MUÑEQUITA LINDA

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MUÑEQUITA LINDA

(LA MÚCURA ESTÁ EN EL SUELO)


LUIS BRITTO GARCÍA


 

UNA DÉCADA SIN TESTIGOS

La de los cuarenta es, entre nosotros, una década sin mitologías. Ello no obstante, está llena de hechos decisivos: durante ella – como lo asienta Kotepa Delgado en un sangriento verso – sacaron su presa del sancocho quienes todavía, cuatro decenios después, son factores de poder en nuestro país. No sólo el general Isaías Medina Angarita dio por terminado el postgomecismo al permitir la organización de partidos opositores, y no sólo éstos dieron muestras de su capacidad para (a derechas o a torcidas) conquistar el poder: durante esa época los  grandes grupos de intereses de la sociedad venezolana le fijaron los límites que restan infranqueados cuarenta años más tarde. Desde entonces, se sabe que el gato no se dejará poner los cascabeles llamados propiedad social de los medios de producción,  laicismo y milicias populares, aunque el rechazo cueste diez años de dictadura y, posteriormente, el sacrificio de una generación.

 

Todos los pilares de nuestro actual modo de vida fueron erigidos durante esa época. La demagogia y el amarillismo, el consumismo y los supermercados de Rockefeller llegaron entonces a su mayoría de edad. También, se articuló la política de concreto armado y el correspondiente circuito de  corrupción entre Estado y contratista, que llegarían a su delirio con Pérez Jiménez y a su apogeo con la democracia. Así como el estilo de una burguesía financiada, mimada y protegida por la mochila crediticia del fisco, el sindicalismo vendido a la paz laboral, la fantasía de una industria dedicada a la sustitución de importaciones, la mitología del ascenso social a través de la educación, el cuento de no acabar de reformas agrarias que no termina nunca y la manía de la izquierda de dividirse cada vez que está a punto de convertirse en fuerza determinante... lo único nuevo que tenemos después de los cuarenta es la  televisión.

 

Con los cuarenta, en cambio, se despidieron de nosotros los tranvías, la Caracas aldeana y la participación de los intelectuales en el poder. La década se abre con el general civilista  que se echa tragos con los poetas y que tiene en su gabinete la pluma brillante de Uslar Pietri; prosigue con el más celebre novelista en la Presidencia de la República y el más popular de los  poetas dirigiendo el Congreso y concluye con otro general, culto, enigmático y amante de las artes plásticas que consigue la adhesión personal nada menos que de José Rafael Pocaterra y de Alirio Ugarte Pelayo. Todos terminarán trágicamente sus carreras políticas.

 

Quizá por ello, desde entonces los gobernantes evitan cuidadosamente la más remota relación con la intelectualidad, cuando no tienen a honra someterla a cacerías de brujas o planificar invasiones de motoblindados contra los claustros  universitarios. No olvidemos, también que es la última década durante la cual la sociedad venezolana tolera la existencia de un semanario humorístico, crítico y literario.

 

Ninguno de estos grandes y fastuosos momentos ha tenido su narrador. ¿Intima vergüenza, cómplice olvido, secreto rubor? La única crónica de los cuarenta que perdura hoy es la de los  que nunca tuvieron ni quisieron el poder. La del lacerante amor de Aquiles Nazoa hacia las maestras y las vendedoras  de dulces; la rocambolesca invención de los reporteros que convirtieron en leyendas una iluminada que Dios envió a Sarría a anunciar el fin del mundo, un nudista que escalaba los tejados para sobar a las señoritas dormidas y una muchacha que mató a su novio en defensa de su honor. Los cuarenta son el último y tierno saludo de la aldea, que se despide para no volver. Su memoria es más intensa mientras más se vuelve hacia lo sosegado. Hacia lo mínimo.

 

Escribí el texto anterior en París, a principios de 1982, para el libro “Cuarenta Años Después” de Etna Mijares. Nada aparentemente más lejano, en ese entonces, que las mitologías de la Caracas pueblerina de mi infancia. Pero los recuerdos, testarudos, obstinados, me llevaron a desarrollar el texto en un relato y el relato en esta pieza y el drama de un guión que desde finales de aquel año espera la resurrección de la carne en los registros de algún Fondo más o menos Cinematográfico.

 

Debo aclarar, desde luego, que los protagonistas de esta obra son enteramente imaginarios, y que no refieren ni aluden a personas reales, salvo el entrañable carácter de “La Sombra Desnuda”, quien me aportó invalorables informes de primera mano sobre las circunstancias  de la época. He reinventado personalmente confusas mitologías entreoídas en las cocinas y en el corrillo familiar que se formaba ante las catedrales de los antiguos aparatos de radio. Lo más sólido de este mundo ya casi fantasmal acaso sean los beisbolistas del Cervecería y del Magallanes cuyos autógrafos pedíamos los niños en el Bar Wilson, y que ya anotaron tantas carreras en el primer montaje de “Venezuela Tuya”. Quizá, dos o tres canciones que todavía están en el suelo de nuestra memoria colectiva porque ni tres décadas de Mayamismo y de Video Music han podido con ellas. También la solitaria bala que tanto tiempo permaneció  en la casa, y que nunca llegó a dispararse porque mi tío, el intachable adeco José Luis García López, devolvió cívicamente antes del 24 de noviembre de 1948 el arma que le entregaron en un cuartel el 18 de octubre de 1945.

 

Luis Britto García

 

                                                            Los escenarios

                                                            son surrealistas

                                                            y los artistas

                                                            imaginarios.

 

                                                            Con esta advertencia

                                                            ya queda entendido:

                                                            cualquier parecido

                                                            será coincidencia.

 

                                                                                   Ratón Pérez

                                                                                   Aquiles Nazoa

 

 

 

YA NO TE ACUERDAS DE MÍ.

 

(La escena representa escuetamente la sala de una casita de clase media en los años 40, con una puerta que da a la calle, anticuados muebles de paleta, una mesa,  una máquina de coser de pedales. Domina el aposento una gran ventana enrejada, con hojas y postigos practicables. A la derecha, una  insinuación de patio con vegetación. En el piso, dibujada con tiza, una silueta como la que trazan los investigadores para fijar la posición de un cadáver. En la mesa, el retrato de una señora, con un crespón negro. Con mínimas modificaciones, la escena representará sucesivamente el salón de un club, el sitio de un picnic, y la sala de un Tribunal.

 

Al comenzar la acción, Delia Peña, una joven hermosa, de unos veinte años de edad, vestida de medio luto, trabaja en  la máquina de coser, moviendo rítmicamente los pedales. En la calle, comienzan a resonar los compases de “La Múcura”. Delia interrumpe su labor y se cubre la cara con las manos, como víctima  de una violenta jaqueca.)

 

MÚSICA: (en off)     “La Múcura está en el suelo

                                   Ay, mamá no puedo con ella...

                                   Es que no puedo con ella

                                   Es que no puedo con ella...”

DELIA: ¡Ay!

            (Se masajea inútilmente las sienes, y por fin, se incorpora, marcha hacia la ventana y la cierra. La música se va desvaneciendo lentamente. Entra Encarnación, una sirvienta rolliza madura con un cuchillo de cocina en la mano)

ENCARNACIÓN:  ¿Llamó, niña Delia?

DELIA:  No... Es esa música tan horrible, que me da jaqueca... Todas las tardes...

ENCARNACIÓN:  Ese es el botiquín de la esquina, que ahora tiene rockola... Ahorita ponen “La Maricutana”, que es la que a mí me gusta: (canta)

“Ay Tana...

La Macuritana...

Me picó una avispa...

Me picó una araña...”

(Sale contoneándose alegremente mientras canta. Delia, desalentada, se reclina en la máquina de coser y suspira. Un estruendo de ollas y cacareos resuena en el sitio por donde ha salido Encarnación).

DELIA: ¿Qué fue?

ENCARNACIÓN:  (Fuera de escena) ¿Qué va a ser, niña? La gallina para el sancocho

DELIA:  (Tras una larga pausa) Pero, ¿por qué tienes que hacer tanto ruido?

ENCARNACIÓN: (Entra, con un amasijo sangriento en una mano, el delantal recogido, con varias plumas, y una bolsa de papel. Tira el amasijo hacia arriba) Más ruido haría yo si me pescocearan.

DELIA: Y ¿por qué le tiras siempre las tripas al techo a los zamuros?

ENCARNACIÓN:  Para que los vecinos sepan que estamos comiendo pollo.

            (Delia desvía la mirada. Encarnación comienza a guardar algunas de las plumas que trae en el delantal, en la bolsa).

DELIA:  ¿Para qué guardas las plumas?

ENCARNACIÓN:  Para echarlas en la basura cuando estemos en la mala. Así los vecinos creen que seguimos comiendo completo. ¡Ay. niña Delia! Una nunca sabe cuando le van a tocar las ollas vacías (Arroja varias plumas al aire, ostentosamente, por el mismo sitio por donde lanzó el paquete de tripas, e inspecciona el velo de los despojos, para estar segura de que los vecinos pueden verlos. Un reloj de pie empieza a dar las cinco)

ENCARNACIÓN: ¡Qué oscurana! ¿Le abro la ventana?

DELIA:  ¡Ay, sí, sí, Encarnación! ¡Para ver pasar las gentes!

ENCARNACIÓN: (Abriendo la ventana) ¿Usted no se cansa, señorita? ¡Siempre son los mismos!

DELIA: (Se asoma, ansiosa) ¡Es la única diversión! (Parpadea) ¡Qué luz tan fuerte! ¡Se incendia el cielo! (Pausa) Mira. Allá viene el señor Abraham.

ENCARNACIÓN: ¡Con sus periódicos! ¡Como si lo estuviera viendo!

            (Encarnación adopta la pose de un jorobado, encogido, artrítico, que vocea periódicos con la mano de bocina).

VOZ DE ABRAHAM: (En off, con pesado acento) ¡Los aliados bombardean Tokio! ¡Ataca de nuevo la Sombra Desnuda! ¡La Sombra Desnuda amenaza a los vecinos de Catia!

ENCARNACIÓN: (Enderezándose) ¡Pobre señor Abraham! Esta deschavetado, desde que toda la familia se le murió en la guerra.

DELIA: ¿Y qué es  “La Sombra Desnuda”?

ENCARNACIÓN: (Con mímica rocambolesca)  Mija, un negro empatucado de aceite, que anda por los tejados y se mete de noche en las casas a sobar a las señoritas. ¡Y anda con una capa negra! ¡Y quita los tapones para que nadie pueda prender la luz y verlo! ¡Y como es tan resbaloso!... ¡Zas! Nadie puede agarrarlo. ¡Es un palo encebao!

DELIA: ¡Qué horror! No sabía

ENCARNACIÓN: Por eso es que su papá no la deja leer esas partes del periódico. Nudistas... muertos... tiros... ¡Ave María Purísima! (Se persigna)

DELIA: (Mira hacia afuera, con interés) ¡Mira, mira! ¡Ese si es un mango!

ENCARNACIÓN: ¡Hum! ¡Un sinvergüenza es lo que es! Vive en la pensión de la otra cuadra. Imagínese que es locutor de “Cada Minuto una Estrella”

DELIA: (Ensoñando) ¿Locutor?

ENCARNACIÓN: (Con pose de conquistador barato) Si, y se la pasa embullando a las señoritas con el cuento de que puede convertirlas en estrellas de la Broadcasting... ¡Y no tiene ni para pagarle al sastre el traje que está estrenando! Ese no es  un partido serio, señorita.

DELIA: ¡Lástima...! ¡Ay, mira, viene la “pavita”... ¡Tan viejecita... tan encogida... son los niñitos  burlándose de ella... “pavita”... “pavita”... (Delia mima el trabajoso caminar de una anciana con dejos de coquetería).

ENCARNACIÓN:  Tan vieja y toda pintarrajeada... Su familia no la trató más por lo que hizo.

DELIA: ¿Qué?

ENCARNACIÓN:  Se fue... con un hombre que después no la quiso más

            (Delia se queda congelada en su triste pantomima, se  endereza y cruza los brazos. Tras un instante de duda, se dirige hacia la máquina de coser)

DELIA:  Hace frío... Y a papá no le gusta que esté tanto tiempo en la ventana.

            (Tocan en la puerta)

DELIA: ¿Quién es?

CARMEN TERESA: (En off, con voz deformada) Vengo a vender una rifa en beneficio de las Sagradas Intenciones del Corazón de Jesús

DELIA: ¿De qué?

CARMEN TERESA: (En off) Es una obra pía arquidiocesana, para la redención de las muchachas pazguatas.

            (Delia reconoce la voz, y abre la puerta. En el umbral aparece su prima Carmen Teresa Martínez, una muchacha vivaz, un tanto feúcha, acaso unos años mayor que Delia, y que carga incómodamente un radio de catedral).

DELIA: ¡Carmen Teresa!

CARMEN TERESA: ¡Prima! ¡Se acabó la guerra!

DELIA: ¿Cómo?

CARMEN TERESA: ¡Cómo lo oyes! Pero, ¿no escuchas la radio?

DELIA:  No... papá no se decide a comprarla

CARMEN TERESA: (Coloca el receptor sobre la máquina de coser) ¡Pues mira! ¡Aquí traigo una! ¡La estamos rifando en la Federación de Maestros! ¡La acabo de prender en casa de unos vecinos, y salió el locutor con los últimos cables! ¡Destruida Hiroshima! ¡Capitulación inminente! Imagínate... Mientras cosías allí, sentada, reventaba una bomba capaz de destruir mundos... Este mundo, en que hemos vivido.

DELIA:  Ah

CARMEN TERESA: ¿Cómo que “ah”? ¡Se acabó tanto muerto! Ahora en un tris seguro que acaban también con Franco. Pero lo más importante, es que no va a haber guerra más nunca. ¡Más nunca! ¿Te imaginas, tantas mujeres que se quedaron sin novio? ¡Uf! ¡Lo que es a mí, si me llegan a matar un novio, los agarraría y los...! (Carmen Teresa amenaza con el puño un venerable jarrón. Encarnación se asusta)

DELIA: ¿Y volverá la moda de París?

(Carmen Teresa, coqueta, se sube la falda hasta más arriba de la rodilla. En sus pantorrillas se ve una línea sepia, que imita la costura de una media nylon, y que se interrumpe en el  muslo. La maestra canturrea, como una niña)

CARMEN TERESA: ¡Claro Y eso no es nada.¡ ¡Tendremos-medias-nylon! ¡Tendremos-medias-nylon! ¡Se acabó la escasez!

(Advirtiendo la curiosidad de la doméstica, Carmen Teresa inicia una maniobra para alejarla)

CARMEN TERESA:  ¿Y qué pasa en esta casa, que ni siquiera le sirven café a una? ¿Me puede traer, Encarnación?

(La doméstica se pierde hacia la cocina, refunfuñando. Carmen Teresa sienta a su prima en el sofá de paletas, y le empieza a hablar confidencialmente)

CARMEN TERESA: ¿Y, a propósito, tienes novio?

DELIA: ¿Novio, yo?

CARMEN TERESA:  Si, tu frasquitera, mosquita muerta. Tienes un admirador.

DELIA: (Intrigada, pero tratando de disimularlo) ¿Quién?

CARMEN TERESA:  El Inspector de Ventanas del Gobierno del General Medina Angarita. Pasa todas las tardes a inspeccionar el ornato de las ventanas y postigos de la ciudad, y a hacer un censo de flores marchitas.

(Delia se siente ofendida, pero se contiene)

Pues sí mijita, avíspate. Mira que la última que consiguió novio de ventana fue mi abuelita, y le resultó un bobo que tuvo que mantenerlo. Tienes que airearte, Delia. La mercancía que no se muestra...

DELIA:  Yo no soy mercancía

CARMEN TERESA: (Señala hacia la ventana enrejada) ¿Y entonces que haces todas las tardes en esa vitrina? Los clientes cogieron para otro lado, mijita. Ahora la cacería es en las verbenas. ¡Imagínate! ¡En este mes llevamos dos en la Federación de Maestros!

DELIA:  A papá le aburren las reuniones sociales

CARMEN TERESA:  Con razón. Tu papá es un putañero...

DELIA:  ¡Prima!

CARMEN TERESA: ...Un putañero que se la pasa  todos los viernes en la Laguna de Catia... ¿O por qué crees que llega tarde todos los fines de semana?

DELIA: Él trabaja horas extraordinarias en el Ministerio

CARMEN TERESA: ¡Jesús con tú! Delia... ¡Horas extraordinarias, en un Ministerio donde nadie trabaja!

DELIA:  Yo no vigilo lo que hace papá

CARMEN TERESA:  Pero él te vigila... Hasta el modo de andar. Mira, Delia, dile que no se ponga pesado, que te suelte, que guardada no vas a hacer más que coger herrumbre. Mira, la amiga de una prima del Diputado Andrés Eloy Blanco me va a conseguir una tarjeta para un baile en el Club, donde va a ir la crema de los príncipes azules... ¿Quieres ir?

DELIA: ¿Yo?

CARMEN TERESA: (Levantándose, hacia la máquina de coser) ¿Qué estás haciendo? ¿Patrones de “Para ti”? ¡Tan pavosos como siempre! Pero estas mangas ya no se usan. Ahora el talle es más estilizado, más sutil. ¡Tuviera yo tus piernas!

(Carmen Teresa, en un movimiento irresistible, ha parado a Delia frente a la máquina de coser de pedales, cubriéndole parcialmente con las prendas que ésta cose, improvisando un fantástico traje de baile)

CARMEN TERESA: ¡Así... así... y después un turbante a lo Carmen Miranda. ¿No? ¡Ah! ¡El toque de lentejuelas! (Carmen Teresa abre una de las gavetas de la máquina de coser, toma un puñado de lentejuelas, va hacia su prima, y se lo arroja sobre el busto, como un confetti.) ¡Una reina! Estás más bonita que Yolanda Leal... No... Yolanda Leal era la reina para la gente vulgar. Estás como Oly Clemente. ¡Para la gente decente! (Carmen Teresa se le aproxima, y adopta un tono más confidencial) Oye... Y ahora que vamos a ir al baile, ¿no podrías coserme una blusa nueva? Mira, tengo un modelo extraordinario... Como el que usó Marlene Dietrich en su última película... (Carmen Teresa ha sacado un recorte de revista de su cartera. Ambas contemplan la imagen, fascinadas y cómplices) Es muy hermoso... mira esos puños... y el cuello... Tú eres la única que podría hacérmelo así... Como para una reina...

DELIA: (Mira a Carmen Teresa, y apenas puede contener la risa. En broma la increpa) ¡Interesada! (Las dos primas se abrazan, riendo)

CARMEN TERESA: ¡Nada de eso! ¡Y mira, nada de decirle a tu padre del baile, que la última vez que actuó de chaperón te arruinó todas las conquistas! La fiesta es dentro de dos viernes; tu progenitor regresa siempre los sábados de madrugada... Tienes tiempo de  hacerte un traje precioso... ¡Sí! ¡Y fuera ese luto! ¡Tú mamá murió hace más de un año...! El día de la fiesta, me visitas con cualquier pretexto... Nos hacemos la permanente en casa... Vamos al baile, regresamos a medianoche, y no ha pasado nada. ¡Ah! y le refuerzas los codos a la blusa, porque el baile es a  todo trapo, y vamos a codearnos... Aprovecha que tienes la radio para que practiques los últimos pasos...

DELIA: ¿Captará “Cada Minuto Una Estrella”?

CARMEN TERESA: ¡Seguro! ¡Eso es Radio Tropical! Y, hasta si quieres, preparamos un número para ver si salimos en el “Especial de Los Aficionados”... A ver... A Ver... (Desafiante, de dirige a Delia, con pose de cantante) “Ya no te acuerdas de mí”...

DELIA: (Canta en tono de reproche) “Ya no me quieres...”

CARMEN TERESA: “Y por no hacerme sufrir...”

DELIA: “Callar prefieres...”

CARMEN TERESA: (Aproximándosele) “Si has encontrado una nueva ilusión. No lo niegues...”

DELIA: (Seria) “Más nunca trates de fingirme amor porque me hieres...”

CARMEN TERESA: “Yo por estar junto a ti, no sé que diera...”

DELIA: (Cerrando los ojos) “Y por besarte otra vez, la vida entera...”

CARMEN TERESA y DELIA: (Bailando, a dúo) “Quiero fundir en la llama de amor Nuestros dos seres...” (Delia se zafa del paródico baile)

CARMEN TERESA: “Pero no quieres volver...”

DELIA: “Ya no me quieres...”

(Encarnación regresa de la cocina con el café en una bandeja y se queda estupefacta ante el espectáculo. Dejando la bandeja en la mesa, rompe a aplaudir, Carmen Teresa y Delia parecen salir de un trance).

ENCARNACIÓN: ¡Bravo! ¡Bravo!

CARMEN TERESA: (Con voz de locutor) Ha sido otro éxito de “El Especial de los Aficionados” de “Cada Minuto Una Estrella”. Señorita Delia Peña, se ha ganado usted un lápiz de labios de Max Factor de Hollywood, y un ramos de flores de “El Lirio Japonés”.

(Carmen Teresa entrega a Delia un lápiz de labios que extrae de su cartera, y una pequeña maceta de violetas que estaba sobre la mesa. La muchacha contempla concentradamente las flores y, luego, inicia un movimiento lentísimo para llevarse el lápiz labial a la boca. Cuando está a punto de empezar a coloreárselos, se escucha el sonido de una llave en la cerradura de la puerta, y entra el señor Peña, un cincuentón con gastado traje de burócrata y una cinta negra en la solapa, que trae una bolsita de papel con un aguacate).

PEÑA: ¡Buenas Tardes! ¡Buenas Tardes!

DELIA: (Ocultando el lápiz de labios) La bendición, papá. (Coloca las violetas ante el retrato de la  madre)

CARMEN TERESA: ¡La bendición, tío!

PEÑA: Dios me las bendiga. (A Delia) ¿Supiste la noticia?

DELIA: !Se acabó la guerra!

PEÑA: (Sorprendido) Ah, sí... La guerra. No. La noticia es que despidieron a Sarmiento en el Ministerio. Así, despedido. Quince años de servicio y lo tumbaron, como un aguacate maduro. (Abre melancólicamente la bolsita y deja ver un gran aguacate). Qué bueno que se acabe la guerra. A ver si baja el precio de los aguacates. Medio, me costó en la frutería y no pesa casi nada.

CARMEN TERESA: (Mira gravemente la fruta) Está pasado, tío

PEÑA: (Inspecciona con desconfianza el vegetal). No puede ser.

CARMEN TERESA: Uno así se comió mi padrino Valezón antes de que le diera la embolia. Y lo peor de todo es que parece que están bien, hasta después del daño.

(El señor Peña mira con inmensa preocupación el contenido de la bolsita. Carmen Teresa disimula la risa, tapándose la boca. El señor Peña se da finalmente cuenta de la burla y amenaza a la sobrina con un aguacatazo. La maestra se escuda cómicamente tras su prima, quien lucha por contener la risa)

PEÑA:  ¡La  que está pasada eres tú! ¡Falta de respeto! ¡Que no pueda un hombre comerse un aguacate en su casa, sin que vengan a contradecirlo!.

(Medio en broma, el Señor Peña, rodea a su hija para afinar la puntería. Carmen Teresa deja a Delia, y se escuda tras la radio)

CARMEN TERESA. !Tío, se acabó la guerra!

PEÑA: (Advirtiendo el receptor)  ¡Y qué es eso? ¿Quién trajo esa radio?

CARMEN TERESA: !Rifa, rifa, rifa! La Federación de Maestros lo rifa, para comprar unos altoparlantes. Ahora que se acabó la guerra, vamos a tener unos micrófonos. ¡Para hablar bien alto! (Enchufa el aparato)

PEÑA: (Rascándose la cabeza) ¡Es verdad! ¡Podríamos tener una radio! ¡Y a lo mejor hasta puede uno reunir para la primera cuota y comprarse un Fordcito!

CARMEN TERESA: Usted se vería bello, tío en un Fordcito con la maleta llena de  aguacates... Podría irlos eligiendo despacio... Los cremosos... Los firmes, pero ya maduros... Los que son como una mantequilla... Y podría ir comiéndoselos poco a poco, con música, durante la cena...

(El señor Peña, sugestionado, sonríe y se contonea como si paseara por un Edén sembrado de aguacates. Carmen Teresa enciende el receptor. El clic los toma a todos de sorpresa. Suena una breve estática, luego una solemne música y la engolada voz de una narrador)

VOZ DE NARRADOR: (En off) “Poco a poco, a medida que iba creciendo la sombra en la lujosa mansión de Miramar, la niña Elena, tratando de distraerse en sus labores, miraba por los enormes ventanales de la residencia, esperando en vano el retorno del apuesto caballero de la Robleda...”

VOZ DE DELIA: (En off, como si viniera del receptor, sollozante, melodramática, entre la música congestionada) ¡Dios mío!... ¡Dios mío!... ¡No puede ser!... ¡Me ha dejado sola...¡ !Sola en las sombras, con mi pecado!...

VOZ DE NARRADOR: (En off) Le hemos presentado otro capítulo de “La Sombra del Pecado”, con Carmen Serrano, Margot Pareja, René de Pallas, Jesús Maella, Francisco Amado Pernía y Antonio Rovira. Producción: José Luís Sarzalejo. Dirección y actuación de Tomás Henriquez.

(Dramática cortina musical. Los auditores, boquiabiertos, se acercan al aparato , como hipnotizados, mientras cae el crepúsculo. Carmen Teresa, al fondo, se despide en silencio, agitando la mano, y sale a la calle. Gradual oscuridad. La luz se hace de nuevo sobre la sala, donde Delia y el Señor Peña están sentados en la mesa, como para cenar. Encarnación, atenta, los sirve. El Señor Peña contempla el aguacate, ante él, en un plato).  

PEÑA: (Con enorme tristeza) Cortar un aguacate parece lo más fácil, y es lo más difícil. Porque no hay forma de saber la porción que cada uno desea. Y no se puede dejar a todo el mundo contento. Hoy despidieron a Sarmiento del Ministerio. ¿Por qué? Sarmiento se dio cuenta de que varios Diputados no habían presentado la Declaración del Impuesto sobre la Renta. “¿Qué hago Peña, qué hago?” Me preguntaba. Y yo, punto en boca: a ver si pico el aguacate por donde no es, y después me echan la culpa. Y entonces va Sarmiento y les escribe unos requerimientos a los Diputados, exhortándolos a presentar Declaración. Recibida la primera carta y despedido Sarmiento, es una sola cosa. Y cuando recogía sus papeles, me decía: “¿Y uno que hace, Peña?  Si no exige las Declaraciones, lo botan, y si las exige, lo botan.” Es lo que yo digo. No supo por dónde cortar el aguacate.

(La luz vacila de manera ominosa. El Señor Peña, Delia y Encarnación levantan la mirada hacia el bombillo eléctrico, que se extingue).

ENCARNACIÓN: ¡Se va la luz!

PEÑA: ¡El apagón!

DELIA:  La sombra...

            (Oscuridad. Se encienden fósforos. Encarnación, el Señor Peña y Delia prenden velas. Delia se levanta, hace una apresurada venia a su padre, y desaparece en dirección a su cuarto. Encarnación se marcha hacia la cocina, en dirección opuesta. Antes de retirarse, mira significativamente hacia el Señor Peña)

ENCARNACIÓN: (Sugestiva) ¿No desea nada más?

            (El señor Peña no contesta, absorto en la contemplación de su aguacate. Por fin, se levanta, vela en mano, y empieza a dirigirse hacia las habitaciones, en la misma dirección de Delia. En el borde del escenario, vacila, mira inquisitivamente hacia el cuarto de Delia, parece satisfecho, se devuelve y emprende la marcha en la dirección en que se ha marchado la doméstica. A lo lejos, empiezan a oírse los compases de  La Múcura. Por la calle, melodramáticamente, envuelta en una capa negra, aparece. La sombra desnuda, y pasa una mano suplicante por los barrotes de la ventana, en dirección al cuarto de Delia. Lenta oscuridad)

 

 

EL BAILE

 

(Un lujoso Club Social, Carmen Teresa espera, nerviosa. Llega apresuradamente Finol, un joven flaco, casi etéreo, de bigotitos perfilados, lentes montados al aire, traje mal ajustado, ojos vivaces y un cierto aire ratonil)

CARMEN TERESA: ¡Ah, Finol! ¡Finol Pérez! ¡Por fin llega! ¡Me tenía angustiada! ¿Dónde estaba?

FINOL:  En la cárcel

CARMEN TERESA: ¿Cómo que en la cárcel?

FINOL: Fue inevitable... En la esquina del Cubo, un camión de policía estaba recogiendo niños pedigüeños... Los policías se descuidaron, persiguiendo a un muchachito vendedor de lotería... No pude resistirme.

CARMEN TERESA: ¡Finol! ¿Qué locura hizo?

FINOL: Solté a los niños, y me metí yo adentro...

CARMEN TERESA: ¡Finol, lo voy a apodar Ratón Pérez! ¡Siempre en la ratonera!

FINOL: Bueno... Me llevaron al Juez...

CARMEN TERESA: ¿No lo condenó?

FINOL: No, qué va... Resultó que era Guillermo Meneses, y nos pusimos a discutir sobre Maiakovski... ¡Mira, y tenía unos puntos de vista bien interesantes!

CARMEN TERESA: ¡Y yo aquí esperando, muerta de la angustia! ¡Le advierto, Finol, que ésta es una fiesta seria! ¡Aquí está la tarjeta! ¡Y cuidadito como me sale con otra de las suyas!

(Carmen Teresa suspira, nerviosa. Finol, la corteja, mientras hace una pajarita de papel con la invitación)

FINOL: Carmen Teresa, en vez de disgustarse, usted debería aceptar mi humilde petición de mano

CARMEN TERESA: ¿Está usted loco, Finol? Si con lo que ganamos de maestros no nos da ni para morirnos de hambre...

FINOL: Pues, pongo a su disposición todos mis bienes muebles e inmuebles: la moneda de chocolate que fue lo único que me trajo el niño Jesús antes de que Truman lo matara en Hirochima; la olla donde sé cayo Ratón Pérez, con lágrimas auténticas de la Cucarachita Martínez; esta gotita de agua, que fue el último copo de nieve que quedó fundido por la primavera de Stalingrado; y esta pajarita de papel, la única que pone huevos inesperados. ¡Sopla!

(Finol, entrega el nuevo doblado de papel a Carmen Teresa, y le hace gesto de que sople. Esta sopla y el papel doblado se vuelve un cubo. La maestra ríe maravillada. Carmen Teresa mira a Finol, amenazadora. Finol, pliega el cubo, lo esconde en un bolsillo, saca un abanico de papel y se lo ofrece a la maestra. Esta se abanica, resignada. Llega Delia. A poca distancia de la entrada, vestido de etiqueta, envarado, un Mesonero que verifica las invitaciones. Carmen Teresa, Delia y Finol Pérez entran, contemplando la supuesta fastuosidad del salón de recepciones con un ingenuo asombro que los delata. El Mesonero los contempla con desprecio.)

CARMEN TERESA: (A Delia) ¡Estás bellísima! ¡El traje de Cenicienta! En cambio Finol, con esa pajilla tan anticuada, vino vestido de...

FINOL: (Saluda quitándose una anticuada pajilla) Ratón Pérez

CARMEN TERESA:  Finol es compañero de trabajo en la Escuela “Moral y Luces”

FINOL: Mentira, soy su novio. Sólo así se explica que haya teñido las manchas del traje con tinta, que le haya pegado botones al chaleco y, sobre todo, que la acompañe a semejante payasada.

CARMEN TERESA:  Es en defensa propia, porque no dejan entrar damas solas. Y,  además, no es ninguna payasada. Imagínese, Finol! Delia va a conseguir el Príncipe Azul! ¡Y van a presentar en sociedad al candidato!

DELIA: ¿A quién?

CARMEN TERESA:  Niña, al hombre a quien tienen apuntado para futuro Presidente. Mira, es muy fácil. El presidente actual lo apunta con el dedo, el Congreso lo nombra, y ¡zas! Tenemos Primer Magistrado nuevo. ¿No es un cuento de hadas?

FINOL: (Gruñón) Es una nulidad. Se pasó toda su vida de diplomático de la dictadura de Gómez.

(Carmen Teresa advierte que el Mesonero los contempla con sospecha, dispuesto a cerrarles el paso, y le da un codazo a Finol. Volviendo a su distracción, éste le entrega al Mesonero la invitación, doblada como abanico. El Mesonero la despliega despectivamente, la verifica, y se la devuelve a Finol. Franqueándoles el paso. Empieza a sonar, lejano, el vals de La Bella Durmiente)

CARMEN TERESA: (A Delia) Finol es un bolchevique

DELIA: ¿Y qué es un bolchevique?

FINOL: Somos muy pocos y muy peligrosos. Sabemos el secreto más terrible del mundo

DELIA: ¿Cuál?

FINOL: Que el amor es implacable

CARMEN TERESA: ¡Por Dios, Finol! Cuando usted habla del amor, parece como si hablara de la revolución.

FINOL: Es que es la misma cosa

DELIA: ¿Y no matan muchas gente, en esas revoluciones?

FINOL: Una revolución desata todos los males de la tierra, a cambio de un solo bien: un instante de verdad. Pero toda verdad amenaza con durar, y por eso se persigue a la revolución con más ahínco que al amor.

DELIA: ¿Y si el amor acaba?

FINOL: Entonces, nos avergonzamos del rojo de nuestra sangre, y venimos a los banquetes de los otros a mendigar las piltrafas del poder

(El Portero –Mesonero  pasa, girando, con una bandeja en la mano. Al llegar cerca del grupo, alza la bandeja, desdeñoso y huye, Carmen Teresa queda con la mano estirada. Disfrazados con suntuosas ropa de fiesta, irreconocibles, entran los actores que presentan empingorotadas parejas de oligarcas. El Mesonero les ofrece la bandeja, obsequioso, doblándose ante ellos. Entra Egidio, un galán joven, algo bien parecido. Un tanto soso, también con cierto respeto reverencial hacia el salón de recepción. Delia se queda mirándolo, prendada. Egidio la contempla con interés, pero no acierta a encontrar una excusa para presentársele. Ambos se observan, arrobados)

CARMEN TERESA: ¡Por Dios, Finol! ¡Usted no deja de hablar de su revolución ni en las fiestas!

FINOL: La revolución es la única fiesta posible. (Con grandes gestos, encanta a Delia y a Carmen Teresa) ¡Mira! ¡Locomotoras de colores violentos escriben poemas centellantes! ¡Viejos barcos pintados como paisajes circulan por ríos, entre  ciudades llenas de nuestras artes y de caras nuevas! ¡El Comité Central estudia la posibilidad del Objeto Único, que sea a la vez mesa, cama, taller, vehículo, libro, arma, vivienda, traje, obra de arte...! Yo trabajo en el proyecto del Sujeto Único, que es al mismo tiempo trabajador, amante, visionario, bufón, científico y artista...

CARMEN TERESA: ¡Pero Finol! ¡Si no se trata de ninguna Revolución! ¡Se trata de elegir un candidato!

FINOL: (Resignado) ¡Tienes razón! Es todo lo contrario...

CARMEN TERESA: ¡Pues vente! ¡Vamos a ver cómo queda convertido en demócrata por obra y gracia del Espíritu Santo! Con tu permiso, Delia. Mira, allí está la crema de los pretendientes. A tu derecha, los Boulton. A tu izquierda, los Zuloaga. Enfrente los Velutini. Allá atrás, el Ministro de Fomento, que se hizo rico con el cemento. ¡Estamos como cucaracha en baile de gallina! Elige al que se te ocurra.

(De manera casi indiscreta, Carmen Teresa y Finol escuchan la conversación que mantienen el Cronista Social Kriss y el Consejero, un intelectual con aires de  Eminencia Gris)

CONSEJERO: ¿Y a usted, qué le parece el Candidato, Señor Cronista Social Kriss?

EL CRONISTA SOCIAL: El candidato tiene ese don que se llama ser Hombre de Mundo, y que nadie sabe en qué consiste, pero que se nota cuando falta. Es hombre viajado: casi el más viajado de los hombres, si me entiende lo que quiero decir. Y eso le da la gran ventaja de la óptica lejana, porque, seamos sinceros, toda autoridad es cuestión de distancia.

CONSEJERO:  Pues, yo conozco al candidato. Como goza de la confianza del Presidente, es la más segura continuación de la política de transición gradual que adelanta el gobierno...

VIEJO OLIGARCA:  (Puede ser, también, la continuación del parlamento del Consejero). Además, el candidato es un hombre en el fondo de los nuestros. Un moderado, que sabrá, meter en cintura a los demagogos, a los enemigos de la propiedad y las instituciones...

(Finol  saca del bolsillo un frasco de agua jabonosa y, con un anillo, le dispara disimuladamente al grupo una andanada de burbujas. Los Oligarcas se desconciertan, pero disimulan y fingen no advertir las burbujas. Finol huye hacia diversos grupos. Carmen Teresa lo sigue, amenazándolo con el abanico de papel. Carmen Teresa y Finol escuchan hacia los entretelones, hacia la ventana y en los grupos de invitados, mientras Delia y Egidio siguen su cruce de miradas. Carmen Teresa regresa donde su prima)

CARMEN TERESA: ¡Es lo más cómico que se ha visto! Finol, ¿cómo era que decía el general Chopo de Piedra que estaba junto al bufet?

FINOL: (Acento andino, empaque militar) ¡Uyuyuy! ¡Cómo le parece que el Candidato es tachirense! ¡Ese hombre va a mandar con el ejército! ¡Y el ejército va a mandar con él!

CARMEN TERESA: (Finge una entrevista) Señor embajador: ¿Qué le parece el Candidato, usted que lo conoció todos esos años en Nueva York?

FINOL: (Apostura diplomática) ¡Good!

CARMEN TERESA: ¿Es verdad, señor Nuncio Apostólico, que ustedes esperan que el Candidato les conceda el Concordato?

FINOL: (Bendice, con gesto pastoral) ¡Dominus Vobiscum!

CARMEN TERESA: ¿Y qué dice usted, señor Dirigente Sindical?

FINOL: (Asume empaque campechano) ¡Qué va, ponchón! ¡Betancourt habló personalmente con el candidato! ¡Él le ofreció voto directo y sufragio universal! ¡Ese hombre es nuestro!

CARMEN TERESA: (Seria, a Finol) ¡Hasta hay comunistas que lo apoyan!

FINOL: (Sombrío) Sí. Nuestra izquierda está jugando a la colaboración de clases para llegar a la revolución, y los adecos están jugando a la revolución para llegar a la colaboración de clases

CARMEN TERESA: (Frívola) ¡La izquierda, siempre dividida! En resumen, Delia, el candidato es todo un Príncipe Azul. Llena todas las ilusiones. Es como monedita de oro. Le gusta a ricos y comunistas, gobierneros y adecos; lopecistas y medinistas, gringos y nacionalistas. ¿Y tú, cuántos corazones has roto? (Vivaz, Carmen Teresa nota la mirada de Delia hacia Egidio y la correspondencia de éste) ¡Ah! ¿Ese? ¡Pero si lo conozco muchísimo! Es el heredero de la patente de las píldoras del Doctor Ross. Ven y te lo presento. (Carmen Teresa arrastra a Delia hacia el rincón donde se encuentra Egidio y se dirige a él) ¿Cómo estás? Mira, quiero presentarte a una prima queridísima. (Delia sonríe. Egidio se inclina)

EGIDIO:  Mucho gusto

DELIA:  El gusto es mío

CARMEN TERESA: Y ahora que están presentados, haz el favor de presentarme al caballero, Delia, porque jamás lo había visto. ¡Mucho gusto! Y me voy, porque tengo todas las piezas comprometidas. ¡Todas! ¡Todas!  ¡Ay Billo! ¡Mira, Finol, va a comenzar a tocar la orquesta de Billo!.

(Empieza a bailar con Finol, desacompasadamente rompiendo continuamente los grupos formados por el Consejero, el Cronista Social, el Mesonero y los Oligarcas, y prestando oído a los cuchicheos. Entretanto, Egidio y Delia se contemplan, sin tocarse todavía, mientras suenan los primeros compases de “Muñequita Linda”)

DELIA: (Tocándose nerviosa el peinado) ¡Perdone a Carmen Teresa!... ¡Es tan loca... y no tengo la menor idea de quien es usted!...

EGIDIO: (Sonriendo, comedido) Basta ver su traje... Soy seguramente menos importante que usted,

(Se aproximan, irresistiblemente, se tocan las manos y bailan.)

CANTANTE: (En off) “Te quiero... Dijiste...

            Tomando mis manos

            Entre tus manitas de blanco marfil...

            Y sentí en mi pecho un fuerte latido

            Después un suspiro

Y luego el chasquido de un beso febril...

            ¡Muñequita linda

            de cabellos de oro

            de dientes de perlas

            Labios de rubí

¡Dime si me quieres!

            Como yo te adoro

            Si de mi te acuerdas

            Como yo de ti...

            Y a veces escucho

            Un eco divino

            Que envuelto en la brisa

            Parece decir:

            Yo te quiero mucho,

            Mucho, mucho, mucho

            Tanto como entonces

            ¡Siempre hasta  morir!”

            (Las parejas dejan de bailar y se contemplan, estáticas)

FINOL: Hay que lograr el instante único, de una intensidad tal que todo lo demás sea intolerable

CARMEN TERESA: (Rendida, suspira) ¡Ah!...

(El Mesonero, con una cámara, llega solapadamente para tomarles una instantánea)

FINOL: (Repeliéndolo con los dedos en cuernos) ¡No! ¡Fotos en grupo son pavosas!

(El flash enceguece un instante a las dos parejas. Suena una fanfarria)

MURMULLOS: ¡Llegó ¡Viene el Candidato! ¡Abran paso!

(El Consejero se sitúa a la derecha del Candidato, en una ostensible y un tanto pesada asesoría, mientras ambos proceden hacia el interior del Club. El Candidato empieza a saludar y a dar la mano a diestra y siniestra, con un cierto dejo triste.)

CONSEJERO:  Entonces, quiero repetirle la estrategia del Presidente, Candidato. Esta es su primera gran presentación extraoficial. Después, el Partido lo postula, y el Congreso lo elige a usted Presidente.

CANDIDATO:  Entendido. El partido lo postula a usted y luego el Congreso lo elige Presidente.

(El Consejero, antes sombrío, deja ver un cierto pánico)

CONSEJERO:  Perdón. El Partido lo postula a usted y luego lo elige a usted Presidente

(El Candidato sonríe con una tristeza de mártir, mientras estrecha manos y saluda a diestra y siniestra)

CANDIDATO:  Sí, sí. Comprendí perfectamente Doctor, el Partido lo postula a usted, y luego el Congreso lo elige a usted Presidente.

(El Consejero pierde visiblemente el dominio de sí mismo, y se enjuga el sudor de la frente con un pañuelo. Llegan frente a Carmen Teresa y Finol)

CONSEJERO:  Discúlpeme, Candidato. Me pone en situación difícil. ¿Qué pensará el Presidente si le oye decir eso de mí? Le repito que a usted lo postulan y a usted lo eligen Presidente.

CANDIDATO:  Sí, claro. Debe ser usted el Presidente. (Carmen Teresa, que ha oído el histórico diálogo, queda boquiabierta, y se mira de hito en hito con Finol. El Candidato pasa frente a Delia. Quizás conmovido por la hermosura de la joven, se inclina ante ella y le confía, de improviso.)

CANDIDATO:  Estoy entre mi enemigos

(Delia se queda atónita por el disparatado mensaje. El Consejero se afana tras el Candidato, susurrándole al oído)

CONSEJERO:  Perdón, Doctor... No sé cómo puede decir eso... Los hombres que lo cuidan son de confianza del Presidente y mía...

(El Candidato esboza una patética sonrisa)

CANDIDATO:  Justamente

(Finol le dispara disimuladamente una andanada  de burbujas. El Candidato empieza a seguirlas, poseído de una alegría infantil. El Consejero lo toma por los faldones del paltó y lo obliga a seguir hacia el proscenio. La orquesta toca una nueva fanfarria. El Cronista Social “Kriss” toma la palabra. A su lado el Candidato y el Consejero)

CRONISTA SOCIAL “KRISS”: Damas y caballeros, ésta es una noche de gratas complicidades y de encuentros. Compartimos, quienes quizá antes no nos conocíamos, un espacio selecto, el del Club, y un secreto a voces: nuestro consenso. Al fin, adversarios o distanciados, coinciden, y nuestro consenso se centra en un hombre, a quien tendremos la dicha de escuchar en breves instantes...

(El Cronista Social coloca al Candidato de cara al público. Los invitados aplauden, loa aplausos se aplacan a instancia del Cronista Social. El Candidato, por fin, tras larga vacilación, habla)

CANDIDATO: Queridas damas y caballeros...

(El Candidato mira de hito en hito los rostros anhelantes de la élite. Entonces, sucede lo increíble. El candidato sufre un acceso de risa. El Público sonríe, benévolo. El Candidato regana la compostura).

CANDIDATO: Queridas damas y caballeros...

(Un nuevo ataque de risa, más fuerte, doblega al Candidato. Los Invitados, miméticos, también ríen las carcajadas prosiguen, incrementándose, hasta que se siente de manera siniestra lo impropio de la conducta del orador)

CANDIDATO: Queridas damas y Caballeros...

(Esta vez el ataque de risa es más fuerte. El Candidato llora de la risa. Los Invitados, atacados de pánico, sonríen o ponen caras de terror, alternativamente. Sin miramientos, el Consejero toma al Candidato por los hombros y se lo lleva al interior del Club)

CONSEJERO: (Pugnando entre la oleada de Curioso, ya en pleno pánico) Es el surmenage, que lo llaman. También le dio al Presidente  Medina en los primeros días... Que busquen al Doctor Escobar.

(La pareja, casi a empellones, desaparece en el interior del Club. Reaparecen, en el lado exterior de la reja, como si estuvieran en un aposento aparte. El actor que hizo de Mesonero, de espaldas, ausculta al Candidato, quien tiene la mirada perdida en el vacío. Hay cuchicheos de preocupación de los Invitados)

VIEJA ALARMISTA: ¡Golpe! ¡Golpe! ¡Esto huele a golpe de Estado!

(El Candidato habla incoherente, haciendo gestos lastimeros)

CANDIDATO:  Mis camisas... Han desaparecido todas mis camisas... y eran de seda...

(El  Candidato termina por hundir la cara en las manos. El Doctor deja al Candidato, se acerca al Consejero y le cuchichean algo al oído. El Consejero asiente y se acerca a la puerta)

CONSEJERO:  Arteriosclerosis... irreversible... Precipitada por la sobrecarga...

CRONISTA SOCIAL: ¿Morirá?

CONSEJERO:  No... puede ser... que incluso mejore, en lo físico, y viva muchos años, sin pensar... Porque el cerebro es como un veneno que uno lleva dentro, ¿verdad?

CRONISTA  SOCIAL: ¿Y ahora?

(El Consejero apenas contesta con una mueca irrefrenable de amargura) (Carmen Teresa, Finol, Delia y Egidio salen apresuradamente del club, y se detienen en la puerta, vacilantes)

DELIA: ¡Dios mío! ¡No hay taxis! ¿Y cómo llegamos a casa, ahora que hay toque de queda?

CARMEN TERESA:  ¡Qué toque de queda ni qué toque de queda! Son inventos de los alarmistas.

FINOL: (Corriendo tras un automóvil)  ¡Taxi! ¡Taxi! ¡Maldita sea! ¡Van llenos!

DELIA:  ¡Ya es tarde! ¡Papá debe estar al llegar!

EGIDIO:  La situación es de verdad seria ¿Cómo volver a poner de acuerdo a tanta gente?

DELIA: ¿Habrá golpe?

CARMEN TERESA: ¡Sí, tu papi te va a romper la crisma cuando sepa dónde andabas!

DELIA:  Pero un militar habló de toque de queda... ¡Dios mío! ¡Lo que faltaba! ¡Las doce! (Las campanadas de un reloj anuncian gravemente la medianoche)

FINOL: (Gesticula, en la puerta del Club) ¡Vengan rápido! ¡Paró uno! ¡Apúrense!

DELIA: (A Egidio) ¡Adiós, señor! ¡Adiós!

EGIDIO:  ¿Podré verla de nuevo, señorita?

DELIA: ¡Quizás!

            (Carmen Teresa arrastra a Delia hacia la salida, donde Finol, hace gestos para retener el taxi. Ya para salir, la Maestra le hace un guiño al Galán. Mientras terminan de sonar las doce campanadas, entre los confusos sonidos de motores que huyen, el joven se sitúa sobre la silueta del cuerpo caído, extiende la mano en dirección de la puerta por dónde ha salido Delia, y suspira. Oscuridad)

 

EL GOLPE

 

(Delia cose, sentada ante la máquina de pedales. Lejana, suena una descarga de fusilería. Delia se detiene, preocupada)

DELIA: ¡Papá! ¡Papá!

(Encarnación entra en el cuarto)

ENCARNACIÓN:  Salió ya, señorita.

DELIA: ¡Pero si hay rumores de golpe!

ENCARNACIÓN:  Él dijo que no cree en eso, porque es hombre de trabajo. (Suena otra descarga lejana. Delia se incorpora, angustiada).

ENCARNACIÓN: ¡No salga, señorita!

(Delia llega a la ventana enrejada y se cuelga de los barrotes, intentando atisbar lo que pasa en la calle)

DELIA:  Pero, ¿qué pasa? ¿Por qué son esos tiros?

ENCARNACIÓN:  Suenan hacia el cuartel de La Planicie

DELIA:  No, son más cerca... Pasa algo, pasa algo... (Un disparo cercano, Delia se lleva la mano al corazón.) ¡Papá!  (Delia se mueve hacia el teléfono y disca un número) Hay que llamar al Ministerio para ver si papá está en su oficina... Aló... Aló... no contestan...  (Delia cuelga, angustiada. Encarnación sale a la carrera hacia la cocina y regresa con unas cestas vacías) ¿Dónde vas?.

ENCARNACIÓN: ¡A comprar comida, señorita! ¡Si seré bruta! ¡Con tantos rumores de golpe y se me olvidó almacenar comida!

(Suena una detonación más próxima. Las mujeres quedan paralizadas por el miedo)

DELIA: ¡Pon la radio! ¡La radio!

(Encarnación enciende el aparato. Suena música clásica. Encarnación se persigna)

ENCARNACIÓN: ¡Ave María Purísima! ¡Música de velorio!

RADIO: (estática)... movimiento develado... (estática) reina absoluta normalidad... (estática) en todo el país... (estática, confusión de emisoras y música clásica)

ENCARNACIÓN:  Si dicen que la situación está normal, entonces es que está bien fuñida... (Como confirmándola, suenan varias descargas aisladas)

(El resto de la sala queda en oscuridad. En el lado derecho, Carmen Teresa, con una regla en la mano, aparece al lado de un pequeño pizarrón de trípode, en donde está escrito Escuela “Moral y Luces”, entre garabatos infantiles y una lección de silabeo: MA ME MI MO MU – MI MAMA ME MIMA. Suenan disparos, en Off, Carmen Teresa le habla al público, como si fuera un curso de niños asustados. Ella misma no puede ocultar cierta angustia).

CARMEN TERESA: ¿Qué por qué hay tiros? Niñitos, se los voy a decir, si prometen no asustarse. Unos soldados que quieren quitarle el gobierno al Presidente. ¿Cómo? ¿Qué si es otra vez la guerra? Si, es como la guerra. ¡No, no lloren, niñitas! ¡Rubén, no te burles de tus compañeritas! Pero no es sólo la guerra... Nadie sabe cuáles soldados quieren tumbar al Presidente... Pero son siempre soldados... Y cuando los soldados quitan y ponen Presidentes... Sale casi siempre un dictador... ¿Cómo? ¿Que qué es un dictador?... Les voy a contar lo que me dijo mi propio maestro, hace muchos años... Un dictador es un señor que, si no lo saludas, te pone presa por no haberlo saludado... Y  si pasas frente al dictador, y lo saludas, entonces  le dice a la policía: “Póngame presa a esa mujer, porque me ha saludado...” ¡ Niñitos! ¡Niñitos!  (Carmen Teresa trata inútilmente de hacer gestos calmantes. Poco a poco, empieza a crecer un bramido de cremalleras de tanque. El ruido llega hasta la vibración. Carmen Teresa grita y abre los brazos. El rincón donde está Carmen Teresa se oscurece. La luz ilumina otro rincón de la sala donde Encarnación y Delia rezan, arrodilladas)

ENCARNACIÓN: ¡Ay, Dios mío! ¡Tiros! ¡Relámpagos! ¡Bombas! ¡Con razón dijo la iluminada de Sarría que se iba a acabar el mundo, por tanta sinvergüenzura! ¡ ¡Ay, Ánima Sola, favorécenos!

(Encarnación se inclina ante una estampita donde una mujer vestida de blanco, encadenada, padece entre un mar de llamas).

DELIA:  Padre Nuestro, que estás en los Cielos, Santificado sea tu nombre, venga a nos el tu reino, el Pan nuestro de cada día dánoslo hoy... (Se lleva la mano a la boca, angustiada) Papá... ¡Papá!... (Suena el teléfono. Delia atiende, agitada) Aló... ¡Ah! Tía... No... bien todas... cuídate, por amor de Dios... (Cuelga y le dice a Encarnación) Mi tía que no salgamos... que es un golpe de los gomecistas con el general López Contreras, para que no haya elecciones...

ENCARNACIÓN:  Pero la sirvienta de al lado dice que es cosa de los comunistas, para expropiar a las petroleras. ¡Ave María Purísima!

(Suenan unos formidables golpes en la puerta. las dos mujeres se llevan las manos al pecho, aterradas. Vuelven a sonar los golpes)

DELIA: (Paralizada) ¿Quién es?

SEÑOR PEÑA: (En off) ¡Abran de una vez! ¿A quién se le ocurrió echar la tranca de la puerta de la calle, que no puedo entrar?

(Delia y Encarnación corren a liberar la tranca de la puerta. el Señor Peña entra, sudoroso, agitado y con la corbata torcida)

SEÑOR PEÑA:  ¡Qué carrera, Dios mío!

(Las dos mujeres lo abrazan. Sentado, abanicándose con el pañuelo, el Señor Peña cuenta su versión de los sucesos)

SEÑOR PEÑA:  Es una vagabundería del Partido de los adecos para tumbar al  General Medina. ¡Habrase visto! Un hombre que no ha tenido un solo preso político...... (Se limpia la frente con el pañuelo, y prosigue) En esto los que sufrimos somos los hombres de trabajo como yo. Imagínense, en un cuartel sublevado andaban repartiendo armas para los que quisieran unirse al movimiento...

(El Señor Peña saca abruptamente de una bolsita de papel de estraza un revólver 38, niquelado, y lo coloca sobre la mesa. Delia observa el arma con repugnancia)

ENCARNACIÓN:  Pero, Peña, ¿va usted a salir a echar tiros?

(En el sofoco, pasa desapercibida la familiaridad casi conyugal de Encarnación)

SEÑOR PEÑA: Ni de vaina. Yo soy un hombre de fundamento.

(Pomposamente, vuelve a guardar el revólver en la bolsita de papel. Suena el teléfono. Delia corre a atenderlo)

DELIA: ¡Déjenme! (Toma el auricular y escucha largo rato. Sólo asiente:) Si, si, si... (Su padre y la sirvienta la miran, con una curiosidad creciente, Delia por fin se vuelve hacia ellos, radiante e ingenua:) ¡Es Carmen Teresa! Dice que no debemos asustarnos. Que le acaban de decir que en la cosa esta metido su amigo el Diputado Andrés Eloy Blanco. Y que van a hacer la revolución más grande del mundo. ¡Que van a acabar con los corrompidos! ¡Y que no van a haber más pobres en Venezuela!.

            (Sus interlocutores la miran boquiabiertos: El Señor Peña, arrugando progresivamente el ceño; Encarnación, embobada, pero con una sonrisa creciente)

SEÑOR PEÑA: ¡Eche otra vez la tranca en la puerta de la calle, Encarnación!

(Se hace la luz en el rincón de la escena que representa un Aula. Carmen Teresa cierra el anticuado aparato telefónico de la Dirección de la Escuela “Moral y Luces”)

CARMEN TERESA:  ¡Cálmense, niñitos!... Los buenos van a ganar... van a hacer escuelas para todo el mundo... ¡Unas escuelas grandes, grandes! No como ésta que el techo se le está cayendo...

(Suenan todavía disparos, algunos muy cercanos. La radio transmite un comunicado de los insurrectos)

RADIO: La joven oficialidad, en unión del partido Acción Democrática, llama a la ciudadanía (estática) a dar su apoyo al movimiento (estática)... glorioso... (estática)... El  Partido del Pueblo.

(Suenan disparos, más cercanos y seguidos. Silba una bala. Finol aparece de repente, con una larga regla en la mano)

FINOL:  Carmen Teresa, ¿tienes un trapo blanco?

(Abstraída en la radio, Carmen Teresa, entrega su  guardapolvo a Finol, sin pensar. Silban varias balas cercanas. Finol empieza a atar el guardapolvo a la regla, como una bandera, y sale hacia la puerta de la Escuela. Carmen Teresa se da cuenta tardíamente de la salida de Finol... y voltea)

CARMEN TERESA: ¡Finol! ¿Dónde vas?

FINOL: (En off) A decirles que no disparen... que aquí hay niños...

CARMEN TERESA: (Alarmada) ¡Finol!

(Carmen Teresa echa a correr hacia el zaguán. En off, silban balazos. Vuelve el arrastrarse de cremalleras de tanques. Finol aparece en la puerta de la Escuela, con su figura frágil y casi patética, , precedido de la bandera blanca improvisada. Finol avanza hacia la calle, agitando la bandera)

FINOL: ¡No disparen! ¡En esta casa hay niños!

(Finol desaparece por los laterales y Carmen Teresa tras él, persiguiéndolo. Instantes después, Finol, aparece por fuera de la ventana, como si estuviera en la calle, todavía agitando su bandera blanca y desaparece de la visual, gesticulando hacia el lugar de donde procede un ominoso ruido de cremalleras de motoblindado. Instantes después, Carmen Teresa, haciéndole gestos).

 FINOL: (Desapareciendo de la visual) ¡No disparen, que hay niños!

CARMEN TERESA: (aparece en el exterior de la ventana) ¡Finol! ¡Qué están echando tiros!.

(Suena un balazo seco. Carmen Teresa  se tapa los ojos, y abre la boca, sin gritar. Con lentitud, se agacha y se  incorpora. Tiene en sus manos el agujereado sombrero de pajilla de  Finol. Lo oprime contra su pecho. Se queda un instante con la mirada en el vacío. El Señor Peña cierra la ventana. En  la salita, Delia, Encarnación y el Señor Peña se reúnen ansiosos en torno al receptor de radio, donde una voz lee, como si fuera un comunicado, la proclama en la que el general Isaías Medina Angarita explicó su decisión de renunciar)

VOZ EN LA RADIO: (En off) ¡La situación que se me planteó fue de una trágica sencillez. Podía enfrentarme a la insurrección con las tropas leales, y ello significaría una guerra civil más o menos larga, fuego y sangre sobre Venezuela, destrucción de vidas y riquezas, atraso, pobreza, desprestigio y acaso una intervención extranjera para proteger la seguridad de intereses vitales a la economía mundial; o podía, sacrificando mi persona, reducir al mínimum la conmoción, evitar la guerra y salvar a Venezuela, en todo lo posible, del caos que la amenaza... (estática)... No se es cobarde cuando se asume la responsabilidad de un hecho, y no se huye de esa responsabilidad. Si tal hubiera sido mi actitud, habría ido a buscar mi salvación al amparo de cualquier pabellón extranjero, en la sede de alguna representación diplomática y yo me quedo, para responder en mano de mis enemigos de los cargos que contra mí pudiera haber. Quien tiene la responsabilidad del Estado no huye, sino que, por un acto de voluntad, se inmola en beneficio de lo que cree la tranquilidad para su patria...” (estática) (Lenta oscuridad)

 

EL ARRULLO

 

(La luz vuelve lentamente sobre el extremo de la sala en donde el pizarrón portátil sugiere un aula de escuelita de barrio. Ahora, al lado de la lección de silabeo, un letrero en tiza: La Escuela “Moral y Luces” honra a los maestros caídos en la lucha. Al lado, con una tachuela, una ampliación de un detalle de la foto de grupo del baile, en el cual aparece Finol, en primer plano, con los dedos haciendo la señal de rechazo a la guiña. Hay una vela ante la fotografía. Aparecen Carmen Teresa, con un pequeño brazalete negro; los actores que interpretaron al Cronista Social, al Consejero y al Mesonero, ahora caracterizados como Maestros; el Señor Peña y Delia. El Señor Peña, con un rosario en la mano, dirige el rezo).

SEÑOR PEÑA: ¡Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, Amén!

TODOS: (En confuso murmullo) ¡Dios te salve, María, llena eres de gracia. El señor es contigo, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito en el fruto de tu vientre, Jesús!

(Aparece, descubriéndose, tímido, un tanto incómodo, Egidio, Carmen Teresa, advirtiéndolo, le hace una señal de inteligencia, va a buscarlo hasta la puerta, y lo coloca al lado de los que rezan, cerca de Delia. Los circunstantes prosiguen su liturgia, cada vez más ininteligible, hasta convertirla en un arrullo de palomas).

CARMEN TERESA: (A Delia) ¡Pobre Finol! Si estuviera aquí, se estaría riendo de todo esto.

(Mientras el rezo sigue, hay un cruce de miradas creciente y anheloso entre Delia y Egidio. Carmen Teresa percibe perfectamente la muda comunicación; haciéndose la espontánea, se dirige al Señor Peña, después de guiñarle el ojo a Delia)

CARMEN TERESA: ¡Ay, Señor Peña! ¡Antes que se me olvide, permítame presentarle a un amigo de Finol! Es un mozo muy culto... Es contabilista en una casa comercial! ¡Como usted!... Es... Mira Egidio, el Señor Peña, un pariente político...

(Egidio estrecha la mano del Señor Peña. Este recibe el apretón con cierta reticencia)

SEÑOR PEÑA:  Mucho gusto...

(Carmen Teresa guarda un significativo silencio, y le hace señas con los ojos al Señor Peña, indicándole a Delia)

SEÑOR PEÑA: ¡Ah! ¡Disculpe! Mi hija...

            (El Señor Peña le presenta Delia a Egidio. Ambos fingen no conocerse. Egidio le estrecha la mano)

EGIDIO:  Egidio Ramírez para servirla.

DELIA: (Con luminosa sonrisa) ¡Delia!

(Volteándose, Carmen Teresa esconde una sonrisa, para no poner sobre aviso al Señor Peña)

CARMEN TERESA: (A Delia) ¡Dios te salve, María!

EGIDIO: (A Delia) ¡Llena eres de gracia!

CARMEN TERESA: ¡El señor es contigo!

EGIDIO: (A Delia) ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres!

TODOS (En trueno) ¡Y bendito es el fruto de tu vientre! ¡Jesús!

            (Los circunstantes se persignan a tiempo que termina el rezo arrullo de palomas. Egidio y Delia se quedan mirándose. El Señor Peña les lanza una mirada de sospecha mortal. Egidio está parado sobre la silueta del cuerpo caído. Una andanada de burbujas llega desde los bastidores. Carmen Teresa la contempla, suspendida, llevándose la mano al corazón. Lenta oscuridad)

 

EL ROMANCE

 

(En la sala, Delia pedalea ante la máquina de coser. Encarnación saca algunas plumas de la bolsa de papel y las echa en la basura, mientras Delia, a su lado, la contempla)

ENCARNACIÓN: ¿No le dije? Ahora que nos tocó la mala, los vecinos creerán que todavía estamos comiendo pollo. (Encarnación tira algunas plumas al aire, en el patio, para que sobrevuelen hacia las casas vecinas. En la radio, resuena un vibrante discurso de Andrés Eloy Blanco. De repente, se oye un tumulto en la calle)

GRITOS LEJANOS: ¡Abajo! ¡Abajo el Decreto! ¡Abajo el Tres – Dos – Uno! ¡Abajo!

DELIA: ¿Qué es eso?

ENCARNACIÓN:  Los curas, que andan sacando los muchachitos a la calle. En el mercado me contaron.

DELIA: ¡Ay! ¡Vamos a ver!

ENCARNACIÓN: (Atisbando por la ventana) ¡Mire, señorita! ¡Curas, monaguillos y monjas! ¡Ahí van, con esa cuerda de niñitos! ¡Ay, si parecen zamuros arreando pollitos. (Los niñitos cantan, a grito pelado)

NIÑOS (En off) ¡ Avééé! ¡Avééé... María!

SACERDOTE: (En off, acento español) ¡Abajo el Ministro de Educación! ¡El gobierno no puede inspeccionar la Educación Privada! ¡Es evidente que un crecido número de los valores más representativos, en el campo intelectual, social, político y militar, se cuenta entre los egresados de los Institutos Privados! ¡Abajo Luís Beltrán Prieto Figueroa! ¡Abajo Satanás! ¡Abajo! ¡Qué viva el Sumo Pontífice!

MONJA: (En off, acento español) Amén! ¡Abajo el Anticristo!

NIÑOS: ¡Avééé... Avééé!... ¡María!

(Por momentos, el tumulto tiene sonidos de procesión. Delia y Encarnación contemplan el espectáculo aferradas a la reja, como prisioneras).

DELIA: ¿Y eso?

ENCARNACIÓN:  Que el gobierno quiere meterle el ojo a los exámenes en los Colegios de Curas.

NIÑOS: ¡Avééé!... ¡Avééé!... ¡Marííía!

            (Los religiosos y los niños pasan. A lo lejos, se oye un tumulto de voces viriles amenazantes que se aproxima)

VOCES (En off) ¡Tres! ¡dos! ¡uno! ¡tres! ¡dos! ¡uno!

DELIA: ¿Y eso?

ENCARNACIÓN: ¡Guá, el gobierno, que está sacando su gente! ¡Ay! ¡Son más feos que la “Sombra Desnuda”!

VOCES: (En off) ¡Tres! ¡dos! ¡uno! ¡Viva el Ministerio de Educación! ¡Vivan las Escuelas Públicas! ¡Tres! ¡dos! ¡uno! ¡Viva Humberto García Arocha! ¡Viva Luis Beltrán Prieto Figueroa! ¡tres! ¡dos! ¡uno!

            (Delia voltea ansiosa hacia el tumulto de voces. Cuando éste llega hasta la ventana, la muchacha se persigna. Cuando el tumulto se acerca, Delia cierra los postigos de las ventanas. La muchedumbre pasa, coreando violentamente las consignas. Tocan a la puerta. encarnación se apuesta en el ojo mágico)

ENCARNACIÓN: ¿Quién es?

CARMEN TERESA: ¡Ábranme! ¡Que esto pesa más que un mal matrimonio!

(Encarnación abre. Entra Carmen Teresa, trayendo una maleta con una vieja máquina de escribir barnizada de negro, con ingenuas decoraciones florales. Delia le ayuda a cargas la maleta)

DELIA: ¿Y tú venías con esa pila de hombres?

CARMEN TERESA: ¡Cómo no! ¡Están manifestando contra los colegios privados, que algunos son una fábrica de diplomas!...

DELIA:  Pero tienen unas caras...

CARMEN TERESA: ¡Qué va! Son unos compañeros muy amables... Me ayudaron a traer esto...

            (Delia le ayuda. Entre ambas pasan a la sala que da a la ventana. Entre Delia y Carmen Teresa colocan la maleta de la máquina de escribir, al lado de la máquina de coser. Carmen Teresa abre la maleta y aparece el teclado)

CARMEN TERESA: ¡Aquí está! ¡Lo que te ofrecí! En ésta tomé mis primeras lecciones de mecanografía... ¡Adentro está el método! Puedes aprender en un tris...

DELIA: ¿Tú crees?

CARMEN TERESA: Sí, y así aprovechas el tiempo, en vez de estar haciendo esos bordados... Eso ya no se vende... Lo de ahora es mecanografía y secretariado comercial... ¡uf! así salí adelante hasta que me gradué en la Normal “Gran Colombia”, ¿Quién está en la radio? ¿Andrés Eloy? Ay, tan bello...

DELIA:  Finol Pérez decía cosas más bonitas...

CARMEN TERESA:  Tú no sabes nada de política.

(Delia toma una hebra de hilo rojo, y la retuerce, pensativa)

DELIA:  Y tú, no deberías despreciar los bordados... Todo depende de un hilo... Las cosas penden de hilos demasiado delgados, y si se rompiera uno...

(Tensa el hilo entre sus manos y se lo queda mirando, hipnotizada. De repente, el hilo se rompe)

CARMEN TERESA: (Ríe) ¡Se les caerían los pantalones a los hombres en la calle! ¡Encarnación! ¿No hay café en esta casa?

(Encarnación que inspeccionaba con desconfianza la máquina, responde:)

ENCARNACIÓN: !Ay, me da pena, señorita! Lo que nos queda es una borra...

CARMEN TERESA: !Trae !trae! !Si vieras las ñingas de café que tuvimos que beber después que se murió papá!... Eran tan poquitas, que teníamos que usar una inyectadora para inyectaárnoslas en vez de beberlas...

ENCARNACIÓN: (Sale) Permiso...

DELIA:  Y... ¿cómo funciona?

CARMEN TERESA:  Allí en el método se explica todo... Mira... apoyas todos los dedos... A... S... D... F... G... y después le das a la otra mano... H... J... K... L... Ñ...

(Delia trata con torpeza. Ambas tratan, hasta que le encuentran cierto encanto al juego, y ríen) 

CARMEN TERESA:  Así sigues ...A...S...D...F...G y le das, y le das, y sigues, y terminamos escribiendo “Doña Bárbara”

DELIA: ¡Loca!

CARMEN TERESA:  Esta es la máquina original del Maestro Gallegos, te advierto. (Ambas mujeres ríen)

CARMEN TERESA:  Lo que pasa es que ahora que está metido en política, ya no escribe y nos la regaló, a ver que pasa.

DELIA: ¿Tendré que cortarme las uñas?

CARMEN TERESA:  Déjame ver... si, las tienes muy largas... Vida nueva, uñas nuevas... (Suena una llave en la cerradura. Delia mira el reloj)

CARMEN TERESA:  Es muy temprano...

DELIA:  Si... ahora llega siempre así...

            (Entra el Señor Peña. Es la viva imagen de la desolación. Avejentado, con la corbata torcida, se quita un sombrero maltratado y lo cuelga en el sombrerero)

CARMEN TERESA:  Buenas tardes...

SEÑOR PEÑA:  No tan buenas... Un hombre de mi edad recorriendo toda Caracas, del timbo al tambo, para hacer unos miserables trabajitos de contabilidad... ¿Y qué es eso?

(El Señor Peña ha reparado en el discurso que se oye en la radio. Delia está delante en la máquina de escribir, ocultándola)

CARMEN TERESA:  Los discursos políticos, que ahora los pasan por radio...

SEÑOR PEÑA: (Abriendo su portafolios) Política... política... en toda esa política  los que salen perdiendo son los trabajadores como yo...

CARMEN TERESA:  Ay, tío... si usted estuvo de empleado del Ministerio con todas las políticas... y fue empleado cuando Gómez... y cuando López Contreras... y cuando Medina Angarita...

SEÑOR PEÑA:  Y ahora soy un desempleado. Si, un desempleado, porque no voy a los mítines a oír esos discursos, que son ejemplos perfectos de analfabetismo oral... Ese Betancourt... El doctor Uslar dijo que era el repertorio de la quincalla verbal... (Delia sigue azorada)

CARMEN TERESA:  Y Betancourt, dijo que Uslar era un pozo de sabiduría de un centímetro de profundidad... (Delia ríe, y disimula tapándose la boca)

SEÑOR PEÑA: ¡Ahí está! Lo que pasa es que son unos sectarios, que no toleran a más nadie, que no oyen a más nadie... Porque tienen millares de analfabetos que los aplauden... En este país hasta las sirvientas van a terminar tratándolo a uno de tú... (Encarnación, que entra con las tazas de café, da un respingo al oír la última frase.)

CARMEN TERESA:  Es que usted es un resentido, tío... uno de esos tumbaítos que no querían dar el voto directo y universal...

SEÑOR PEÑA:  Si, “tumbaíto”... Como Medina... Como Medina, que se dejó tumbar antes que derramar sangre... ¡Un hombre que no tuvo un solo preso político en su gobierno!

CARMEN TERESA:  Si, no había presos políticos, pero había muchos ladrones sueltos. Usted puede estar seguro de una cosa, tío. ¡Gracias a los adecos, en Venezuela nadie más va a robar el Tesoro Público!

SEÑOR PEÑA: Yo no sé como es eso de democracia con presos políticos, como ahora.

CARMEN TERESA:  Ya restablecieron las garantías

SEÑOR PEÑA: ¿Qué garantías? ¿Y no cerraron el “Morrocoy Azul”?

DELIA: (Melancólica) ¿Y Finol no escribía versos allí?

CARMEN TERESA:  Si, pero a Finol nunca le hicimos nada. En cambio, los falangistas le dieron una vez una paliza, junto al viejo Leoncio Martínez.

SEÑOR PEÑA: ¿Y los presos que metieron en ese sitio.. que era antes un Dancing... cómo se llamaba?

CARMEN TERESA: “El Trocadero”, tío donde usted hacía sus horas extraordinarias...

SEÑOR PEÑA:  Si, pero yo no le hacía mal a nadie... Y a ellos los torturaron... ¿Quién ha visto democracia con torturas?... Después ni se atrevieron a leer el informe...

CARMEN TERESA: (Un tanto contristada) Ay, tío... Qué difícil es de explicar... Esto no es otro cambio de gobierno más... Es una Re-vo-lu-ción... en Venezuela se acabaron los privilegiados... En Venezuela se acabó el abuso de los pesados... Todo el pueblo va a poder votar...

SEÑOR PEÑA: ¡Gran cosa! ¡El voto para los analfabetos! ¡Qué nos gobiernen los ignorantes!

CARMEN TERESA: ¿Y quién tiene la culpa, tío, de que no sepan leer? ¿Cuándo le ha enseñado alguien a Encarnación ni la O por lo redonda?

ENCARNACIÓN:  Yo no sé leer, pero me escriben.

(El Señor Peña tira despectivamente un periódico tabloide en una mesita. El periódico tiene una foto de un encapuchado, con una capa negra y cargado de cadenas, que se acerca a una estatua  de un ángel  de mármol para tocarla. El titular dice: “La Sombra Desnuda Tiene Su Guarida En El Cementerio”.)

SEÑOR PEÑA: ¿Para leer qué? ¡Ahí tienen esos inventos irresponsables! Ahora dicen que el tal “Sombra Desnuda” vive en una tumba, y sale de noche cargado de cadenas, a sobar a las estatuas!

(Carmen Teresa no puede contener la risa)

CARMEN TERESA: ¡Y para colmo es analfabeto, tío! ¡Y parece que le dieron el puesto que usted tenía en el Ministerio

SEÑOR PEÑA: (Lúgubre) Sí, sí... El Ministerio... Dieciséis años royéndome las mangas en el Departamento de Contabilidad, porque un día lo van a jubilar a uno... Y entretanto, aprender a adivinarle el humor al Jefe... Lo difícil es no aprenderle, porque el humor del Jefe es como Dios, que está en todas partes... llena toda la oficina... Y un día, uno cierra un postigo de la ventana del Ministerio: no, trancado con pestillo no, trancado con pestillo no, solamente entornado, porque había un mitin en la calle y la bulla no me dejaba verificar el cómputo de las exenciones en las Declaraciones del Impuesto... Cuando levanté la cabeza de la carpeta, vi en la puerta de la oficina a todos, desde el portero hasta el último escribiente, mirando... Volteé a ver que miraban y, entonces, me di cuenta que era a mí... A mí, grandísimo pendejo, que estaba saboteando un mitin del Partido del Pueblo, cerrando los postigos para que no se oyera algún alpargatudo diciendo insensateces! ...  Al día siguiente me pasaban el responso: “obligados a prescindir de sus servicios, le damos las gracias por los servicios prestados”... ¡Faltándome cinco años para la jubilación! Y yo, ¿qué mal les hacía?...

CARMEN TERESA: ¡Tío, por Dios! ¡El mundo no se acaba fuera del Ministerio!

SEÑOR PEÑA: (Progresivamente resentido) ¡Sí, sí! ¡Porque los apellidos no han dejado más nada en este país de mierda! ¿Sabes por qué cerré el postigo? ¡Porque los alpargatudos no miraban al orador! ¡Me miraban a mí! ¡Querían mi puesto! ¡Mi sueldito! ¡Ponerse detrás de mi tintero y mis registros contables! ¡Y sin aprender primero a leer y escribir! ¡Quieren cogerse el Estado, que es la única vaca lechera que queda en este país!

CARMEN TERESA:  Pero entonces, es más justo ordeñarla por turnos...

SEÑOR PEÑA:  Eso es muy injusto... Porque yo sí fui uno de los primeros que estuvo en la calle el 18 de Octubre, armas en mano, defendiendo el movimiento... Testigo Delia... lo que pasa es que a uno lo discriminan... como es gente decente...

            (Encarnación deja las tazas de mala manera, y se va para la cocina, refunfuñando. Delia sonríe al oír las supuestas hazañas de su padre, y destapa la máquina de escribir, sin darse cuenta. El Señor Peña, arruga aún más la cara)

SEÑOR PEÑA: ¿Qué es eso?

DELIA:  Una máquina que me prestó Carmen... a ver si... aprendo...

SEÑOR PEÑA: ¿Mi hija trabajando en la calle? ¡Nunca! ¡A ver si termina poniéndose ropa de hombre y coleando novillos, como esa inmoral de María Pacini!

CARMEN TERESA:  Pero si no es en la calle, tío... Mire... puede pasar trabajos en limpio aquí... cobrando por páginas... y ayudarle a usted para presentar sus informes... que por eso se los pagan tan mal... tan sucios... además... mientras, yo le hablo al Diputado Andrés Eloy a ver si hay algún cargo en el Ministerio de Fomento... Es mientras tanto... y Delia le podría pasar en limpio la petición de empleo... Ande... No sea tan sectario usted... ¿quiere?

            (Carmen Teresa, se le ha echado al cuello al Señor Peña. Este, melancólico, considerando su gastado portafolios, que se descose, asiente con un movimiento de la cabeza. Delia se le cuelga también al cuello. Suena un toque en la puerta. Encarnación abre. Descubriéndose, poniéndose el sombrero en el pecho, entra Egidio, sonriente)

DELIA: ¡Egidio! ¡Pase!

EGIDIO:  Vengo de visita. ¡Buenas tardes!

            (Egidio cuelga su sombrero en el mueble sombrerero-paragüero, al lado del tocado del Señor Peña)

CARMEN TERESA:  Me voy. Sigo con la manifestación. ¡Adiós a todos! No, no se molesten. Continúen

            (Los dos enamorados quedan encerrados en el pequeño mundo como abstraídos, diciéndose en voz baja cosas que no se oyen. Al borde, casi fuera de cuadro, vigila celosamente el Señor Peña. La mano de Egidio se acerca a la mejilla de Delia.)

SEÑOR PEÑA: (Carraspea, interrumpiendo) ¿Y qué hay de nuevo?

EGIDIO: (Recobrando la compostura) Ah... De nuevo. Creo que pronto podré mejorar el trabajo. Van a venir al país inversionistas a montar grandes almacenes. Va a venir Rockefeller

SEÑOR PEÑA: ¡Qué va a venir! ¡Con estos comunistas en el gobierno!

EGIDIO:  El propio Betancourt lo invita. Rockefeller va a crear una empresa inmensa... La “Venezuela Basic Economic Corporation”... con subsidiarias agropecuarias y supermercados...

DELIA: ¿Qué es un supermercado?

EGIDIO:  Una tienda grande, donde hay de todo... limpio... importado... y no como esos basureros de San Jacinto y el Nuevo Circo.

SEÑOR PEÑA: ¿Y habrá aguacates?

EGIDIO: ¡Seguro! Aguacate congelado... Aguacate en lata... Usted conoce a Rockefeller

SEÑOR PEÑA: ¿Va a traer mucho millones?

EGIDIO:  No. La Corporación Venezolana de Fomento le va a prestar dinero, para que él nos lo invierta.

SEÑOR PEÑA: (Renuente) No le veo la gracia.

EGIDIO:  Es lo que llaman altas finanzas. Las petroleras van a suscribir acciones preferidas. Rockefeller es un lince. Tiene intenciones de constituir algo firme

SEÑOR PEÑA: Y dígame joven, ¿Cuáles son sus intenciones?

EGIDIO: (Confundido) ¿Mis intenciones?... Serias. Estoy ahorrando. Trabajo horas extraordinarias.

DELIA: (Alarmada) ¿Horas extraordinarias?

EGIDIO:  Salgo a veces muy tarde. El martes pasado, por ejemplo, no pude venir a visitarte, por el balance. Faltaban quince bolívares. Había que revisar todos los asientos contables. ¡Total, hacemos una colecta, y los ponemos, para que cuadre! Pero si hay un faltante, hay que seguir hasta encontrar la falla.

SEÑOR PEÑA: ¿Y verificaron el inventario?

EGIDIO:  No, primero todas las cuentas. A veces un cero, ¡un simple cero! Que debía estar a la izquierda, está a la derecha y lo desarregla todo.

SEÑOR PEÑA:  Los ceros son la cosa más peligrosa en las cuentas. Nunca se sabe que puede hacer un simple cero. Allí están escondidos, redondos, tan bobos. De repente, salen de su sitio y, como por venganza, te revientan. ¿Usted no sabe lo que le pasó a Solórzano, por un simple cero en las cuentas de transferencias del Ministerio. ¡Yo nunca he entendido a los cero!

(Delia empieza a mostrar un mortal aburrimiento)

EGIDIO: El cero es como la mujer. (Delia se sobresalta. Egidio, advirtiendo su inconveniencia, trata de rectificar). Fuera de su sitio, es nada. En su lugar, a la derecha, a la diestra, valoriza el hogar. El anillo de compromiso, es como un cero...

ENCARNACIÓN: (Canturrea, llevándose las tazas) “Anillo de compromiso, que la suerte quiso que uniera a los dos!

EGIDIO: (Alarmado) No, no... Todavía no he ahorrado para los anillos... Todo el tiempo se me va haciendo balances... El señor Reuben, dice que una empresa es como su balance... Y un país, es como una empresa... y el balance, es como el Juicio Final... Todos estamos siempre sometidos a Juicio...

            (El Señor Peña, por cortesía hacia los novios, finge haberse dormido. Encarnación, desde su escondrijo, espía furtivamente. Peña abre un ojo, y lo vuelve a cerrar. Nerviosamente, vigilando al Señor Peña. Egidio alza la mano y acaricia la barbilla de Delia. Lenta oscuridad.)

 

LA SOMBRA

 

(Apenas se inicia la oscuridad de la escena anterior, los demás actores se retiran con lentitud onírica, dejando sola a Delia, cuyo vestido blanco resplandece en un haz de luz roja, presentándole cierta semejanza con la estampita del ¡Ánima Sola”. Una pista de sonido que confunde el traqueteo de la máquina de coser, el murmullo de rezos y el latido de un corazón empieza a incrementar su volumen. Delia se lleva la mano a la garganta)

DELIA: ¡La sombra!...

            (Pasa Encarnación, lentamente, regando al aire plumas de gallinas. Delia se incorpora, con expresión de sofoco y voltea hacia la reja de la ventana. Afuera, un encapuchado de negro y con capa – quizá Egidio – la contempla. Delia corre hacia la puerta, para echar el cerrojo.

            La puerta empieza a abrirse, a pesar de que Delia se opone con todas sus fuerzas. Delia queda tendida en el suelo, mientras las hojas terminan de abrirse. Pero en el marco no hay nadie. Delia queda de rodillas ante el zaguán vacío, respirando angustiada.

            Desde el interior de la casa, la silueta de un hombre con una inmensa capa negra se le aproxima. En el sofá de paletas, el Candidato, y dos de los actores, caracterizados como Maestros, la contemplan, mientras ríen con lentitud de pesadilla. Delia empieza a incorporarse, temblorosa, y se enfrenta a la Sombra Desnuda. El Encapuchado, en lugar de avanzar, se lleva la mano al corazón y cae, retorciéndose lentamente, en agonía, como si se fundiera, incapaz de llegar hasta Delia. En el suelo, su cuerpo late como un corazón, en angustiosos espasmos. El forro de la capa, rojo, le da al bulto una inequívoca cualidad de cosa viviente. Delia, compasiva, se le aproxima, y se inclina sobre él. La mano enguantada de la Sombra Desnuda toca su barbilla.

            Horrorizaba Delia contempla cómo los poderosos brazos la ciñen. La joven echa hacia atrás la cabeza, en una inenarrable mueca de delectación y asco. La Sombra Desnuda la cubre con su capa negra y roja. Delia palpita, como un corazón oprimido. Uno de los maestros pasa por la escena, agitando lentamente un palo de escoba, como un bateador en cámara lenta.

            Finol aparece en la reja, afuera, observando, fantasmal, melancólico

            La Sombra Desnuda se yergue, poderosa, cargando consigo el desvanecido cuerpo de Delia. Una mano de la joven, exangüe, toca el cuello del Fantasma. El Encapuchado rigidece, en una especie de trance de placer, y luego lleva a la joven lentamente hacia la silueta trazada en el piso, cerca de la utilería que sugiere vegetación.

            Carmen Teresa, Encarnación, el Señor Peña y los dos maestros, como criaturas de pesadilla, hacen una ronda alrededor de la pareja, mientras el Encapuchado deposita a la joven en el suelo. Las manos de la  muchacha oprimen la garganta del Fantasma. Este rueda, en una lenta agonía y desaparece de la escena, mientras los demás  actores rodean a la víctima, primero como un corrillo macabro y, luego, como un grupo que socorre a una accidentada, a medida que empieza a crecer la luz).

 

EL ENCANTO

 

            (Cuando regresa la luz, el grupo de actores que rodea a Delia, deja de tener apariencia fantasmal y se revela como una partida de excursionistas, cargados con cestas, sombrilla y un tocadiscos portátil de manivela. Encarnación frota a la joven. Varios paravanes, vueltos al revés, muestran ahora un violento colorido que sugiere la vegetación de un parque)

DELIA: (Agitándose) ¡La sombra! ¡La sombra!

ENCARNACIÓN: (Confortándola) ¡niña Delia! ¿Qué le pasa? ¡Yo le dije que no se sofocara tanto en la excursión que después iba a tener mala siesta!

DELIA: ¿Excursión? Ah, si, es que me quedé dormida... estaba soñando con la “Sombra Desnuda”...

CARMEN TERESA: ¿La “Sombra Desnuda”? Ay, mijita, ya es tarde. Figúrate que la mataron anoche. Aquí está (Saca un periódico de una cesta de merienda. Mientras lee la noticia, hace una burlesca mímica de los hechos narrados) ¡Anoche unos trescientos habitantes de la Parroquia Catia persiguieron al monstruoso personaje llamado “La Sombra Desnuda”. Zafándose de sus perseguidores, como es costumbre,  gracias a su cuerpo untado de aceite huyó por los tejados y escaló un gran tanque de agua que daba a un abismo. Acorralado, “La Sombra Desnuda”, antes que entregarse a sus perseguidores... prefirió... echarse la capa al hombro...  ¡Y Saltar al abismo! (Carmen Teresa da un saltito que asusta al Señor Peña) ¡Niña, prívate! ¡Se quedaron con los crespos hechos todas las pazguatas que estaban  esperando que “La Sombra Desnuda” bajara del tejado a sobarlas! !Ahora no van a saber lo que es un pellizco bien dado... así! ¡Así! (Amenaza a Delia con pellizcarla y canta) “Sombras nada más... entre tu vida y mi vida...”

DELIA: ¡Carmen Teresa, por Dios!

CARMEN TERESA: ¡Te haría mucho bien, porque estás tan pálida! Eso no te lo quita el neurofosfato, que estás tomando. ¡No, mijita! ¡A mí que no me vengan con neurofostato!

EGIDIO: (Aparece con un tocadiscos de manivela) ¿Pasó algo? Estaba buscando el tocadiscos portátil.

CARMEN TERESA:  Aquí todos estamos buscando lo que no se nos ha perdido... Nada... Nada... el calor de la siesta

MAESTRO I: (Esgrimiendo un palo de escoba) Okey, el foul ha resultado sin mayores consecuencias y el play continúa. Se dirige el pitcher hacia el montículo para continuar el duelo entre los Eléctricos de Magallanes y el León Domesticado del Cervecería... Se prepara el lanzador... le hace la señal al catcher... ¡Lanza! ¡Una curva pegada del cuerpo! ¡Abanica! ¡ Strike, tirándole!

(Mientras sigue el perifoneo de locutor, del Maestro I, el Maestro II le tira tapitas de refresco, que el primero intenta batear. Durante toda la escena, seguirán con su maniático juego beisbolístico, alternándose los papeles de Pitcher y bateador).

CARMEN TERESA: “Se acabó la siesta” ¿Quién quiere dar un paseo por el monte? ¡Colegas! ¡Co-le-gas! (Los maestros continúan indiferentes su diálogo deportivo)

MAESTRO II: (Hace una mímica de pitcheo) El Magallanes no adelanta al Cervecería ni que le den “Fitina”... Se prepara... Calienta el brazo... prepara su especialidad... ¡Una curva de humo, un cañonazo sobre home que quema el mascotín y deja al bateador con los ojos claros y sin vista, reafirma el invicto  de los Leones del Cervecería! ¡Y lo dejó con el bacalao al hombro!...

MAESTRO I: (Amaga con el bate) El cuarto bate del “Magallanes” dispuesto a enchufar a los Eléctricos”... Toma pezrubia... sacude el roble... y se cuadra en home... ¡Batea! ¡Y es un roletazo de hit sobre el center field que se va y se va , y se va de jonrón sobre la valla! (El Maestro II corre hacia el extremo del escenario, para detener el jonrón, real o figurado mientras el Maestro I corre bases imaginarias. Carmen Teresa los contempla y suspira fastidiada)

CARMEN TERESA: ¡Colegas, colegas! ¿Por qué no me bajan unos mangos de esa mata que están madurando?

SEÑOR PEÑA:  El que está como mango maduro es el gobierno que en cualquier momento se cae.

CARMEN TERESA: ¡Mire tío! ¿usted sabe que dijo Betancourt en el mitin del Nuevo Circo? Pues, él dijo: “Somos poderosos, más de medio millón de militantes portan el carnet de nuestro partido. Controlamos el  Poder Ejecutivo y el Congreso, las Asambleas Legislativas y los Consejos Municipales... Nuestro poderoso ascendiente en el movimiento obrero nos puede permitir incluso paralizar todas las actividades de la Nación, incluso impedir que se extraiga una sola gota de petróleo del subsuelo venezolano. No se moverá un músculo, no funcionará una polea, si los añorantes de un paraíso perdido por voluntad del pueblo atentan contra éste...”

SEÑOR PEÑA: !Hum! Pero, por ahí dicen que Betancourt ya y que se asiló en una embajada.

CARMEN TERESA: ¡Ay, pupú!! Tan viejo y creyendo en cuentos de camino (Carmen Teresa revisa nerviosamente en la cesta) ¡Ay, el café! ¡El termo con el café, se me quedó en la estación. Alguien tiene que ir a buscarlo!

(Los maestros, alejados, enfrascados en su juego de chapitas, no le hacen caso. Egidio, caballeroso, se ofrece)

EGIDIO: Voy yo.

(Delia, de inmediato, añade)

DELIA:  Yo lo acompaño.

            (El señor Peña los mira con desconfianza y frustra el paseo solitario)

SEÑOR PEÑA:  No, no, no se molesten. Yo voy. ¿Cómo era el termo?

(Carmen Teresa, tapándose la boca para no soltar la risa, empieza a empujarlo hacia el sendero)

CARMEN TERESA:  Grueso... pesado... muy pesado

(Mientras el Señor Peña acongojado, inicia su ascensión resoplando, Carmen Teresa, pone en el picó un disco que acompaña la retirada del padre)

PICO: ¡Se va el caimán!

¡Se va el caimán!

¡Se va para Barranquilla!

(Los maestros vuelven a aparecer, todavía lanzándose chapitas e intentando batearlas)

MAESTRO I: Va a las duchas el fildeador estrella... Y se abre el inning decisivo... sobre el diamante Los Leones del Cervecería  dispuestos a llenarles el cuarto de agua a los Eléctricos del Magallanes... Examina al contrario... Prepara... Lanza...

MAESTRO II: Un fly sin fuerza que llega rodando al plato... bola uno... Y va para base por bolas el flamante jonronero de los Eléctricos, porque los Cachorros temen al bate fulminante que dispara truenos sobre el left field...

CARMEN TERESA: (Invitando al Servicio a pasear) ¡Ay, Encarnación! ¡Vamos a tener que fundar una sucursal de la Asociación de Mujeres de Carmen Clemente Travieso, porque en este país hay crisis de hombres!...

ENCARNACIÓN:  A mi no me gustan esos menjunjes de mujeres solas. Yo nada más voy a la celebración del día de Santa Zita , que es la patrona de las sirvientas.

CARMEN TERESA: (Contempla a Egidio y Delia, que cuchichean ensimismados) ¿Santa Zita?

ENCARNACIÓN: ¡Si! ¡Toda la iglesia para nosotras! ¡Y el cura nos da un sermón, recomendándonos humildad y obediencia!! (Ríe, abochornada) Ay, señorita Carmen Teresa, me da pena decírselo.

CARMEN TERESA: (Iniciando la retirada) ¿Qué?

ENCARNACIÓN:  Yo no lo hago por respeto a la difunta. Pero da buena suerte ir con una prenda que se la haya tomado prestada a la señora. ¡Si usted viera! (Hace una mímica de prosopopeya señorial, como si llevara un lujoso manto) ¡Y a veces, la señora de la casa se queda desnuda!

(Sale, con gesto de gran señora. Carmen Teresa la sigue, después de lanzar una mirada cómplice hacia Egidio y Delia. El Señor Peña se detiene, resoplando, mira a su alrededor, se seca la frente con un pañuelo, suspira y sigue la ascensión. Empiezan a perder fuerza los compases de “Se va el Caimán”)

MAESTRO I: ¡Hombre prevenido al bate!

(Los novios sentados, cada uno mirando hacia un sitio distinto. A su lado, una enorme sombrilla de excursión. Egidio le da cuerda al tocadiscos)

EGIDIO:  Me dices que no te visito casi nunca... Pero es que no sé... qué sentido tiene... Esas visitas con tu papá vigilándonos... sin saber lo que de verdad sientes por mí...

            (Delia calla obstinadamente. Ha arrancado un pequeño tallo y lo mordisquea. Al fin se decide a hablar, todavía sin mirar a Egidio)

DELIA: ¿Lo que de verdad siento?

EGIDIO:  Sí... ¿A quién quieres de verdad? ¿Me quieres a mí.. o al novio? ¿Lo que quieres es tener un novio, sea quien sea, que te visite tres veces por semana y que puedas mostrar a tus amigas? ¿Qué soy yo para ti? ¿Soy “Egidio” o soy “El Novio”?

(Delia parece vacilar. Finalmente, se vuelve hacia Egidio con la boca entreabierta y cierra los ojos. Egidio la toma en sus brazos y la besa. El arrullo de los novios sigue al ritmo de la pieza de “Júrame”, cuyo disco ha instalado Egidio en la victrola de cuerda. Un creciente arrulle de palomas se juntas en la pista sonora)

GRAMÓFONO:         “Todos dicen que es mentira que te quiero

                                   Porque nunca me habían visto enamorado

                                   Yo te juro que yo mismo no comprendo

                                   El por qué de tu mirar me ha fascinado

                                   Cuando estoy cerca de ti yo estoy contento

                                   Yo quisiera que de nadie te acordaras

                                   ¡Tengo celos hasta del pensamiento    

                                   que pueda recordarte a  otra persona amada!

                                   ¡Júrame que aunque pase mucho tiempo

                                   pensarás en el momento en que yo te conocí!

                                   ¡Mírame, pues no hay nada más profundo

                                   ni más grande en este mundo

                                   que el cariño que te di!

                                   ¡Bésame con un beso enamorado

                                   como nadie te ha besado desde el día en que nací!

                                   ¡Quiéreme, quiéreme hasta la locura

                                   Y así sabrás la amargura que estoy sufriendo por ti!

            (Egidio está echado sobre la silueta trazada con tiza. En el momento es que besa a Delia, los dos novios se ocultan tras una amplia sombrilla campestre. Al final de la canción, durante un rato sólo se oye el arrullo de palomas. Un beisbolista para a lo lejos, abanicando fantasmales batazos)

MAESTRO I: ¡Y se poncha! ¡Le metieron tres strikes mientras abanicaba y queda listo para las duchas!

            (El señor Peña llega justo a tiempo para oír al maestro. Angustiado, grita.)

SEÑOR PEÑA: ¡Delia, Delia! ¡Niña! ¡Delia! ¿Dónde está Delia? (Aparece Encarnación por una de las sugeridas veredas)

ENCARNACIÓN:  Por ahí... ella salió con la señorita Carmen Teresa...

(El Señor Peña va de un sitio a otro, sin decidirse por un sendero en particular)

SEÑOR PEÑA: ¡Delia! ¡Delia! ¿Dónde están?

(Aparece Carmen Teresa, muy pizpireta)

CARMEN TERESA: ¡Una gran noticia señor Peña! Hemos decidido fundar una sección de la Agrupación Cultural Femenina. ¡Ah! y por el termo no se preocupe, me acabo de acordar que estaba en la cesta grande ¿quiere?

            (Carmen Teresa saca el termo y le ofrece burlescamente al Señor Peña, quien tuerce el gesto. Apartando la sombrilla aparecen con cara de inocentes Egidio y Delia, ésta última alisándose la falda)

DELIA:  Disculpen... Nos perdimos

EGIDIO:  Pero, qué bueno que volvimos a encontrar el camino

(El Señor Peña resopla, disgustado)

SEÑOR PEÑA:  Vámonos... es tarde... Se va a ir el tren...

(El señor Peña, Delia, Encarnación y Carmen Teresa recogen los enseres. Los dos maestros regresan algo fatigados. Se emprende la partida. Carmen Teresa, demasiado insistente, le ofrece café a todo el mundo. El señor Peña vuelve a negarse, huraño. El maestro le insinúa una caricia al muslo de  Carmen Teresa. Esta le da un manotón, indignada)

CARMEN TERESA:  Ya podemos irnos... Si está recogido todo... Creo que todavía es  tiempo... Ah, los helechos... ¿Dónde están las matas de helecho?

(Un soldado custodia la estación, las armas prestas. Con gesto autoritario, empieza a pedirle los documentos a los viajeros que bajan)

SOLDADO: ¡Su Cédula de Identidad! (El soldado insiste, meneando su arma) ¡Cédula en mano! ¡Cédula!

SEÑOR PEÑA: ¿Pero que pasa?

SOLDADO:  La cosa está mal... hay toque de queda.

CARMEN TERESA: ¿Toque de queda? ¡No me diga que hay golpe!

            (Carmen Teresa, estupefacta, ha dejado caer la cesta que trae cargada. De la cesta sale la vajilla que se parte en pedazos, estruendosamente. Oscuridad)

 

LA CAMPANA

 

(En la sala, Delia y Carmen Teresa. Una campana repica de manera intermitente. Carmen Teresa está tirada en el sofá de paletas, sin ánimo, en un estado de total abatimiento)

CARMEN TERESA: ¡Lo tumbaron! ¡Un presidente elegido con el ochenta por ciento de los votos y lo tumbaron, sin que nadie disparara ni un tiro! ¡Y fracasó la huelga que quisieron hacer los sindicatos!

DELIA: ¡Escribía tan bonito!

CARMEN TERESA: ¡No es eso! ¡Cómo se puede aceptar! ¡Todo el mundo votó por él y ahora  lo tumban los mismos militares del cuarenta y cinco! ¡Pobre Finol! ¡Y pensar que lo mataron por eso!

            (Delia presta atención a la campana que suena insistentemente)

DELIA:  ¡Esa campana!

CARMEN TERESA: ¡Son los muchachos de la Universidad! Se encerraron adentro. Han estado todo el día tocando, en protesta. ¡Oye!

(Comienza a escucharse un ominoso rechinar de cremalleras de tanque)

DELIA: ¡Un tanque!

CARMEN TERESA: (Precipitándose hacia la ventana) ¡Va hacia la Universidad! ¡La Universidad rodeada! ¡Las tropas en la Universidad! ¡Qué vergüenza! ¡Esto es el fin! ¡El fin de todo aquello por lo que luchamos! ¡Y nadie mueve un dedo! ¡Cobardes!

            (Los ruidos de cremalleras de pierden en la lejanía. Pausa. Carmen Teresa vuelve frente a Delia, y saca de su cartera unas hojas mecanografiadas)

CARMEN TERESA:  Oye... ¿Está todavía bien la máquina de escribir?

DELIA:  Si... creo

CARMEN TERESA: (Pasándole los papeles) ¿Podrías... podrías hacer algunas copias al carbón?. Todas las que puedas... Como una cadena... Para después repartirlas...

DELIA: (Lee, vacilante) “En mi residencia particular acabo de recibir la noticia de que ha  sido ocupado el Palacio Presidencial de Miraflores por fuerzas militares comandadas por el teniente coronel Marcos Pérez Jiménez, donde se ha practicado la detención de varios ministros del despacho, y sé que, llevando a cabo el atropello de las instituciones a que se han decidido las fuerzas armadas, vienen ya a apoderarse de mi persona. Culmina así un proceso de insurrección de las fuerzas de la guarnición de Caracas y del alto mando militar, iniciado hace diez días con intento de ejercer presión sobre mi ánimo para imponerme líneas  de conducta política, cosa que sólo puede hacer el pueblo de Venezuela, cuya voluntad represento, y cuya confianza poseo. A tales pretensiones me he opuesto enérgicamente en defensa de la dignidad del poder civil, contra la cual acaba de asestarse, una vez más, un golpe de fuerza, dirigido al establecimiento de una dictadura militar. ¡Pueblo de Venezuela! Yo he cumplido con mi deber, cumple ahora tú el tuyo no dejándote arrebatar el derecho que legítimamente habías conquistado de darte tu propio gobierno, por acto cívico de soberanía popular...”  Los Palos Grandes, 24 de Noviembre de 1948.

DELIA: (Delia pliega el papel nerviosamente y se lo devuelve a Carmen Teresa) No sé...

Yo no sé nada de política... Y esas cosas me dan muchísimo miedo...

CARMEN TERESA:  Tienes razón... No eres la única que ha tenido miedo... (Vuelve a guardar las hojas en su cartera) Oye, y por cierto... Aquél revólver que le dieron a tu papá en un cuartel el 18 de Octubre... ¿Sabes dónde está?

DELIA:  No... No sé... Creo que papá lo devolvió... ¿Por qué?

CARMEN TERESA: (Incorporándose) No, por nada... Es tarde... Me voy ya, antes de que empiece el toque de queda... (Se detiene pensativa) ¡Pero cómo iba a salir el pueblo a defendernos si nosotros mismos lo obligamos a devolver las armas que les dimos! ¡Pero si nosotros mismos fuimos los primeros que le tuvimos miedo!

            (Deja de oírse el toque de campana)

DELIA: !Cuídate! !Las calles están llenas de soldados!

(Repentinamente Delia abraza a su prima, avergonzada de no poderla ayudar)

CARMEN TERESA: ¿Oyes?

DELIA: Si... la campana... Ha dejado de sonar...

CARMEN TERESA: ¡Qué silencio!

            (Carmen Teresa sale. Delia queda cabizbaja largo rato y se dirige hacia la máquina de coser de pedales, sobre la cual continúa la vieja máquina de escribir que le regaló Carmen Teresa. La toca, vacilante. Una breve oscuridad sugiere una pausa o el transcurrir de un tiempo indefinido)

 

LA CADENA

 

            (En la sala de su casa, ante la máquina de escribir, con deliberación, Delia se corta las uñas con una tijerita. Concentrada, coloca las manos sobre el teclado de la máquina de escribir, prueba si las uñas no le molestan y empieza a mecanografiar enérgicamente)

 

DELIA: (Musita el texto que dactilografía) “Querida Marilú: si después de tantas cartas sin respuesta insisto en escribirte a tu prestigioso Consultorio, no es un busca de un amor furtivo o esquivo, no es porque un hombre me desengaña, es que no sé como explicarte a ti, experta en Corazones Solitarios, a ti...

            (Delia termina arrancando la carta del rodillo, estrujándola y sustituyéndola por otra hoja de papel. Dactilografía de nuevo) “Señorita... joven... y... honrada...”

            (Cavila largamente en el “honrada”. Arranca la hoja y la rasga. Suena el timbre de la puerta. Encarnación aparece y abre la puerta)

CARTERO: (En off) !Correo! !Buenos días!

            (Encarnación recibe la carta. Tras ella, anhelante, aparece Delia)

DELIA: ¿Es para mí?

            (Encarnación le tiende el sobre y cierra la puerta. Delia lee el sobre y adopta una expresión de desencanto)

DELIA: Es para usted, Encarnación.

ENCARNACIÓN: !Pero si yo no sé leer! !Léamela, señorita!

            (Delia abre el sobre trémula y  lee)

DELIA: “Vos que deseas lo imposible, lo difícil, lo perdido, podréis lograrlo si haces diez copias de esta cadena y la enviáis a otras diez personas. Esta cadena ya va a dar la vuelta al mundo. Un rico señor de Bogotá, no la hizo y cayó en la más horrible desgracia. Un rico hacendado si la hizo...”

            (Delia estruja el papel, desilusionada)

ENCARNACIÓN: !Señorita! !No la bote, que eso trae mala suerte!

            (Delia se toca las sienes, como atacada de un súbito dolor)

DELIA: Cadenas... Toda mi vida no he hecho más que tejer cadenas... ¿Tú sabes lo que es una cadena, Encarnación?

ENCARNACIÓN: No señorita

DELIA: Un encadenamiento de ceros.

ENCARNACIÓN: (Mirándola con intriga) Perdón, señorita. Tengo que ir a vigilar el sancocho.

(Delia vuelve a sentarse ante la máquina de escribir. Esta vez, teclea seca, profesional y eficiente)

DELIA (Musita, maquinal) “Joven-mecanógrafa-seria-responsable-buena-ortografía-solicita-colocación.fija-casa-comercial-satisfacción-garantizada”

            (Suena el teléfono. Con prisa, Delia se abalanza sobre él, como si esperara un mensaje hace largo tiempo y escucha. La voz del teléfono se puede oír, gracias a una amplificación: es femenina y cortante).

TELÉFONO: (En off) Él no te quiere

DELIA: ¿Cómo? ¿Quién es? ¡Conteste!

TELÉFONO: Él no te quiere (cuelga)

            (Delia posa el auricular sobre su pecho, trastornada y luego lo cuelga. De vuelta a la máquina, saca la hoja anterior, introduce otra y comienza a escribir, al principio serenamente, luego casi golpeando la máquina, en un creciente arrebato de furia)

DELIA: Urgente desesperada busco joven sin cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, cero, ¡cero! ¡cero! ¡cero! ¡cero! ¡cero! ¡cero! ¡cero! ¡cero!

(La furia ha degenerado en una crisis de llanto. Aparece Encarnación)

ENCARNACIÓN: ¿Llamó, señorita?

DELIA: (Disimulando) Tengo jaqueca, Encarnación. ¿Dónde metió papá los sellos para el dolor de cabeza?

ENCARNACIÓN: Por allí, en el ceibó ¿Se los busco, señorita ?

DELIA: (Disimulando) No, gracias, Encarnación. Ocúpate de la cocina

            (Delia busca en el mueble indicado. Separa varios objetos tales como cintas y prendas de vestir y, al fin, por accidente encuentra el revólver que entregaron al señor Peña, lo contempla, al principio temerosa, luego fascinada, y termina incorporándose, sentándose ante la máquina de escribir y apoyando la masa del revólver contra sus sienes, como para calmarlas con la frialdad del arma. Pausa. Por la puerta, silenciosos, entran los actores que interpretaron al Cronista Social y al Consejero, ahora con lentes negros, en una estereotipada caracterización como agentes de investigación criminal, con paltoses cruzados y pantalones de tubito. uno de ellos lleva el sombrero de Egidio. Los dos agentes se colocan a ambos lados de Delia. Esta, durante toda la escena se dejará llevar y traer, como una autómata, sin declarar palabra, dejando que los demás le atribuyan sentimientos y expresiones. El Agente I  le quita el revólver a la muchacha. Esta, se deja hacer, sin contestar)

AGENTE I: ¿Nombre y apellido? (Delia calla)

AGENTE II: ¿No oíste? Nombre y apellido

            (Al ver la inexpresividad de la joven, el Agente II toma su cartera, la abre y empieza a sacar objetos)

AGENTE I: ¿Contenido de la cartera?

AGENTE II: Una colección de papeles de estaño de bombones. Un dedal. Un hilo rojo. Un lápiz de labios Max Factor de Hollywood. Una foto del occiso retocada. Plumas de gallina (Suelta dos o tres plumas de gallina y contempla su revoloteo)

AGENTE I: ¿De gallina?

AGENTE II: (Sigue la pesquisa) Cartas de amor, desgarradas. Una carta en cadena

AGENTE I: ¿Seguimos?

AGENTE II: (Leyendo) Si la seguimos, obtendremos lo imposible, lo difícil, lo perdido. Un rico señor de Bogotá, la hizo y...

AGENTE I: Que si seguimos la reconstrucción del hecho punible

            (El Agente II saca de la cartera el cuadernito de la Cédula de Identidad de la época, la abre y la lee, para contestar las preguntas de su colega)

AGENTE I:  ¿Nombre y apellido?

AGENTE II: Delia Peña Flores

AGENTE I: ¿Edad?

AGENTE II: 21 años

AGENTE I: ¿Oficios?

AGENTE II: Del hogar

AGENTE I: ¿Estado Civil?

AGENTE II: Soltera

AGENTE I: (A Delia) ¿Qué tiene que declarar?

            (Delia continúa obstinadamente muda, mirando al piso. El Agente II se sienta ante la máquina de escribir, como para tomar declaración. El Agente I, dicta, improvisando, mientras su colega teclea)

AGENTE I: Siendo la fecha para la reconstrucción del delito, la presunta autora Delia Flores Peña, libre de apremio y bajo fe de juramento declaró “En estado de profunda perturbación emocional...”

AGENTE II: (Teclea trabajosamente) ¿Perturbación es con “ce” o con “ese”?

AGENTE I: Con zeta.

            (El agente II golpea una tecla y espera la continuación del dictado. El Agente I toma el revólver, lo inspecciona, lo huele y lo coloca en las manos de Delia)

AGENTE I: “... tomé un arma de fuego que había hallado accidentalmente...”

AGENTE II. (Teclea, afanoso) “... mente... ”

AGENTE I: “Salí a la calle. Eché a andar, como en un sueño.”

AGENTE II: “Sueño...”

            (Delia, como sonámbula, guarda el arma en su cartera y empieza a andar, escenificando las escenas que el Agente II describe. De improviso, aparece Encarnación, como si la alcanzara apenas salida a la calle).

ENCARNACIÓN: ¡Señorita Delia! ¡Se le olvidó el chal, para el frío!

(Encarnación sale)

AGENTE I: “En la calle, abordé un vehículo. Noté que el conductor tenía un defecto. Un dedo adicional en el meñique. Me dio repugnancia”

AGENTE II: (Teclea) ... Ancia...

            (Aparece el Señor Peña. Encara brevemente a su hija, antes de salir por el lateral.)

SEÑOR PEÑA: ¡Hija! ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué no me pediste ayuda?

AGENTE I: “Entonces, noté que el vehículo se había detenido, frente a la firma Reuben, Constructora-importadora. Descendí. Crucé las puertas oscilantes...”

AGENTE II: “...Antes...”

AGENTE I: “Me encontré frente al escritorio donde mi prometido Egidio Ramírez escribía a máquina”

AGENTE II: ... Máquina...

            (Maquinalmente, Delia se ha colocado frente al Agente I, ha sacado el revólver de la cartera, y lo apunta. Como un fantasma, aparece Finol y la asiste)

FINOL: Perfecto. Alta la cabeza. Así, así. Debías estar más pálida. El arte siempre mejora después de estas tragedias pequeño-burguesas. Pero cada cual vive la tragedia que puede. La tragedia es la soledad que se subleva. Lo que va a pasar, es culpa nuestra. Todos te dejamos sola, con tus sombras. Y sólo las sombras nos dan al fin nuestro relieve... Sólo yo y tú sabremos que querías, en realidad, matar al cero... un imposible, porque el cero lo llena todo... Lo vence todo... yo sufrí tanto por las ciudades de cristal que jamás construyó Vladimiro Tatlín, y quizá me importaba más la viudez de una cucaracha o el pobre sabor de un pan viejo. Después, habrá mucho atropello. Sé digna. El revólver, así... Primero, amartíllalo. No, no cierres los ojos. Eso desvía la puntería. El revólver... esa última estrella  de acero en la estepa roja, cuando al fin las sombras están a punto de alcanzarnos...

            (Finol dirige la mano de Delia, manteniéndola firme. La muchacha dispara cuatro tiros al Agente I. Este se incorpora melodramáticamente, el rostro cubierto con el sombrero de  Egidio, la mano en el pecho y trastabilla hasta caer en el rincón del escenario en donde está trazada la silueta de un cuerpo yacente. Delia petrificada, lo contempla y baja lentamente el arma. Finol desaparece. Fuera, suena una algarabía de voces femeninas).

VOCES DE MUJERES: (En off) ¡Lo mató! ¡cuatro tiros! ¡era su novio! ¡lo mató! ¡era un malvado! ¡trató de violarla! ¡la engañó! ¡pobrecita! ¡que la suelten! ¿qué pasó? ¡quiso violarla! ¡la engañó! ¡cuatro tiros! ¡sin vergüenza! ¡pobrecita! ¡que la suelten! ¡pobrecita! ¡bandido!

            (El Agente II, profesionalmente, se apoya en la mesa y lee la declaración mecanografiada por su colega)

AGENTE I: “Máquina” se escribe con “q” y “u”, distinguido.

AGENTE II: (desde el suelo) ¿Me levanto para corregirlo?

AGENTE I: No. Quédese donde está. Aquí debe decir: mi prometido “el ciudadano” Egidio Ramírez. Después ¡accioné el arma repetidas veces...”

AGENTE II: (En pose de cadáver) Cuatro veces

AGENTE I: (Teclea) “...Siendo el motivo del crimen...”

AGENTE II: (el rostro tapado con el sombrero) “...imen...”

AGENTE I: Dígame, ¿Cuál fue el motivo?

            (Delia calla obstinadamente. Los Dos agentes le quitan el revólver, la esposan, y la sitúan en medio de la sala, custodiándola, como en un imaginario tribunal) (Suena una típica fanfarria de noticiero)

LOCUTOR DE RADIO: (En off) Y ahora, las noticias de última hora por “Panorama Universal”. Dígalo por “Panorama Mundial”, y lo sabrá Venezuela entera. Noticias nacionales: (breve cortina musical con un joropo puesto que en “Panorama Universal” usaban un tema sonoro del país del cual procedía la noticia) ¡El juez decide hoy el caso de Delia Peña! Hoy comparecerá la bella joven que ultimó de cuatro balazos a su pretendiente. Ante la expectación creciente del público capitalino, se aproxima a su fin el prolongado juicio seguido a la mujer que mató en defensa de su honor. En el edificio de Las Gradillas una gran muchedumbre de mujeres se agolpa en el recinto del Juzgado a la espera de la audiencia pública donde, de acuerdo al artículo  44 del código de Enjuiciamiento Criminal, será leído el veredicto.

                        (El Señor Peña y Carmen Teresa siguen las incidencias del proceso, donde el actor que representó al Candidato hace de Abogado Defensor, y el que fungió de Mesonero, lee la sentencia como Juez. Irreconocible, con lentes negros y un cursi atuendo de dama otoñal, la actriz que interpretó a Encarnación aparece como la periodista Marilú y se arroja sobre Delia)

MARILÚ: Soy periodista... usted me tiene que haber leído... tengo una columna... Marilú... El Rincón de los Corazones Solitarios... Recibo millares de cartas... de llamadas telefónicas... Porque el teléfono es el nuevo Correo del Corazón... para que el público esté de su parte, usted tiene que contarme el lado humano... qué sintió... qué se siente cuando... en el momento en que... dígamelo... tiene que decírmelo, como si yo fuera usted.

(Entran dos pregoneros por ambos lados del escenario, con paquetes de periódicos bajo el brazo. Al pasar saludan a Marilú)

PREGONERO I: ¡Extra! ¡Extra! Bella joven ultima a perverso seductor. ¡Extra! ¡Extra! Bella joven mata en defensa de su honor. Conozca todos los detalles del crimen.

PREGONERO 2: ¡Extra! ¡Extra! ¡El juicio del siglo! ¡ !Las mujeres aclaman a la víctima del burlador! ¡El defensor alega defensa del pudor! ¡Conozca las intimidades de la venganza!

PREGONERO 1: ¡Extra, extra, extra! Hoy sentencian a la bella defensora de su honra. Millares de mujeres piden su libertad. No se pierda las revelaciones de la heroína

            (Delia la contempla, atónita. Uno de los Agentes, cortés, pero firmemente, conduce a la periodista lejos de la reclusa. La Periodista amenaza al Agente con caerle a carterazos. Avanza el Abogado Defensor, el mismo actor que interpretó al Candidato. Dramático, cadencioso, casi sensiblero, expone sus conclusiones).

ABOGADO DEFENSOR: ... Y para terminar mis conclusiones como Defensor en este ya largo y emotivo proceso, insisto en que mi defendida ha matado por el impulso más natural, más innegable, más noble, más honesto...  ha matado, es cierto, pero lo ha hecho en legítima defensa del honor, ante el dolor del engaño, ante el ultraje a su inocencia... la muchacha honesta que mata a su burlador no debe ser juzgada más que por la piedad... Antes que homicida, ella es la víctima, y este tribunal no puede más que declararla inocente, por legítima defensa de su honor.

            (Las últimas frases son dichas entre un tumulto de aplausos y frases aprobatorias de la audiencia femenina.  La periodista Marilú llora, copiosamente. Delia  lo contempla todo, sin expresión. Con un fajo de papeles sellados aparece el Juez, quien se ajusta los lentes, carraspea y lee)

EL JUEZ: “La única acción que existe en nuestro país, por incumplimiento de palabra matrimonial es la contemplada en el artículo 42 del Código Civil, que autoriza a demandar judicialmente los gastos incurridos por incumplimiento del prometido matrimonio. Pero de ninguna manera el incumplimiento de un ofrecimiento matrimonial crea el estado de necesidad que justifique el homicidio. Y por ello, de acuerdo al artículo 407 del Código Penal, y con la atenuante contemplada en el artículo 67, por haber actuado la enjuiciada en momento de arrebato y de intenso dolor, en nombre de la Ley y por autoridad de los Estados Unidos de Venezuela , este tribunal condena a Delia Peña a la pena de siete años, seis meses, ocho horas de presidio.”

(Desde la mitad de la lectura, empieza una tempestad de murmullos que se va convirtiendo en tormenta de protestas y casi en motín del público, preponderantemente femenino. El señor Peña se yergue, y abraza a su hija. La periodista Marilú se incorpora y desafiante, grita:)

MARILÚ: “Esa sentencia niega personalidad a las mujeres, cuando afirma que los hombres que han dado su palabra pueden cambiar de opinión cuando quieran! ¡Eso es apoyar a burladores! ¡A hombres que no respetan los sanos y puros principios de la  familia! ¡Que se burlan del sentimiento femenino! ¡Que abusan de nuestra delicadeza! ¡Que se ríen de nuestras virtudes! ¡Es lo más inhumano que haya podido verse en nuestro medio! ¡Este es un crimen noble! ¡Una muchacha de sociedad que ha matado a su novio por haberla deshonrado y por no haber cumplido luego su palabra de matrimonio!... ¡Hay que defender a esta mujer que tan valiente concepto tiene del Honor! ¡Del Honor de La Palabra Empeñada! ¡Del Honor de La Mujer, que no existe en el Código Venezolano en beneficio nuestro, pero que en cambio es la espada de Damocles levantada a toda hora sobre nuestras cabezas!

            ¡Cómo ella hay otras! ¡Muertas, asesinadas en sus sentimientos y en sus espíritus! ¡Como ella hay otras, purgando el  dolor de una burla amorosa en un convento, muchas en la sellada torre de su silencio, tantas en el prostíbulo! ¡Ella ha preferido la cárcel! ¡No puede considerarse vulgarmente un “crimen”, la muerte de uno de tantos Donjuanes que pululan en tierras venezolanas a caza de la honra de una mujer! ¿Por qué no podía ahora tomar la revancha una mujer? Defenderla de los mixtificadores de sentimientos, ampararla de los que  tratarán de echar lodo a su varonil esfuerzo: “Ese es mi deber”. ¡Mi deber de escritora que tanto ha estimulado por la prensa los intereses propios del sexo femenino! ¿Cuál puede ser entonces el porvenir de las hijas de familia, víctimas del primer advenedizo que las engañe y las explote, frente a hombres sin concepto del honor, respaldados por sentencias desorientadas, y que permanecen ilesos ante la opinión pública?

            De pie, impetuosa, terriblemente engrandecida por la potencia de su brazo armado, mitológica como la Diosa de la Justicia, envuelta en un manto de humo o de niebla, entre  cortinas de pólvora, Delia, la niña que hasta ayer nomás se postraba ante ese hombre. ¡Ha disparado contra el atleta, contra el  hombre fuerte! ¡Ella... ha matado con fuego!!!

            (La arenga de Marilú parece despertar un tumulto en la sala. Vuelven a escucharse las imprecaciones  de voces femeninas que piden la libertad de Delia. Los Agentes tratan de aplacar el tumulto, se colocan al lado de Delia y la conducen fuera de la sala, hasta el exterior de la ventana, donde la colocan detrás de la reja)

VOCES FEMENINAS: (En off) ¡Suéltenla! ¡Pobrecita! ¡Es inhumano! ¡La engañaron! ¡Se vengó! ¡Bien hecho! ¡Pobrecita!

            (Desde dentro de la sala Carmen Teresa llega por fin a la reja que la separa de su prima y comienza a hablarle, como en  una visita a una prisionera)

CARMEN TERESA: (Emocionada hasta la incoherencia) ¡Delia, por Dios! ¡Si se empeñaran en venir a matarme todos los novios que yo he dejado!. ¡Con razón dicen que el orden está restablecido! ¡Si las mujeres no van a servir más que para estar pendientes de que no las dejen los novios! ¡Señorita  mata novio porque la dejó! ¡Empleado mata patrono porque lo despidió! ¡Esclavo mata amo porque lo libertó! Y sin embargo... Tú no sabías lo que hacías, pero hiciste bien... Has matado al Patriarca... ¡Si todas las novias le cayeran a tiros a todos los novios del mundo! ¡Cubiertas de sangre las tortas de boda! ¡Las torres de azúcar de las catedrales disolviéndose en un gran charco de sangre! ¡Hay que crucificar a todos nuestros  redentores! ¡A todos los que nos dicen: conmigo estarás a salvo!

            (Se abraza a Delia, a través de las rejas. Esta la mira, con os ojos desorbitados, y le musita)

DELIA:  Estoy entre mis enemigos

            (Aferrada a los barrotes, Delia observa como Carmen Teresa avanza hacia el público. Los dos Agentes policíacos se sitúan junto a la Maestra cuando ella está entre las butacas)

AGENTE I: Acompáñenos

CARMEN TERESA: ¿Por qué?

AGENTE II: (Le ilumina el rostro con una linterna) Es un operativo de rutina contra el hampa. La tendremos detenida, hasta verificar que tiene empleo y que no tiene antecedentes penales.

CARMEN TERESA:  Ya no tengo empleo. Pero ustedes no tienen derecho.

AGENTE I:  Son medidas enérgicas contra el crimen. (El agente II le arrebata la cartera, la abre, saca unos volantes y los lee)

AGENTE II: “Los partidos Acción Democrática y Partido Comunista de Venezuela, llaman a la ciudadanía a unirse a la heroica huelga iniciada hace diez días por todos los trabajadores petroleros. Los trabajadores unidos daremos al traste...”

AGENTE I: (Saca el revólver y empieza a apuntar al público) Al traste

AGENTE II: “... Al traste, con la camarilla de ladrones que gobierna al país, apoyada en la más brutal represión y en la corrupción más absoluta...”

AGENTE I: (A Carmen Teresa) ¡Basta! ¡Nombre y apellido!

CARMEN TERESA:  Cucarachita Martínez

AGENTE I: ¡Oficio!

CARMEN TERESA: ¡Viuda!

AGENTE I: ¡Esto es una locura!

AGENTE II: ¡Acompáñenos!

(se retiran llevándose a Carmen Teresa detenida apuntando hacia el público. Desde su reja, Delia  ve impotente como secuestran a su prima).

 

EL SIMULACRO

 

(Un reflector, desde detrás de la reja destaca la silueta de Delia aferrada a los barrotes. Los Agentes I y II regresan con un papel, verifican brutalmente la identidad de la muchacha tomándole la cara por la barbilla para colocarla de frente y de perfil, cotejan con el papel, asienten, hacen mímica de quitarle las esposas y la arrancan de la reja.

La puerta de la casa se abre, desde el exterior. Los dos agentes hacen entrar a Delia, dan media vuelta, con exagerada disciplina militar y cierran la puerta. Delia queda de pie. De espaldas a ella, en una butaca, el señor Peña, vestido con liquiliqui, contempla un aparato de televisión, del cual sale una marcha militar y una pomposa voz que dice:)

LOCUTOR DE TELEVISIÓN: (En off) “En el día de hoy continuaron los desfiles militares en honor de la Semana Patria, bajo la inspiración del Ciudadano Presidente de la República. Elementos de tropa y cuerpos de empleados públicos desfilaron con perfecta disciplina, dando ejemplo de dedicación y vocación inimitables, en homenaje sin precedente a los valores epónimos que integran el gentilicio. Contingentes de Aire, Mar y Tierra dieron lucimiento al desfile, dando una demostración imponente de coordinación y espíritu dedicado a la garantía del orden, frente a las tribunas, desde donde el Ciudadano Presidente de la República y el Alto Mando  Militar contemplaron el homenaje...”

            (El mensaje sigue por el estilo, y se va debilitando, en sordina hasta que queda sólo, apenas audible, la marcha militar)

DELIA:  Papá

SEÑOR PEÑA:  (Sobresaltado) ¡Hija! ¡El indulto! (Intenta trabajosamente levantarse. Su hija lo abraza, volviéndolo a sentar en la butaca) ¡No esperaba que iba a ser tan rápido! El indulto y la jubilación... salieron juntos. El General celebra la Semana de la Patria. (Nota que Delia le mira el liquiliqui) ¿Te gusta? Vuelve a estar de moda. Hoy desfilé con los empleados del Ministerio. Con el oficio de jubilación en el bolsillo y todo, pero desfilé. ¡Hubiera sabido del indulto, para irte a buscar en el Fordcito! Al fin lo pude comprar. Cuando ya casi no tengo vista para manejarlo...

DELIA: (Pasea la mirada por la sala) !Qué polvoriento está todo!

SEÑOR PEÑA: (Musita, hipnotizado por la televisión) El servicio doméstico está cada día más imposible. Aquella sirvienta que tuvimos tantos años... ¿Cómo se llamaba?

DELIA: Encarnación

SEÑOR PEÑA: La tuve que despedir. La encontré poniéndose la ropa de tu difunta madre. !Y eso que en esta casa estaba de dueña y señora! !Ingrata! Y las otras, cada vez peores... Desordenadas... Respondonas...

DELIA: Pero todo está igual.

SEÑOR PEÑA: No...  hace tiempo empezaron a morirse aquellas maticas, que le gustaba tanto a tu madre... Aquellas de florecitas blancas...

DELIA: Begonias.

SEÑOR PEÑA: Y mire que las regaba y las regaba... Será la gasolina o el polvo de tanto edificio que construyen... Las primeras en morirse fueron aquellas moradas, que tu madre empezó a sembrar cuando ya estaba enferma.

DELIA: Violetas

SEÑOR PEÑA: (Nota que Delia contempla la televisión) No sé... Son cosas de mujeres... Ellas mantienen las casas... Lo único nuevo es esto... Mira... Esto sí es una maravilla... Te trae ahí mismito las noticias... Los norteamericanos se tuvieron que meter en Centroamérica, para parar la subversión comunista... En ese paisito... ¿Cómo es que se llama? Por ahí, cerca del Canal de Panamá... Guatemala...

DELIA: (Se acerca al televisor, y casi lo toca) ¡Pobre Carmen Teresa! No hacía más que traer aparaticos a esta casa, creyendo que con cada uno iba a matar al patriarca... Pero con cada aparato entraba un nuevo dueño... Con la radio, el demagogo... Con la máquina de escribir, el patrono... Con el televisor, el galán que nunca desengaña... (Se para, sobre la silueta trazada en el piso) Eternos...Indestructibles... Invulnerables... Todas las balas del mundo no bastarían para acabarlos...

SEÑOR PEÑA: (Absorto en el televisor) Pero hay progreso... ¿Te fijaste en los edificios?

DELIA: (Se aproxima a la reja. La toca) Si... tumbaron la casita del frente y levantaron un edificio.

SEÑOR PEÑA: Menos mal que tapa la vista al cerro. Se estaba llenando de ranchos.

DELIA: (Apoyada en la reja, mira hacia afuera) En el edificio hay cincuenta ventanas enrejadas. Detrás de cada ventana está una mujer solitaria. Y, alrededor de cada mujer, está una máquina de escribir y una radio. Y un pequeño patrono y un pequeño demagogo y un pequeño galán fantasmales ¡Pobre Carmen Teresa!

SEÑOR PEÑA: (Somnoliento, fascinado por la pantalla) Carmen Teresa... ¿sigue presa? Es que la política es una cosa y la sublevación es otra diferente. ¿Quieren hacer política? Ahí tienen los partidos legales. Y no esa locura, de una sublevación que nos lleve a todos por delante. Además, el pueblo rechaza el comunismo. El pueblo no quiere que le vayan a quitar lo que tiene. Porque esa gente en los ranchos, ¡hasta televisores tienen! No mejoran, porque no quieren trabajar. Y además, ¿hasta cuándo nos van a tener en zozobra un grupito de agitadores? ¿Viste cómo la otra vez los masacraron y nadie levantó un dedo? En ese pueblito...

DELIA: Turén...

SEÑOR PEÑA: ¿Por qué no los mandan a jalar escardilla en un campo, bien encerrados? ¿Quieren estudiar? Estudien. ¿No quieren estudiar? Pues, se les mete al Ejército en la Universidad, a ver si aprenden... Carmen Teresa... mira, mija, yo te aseguro que el Presidente la suelta, si ella rectifica... Allí salieron libres una cantidad que rectificaron... Se reintegraron al orden... ¿Qué más quieren?

            (La casi inaudible marcha militar del televisor ha ido subiendo de volumen. La luz empieza a desfallecer)

DELIA: La sombra...

            (La luz se extingue en la habitación. Delia, en la reja, escruta los cielos, donde un parpadeo de fogonazos sugiere una barrera de fuego antiaéreo, en la pista de sonido se confunden el pedaleo de la máquina de coser, el tecleo de la máquina de  escribir, el tintineo de cremalleras de tanque y un difuso tiroteo)

SEÑOR PEÑA: El simulacro...

DELIA: Parece una revolución

SEÑOR PEÑA: El simulacro antiaéreo... Es una idea del general... Unos aviones hacen como que bombardean... Nosotros, aquí abajo, hacemos como que nos escondemos... Es muy bonito...

DELIA: Este es un país de simulacros... Batallas simuladas... Revoluciones simuladas... Liberaciones simuladas...

SEÑOR PEÑA: (Somnoliento, divaga) ¿Y qué querían? ¿Qué están robando? Todos los gobiernos roban... Pero el país está mejor. ¡No hay comparación con lo que era antes! Y eso sí; por fin se han resuelto a poner el orden. Porque al hampa lo que hay  es que echarle plomo. Lo importante es que uno pueda salir a la calle. No me lo vas a negar; tendrán sus defectos, pero si  no son ellos, no hay nadie que impida que a esto se lo lleve el caos. Ellos saben su cosa... Ellos han podido encontrarle su vuelta al país, y mantienen contento al Ejército. ¿La izquierda? No, hombre, si ni entre ellos mismos pueden ponerse de acuerdo. ¿Por qué si no, quién va a parar ese montón de analfabetos cuando se les ocurra bajas de los cerros?

            (La furia de los cielos se aplaca. El señor Peña cabecea un instante. Delia cierra por última vez la ventana. El señor Peña despierta, sobresaltado)

SEÑOR PEÑA: ¿Qué pasó? ¡Me quedé en medio de una frase! !Qué angustia! ¡Me pareció que habían pasado tantos años!

DELIA: Despreocúpate, papá. El tiempo no ha pasado. El simulacro continúa.

            (El señor Peña queda inmóvil, con la mirada perdida en el vacío. Delia toca un instante un pequeño abanico de papel que está en la mesita y sonríe. Luego toma el tambor de los bordados, clava la aguja en él, y da una larda puntada con hilo rojo. Con pequeños tirones, extrae el hilo, y vuelve la aguja para la segunda puntada. Lejanas, se disuelven las sirenas, los traqueteos y las detonaciones. En Off, suena “Reloj”)

CANTANTE: Reloj, no marques las horas, porque voy  a enloquecer.

                        Reloj detén tu camino, porque mi vida se acaba

                        Detén el tiempo en tus manos, haz esta noche perpetua

                        Para que nunca se vaya de mí, para que nunca amanezca

            (La luz decae gradualmente, mientras Delia continúa sus laboriosas puntadas. Cuando la oscuridad es total, revientan, en instrumental, los populacheros compases de “La Múcura”)

 

FIN

 

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