Manuel Clavell-Carrasquillo
    Publicado originalmente el domingo 9 de  noviembre de 2003 en EL Nuevo Día, revista Domingo, Libros
     Reproducido con permiso de su autor. Para comentarios: mclavell@mail.isla.net
José Liboy Erba. Cada vez te despides mejor. San Juan, Isla Negra Editores (2003) 154 pp.
Con la publicación de este libro excepcional, el primero del escrupuloso escritor José Liboy Erba,
mejor conocido  en la ciudad  de  las  letras  boricuas  como simplemente  Pepe, se   ha   despedido  para  siempre de  la literatura que  pretende  transmitir  significado;   por  lo   menos  de la  que  se  ha leído  en Puerto Rico  hasta  el momento.
          Intrigado  por la  razón de ser de este adiós  aparentemente irracional,  el  lector de 
Cada vez te despides mejor  debe  abandonar  toda idea  preconcebida  sobre  el porqué de su afición por este tipo de lecturas y lanzarse sin  salvavidas  sobre  los  39 cuentos  que le  muestra este  interesante  fabulador.   Sólo  así, desprovisto de  las trabas  censoras  que  atan  la  imaginación,  logrará  confirmar  página  tras  página  que gracias a Liboy  algo  extraño (contundente)  ha  ocurrido  en  la  literatura  nacional  y  que,  como  es  de esperarse,  al  dejarse seducir  por  su  excéntrica  escritura,  algo extraordinario está a punto de sucederle también.
          Esto  último  porque, para  comprender  el misterio  que  encierra  el  cotidiano acto del adiós, es necesario involucrarse en un repaso sistemático de los encuentros que lo precipitan (para despedirse, no faltaba  más,  primero  hay  que encontrarse).    Así  las  cosas,  el lector  pasa  a  ser  parte  o  cómplice indispensable de  aquellas   relaciones humanas y l iterarias que Liboy, en su genial locura trasnochada, ha decidido reescribir.
          Sólo una herramienta es necesaria para gozar a plenitud leyendo estos relatos, que hoy compiten con  enorme  desventaja  en  las  librerías del país con los  de grandes narradores simplistas como Paulo Coelho  y  John Grisham: hay  que saber de antemano que esta obra constituye una jugosa primicia, un evento único e irrepetible, porque Liboy lleva 20 años filtrando a cuentagotas sus historias -de exquisita brevedad- en numerosas revistas literarias y académicas del patio, pero muy pocos las han leído.
          Ahora
Isla Negra ha facilitado las cosas, ha desenterrado el tesoro escondido de la generación de artistas de la palabra de los años  80, e  invita a pasar a todos aquellos que estén dispuestos a asumir el riesgo de sostener  una  conversación con el autor sobre el calcinante panorama interior del ser a través del  dominio  del  lenguaje  fantástico.   Una  vez  dentro,  el lector quedará fascinado con la incapacidad mutua  de comunicarse (la propia y la de Liboy) al intentar concretar esta búsqueda de  significado.  Por lo tanto,  hay que decirlo,  el resultado  de  la  lectura  apasionada  de  esta  antología  es un estrepitoso fracaso compartido.
        A pesar de ello, Liboy se entrega al escrutinio público y a la chismografía cultural al delegarle esta tarea  frustrada  desde el inicio  a  un  narrador  inventado  por  él,  una  máscara  difícil  de identificar, escurridizo, como el ser viscoso que  habita  las piezas Retrato  del pez  gato, Las  penas  del pez gato  y Las gárgaras  del pez gato. Esta trilogía es un falso autorretrato en tres tiempos e idénticos espacios que señala la deficiencia  que  permite  que  el  lector se  dedique a  destrabar  una lengua (la del sujeto que narra) que en cada  escrito intenta soltarse  para contar algo, pero que, al así hacerlo, lo único que logra es interrumpir la conquista del sentido: nonsense.
        Quizás  por  ello es  que  la  secuencia  de  este  texto  funciona como un hilillo que une la endeble estructura textual que lo sostiene,  aportando  muchísimos  elementos  cotidianos (significantes) con los que el lector se tropezará cuento  tras  cuento.   Por ejemplo, el narrador vuelve a vestir un viejo gabán que era de su abuelo, un  vil  asesinato se repite sin cesar, son múltiples las visitas del hijo habido en el matrimonio  anterior, hay  una  calle de Santa Rita que ha sido cien mil veces andada,  un piano  que se toca   recurrentemente para matar la soledad, los hombres siguen adentrándose en la continuidad de los parques, ciertos  amigos  siempre  dicen  presente,  una familia  divorciada  nunca se separa, una madre sobreprotectora da  un consejo  más,  uno tras  otro se  apagan  los  cigarrillos  y se  dan  vueltas  y más vueltas por antiguos municipios de la Isla y el Viejo San Juan.
          Además de  esta galería de sujetos, objetos y lugares (in)verosímiles, el libro contiene un registro fidedigno de situaciones tan raras como ésta: "Me invadía una extraña sensación. No sentía el éxtasis de alegría  previo a los encuentros. La noche estaba clara y repleta de caminantes oscuros. Los caminantes son  avisos de cosas  que   vienen.   Si  los  mojones blancos  marcan  los  kilómetros,  similarmente  los caminantes marcan la proximidad de un evento sumamente importante. Algo realmente decisivo estaba por sucederme", dice el narrador.
          Lo  que  ocurre  a  continuación  no  es  digno  de repetirse,  pues  la crítica queda absolutamente intimidada  por el trazo de la pluma de Liboy que, a diferencia de los lectores, permanece impávida ante el  inmenso   reto  que  le  propone.    Sólo  es   posible  adelantar  que  se  trata   de   una manipulación anticlimática (desprovista de finales o epifanías redentoras) nunca antes vista en nuestras costas. Liboy no se parece a nadie. Es tan poderosa esta forma de escribir, tan sugestiva su aspiración malograda, que constituye una estética de la provocación.
          Para  leer a Liboy la cartilla fonética no sirve, hay que aprender a leer de nuevo. Cada frase suya implica  mundos  enteros por explorar  y, justo  en la próxima,  este  humilde maestro de la palabra que había  permanecido  prácticamente   en  el anonimato, realengo  del  canon  insular, propone su infinita fragmentación.
          Por  ello,  hay  en  cada oración una fuga, una voladura tan perfecta de la (des)conocida literatura puertorriqueña,  que  es apropiado que cada vez que el lector intente guarecerse de la metamorfosis que se avecina  reteniendo  en  sus pupilas una imagen de Liboy,  se  despida  de ella  para que regrese a su inconsciente menos plena; es decir, cada vez mejor.