Santiago, 4 de febrero de 1999

Diario El Mercurio

Sección Cartas al Director

Reconciliación (II)

En su carta del 4 de febrero pasado el Sr. Javier Díaz nos dice que como paso previo a la reconciliación, es necesaria una condena mayoritaria y sincera a la supresión de las libertades públicas impuesta por el gobierno militar. Propongo que para completar su idea se haga lo mismo con lo que hizo y especialmente lo que pretendió hacer la Unidad Popular, ya que como todos sabemos su proyecto fue interrumpido en sus comienzos.

Para saber lo que quería hacer la Unidad Popular basta con consultar cualquier manual de praxis revolucionaria, o mejor aún ver lo que realmente hacían los gobiernos socialistas marxistas de la época, tales como Cuba, la Unión Soviética y sus satélites, China, Vietnam, Corea del Norte, etc. Para no extendernos eso significaba: dictador vitalicio generalmente designado o autodesignado, partido único, prensa y televisión propiedad del estado, censura previa a todas las publicaciones, ejército popular, justicia revolucionaria, arte socialista, policía secreta omnipotente, ejecución de los principales opositores por actividades contrarrevolucionarias, cárcel a disidentes de menor cuantía, aniquilación de clases sociales enteras, prohibición de salir del país, persecución religiosa, educación exclusivamente marxista leninista, eliminación del sindicalismo independiente. En muchos casos acompañado por corrupción de estado, ineficiencia administrativa y desastre ecológico. Y no por algunos años o hasta que se perdiera un plebiscito, sino para siempre.

¿Que en Chile no hubiera sucedido eso? ¿Por qué? ¿Acaso tenemos el derecho de tachar a los dirigentes de la Unidad Popular de inconsecuentes con sus propias ideas? El que hayan fracasado en su intento no los convierte en malos marxistas.

Cuando los partidarios de la Unidad Popular y sus aliados reconozcan y condenen abiertamente lo anterior y cuando los del Gobierno Militar recojan la sugerencia del Sr. Díaz, entonces habrá llegado la reconciliación a Chile.
 

Eduardo Vila-Echagüe
 
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