La dama de las camelias

La dama de las camelias

Fue la cortesana más solicitada de su época. Pero aunque Marie Duplessis compartió sus favores con muchos nobles y adinerados parisinos, fue su relación con un joven modesto lo que le trajo la fama.

Marie Duplessis se anunciaba receptiva a proposiciones románticas con una camelia blanca. La roja aconsejaba paciencia.

 

Luego de un día de cabalgar en el campo, el joven alto y de anchos hombros -impecablemente vestido corno siempre, aunque apenas podía darse ese lujo- salió con un amigo a los teatros de París. En el Théâtre des Variétés, Alejandro Dumas pasaba más tiempo viendo a las atractivas mujeres en sus palcos que en el escenario. Entre el público de esa noche de septiembre había varias integrantes del demimonde, una clase de mujeres que se encontraban justo en el borde de la sociedad respetable. Aunque apoyadas por los hombres ricos y generalmente mayores a los que daban sus favores, estas mujeres ansiaban el verdadero amor de los jóvenes, aunque fueran pobres. Por lo menos así lo creían los jóvenes, como Alejandro Dumas, que tenía entonces 20 años. Lo atrajo una mujer en especial. "Era alta y muy esbelta, de pelo negro y complexión blanca y rosa", escribió después. "Su cabeza era pequeña, de ojos alargados que tenían el aspecto de porcelana de las mujeres de Japón. Pero había en ellos algo que indicaba una naturaleza orgullosa y vital... Podía ser una figurilla de Dresden." La mujer tan arrobadoramente descrita por el emocionado escritor era Marie Duplessis, la cortesana más afamada de la época. La mujer también se fijó en Dumas, porque poco después hizo señas a su amiga Clémence Prat, que conocía al joven. Al final del espectáculo, madame Prat invitó cordialmente a Dumas y a su amigo a su casa, que estaba casualmente junto a la de Marie en el elegante boulevard de la Madeleine. Luego de un corto lapso, Marie llamó a su vecina desde la ventana para decirle que estaba aburrida por la visita de un conde indeseable, y que ansiaba compañía. Madame Prat, y tras ella los dos jóvenes, entró a hurtadillas. Cuando el conde se fue, Marie sirvió una cena con champaña a sus tres invitados. Pero al final de la cena sufrió un acceso de tos y tuvo que salir de la estancia. Dumas fue tras ella y la encontró desmayada en un sofá. En el agua de un recipiente de plata había sangre. "¿Sufres?", le preguntó el joven. "Muy poco. Ya estoy acostumbrada a esta clase de cosas", le respondió la hermosa mujer. "Te estás matando", le dijo el joven. "¿Por qué de pronto esta devoción? ¿Estás enamorado de mí?", quiso saber ella, interrogándole con obsesión hasta acorralarlo. Cuando él titubeó, ella le exigió una declaración, pero le previno de dos consecuencias: "Puede ser que te rechace, en cuyo caso te sentirás agraviado por mí; pero puede ser que te acepte, y te verás con una amante abatida, con una mujer nerviosa, enferma y melancólica, cuya alegría te parecerá aun más triste que su dolor." El encuentro de Alejandro Dumas y Marie Duplessis tuvo lugar a principios del otoño de 1844 y fue seguido por un breve y agridulce romance, pero el argumento pertenece a una novela que Dumas publicó cuatro años después, La dama de las camelias.

EI dramático contraste de la pálida piel de Marie Duplessis con su pelo oscuro fue descrito por sus admiradores como el principal atributo de su belleza.

La vida de una cortesana
Nacida en 1824, en el mismo año que Dumas, Alphonsine Plessis fue la hija de un granjero del que se decía que la vendió a unos gitanos. Llegó a París como modista, haciéndose llamar Marie Duplessis. No se desempeñó mucho tiempo en esta labor, pues su delicada belleza atrajo rápidamente la atención del dueño de un restaurante,quien la instaló en un departamento. Su primer amante fue reemplazado poco después por el duque de Guiche, un pudiente joven mundano que había salido del ejército para ingresar nominalmente al instituto politécnico. Como amante del duque, Marie Duplessis se convirtió en la comidilla de París, asediada por multitud de pretendientes enloquecidos por su hermosura. Tenía entonces apenas 16 años.
Paseos diurnos en carruaje, asistir por la noche a la ópera o al teatro, ofrecer deslumbrantes fiestas y tener encuentros románticos con hombres deseosos de contribuir a su manutención: tal era la vida de una cortesana. Los servicios de Marie llegaron a ser tan bien pagados que se decía que gastaba 100 000 francos de oro al año. Su ropa era elegantísima y se rodeaba de flores. Pero el aroma de las rosas mareaba a Marie, por lo que usaba camelias, sin olor, y llenó su casa con las delicadas flores hasta que un observador comentó: "Era prisionera en una fortaleza de camelias."
Marie leía y discutía todos los libros de su biblioteca con sus múltiples amigos, además de ser reconocida como una consumada pianista. Ella admitía que su único defecto era decir mentiras. Pero disculpaba alegremente esto, afirmando: "Las mentiras conservan blancos los dientes." Cuando conoció a Dumas, Marie estaba relacionada con el ya mayor conde de Stackelberg porque -según la mentira que dijo a su joven pretendiente- ella le recordaba a una hija que había muerto. Cuando pasaba la noche con Dumas, decía a Stackelberg que estaba con su amiga Zélia. Al parecer, no mencionó a ninguno de los dos a su tercer amante, el conde de Perregaux. Si bien todos concordaban en que Marie tenía un corazón de oro, ella parecía necesitar ir de un hombre a otro, "obsesionada por el deseo de paz, tranquilidad y amor", según las palabras de un crítico de la época. Esbelta y pálida, Marie era una belleza etérea. Pero también era enfermiza y temía que su vida sería corta. Tras meses de un tórrido romance que lo dejó muy endeudado, Dumas se alejó de Marie, aunque ella le ofreció ser su amiga en lugar de amante. El 30 de agosto de 1845, él le escribió para dar fin a la relación que le había provocado tantos problemas: "No soy lo bastante rico para amarte como quisiera, ni tan pobre como para que me ames como quisieras... Tu corazón es muy grande para no entender esta carta y tu inteligencia demasiada para no perdonarme."

Lejos de ser una mujer vulgar, Marie Duplessis era una conocida espectadora de teatro y ópera, que frecuentaba los elegantes salones de recepción de la Ópera de París.

Pagando el precio
Cuando Dumas la dejó, Marie Duplessis se relacionó con el compositor Franz Liszt. Luego, a principios de 1846, aceptó una sorpresiva oferta matrimonial del conde de Perregaux. El 21 de febrero se casaron en Londres. Hubo quien sugirió que el conde solamente se apiadó de Marie, pues ella estaba sucumbiendo al agotamiento o a la tuberculosis. Se separaron poco después de volver a París y Marie quedó sola, ya sin la energía para participar en los eventos sociales y forzada a vender propiedades para alejar a sus acreedores. Instaló un reclinatorio en su habitación para sus oraciones privadas y finalmente pidió a un clérigo que le aplicara los santos óleos. El fin de la cortesana de 23 años llegó súbita e inevitablemente el 3 de febrero de 1847, mientras los festejantes del carnaval, cantando y riendo, salían a la calle junto a su casa del boulevard de la Madeleine. Mientras tanto, Dumas viajó a España y Argelia con su padre, también llamado Alejandro Dumas, el célebre autor de Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo. (Se les distingue como Alejandro père, padre, y Alejandro fils, hijo.) En el camino de regreso, Dumas supo de la muerte de Marie. Paseando junto a la casa dónde se conocieron y tuvieron sus primeros encuentros amorosos, vio el anuncio de una subasta de los objetos de la fallecida. Al no tener recursos para comprar los artículos más lujosos, se conformó con una cadena de oro que Marie usaba en el cuello. Incidentalmente, la venta no sólo recaudó dinero para liquidar las deudas restantes de Marie: también fue suficiente para legar una modesta herencia a una sobrina en Normandía. La única restricción fue que la muchacha nunca debería pisar Paris, cuyas tentaciones habían resultado fatales para su tía.

El dolor inspira un clásico
En mayo, Alejandro Dumas alquiló un cuarto de hotel, releyó las cartas de Marie e inició con todo el entusiasmo en la pluma la redacción de la novela que lo haría famoso.
En La dama de las camelias, una cortesana llamada Marguerite Gautier renuncia a su lujosa vida parisina para vivir en el campo con su joven amante, Armand Duval. Su idilio es interrumpido por el padre de Armand, quien manifiesta a Marguerite sus dudas acerca de la sinceridad de los sentimientos de la mujer. Ella rechaza sobornos y el padre le implora dejar a Armand en bien del nombre de la familia: no puede casar a su hija mientras su hijo convive con una cortesana. Entristecida, Marguerite abandona al joven, diciéndole que prefiere a un noble rico de la ciudad. Pero su regreso a la frenética vida cortesana agota sus fuerzas y poco después queda postrada en el lecho. Armand sabe la verdad cuando es demasiado tarde, aunque llega a tiempo para abrazar a Marguerite mientras ella se sume abatida en la inconsciencia.
Publicada en 1848, La dama de las camelias tuvo un enorme éxito y el joven Dumas fue abrumado con propuestas de dramaturgos profesionales para una adaptación teatral. Pero en vez de esto se retiró al campo y escribió febrilmente su propia obra. Pero al sugerirle a su padre que la produjera en el teatro parisino donde era autor y productor principal, Dumas padre objetó. El tema no era adecuado para el escenario: ni siquiera soñarlo. Su hijo lo presionó para que leyera el manuscrito. "Muy bueno", dijo el padre tras leer el primer acto, pero el hijo tuvo que salir a unos negocios. Al volver halló a su padre llorando. "Mi querido muchacho", exclamó. " !Estaba completamente equivocado! Tu obra debe ser puesta en escena..." La obra se estrenó en 1852 y su éxito fue mayor que el de la novela. Pero cuando Giuseppe Verdi transformó la historia en su ópera llamada La Traviata al año siguiente, Marie Duplessis ganó la inmortalidad. Ciertamente, su notoriedad se prolongó hasta el siglo XX y se hicieron no menos de cinco películas basadas en la historia de Dumas, la más admirada de las cuales fue Camille, protagonizada por la hermosa actriz sueca Greta Garbo en 1936.

Entre sus amantes, Marie Duplessis no solo tuvo a ricos y nobles de la sociedad parisina, sino también a intelectuales y artistas como el compositor Franz Liszt (der.) y el escritor Alejandro Dumas (arriba), quien la inmortalizó en su novela y obra de teatro La dama de las camelias.

Madame Pompadour: al lado del ley

Como cortesana, Marie Duplessis no podía ser recibida en la alta sociedad de París. Pero apenas un siglo antes, estas mujeres eran aceptadas en los niveles más altos: la más famosa de ellas fue Juana Antonieta Poisson, que durante 20 años fue la amante oficial del rey Luis XV ante los ojos de toda Francia. Cuando su padre tuvo que huir de Francia por un escándalo financiero, Juana Antonieta fue criada por un amigo de la familia y se le educó en arte y literatura, para hacer de ella la esposa adecuada para un hombre rico. En 1741, a los 19 años, se casó con Charles-Guilliaume le Normant d'Etioles, quien era lo bastante rico como para establecer un salón parisino donde se reunían las principales figuras intelectuales y sociales de la época. Aunque la pareja parecía ser feliz, Juana Antonieta tenía más ambiciones: a los 9 años, una adivina le predijo algo que parecía descabellado: sería la amante de un rey. No fue sino hasta febrero de 1745, en el banquete de bodas del hijo del rey, cuando conoció a Luis XV, 11 años mayor que ella. Casi inmediatamente se hicieron amantes, y antes de terminar el año ella ya vivía en un departamento en el palacio de Versalles. Su matrimonio fue convenientemente disuelto y se le otorgó el título de marquesa de Pompadour. Como la amante oficial del rey, madame Pompadour impuso las modas de la época y fue reconocida incluso por la reina, aunque los críticos la acusaron de ejercer demasiado poder político. Cuando el rey comenzó a buscar mujeres más jóvenes, su romance se convirtió en amistad, y Luis quedó devastado cuando su controvertida amante faIleció en 1764.

Madame Pompadour, patrocinadora de la literatura y las artes, dio su nombre a un estilo de peinado.

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