos una cierta «liberalidad» bajo la presión general, al final tiene lugar una retractación evidentemente deseada por Roma. Así por ejemplo, después de Humanae Vitae, la confe­rencia episcopal australiana había declarado en una carta pastoral colectiva que si los católicos no podían aceptar de buena fe la doctrina oficial de la encíclica no cometían pecado en determinadas circunstancias. Pero dos años después los prelados australianos, en bloque, dieron un giro completo (una costumbre muy querida en círculos episcopales desde la Antigüedad). Así que estos obispos expusieron que la auténtica doctrina de la Iglesia católica, tal y como estaba contenida en Humanae Vitae, comprometía las conciencias de todos «sin ninguna ambigüedad» y excluía la posibilidad de cualquier punto de vista contrario a la doctrina de la encíclica, aunque expusiera verdades obvias (!).

Los australianos no eran, por supuesto, los únicos descarriados y en su primera interpretación permisiva del «sermón de la pildora» del Papa podían invocar, por ejemplo, la «Declaración de Kónigstein» de sus colegas alemanes. En este escrito del 3 de septiembre de 1968 ya se permitía —de forma oscura y sinuosa, puesto que estaba en oposición al Papa— la utilización de medios anticonceptivos artificiales a las personas que probaran ser escrupulosas —«sin ninguna arrogancia subjetiva», «sin pretender precipitadamente saberlo todo»—, teniendo en cuenta, desde luego, que podían «responder de su posición ante Dios» y que debían respetar «las leyes del diálogo interno de la Iglesia» y evitar «cualquier escándalo».

Los obispos se bandeaban con más o menos destreza entre la prohibi­ción de Roma y los deseos de sus partidarios. Porque, por una parte, la declaración papal no era definición ex cathedra, no era una effatio infallibilis, según la terminología técnica, y, por consiguiente, no era necesaria­mente imperativa. Pero, por otro lado, el Papa defendía lo que la Iglesia había predicado —asimismo como effatum infallibile— durante muchos siglos o «desde tiempos inmemoriales», como observaba el moralista alemán Gustav Ermecke. Por ello, este último constataba que Humanae Vitae con­tenía una «verdad de fe infalible» que obligaba «a todos, incluidos los obispos alemanes» y que la Declaración de Kónigstein ¡«no era válida para los católicos»! El teólogo explicaba a los obispos que «nadie puede rechazar una doctrina eclesiástica que en su foma actual es infalible y al mismo tiempo seguir siendo católico». Ergo: «La 'Declaración de Kó­nigstein' es nula de pleno derecho. Contradice doctrinas infalibles de la Iglesia (...) La moral matrimonial no admite rebajas» (!).

Los creyentes, en cambio, querían que fuese barata; y los pastores, obviamente, trataban de retener a las ovejas. Precisamente por ello, la sesión plenaria de la conferencia episcopal austríaca del 6 de noviembre de 1980 anunció que quien fuese «competente» en materia de control de embarazo y hubiese llegado a una «convicción discrepante» podía «seguiría en principio. Y no comete falta (...)»; aunque, por descontado, se le suponía dispuesto a «manifestar su respeto y su lealtad a la Iglesia en las demás cuestiones»: siempre el mismo tema principal. Véase más arriba. No obs­tante, el Círculo de Amigos Maria Goretti, abanderado de la castidad católica, consideró aquel punto de vista «como una afrenta a toda la Iglesia» y no andaba descaminado cuando se preguntaba: «¿hay en Austria dos clases de moral: las personas competentes pueden hacer algo sin cometer una falta y todos los demás (necios) no?».

Si Gustav Ermecke desmintió a los prelados alemanes, Johannes Stohr, el moralista de Bamberg, hizo lo propio con los austríacos. En una carta a los «reverendísimos señores» (!) presuntuosamente insolente pero amparada por Roma, por así decirlo, acusaba a aquéllos —«unido a ellos en Cristo»— de «un subjetivismo gratuito y arbitrario, una ética posibilista de fachada y una moral autónoma relativista». Muchas personas sólo vieron en esa declaración episcopal «una coartada para sus acciones inmorales». Para Stohr, entre los protectores públicos del libertinaje se contaba, además de la conferencia episcopal austríaca, su propio obispo. La Hoja de San Enrique, editada por aquél, traía «en negrita los siguientes titulares, que inducían a burdos errores: 'La conciencia es la instancia superior' (9-XI, p. 3), 'Los matrimonios deben decidir'. Los obispos de Austria no se equivocan cuando desaprueban los métodos del ciclo menstrual (23-XI-80)». El moralista de Bamberg veía por todas partes «simples ejemplos de falsa dia­léctica y táctica oportunista» —¡como si los jerarcas actuaran de otra manera!—, profetizaba «horribles consecuencias desde el punto de vista pastoral» y declaraba, «desde el punto de vista científico», que los obispos austríacos simplemente estaban «en la luna». Rezaba por su conversión y por la mejora de su «sentido de la responsabilidad» pastoral y estaba «completamente dispuesto» a indicarles en qué estado se encontraban las investigaciones, mediante referencias a las distintas «posibilidades de ase-soramiento e información teológico-científica» (6).

A propósito del firme episcopado polaco

Por supuesto, los obispos no en todas partes estaban haciendo inciertas concesiones. En el Este, por ejemplo, en la católica Polonia, mostraban menos indulgencia. En la carta pastoral de Adviento del 4 de diciembre de 1977, exigían con rotundidad a los polacos «la defensa de la ley de Dios en el terreno de la templanza y la castidad» y conjuraban «el peligro de disolución moral de la nación». «El amor», enseñaban, «ha experimen­tado una dolorosa perversión por culpa del Pecado original». El «mayor peligro» que le amenaza «por medio del cuerpo» es «la impureza, es decir, el placer sensual consciente y premeditado». Un «peligro aún mayor en este terreno» son «las opiniones falsas, mendaces y depravadas» que jus­tifican «casi todos los pecados contra la castidad» cuya responsabilidad se imputaba a «médicos y psicólogos». «La infidelidad matrimonial y la de­pravación moral no dejan de extenderse. Esto es lo que sucede, por ejemplo, en viviendas obreras, casas de estudiantes e incluso asilos de ancianos (!) y es una ofensa a Dios que exige castigo».

Al mismo tiempo, los obispos polacos atacaban abiertamente a su estado (comunista). La radio, el cine y la televisión, afirmaban, «se convierten cada vez más a menudo en medios para la difusión de la inmoralidad». Y les atribuían nada menos que «un plan secreto para destruir la moral de la nación». Hablaban de «planes perversos», de ensayos que conducían hacia «una temible esclavitud». «Todo acto sexual consciente y voluntario fuera del matrimonio es un terrible pecado». «Las brutales clases de educación sexual para niños y jóvenes (...) son un (...) hecho extremadamente dañino», en especial «la enseñanza de métodos anticonceptivos». «Es fácil aniquilar y dominar a una nación que ya no tiene voluntad (...)» (¡eso lo saben los obispos mejor que nadie gracias a una práctica de mil quinientos años!) «(...) y cuyo espinazo moral ha sido pulverizado y corrompido por la inmoralidad y el pecado»; eso es cierto: ¡por el catolicismo! Los demagogos espirituales apelaban a los padres, a sus amados jóvenes, a sus amados profesores y educadores y hasta a los hombres de la cultura, puesto que «ni siquiera el más grande artista está eximido del deber de respetar las leyes morales»: ¡las leyes que enseña la Iglesia católica! «Vigilad la salud de vuestras familias» decían. «Preservad la pureza». «Protestad contra la errónea educación sexual». «Defendeos». «Nadie tiene derecho a exigiros (...)»: ¡salvo los obispos! «Decid a todos que vuestro cuerpo es un templo del Espíritu Santo que habéis recibido de Dios y que ya no os pertenece a vosotros (...)»: ¡sino a la Iglesia católica, a la jerarquía eclesiástica, a su ilimitado afán de poder, que se extiende a todo, al vientre, a la cabeza, a la totalidad de la vida!

En otra «carta pastoral» del mismo año —en la fiesta de la Sagrada Familia de 1977—, los seductores clericales afirman lo siguiente: «La extinción del pueblo polaco es la trágica consecuencia de las prácticas de control de natalidad y del aborto». Pero la extinción del pueblo polaco en un plazo breve de tiempo —que es muy posible— no se deberá al control de natalidad, como todo el mundo sabe, sino que será la consecuencia de una guerra que los obispos admiten por principio, que siempre han permi­tido desde que existe (!); ellos han sido siempre los mejores proveedores de guerras de este pueblo.

Según los obispos, la práctica del control de natalidad y del aborto es trágica, además, porque «a veces» convierte a la mujer en una «inválida permanente». Como si los obispos hubieran tratado con cuidado la vida de las mujeres cuando éstas, reducidas a simples máquinas de parir, tenían que arrojar al mundo un hijo tras otro, literalmente hasta no poder más: «no importa, déjalas morir, que para eso están» como escribió Lutero (supra), ¡que había tomado este principio despreciativo y atentatorio contra la humanidad del catolicismo! «En todo el mundo se lucha hoy en día por la protección del medio ambiente». Pero en ninguna parte ha sido tan destruido como en el Occidente cristiano de acuerdo con la antigua orden bíblica de sometimiento y aniquilación: ¡Dominadlos! «Que todos los ani­males os teman (...) Que todo cuanto se mueve y vive sea vuestro alimento (...)».

Los pastores polacos continuaban: «El primer entorno (natural) de todo ser humano es el seno de su propia madre. Nadie puede intoxicarlo o dañarlo». Sólo a la Iglesia le estaba permitido enviar a la hoguera y a las cámaras de tormento a millones de mujeres, incluidas embarazadas, viejas, niñas y hasta lactantes. Porque, como escriben los prelados polacos, «allí donde se deja de respetar a los más pequeños, también se dejar de respetar a los ciudadanos adultos».

De modo que la Iglesia ha respetado a «los más pequeños»... teórica­mente. Pero, en la práctica, ha habido pocos lugares donde el aborto fuera una práctica tan sistemática como en los conventos de monjas. A los «más pequeños» ni se les ha respetado ni se les respeta: ¡desde la Antigüedad a nuestros días se les ha impuesto el bautismo! Hay que obligarlos a entrar en la Iglesia, porque como adultos sería difícil que dieran este escalofriante paso. ¿Y no es verdad que el Papa protege al embrión con tanto fanatismo para luego, una vez nacido, poder explotarlo y aniquilarlo, a menudo desde la infancia? ¿No hubo niñas que fueron quemadas como brujas? ¿No hubo infanticidios en las Cruzadas y en innumerables guerras? ¿No hubo una Cruzada de los Niños que tuvo un terrible final? ¿No fueron asesinados miles de niños a mediados del siglo XX en los campos de concentración de Croacia, un país profundamente católico? ¿No tenían incluso sus propios campos de concentración: en Lobor, en Jablanac, en Mlaka, en Brocice, en Ustice, en Sisak, en Gomja, en Rijeka...? (7).

Estas dos pastorales firmadas por todos los cardenales, arzobispos y obispos polacos han sido citadas más detalladamente porque un año después llegó de Polonia Juan Pablo II, el Papa actual. Resulta, por ello, compren­sible su conocido pesimismo sexual, que ha horrorizado a una parte del mundo, incluyendo a muchos católicos.

Juan Pablo II, propagandista de la «castidad» y enemigo del «placer carnal»

Desde entonces no ha pasado un año en que el mundo (católico) no se haya visto asolado por una riada de declaraciones papales sobre sexua­lidad y educación sexual.

Durante muchos meses, de septiembre de 1979 a abril de 1980, ¡la cabeza de setecientos millones de católicos no habló en las audiencias generales nada más que de sexualidad! Trató, por capítulos —parrafadas de teología de seminario, prolijas, aburridas, molestamente repetitivas, muchas de ellas casi incomprensibles—, del llamado Informe sobre la Reproducción, del secreto de la vida, de la esencia del regalo de la vida, de la participación en la vida divina, de la relación entre hombre y mujer, del pudor, de la pureza, del autocontrol, del «significado del cuerpo para la pareja» del dominio de la concupiscencia de la carne, etcétera, etcétera.

En una alocución del 4 de octubre de 1984 a los obispos del Perú, en visita ad limina, aparecen los temas que preocupan constantemente a Juan Pablo II: «el aumento del número de familias divididas por causa del divorcio o los adulterios y del número de uniones que carecen del vínculo del matrimonio cristiano» para lo que «el ejemplo diario de las clases superiores de la sociedad» ejerce a menudo «su influencia corruptora en las clases inferiores». El Papa deplora el «azote del aborto, del control artificial de la natalidad o de las relaciones prematrimoniales». Estigmatiza «la pornografía y una permisividad de costumbres que supuestamente des­truyen todo sentimiento de pudor». Permisividad es una de sus palabras preferidas y le gusta poner cualquier forma de sexualidad no amordazada por la Iglesia al mismo nivel de la drogadicción. «La permisividad sexual y la drogadicción destruyen la vida de millones de seres humanos (...)». Son palabras del 29 de mayo de 1982, a título de ejemplo.

A un mundo que camina entre el cieno de los sentidos, el papa Wojtyla le elogia las mártires de la castidad: en Roma, Santa Inés; en Zaire, la hermana Anuarita. Habla de la «gloria de la castidad», de la «pureza in­tacta» (¿es que hay una pureza no intacta?). Recomienda imitar las «he­roicas virtudes» de San Casimiro: «Su vida de pureza y oración es una invitación para vosotros (...)».

Casi se podría creer que a Juan Pablo II le preocupan pocas cosas aparte de la «concupiscencia»: la «triple concupiscencia», las «consecuen­cias de la triple concupiscencia», «en especial», como subraya, «el placer carnal, que desfigura la verdad del lenguaje del cuerpo». ¿Pero por qué es precisamente el «placer carnal», que sin duda forma parte de la «verdad del lenguaje del cuerpo», el que desfigura el lenguaje del cuerpo? Dejando aparte el hecho de que innumerables confesores, obispos y papas han vivido del «placer carnal» más y mejor que de cualquier otro «pecado» (supra).

El Papa enseña que el «placer camal» hace que las personas queden «cie­gas e insensibles hacia los valores profundos». Los «pecados de la incontinen­cia» traen consigo un «rebajamiento» de «la dignidad humana y sus consecuen­cias para la sociedad son incalculables». Ergo, la voz que clama en el desierto no deja de predicar contra la «concupiscencia», no deja de exhortar a mantener el «control sobre ella», en especial sobre «la concupiscencia sen­sual». La concupiscencia menoscaba la abnegación, despersonaliza al ser humano, le convierte «en un objeto para el otro». Pero lo que el Papa está exigiendo en este contexto —«la moderación y el dominio de los instintos (...) en su raíz, en el ámbito puramente interior» la «pureza», «abstenerse de la 'impureza' y de lo que conduce a ella», «preservar el cuerpo (...) en santidad y honestidad» etcétera— es precisamente lo que convierte al ser humano en objeto para la Iglesia, en esclavo de su represión moral, de su servidumbre culpabilizadora, que sigue siendo su instrumento de dominio más efectivo.

Según el «Santo Padre» en la lucha, el pudor nos protege «contra las consecuencias de la triple concupiscencia». Gracias a él, «el hombre y la mujer se mantienen como en el estado de inocencia original. Porque son permanentemente conscientes del sentido que el cuerpo tiene para la pareja y, por así decirlo, querrían protegerlo de los instintos (...)». Con lo cual, el pudor actúa de la misma manera que el Papa, que predica la «redención del cuerpo» «en la historia, desde ahora mismo, paso a paso (...), en la lucha constante contra el pecado, en la superación del instinto sensual». Esa redención, afirma Juan Pablo II, cura y santifica al ser humano «hasta el interior de su corporalidad», le auxilia «precisamente en su sexualidad». El ser humano sólo puede conocer el respeto y el autorrespeto así, sanado y santificado en su sexualidad, con ulteriores consecuencias curativas y santificantes: «este respeto y autorrespeto prohibe las miradas voluptuosas (cf. Mt. 5, 28) y todo aquello que las provoca».

¡Cuántas neurosis eclesiogénicas —un concepto acuñado por el ginecó­logo berlinés Eberhard Schaetzing hace más de tres décadas— son el resultado de esta moral que subyuga brutalmente al ser humano y condena el placer y el goce! ¡Pero no se trata de moralidad, sino de inmoralidad, de moral diabólica! Médicos, psicólogos y psicoanalistas lo saben muy bien; podrían contar tragedias... ¡y las cuentan! El teólogo, psicólogo y psicote-rapeuta católico Alfred Kirchmayr escribe:

«(...) tengo que decirle, señor Papa, que se precisó de un ímprobo trabajo de años para enseñar a muchos de mis pacientes con neurosis eclesiogénicas a vivir la vida de una manera más libre, más sana, con menos inhibiciones y angustias neuróticas. Debe entender que tales experiencias me indignan (...) ¡La instrumentación po­lítica y psicológica de Dios para la represión, la intimidación y la explota­ción de muchísimos seres humanos clama verdaderamente al Cielo!».

El propio Vaticano Segundo tuvo que reconocer los avances de «la biología, la psicología y las ciencias sociales», avances que (conseguidos muchas veces frente a opiniones y doctrinas seculares de la Iglesia), «ade­más de proporcionar a la persona un mejor conocimiento de sí misma» según los padres del Concilio, «le ayudan a influir en la vida social, conduciéndose metódicamente». Sin embargo, en rotunda oposición a la com­probación científica —que ya no es tan nueva, aunque entretanto ha con­seguido el asentimiento general— de que el ascetismo sexual provoca tensiones internas y una lucha enervante de la persona consigo misma, el Papa afirma: «a la luz de los análisis que hemos encargado, la abstinencia entendida integralmente es, en cambio, la única vía para liberar a las personas de dichas tensiones». Por otra parte, la sexualidad, tal como la practica una sociedad más libre y menos tutelada por la Iglesia —¡más una gran parte de la sociedad católica!—, por lo visto sigue siendo para este papa algo bestial. Así, el 28 de abril de 1982 decía que la mentalidad actual se había acostumbrado a «pensar ante todo (!) en el instinto sexual y a hablar de él, de modo que aquello que, en el mundo de los seres vivos, es propio de los animales, se transmite a la realidad humana (...)» (8).

Juan Pablo II, defensor del matrimonio posmoderno: cuanto más casto y fértil, mejor

Está claro que un papa de estas características defiende enérgicamente la moral eclesiástica medieval del matrimonio, difundiéndola tanto en Amé­rica como en África y Europa.

El 5 de octubre de 1979 elogiaba a los obispos de los EE.UU. porque decían que el matrimonio es «tan indisoluble e irrevocable como el amor de Dios por su pueblo y el amor de Cristo por su Iglesia». En África, donde en el pasado predominaba la poligamia, trató de embaucar a la juventud para que se preparara para el matrimonio mediante la oración, la autodisciplina y la castidad. «Debéis ser castos» exigió el 13 de febrero de 1982 en Onitsha (Nigeria). «Debéis ofrecer resistencia a todas las ten­taciones que se dirijan contra la santidad de vuestro cuerpo. Debéis aportar vuestra castidad al sacerdocio, la vida religiosa regular o el matrimonio».

De eso se trata: todos los blancos, todos los negros, todos los amarillos, todos los rojos, todos ellos deben tener muchos hijos en el matrimonio, castamente, para que nunca falten corderitos ni parásitos clericales, para que se perpetúe el poder de los obispos y los papas, para que florezca y crezca por toda la eternidad.

Durante su viaje a Alemania en 1980, Juan Pablo II hizo un alegato especialmente elocuente en favor de los intereses de la jerarquía eclesiástica en una homilía sobre el tema del matrimonio y la familia pronunciada en Colonia el 15 de noviembre. Estado y sociedad desencadenarían «su propia ruina» si se equiparaba la convivencia de los no casados con el matrimonio y la familia, auguraba. El Papa abogaba por «redescubrir la dignidad y el valor de la familia» y ofrecía para ello el «consejo» y los «servicios espirituales» de la Iglesia «a la luz de la fe».

La relación sexual completa entre hombre y mujer «tiene su ámbito legítimo únicamente (...) en el matrimonio»; y explicaba: el matrimonio es «el único ámbito adecuado para la reproducción y la educación de los hijos. Por tanto, el matrimonio está esencialmente orientado a la fecundidad (...), los cónyuges comparten la obra del amor de Dios». Es decir, que los cónyuges, los católicos, tienen que ser antes que nada funcionarios y siervos del clero, «una Iglesia en pequeño» una «Iglesia doméstica» como el Papa decía, porque, si no, «la Iglesia y la sociedad no podrían subsistir» (la Iglesia puede que no; la sociedad seguro que sí, ¡más y mejor!)

Al defender la «fecundidad matrimonial» Karol Wojtyla sabía, por supuesto, que hoy «las dificultades son grandes. Penalidades, sobre todo para la mujer, viviendas pequeñas, problemas económicos y sanitarios y, muchas veces, incluso la discriminación explícita que sufren las familias numerosas, obstaculizan el aumento del número de hijos». No obstante, el conocimiento de estos hechos no era óbice para que el Papa declarara que la «fecundidad» era la finalidad propia del matrimonio, condenando «con énfasis» el aborto, la «muerte del no nacido». Y volvía a repetir aquí, en otoño, lo que ya había anticipado el 31 de mayo en París: «El primer derecho del ser humano es el derecho a nacer. Tenemos que defender este derecho y su valor. En caso contrario, toda la lógica de la fe en la persona (...) se desmoronaría». Así se expresa el dirigente de una Iglesia que de­fiende la pena de muerte desde el final de la Antigüedad, que apoya las matanzas militares desde el final de la Antigüedad, que en la época de la amenaza nuclear todavía pone a sus capellanes castrenses a disposición de todos los bandos...¡con los católicos como víctimas! «El primer derecho del ser humano es el derecho a nacer»: esto es lo que dice la máxima autoridad de una Iglesia que ha asesinado, directa o indirectamente, a cientos de millones de seres humanos, a menudo del modo más espantoso; ¡y que ha seguido haciéndolo, más que nunca en el siglo XX!

Al menos, el «Santo Padre» reconoció que había una razón para sus llamamientos a la «fecundidad» ante los millones y millones de desnutridos y muertos por hambre y para sus elogios del matrimonio como «Iglesia doméstica» e «Iglesia en pequeño»: la preocupación por su propia continuidad, en especial, por la del clero. «Este es el primer ámbito del apostolado cristiano laico y del sacerdocio colectivo de todos los bautizados. Estas familias y matrimonios infundidos de espíritu cristiano son también los verdaderos seminarios, es decir, semilleros de vocaciones religiosas para el clero secular y regular».

En el fondo, el Papa querría que, en vísperas del tercer milenio, el matrimonio siguiera siendo como en la Edad Media: ¡cuanto más fértil y casto, mejor!

Por una parte, predica que el amor de los esposos y padres está «esencialmente ligado a la castidad, que se expresa en el autodominio y la abstinencia, en especial en la abstinencia periódica (...)». Por otro lado, el matrimonio es, para él, «el único ámbito adecuado para la reproducción y la educación de los hijos», está «orientado a la vida». Todo acto sexual del matrimonio tiene que estar abierto «a la propagación de la vida» enseña el Papa, de acuerdo con Humanae Vitae; «el amor matrimonial está esencialmente orientado a la fecundidad». O sea, que quiere que el matrimonio «dé frutos contantes».

En la audiencia del 10 de octubre de 1984 rechazó expresamente la opinión de que el Vaticano Segundo había abandonado la doctrina tradicional de la Iglesia sobre los fines del matrimonio (objetivo principal: ¡el hijo!). Por el contrario, considera «vigente la doctrina tradicional sobre los fines del matrimonio (y sobre su orden jerárquico)».

Como escribió Magdalene Bussmann, teóloga católica e historiadora de la Iglesia, en una carta abierta al Papa, inmediatamente antes de su visita a Alemania en 1987:

«Mientras en Roma sigan reuniéndose ancianos célibes, pretendiendo decidir autoritariamente el sentido y la forma del matrimonio, de la sexualidad, de la familia y de la pareja sin que los afectados tengan también derecho a opinar o a decidir, todas sus palabras acerca de participación, responsabilidad de los creyentes y libertad de los hijos de Dios seguirán careciendo de credibilidad.»

«(...) Si quiere usted venir, haga el favor de comprobar en qué consiste la presencia de la Iglesia en la República Federal: hombres, mitras, poder y ejecutivos a la mayor gloria de Dios y/o del Santo Padre, por lo que esta palabra apenas puedo ponerla sobre el papel, porque es para mí una blasfemia» (9).

Juan Pablo II o el aborto como primer episodio de la guerra nuclear

Puesto que el matrimonio debe ser, como en el pasado, lo más casto y lo más fértil posible, tampoco se puede discutir todavía sobre medios anticonceptivos. Los matrimonios no pueden actuar «según su'propio ar­bitrio» subrayaba el Papa en una audiencia, el 1 de agosto de 1984. «Por el contrario, los esposos están obligados a 'ajustar su comportamiento al plan de la creación diseñado por Dios'». En una serie de audiencias del mismo mes, volvió sobre este punto repetidamente, remitiéndose a la en­cíclica Humanae Vitae (citada a menudo por él para diversos temas). El 22 de agosto llegó a declarar abiertamente que el acto conyugal «deja de ser un acto de amor si se le priva artificialmente de su fuerza reproductora». Y eso no es todo. En una audiencia del 5 de septiembre del mismo año dio a conocer que tampoco sentía un gran aprecio por los «métodos naturales» autorizados por Pablo VI. Al menos advertía que «el aprovechamiento de los 'períodos no fértiles' en la vida matrimonial puede convertirse en fuente de abusos, si las parejas intentan evitar la reproducción por este medio sin motivos justificados, manteniendo el número de hijos por debajo del consagrado por la moral de sus familias».

El aborto, obviamente, es cosa del Diablo, un crimen, un «asesinato», un hecho para el que «no hay palabras».

El Papa no deja de hablar de este hecho para el que no hay palabras. No deja de predicar «con profunda convicción que toda destrucción pre­meditada de una vida humana mediante el aborto, cualesquiera que sean las razones por las que tenga lugar, está en desacuerdo con la ley de Dios, que no está permitida a ningún individuo o grupo». El «Santo Padre» no duda en machacar con semejantes doctrinas a los habitantes de las regiones superpobladas, enseñándoles «que la sabiduría de Dios anula los cálculos humanos». A este respecto, les inculcaba a los obispos indonesios: «No temamos nunca que el reto sea demasiado grande para nuestro pueblo; ellos han sido redimidos por la preciosa sangre de Cristo y son Su pueblo». Y se ufanaba de «que lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios (...)».

En los distintos lugares de África, el Papa tampoco difunde el control de natalidad sino lo contrario. El 13 de febrero de 1982, se lamentaba en Onitsha de que «los medios anticonceptivos y el aborto no han respetado a vuestro país». Y, al día siguiente, en Kaduna (Nigeria), decía, indignado:

«el aborto es un asesinato de niños inocentes (...) La lucha por la educación católica de vuestros hijos merece un fuerte apoyo».

Del mismo modo, el 2 de noviembre de 1982, en Madrid, condenaba el aborto como «un grave atentado contra el orden moral. La muerte de un inocente no puede justificarse nunca (...)». A continuación, citó las palabras bíblicas sobre los «pequeños», sus «ángeles del Cielo» y sobre aquel niño que, confortado «por la presencia de Jesús, dio un salto en el seno de su madre». Se dirigió a la tribuna y afirmó: «hablo del respeto absoluto por la vida humana»... el más alto representante de una institución que ha despreciado la vida humana con más intensidad, durante más tiempo y más espantosamente que cualquier otra institución del mundo, que ha torturado, que ha masacrado, quemado, ahogado, despedazado, arrojado a los perros y crucificado: ¡y casi todo esto, y mucho más, Ib sigue haciendo en pleno siglo XX!

El papa Juan Pablo II ni siquiera vacilaba en afirmar «que la difusión general de los medios anticonceptivos artificiales también conduce al abor­to» si bien, como es sabido, casi siempre ha sido y sigue siendo al revés, pues quienes abortan son, sobre todo, quienes no recurren a ningún método anticonceptivo.

No obstante, este papa alcanzó el colmo de su oscurantismo globalizador en una charla pronunciada en Vancouver (Canadá) el 18 de sep­tiembre de 1984, cuando tuvo la desvergüenza de relacionar el aborto ¡con la guerra nuclear! Pues «este crimen inefable» —del que no deja de hablar— «contra la vida humana, que rechaza la vida y la mata desde su mismo comienzo, establece una pauta para el desprecio, la negación y la supresión de la vida de los adultos y para el ataque a la vida de la sociedad». Y —¡menuda lógica de curas!— si la persona es vulnerable «desde el momento de la concepción» ¡también será vulnerable, «cuando crezca», a «la violencia de los agresores» y al «poder de las armas atómicas»!

No se trata de una simple tontería; también es una amenaza. Continúa:

«Hay un camino para la humanidad si quiere escapar a la propia tiranía y evitar el juicio de Dios». La guerra atómica se convierte así —de forma inequívoca y sabiamente previsora— en el juicio divino, porque el mundo no sigue la moral de la muy moral Iglesia católica y ha «abandonado la prác­tica de la santidad en la vida humana (...)»

como añade a continuación (10).

¿Abandonado? ¿Pero cuándo se ha practicado esta santidad? ¿En la quema de herejes y brujas? ¿En los casi dos mil años de progromos antijudíos? ¿En la aniquilación de indios y negros, con millones de víctimas? ¿Durante las Cruzadas, en alguna de las guerras mundiales, en la guerra del Vietnam?

«Herminia de los magreos (...)»

No parece que Juan Pablo II ataque la homosexualidad con tanta violencia; como hacía Pablo VI, la califica simplemente de «inmoral», aunque ni siquiera se refiere a la inclinación, sino a la «práctica». Algunos católicos, recurriendo casi a un eufemismo, tachan sus amenazantes invectivas de «simples tonterías». Sin embargo, la homosexualidad ha estado castigada con la pena de muerte desde la época veterotestamentaria hasta bien entrado el siglo XIX. Más recientemente se ha discutido el tema por parte eclesiástica en el Cuaderno de trabajo del sínodo de los obispos alemanes de la R.F.A.: sentido y forma de la sexualidad humana, del año 1973, así como en la declaración de la Congregación Romana para la Doctrina de la Fe Sobre algunas cuestiones de ética sexual, del 29 de diciembre de 1975, en la que también se tomaba postura frente a la mas­turbación y las relaciones prematrimoniales.

En la declaración de la Congregación Romana se dice: «Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son acciones privadas de su determinación esencial e indispensable. Son condenadas en la Sagrada Escritura como graves aberraciones y representadas en último extremo como el triste resultado de una negación de Dios. Aunque esta condena de la Sagrada Escritura no autoriza a concluir que todos los que padecen esta anomalía son personalmente responsables de ella, atestigua que las acciones homosexuales son en sí mismas desordenadas y en ningún caso pueden recibir alguna forma de aprobación». Incluso esto suena comparativamente moderado y una de las razones de esa moderación tal vez sea que el clero siempre ha estado especialmente afectado por este «vicio» y que hoy, naturalmente (o sobrenaturalmente), todavía sigue estándolo.

Me limitaré a recordar algunos casos recientes en el venerable arzobispado de Maguncia.

El maestro de capilla y sacerdote Heinrich Hain había «abusado» sexualmente de sus discípulos durante años... probablemente décadas. Al menos hubo —entre otros innumerables casos— «veintiún casos de mas­turbación recíproca, diecisiete intentos de penetración anal y cincuenta y seis relaciones orales que le supusieron en 1984 siete años y nueve meses de prisión». Además, el virtuoso espiritual había tenido relaciones en auto­buses llenos de pasajeros e incluso en la piscina del seminario arzobispal y, por lo visto, lo hacía tan bien que muchos de los «deshonrados» se olvidaban de todo el asunto. Una vez acusado, e incluso ya condenado, las víctimas querían «pedir y rezar» por él y esperaban con ilusión ¡«nuestro próximo reencuentro»! Antes del sacerdote Hain, el director de coro suplente y un vicario ya habían sido condenados en Maguncia como «pede­rastas» a penas de prisión similares. En fin, en el clero católico el asunto tiene una larga tradición en la que hay que incluir, nada tangencialmente, a la Curia romana (supra).

Pero no sólo allí. Un funcionario del capítulo de la catedral de Ma­guncia reconocía que a Heinrich Hain, antes de ser sacerdote y maestro de capilla, ya le habían hecho ver desde joven que, «siendo homosexual, en la Iglesia católica estaría en buenas manos». Porque, «aparte de la 'pero­grullada de que ésa era la única forma de follar en el seminario', las malas lenguas decían que el cardenal Hermann Volk también pertenecía a esa minoría que en los pueblos del Palatinado siguen llamando 'chingaculos'». «Al anterior obispo» —antecesor del actual primado de la República Federal Alemana, Kari Lehmann— «la gente de Maguncia lo conocía como 'Herminia'» y, según comenta sarcásticamente nuestro informante, «durante las procesiones, las ovejas del rebaño ya no se mordían la lengua a la hora de hablar de 'Herminia de los magreos'». En una palabra, que en Maguncia, «la ciudad de los cantos y las risas», también se murmura —incluso entre católicos que ocupan cargos y dignidades— que «el viejo prefiere meter su nariz en el culo de un niño».

«(...) Mientras su trono se mantenga firme, mi cama no se tambaleará»

Probablemente, el tema sobre el que los círculos católicos se expresan menos a menudo en la actualidad es la prostitución. ¿A alguien le sor­prende? Antiguamente, la prostitución fue fomentada no sólo por abades y superioras sino incluso por cardenales y obispos; hubo papas que cons­truyeron o compraron burdeles y nada menos que Pío II aseveró ante el rey de Bohemia, citando además a San Agustín, que la Iglesia de Cristo no podía existir sin prostitución organizada (cf. supra).

Desde entonces esto casi se ha convertido en una verdad de dominio público. En 1987, Flori Lille, que había sido prostituta en Francfort durante treinta años, escribió a su estimadísimo Papa:

«Mire, yo sé que mientras usted predique castidad, reinará mi lujuria, mientras usted siga desterrando los conocimientos sobre anticoncepción y aborto a las tinieblas, se man­tendrá mi monopolio, mientras usted siga institucionalizando la confesión y la oración, los pecados seguirán siendo caros, mientras usted defina el amor sólo de cintura para arriba, no tendré que romperme la cabeza (...) Con otras palabras: mientras su trono se mantenga firme, mi cama no se tambaleará» (11).

En sentido literal, esa cama se tambaleará aún más. Como lo hacen otro tipo de camas.

A propósito de los «valores de la castidad en el celibato» y de los alimentos de la jerarquía eclesiástica para los niños

Hoy en día hay seis mil religiosos católicos casados, sólo en Alemania. En todo el mundo hay ochenta mil sacerdotes separados de su oficio y casados —una quinta parte de todo el clero católico—, algunos con dispensa de Roma y otros sin ella.

Sin embargo, el papa Wojtyla sigue defendiendo férreamente el celi­bato. «En especial» dijo el 3 de mayo de 1980 a los obispos del Zaire, «los sacerdotes, los religiosos y las religiosas regulares tienen que tener firmes convicciones acerca de los valores de la castidad en el celibato (...), para permanecer sin ambigüedad fieles al compromiso que adquirieron —ante el Señor y ante la Iglesia—, que (sic) corresponde un gran signifi­cado en África y en otros lugares como testimonio y acicate para el pueblo cristiano en el arduo camino hacia la santidad». De modo que este papa no sólo predica la soltería por amor al Cielo, sino incluso que la soltería está por encima del matrimonio, que quienes guardan abstinencia voluntaria obran mejor. Éste es «también el punto de vista de toda la tradición doc­trinal y pastoral».

Entretanto, un pequeño ejército de sacerdotes casados estrecha la mano de su señor el Papa con la mayor sumisión, queriendo trabajar para él lo antes posible. Pero Karol Wojtyla está demasiado comprometido. Ya no puede legalizar el matrimonio de los religiosos; quizás lo haga alguno de sus sucesores. Si no queda más remedio, lo harán sin ningún escrúpulo. Todo lo que conviene es justo: éste es el principio supremo. Mientras tanto, esperan seguir tirando «castamente» con los «célibes voluntarios» y la jerarquía —obedeciendo a su hipocresía tradicional, bien acreditada (cf. supra)— prefiere soportar los matrimonios secretos de los sacerdotes y pagar los alimentos de los niños (12).

Su Santidad está todavía seguro de la masa de los religiosos. ¡De qué va a vivir un sacerdote si le echan a la calle! La mayoría de las veces, la angustia existencial es una atadura más fuerte que su fe, como ya sabía Lichtenberg. Y un poco de hipocresía siempre ha hecho la vida religiosa más soportable.

La cosa cambia con los jóvenes.

Llamamiento del Papa a la juventud o a propósito de la 'cultura de la muerte': «terror, erotismo (...)»

El papa Juan Pablo II teme perder a la juventud: ¡y con ella, todo lo demás! Durante su visita a Alemania, en noviembre de 1980, constató «una profunda desconfianza en la generación más joven hacia las institu­ciones, la normas y las reglas. Contraponen la Iglesia con su constitución jerárquica (...) al espíritu de Jesús». Como todos los dirigentes totalitarios, siempre está intentando conseguir la obediencia de los jóvenes. Les elogia la figura de Jesús, el amigo «que no traiciona»... como si le perteneciera, como si le pertenecieran todos, como si Wojtyla predicara realmente «la auténtica palabra de Dios».

En un mensaje a la juventud francesa del 1 de junio de 1980 en París, desea con maneras amablemente pérfidas que «todos (...) seáis maestros en el dominio cristiano del cuerpo (...)». Y, frente a las tentaciones de una «atmósfera laicista y permisiva», recomienda «la lectura del Evangelio», «el estudio de obras adecuadas», «la lectura detenida de las biografías de santos»: «manteneos fieles a su amor, llevad la ley moral a la práctica en su integridad y alimentad vuestra alma con el cuerpo de Cristo (...)».

«Decid a todos que el Papa cuenta con vosotros» le pedía el 30 de septiembre de 1979 a la juventud de Irlanda, sugiriendo que se convertía «demasiado fácilmente en marioneta de manipuladores» y que estaba dominada por fuerzas «que, con el pretexto de una mayor libertad, os esclavizan más» —¿más?— «Sí, queridos jóvenes, no cerréis vuestros ojos ante esta dolencia moral que asóla a nuestra sociedad, frente a la cual vuestra juventud no os puede proteger. ¡Cuántos jóvenes ya han echado a perder su conciencia y la auténtica alegría de vivir, supliéndolas por las drogas, el sexo, el alcohol, el vandalismo o el simple deseo de bienes materiales!».

Aparte del hecho de que nadie ha sido más eficaz a la hora de acaparar bienes materiales que la Iglesia católica, que en la Edad Media poseía la tercera parte del suelo de toda Europa y que en el Este retuvo un tercio del enorme imperio ruso hasta 1917, ¡el Papa coloca aquí la sexualidad entre las drogas, el alcohol y el vandalismo!

A la juventud madrileña la conminó el 3 de noviembre de 1982 a permanecer casta «entre aquellos que sólo juzgan a partir de los estereotipos sexuales, la apariencia exterior y la hipocresía»: ¡como si en alguna parte hubiera habido más hipocresía que en el clero católico! Y es este papa ultrarreaccionario el que llama a la joven generación a convertirse en ¡«activos y radicales transformadores del mundo y creadores de una nueva sociedad bajo el signo del amor, la verdad y la justicia»! ¡Como si su Iglesia, desde la Antigüedad, no hubiera puesto continuamente patas arriba todo lo que se entiende honestamente por amor, verdad y justicia! «Ni las drogas, ni el alcohol, ni la sexualidad ni una pasividad resignada y acrítica son una respuesta frente al mal (...)».

El 14 de abril de 1984 Juan Pablo II hacía un llamamiento a la juven­tud de todo el mundo: «Os toca averiguar si ha anidado en vosotros el bacilo de esa 'cultura de la muerte (p.e., drogas, terrorismo, erotismo y tantas otras formas del vicio) que, lamentablemente, envenena y destruye vuestra juventud». El «erotismo» aparece aquí, como de costumbre, ¡junto a las drogas, el terrorismo y las demás formas del vicio! El Papa prosigue:

«os digo, queridos jóvenes, una vez más: no cedáis ante la 'cultura de la muerte'. Elegid la vida (...) ¡Respetad vuestro cuerpo! Es una parte de vuestra humanidad. Es templo del ESPÍRITU SANTO. Os pertenece porque os fue regalado por Dios». El cuerpo, colocado aquí entre Dios y el Espíritu Santo, no pertenece precisamente al joven; en todo caso, no debe pertenecerle a él ¡sino a la Iglesia! ¡La Iglesia lo reclama! ¡Quiere disponer de él!

¿Pero qué entiende este hombre por «vida»? ¿Qué quiere decir para él «renovación»? Quiere decir «penitencia»; «que el ser humano sea cons­ciente de que es pecador»; «que sepa que sólo Dios misericordioso puede otorgar una segunda oportunidad (...)». Sin embargo, todo esto no significa nada más que: ¡más poder, más poder para la Iglesia! ¡Mayor tutela de los creyentes! Y, si Dios quiere, ¡también de los incrédulos! ¡De todos!

El Papa opinaba el 14 de mayo de 1985 en Amersfoort, ante la juventud holandesa, que los jóvenes consideraban excesivas las cortapisas que la Iglesia imponía, «sobre todo en el ámbito de la sexualidad (...) y en lo que respecta a la posición de la mujer en la Iglesia». Pero el Evangelio presenta a un Jesucristo que exige una conversión radical y ¡«desprenderse de los bienes materiales»! (Para que el Vaticano obtenga aun más!) «En el ámbito de la ética sexual destaca ante todo su clara toma de posición en favor de la indisolubilidad del matrimonio y la condena del adulterio, aunque sólo haya sido cometido de pensamiento. Y es que acaso no nos ha impresionado el mandato de arrancarnos los ojos y cortarnos las manos si estos miembros causan escándalo».

Primero: «elegid la vida (...) ¡Respetad vuestros cuerpos!». Después: «¡arrancaos los ojos! ¡Cortaos las manos!». Esta clase de gente se desen­mascara ella sola (13).

La nueva hipocresía o «los cambios de nuestros vecinos»

Bajo este Papa nos asóla una nueva hipocresía que recuerda a los años cincuenta, en la era de Pío XII. Se ha abierto la veda contra las películas permisivas, con el mismo señor Wojtyla como instigador; por ejemplo, cuando reza un rosario en el Vaticano junto a quinientos fieles en dasagravio por la «profanación de la Madre de Dios» en la película de Jean Lúe Godard Je vous salue Marie. Los fiscales han secuestrado rollos de películas pornográficas y en Milán y en Roma fueron incendiados al­gunos cines. Asimismo, los sociólogos y políticos liberales que propusieron la creación de «parques del amor» vieron cómo sus coches ardían y las ventanas de sus casas eran hechas añicos. La comenzada reforma del de­recho sexual está estancada. Se suprimen las áreas de camping y baño permisivas y, en algunos casos, los nudistas acaban en el hospital a conse­cuencia de las palizas recibidas, como ocurrió en Vernazza (Italia del Norte). En Rimini, un hombre de cincuenta y seis años arranca la oreja a un joven que se bañaba desnudo; los padres de una muchacha a quien otro joven se ha dirigido «irrespetuosamente» están a punto de estrangularle. «Posiblemente, los cambios de nuestros vecinos nos han empezado a afectar» escribe La Repubblica; «el movimiento del otro lado del Océano tal vez se nos esté echando encima».

Los fundamentalistas estrictos prácticamente han emprendido una cru­zada en favor de una «América más limpia» en especial durante el gobierno de Ronaid Reagan. Como consecuencia de sus presiones, se ha introducido la censura en bibliotecas escolares, manuales de enseñanza y textos de canciones, una censura entre cuyas víctimas se encuentran cada vez más a menudo libros como el Ulises de James Joyce o Huckieberry Finn de Mark Twain.

Obviamente, los jóvenes estadounidenses carecen de una información adecuada y el resultado de ello es una de las más altas tasas de embarazos no deseados y abortos de los países industrializados. El promedio de abortos en Estados Unidos es tan alto como en Inglaterra, Holanda, Francia y Suecia juntas, naciones donde hay clases de educación sexual y donde los medios anticonceptivos son baratos o gratuitos. En cambio, los Estados Unidos fueron en 1985 el único entre treinta y siete países industriales en que la cifra de embarazos de madres jóvenes había crecido en los últimos años. El adulterio es una amenaza hasta para la defensa, en el godús own country: una tierra, por cierto, a propósito de la cual el demócrata Thomas Jefferson, el amigo del pueblo, dijo que no le parecería mal que hubiera una pequeña revolución cada veinte años. En cambio, en mayo de 1987, el secretario de Defensa amenazó con el despido a todos los empleados que tuvieran una «conducta sexual desviada». Se consideraban anormales, entre otras cosas, el adulterio, el intercambio de parejas, la homosexualidad y las orgías sexuales.

Ronald Reagan, codo con codo junto al Papa, ha combatido el aborto en los Estados Unidos donde, desde una sentencia del Tribunal Supremo de 1973, la interrupción del embarazo en los tres primeros meses de ges­tación es un derecho constitucional de la mujer. En esta batalla, el Presidente sufrió una apretada pero grave derrota en el Senado a mediados de septiembre de 1982. Y cuando, en la Conferencia sobre la Población Mun­dial celebrada en México en agosto de 1984, amplió su veredicto de dejar de subvencionar a las organizaciones que favorecían el aborto, el Osservatore Romano vaticano alabó la postura como «un paso histórico en el camino de la confirmación del derecho de toda persona a la vida desde el instante de la concepción».

De hecho, los delegados decidieron no fomentar el aborto como medio de planificación familiar, siguiendo así una iniciativa del Vaticano. No obstante, aunque éste había querido que el aborto fuera completamente «excluido» como medio de planificación familiar, la Conferencia terminó declarando, por deseo de algunos países, su «escasa disposición» a aceptar este cambio. (Los estados del bloque del Este votaron en contra del paso exigido por Roma).

Reagan también coincidía con la política de Roma cuando en febrero de 1983 exhortó a las estudiantes a no tomar la pildora sin el permiso de sus padres («sólo si papá quiere»). O cuando en julio del mismo año responsabilizaba al abuso del sexo y a las drogas, entre otras cosas, del bajo nivel del sistema educativo americano.

En la tierra del puritanismo, los escándalos sexuales hacen caer incluso a políticos poderosos. Así perdió su cartera en 1963 el ministro de la Guerra, John Profumo. Unas callgiris se llevaron por delante a los ministros Lord Lambdon y Lord Jellicoe en 1973. Jeffrey Archer, segundo del partido de Margaret Thatcher, dimitió por razones parecidas en 1986.

El síndrome de inmunodeficiencia adquirida se ajusta demasiado a los planes de muchos e influyentes círculos del clero católico. Hay quien no vacila en seguir obstaculizando la necesaria información para los jóvenes ni siquiera en vista de esta terrible amenaza. Por ejemplo, tras anunciar la BBC una campaña informativa sobre el SIDA en 1986, la conferencia episcopal católica de Inglaterra y Gales hizo pública una declaración de protesta. El «sentimiento moral» de muchos cristianos iba a ser violentado; el «principio fundamental» de cualquier información sobre cuestiones se­xuales tenía que ser «que la relación sexual es únicamente la expresión del amor conyugal».

En Irlanda no sólo no se ha levantado la prohibición general del aborto, sino que en 1983 (cuando hasta la venta de medios anticonceptivos seguía siendo ilegal) adquirió rango constitucional, en medio de una cam­paña de la Iglesia católica enconadamente ideológica. Desde entonces, las abortistas son en Irlanda enemigas de la Constitución: un enorme triunfo de los obispos sobre el jefe del Gobierno, Garret Fitzgeraid, que vio cómo sus propósitos liberalizadores se esfumaban en el aire de repente. Y en 1986, cuando se empezó a discutir sobre la prohibición constitucional del divorcio —Irlanda era, junto a Malta, el único país europeo que lo prohi­bía—, el clero irlandés volvió a lanzar sus ataques para oponerse. El obispo Cassidy de Clonfert vio amenazado el caminar de los creyentes «por la senda de las leyes divinas». El cardenal Thomas 0'Fiaich, primado irlandés, habló de «la plaga del divorcio». Y el arzobispo de Dublín, McNamara, comparó al divorcio con la catástrofe de Chemobyl, pues ambas «envenenan a toda la sociedad» y llamó a la gente a rezar contra la «destrucción de los fundamentos tradicionales» (con todo, el Senado tuvo en Irlanda la facultad de disolver los matrimonios entre 1922 y 1937). El sacerdote de un suburbio dublinés escribió en una carta parroquial que el divorcio ¡era un invento de los nazis y había causado a los aliados más desgracias que la Wehrmacht o la Luftwaffe! Una vez más, la campaña católica tuvo éxito, los irlandeses se siguen casando para toda la vida y la política de la República todavía está «determinada por la Iglesia católica» (Fitzgerald).

En Holanda, una reforma del derecho sexual fracasó en 1985 cuando el ministro liberal de Justicia Korthals Altes, del Volkspartij voor Vrijheid en Demokratie (VVD), tuvo que retirar de su proyecto de reforma la rebaja de dieciséis a doce años en la edad de consentimiento. El contacto sexual entre adultos y jóvenes o la sexualidad con menores de edad cuando no están a cargo «del culpable» seguirían siendo ilegales y el límite de edad para la sexualidad despenalizada se mantendría en los dieciséis años.

En la República Federal Alemana, los círculos de la jerarquía ecle­siástica combaten desde hace tiempo con especial intensidad la interrupción del embarazo y la educación sexual en las escuelas.

A propósito de esta última, y más concretamente de la ley bávara de educación sexual en las escuelas, el obispo Graber dijo el 13 de mayo de 1980 en la fiesta de Fátima de Vilsbiburg: «tenemos que vol­ver a plantear la cuestión: ¿es que no vivimos en un mundo totalmente infestado por la sexualidad? Ahora ha ocurrido, precisamente entre nosotros, algo que no debería haber ocurrido nunca en el país de la Patrona Bavariae: la ley de educación sexual». Por ello, el obispo Graber recordaba las «pa­labras de Cristo, terriblemente graves» (referidas en este caso, como es evidente, a muchos políticos del estado, incluido su ministro de Culto y presidente del Comité Central de los Católicos Alemanes): «Quien escan­dalice a uno de estos pequeños que creen en Mí, más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y le hundieran en el fondo del mar» (Mt. 18, 6).

Porque una ley de esas características, decía el obispo, había que considerarla «sobre el trasfondo de la plaga sexual, es decir, de la mujer sobre la bestia escarlata (...)». Graber recordaba «la permisividad sexual, el genocidio del aborto, la emancipación sexual, el adulterio, las relaciones prematrimoniales, la homosexualidad» en una palabra, todo aquello que ya figura en el primer capítulo de la Epístola a los Romanos, «donde San Pablo refleja la suciedad de la inmoralidad por medio de vigorosísimas expresiones a las que ahora volvemos. La ley de educación sexual se enmarca en este panorama (...) Esto probablemente nos aclarará por qué antes hemos llamado la atención acerca del estrecho nexo existente entre la mujer y el animal: la sexualidad conduce a la bestialidad».

Una historia de dos mil años salpicada de sangre y crímenes aclara a dónde conduce la Iglesia. Su moral sexual forma parte de ella: en el pasado y en el futuro. En la actualidad, cuando una parte importante de la humanidad padece de desnutrición o incluso se muere de hambre, esta Iglesia se vuelve abiertamente y con toda la brutalidad que la caracteriza contra los programas de control de natalidad. Así, el mismo Juan Pablo II (Wojtyla) dijo en un discurso pronunciado el 7 de junio de 1984 ante el secretario general de la Conferencia Mundial sobre las Problemas de la Población que «la Iglesia condena como una grave ofensa contra la dignidad humana y la justicia todas las actividades de gobiernos y otras autoridades públicas que, de algún modo, intenten limitar la libertad de los esposos para decidir sobre su descendencia. Por consiguiente, cualquier medida coactiva de estas autoridades en favor de la prevención de embarazos, la esterilización o el aborto debe ser rotundamente condenada y rechazada con toda energía. Del mismo modo, hay que calificar de grave injusticia el hecho de que, en las relaciones internacionales, la ayuda económica a los pueblos subdesarrollados se haga depender de programas para la prevención de los embarazos, la esterilización y el aborto» (Familiaris consortio, nr. 30).

La cifra de víctimas, por muy alta que sea, nunca ha despertado la compasión de los papas. A Juan Pablo II los millones de muertos de hambre le dejan frío. Tanto si habla en Fulda como si lo hace en Nueva Guinea, siempre permanece frío y despiadado, siempre insiste en anunciar «el desafío de Jesús (!) sin vacilaciones y sin omisiones». «No temamos nunca que el reto sea demasiado grande para nuestro pueblo. Ellos han sido redimidos por la preciosa sangre de Cristo y son Su pueblo».

Por supuesto, el gran cazador de almas también sabe que «en los tiempos actuales la vida de los pueblos está (...) marcada por acontecimientos que dan fe de la oposición a DIOS, a Sus planes de amor y santificación, a sus leyes en el ámbito de la familia y el matrimonio (...) De modo que también podemos decir que la sociedad actual se encuentra en medio de una ola que la separa del Creador y del Redentor JESUCRISTO».

Uno casi querría exclamar: ¡gracias a Dios! Sólo cabe esperar que esa ola no deje de extenderse, de agrandarse, que un día pueda tragarse toda esa Salvación en la que lo único seguro son los beneficios de los salvadores (14)