
El fútbol, la violencia, Maradona, el negocio, la relación entre deporte y
política, una visión crítica sobre los ídolos, reunieron a Ángel Cappa,
director técnico de Racing y profesor de filosofía, y al ensayista Juan José
Sebreli, autor de un libro flamante: La era del fútbol. La proximidad del
Mundial Francia ‘98 reaviva el debate. ¿Qué hay detrás de lo que suele
definirse como «pasión de multitudes»? A un mes exacto del inicio del
Mundial ‘98 en Francia, ¿qué significado tiene deportiva y culturalmente?
Cappa: Creo que el Mundial ha perdido el significado de lo que era. Cuando
el fútbol entra en el mercado se convierte en un producto y pierde significado
y contenido. Antes, un Mundial era ver, cada cuatro años, a los mejores
jugadores en una competencia donde había talento. Ahora los jugadores
llegan con una enorme cantidad de partidos encima, agotados, con una
exagerada exhibición en todos los medios. Antes que una fiesta, el Mundial
es un producto de consumo.
Sebreli: El predominio político que hubo en el fútbol desde su
profesionalización pasó a segundo término: hoy prevalecen los intereses
económicos. El primer Mundial, en 1930, se juega en Montevideo. Ahí se
muestra la falsedad de la fraternización de los pueblos: fue una verdadera
guerra entre argentinos y uruguayos. El segundo Mundial se juega en la Italia
fascista de Mussolini y todos los países democráticos que lo disputaron lo
aceptan. El del 78 pasó a la historia, junto con las Olimpíadas de Hitler y el
Mundial de Mussolini, como una de las mayores manipulaciones políticas
que se hayan hecho en la historia. El de México con el gol de Maradona,
llamado «la mano de Dios», y el de Estados Unidos, donde Maradona es
expulsado por dóping, son muy significativos por la ilegitimidad. Al gol de «la
mano de Dios» se lo reivindica porque fue una venganza contra Inglaterra. Y
es una exaltación a la viveza criolla, un rasgo funesto de la sociedad.
Cappa: Si bien es cierto que todos los regímenes utilizan el fútbol por ser un
deporte convocante, aprovechan también el arte, la música, el teatro; hubo
actores que trabajaron consciente o inconscientemente para los regímenes
dictatoriales. El Mundial ‘78 fue el único motivo de alegría que podía tener el
pueblo argentino, que también silbó a los dictadores en River.
Sebreli: Hubo algunos silbidos en el ‘78 a la dictadura. Pero no olvidemos
que después se llenó la Plaza de Mayo con manifestantes que bailaban en las
calles con los policías torturadores que bajaban de los autos con los que
secuestraban. Yo lo vi como espectador mudo. Traían gente en camiones
desde los suburbios como si fuera un mitin peronista.
En 1982, en la cancha de Atlanta se cantó la marcha peronista por primera
vez en público en la época de la dictadura. La policía apresó a mucha gente.
¿Se puede pensar la cancha de fútbol como un espacio de resistencia
política?
Cappa: Sí, pero el fútbol es un pedacito de lo que pasa en la sociedad.
Cuando se habla de la violencia en el fútbol se habla de la que hay en la
sociedad; la gente es la misma cuando va a la cancha. Recuerdo cuando el
peronismo estaba proscrito y Perón exiliado en España, en las canchas
vendían la foto de los ídolos y de Perón. Y voceaban: «Tengo la foto del
número diez del Real Madrid», y la gente compraba la foto de Perón y
alentaba al equipo con la música de la marcha peronista.
Sebreli: Sí, pero también forma parte de la manipulación. El origen del fútbol
argentino profesional tuvo una coyuntura muy especial que fue la dictadura
del 30, cuando los partidos políticos estaban prohibidos y los equipos de
fútbol tenían como presidentes a políticos radicales que estaban proscriptos
y con sus comités cerrados. Los clubes reemplazan a los comités. Después,
las masas partidarias irán a gritar a las canchas contra Uriburu.
Con Maradona en Italia se resignificó el duelo norte-sur. Los napolitanos se
sintieron reivindicados cuando el Nápoli salió campeón. ¿Se puede ganar en
la cancha lo que no se gana en otros espacios?
Cappa: En lo político, no. En otros aspectos, sí. Lo primero que le arrebatan
al pobre es el orgullo: los pobres no tienen posibilidades de ser orgullosos. El
jugador siente que es alguien porque crea con una pelota de fútbol. La
pelota es su vínculo con la vida. Con la pelota en los pies, el pobre se siente
«alguien».
Sebreli: Lo de Nápoles ha sido muy fomentado por Maradona. Él trató de
enfrentar al sur pobre y negro contra el norte rico y blanco. Ese esquema no
es real. Nápoles tiene el Instituto de Filosofía con manuscritos de Hegel y en
el norte existen barras bravas más asesinas que las de Nápoles. Pero un
partido de fútbol no es un entretenimiento inocente: se odia al adversario y se
llega a matar al hincha rival. Se habla de la alegría que nos da el fútbol pero
no de la depresión y angustia que provoca. Eso es pasión, no
entretenimiento. Y una pasión absorbente, obsesiva y para el hincha típico es
malsana.
Cappa: Yo creo que el fútbol es una pasión, comenzó siendo un juego y se
transformó en un negocio. Como toda pasión trae desbordes. También el
amor trae desbordes y angustias. Uno no busca la angustia en el amor, busca
la plenitud. En el fútbol también. El barrabrava es una ínfima minoría usada
por políticos, policías y dirigentes. El hincha típico goza y sufre con su
equipo, pero no es violento. La mayor violencia del mundo la generaron las
religiones. Eso no significa que yo tenga que abolirlas porque causaron
guerras, angustias y persecuciones. El fútbol, como pasión, también tiene una
profunda tristeza. Decía el escritor peruano Julio Ramón Ribeiro: «Quien no
conoce las tristezas deportivas no conoce nada de la tristeza».
Sebreli: Yo diferencio al hincha del barrabrava. Pero, en el fondo, la
personalidad del hincha y del barrabrava es la misma. El barrabrava es una
exacerbación de esa personalidad prejuiciosa, autoritaria y violenta que tiene
el hincha. La violencia en el estadio es un elemento esencial del fútbol. No es
algo accesorio. No digo que el fútbol inventó la violencia, digo que el fútbol
es violento. Yo estoy en contra de la violencia en general.
Cappa: Se cometieron grandes crímenes en nombre del amor. ¿Hay que
prohibir el amor?
Sebreli: No digo que si desaparece el fútbol desaparece la violencia, pero es
otro foco más de violencia.
Cappa: El amor también, los crímenes pasionales son incontables. No por
eso tengo que prohibir el amor.
Sebreli: Eso es extrapolar un fenómeno colectivo a un fenómeno particular.
Cappa: El amor es un fenómeno colectivo.
Sebreli: Eso es algo muy distinto.
Cappa: El hincha protesta, grita, insulta, pero no es el barrabrava que roba o
mata.
Sebreli: A veces no roba, mata por el placer de matar. Eso está en el
hombre. Evitemos esto.
Cappa: ¿Evitando el fútbol?
Sebreli: Reduzcamos el fútbol a un mero juego como el ping pong o la pelota
vasca y se terminó. Una sociedad donde el fútbol predomina sobre todo,
está mal, es peligrosa. Yo estoy en contra del culto a los héroes. Una
sociedad democrática debe basarse en las instituciones y no en los héroes.
Pero el mundo del fútbol exalta la adoración de los ídolos populares como
Maradona. Eso es algo que no contribuye a una conciencia democrática.
Una regulación que desinflara el culto de los héroes sería que los jugadores
ganasen lo mismo que un profesor universitario.
Cappa: El jugador de fútbol gana mucho menos de lo que produce. Ronaldo
gana 10 millones de dólares y produce 30, eso está de acuerdo con el
capitalismo. Todos tendríamos que ganar más o menos igual. No sólo un
profesor universitario, sino un trabajador. El capitalismo no le paga a nadie
un peso más de lo que produce. Si Ronaldo gana lo que gana es porque
produce el triple.
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