LIBRO PRIMERO

C A P Í T U L O    P R I M E R O

Nacimiento, patria y padres de Fray Francisco de la Cruz, y algunos sucesos de su primera edad.

La Sabiduría divina, en la formación de algunos varones ilustres, suele portarse desde el principio con aparatos y prenuncios de la admirable fábrica que en ellos quiere levantar, como quien (a nuestro modo de entender) previene la atención para casos raros y sucesos dignos de estimación y aplauso. Así en el Varón fuerte, sujeto de este libro, se portó, mostrándole desde su niñez como empeño de su cuidado, previniendo al que después había de llevar su nombre y su Cruz, predicando oración y penitencia con la voz y con el ejemplo, por tantas y tan diversas gentes políticas y bárbaras, para honor y gloria del nombre cristiano y español y de la Religión del Carmen.

Fue Fray Francisco de la Cruz natural de la villa de Mora (patria fértil de hijos que han adornado muchas Religiones), en el Reino de Toledo, cinco leguas de aquella ciudad imperial, hijo legítimo de Bartolomé Sánchez, portugués, y de María Hernández, de Alcobendas, cristianos viejos e hijosdalgo, cuyos parientes, en muy cercano grado, han servido en la Casa Real en oficios nobles, y en Madrid han tenido actos positivos de hijosdalgo.

Débese notar que antes de su conversión tuvo ocupaciones que no dicen con esta calidad; pero como Nuestro Señor le quiso siempre en Cruz, en todos estados, no hacen consecuencia los misterios en que dispuso su vida secular, porque él siempre corría por cuenta superior que regía sus pasos; y así esta parte de sus ocupaciones fue irregular en nuestro conocimiento; porque, o ya fuese en lo natural, por la suma pobreza a que vinieron sus padres y él, o ya fuese porque la Cruz que había de llevar por toda su vida la quiso colocar nuestro Señor en su casa, al tiempo casi de su nacimiento; con que las ocupaciones a que asistió fueron todas desacomodadas y trabajosas.

Nació en 28 de diciembre de 1585, día en que la Iglesia celebra en llantos fúnebres la muerte de los Santos Inocentes; y no careció de misterio ser en este día su nacimiento, porque el que en el mundo no había de tener sino penas y Cruz, era bien que al nacer le hallase vestido de luto. Fue bautizado el día 3 de enero del año siguiente, día de la Octava del Señor San Juan; y aquél que al nacer al mundo le halló con tristeza, el día que nace a la gracia le halla con alegría; y como había de ser pregonero de la fe, cuando la recibe en el santo Bautismo, en su casa no faltó contento, pues una abuela suya celebró el día espléndidamente, concurriendo lo más noble de la villa.

Apenas había llegado Francisco a los cinco años, cuando ya sus padres eran pobres de solemnidad, respecto de unas fincas en que habían entrado y haber tenido su padre una tutela que a uno y a otro le obligó la piedad de su natural, porque era notablemente inclinado a hacer bien y a no negarse a lo que se le pedía; principios todos que traen estos fines; porque aunque no es virtud el asegurarse, tampoco lo es el desamparar la prudencia; y ésta consiste en atender siempre a la primera obligación. Sus padres tuvieron otros hijos, que murieron temprano.

Era su madre muy sierva de Dios, y en aquella tierna edad le enseñaba las oraciones y los principales Misterios de nuestra Santa Fe Católica, acostumbrándole a algunas piedades cristianas, y entre otras es mucho de notar que, cuando Francisco le pedía pan, le llevaba delante de una Imagen de Nuestra Señora, que tenía el Niño en los brazos, y le hacía hincar de rodillas y que puestas las manos pidiese pan a Jesús y a su Madre; y entonces ella, por detrás de la Imagen, le arrojaba el pan, como que le recibía de las divinas manos de Jesús y de María; por lo cual solía decir, siendo ya Religioso, que lo que aprendió en la inocencia lo practicó después en la necesidad.

Por esta edad, estando su madre en Toledo y a la puerta de su casa con el niño, llegó a ella un peregrino, y mirando con demostraciones de admiración a Francisco, la dijo que tuviese particular cuidado con él, porque a aquel niño le esperaban raros sucesos y grandes peligros de agua, y que advirtiese que lo que la decía importaba mucho al servicio de Nuestro Señor. Suceso a que se pudiera escasear el crédito, si en la vida que se escribe no hubiera habido muchos sobrenaturales; esto fue el año de mil quinientos ochenta y nueve, y luego el de noventa, estando en la misma ciudad de Toledo, en el Corral Hondo, que así llaman al sitio de la casa en que vivían los padres, a la entrada de un aposento que estaba encima de una escalera, vio pasar el niño, por encima de la ciudad, un animal muy pesado, que tenía forma de buey y era mucho más grande sin comparación, y con los cuatro pies que tenía andaba por el aire con mucha facilidad y caminaba siempre vía recta; y aunque tenía forma de buey, no tenía las puntas que le da la Naturaleza, de lo cual quedó con grande asombro. Este año de noventa tuvo muchas y diversas visiones imaginarias de noche, que le ponían grande horror y espanto; y aunque niño, con lo que su madre le había enseñado (que ya en esta ocasión era muerta, dejando admirable opinión de sus virtudes y de la paciencia singular con que toleraba su adversa fortuna), que era la devoción de Nuestra Señora del Sagrario y del Carmen, de que había sido muy devota con invocarlas, le dejaban luego las visiones feas y abominables que le afligían, y juntamente los miedos que le causaban, como cuando de repente en un temporal se serena el aire, y quedaba tan quieto como si tales visiones no hubieran llegado a sus ojos, de las cuales solía decir al P. Fray Juan de Herrera, su Confesor, que unas veces eran corpóreas y otras imaginarias, de que se acordaba distintamente cuando tenía cincuenta años, y daba muy continuas gracias a Nuestro Señor, y su Confesor le decía que eran disposición de Dios aquellas fantasías, y que las tomaba por instrumentos para dar a entender los ardides del demonio, y para que los bisoños en la Milicia Cristiana se fuesen haciendo esforzados y valientes.

Entre otras visiones tuvo una corporal, en que se puede hacer particular reparo, y fue que un gato, grande y espantoso, le acometió una noche diversas veces, queriendo ahogarle; de que Nuestro Señor le libró invocando el dulce nombre de su Santísima Madre María. Bien se debe reparar el cuidado que daba al demonio un niño de tan tierna edad, y que en el modo que sabe y le es permitido reconocía el fruto grande que había de hacer en la Iglesia, pues conjuraba contra él todas sus industrias y artes. Parecíale que le veía ya tremolar la Sagrada Cruz que había de llevar en sus hombros, a imitación de su Maestro Cristo Jesús en el Santo Monte Calvario, y se afrentaba de que, habiendo sido allí vencido de un Hombre Dios, en el mismo lugar le hiciese guerra tan sangrienta un puro hombre.

Este mismo año de noventa le sucedió un caso tan extraordinario y de tales pronósticos, que parece que en él empezó Nuestro Señor a descubrir la particular manutención con que amparaba a Francisco, y que en las mismas asechanzas del demonio se reconocía el camino particular que le tenía guardado, por donde había de subir a la perfección; y fue que, estando una noche encerrado en un aposento, con llave, y la llave debajo de la cabecera de su padre y el aposento de su padre junto al suyo, también cerrado con llave, y también la puerta de la casa, la cual tenía las paredes firmes, y sin portillo, sin sentirlo el niño ni su padre, le sacaron de la cama y le llevaron a un pozo que estaba cerca de su casa, el cual ni tenía cubierta ni paredes, sino que estaba al igual del suelo y tenía dos vigas que le atravesaban en forma de cruz, y le pusieron en medio de las dos vigas donde se formaba la cruz, en pie y dormido, y de este modo le halló un labrador, al amanecer, pasando al campo, y viendo que estaba en pie y dormido y en aquel riesgo, le dijo: -Niño, ¿qué haces aquí? Con cuya voz despertó despavorido y asombrado, y el labrador lo quitó de allí y se le llevó a su padre, refiriendo el peligro y el suceso; quedando todos admirados, sin saber dar fondo a caso tan extraordinario, pues lo menos que tiene es el reconocimiento, que no pudo ser por modo natural, ni pueden dejar de carecer de misterio el detenerse en medio del riesgo en una cruz, ni se debe hacer reparo en si las puertas se franquearon o si las paredes se abrieron, cuando (sea por permisión o precepto) fue Dios el autor.

Entre las visiones de horrores y peligros también tenía otras que le defendían, porque a los que guarda Dios para sus siervos los trae siempre en sus manos, y en ellas los peligros son seguridades.

 

CAPÍTULO II

De lo que le sucedió desde los once años hasta los veintidós.

Hasta que cumplió Francisco los once años, no hay cosa particular que decir sino que, por haber quedado su padre viudo y tan pobre, para aliviarle en algo unos parientes se le llevaron a su casa, con que parece le esperaba algún regalo, o por lo menos salir de tanta necesidad como su padre padecía; pero, o fuese porque aquellos fueron muy estériles, o porque la piedad, que nace de respetos y no de devoción, como son humanos, a pocos lances descubren sus quilates; si lo pasaba mal en casa de su padre, en la de sus parientes lo pasaba peor, porque en ella se amasaba para toda la semana y se hacían tres diferencias de pan; y de la última, que era la que se hacía para los mastines, se sustentaba al pariente; con que los dos días primeros comía con mucho trabajo y los demás era menester echar el pan en agua para poderlo pasar (prevención que entonces le hizo Nuestro Señor, para que no la extrañara después en el viaje de Jerusalén, ni en sus penitencias voluntarias en la vida religiosa), con que hallaron aquellos piadosos deudos buen camino para que durase poco el huésped; y así sucedió, porque su padre le volvió a casa, donde se ejercitaba en algunas devociones que su madre le había enseñado.

Su padre, por aliviar su necesidad, casó segunda vez en Villamuelas, y no obstante vivía con suma estrechez, por ser los años muy estériles; y así fue menester, para poder pasar con alguna moderación, que también el hijo trabajase, ayudando a su padre, y lo hacía llevando cargas de retama desde Villamuelas a Tembleque, en cuyo ejercicio usaba de una piedad con sus padres digna de notar, y era que en todas las cargas que vendía sacaba por adehala que le habían de dar un pedazo de pan, con el cual se sustentaba, y llevaba el dinero cabal a su padre.

Era Francisco de un natural robusto, muy a propósito para el trabajo, mañoso en él, pero de entendimiento tan rústico, que parecía incapaz de pulimento y cultura. Tenía muchas fuerzas y era atrevido, materiales todos muy distantes de cualquier género de letras; y así, aunque tenía voluntad de aprender a leer y a escribir, su padre lo contradecía con muchas veras y con mucha razón; porque por un parte, respecto del natural que en él reconocía, le parecía tiempo perdido, y por otra le había menester para que trabajase, porque era la principal parte del sustento de su casa; con que viendo la contradicción de su padre y la ocasión de ella con más razón que razones, le dijo: -Que él quería trabajar todo el día para el sustento de su padre, y que de noche aprendería a leer y a escribir. Bien se conocen las dificultades que esto podía tener; pero en siendo la influencia superior, no hay alguna; porque con mala disposición, con repugnancia de su padre, con falta de tiempo, con corto entendimiento y casi sin maestro, se halló en breves días que sabía leer, escribir y contar. En este tiempo y en esta ocasión tuvo muchos impulsos de ser Religioso, sin determinar Religión; pero con la contradicción de su padre, que ya era su único remedio, el cual se inclinaba a casarle (medio a que jamás Francisco hizo rostro), y con preciarse de hombre fuerte y atrevido, se pasó este género de vocación.

Cuando Nuestro Señor da luz al entendimiento, enseñando el camino, y la resiste o la deja pasar la voluntad, grande misericordia es de su piadosa mano y paternal afecto el que los castigos sean luego visibles y temporales. Y grande señal es de cierta y segura protección que en medio de ellos socorra, porque se conocen claramente que se contenta con el escarmiento, y que su ánimo no es destruir, sino enmendar; y así fue que apenas dejó de aprovecharse de la vocación, cuando fue acometido de diversas sugestiones del demonio por diversos caminos y con diferentes objetos. Luego cayó en Villamuelas en un pozo que llaman de Pedro Alonso, de muchos estados de alto, y juntamente con él cantidad de piedras, de que le sacaron sin lesión. Luego, pasando el río de Algodor, le llevó el raudal, y en esta ocasión se encomendó muy de veras a Nuestra Señora, y se halló a la orilla unos juncos, y asiéndose de ellos pudo salir del riesgo. A pocos días cayó en el mismo río, y en esta ocasión no se acuerda haberse valido de devoción alguna, porque le parece que perdió el sentido, y sólo se acuerda de que se halló sin diligencia alguna suya arrojado a la orilla. En este mismo día, a pocas horas de este suceso, cayó segunda vez en el tablazo que llaman del Molino Quemado, y por intercesión de Nuestra Señora se vio libre. Después de estos peligros tuvo otro mayor en el río Guadarrama, junto a Navalcarnero, porque siendo de noche le quiso pasar, y apenas puso los pies en él para entrar en el puente, cuando el raudal, que venía fuera de madre, le arrebató, llevándole muy gran trecho, y en esta ocasión, invocando con las veras de su alma el nombre de Nuestra Señora del Carmen, se halló libre, asido a un tronco. Después de algunos meses, caminando por la ribera de Guadarrama, salió a él un toro y le acometió y maltrató por algún rato como si fuera racional y tomara en él venganza de alguna injuria, y al invocar el nombre de María Santísima le huyó el toro, como si le hubieran disparado un arcabuz; que no hay artillería más fuerte y eficaz contra todas las potestades infernales que el dulce nombre de María, y Francisco quedó como si no le hubiera maltratado el toro.

 

CAPÍTULO III

De lo que le sucedió desde los veintidós años hasta los treinta, y los oficios y trato en que se ocupa.

Es muy propio, cuando va faltando el caudal, que las diligencias que se habían de hacer para repararle se hagan para acabar de echarle a perder. Esto aconteció en la casa de Francisco; porque su padre, para tener algún socorro, se metió en nuevas finanzas, y le sucedió lo que a todos aquellos que se quieren remediar perdiéndose; pues, habiendo llegado el caso de la paga, y habiendo sido hechas a favor del Rey, y no cumpliendo, como estaba obligado, le prendieron; y porque la cárcel del lugar no era muy segura, le metieron en un calabozo, poniéndole grillos y cadena. Francisco, a quien lastimaba sumamente el trabajo de su padre, y como su corta capacidad no le hacía prevenir riesgos, y su natural era atrevido y esforzado, resolvió escalar la cárcel, romper las prisiones y pasar por encima de los embarazos que se ofrecieran para dar libertad a su padre; y esto tan sin zozobra y con tal quietud de ánimo como si ejecutara una obra de piedad. Como lo pensó lo consiguió, y su padre y él se ausentaron, huyendo de la parte del Rey, y mucho más de las diligencias del carcelero, que de contado se emplearon en prender a la madrastra, para que diese noticias de los fugitivos, la cual a pocos días murió en la cárcel.

Por este tiempo, estando un día en el campo solo, sucedió a Francisco un caso digno de toda admiración, y fue el ver un hombre en él, de estatura desproporcionada, que estaba echado a dormir sobre la tierra; hízosele novedad, habiendo reparado en él, y, llevado de la curiosidad, se le acercó, y vio que en unas alforjas que traía, entre otras cosas se descubría un libro; la ocasión de estar dormido el hombre le convidó a ver qué libro era aquel, y lo primero que leyó decía así: Arte para hacerse una persona invisible. Apenas hubo leído esto, cuando arrojó el libro, y, con ser hombre de valiente corazón, despavorido y temblando se puso en fuga, y volviendo a pocos pasos la cabeza, no descubrió hombre alguno.

Es tan diestro guerrero el demonio que, para equivocar dónde quiere hacer el tiro, suele mostrar apariencias muy distantes de lo que pretende. En esta ocasión mal se le puede descubrir su intento; pero lo que no se puede encubrir es que, o por curiosidad, o por vanidad, o por confianza propia, siempre iba perdido el que se detuviera más; con que, por desestimarse y no haber fiado de sí, parece que logró los auxilios divinos.

Su padre y él vinieron a dar en la Puebla de Montalbán, y con el poco caudal que pudieron reservar compraron dos pollinos, y, como él era buen mozo, empezó a trajinar, llevando mercaderías de unos pueblos a otros, y con el oficio de arriero tomó nuevo modo de vivir para sustentar a su padre. Nuestro Señor no quería que él escogiera modo de vivir, sino dársele de su mano; y así, este que la disposición humana les ofreció, no dejaba de tener algún alivio con los frutos que procedían de su inteligencia, y no quería Dios que le tuviesen, porque para el camino de la Cruz, por donde quería llevarlos, éste era de algún descanso. Con que sucedió que un heredero de la Puebla se hizo muy amigo de Francisco, y esto a fin de que le llevara cargas de vino a Oropesa, adonde el que hallaban que era de fuera de la villa se daba por perdido, y al que le traía le castigaban con prisión; y aunque al heredero se le previno el riesgo, salió a pagar los daños. El vino se descaminó, y el heredero negó el contrato con juramento (buen camino de no faltar a la amistad); la recua se perdió, y Francisco se halló preso y sin caudal, y con pleito, que aun es peor; su padre sin medios para el sustento preciso, y todo perdido.

 

CAPÍTULO IV

En que se prosigue la materia de sus ocupaciones, y lo que le sucedió con su padre.

Salió de la cárcel y fue en busca de su padre, y los dos acordaron de mudarse a Sonseca. Allí se separaron, porque Francisco tenía buen crédito; y aunque el padre, por ser mucha su edad, no podía trabajar, el hijo buscaba algunos viajes, en la forma que podía, y lo que ganaba con ellos lo empleaba en el sustento de su padre y suyo. Parece que ya tomaba algún aliento por este camino, y para que se desengañase de que no era el que le convenía le salió un viaje a los montes de Toledo, y en Navalmoral se sentó a jugar y perdió el poco caudal que le había quedado; con que le fue forzoso dejar de ser arriero, y solo, como había quedado, desde allí pasó a Orgaz. Viéndose tan perdido por su culpa, no se atrevió a parecer delante de su padre, y determinó irse a la guerra (esto fue el año que salieron los moriscos de España). Menos debía de ser éste su camino, porque aquella misma noche se acostó bueno y con esta determinación, y amaneció como si fuera una imagen de talla, sin poder menear ni brazo, ni pierna, ni mano, ni dedos, ni ojos, ni pestañas, ni hablar, ni quejarse, ni tener movimiento corporal suyo, y esto sin tener dolor alguno; pero, aunque estaba de esta manera, tenía las potencias libres, y conocía a todos, aunque no les podía responder a lo que le preguntaban, con lo que causaba general admiración. Corrió la voz por el lugar de que había en el mesón un arriero que estaba como encantado, y sabiéndolo el médico de él, fue a verle, y se persuadió de que le habían hecho algún mal, y con remedios que le hizo, nunca usados, volvió en sí, en cuanto a poder hablar, andar y comer, pero le duró un año la convalecencia. Su padre, habiendo sabido el caso, fue en su busca, y viéndole así, las penas y lágrimas de entrambos bien se dejan considerar; determinaron ir a Toledo, por si mejoraban de fortuna en parte donde les conocían, pero siempre se la llevaban consigo.

Hay en Toledo, entre otras muchas obras de piedad que la adornan y ennoblecen, una en la casa del Nuncio, que es sustentar doce pobres viejos, que sea gente honrada, y en esta ocasión había plaza vacante; y juzgaron que a un hombre principal y conocido en la ciudad sería fácil conseguir aquella plaza, él pasó a Yepes a buscar en que trabajar, y su padre se quedó en Toledo con esta pretensión. El poco dinero que había entre los dos se dejó al padre para que comiese mientras negociaba; y Francisco, bien falto de fuerzas (porque aún no había convalecido bien de la enfermedad pasada), se entró a servir en Yepes a un Sacerdote, que le ocupaba en arar viñas y olivares: como procedía bien, todos los de aquella casa le querían y estimaban, y él se iba acreditando.

Su padre, habiéndolo hecho sin razón, perdió la plaza del Nuncio que pretendía, y habiendo gastado el dinero que le quedó, pobre, roto y desamparado, fue a Yepes en busca de su hijo; hallóle en ocasión que estaba hablando con su amo, y cuando viendo a su padre de aquella suerte se había de echar a sus pies, y abrazarlos y besarlos, que esta era su obligación, no lo hizo; antes, como mal hijo, hizo que no lo conocía, afrentándose que su amo supiese que era su padre. Él, como tan viejo y falto de vista, aunque estaba cerca del hijo no le conocía; Francisco entonces se llegó a él, y le dijo que se fuese a una casa de un vecino, que él iría allí a verle; pero la edad, que le hacía falto de vista, también le había hecho falto de oídos; con que fue menester levantar la voz sobradamente para que lo entendiese. El amo, como estaba presente, entró en curiosidad de saber quién era aquel hombre, y preguntóselo: él, empeñado en llevar adelante su disimulación, respondió que era de su lugar; pero el amo, por algunas demostraciones, se persuadió de que era su padre; y preguntándoselo con tres instancias repetidas, Francisco en todas tres negó a su padre, y los motivos por que después decía lo que había hecho fueron: el uno de vanidad, porque miraba a su padre tan pobre; y el otro de soberbia, porque le parecía le estimarían en menos. ¡Oh, válgame Dios, quién diera peso a tantas profundidades! Si esto pasa en quien ara viñas y rompe terrones, ¡ay de los que habitan los palacios! Si esto pasa en un alma socorrida y privilegiada, ¡ay de la que se le deja obrar a su riesgo! Si esto pasa en una capacidad tan corta, ¡ay de aquella a quien el demonio hace la guerra con sus propias armas, y en sus habilidades funda su hostilidad!

Lo que llevó Francisco en esta ocasión de contado fue que el amo y toda su familia conocieron que era su padre; exageraron la ruindad, culparon la mentira, aborrecieron el mal trato, desestimaron tan mal hijo, y cuando él pensó llevar adelante su aprecio y excusar su desestimación, se halló silbo y fábula de todos.

 

CAPÍTULO V

En que se prosiguen los sucesos con su padre y otros particulares.

Aunque Francisco tuvo tan mal término con su padre, no obstante le socorrió mientras estuvo en Yepes con todo el posible que podía, que fue hasta llegar el agosto del año siguiente; entonces se convino con otros mancebos de ir a segar a tierra de Castilla la Vieja; su padre lo supo, y conociendo que en aquella resolución estaba su último desamparo, le dijo un día: -Ya ves las enfermedades que me afligen, sobre hallarme con más de setenta años, viudo y tan pobre que no tengo más remedio que el socorro que tú me haces; si te ausentas, ¿quién ha de cuidar de mí? ¿Y qué puedo hacer en tierra extraña, imposibilitado de entrar en la mía? Lo mismo es faltarme tú que matarme, pues de tu asistencia depende mi vida. Muda de parecer, dejando ir a tus amigos, que no deben pesar tanto como un padre; no desagrades a Dios en materia tan sensible; que si me miras como embarazo, ya poco te puedo durar; y advierte que aunque siento la falta que me has de hacer, más dolor me causa el que, siguiendo tu voluntad y tus amigos, entras por el camino de perderte, y que a nadie le sucedió bien desamparar el consejo de su padre, y aquí tu desamparas al padre y a su buen consejo. Espero en Dios que te han de detener mi razón, mis canas, tu obligación, mis lágrimas y mi necesidad. La respuesta fue: -Que había de cumplir su palabra y seguir a sus amigos. Su padre entonces (para que se vea lo que es ser padre, y lo que es ser hijo) abrazándole y formando tres veces una cruz en el aire, le dijo tres veces: - La bendición de Dios todopoderoso te alcance; anda en paz. Y en esta conformidad se despidieron y no se volvieron a ver más, porque su padre se partió a Toledo, donde en breve tiempo murió, y Francisco hizo su viaje con sus amigos. Habiendo en la desobediencia de su padre cometido un delito de tantas calidades, que no sólo es contra el precepto divino, y contra el especial dictamen de la razón, y contra la inclinación de la misma naturaleza, sino también contra la consonancia política del buen gobierno de las repúblicas; habiendo sido el santo viejo alegoría del Padre Dios, que a vista de nuestras ingratitudes nos llena de bendiciones, para que los que merecemos por la culpa ser tratados como esclavos, nos entremos con los beneficios por el arrepentimiento a ser admitidos a su gracia como hijos.

Con buena victoria empezó el enemigo del género humano a coger trofeos de la vida secular de Francisco, pues a un escalamiento de una cárcel Real y rompimiento de prisiones, juntó ahora la negación y desobediencia a su padre; pero lo que más causa admiración es que, siendo oficio del demonio buscar para las almas culpas en esta vida, más que penas, en Francisco mudó la forma, porque su principal intento parece fue siempre acecharle a la vida, juzgando que nunca le tenía seguro, o recelándose de lo que después le había de suceder con él. Bien se conoce esto en uno de los casos más dignos de ponderación y más sin ejemplar de cuantos se leen en historias sagradas y profanas, que le sucedió por el tiempo de su vida que vamos refiriendo, y fue: que habiendo ido a segar a Castilla, como se ha dicho, él y sus amigos tomaron la vuelta de Burgos; tenía particular devoción con la Imagen de Nuestro Señor Jesucristo, que es honra, amparo y consuelo de aquella ciudad, y apartándose de sus compañeros, por haberse acabado el agosto y haber adquirido algún caudal en los destajos que habían tomado, con uno de ellos que le quiso seguir caminó a hacer la visita al Santo Cristo y a confesar en aquel convento, porque andaba muy afligido de los sucesos con su padre, y mucho más por haber quebrantado un juramento, con circunstancias extraordinarias, que había hecho de no jugar. El compañero que había tomado para ir a tan piadosa romería, arrepentido de no volver luego a su casa, ya no le servía sino de embarazo y de continuas molestias, para que se volviesen sin llegar a Burgos. En estas pláticas les cogió la noche y se quedaron a dormir en el campo, cuando al primer sueño, empezó el compañero a dar grandes voces, de un dolor tan vehemente que le había dado en un dedo de la mano derecha que causaba lástima el oírle; Francisco, logrando la ocasión, le dijo que ofreciese ver al Santo Cristo y mejoraría; el compañero le dijo que, si al amanecer estaba vivo, iría con él; amaneció, y aunque se le mitigó el dolor, sin embargo del ofrecimiento, dio en que se había de volver sin llegar al convento de San Agustín. Francisco le aconsejaba prosiguiesen el camino, y él (sin que hubiese causa para ello) se echaba por el suelo y se revolcaba con notable destemplanza y furia en la tierra, diciendo: que no podía más, que no sabía qué tenía, y que aquellas demostraciones no estaban en su mano; en fin, sin embargo de la repugnancia, llegaron a Burgos y al convento, hicieron oración al Santo Cristo, y queriendo Francisco confesar, el compañero le dijo que no se confesase, que él no se había de detener; tantas fueron las porfías, que se resolvió a volver sin confesar.

Salieron de Burgos, y al anochecer del mismo día, sin saber por qué causa, el compañero le dejó y se fue; él, viéndose solo, se apartó del camino, no lejos de la ciudad, para recibir algún alivio con el sueño, porque estaba cansado. Ya sería anochecido, y apenas había cerrado los ojos, inclinándose a dormir, cuando con mucho ruido y voces le despertaron, y levantándose, con gran turbación, se halló entre cuatro hombres, con espadas y dagas desnudas, que le dijeron que era ladrón y que había robado la Custodia de la iglesia mayor, a lo cual se excusaba diciendo que no había visto la iglesia mayor, y que aquel mismo día había llegado. Entonces todos cuatro, con gran furia, le dieron a un tiempo muchos golpes con las espadas y dagas. Viéndose entonces en tan gran peligro y en el mal estado en que se hallaba, con todas las ansias de su corazón se encomendó al Santo Cristo, y al mismo tiempo se aparecieron tres hombres a su lado, muy galanes, cuyo traje parecía de caballeros (que la claridad de la noche daba lugar a que todo se pudiese distinguir) con estoques y rodelas resplandecientes, amparándole de los que le ofendían, a cuya presencia todos los cuatro que le herían cayeron en tierra; y entonces, los que le habían librado, le tomaron de la mano y llevaron consigo hasta llegar a unas huertas, y se despidieron de él, diciéndole estas palabras; el primero dijo: -Éntrese por ahí; y el otro dijo: -Y no salga hasta la mañana; y el último dijo: - Y dé gracias a Dios, que Ángeles de Guarda ha tenido; a los cuales Francisco siempre tuvo por verdaderos Ángeles, porque se desaparecieron instantáneamente. Los efectos de este suceso fueron el no hallarse con herida alguna, habiendo sido tantos los golpes de espadas y dagas que recibió, y verse con ardentísimos deseos de confesar y de recibir a su Divina Majestad Sacramentado y así, en siendo de día, se fue al convento de San Agustín y confesó y comulgó, dando repetidas gracias a Nuestro Señor Crucificado porque le había socorrido en riesgos tan evidentes de vida y alma.

 

CAPÍTULO VI

De algunas mudanzas de oficios que tuvo en este tiempo, desde veintidós hasta treinta años, y los varios lugares en que estuvo, con sucesos notables.

Desde Burgos vino a Madrid, y entró a servir en el Hospital Real de la Corte, y se ejercitaba con mucho gusto en asistir a los enfermos; pero con los oficiales del Hospital se mostraba con alguna entereza, porque era muy preciado de valiente y le parecía desestimación mostrar a los demás, por recién venido, algún rendimiento. Sucedió que otro criado de aquella casa Real le prestó unos dineros, y él se los pagó; y estando ya pagado, se los volvió a pedir, por cuya causa se desafiaron, y riñendo se le desguarneció la espada a Francisco, y milagrosamente no le hirió el contrario, aunque lo intentó; lo cual fue causa de que le despidiesen del Hospital y no permaneciese donde su natural, verdaderamente piadoso y compasivo, por el ejercicio de la misericordia, podía llegar a conseguir otras virtudes. No era el camino de su vocación, ni el que después tomó yendo a Vallecas a aprender el oficio de albañil, en el cual duró muy poco, y desde allí pasó a Navalcarnero, donde encontró un pobrecillo desnudo, que le movió a tal compasión que, con el dinero que le había quedado del viaje de Castilla, le vistió, sólo por amor de Dios, sin que en esta ocasión se mezclase género de vanagloria, de que luego recibió el premio (aunque en mucho tiempo no lo llegó a conocer), y fue encontrarse en aquel lugar con Fray Vicente del Castillo, Religioso del Orden Sagrado de Nuestra Señora del Carmen, que estaba pidiendo la limosna de la vendimia, y entró a servirle en el ministerio de recogerla. Fray Vicente, aficionado al agrado y buen proceder de Francisco, le ofreció su favor para ser Religioso del Carmen, cuando destempladamente se impacientó, de manera que parecía haber recibido alguna injuria grande; tanto, que el Religioso, viéndole tan desenfrenado en la desestimación del Sagrado Hábito, le pidió perdón por la pesadumbre que había recibido.

El obrar con esta violencia no fue natural, porque ni la proposición lo mereció, ni el sujeto (aunque tenía tanto de mundo) era desestimador de la virtud; pues una acción tan descompasada, o tuvo origen en culpas antecedentes, o el demonio, al punto que oyó el nombre que había de ser el remedio de Francisco, le destempló en furor tan atrevido y desbaratado; o fue todo junto, porque es ilación una culpa de otras, y porque el demonio está enseñado a perder tierra a vista de la antorcha resplandeciente del Sagrado Hábito del Carmen.

Dejó a Fray Vicente, y habiéndose venido a Madrid, entró a servir al P. Fray Antonio Pérez, Provincial del Carmen, y también a pocos lances le dejó; y, en fin, andaba violento en todo. Buscaba su centro, y como tenía tantas cubiertas sobre la vista del alma, andaba ciego y no le hallaba. ¡Oh, Señor poderoso, que no solamente nos has de dar la luz, sino que nos has de correr la cortina para que la veamos! ¡Oh, Señor poderoso, que no solamente nos has de correr la cortina para que veamos tu luz, sino que también has de tener paciencia para aguardar a cuando sea tiempo de correrla! Seas bendito para siempre. Parece que ya iba llegando el de Francisco, pues Nuestro Señor le quiso llamar con voz más alta por el medio siguiente:

Pasando por la Plazuela de la Cebada, vio reñir dos gallegos, y, como tenía espíritu valiente y compasivo, se llegó a poner paz, a tiempo que el uno tiraba al otro una piedra; ésta dio a Francisco en la cabeza tan grande golpe, que le hendió el casco. Lleváronlo a curar, y luego se conoció que la herida era de peligro de muerte. Son las enfermedades y riesgos ángeles visibles que tratan el negocio de quien las envía, y con el quebranto de la porción terrestre sube de punto la espiritual. Francisco, conociendo el estado de la herida, luego trató de confesar generalmente; y aquel que había hecho tanta desestimación del Sagrado Hábito de Nuestra Señora del Carmen, ahora le pide con muchas ansias a su Confesor le dé, en penitencia, que traiga siempre consigo el Bendito Escapulario. El demonio, que no da cuartel, por no perder pie en esta jornada incitó a una mujer principal para que, con embozo de caridad, regalase a Francisco en la enfermedad, y, sin embargo de que era un tronco tosco y sin desbastar, le solicitase; mas tuvo grandes ayudas del Cielo para la resistencia, y así, en conociendo la intención, no quiso admitir regalo alguno. La herida no daba esperanza de sanidad, y en esta ocasión le curaron por ensalmo, y estuvo luego bueno; tratóse de darle algún dinero para que no hubiese querella, y él, encontrando al que le hirió, cuando se recelaba no quisiese tomar satisfacción, le perdonó sólo por amor de Dios.

Si las diligencias que pone el demonio para nuestra ruina (no mejorando él de fortuna con ella) pusiéramos nosotros (consistiendo todo nuestro bien en apartarnos de sus lazos), obráramos con la razón y justicia que debemos; aunque del tropiezo pasado salió mal, luego de contado le puso otro de una mujer que intentó su amistad por lograrla; y por tener en él defensa a sus depravadas costumbres con que fue acometido, en la parte de la reputación como hombre de valor, y en la parte de la flaqueza como hombre, no quiso admitir esta amistad, y la tal mujer, haciendo empeño por el desaire recibido para vengarse, dispuso un regalo bien confeccionado y se lo envió disfrazado con muchas caricias. Pero Nuestro Señor, o ya fuese por su inocencia, o lo que es más cierto, por conservarle para la fábrica grande a que le tenía destinado, puso en su corazón un recelo tal, que le obligó a no querer comerle, y a la mañana del día siguiente le halló todo lleno de gusanos; con que declarada la alevosía, rompió su espíritu en sumos agradecimientos a la bondad Divina, por haberle librado de aquel veneno y de una mujer que le mataba porque le quería.

 

CAPÍTULO VII

De cómo estuvo en Cuenca, y pasó al Andalucía, y dio la vuelta en breve a Castilla.

Salió de Madrid nuestro Francisco, por huir las ocasiones referidas, fue a Cuenca; y en aquella ciudad tuvo amistad con una mujer principal, recatada y de hacienda, y por huir ésta pasó al Andalucía; y entrando a servir en Lucena en una casa principal, luego se le ofreció otra ocasión de una mujer de buen porte; y juzgando él que aquellas pláticas miraban a casamiento, salió presto del engaño, porque la mujer se le declaró que era casada, y quedó sin saber lo que haría (que aunque no era muy devoto ni cuidadoso de su alma, sentía interiormente muchas contradicciones a ofensas de Dios, y las evitaba algunas con su divina gracia), y en esta ocasión logró los auxilios celestiales.

Esto fue el año 1613, en el cual una noche, estando durmiendo, tuvo un sueño, y en él le parecía que estaba en el convento de Nuestra Señora del Carmen de Madrid, delante del Santísimo Sacramento del Altar, y que con toda atención y reverencia miraba la Sagrada Hostia. Los efectos de este sueño fueron movérsele el corazón con gran vehemencia a dejar la Andalucía y volver a Madrid; y no obstante que en Lucena tenía una comodidad muy ventajosa, andaba como fuera de sí, y no podía reposar, ni pensaba en otra cosa si no era en el convento del Carmen; tanto fue, que luego se puso en camino y vino a Madrid, y fue al convento, y en él entró a servir al P. Fray Juan Maello; fue este Religioso conocidamente el instrumento que tomó Nuestro Señor para la conversión de Francisco; y se puede decir que fue hijo de su espera, y de su paciencia, porque cada día se le sacaba el demonio, y cada día le volvía a recibir, hasta que por los rodeos que se verán, vencidos los peligros del mundo, logró las seguridades de la Religión.

En este tiempo, estando sirviendo al P. Fray Juan Maello, tuvo otro sueño muy profundo, y en él vio unas tinieblas demasiado densas y obscuras, y en medio de ellas una luz como la estatura de un hombre, y aunque durmiendo le parecía que tenía particular temor y grande asombro de aquella luz, extrañando él en sí tal cobardía, y vio que la luz se le venía acercando, y que de en medio de ella salió una voz y le dijo: -No temas; -y en esto él se confortó y estuvo más en ssí; y prosiguió la voz diciendo: -Soy el alma de tu amigo Silo Abalos>; -y él reconoció la voz; y prosiguió diciendo: -Estoy en penas de Purgatorio; aconséjote que seas muy devoto del Santísimo Sacramento del Altar.- Despertó, y quedó tan admirado de este sueño, que mucho tiempo después de ser Religioso siempre tenía delante de los ojos esta consideración, y le servía de ejercicio, porque formaba este concepto y decía: ¿Es posible que Silo Abalos esté en el Purgatorio? ¿Un hombre tan buen cristiano que jamás le vi jurar, ni maldecir, ni cosa digna de reprensión, antes con todas sus acciones, palabras y ejemplo edificaba; hacía muchas obras de misericordia, y, aunque pobre, en lo que podía socorría a los necesitados, quitándolo de su comida; que todos los días oía tres Misas, frecuentaba los Sagrados Sacramentos, y todo él era piedad y virtud? Si para éste hay Purgatorio, ¿qué habrá para mí? Los efectos que resultaron de este sueño fueron: copiosos deseos de huir de todas las ocasiones de pecar, ansías fervorosas de contrición y colmados frutos de devoción; ¿qué mucho, si en esta disposición le llegó la pluvia celestial?

Esto sería a fines del año 1613, y en los principios del 1614 tuvo otra maravillosa visión; ésta no pudo distinguirla si había sido en vigilia o entre sueños, y fue: que vio un Ángel de rara hermosura que con mucho agrado se iba acercando a él y traía una carta en la mano, y conoció, intelectualmente, que la carta era de Nuestra Señora la Virgen Santísima; y también conoció que era para él la carta, y que contenía estas solas palabras: –El viernes irás allá; y con esto desapareció la visión, la cual le dejó con un género de gozo indecible, con una quietud de espíritu admirable, con un fervor en su corazón tan extraordinario, que jamás le había tenido ni a su consideración había llegado; que tal se podía tener, con una devoción tan poco extraña de la naturaleza, que le parecía que siempre había sido, y con tal recelo de perderla, que quisiera primero dejar de ser. ¿Más qué mucho que se trastornarse todo el hombre, y se renovasen y encendiesen los afectos, si en aquellas solas palabras, aunque entre sombras y obscuridades de enigmas y misterios, Nuestro Señor le señaló con la mano el puerto, fin de las borrascas que levanta el proceloso piélago de las culpas, y principio seguro de la conversión, del merecimiento y de la unión, como en su tiempo se dirá?

 

CAPÍTULO VIII

De cómo dejó al P. Fray Juan Maello y se volvió a su oficio de arriero, y lo que en él le sucedió.

El P. Fray Juan Maello era un Religioso muy ajustado a la observancia de su Religión, pero de natural algo áspero y puntual. Francisco era voluntarioso y tardo en lo que hacía, y así se desavinieron; con el dinero que le pagó de su asistencia, y con lo que él tenía y buen crédito que siempre conservó, compró tres pollinos y se volvió al oficio de arriero; esto era el año 1615, cuando viniendo con ellos de la Vera de Plasencia y llegando a las viñas de Monte Aragón, una legua antes de la villa de Cebolla, atravesó por delante de él una liebre, que caminaba con paso tan corto, que parecía que apenas se podía menear; él, juzgando cogerla, salió tras ella del camino, y, corriendo mucho más que la liebre, nunca la pudo asir; y cuando se halló fatigado de seguirla, delante de los ojos y de entre las manos se le desapareció; volvió a su camino y halló caídos todos los pollinos que traía cargados de castaña, y cuantas veces los cargaba se volvían a caer en tierra sin poderlo remediar. Al fin perdió la paciencia de todo punto; y cuanto más desatinado, furioso y confuso estaba, le acometieron pensamientos de desesperación; no se podía valer consigo mismo, parece que le ataban el entendimiento y le sujetaban y rendían la voluntad para que ni acertase en lo que hacía ni supiese tomar forma en lo que debía hacer, cuando nuestro Señor fue servido de darle conocimiento de que era tentación. Entonces, rompiendo en un suspiro nacido de lo íntimo del alma, dijo:

-Virgen Santísima, favorecedme, que padezco violencia; y pues no sé lo que hago ni lo que digo, responded a mis enemigos por mí.

Más presto bajó el socorro que se pronunció la petición; y hallándose de repente con quietud y serenidad, levantó los ojos al Cielo y vio en el aire formada una Cruz que entonces reverenció como a quien le había valido en tan gran aflicción, y después como por empresa, por abogada, y por instrumento de su bien, de su conversión y de su penitencia.

Siempre se persuadió a que el demonio en figura de liebre le quiso ir descomponiendo para introducir en su pecho con el suceso siguiente el lance de la desesperación; pero la Reina de los Ángeles, cuyo hijo había de ser, le dio el socorro y la invocación con que puso toda la costa.

Considerando lo que había sucedido, le pareció que no le quería Dios en aquella ocupación; y luego que hubo vendido las cargas de castañas, vendió los pollinos y se volvió en busca de su P. Fray Juan Maello, persuadido de que le quería bien y aconsejaba mejor, el cual le volvió a recibir, mostrándole que no fuese tan voluntarioso, que era de donde le venía todo el daño. Sirvióle en esta ocasión por muchos días con tanto rendimiento, que admiraba la mudanza de su natural. Con el trato y con el ejemplo se fue aficionado mucho al Sagrado Hábito de Nuestra Señora del Carmen, con gran confusión de su alma de que antes le hubiese menospreciado.

El P. Fray Juan Maello estaba enfermo de ordinario, y en su celda no se había de tratar sino de perfección y de servir y agradar más a Nuestro Señor, y así en ella se juntaban algunos Religiosos que trataban de espíritu; Francisco, como siempre asistía en la celda, atendía con mucho cuidado a estas pláticas; y viendo lo que significaban aquellos Padres, la importancia de la oración, del rendimiento de la voluntad, de la mortificación de los sentidos, del conocimiento de sí mismos, le dio Nuestro Señor un impulso y toque en su alma, con que conoció que era un hombre perdido y que había malbaratado su vida, y que, habiendo de encaminarla a conseguir el alto fin para que fue criado, se había empleado toda la vida en tomar contrarios caminos, y de estos pensamientos le resultó el irse ensayando en algunos ejercicios virtuosos. Ayunaba tal vez, tomaba alguna disciplina y forcejeaba a meter por razón su natural indómito; recogíase a tener oración vocal, y en este sentido entendía lo que oía hablar de la grandeza de la oración, porque la mental no la conocía. Todo estaba bien para ir empezando, pero el trabajo era que había de salir de casa forzosamente, con que en un instante se perdía todo lo adquirido; y como este árbol era tan tierno, el cierzo de la calle le abrasaba luego, y así Francisco se hallaba devoto en casa, inquieto de fuera, partido el corazón, mitad al alma y mitad a los sentidos.

 

CAPÍTULO IX

En que prosigue la materia del antecedente con un caso particular y firme resolución de hacer nueva vida.

Era Francisco un campo de batalla, todo le hacía fuerza; como el afecto venía, se le llevaba tras sí; cuando se aplicaba a la consideración de los bienes espirituales y eternos, le hacían tal fuerza, que quisiera entregarse todo en los medios de conseguirlos; cuando se apoderaba de él alguna tentación, caminaba sin freno. Tomó una vez un libro de oración del P. Maello y se movió con él a retirarse a tenerla (siempre vocal), y la acompañaba con algunos ayunos y retiros de lugares que le solían ser ocasión de culpas. El enemigo de todo bien, mientras le veía más determinado, le ponía más fuertes lazos en que cayese. Sucedió que, yendo un día a una casa con determinación de cometer una culpa grave, deshonesta, reparó acaso en una Imagen de Nuestra Señora que estaba en el camino, y dándole entonces la Divina Majestad consideraciones de la pureza de aquella Santísima Señora. Madre suya y nuestra, que bastaran a rendir el corazón más de piedra, como caballo desbocado se arrojó al precipicio, queriendo proseguir en su intento, cuando un Religioso del Carmen le llamó y le llevó consigo al convento, ocupándole en negocio del Religioso a quien servía. Parece que andaba Nuestro Señor con Francisco como un buen padre a quien se le ha ido un hijo de casa, que, viéndole que huye de él, le va tomando las calles para atraerle; y para persuadirle a que no se pierda, se vale de otra persona que debe montar menos que él, porque en un perdido suele hacer más fuerza lo que no lo debe hacer; así hoy se porta Dios con Francisco, pues no bastando los respetos divinos, logran el fin los embarazos humanos.

No sosegaba el enemigo, volviendo a representarle la misma ocasión al día siguiente, volviendo Francisco por los mismos pasos a caminar a la misma ofensa y volviendo Nuestro Señor a ponerle delante la Imagen de su Santísima Madre con las consideraciones de la pureza, de la más pura entre todas las puras criaturas; con que volvió en sí (quedando más fuera de sí) de lo que le había sucedido, sin acertar a moverse a una parte ni a otra; y entre obscuridades y confusiones, rémora su entendimiento de sus pasos, se halló con la claridad de la luz que le había bañado todo, apoderándose de él tal, que volvió las espaldas a la culpa para no tornar a hacerla rostro jamás; y ponderando la ofensa que iba a cometer y las circunstancias de la ofensa, se fue al convento, y retirándose a la Capilla de Santa Elena, delante de un Santo Cristo con la Cruz a cuestas, considerando que el peso de ella era el de sus culpas, postrado en tierra y regándola con arroyos de lágrimas y actos de verdadero amor y penitencia, volviendo a mirar a este Señor y con la luz que dio a su entendimiento su divina gracia (obrando ella en él más que él en sí), entre sollozos y suspiros, dijo de esta manera:

-Señor, yo soy un bruto, y como tal he vivido, perdiéndoos el respeto tantas veces como he repetido vuestras ofensas: no miréis a mi corta capacidad, sino suplidla, y atended a los afectos con que os habla mi corazón.

Señor, siendo Vos Dios y yo polvo y ceniza, me he atrevido a Vos, quebrantando todos vuestros Mandamientos, no aprovechándome de todas vuestras santas inspiraciones, malbaratando todas las dotes naturales, faltando con ellas a vuestro amor y reverencia, apartándome de Vos y convirtiéndome todo a las criaturas. Yo, que debía, por ser Vos quien sois, alabaros y bendeciros con cada respiración, y por las misericordias que me habéis hecho estar rendido a los movimientos de vuestra voluntad en perpetuos agradecimientos, jamás ocupé la memoria ni detuve la atención en los beneficios que me habéis hecho como Criador y Redentor, ni en el que espero me habéis de hacer como Glorificador; antes, ingrato y desconocido a tantas mercedes, toda mi vida la he empleado en borrar la hermosura que pusisteis en mi alma con la Fe que recibí en el Bautismo y con la divina gracia, y tantas veces con vuestros Santos Sacramentos; parece que andamos a porfía: Vos, siendo Dios, a llover en mí gracias y adornos; y yo (siendo un vil gusano), a desestimarlos y a arrojarlos de mí. En fin, Señor, por lo infinito de vuestro Ser, y de vuestro poder y de vuestra clemencia, no habéis apartado de mí vuestro rostro para siempre, según yo lo he merecido tan sinnúmero de veces; antes, sin causaros horror lo feo de mis culpas, conozco con la luz que me estáis dando que queréis venir a mí y habitar en mí, no como huésped, sino como Señor propietario, haciendo mansión eterna.

Yo os prometo, Señor, que en mí no ha de habitar nadie más que Vos, que sois mi Dios y habéis de ser todas mis cosas; y para que halléis desembarazada la casa, desde luego renuncio todos mis pecados, todos mis afectos, todas mis pasiones, todos mis cuidados, todos mis sentidos, todas mis inclinaciones, y hasta a mí mismo me renuncio para ser con Vos y por Vos otro nuevo hombre. Clavad, Señor, en esa Cruz que tenéis sobre vuestros hombros la escritura que tiene el demonio contra mí de mis culpas, rompiéndola y cancelándola; y pues con vuestra Cruz las traéis a cuestas, ya os puedo dar las gracias de que os olvidáis de ellas, pues las echáis a vuestras espaldas. Y para que conozcáis que es firme mi resolución de no ofenderos, desde luego, con plena libertad, por honra vuestra y bien de mi alma, os hago voto de castidad perpetua; y para poderle mejor cumplir y castigar la rebeldía y contradicciones de la naturaleza, os hago otro voto de ayunar, por todos los días de mi vida, los miércoles, viernes y sábados de cada semana; y porque os agraden y aceptéis mejor mis votos, nombro por mi intercesora, en este acto de tanta solemnidad, a la Reina de los Ángeles, María Santísima, Madre vuestra y Madre y Señora mía; y hago otro voto también, sobre la obligación que tengo a Vos y a Ella, de traer toda mi vida el Sagrado Escapulario de su querida Religión del Carmen.

 

CAPÍTULO X

En que prosigue su conversión y de cómo hizo confesión general.

Estando dispuesto el corazón de Francisco, como se refiere en el capítulo antes de éste, le aconteció, pasando por la Plaza Mayor de Madrid, que estaba predicando un Religioso de la Compañía de Jesús, y con el espíritu y fervor que acostumbran los Padres de esta sagrada Religión, reprendía el vicio de la deshonestidad. Llegóse a oír el sermón, y cada palabra era un dardo que le atravesaba el pecho, pareciéndole que aquel sermón se había hecho sólo para él, y que hablaba Dios en la boca de aquel santo Sacerdote; y como la conclusión fuese para la verdadera enmienda el medio de una confesión general, y él estaba ya tocado de buena mano, se resolvió a buscar oportunidad de hacerla, eligiendo por su confesor al mismo Padre que había oído predicar. Con esta determinación se volvió a servir al Padre Maello, y viendo que con su ocupación se le iba pasando un día y otro sin hacerla, hizo promesa a Dios de no comer más que pan y agua hasta tanto que hubiese hecho confesión general, y así lo cumplió; para lo cual se despidió de dicho Padre, con algún color de respeto, sin querer declarar su ánimo, y en una casa virtuosa donde le estimaban se preparó con tiempo suficiente para la confesión, a su modo de entender cabal. Fue al Colegio de la Compañía de Jesús, y apenas hubo entrado en la portería y preguntando por el Padre que predicó en la Plaza tal día, cuando le puso el portero con él e hizo su confesión general, quedando muy contento. En la Compañía de Jesús, ni se diferencian las personas, ni el tiempo, ni la ocasión para que se deje de cumplir con su instituto. ¿Quién entró buscando remedio para su alma que no se le franqueasen las puertas? Todos están siempre para todos. ¡Gracias os doy, Señor, de que me criasteis en vuestra Iglesia, y también de que para ser doctrinado en ella me criasteis a tiempo que ya habíais enviado la Compañía de Jesús al mundo!

Francisco, habiendo hecho confesión general muy a su satisfacción, se volvió otra vez con su Padre Fray Juan Maello, el cual le quería bien y sabía su verdad, fidelidad y cuidado, y que era hombre principal; atribuía sus defectos a su corta capacidad, y así le volvió a recibir en su servicio, admirándose de ver su mudanza y verle tan rendida la voluntad, que es lo que más extrañaba, y que sus pláticas eran todas en orden a aprovechar en la virtud; y así, por conseguir su perseverancia y por apartarle de los lazos que los mozos ellos mismos se echan para ahogar la vida del espíritu, trató de casarle con una hija de confesión, mujer honrada y principal y que tenía algunos bienes de fortuna, y que persona de más comodidades que Francisco lo tuviera a mucha suerte. Propúsoselo, y como si le hubieran hecho alguna sinrazón, se sobresaltó, y por no dejar sin respuesta al Padre Maello le dijo, con grande destemplanza: - Sólo una esposa espero tener, que jamás se ha de morir, y a ésta he dado la palabra; quiera Dios que sepa cumplirla. Quietóse, y al Padre Maello, con buenas palabras, le procuró dar a conocer sus intentos, aunque por rodeos, de que el Padre hizo poco caso, porque conocía bien sus mudanzas; pero viendo que perseveraba en sus buenos propósitos, le aconsejó que acabase ya de resolverse a tomar estado y eligiese el más conveniente a su natural, porque el modo de vida que tenía era muy arriesgado. Francisco tenía muchos impulsos de pedir el Santo Hábito del Carmen; pero el demonio le hacía fuerte guerra, con capa de humildad falsa, persuadiéndole a que era indigno de él, pues le había despreciado, y la tentación no le daba lugar a que tuviese atrevimiento de pedirle. Volvía a considerar los riesgos del mundo, y que el que no hace mucho aprecio de ellos para excusarlos, muere a sus manos; y así se determinó de ir al convento de la Victoria de Madrid a pedir el Santo Hábito de San Francisco de Paula, pareciéndole sería fácil conseguir este bien en aquella Sagrada Religión, porque en ella no se sabía que él había desestimado el estado Religioso, y porque allí había muchos sujetos de Mora, su patria, que tenían mano en el Gobierno, y conociendo su calidad y sus buenos deseos le ampararían para que consiguiese la dicha de ser admitido en tan Santa y ejemplar Familia. Todo este discurso iba muy puesto en razón, y los medios eran proporcionados, si no lo embarazara determinación superior que, como si todo fuera al contrario, luego que se hizo la proposición se desvaneció el intento; y Francisco, resuelto a tomar forma de vida por el estado Religioso, y que en el Carmen, respecto de su indignidad, no podía ser, volvió a dejar al Padre Maello para intentar su fortuna en otra parte.

 

CAPÍTULO XI

En que prosigue con raros suceso la determinación de ser Religioso.

Entró a servir en el Colegio de Atocha al Venerable Padre Fray Domingo de Mendoza, del Sagrado Orden de Predicadores, varón de singulares virtudes, hermano del Ilustrísimo Señor Don Fray García de Loaysa, Cardenal Arzobispo de Sevilla e Inquisidor general. Allí fue estimado por su verdad y buenos respetos, a quien sirvió cuatro meses. Sucedió que estando una noche solo encendiendo un velón, sin que hubiese otra persona en la celda, oyó una voz exterior que le dijo: -Francisco, Francisco, Francisco, date prisa, date prisa, date prisa. Causóle mucho cuidado, porque no sabía lo que fuese, y sólo sabía de cierto que no había quien se la pudiese dar, y le pareció que la inteligencia de aquella voz era que se diese prisa a entrar en Religión. Esta misma voz, por tres noches continuadas, le llamó con la misma formalidad; y en la última le causó tal temor, que no podía sosegar y andaba consigo mismo violento; con que en amaneciendo se fue al Padre Fray Domingo, y sin declarar motivo alguno le dijo: -Vuesa Paternidad me haga decir tres Misas a la Santísima Trinidad, y me encomiende a Dios para que no vuelva atrás en lo comenzado. Dicho esto, le dio un real de a cuatro, que era todo su caudal, y sin más urbanidades, ni hacer cuenta del tiempo que le había servido, le dejó; y como todo esto fue tan sin modo, el Padre Fray Domingo juzgó que le había dado algún accidente. Desde allí, valiéndose de personas de autoridad, volvió a los Padres Mínimos, y mientras más medios ponía, más cierta hallaba su exclusión; con que desengañado, se fue a los Padres Carmelitas Descalzos, y al Padre Provincial le pareció muy bien y quedó muy contento, porque lo robusto del natural ayudaba mucho para que obrase bien en cualquiera ocupación que la obediencia le emplease, y él salió muy consolado; y volviendo otro día por la licencia para recibir el Santo Hábito, oyó la misma voz que le había hablado, que le dijo: -No es aquí. Y aunque hizo reparo, entró a hablar al Padre Provincial y le halló totalmente mudado; con que no tuvo efecto su pretensión, y con que entró en consideración que aquella voz, pues tenía tal eficacia, era Divino Oráculo, y que con negarle lo que pretendía le consolaba; pues diciendo que no era allí, le daba a entender que era en otra parte; con que se resolvió de ir a la Cartuja a ver si era el camino por donde Nuestro Señor le llamaba; y caminado al convento, iba pensando en la importancia del negocio a que iba, y oyó segunda vez la voz que le dijo: -No es aquí; con que rendido a la vooluntad Divina, se volvió a Madrid sin llegar al convento; y pasando por San Bernardino, que lo es de Descalzos de nuestro Padre San Francisco, entró en consideración si sería para aquel Santo Hábito su llamamiento, aunque su inclinación siempre era al Carmen de la antigua observancia; si bien éste le parecía no podía ser, pues él le había despreciado, y no obstante, se vino al Carmen de Madrid y asistió algunos días al P. Fray Antonio Pérez, a quien en otra ocasión había servido; pero andaba con notables inquietudes, sin tener rato de sosiego, vacilando en qué hábito tomaría y resolviéndose que tomaría cualquiera en que le quisiesen, pues sería esa la voluntad de Nuestro Señor. En este tiempo se le ofreció una visión, que ni supo bien lo que quiso dar a entender, ni tampoco se afirmó en si era imaginaria o intelectual; sólo le pareció que se le había ofrecido pensamiento de ir a San Bernardino y declararse con el Padre Guardián, y luego lo puso por obra. El Padre Guardián recibió bien la proposición, y le dio carta para el Padre Provincial, que estaba en Cebreros, el cual, habiéndola visto, le dijo: -Que para Lego no le había de recibir, pero para el coro le recibiría. Francisco se allanó a todo por los ardientes deseos que tenía de ser Religioso; y también, pareciéndole que aquella visión que no supo entender le instaba a que éste debía de ser el camino; y es verdad que no la entendió, y que su Divina Majestad, a los muy experimentados en su trato y amistad les suele encubrir, por sus altísimos fines, la declaración de sus luces y avisos, cuanto y más a los bisoños; y así fue en esta ocasión, porque en virtud de las órdenes del Padre Provincial y acuerdo tomando con el Padre Guardián, compró el sayal para su hábito y le llevó a San Bernardino, y el Padre Guardián hizo que allí se le cortasen, y se le entregó para que le llevase a coser y volviese a recibir el Santo Hábito de nuestro Padre San Francisco; y estando todo ajustado y prevenido, al salir del convento a ejecutar lo referido, la voz que otras veces le había hablado le dijo: -No es aquí. Apenas la oyó cuando, cayéndosele el sayal de las manos, le ocupó todo un sudor frío, y faltándole la respiración, llenos de lágrimas los ojos, que lo eran de sangre en su alma, mirando al Cielo, dijo: - ¿Señor, si no me entiendo a mí, como queréis que os entienda a Vos; si la grandeza de mis culpas os obliga a castigarme, para que estando viéndoos no os vea, y oyéndoos no os oiga? Por esto es infinito el número de vuestras misericordias; mi rudeza, viéndoos hablar en sombras y en misterios, se equivoca y llega a dudar si es vuestra la locución; pero vuestros caminos, aunque no son comprendidos, siempre son justos y santos, y no importa que yo entre ciego en ellos; si confío en Vos, me alumbraréis. Tengo esperanza firmísima que quien me guía en el viaje que no he de elegir, me tiene que guiar en el que he de elegir, para que, apartado del uno y siguiendo del otro, o vivo o muerto, siempre sea vuestro.

 

CAPÍTULO XII

En que prosigue la misma materia.

Desengañado de que tampoco era su vocación para el Orden de nuestro Padre San Francisco, dio el sayal para que se hiciese el hábito y se diese de limosna para enterrar un pobre, y se fue a Alcalá en ocasión que se hacían fiestas al glorioso San Diego, y mientras duraron estuvo en el convento del Carmen, donde tenía muchos Religiosos conocidos por la asistencia que había tenido en el de Madrid. En esta ocasión se trató entre todos que pidiese el Hábito del Carmen, que se le facilitaría mucho, respecto de que todos le conocían y querían bien; y aunque la tentación de no pedirle, porque no le merecía, respecto de haberle desestimado, le hacía fuertes repugnancias, no obstante, se determinó a pedirle al P. Maestro Fray Juan Elías, que se hallaba en Alcalá. Vino a Madrid, y con tal intercesor se persuadió de ganar la voluntad del Padre Provincial, como sucedió; y desechadas ya las dificultades de la tentación, y saliendo bien lo que se obraba contra ella, cada hora que se tardaba en recibir el Santo Hábito le parecía un siglo. El Padre Prior de Madrid hizo pretensión de que le tomase en su convento; pero la licencia del Padre Provincial era para que se le diese en Alcalá, y con ella fue recibido en 2 de febrero de 1617, día de la Purificación de Nuestra Señora.

El gozo con que se halló no se puede decir, ni imaginar, porque le pareció que ya había llegado el fin de su peregrinación. Callen todos los deseos conseguidos de pretensiones humanas, con el que tiene un alma cuando goza de los medios que encaminan al Sumo Bien. El Padre Prior, viéndole que procedía en todas sus cosas con religión, modestia y afabilidad, le mandó que cuidase de la despensa, y juntamente del regalo de los enfermos. No es creíble la puntualidad y alegría con que asistía a todo. Este año fue muy estéril, y Francisco (aunque Novicio) tenía en la villa opinión de Siervo de Dios, y era muy compuesto en lo exterior, con que se hacía estimar, y fue causa, al ver su proceder humilde, para que muchas personas socorriesen al convento. Los pobres que acudían a la portería eran muchos, y sin faltar a las ocupaciones de la obediencia, él disponía el tiempo de suerte que los socorría a todos. Los Religiosos le estimaban y encarecían su virtud, su agrado y asistencia: no había en aquella Familia quien no estuviese muy enamorado de Francisco y dijese mucho bien de él a todas horas. Él estaba sumamente contento con el Hábito y con los Religiosos; a todos los ayudaba, a todos los servía, a todos los amaba; cuando se le representó al entendimiento una visión, que le dio a entender que a los diez meses le habían de quitar el Santo Hábito y echar del convento; y estando con gran tristeza y recelo para desestimar aquella aprensión, oyó la voz que le solía hablar, que le dijo: -Francisco, no es aquí. Causóle extraña novedad ver que aquella voz, en las ocasiones antecedentes de elegir estado, siempre le hubiese prevenido antes del empeño de llegarle a tomar, y ahora le avisase después de tomado y estando en posesión de su Sagrado Hábito, que no trocara él por todos los reinos del mundo; con que llanamente se persuadió a que era tentación para perturbar la conformidad en que se hallaba y entibiarle en el ejercicio de las virtudes religiosas, y para vencerla procuraba rendirse con profunda humildad en el Divino acatamiento y fervorizarse más en lo que le ocupaba la Santa Obediencia; pero nada bastó, porque había determinación celestial en contrario; y así, luego que cumplió los diez meses que le previno la visión, toda la Casa se le mudó, y él también se mudó con ella; empezó a ser desagradable a los Religiosos, a proceder con tardanza en sus ministerios, a hallarse todos mal con él, y él consigo y con todos. Los que aplaudían su virtud, ya decían que era hipocresía; los que estimaban los socorros que por su causa hacían al convento personas principales de la villa, decían que había sido desatino atribuir a un Lego lo que se hacía por Nuestra Señora del Carmen; los que sentían bien de la continua alegría de su rostro, decían que era arte y afectación; los que reconocían que desde que asistía a la portería se hacía más limosna, decían que daba más que lo que alcanzaban las fuerzas del convento; los que alababan la puntualidad con que acudía a todo en la iglesia, decían que era demasiada libertad para un Novicio; él, por otra parte, cuando había de acudir a los enfermos, se dormía; si ayudaba a Misa, se perturbaba y no respondía a tiempo; si llevaba aceite para las lámparas, se le caía sobre los hábitos; con que el demonio, por permisión Divina, le traía todo desbaratado y descompuesto; él lo hacía para arrancar aquella planta de la tierra fértil del Carmelo, y Nuestro Señor lo permitía, para que, trasplantada en ella misma, diera mayores frutos, y para que saliese soldado experimentado en las batallas, en que después se había de ver, con su Divina gracia, triunfador de todas las huestes infernales. En fin, el desabrimiento de todos crecía, y Francisco sin querer le fomentaba; con que el Padre Prior de Alcalá, habiendo dado cuenta al Padre Provincial, y con orden suya, le llamó una noche muy a deshora, y haciéndole poner su vestido secular, le quitó el Hábito y despidió del convento.

 

CAPÍTULO XIII

De lo que le sucedió después de que le quitaron el Hábito.

¡Cuál se hallaría en la calle, y a deshora, y solo, con acontecimiento tan inopinado, Francisco! No puede haber palabras para poderlo significar, porque ni fue prevenido para que se enmendase, ni en su conciencia había habido que enmendar, aunque los Padres obraron con dictamen de razón; y fue la razón mayor el impulso del dictamen.

Viéndose de aquella suerte, le pareció, y con justa causa, que no era bien quedarse en Alcalá, y a aquella hora tomó el camino de Madrid. Al demonio, grande acechador de los instantes, y aun de los átomos de Francisco, le pareció buena ocasión para aventurarlo todo al suceso de una batalla, pareciéndole que, en el caso presente, haciéndole guerra en el afecto que más predominaba, no había fuerzas en la naturaleza para la resistencia; y así que salió de la villa y venía por el camino de Madrid, a orillas del Henares le quiso cerrar por todas partes los socorros, para obligarle a una desesperación, proponiéndole que ningún hombre sobraba en el mundo sino él; que el único remedio que le había quedado por intentar era el de la Religión, y ese, por su culpa, le había malbaratado, y justamente habían echado de ella a un hombre tan indigno; que mirase en cuántos oficios no había cabido, qué auxilios no había atropellado, qué pecados no había cometido ni qué confianza le quedaba a un hombre que había negado tres veces a su padre y con una desobediencia tan escandalosa le había desamparado; y así que, para estorbar los baldones que había de tener, el acto más heroico y de reputación que podía intentar era echarse en el Henares, para que de una vez dejase de ser testigo de sus afrentas, y de hombre tan infeliz tuviese fin la memoria. Todas estas cosas forcejeaban a apoderarse del entendimiento y de la resolución de Francisco, y todas tenían bastante fuerza para atropellarle, si él de su voluntad se hubiera puesto en aquel estado; pero como Nuestro Señor, por sus soberanos motivos, le puso en él, en él le socorrió; dándole claridad para que, con la divina gracia, rompiese su voz, diciendo: - "Todas estas culpas son mías, pero ¡válgame la Sangre de Jesucristo y la intercesión de su Madre!" – con que el que no pudo desatar los lazos, los rompió, y su enemigo, a este bote de lanza perdió tanta tierra, que, dejando la guerra de la vida y del alma, la convirtió en la de las aflicciones del cuerpo, contentándose por entonces con cualquier género de venganza.

Francisco, por el camino de Madrid (ilustrado cada instante más su entendimiento), venía diciendo: -"Nunca he conocido tanto mi corta capacidad como ahora. Quisiera saber de qué me acongojo. ¿Por ventura yo he de huir las manos del Altísimo ni vivo ni muerto? ¿Por ventura se hace nada sin su voluntad? Pues a mí sólo me toca el no cometer pecado, y por la bondad de Dios, desde que hice la confesión general última juzgo que grave no le he cometido: que caigan rayos del Cielo y me hagan ceniza; que la tierra se abra y me reciba en su centro; que la Religión me arroje de sí; que sea el desprecio y abatimiento del mundo; que viva en perpetua deshonra; que sea afligido en cuerpo y alma, ¿qué importa todo, si en ello no interviene pecado? Concédame Dios el que yo esté en amistad suya, y cáiganse los montes sobre mí y el Infierno se conjure sobre mí, pues yo no debo temer sus penas en comparación de mis culpas" Con estos celestiales sentimientos vino caminando a Madrid y, habiendo ya amanecido, entró por la Puerta de Alcalá; y estando descansando y discurriendo la vereda que había de tomar, el demonio, que no le perdía de vista procurando hallar ocasión de vengarse de él, dispuso que unos aguadores, sobre quién había de llenar en una fuente primero, se trabaron de pendencia; Francisco, como naturalmente era caritativo y nada cobarde, se llegó a ponerlos en paz, a tiempo que uno tiró una piedra, la cual le dio en una sien, hiriéndole de peligro; al ruido y voces de los aguadores y gente que se llegó acudió la justicia, y prendió al que tiró la piedra; Francisco se les hincaba de rodillas, bañado el rostro en sangre, pidiendo por amor de Dios que no prendiese a aquel pobre hombre que a él le había herido casualmente, sin querer herirle. Los alguaciles porfiaban en que se fuese a curar y en llevar su preso, cuando también, al mismo ruido, se llegó el P. Fray Juan Maello, que aquella mañana (como andaba siempre achacoso) había salido a hacer ejercicio; y viéndole herido y en aquel hábito, le extrañó todo; y usando de su acostumbrada piedad, le hizo curar, asistió a la cura y luego se le llevó consigo al convento del Carmen.

 

CAPÍTULO XIV

De lo que le sucedió en su enfermedad, y varias ocupaciones en que se volvió a ejercitar.

El suceso antecedente de haberle quitado el Hábito en el convento de Alcalá, parece que pedía que se apartase del comercio con Religiosos del Carmen, porque es muy propio de nuestro natural huir de lo que le puede ser desdoro o vergüenza; y también pedía que los Religiosos no le admitiesen, o se excusasen de comunicación con él, por no darle en rostro con su poca perseverancia por traer un género de desestimación consigo el defecto ajeno conocido, pues nadie se había de persuadir a que sin culpa suya se había hecho tal demostración, y el mirar con algún desaire la imperfección que se tiene delante de los ojos es muy propio de nuestra naturaleza; que aun a vista de muchas perfecciones siempre se va la vista, y tras ella el reparo, o a lo que es digno de nota, o a lo que es menos perfecto, como cuando se mira una hermosura muy cabal que tiene un lunar, y la vista no acierta a apartarse de él, porque es imperfección. No sucedió así con Francisco y los Religiosos, porque él los miraba como a hermanos, y ellos le asistían a él en la curación de su herida con el propio amor que si conservara el Sagrado Hábito de la Virgen.

En esta ocasión de su enfermedad, el demonio, que no perdía tiempo, dispuso que una mujer principal y de caudal, con quien había tenido amistad en Cuenca, en esta ocasión hubiese venido a Madrid y llegase a saber que estaba herido y en el Carmen, la cual hizo empeño por todos los caminos posibles de sacarle a curar a su casa; y viendo que ni por recados ni por papeles tenía respuesta, se valió de un Religioso del mismo convento, diciéndole que Francisco había de ser su marido, y que de esta resolución no le habían de apartar ni parientes, ni amigas, ni el saber que era pobre, ni las indecentes incomodidades en que había vivido, que todo lo sabía; y que, supuesto que el Religioso conocía su calidad y hacienda, hiciese este bien a Francisco de declarárselo de su parte para que tuviese efecto resolución tan justa y honesta. El Religioso se lo propuso; y cuando imaginó que le diera los debidos agradecimientos a una proposición de donde le resultaba conveniencia, la respuesta fue tan ajena de la que se esperaba, que el Religioso no volvió a hablar más en aquella materia. Lo que el demonio perdía en él con los pensamientos que le traía continuamente a la imaginación, lo ganaba en la mujer con las perseverantes instancias que a todas horas y por todos caminos hacía; y fue tal su obstinación en esta parte, que aun después de muchos años de Religioso le sirvió de instrumento en Cuenca para que lograse una de las mayores victorias que hombre jamás alcanzó, como en su tiempo se dirá.

A un mes de enfermo se levantó, convaleciente de su herida, y siempre perseveraba la mujer en que le había de llevar a convalecer a su casa; y le tenía cogidos los puertos de tal suerte, que con nadie hablaba que no le dijese que hacía mal en no admitir un partido tan ventajoso y encaminado a buen fin; pero como sus intentos eran otros, se puso en manos de Nuestro Señor y de su Madre Santísima del Carmen con profunda resignación; y lo que resultó de esta humilde y segura conformidad fue que, con licencia del Padre Maello y de los Religiosos amigos, se salió huyendo de Madrid, pareciéndole que a incendios de esta calidad, el que no pone tierra en medio confía en sí, y el que se confía en sí (como fabrica en falso) es fuerza que se pierda. Partió de Madrid, y anduvo por algunos lugares, hasta que llegó el tiempo de la siega, y en ella adquirió setecientos reales. Sucedió que, estando en un lugar, oyó a un hombre que estaba dando lastimosas quejas, diciendo: Que no había piedad en el mundo, pues otro, a quien debía ochocientos reales, pudiendo irlos cobrando a plazos, le sacaba por justicia una recua que tenía, con que le dejaba sin remedio a él, y a su mujer y a sus hijos, pues con ella era con lo que ganaba de comer para toda su casa. Condolióse Francisco de aquella lástima, tan puesta en razón, y llegándose al acreedor, le dijo: Que tomase luego setecientos reales, y aguardase por los ciento, que no era bien dejar una casa perdida donde había mujer e hijos; y le entregó los setecientos reales que él había ganado con mucho sudor y mucho tiempo; y volviéndose al hombre, que estaba admirado de lo que le sucedía, le dijo: - Amigo, ya es suya la recua; si en algún tiempo pudiere y quiere pagarme, lo haga, que yo voy muy contento de haber servido a Nuestro Señor en algo; y desde allí fue a Villamuelas, en casa de un pariente suyo, donde fue muy bien recibido, y con quien comunicó todas sus tragedias, el cual, lastimado de su poca dicha, y reconociendo que su corta capacidad ayudaría mucho a su corta ventura, le dio una cantidad de dinero para que se socorriese mientras disponía algún modo de vida. Francisco, estimando la dádiva (como era razón), lo recibió y se fue a Ocaña, y desde allí a Cuéllar, pareciéndole que sería bueno volver a trajinar. Como no era el camino determinado, a pocos accidentes que le sobrevinieron se halló sin el embarazo del dinero y pobre y desvalido como de antes; entró en cuenta consigo, y como eran tan grandes los afectos que tenía a la Religión, reconoció que, para conseguir esta dicha, no tenía medios proporcionados, sino al Padre Maello y a los Religiosos amigos del convento del Carmen de Madrid, que le conocían; y así luego se puso en camino, viniendo por él formando un concepto que a toda discreción humana parecerá sin términos y desbaratado, y a él le valió hallarse en la Religión, y con ella todos los colmos de virtudes y gracias a que Nuestro Señor levantó su espíritu.

 

CAPÍTULO XV

Del extraordinario camino que halló para volver a ser Religioso del Carmen.

Era Francisco (aunque de natural rústico) hombre que, en llegando a tratar cosas virtuosas y espirituales, disimulaba el poco talento y todo lo que era en orden a su alma, y llegarse a Dios le hacía mucha fuerza; y así, cuando discurría con el dictamen de su natural, en lo que pide alguna disposición humana, no sólo lo erraba en la disposición, sino también en la explicación, porque se daba mal a entender; pero en llegando a los sentimientos en que rompía su espíritu, o para la execración de las culpas, o para la deprecación de la divina misericordia, o para la intercesión de la Reina de los Ángeles (con quien en todos tiempos tuvo cordial afecto), entonces lo que hablaba era a tiempo y con estilos; era propio, abundante y devoto; y así por el camino para Madrid venía discurriendo en el único negocio que tenía, que era disponer su vida temporal de suerte que le fuese instrumento para la eterna en el cumplimiento de sus votos, a que nunca faltó, y principalmente en qué estado había de ser el suyo.

Por cualquier parte que echaba, parece que tenía un ángel delante con una espada que le embarazaba el paso, y sólo cuando pensaba en ser Religioso del Carmen se le allanaban los caminos. Bien es verdad que, considerando el tiempo que fue Religioso en Alcalá, y que estando con mucha paz de su alma tuvo locución de que no era allí en aquel convento, y que ahora, en esta ocasión, se le ofreció un discurso con más claridad al entendimiento, que le dio a entender que aquella voz era de Dios, y que bien podía ser su vocación para aquella Religión y no para aquel convento; y que por esta causa, en las demás Religiones que pretendió, la voz le alumbró antes de tomar el hábito, y en la del Carmen después de haberle tomado, con que se persuadió a que no había duda que Nuestro Señor quería servirse de él en la Religión del Carmen. A esto ayudaron los efectos que se siguieron en su alma, porque luego que le fue dada esta inteligencia se halló en un mar de gozos y en una quietud sobrenatural; y así luego se puso a considerar medios por donde poner en ejecución el volver a tomar el Hábito Sagrado de la Virgen del Carmen. Hasta aquí parece que obraba en la distinción que dimos de Francisco lo espiritual y lo devoto, y desde aquí lo natural.

Parecióle que era cosa muy proporcionada y puesta en razón echar rogadores para que supliesen con su autoridad lo que a él le faltaba de merecimiento; y pensando en quién podía ser medianero de más respeto y de más autoridad, le pareció que ninguno lo haría tan bien como el Rey; y esto le hizo tanta fuerza, que apresuró el viaje para venir a echarse a los pies de Su Majestad para que mandase que le recibiesen por Religioso del Carmen en otro convento que no fuese el de Alcalá.

En estos discursos se le pasó el camino y llegó a Madrid; y aguardando a que fuese día en que el Rey saliese a la Capilla, llegó el primero de fiesta, y muy prevenido de razones se fue a Palacio, con una seguridad más dichosa que fundada, en busca del Rey; subiendo la escalera de Palacio, al llegar al último escalón vio que venía un caballero con muchos criados de hacia el cuarto por donde el Rey sale a la Capilla, y repentinamente se le ofreció el entendimiento que para intercesor bastaría aquella persona de tanta autoridad, y sin más advertencia ni reparo se echó a sus pies diciendo que no se había de levantar de ellos sin que primero le ofreciese de ampararle con los Religiosos del Carmen para que le recibiesen por Lego de aquella Religión. El caballero, admirado de caso tan extraordinario, juzgando al principio si en aquel hombre era enfermedad aquella demostración, le dijo que en ningún convento podía ser él medianero para tan santo propósito como en el Carmen, porque en él tenía muchos amigos; y haciéndole algunas preguntas, reconoció que aquel impulso era nacido de un amor fervoroso a la Religión; con que se resolvió de ir al convento y le mandó que le siguiese. Llegaron a él y a la celda del Padre Provincial, el cual dijo al caballero después de haberle oído:

-Señor mío: en casa todos queremos a Francisco muy bien, y en el convento de Alcalá tuvo nuestro Santo Hábito por diez meses, pero al fin de ellos todos los Religiosos se hallaban disgustado con él por causa de que era puerco y tonto, y yo, por concurrir a su dictamen, le mandé quitar el Hábito, creyendo que, habiéndole ellos experimentado aquel tiempo, no convendría, pues Religiosos de virtud y celo así lo significaban; pero él, en lugar de apartarse de nosotros, no hace sino tomar diferentes veredas y luego se nos vuelve a casa; donde reconocemos su verdad y buen trato, y que es hombre bien nacido y nunca se le ha hallado cosa que desdiga de su sangre.

El caballero (que entonces no se atendió a hacer memoria de quién era y ahora no se puede averiguar), dijo al Padre Provincial:

-Cierto que las culpas que le ponen no son muy atroces, y que si algo se debe suplir es esto, y los Padres de Alcalá se destemplaron rigurosamente; porque para las ocupaciones que este hombre puede tener en la Religión, ¿qué importa que sea puerco ni que sea tonto, si en lo que se le manda no hay repugnancia? Y cierto que reparando en sus fervorosos deseos, cuando él no fuera para ocupación alguna en la Religión, yo le recibiera para Santo.

El Padre Provincial ofreció hacer lo que el caballero le pedía; con que, despedido cortésmente, envió a llamar al Padre Maello, y después de haber tratado entre los dos esta materia, dijo el Padre Provincial a Francisco:

-Mire, hermano: él que se ha criado entre labradores; ¿sabrá dar buena cuenta si yo le pongo en convento en que haya labranza?

A lo cual respondió:

-Con el favor de Dios y de la Virgen Santísima procuraré dar buena cuenta de aquello en que me pusiere la santa Obediencia, y principalmente en ese ejercicio, porque es conforme a mi natural.

Entonces le dijo el Padre Provincial:

-Pues prevéngase y disponga el Hábito, porque ha de ir a tomarle a nuestro convento de Santa Ana del Alberca.

 

CAPÍTULO XVI

De lo que sucedió hasta tomar el Hábito en el convento del Alberca.

Cómo se halló Francisco con la resolución del Padre Provincial, no hay lengua que lo pueda decir; porque si en las pretensiones de mundo se apodera tanto de nuestro corazón la alegría de conseguir, fundada en conveniencia temporal, que en su misma exaltación es polvo y aire, en las pretensiones de Cielo ¿cómo se apoderarán del mismo corazón los medios que conducen a conveniencias eternas?

El Padre Maello, con la determinación del Padre Provincial, le dijo a Francisco que si tenía disposición para hacer los hábitos y ponerse luego en camino y él respondió: que no se hallaba con dineros, pero que se iría a trabajar en lo que le saliese y todo lo reservaría para comprar los hábitos. El Padre Maello, como hombre discreto, reconocía que su natural era mudable, y que también en la Religión se podían ofrecer accidentes que lo embarazasen, y así le dijo: Yo saldré luego a ver si entre las personas virtuosas que confieso puedo juntar alguna limosna para hacer los hábitos; y entretanto que yo hago la diligencia puede Francisco retirarse a la iglesia, y ofrecerse muy de veras a Nuestro Señor, poniéndose en sus manos con total resignación, para que en esto haga lo que más fuere de su santo servicio. Como lo dijo, así lo ejecutó; y mientras hacía la diligencia el Padre Maello, él se entró en la Iglesia y en el altar donde estaba Nuestro Señor Jesucristo con la cruz a cuestas, y donde hizo los votos referidos, hincado de rodillas, con mucha copia de lágrimas y profunda humildad, decía:

Señor, desde que ante Vos mismo hice mis votos, bien sabéis las fortunas que me han seguido, y que en ellas no ha tenido parte mi voluntad, y que sin merecer vuestras misericordias me habéis traído siempre en vuestras manos librándome de tantos peligros de cuerpo y alma. Hoy vengo a vuestra presencia a pediros limosna; ¿qué mucho, si todos somos vuestros mendigos? Bien creo que el celo de este siervo vuestro que con tanta caridad ha salido a hacer diligencias para mis hábitos os ha de ser agradable, y siéndolo no puedo dudar de que todo sucederá dichosamente.

De esta suerte empezó Francisco a lograr la tarde con su Dios y Señor, y en estas y otras amorosas jaculatorias se estuvo hasta que, habiendo pasado poco más de tres horas, le envió a llamar a la iglesia el Padre Maello, que venía ya con los hábitos comprados y con un criado del mercader que se los traía, y en habiéndole visto, le dijo: -Que fuese muy agradecido a Nuestro Señor, y supiese que a la primera persona que hizo la proposición de la limosna de los hábitos le fue tan agradable, que tuvo a dicha el que le hiciese la petición, y no sólo le dio para ellos, sino para las hechuras y para el viaje, y muchas gracias de que, pudiendo valerse de otras personas, hubiese querido valerse de él; con lo cual Francisco los llevó luego a quién los hiciese, y entretanto el Padre Maello sacó la orden del Padre Provincial; y todo vino tan a tiempo, que dentro de dos días (habiéndose despedido tiernamente de él, y con muy justo título, porque le debía todo su bien) se puso en camino con sus hábitos al hombro para el convento de Santa Ana del Alberca.

Hay desde Madrid a este convento veintiuna leguas, y con las ansias de llegar al puerto, que lo fue de todas sus felicidades, las caminó en día y medio; y no es de maravillar no sintiese el camino y la presteza en él, que no sabe tardanzas la gracia del Espíritu Santo. Iba su entendimiento ocupado en celestiales meditaciones; considerábase arrojado de la Casa de Dios y vuelto a recibir en ella. Mirábase con el Sagrado Hábito de la Virgen, participe de todas las divinas influencias que esta gran Señora reparte a los Religiosos que militan debajo de su bandera del Carmen. Juzgábase con aquel Hábito que tantos y tan grandes Príncipes del mundo tuvieron por su mayor felicidad el conseguirle, que procesaron tantos Obispos y Patriarcas, tantos mártires y confesores, tantos Doctores, Anacoretas y Vírgenes. Admirábase que a un hombre de tan mala vida se le hubiesen de comunicar las gracias, indulgencias y privilegios que goza esta Sagrada Religión, que parece que todos los tesoros de la Iglesia se han derramado sobre ella en favores y beneficencias.

Llegó a vista del convento, donde está una santa Cruz que dista de él dos tiros de piedra, y estando adorándola, hincado de rodillas y abrazado con ella, oyó la misma voz que en otras ocasiones le había hablado, que le dijo: -Francisco, aquí es; y su alma al mismo tiempo se halló con un consuelo interior tal, que parecía que se le habían cubierto de suma alegría, y después solía decir que en su vida no había sabido qué cosa era gozo cabal sino en aquella ocasión.

El demonio, viéndole ya tan cerca del convento, le acometió con diferentes tentaciones, y la principal fue decirle que un hombre tan relajado, tan perdido y tan sin Dios, ¿por qué había de presumir de sí que podía vivir entre tantos santos Religiosos, ni de ellos el que le habían de sufrir? Y que ¿para qué se quería empeñar en tomar el hábito segunda vez, si había de suceder lo que la primera? Y que antes le habían de echar de sí con más desdoro y confusión; y así, que lo mejor era vender la estameña y volverse; Francisco fue socorrido del Cielo, y habiendo conocido la tentación, entró en el convento, y después de hecha oración al Santísimo Sacramento, dio su carta al Padre Prior, y él y los Religiosos le recibieron con tanto amor y agrado como si cada uno hubiera hecho pretensión de que recibiese allí el Santo Hábito.

 

CAPÍTULO XVII

De cómo tomó el hábito, de los ejercicios del Noviciado, y su profesión.

Llegó el día deseado, en que recibió el Sagrado Hábito de Nuestra Señora del Carmen, que fue Viernes Santo, en veintinueve de Marzo de mil seiscientos diez y nueve, y en que tuvo cumplimento la visión referida en el cap. VII, donde tuvo inteligencia que el papel que le traía el Ángel, y decía: El Viernes iras allí, fue así, porque en Viernes vino a la Religión, y porque diciéndose Viernes sólo, se ha de entender en el famoso significado que es Viernes Santo, para que en él tuviesen fin sus tribulaciones.

El Padre Prior se le encargó al Padre Superior, que le influyese en las obligaciones y estatutos de la Regla, el cual a pocas lecciones conoció los deseos que tenía de aprovechar y agradar a Nuestro Señor y a la Soberana Virgen María, su Madre; luego se fueron empezando a desplegar las velas de sus fervores, para que aquel bajel, libre ya de los escollos del mundo, navegase viento en popa los mares de la perfección, porque era el primero en el rezo que pertenece a los Hermanos de la vida activa. Siempre que por las mañanas la Obediencia le tenía desocupado, asistía a todas las Misas que se celebraban en aquel santo convento.

Las vísperas de jueves y domingo en que, conforme a las Constituciones de la Orden, había de comulgar, se preparaba estando toda la noche en oración vocal (como queda dicho), sin permitir rato alguno al sueño, pidiendo a la Virgen Santísima alcanzase de su Hijo le diese fuerzas de cuerpo y alma para recibirle dignamente. A esta preparación añadía ejercicio de disciplina voluntaria, de suerte que no se entendiese aplicado por otra razón; y así en el Adviento y Cuaresma, que, conforme a la Regla, le hay los miércoles, él le duplicaba para cumplir con ella y con ese motivo, en lo cual claramente echaba de ver que la Reina de los Cielos le alcanzaba lo que pedía, porque después de haber comulgado reparaban en él los Religiosos que quedaba por más de una hora con tal quietud, como si fuera de piedra. En todo el tiempo de su noviciado, en los miércoles, viernes y sábados, nunca comió más que una escudilla de legumbres, en que es fuerza que se venciese mucho, respecto de tener complexión robusta. En este tiempo no tenía Maestro espiritual que quitase ni que pusiese, y así cualquiera inspiración que le parecía que era de Dios, luego la ejecutaba con increíble puntualidad. Estaba persuadido que en el siglo pecaba en soberbia, con que para excluir este vicio pedía por favor le mandasen acudir a las ocupaciones más humildes del convento, hasta limpiar las caballerizas. En lo que más se esmeró este año fue en la asistencia a los pobres en la portería; y para que tuviesen más socorro, con licencia del Prelado pedía limosna entre los Religiosos, y con lo poco que allegaba y su ración les hacía una olla, y a su hora salía a servirles la comida, y antes de repartírsela les hacía rezar un Padre nuestro y un Ave María por los bienhechores de la Religión. Luego repartía el pan, y al dársele a cada uno hincaba la rodilla en el suelo y le besaba la mano; después con mucho agrado y caridad les repartía la olla, empezando por los ancianos, impedidos y enfermos, y luego a los pequeñuelos. Después de acabada la comida se hincaba de rodillas con ellos y rezaban todos otro Padre Nuestro y otra Ave María por las Ánimas del Purgatorio. Luego daban gracias, y después se levantaba y les despedía diciendo: - La bendición del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo sea con todos. Amén.

Corrió su año de noviciado con estos y otros ejemplos de obediencia, humildad, mortificación y misericordia, y llegado el tiempo de su profesión se recibieron los votos con aclamación común de los Religiosos, que lo estimaban por humilde y obediente. El día de su profesión (que, habiéndose dilatado por ausencia del Padre Provincial, fue en 29 de mayo de 1620), mientras la plática que le hizo, y mientras decía la fórmula, y después, siempre estuvo derramando copiosas lágrimas; tanto que, causando al principio admiración a todos, después llegó a dar cuidado, y algunos seglares que se hallaron presentes dudaban si había profesado con falta de libertad, por algunos respetos humanos, hasta que él a todos los desengañó, diciendo: -Que aquellas lágrimas habían sido nacidas de la alegría que tenía en su corazón, fundada en que, a vista de su indignidad, Nuestro Señor le había hecho tan singular beneficio; y de allí a algunos días, cuando tuvo Padre espiritual que le gobernaba, preguntándole por la ocasión de estas lágrimas al tiempo de su profesión, le dijo: -¿No quiere vuestra paternidad que me deshiciese todo en arroyos de lágrimas de contento, si me persuadí de que estaba a mi lado derecho la Reina de los Ángeles con el Hábito de nuestra Religión, rodeada de celestiales espíritus, y que me recibía por hijo y me daba valor y aliento para que hiciese los votos esenciales? Y así, aunque los ojos estaban llenos de lágrimas –decía Francisco en aquel su estilo llano, -allá en el fondo de mi corazón sentía un mar de gozos sobrenaturales. Y así toda su vida le duró este agradecimiento a la Virgen Santísima. Después de hecha la profesión, acordándose del día en que recibió el Hábito, que fue Viernes Santo, en el cual el leño de la Cruz fue consagrado, y de la Cruz que se le apareció en el aire, viniendo de la vera de Plasencia, que fue su remedio en aquella tribulación; y de la Cruz hecha de dos vigas, que atravesaban el pozo, donde le hallaron dormido siendo niño, y de los votos primeros que hizo delante de Nuestro Señor Jesucristo con la Cruz a cuestas, y de que estando adorando la Cruz, que esta a vista de este convento en que profesó, oyó la voz que le dijo: -Francisco, aquí es, pidió al Padre Prior le permitiese que, dejados los apellidos patronímicos, él le intitulase de la Cruz, y así se lo concedió; por lo que desde aquí adelante le nombraremos con el nombre de con que fue tan conocido y respetado en el mundo, de Fray Francisco de la Cruz.

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