Relaciones entre Madres e Hijas:
“LA GRAN HERIDA”
Por Ethel Morgan

Si algo hemos descubierto las mujeres después de muchos esfuerzos es que ya no podemos esperar que la solución nos llegue desde afuera, como el beso de la Bella Durmiente. Algo tenemos que hacer por nuestra cuenta para avanzar hacia nuestra verdadera identidad, ese núcleo puramente femenino que está allá, en lo profundo de nosotras, y que desconocemos.
Pensadoras muy inteligentes se han dedicado a descubrir qué hacer y han llegado a la conclusión de que es preciso sanar varias heridas; varias llagas abiertas que nos duelen demasiado como para poder poner nuestra atención en la tarea absorbente de crecer y desarrollarnos. La jungiana Connie Zweig, por ejemplo, en la introducción a la espléndida antología “Ser Mujer” enumera las siguientes sanaciones necesarias:

- sanar nuestra relación con las mujeres y lo femenino;
- sanar nuestra relación con los hombres y lo masculino;
- sanar nuestra relación con los ritmos, los instintos, y los deseos;
- sanar nuestra relación con los arquetipos de la Diosa, es decir, lo Femenino Arquetípico.

En todas las fisuras sin curar, el flujo de nuestra energía se detiene y retrocede. No es posible ser plenamente mujer sin estar bien relacionada con el propio género; sin haber depurado las adulteradas relaciones con el hombre; sin responder a nuestros propios procesos femeninos corporales y sin contar con una deidad femenina que nos sirva de modelo y nos presente pautas de realización.
Muchas mujeres creen que el primer paso del programa es ocuparnos del problema más urgente que sufrimos bajo el patriarcado: la mala relación con nuestra madre.
“Hay un vacío que actualmente sienten las mujeres”, dice la terapeuta Eleanor Hall en su libro “La Luna y la Virgen”. “Cada vez que existe tal vacío, tal brecha o herida, la sanación ha de buscarse en la sangre de la herida misma (...). De modo que el vacío femenino no puede ser sanado por la conjunción con el varón, sino más bien por una conjunción interna, por la integración de sus propias partes, por una remembranza o reintegración de cuerpo madre/hija.
En otras palabras, si no estamos enteras no hallaremos verdadera –ni duradera- satisfacción en la relación con el hombre. Y estar enteras significa que no esté roto en nosotras el ciclo de las edades femeninas: la joven, la madura y la anciana, que en otro sentido equivale a nuestra fluida vinculación hacia atrás con nuestra madre y hacia delante con nuestra hija, cuando la tenemos.


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Deméter y Perséfone.
Kriss Waldherr (
www.goddesstarot.com)
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