LIBRO SEGUNDO

C A P Í T U L O  P R I M E R O

De lo que le sucedió a Fray Francisco de la Cruz con los Religiosos luego que profesó, y de cómo iba disponiendo su vida espiritual.

  Hecha la profesión, y después de haber cumplido con sus piadosas y regulares ceremonias, y habiendo mitigado la copia de lágrimas y afectos que sobrevinieron a ella, Fray Francisco de la Cruz se volvió a su Religiosos y les dijo: Padres, si vuestras Reverencias supiesen qué hombre es el que hoy han recibido en su compañía, se admiraran de la tribulación en que Nuestro Señor les ha puesto dando el Santo Hábito de la Virgen al mayor pecador que tiene el mundo; y para que conociesen que no era exageración lo que decía, les refirió todo el estado de su vida secular desde que tuvo uso de razón, manifestándoles la necesidad que tenía de sus oraciones y sacrificios, para no ser el escándalo del mundo y el desdoro de tan sagrada familia. Quedaron todos edificados de ver tan sujeta la propia estimación y rendido el aprecio del mundo, y que en el día que moría para él tuviese tan mortificadas sus pasiones y vencida la contradicción de la naturaleza, esperando en la divina gracia que tales principios habían de ser cimiento y base de un gran edificio espiritual.

Desde la profesión hasta el año de 1624, en que tuvo señalado Confesor que le gobernase, nunca llegó a conocer que había oración mental, y todas sus devociones eran vocales, aunque algunas veces rudamente mezclaba una oración con otras; y así, cuando salía a pedir limosna a los lugares de la comarca (que era muy frecuentemente, porque el convento de Santa Ana del Alberca, sobre ser de religión mendicante, es muy pobre), iba meditando en los beneficios generales que recibimos de la mano de Nuestro Señor, y solía a veces romper su espíritu en voces altas pidiendo al Sol, a las estrellas, al aire, al agua, a los árboles y a la hierba del campo que le ayudasen a bendecir, alabar y engrandecer a Dios.

Ejercitábase, dentro y fuera del convento, en todo lo que pertenece a los hermanos de la vida activa, cuidando de la hacienda del campo, y especialmente, con notable puntualidad, en la asistencia a los enfermos, así en el convento como en la villa, pues todos le querían tener a su cabecera y reconocían que sus palabras, aunque toscas y pocas, les daban mucha fuerza y servían de consuelo; y como era de natural tan robusto, no sólo cumplía con lo que la Obediencia le mandaba, sino también con lo que a sus compañeros era más trabajoso; y lo que empezó a ejecutar por esfuerzo y buen natural, después lo convirtió en virtud heroica.

A los principios del año 24, con licencia del Prelado, eligió por su Confesor al P. Fray Juan de Herrera, Religioso de conocida virtud y discreción, discípulo que fue del Venerable P. Fray Miguel de la Fuente, de aquel aventajado y conocido maestro de espíritu que pudo conseguir el nombre de Grande, que da el Señor en su Evangelio a quien pone por obra en sí mismo lo que enseña con la voz y con la pluma; pues siendo su vida verdadero ejemplar de contemplación y penitencia, nos dejó en sus escritos admirables un tesoro de sabiduría celestial, que no es otra cosa ni se puede explicar con menor ponderación aquel libro que dejó impreso con el título de Las tres vidas del hombre; pero superfluo es (como dijo San Jerónimo de las obras de San Cipriano) dilatarnos en significar sus luces, cuando las mismas obras son más claras que el Sol; busque aquel libro quien le pareciere exageración lo dicho, y en habiéndole leído, formará juicio de mi cortedad en ponderarlo. Digo, pues, que el Confesor de nuestro Venerable Hermano fue discípulo de aquel gran varón, que fue la veneración y respeto de la Imperial Ciudad de Toledo; de aquel hombre casi celestial, que tan frecuentemente gozaba coloquios divinos, siendo su conversación en los cielos y la consulta de todas su acciones el que después las había de juzgar; de aquél que sujetó a la razón tanto la porción de tierra, que se desmentía de humano; de aquel adorno, gloria y honra del Carmelo; de aquel continuo imán de pecadores para lavarlos en las aguas de la contrición; de aquel norte y gobierno de los temerosos de Dios, para avanzarlos con su dirección más y más de virtud en virtud, por los inmensos piélagos de la Divina gracia, en cuyo elogio suspendo la pluma por no ofenderle, obscureciendo los castos resplandores de tan grande antorcha de la perfección con la rudeza de mi estilo, y por no defraudar parte alguna al que con tantos aciertos ha escrito y dado a la estampa su prodigiosa vida y dichosa muerte.

El Padre Fray Juan de Herrera se excusó de tomar a su cargo esta alma cuanto le fue posible, hasta que se le puso precepto de Obediencia, con que, rendido a ella, acertó a dar principio a tan dichosa obra en el día del glorioso Patriarca San José del dicho año, para cuyo acierto aplicó la intención de la Misa y tomó al Santo por intercesor.

Fray Francisco, habiendo entendido los grandes bienes de la oración mental, de que por noticias estaba muy enamorado, pidió a su Maestro con grandes ansias y fervores le pusiese en oración; él, por satisfacer a tan justos deseos y dar principio en tan solemne día, le mandó que después de haber cumplido vocalmente con el rezo de su obligación y devociones, que eran a la Virgen Santísima y Ángel de su guarda, hiciese examen de su conciencia, y después de haberse acusado ante la Divina Majestad de sus culpas graves y leves, postrado el rostro en tierra la besase tres veces en el nombre de la Santísima Trinidad, haciendo en cada una un acto de Fe y ofreciendo la vida al cuchillo por esta confesión; y que después tomase en su pensamiento una presencia de Nuestro Señor Jesucristo, o en el Pesebre, o en el Huerto, o con la Cruz a cuestas, o levantado en ella en el Monte Calvario, aquélla con que su devoción más se moviese; y conservando esta presencia imaginaria, dijese un Credo, y en cada palabra de él hiciese un acto de Fe hasta acabarle, y le concluyese con la protestación de vivir y morir en ella.

Esta primera lección la practicó muy bien y la aprendió muy mal, porque no era posible de manera alguna que él supiese ni pudiese hacer imaginariamente presencia de Cristo; y aunque cada día diversas veces se recogía y forcejeaba a hacer lo que su Maestro le había mandado, luego que intentaba aplicar la memoria a cualquiera de estas consideraciones, se le iba la imaginación a otra cosa, y él la acompañaba; por lo que peregrino en su misma casa, echaba menos el dominio de ella. Esto duró mucho tiempo, tanto, que se veía sumamente afligido sin saber a quién echar la culpa: o a su memoria, en que proponía y no conservaba; o a su entendimiento, en que, conociendo, no mantenía; o a su voluntad, en que, queriendo, no peleaba; y aunque daba quejas de su poca suerte, mostrando la prontitud de su ánimo, el Padre Fray Juan de Herrera llegó a persuadirse que perdía tiempo en él, considerando su mucha rudeza.

 

CAPÍTULO II

De lo que le sucedió sobre tener oración mental, y cómo la consiguió con grande adelantamiento en ella, y de los embarazos que el demonio le ponía para que no la tuviese.

   Después de haberse pasado seis meses, en que Fray Francisco todos los días, y en cada uno varias veces, se había recogido a procurar hacer presencia de Cristo, sin haber podido aprovechar en cosa alguna, hallándose con la misma dificultad que el primero, su Maestro, reconociendo su estado, se destempló, ya fuese con natural sentimiento, o ya por tentación, que es lo más cierto, porque obró contra toda regla, y le dijo: -Calle, hermano, y no me hable en esta materia, que es una bestia; lo que puede hacer es pedir al Padre Prior le señale otro Religioso que le gobierne, porque me tiene con notable desconsuelo. Él entonces, con rara humildad, respondió: -No se enoje conmigo vuestra paternidad, que yo ofrezco, siendo Dios servido, procurar hacer lo que fuere de mi parte. Esto quedó así, y el P. Fray Juan de Herrera no permitió por algunos días que le hablase en materia de oración, si bien no dejó de confesarle y dar licencia para las comuniones y otros santos ejercicios, hasta que, pareciéndole que era mucho rigor faltar a su enseñanza (aunque cada día empezase de nuevo), principalmente cuando la voluntad estaba bien ordenada, y que en ser él causa de cualquier desamparo de la oración tenía conocido riesgo, y que sería posible que Nuestro Señor se agradase más en la confianza de aquel Hermano no pudiendo entrar en oración que teniéndola, porque al hombre no le toca más que el perseverante rendimiento, llamó a Fray Francisco y le dijo: -¿Cómo va de presencia de Cristo? A lo cual respondió: -Como siempre, porque nunca puedo formar perfectamente en la imaginación esta presencia; sólo esta noche pasada me pareció, estando rezando el Oficio de mi obligación, que a mi lado derecho me acompañaba Nuestro Señor Jesucristo con una Cruz a cuestas, y me consolé mucho en verle, y, mirándole con los ojos del alma, me parecía que me hallaba con más atención y devoción, y que pronunciaba lo que rezaba con más espacio y consideración. Entonces el P. Fray Juan de Herrera le dijo con increíble alegría: -Hermano, buen ánimo, que ha mejorado tanto de Maestro, que ya no ha de poder errar la lección, y fío en ese Señor que nos ha de favorecer, para que hagamos su causa; y así, yo le mando que procure todo lo que le fuere posible traer a ese Señor a su lado, de la misma suerte que le parece le ha visto, principalmente en sus oraciones vocales, y cuando comulgue, mirándole con fe viva dentro de su alma, en la misma presencia de la Cruz a cuestas. Desde ese día fue aprovechando sin dar paso atrás en todo lo que se le imponía, haciendo impresión en él, como en blanda cera, la doctrina que se le participaba; y su Maestro entró en grandes esperanzas viéndole tan fervoroso, pareciéndole que iba adquiriendo virtudes y que se adelantaba en la obediencia y se enajenaba de la propia voluntad, tanto, que parecía estaba exento de esta potencia tan libre; con que caminaban en el servicio de Nuestro Señor con viento próspero, en la forma referida, hasta que el año de 1630 pidió a su Maestro con suma humildad que le mandase tener otras dos horas de oración cada día, además de las dos que por obediencia suya hasta allí había tenido. Parecióle muy bien esta proposición al P. Fray Juan de Herrera, y le señaló las dos primeras horas desde que se toca de noche a silencio.

Desde este tiempo, en que dobló las horas de oración, fue tentado, por permisión divina, con varias y diversas tentaciones. Ponerse este siervo de Dios en oración y ponerse en arma el enemigo, todo era uno; y para saber lo que ella puede, basta saber lo que él la siente. Una noche le acometió con diferentes sugestiones deshonestas, representándole diversos objetos lascivos con tal atractivo y eficacia, que, a no estar murado de la oración, en cada uno de por sí sobraba el demonio; pero hallándole firme como una roca, no sirvieron más que de materia a nuevos merecimientos. Otra, por usar de diferentes armas, por si le inquietaba en forma visible, tomó la de un ave muy grande, y con las alas extendidas le daba golpes en la cabeza; hasta que atormentado de su perseverancia y recogimiento se dio a un mal partido, poniéndose en fuga por la ventana de la celda, quedándose cerrada. En otra ocasión dio muchos golpes a la puerta de su celda, diciendo con voces apresuradas que saliese presto, que le llamaba el Padre Prior y se contentaba de que hiciese un acto de obediencia, porque faltase a un rato de oración; política que en diferente línea puede enseñar mucho, para que se contente con lo que se puede el que se halla sin términos para lo que se quiere; regla que se funda en buenos principios.

En otra, luego que se hincaba de rodillas, antes que se persignase ni llegase a hacer humillación ni otra cualquier diligencia ni preparación para empezar su ejercicio, veía que se llenaba el suelo de ratones y lagartijas que se le iban llegando y rodeando y subían por debajo del escapulario a las manos y brazos hasta llegar al cuello, paseándose por el rostro y cabeza haciéndole molestia, para que ocupado en apartarlas de sí se le pasase el tiempo de las dos horas sin recogerse, en que también usó el demonio, como soldado viejo y experimentado a fuerza de escarmientos, de estratagemas militares. Queriendo entrar en la batalla con Fray Francisco antes de verle fortificado, para vencer sin sangre o venir al combate con mejor partido, no dejándole entrar en oración o inquietándole en ella; sabiendo que en la guerra, cuando todos hacen de su parte lo que pueden o lo que deben, en el partido está la diferencia, pero aprovechándole poco sus ardides, porque aunque le puso notablemente atribulado, y en conocida diversión, como al siervo de Dios no se le encubría quién le hacía la guerra, ni la causa por que se le hacía, se recobró, y con esfuerzo cristiano dijo lo que le había enseñado su Maestro, que fue: - No hay que cansarse en divertirme y molestarme, porque divertido y molestado he de permanecer así las dos horas de mi Obediencia; y cuando no pueda recoger mi interior ni aplicar mi espíritu, en el nombre de Dios he de guardar estas paredes; con que se desaparecieron aquellas visiones feas y desapacibles, y entrando en quietud se puso en oración, con extraordinarios consuelos de su alma.

 

CAPÍTULO III

En que se prosigue esta materia.

    El Padre Fray Juan de Herrera, todo lo que había aprendido en la escuela de su gran Maestro el Venerable Padre Fray Miguel de la Fuente, lo practicaba en el gobierno espiritual de Fray Francisco de la Cruz, y todo se lograba, porque la tierra era fértil, la disposición a propósito y Dios Nuestro Señor quien daba el incremento.

No es del intento de este libro hacer cátedra de esta enseñanza y doctrina mística, por ser materia que ocuparía muchos, sino la parte historial sólo con algunos breves fundamentos para su inteligencia.

Nuestro Siervo de Dios no perdía punto en el cumplimiento de sus obligaciones religiosas y obediencia de su padre espiritual, al cual a todas horas consultaba, porque tenían juntas las celdas, y a todas era menester para navegar siempre con la sonda en la mano, porque las veredas por donde Nuestro Señor guió a este su Siervo no eran ordinarias, y también pedía esta frecuente comunicación el incendio fervoroso con que deseaba la perfección, y el mismo con que el Padre Fray Juan deseaba el acierto de esta alma que había tomado por su cuenta, y así las celdas siempre las tenían sin cerrar, tanto por esta causa como porque en aquel convento no se necesita de esta prevención.

Ya tenía facultad Fray Francisco para que no estuviese tiempo determinado en el ejercicio de la oración y para que se dejase llevar de la gracia del Espíritu Santo y corriese como de él fuese guiado. También la tenía para que, si por la duración del tiempo se fatigase demasiado de estar postrado en tierra, el rostro por el suelo, o en cruz, o en pie o hincado de rodillas, se pudiese sentar, y lo que sólo era inmutable era el dejar de empezar el ejercicio con profunda humildad y examen de la conciencia, en reconocimiento de la grandeza con quien había de hablar, y le acabase con acción de gracias por los beneficios allí recibidos, porque a esto nunca se había de faltar; él lo ejecutaba humildemente, haciendo siempre elección de lo más penoso; porque la fortaleza del alma empieza por los quebrantos del cuerpo, y las más veces era en el Coro, aunque también tenía facultad de tener la oración en su celda o en partes retiradas.

Sucedióle una noche, estando en el Coro, y a su parecer con el mayor sosiego que jamás se había hallado, a hora que la Comunidad estaba recogida y todo en gran silencio, que le parecía que entraba en calor sobradamente, como cuando una persona se llega a un horno encendido; y extrañando la novedad, reconoció que el aire también se iba encendiendo, y a cada rato sentía más que se abrasaba; con que divertido de su principal intento, ya no cuidaba sino de averiguar la causa; y no hallándola, procurando recobrarse, vio que en llamas declaradas empezó a arder el Coro, y que estaba entre un humo tan denso, que le parecía que le sofocaba. Entonces volvió el rostro hacia la puerta y vio arder también todo el convento, con que salió corriendo apellidando fuego a grandes voces, y apenas hubo salido de la puerta, cuando se halló libre del humo y del fuego, y que no había los ardientes volcanes que en aquel mismo instante acababa de ver; y volviendo los ojos al Coro, donde había empezado, también le volvió a ver sin aquellas llamas que habían causado su turbación; y teniéndola sólo de haber faltado a la instrucción que tenía de su Maestro, de que no se inmutarse con ningún accidente, corrido y avergonzado se volvió a proseguir su ejercicio, en el cual duró aquella noche hasta el amanecer; y el demonio, habiendo percibido crédito en jornada que empezó con tan buena fortuna, trató luego de hacerle guerra más sensible.

Tenía Francisco siempre agua bendita en su celda, y al irse a recoger la esparcía en sí, por ella, y por la cama. A pocos días después de este suceso, siendo a deshora de la noche, acudiendo a usar de este beneficio de la Iglesia, como tenía por costumbre, antes de inclinarse a sosegar, halló sin agua bendita el vaso en que solía estar. No perdió de vista su enemigo esta ocasión, y por permisión de Dios mató la luz, y a un mismo tiempo le acometió con golpes tan fuertes y descompasados, que hacía temblar el aposento. En fin, efectos de una venganza en manos de un poderoso, y que por el tiempo que se le permitía no había humana contradicción. El Siervo de Dios toleraba con paciencia tan excesivos dolores, y curaba su herida con veneno, respecto del ofensor, porque esta virtud, tan bien ejecutada, ofendía más a su contrario; con que el estruendo creció de manera que, inquietando al P. Fray Juan de Herrera, le obligó el sobresalto a que aplicase con atención el oído para reconocer la causa, y oyó a Fray Francisco, que con lastimosas quejas pedía favor diciendo: Padre mío, Padre mío, que muero a manos de este enemigo. Con que saliendo con luz de la celda lo más presto que pudo apresuradamente disponerse, entró en la del discípulo, reconociendo al entrar un olor pestilente, y le vio tendido en el suelo con tantas señales de golpes en la cara, cabeza y manos, que todo él era una llaga; y conociendo lo que podía ser y cuánto necesitaba de consuelo, le reparó y esforzó, y habiéndole encendido la luz que estaba muerta, luego que le vio más sosegado le dijo:

-Hermano, el demonio es un león en cadena, que no puede hacer mal sino al que se le acerca. Este que es el verdadero mal, es el que hemos de huir, porque nadie nos le puede hacer si no es nosotros mismos; y el Señor, al siervo suyo que excusa este mal, le suele querer probar para los grandes premios que le tiene guardados, y así por algún tiempo permite al demonio que deje la cadena, y como ejecutor de los divinos mandatos le ponga en tribulación; con que debe estar muy contento con este suceso, viéndose declarado por su enemigo, y que le hace guerra con los ayunos, con la pobreza voluntaria, con la observancia regular, con el silencio, con la obediencia, con la mortificación, con la castidad, y especialmente con la oración; porque envidioso del Sumo Bien que perdió, quisiera cerrar al hombre la puerta principal por donde se entra a su comunicación, medios que nunca usa en esta vida con sus amigos, porque como Padre de toda alevosía y venganza, les da algún color de felicidad en este soplo temporal, para que después padezcan en eternos llantos; y a los que tiene por sus enemigos, virtualmente los declara por amigos de Dios, por partícipes de los bienes celestiales, por herederos de su gloria, pues siguen a Jesucristo por el camino de aflicciones y Cruz que Él escogió para sí y para los que son de su bando, que los purifica en este crisol; y así haga muchos actos de resignación, pidiendo a Nuestro Señor misericordia y dándole infinitas gracias de que hace estos favores a tan gran pecador, diciéndole que se haga su voluntad en tiempo y eternidad; y para que tenga en esta ocasión indecibles gozos y alientos, póngase a considerar de estas dos suertes que le he propuesto cuál elige para sí. Y dicho esto le dejo, retirándose a su celda.

 

CAPÍTULO IV

En que se prosigue esta materia, con sucesos dignos de admiración.

    Quedó nuestro Siervo de Dios por una parte muy contento con los consuelos referidos, y por otra con notable confusión, porque le pareció que, viéndole con tantas señales, había de ser causa de murmuración a los Religiosos; y llevado de este afecto, se hincó de rodillas, y haciendo presencia de Nuestro Señor Jesucristo con la Cruz a cuestas, que es la que había traído aquel día y con la que más se fervorizaba, porque como le quería para aquel camino le iba enamorando a ella, poniéndose todo con profunda humillación y resignación en sus manos, le pidió que remediase aquella necesidad y que, pues a su poder nada se resistía, fuese servido que no le viesen de aquella suerte; y volviéndose con la consideración a una Imagen de Nuestra Señora que hay en aquel convento muy milagrosa, con título del Socorro, la pidió con las veras de su alma que intercediese con su Hijo para que su divina clemencia le socorriese en esta ocasión, y que no fuese él causa a los Religiosos de discursos, viéndole con tantas señales de golpes; y así, que se sirviese de quitarlas o encubrirlas.

Estando en esto vio, en visión imaginaria, causada con tal fuerza de aprehensión que le parecía que miraba con los ojos corporales, entrar a Nuestra Señora del Socorro en su aposento, toda cercada de tales resplandores, que no acertaría a decir cómo eran, y que se llegó a él y le dijo: -Confía en tu Señor y Criador, hijo Francisco, y persevera en el bien obrar y no des lugar a pecados; y dicho esto le echó su bendición y desapareció, dejándole con una valentía extraordinaria de ánimo, con una dulzura increíble en los sentidos, con una fortaleza grande para el cumplimiento de sus obligaciones, con un agradecimiento rendido y con singulares esfuerzos para padecer por Cristo. Y juzgando que caso tan nuevo era forzoso comunicarle con su Maestro, luego llamó al Padre Fray Juan de Herrera, el cual todavía estaba cuidadoso y se había puesto a estudiar un caso moral, y volvió a pasar a su celda; y al entrar en ella reconoció una fragancia suavísima, como cuando cae algún rocío y se mueven las hierbas y flores olorosas del campo; y mirando a Fray Francisco, le vio sin las señales de los golpes; y recibiendo grande admiración, le preguntó la causa de tan raro suceso y se la dijo. Entonces el Padre Fray Juan, como tan diestro en los caminos del espíritu, le mando que se desnudase de todo afecto y no se aficionase a visión alguna, y sólo pusiese todo su cuidado en el recogerse en el interior de su alma y en mirar con fe viva a Dios continuamente, y en ejercitarse en toda virtud, sin pedir jamás a Nuestro Señor merced señalada más que el cumplimiento de su voluntad santísima; pero que ahora se le mostrase de todo corazón agradecido, rindiéndole gracias incesantemente por las mercedes que de su larga mano en todo tiempo recibía, y también a la Madre de Dios del Socorro, protectora de aquella Santa Comunidad, pues debía a su intercesión (tan sin merecerla) el que hubiesen sido oídos sus ruegos. Y dicho esto, se volvió a retirar.

Esta Señora es la devoción de toda la Mancha; vino al convento de la Alberca por un caso bien particular, y fue que se confesaba con el Padre Fray Antonio Maldonado, Religioso del Carmen de la Antigua Observancia, un soldado, y por ofrecérsele hacer ausencia le dejó en guarda un arca; y habiéndose pasado algunos años (teniéndole por muerto), se resolvió a abrirla, y halló en ella tres Imágenes de bulto de Nuestra Señora, y todas tres muy parecidas, que debieron ser hechas por un artífice, de rostros algo morenos, devotos y graves, de una vara o poco menos de alto, y a todas tres, con el Nombre de Nuestra Señora del Socorro, las colocó: en el convento de Valderas una, año de 1597; en el de Valdeolivas otra, año de 1612; en el de la Alberca otra, año de 1613; y en todas tres partes Nuestro Señor, por intercesión de su Madre y de éstas Imágenes suyas, ha obrado muchas maravillas.

Fuéle al demonio siempre herida mortal la ardiente oración de nuestro Siervo de Dios. Una vez le acometió luchando con él; y como el partido era tan desigual, cuando le tenía en el mayor aprieto, de repente le dejó, y Francisco tuvo inteligencia de que diese gracias que por fuerza superior había sido socorrido en aquella necesidad.

En otra ocasión, estando en su celda en este su continuo ejercicio, y siendo entre las once y doce de la noche, no pudiendo sufrir aquel recogimiento y trato con Dios, por embarazarle de alguna manera, empezó por la parte de afuera de la ventana a dar grandes risotadas repetidamente, como que hacía burla de él; y viendo que aquella diligencia no aprovechaba, se entró en la celda en figura de un ave de mucha mayor magnitud que la que arriba se dijo, y batiendo sus alas por las paredes con grande ruido, se vino cayendo sobre la cabeza de Fray Francisco, con golpe tan recio que le hacía dar con el rostro en la tierra, y esto repetidas veces; y como no pudiese con tan vivas diligencias conseguir su distracción, dando temerosos y desapacibles graznidos se salió por la ventana; y por no darse por vencido, conociendo que el natural de nuestro Hermano era verdaderamente compasivo y misericordioso, se quiso valer de una virtud para ejercitar un vicio, hiriéndole en tan piadoso afecto; y para esto empezó desde la calle con voz humana, como si fuera un hombre a quien estaban hiriendo, a dar lastimosas quejas, pidiendo que le socorriesen en aquel peligro de la vida; pero nada bastó a divertirle, porque antes se halló más quieto y sosegado en lo interior de su alma, repitiendo exteriormente innumerables veces el Dulcísimo Nombre de Jesús, tan aprisa y velozmente, que aunque procuraba detener los labios no podía, conociendo que aquel impulso era violento y extraño; y era de suerte la fuerza suave que padecía y la amorosa violencia con que era llevado en la presteza de su pronunciación, que en el tiempo en que solía pronunciar una vez este Santo Nombre, ahora lo pronunciaba veinticuatro veces sin poderse resistir, intentando usar de este costoso y desapacible medio por la extrañeza del suceso. Y habiendo durado esto menos de un cuarto de hora, cuando acabó el último movimiento le quedaron los labios y paladar con tan extraordinaria dulzura, y con una suavidad tan natural y agradable, que todos los deleites y regalos del mundo no se pueden comparar con ella; y de allí a breve rato conoció que poco a poco le iba faltando tan deliciosa amorosidad de aquel sentido exterior, y la empezó a reconocer en lo íntimo de su alma; y estando de ella toda apoderada y pendiente aquel soberano pronuncio de la gloria, dio fin a su oración con mayores fervores en el hacimiento de gracias; quedando tan fortalecido su corazón, que le parecía que padeciera todos los trabajos del mundo por sólo una invocación del Dulcísimo Nombre de Jesús, reconociendo en sí interiores y encendidos deseos de ser verdadero, humilde y obediente, y con un abierto desengaño de que siendo hombre mortal se hubiese atrevido a tanto número de ofensas como había cometido contra la Divina Majestad; proponiendo firmemente que, si fuese servido de darle su gracia, no la había de cometer ni grave ni leve en toda su vida.

 

CAPÍTULO V

Del ejercicio de las virtudes en que su Maestro le puso, y lo que resultó de él, y de su rara mortificación.

    El año 25, el Padre Fray Juan de Herrera, que tenía hecho concepto (viendo lo que su discípulo se avanzaba en la vida espiritual) que éste era el camino por donde agradaba más a Nuestro Señor, tenía puesto su cuidado y felicidad en su gobierno, templándole como la materia lo iba pidiendo; con que le pareció que ya era ocasión a propósito de ponerle en el ejercicio de las virtudes, y así lo ejecutó, mandándole que practicase una sola virtud por uno ó por dos meses, como reconocía que lo había menester y era más necesario, porque una virtud sola se obra con más perfección abstraído el cuidado de otras, y aquel punto superior en que se constituye un alma en la ejecución de una sola virtud le conserva después de adquirido, aunque en un mismo tiempo ejercite otras; y porque la oración es el instrumento con que todas se perfeccionan, le dispuso (o cuando llegó el caso de tratar de ella) para que continuamente la tuviese en cualquiera ocupación que se hallase; lo cual se había de conseguir teniendo una continua presencia de Nuestro Señor, hablándole dentro de su alma con tiernos soliloquios y diferentes jaculatorias, sacándolas de todo lo que viese, o de todo aquello en que se ocupase, espiritualizándose en ello.

La materia de su oración, si se hubiera de tratar despacio, era menester para ello solo un libro. Basta decir que desde el año 26 lo que se ocupaba en este santo ejercicio era desde las nueve de la noche hasta que salía el sol; y porque algunas visiones, así imaginarias como intelectuales, que desde este año tuvo hasta que murió, no tienen conexión con lo que se va escribiendo, y son maravillosas, se reservan para otros lugares, donde más propiamente pertenecen, por no interrumpir lo sucesivo en la historia; y cuando en ellos se trataren, se ha de entender desde ahora hasta su muerte.

Lo que resultó del puntual cumplimiento del ejercicio de las virtudes, fue que por este tiempo le dio la Divina Bondad una celestial inteligencia de las grandes mercedes que ha hecho a todas sus criaturas del Cielo y de la tierra, entre las cuales eran los hombres los que debían estar más agradecidos a Dios, por haberse humanado por ellos. Diósele conocimiento de las muchas almas que no le agradecen el ser y demás beneficios que de su mano han recibido; y reconociendo que los cinco más principales son la creación, redención, vocación, justificación y glorificación, pidió licencia a su Padre espiritual para que en su honra y reverencia, y para que de alguna manera en lo limitado que cabía en su cortedad, pudiese mostrar algún agradecimiento, ayunase a pan y agua

cinco cuarentenas continuas, sin interpolación, y se la dio y lo puso por obra en esta ocasión; y después todos los años en el tiempo que le alcanzaba, sin impedir otros ejercicios, ayunándolas todas, menos algunos días que no pudo de la última por haberle faltado la salud, los cuales cumplió después de haberla recobrado. Tenía una instrucción tolerada por su Maestro de cómo se había de gobernar desde la Cruz de Septiembre hasta la Cruz de Mayo, que es la siguiente:

 

INSTRUCCIÓN

    Desde la Cruz de Septiembre hasta el Adviento, se ha de ayunar a pan y agua miércoles, viernes y sábado; los demás días, abstinencia de carne. El viernes, mortificación particular de disciplina, o silencio (esto se entiende fuera de los ejercicios ordinarios). El Adviento se ha de ayunar a pan y agua todo él; y los viernes, abstinencia de comida y bebida, hasta el sábado a medio día inclusive. Desde la Pascua hasta los Reyes se puede comer carne. Desde los Reyes a Cuaresma, abstinencia de carne los lunes, martes y jueves, por esta razón; y los miércoles, viernes y sábados, por la Regla del Carmen. La Cuaresma toda se ha de ayunar a pan y agua; y los viernes de ella, abstinencia de toda comida y bebida hasta el sábado, como está dicho. En el lunes, miércoles y viernes, mortificaciones particulares, además de las que tiene la Religión. El lunes, mortificación de los ojos, no levantándolos a mirar cosa alguna. El miércoles, guardar dos horas de silencio en el día, fuera del tiempo de la oración. El viernes, desde la hora de sexta a la hora de nona, traer en la boca alguna cosa desapacible o amarga, como es genciana, gordolobo o acíbar. Desde la Pascua hasta la Cruz de Mayo, se puede comer carne; y desde este día, volver a empezar las cinco cuarentenas con la aplicación referida.

En el estado que le cogían, porque el tiempo no alcanzaba hasta la Cruz de Septiembre, las dejaba, y luego volvía a repetir sus ejercicios, viviendo en la tierra sin las impresiones de tierra.

Las comuniones de Adviento y Cuaresma, fuera de los domingos, eran por los que están en pecado mortal y por los que no han venido a la Iglesia, y los domingos por las Ánimas del Purgatorio.

También fue efecto del ejercicio de las virtudes el pedir continuamente a Nuestro Señor Jesucristo, poniéndole por intercesores los soberanos Misterios de su vida y muerte y la poderosa intercesión de su Madre santísima, que le concediese tres virtudes, que son: caridad, mortificación y oración, y las ejecutase con tan ardiente y rendida voluntad, que le agradase en su cumplimiento. Sucedió por el fin del año que vamos refiriendo que antes de Pascua de Navidad se preparó con extraordinarias mortificaciones y otras tantas diligencias para pedir a Nuestro Señor más fervorosamente le concediese los dones de estas tres virtudes; y un día en que la Obediencia le envió a Villargordo, llegó por la tarde a la Puebla del Castillo de Garcí-Muñoz, y por estar cerrada la puerta de San Blas, que es la iglesia de aquel lugar, hizo oración al Santísimo Sacramento desde afuera, instando con esta su continua petición; y aunque se le había dado a entender diversas veces que prosiguiese en pedir y desear esta misericordia, que tendrían efecto sus justos deseos y que se le concedería, en esta ocasión le fue dado a entender intelectualmente que ya sus fervorosos afectos se veían cumplido y que se le había concedido lo que tanto deseaba. ¡Bendito sea para siempre Señor tan piadoso, que moviéndose a comunicarnos la grandeza de sus tesoros, siendo el principal motivo su liberalidad, también hace aprecio de nuestras peticiones y nos las purifica para admitirlas, y nos da esfuerzo para que le pidamos, y siendo autor del premio lo es también del merecimiento; con que nos hallamos tan a poca costa inmensos bienes, o, provocando más su justa indignación con dejar pasar sus santas inspiraciones, nos hacemos inexcusables!

 

CAPÍTULO VI

En que se prosigue su mortificación y de su humildad y obediencia.

    A todas horas traía en la memoria nuestro Siervo de Dios las ofensas que había cometido contra la Divina Majestad, que le servían de torcedor eficacísimo para afligirse y aborrecerse como a instrumento de ellas; y en orden a esto, si alguna alegría o respiración admitía, era cuando se trataba mal, porque nunca se veía satisfecho de mortificaciones y penitencias: unas, que conociendo su espíritu le mandaba la Obediencia; y otras voluntarias, que le permitía su Confesor, porque él siempre andaba discurriendo e inventando nuevos instrumentos y modos con que atormentarse más, y solía decir al P. Fray Juan de Herrera:

-Vuestra paternidad gobierne esta bestia, atendiendo a que, no estando muy sujeta y enfrenada, se ha de desbocar.

Era tanta la puntualidad con que hacía memoria de sus culpas, que un día desde por la mañana hasta la noche estuvo llorando, haciéndose arroyos de lágrimas, en que al principio, como le conocían por hombre penitente, no se hizo reparo; y viendo que duraba tanto y con tal copia, y que preguntándole la causa no daba más respuesta que llorar, el Padre Prior le mandó con Obediencia que la dijese, a lo cual respondió: - "Padre mío, ¿cómo no ha de ser mi llanto incesable, hoy hace años que perdí la gracia bautismal?" – De esta suerte miran las culpas los hombres temerosos de Dios, y la misma causa que hace a los que están dados a los sentidos que no vean que son las muchas tinieblas que embarazan la luz de sus entendimientos, quitada esta, hacen a los que no lo están que sean largos de vista.

Las penitencias de Fray Francisco eran tan sobre las fuerzas naturales, que a no ser hechas con especial movimiento de Dios y asistencia suya, ni pudiera vivir con ellas, ni la prudencia de su Maestro se las permitiera; pero el Espíritu Soberano, que le movía a obrar sobre toda prudencia humana, le conservaba la vida, y movía también a sus confesores y Prelados a que le dejasen seguir su espíritu para empresas tan arduas; y se dejaba llevar de él nuestro Hermano, de modo que parecía tener todos sus gustos y placeres en todo cuanto era mortificación y penitencia; tanto, que hasta los instrumentos que conducían para este fin le causaban una alegría y un gozo tan singular, que le salía al rostro y aun a la boca, rompiendo más fácilmente para este intento la ley rigurosa de su silencio; no había fiesta para nuestro Hermano como adquirir cilicios y disciplinas, éstas eran sus alhajas; y aunque no eran pocas, no necesitaba de muchas piezas para acomodarlas, porque siempre las traía consigo: las cadenas y cilicios, puestos siempre en su cuerpo; las disciplinas, para no perder ninguna ocasión de castigarse. En una ocasión le dio unas disciplinas muy a su propósito otro Religioso de su misma Profesión; y se lo agradeció tanto y tantas veces, que nunca acababa de agradecérselas, y era sin duda porque casi todos los días experimentaba en su pobre cuerpo el bien que le había hecho; así es que, eran tantas las disciplinas rigurosas que tomaba, que apenas se pueden reducir a número; pero ¿qué no se puede presumir de quien tomó por su cuenta castigar en sí, no sólo los propios pecados, sino también los pecados de todos los demás?

Lo que es digno de atención y que se vino a saber casualmente, fue que siendo Prior en Santa Ana de la Alberca el Padre Fray Pedro Fernández Barredo, y estando enfermo, no se sabe con qué causa mandó al Superior que hiciese a los Hermanos de vida activa que fuesen a su celda aparejados para recibir una disciplina, a nuestro Hermano no le había acontecido otra vez en la Religión este caso, y se llegó al Hermano Fray Gregorio Roca y le pidió le enseñará cómo se había de componer para recibirla, y con esta ocasión vio el dicho Fray Gregorio que la túnica interior era de estameña, y alrededor de la carne, de medio cuerpo arriba, traía una cadena de hierro de eslabones de medio dedo de grueso, la cual daba dos vueltas al cuerpo, y que el eslabón que caía sobre el hombro izquierdo tenía comida toda la carne, y sobre el mismo hueso había un callo de un dedo de alto, el cual estaba abierto por donde se descubría; de que recibió tal compasión el Hermano Fray Gregorio, que dio cuenta al Prelado, y se le mandó a Fray Francisco que se quitase la cadena, y él obedeció; pero en su lugar se vistió un cilicio largo de hierro que pesaba siete libras.

La mortificación en la comida fue rara; su ordinario alimento era pan y agua, y el extraordinario, para su regalo, algunas hierbas cocidas en agua, y las más veces eran tomadas de las raeduras de las que se guisaban para la Comunidad; y aun no contento con esto, solía espolvorear lo que comía con ceniza y con acíbar, buscando en todo modos exquisitos de negarse a todo gusto y alivio, y darse a cuanto era mortificación y amargura. Llegó a estar tan delicado por esta causa, que se le encendió una fiebre maliciosa, de que el médico le desahució, diciendo que no tenía más remedio que el de Dios. A que respondió: -Bastante es ese; - y encomendándose muy de vera a Nuestra Señora del Socorro, le dio un vómito copioso de gusanos, que tenían las cabezas negras, y luego mejoró; aquel socorro solo era sin duda la causa de su vida y de su conservación, porque, según lo natural, no parece que podía haber otro recurso; pues llegó su abstinencia a tal extremo, que apenas comía, faltando días en el año para cumplir con sus ayunos y cuaresmas que establecía; pero entre todo es digno de singular admiración el propósito que hizo, y cumplió a la letra, de ayunar tres años continuos a pan y agua, y esto se entiende comiendo sólo a tercer día, y en éste una vez solamente; esto fue desde el día 1º de enero de 1643 hasta el mismo día del año 1646, en que se incluyó el tiempo de su viaje a Jerusalén con la Cruz a cuestas; y habiendo dicho esto, será ocioso el ponderar que, en medio de tantos ayunos, siempre estaba trabajando en las ocupaciones del convento, ya en la labranza, ya caminando, porque era el único limosnero, en los lugares del contorno, de su convento; siendo su modo de caminar siempre a pie, sin alforjas y sin alzarse los hábitos y sin comer jamás hasta llegar a la posada; y siendo esto así, era cosa maravillosa ver con la ligereza y presteza con que caminaba, ya fuese de noche, ya hiciese mal tiempo, en lo cual jamás reparaba, porque todo su reparo era de huir todos los modos de alivio y conveniencia; pero si todos sus pasos eran de espíritu, ¡qué mucho que fuesen tan veloces! Por esto decía él mismo que el comer le estorbaba para caminar; y era así que cierto día caminó nueve leguas sin cesar, ni comer en todo el día un bocado; y el día siguiente, que era domingo, comió algo y no pudo andar más de cuatro leguas trabajosamente, según se halló de pesado.

La cama del Siervo de Dios era el duro suelo, y aun éste le sobraba, porque no sabemos cuándo dormía el que todo el día estaba trabajando y toda la noche en oración y ejercicios de penitencia; no hacía más caso de su vida ni de su salud que de la tierra que pisaba, siendo todo su estudio y cuidado saber morir, disponiendo las cosas de modo que toda su vida fuese un ensayo de la muerte, para vivir y morir crucificado; porque, como otro Apóstol, toda su gloria era la Cruz de Jesucristo, que ésta es la que echa el sello a todas las ponderaciones que pudiéramos hacer de sus continuas penitencias; pues con ella sobre sus hombros, ya viejo, flaco y sin fuerzas, visitó los Santos Lugares de Jerusalén, Roma y Santiago de Galicia, a pie, ayunando y padeciendo, como se dirá en su lugar.

En la humildad, como fundamento de las demás virtudes, fue muy extremado; en teniendo un hábito nuevo, luego lo trocaba por el más roto del convento; y como en los lugares donde pedía limosna le querían tanto, le solían vestir, y para que se pusiese alguna cosa nueva se la hacían sin que lo supiese, y le quitaban la que traía y la ponían en su lugar, con que le instaban a que se la vistiese; pero en yendo al convento, luego la volvía a trocar, y siempre era con condición de que el Padre Prior lo permitiese; él limpiaba las celdas de todos, las cocinas, las caballerizas y hasta los lugares inmundos. Cuando estaba fuera del convento a pedir las ordinarias limosnas, en las casas donde se hospedaba atendía a que se descuidasen las criadas, y él iba y fregaba los platos y limpiaba las cocinas; y reprendiéndole porque tomaba aquel trabajo, solía decir con mucha gracia: "Amargos os veáis como la miel; si yo no valgo para otra cosa, ¿puede ser bueno estar ocioso?

En la Obediencia fue rara su prontitud; apenas el Padre Prior o su Padre espiritual habían insinuado alguna cosa, cuando partía a ejecutarla; jamás puso dificultad en lo que se le mandaba. Hicieron Prior de aquel convento al Padre Fray Juan de Herrera; y como se halló con los dos imperios de Prelado y Confesor, le solía hace ejercitar la Obediencia en cosas contrarias; mandábale que fuese a comulgar, y estando para recibir a Nuestro Señor Sacramentado y con los afectos que de su devoción se pueden considerar, le mandaba que no comulgase, y obedecía luego, en caso que para él no podía haber otro más sensible. Solía mandarle, en lo riguroso de los Caniculares, que fuese a algún lugar a pie, y enviaba en su seguimiento un criado a caballo, que al llegar al lugar le dijera que se volviese sin entrar en él, y al instante se volvía; y en una ocasión que volvió al convento muy fatigado del calor, al dar la Obediencia dijo al Padre Prior: -Pague Nuestro Señor a V.P. el bien que me hace; ¿qué fuera de mí si me mandara otro que no conociera mi ruin natural?

Sucedió que una mañana, el Padre Fray Juan de Herrera (siendo ya Prior) le mandó que fuese a la caballeriza y se atase junto a las bestias con un cabestro a un pesebre y se ajustase a él con una soga al cuello de manera que ni se pudiese sentar ni hincar de rodillas. El obediente Hermano ejecutó el precepto con las puntualidades que se le habían puesto; y el Padre Prior (habiéndosele ofrecido ocupaciones en el convento) no se acordó de lo que había mandado hasta medio día, que le echó (de) menos; entonces envió al Hermano Fray Pedro Vázquez que le desatase; y habiéndolo hecho, le preguntó el Siervo de Dios si el Padre Prior le había mandado otras cosa más que el que le desatara; y respondiéndole que no, él le dijo: -Pues Hermano, váyase, que ya está hecho; y habiéndole parecido al Padre Prior que Fray Francisco con lo que le envió a decir acudiría a sus ministerios en el convento, no hizo más reparo, hasta que a las seis de la tarde volvió a ver al Hermano Fray Pedro Vázquez y le preguntó si había desatado a Fray Francisco, el cual dijo lo que le había pasado con él; el Prior entonces reconoció que, aunque su ánimo había sido que le desatara para que viniera a acudir a su obligación, no había explicado más que la una parte, pareciéndole que bastaba; pero que eran tales los quilates de la obediencia del Siervo de Dios, que no se dio por entendido de lo que le quería decir, sino de lo que le decían; y así se le envió a llamar con el mismo Hermano, y él fue siguiéndole, y le hallaron hincado de rodillas, puestas las manos en tan profunda oración, que estaba enajenado de sí, de suerte que fue menester darle muchas voces para que volviese, quedando admirados de aquel raro ejemplo de obediencia.

 

CAPÍTULO VII

De su pobreza y castidad.

    La virtud de la pobreza es la que menos novedad hizo a Fray Francisco de la Cruz en el estado Religioso, porque toda su vida fue una continua necesidad; pero se debe aquí advertir que cuando los Apóstoles dejaron todas las cosas y siguieron a Nuestro Redentor, no porque eran pobres y no tuvieron que dejar se privaron de los altos merecimientos de esta virtud; pues habiéndose de atender al efecto y no al censo, no dejaron poco los que se dejaron a sí; con que imitando Nuestro Siervo de Dios la perfección apostólica, de tal suerte se dejó a sí, que no quedaron señas en él del hombre antiguo. Fue pobre, verdaderamente evangélico; nunca tuvo más de lo que vestía, menos dos túnicas interiores que, como cosa tan precisa, suplen por una; nunca tomó dinero que le diesen, o por limosna personal o en otra manera, sino en caso que la Obediencia le mandase ir a alguna cobranza, que luego en viniendo lo entregaba al Prelado sin que entrase en su celda, o llevándolo a los pobres de la cárcel, para quien solía pedir; si alguna vez hallaba alguna moneda en el suelo, hacía que otra persona la levantase y entregase al Cura o Alcalde del lugar, para que, no apareciendo dueño, la diese de limosna. Su cama era un jergón de pajas de centeno, y de ésta usaba alguna vez. En el viaje de Jerusalén jamás admitió limosna de dinero (habiendo sucedido sobre esto casos particulares), ni de comida y bebida recibió más limosna que aquella que por entonces había menester, sin reservar cosa alguna para otro día. Estando en Madrid, fue con la Comunidad a un entierro, junto a Provincia, y le dieron una vela como a los demás Religiosos; y pareciéndole que tenía una cosa superflua, se la dio de limosna a un pobre preso, que la pedía desde una ventana de la cárcel de Corte. En otra ocasión, enviado de la santa Obediencia, caminaba por tierra muy áspera (siempre a pie, como tenía costumbre); y como nunca llevaba más provisión que la de la Divina Providencia, al pie de una cuesta que había de subir se halló tan fatigado, que se sentó, por la mucha flaqueza que tenía, para tomar algún alivio, y entonces vio que bajando la cuesta venía hacia él un hombre con un pollinejo cargado de muy poca leña, y llegando a él le dijo: Toma ese pan (que sería cantidad de media libra) y ves aquí agua, come y te esforzarás y quedarás satisfecho en la necesidad que padeces. No hubo comido dos onzas de pan, cuando tomó el agua y bebió, y mientras bebía se desapareció el hombre y el jumentillo, y él quedó alabando a Dios que con entrañas amorosas de Padre así acudía a un hombre que tanto le había ofendido, y con aquel socorro caminó (reconociendo en sí grande esfuerzo) tres leguas de tierra muy fragosa.

En materia de castidad era singularísimo; puédese decir en esta ocasión lo que en otra fue tan celebrado: que una larga castidad equivale a la Virginidad. El recato de sus ojos era tan grande, así fuera del convento como en él, que casi siempre estaban fijos en la tierra. En los lugares de la Mancha, donde pedía ordinariamente limosna para el convento, redujo a muchas personas de amistades ilícitas muy antiguas a penitencia, y en esta parte le concedió Nuestro Señor rara capacidad y fuerza en el persuadir: decía que no sólo temblaba cuando le era forzoso hablar con alguna mujer, sino también cuando se le representaba al entendimiento. El P. Fray Juan de Herrera, su Confesor, en los apuntamientos que escribió de la vida de este Venerable Siervo de Dios hasta que empezó su peregrinación, dice que, en veintidós años y medio que le confesó, nunca hizo materia de cosa que desdijese de la castidad, ni en mucho, ni en poco: ¡ Bendito sea para siempre el Señor, que en un hombre nada continente quiso formar tal ejemplo de pureza, y que reservó para Fray Francisco de la Cruz lo que en todos los siglos sólo había concedido al casto José en Egipto, en el caso siguiente!

Ya dejamos dicho en el capítulo VII del libro primero como nuestro Hermano tuvo una amistad en Cuenca con una mujer principal; y en el capítulo XIV del mismo libro, como la misma mujer, estando herido en el Carmen de Madrid, le quiso sacar a curar a su costa, y que el fin era casarse con él, y con cuánto empeño el demonio la tomaba por instrumento para embarazar su vocación. Ahora, pareciéndole que necesitaba de armas auxiliares, se valió de esta propia mujer como de instrumento de guerra que ha conseguido tantas victorias de nuestra naturaleza; y pasando Fray Francisco en Cuenca por la calle de la Carretería pidiendo limosna para los pobres de la cárcel, empleo en que algunas veces se ocupaba con licencia de su Prelado y Confesor, en compañía del Hermano Portillo, un hidalgo de Villargordo, hombre con quien tenía grande intimidad, porque trataba mucho de espíritu y se ocupaba frecuentemente en estas y otras piedades, el cual habiéndose apartado a pedir la misma limosna por la otra acera de casas, desde una ventana dijo una mujer a Fray Francisco que entrase en el portal de la misma casa por limosna; él lo hizo así, y volviendo a decir la misma mujer desde una sala baja de aquella casa que entrase por la limosna, él entró y se halló con la mujer referida, y al punto que la conoció, sin aguardar más palabra, queriendo volverse, ella se abrazó con él, solicitándole con afectos y palabras, que si en aquel caso fueron excusadas, más lo será ahora el repetirlas. Como nuestro Hermano era hombre de fuerzas, le fue fácil el desasirse de la mujer, pero no de suerte que ella no se quedase con parte de la capa, prosiguiendo sus instancias y a un mismo tiempo procurando él apartarse tirando de la capa para poderse ir. Esto no le fue posible por la tenaz molestia de la inhonesta mujer; entonces, rompiendo el broche, se la dejó en las manos y tomó la puerta. Ella, volviendo en sí o no volviendo, le dio voces para que tomase la capa; él, sin atender a la capa, por no atender a la mujer, se fue corriendo en cuerpo por toda la calle, mirándole todos, como que había perdido el juicio cuando más le había logrado, diciendo repetidas veces: Jesús, María, José, alzando la voz destempladamente. El Hermano Portillo, que salía de pedir la limosna de una casa para irla pidiendo por las otras, viéndole correr de aquella manera, quedó fuera de sí con tan extraña novedad; y Fray Francisco, que le vio, le dijo: Hermano Portillo, vamos presto de aquí a la posada; fuéronse, y en ella fue preciso contarle el suceso, recatando la persona y la casa; que siendo hombres que trataban de perfección y tan amigos, y en la ocasión presente, se pudo referir sin nota.

El demonio, habiendo hallado cerrada esta puerta, le quiso entrar por la de la vanidad, y tomando ocasión de que la mujer se había declarado con un hombre principal y dádole la capa para que buscase a Fray Francisco y se la entregase, el hombre, imprudente o lisonjero, pareciéndole que con no declarar la persona estaba todo hecho, llevó la capa al Señor Don Enrique Pimentel, Obispo de aquella ciudad, el cual, queriendo hacer estimación del Siervo de Dios, mandó que viniese a su presencia, y entregándole la capa y rogándole que en sus oraciones le encomendase a Dios, motivó el que toda su familia supiese el caso y que, al irse, los criados se llegasen a él, unos diciendo que era Santo, otros exagerando el suceso, otros encomendándosele, otros queriendo besarle la mano, otros dándole gracias por la victoria conseguida, y alguna falseando el rostro con alguna risa sobre el desacierto de la mujer y sentimientos de menor disculpa que el mismo caso, y todos haciéndole nueva guerra, tanto más exagerada y cruel, cuanto menos era la intención de hacerla; con que nuestro Hermano, reconociendo todos estos escollos, se salió huyendo también del Palacio del señor Obispo y de la ciudad, pareciéndole que en todo peligraba, y que no es consuelo de una herida mortal el diferente nombre del instrumento; con que no se sosegó hasta tomar el puerto seguro de su Religión.

 

CAPÍTULO VIII

De la Hermandad que fundó y altares que erigió, con título de la Santa Fe Católica, y del cuadro de la Fe que formó por ilustración divina.

Por muchos años y a todas horas traía nuestro Siervo de Dios siempre al oído una voz que le decía: Fe, Fe, Fe; de donde le resultó el que en todo lo que escribía siempre empezaba: Ensalzada Sea la Santa Fe Católica; y en sus pláticas esta era la última salutación ordinaria, por cuya intención aplicaba sus oraciones y penitencias, y todo lo acomodaba a este fin, pareciéndole (y con razón) que en esto consistía el mayor bien. En hombre de tan fervorosa oración y de tan incansable mortificación, y que en lo natural era de limitado discurso, bien cierto es que todo lo que hacía, de donde resultaban fines tan soberanos, ejemplos tan dignos de ser imitados y fábricas que argüían talento y movían a edificación, sería con luces superiores e ilustraciones celestiales, en orden a que fuese ensalzada nuestra Santa Fe Católica en todos los lugares en que entraba; y en donde no había puestas Vías Sacras luego las formaba, disponiéndolo con las Justicias, aplicando esta intención, y con religioso culto de los pueblos se conservan hoy tan ejemplares memorias por toda la Mancha.

Fundó, con licencia de sus Prelados y de los Ordinarios, Congregaciones en muchos lugares con el título de nuestra Santa Fe Católica, dándolas piadosas y devotas Constituciones, y se admiraba mucho de que, siendo éste el principal motivo de nuestra Religión y habiendo tantas fundaciones de sus Divinos Misterios, no se hubiese fundado Hermandad alguna con este universal motivo; aunque esto no es de admirar, porque siempre ha sido estilo de Nuestro Señor conceder a su Iglesia, a diferentes tiempos, diversos favores y privilegios. Bien se conoce que era obra suya el que un Religioso Lego hiciese estas fundaciones, dándolas Constituciones tales, que personas de mucho ingenio y letras no las pudieran disponer ni más en razón, ni más eficaces, ni más devotas, y que, presentadas ante los Ordinarios de Toledo, Cuenca, Prioratos de Santiago y de San Juan, en los reinos de Castilla y León, y siendo examinadas con particular atención, movida del curioso concepto de la persona que las había ordenado, fueron aprobadas y aplaudidas debajo del título de nuestra Santa Fe Católica, firmándose los que en ellas eran recibidos esclavos de la Fe.

También se conoce la asistencia divina que tenía, pues erigiéndose altares con el título de Santa Fe Católica, significada en el cuadro que se referirá, y colocado en ellos en la Alberca, Villarrobledo, San Clemente, Tembleque, Argamasilla, Alcázar de San Juan, Madridejos, Campo de Criptana, Toledo y otras partes, en todas se celebró la festividad de la erección de estos altares con suntuosos aparatos y grandes gastos, siendo tan pobre el fundador que jamás tuvo un real suyo. En la ocasión en que se fundó en Tembleque la dicha Hermandad de la Santa Fe, tuvo el Siervo de Dios un particular desconsuelo, y fue que dos mozos, o inadvertidos o temerarios, viendo que la gente más principal de la villa se inscribían por esclavos de la Fe, le dijeron: -Que ellos no habían menester inscribirse, que bastante Fe tenían; a que Fray Francisco, arrebatado del celo de la Casa de Dios, dijo: -Pues bien; pueden desengañarse que el que tuviere tanta Fe como un grano de mostaza pasará los montes de una parte a otra; exclamación digna de un corazón a quien se le había dado la virtud de la Fe en tan alto grado. También se conoce cuán agradable ha sido a Nuestro Señor el que a su Madre Santísima se le dé nombre de la Fe; pues por sus Imágenes que con este título se han colocado ha obrado muchas maravillas, no sólo en España, sino en el Paraguay, donde una Imagen de Nuestra Señora, con el nombre de la Fe, es la devoción de aquel Nuevo Mundo, participada de la Mancha. La pintura que formó este Venerable Siervo de Dios de los Misterios de nuestra Santa Fe Católica, como materia nueva, por donde otro alguno por aquel lado no había discurrido ni delineado, la reconoció con examen particular el Consejo Real de Castilla, y aprobó y se le dio licencia para que la estampase y publicase por Cédula, firmada por su Majestad en 6 de julio del año de 1637, refrendada de Francisco Gómez de Lasprilla, su Secretario, la cual pintura de la Santa Fe Católica se significa y explica de esta forma:

Explicación del cuadro de la Santa Fe Católica

En el triángulo se significa la unidad de esencia en Dios; y en las tres coronas que tiene en las tres esquinas de él, que en Dios hay tres personas distintas; en el ramo y la espada que están dentro del triángulo, los dos atributos divinos, Justicia y Misericordia. En las palmas que nacen del pie de la Cruz que atraviesa el triángulo, el triunfo de la Iglesia Romana; en los Ángeles que están debajo de las palmas coronando multitud de Mártires, la Congregación de los Fieles; en los encadenados, que están en la parte baja del globo sobre que estriba el pie de la Cruz, los enemigos de la Santa Fe Católica; en las siete letras que están en el triángulo a la mano derecha de la Cruz, los siete Artículos que pertenecen a la Divinidad; en la primera significado el primer Artículo, y así en las demás; y en las otras siete que están a la mano izquierda de la Cruz, los otros siete Artículos que pertenecen a la Santa Humanidad de Nuestro Señor Jesucristo, colocadas con la misma significación que las primeras; en el Ángel y la Imagen de la Virgen Santísima Madre de Dios, que están a los dos lados del pie de la Cruz, la Encarnación del Verbo Divino; en las letras que están alrededor del triángulo y de la Cruz sobre cabezas de Ángeles, que dicen: Quis sicut Deus, el poder de Dios; en el Cáliz y la Hostia que están en medio de la Cruz, tomando parte de los brazos de ella, y tienen encima una corona, debajo del rótulo de la Cruz, los dos sacrificios, el cruento en la Cruz y el incruento en el Cáliz; a esto se sigue alrededor de la orla del cuadro, que significan lo que representan los cuatro Evangelistas que escribieron los Sagrados Evangelios, los cuatro Doctores de la Iglesia que los explican; las cuatro Religiones mendicantes y las cuatro Militares, que los defienden; en la Tiara que está debajo del triángulo, al pie de la Cruz, el Sumo Pontífice, Cabeza de la Iglesia; en las armas que están en la parte alta del globo, el Rey de España, que con ellas devela los enemigos de la Fe en las cuatro partes del mundo; en la serpiente que está debajo del globo, abrazada de la parte inferior de él, el demonio, que siempre está echando lazos; y en la maza que tiene en la boca, la mordaza que la Fe le pone, con que le hace callar; en las tres dicciones que están en la orla del cuadro, encima del triángulo y a los dos lados de él, y dicen: Creo en Dios, espero en Dios y amo a Dios, las Virtudes Teologales, que significan; en la pintura de una paloma que está en la esquina del lado derecho del cuadro, junto a los Doctores, y en el rótulo que está alrededor de la orla, que dice, valiéndose del verso del salmo cincuenta. Ecce enim veritatem dilexisti incerta, et oculta sapientiae tuae manifestati Ecclesiae, la manifestación de la Fe por el Espíritu Santo a la Iglesia Católica; en las letras que están entre el pie de la Cruz y el globo del mundo y dicen: Ensalzada sea nuestra Santa Fe Católica, el motivo de esta empresa; en las saetas de fuego que caen de lo alto del globo por la parte de adentro, a los lados de una muerte, sobre las pinturas de los principales Heresiarcas, como son: (...) presos entre llamas, y en las letras que están como orla del globo y dicen las palabras del verso del Salmo ciento diez y nueve: Sagitae potentis acutae, cum carbonibus desolatoris, las herejías diversas que han de afligir a la Iglesia por toda la vida del mundo, y que el fin de todas es el ser despojos de la Fe, quedando vencidas y asoladas.

Este es el cuadro que Fray Francisco de la Cruz dispuso para significación de nuestra Santa Fe Católica, o por mejor decir, el que dispuso Dios por medio de su Siervo, puesto que estuvo Su Majestad diez años en revelársele, y cada cosa de él se la dijo tres veces; y a lo último, le dijo estas palabras: Esto quiero que saques a luz, porque entiendan que no es cosa tuya, sino mía; y para ello te he escogido a ti, que eres ignorante, que es para prevenir un gran daño en los tiempos venideros.

Con que debemos reverenciar este cuadro como venido del Cielo, y como efecto de una providencia muy singular para los fines grandes que su Majestad sabe; por lo cual le dio a entender a su Siervo que convenía y era servido que se publicase y erigiesen altares donde los fieles renueven y conformen los votos de la Fe que profesaron en el Bautismo.

 

CAPÍTULO IX

 

De algunas prevenciones con que Nuestro Señor iba disponiendo a Fray Francisco de la Cruz para la peregrinación de Jerusalén.

 

    Los sentimientos que Nuestro Señor comunicaba a Fray Francisco de la Cruz eran muy frecuentes y diversos, pero en todos labrándole para la peregrinación a que le tenía destinado, y para que por este medio se consiguiese el cumplimiento de su santísima voluntad, concediendo al mundo conversiones nunca esperadas, prodigios no prevenidos y maravillas tan repetidas, que han sido empeños de su amor, ostentación de su poder.

Algunos años antes que tuviese las primeras luces de su viaje a la Tierra Santa, parece que Nuestro Señor le dio inteligencia de que a pocos ratos de amargura se seguían colmos abundantes de gozos sobrenaturales, pues en un camino de tierra estéril de los que ordinariamente hacía por la santa Obediencia, hallándose cansado se sentó, y por no tener rato ocioso se puso a leer en un libro espiritual, y estando leyendo sintió que el aire traía a su olfato olor de unas hierbas que él conocía por amargas. Hizo reparo, y advirtió que no había causa de que se pudiese originar; suspendiendo lo que leía, puso el espíritu en Dios, para que fuese servido de alumbrarle qué determinación era la suya en aquella situación, y le fue dado a entender esta palabra: Mirra. Él entonces, bañada su alma en gozos indecibles y soberanos, como quien recibe un gran beneficio no esperado, rompiendo de lo íntimo de ella suspiros ardientes y amorosos, dijo: -"Señor, bien conozco la tibieza con que doy cumplimiento a mis obligaciones, y también el sinnúmero de mis culpas, y que estáis justamente conmigo indignado; pero engrandezco vuestro inmediato poder y clemencia, pues me habéis dado a entender en la palabra Mirra que me queréis mortificado; dad claridad a mi entendimiento y fortaleza a mi alma para que yo elija la mortificación que os sea más agradable, y la ejecute con humildad y esfuerzo en Vos y por Vos, pues lo sois de humildes. Concededme, Señor, para que la consiga, que me aparte, por vuestro amor, de todo aquello a que se inclina mi natural, aunque sea lícito y honesto, y abrace todo lo que aborrece, por más penoso y desconsolado que sea, y que rinda mi voluntad mal ordenada en la porción inferior de la inclinación, apetito y parte sensitiva, al superior dictamen de la razón, para que, dando repetidas aflicciones al cuerpo, muera en él y viva en Vos"

Prosiguió su viaje, y en él le fue repetida esta palabra Mirra doce veces, y otras muchas en otras ocasiones antes de empezar su peregrinación. Pero nuestro Señor, que es fiel remunerador de voluntades resignadas, aquella misma noche le ofreció, estando en oración, en visión imaginaria, un Ángel muy hermoso y resplandeciente, todo cercado de zarzas y muy agudas espinas, que tenía el brazo derecho levantado y en él una corona hermosísima tejida de hojas de laurel y flores, dando a entender a Fray Francisco, con la acción y demostración que hacía, que aquella corona era para él; con que su corazón se fortificó a servir y padecer, viendo que tenía un Señor que, a afectos tan limitados, daba premios tan sin medida. No entendió el Siervo de Dios la calidad de las aflicciones que le esperaban, porque las juzgaba corporales como siempre habían sido; y no juzgó bien, porque lo que resultó de esta visión fue que empezó a sentir en su espíritu algunas sequedades y substracciones, y a reconocer notable mudanza en su gobierno espiritual, con que andaba confuso y desordenado; porque aunque procuraba con verdaderos actos de compunción recobrar la perdida devoción, no le era posible; y aunque conocía las razones con que su Padre espiritual le esforzaba, la guerra interior que traía sobrepujaba al Discípulo y a la segura doctrina del Maestro. Acordábase de aquel sosiego de los sentidos que tenía en sus ejercicios ordinarios, y como convaleciente a quien se le ha quitado el báculo, vacilaba a una parte y a otra, desanimada el alma de todo consuelo, sin quedarla más pie firme que el de la resignación; porque aunque ardía incesantemente el fuego divino en su pecho, estaba a su conocimiento cubierta la llama con sombras, para que de aquellas fraguas celestiales saliese a su tiempo acrisolada su fidelidad y paciencia, y para que la joya de tantos quilates hallada hiciese verdaderamente feliz al que la juzgaba perdida; nuestro Hermano, en borrasca tan desecha y en mar tan proceloso, se daba totalmente por perdido; porque si la memoria le recordaba la devoción sensible, conocía el desamparo en que se hallaba; si le representaba los consuelos interiores de su alma, veía la sequedad que la cubría cuando le proponía la voluntad con que prontamente se entregaba a todo lo que era servicio de Nuestro Señor; miraba el tedio que a esto mismo tenía y la tristeza que le causaba; andaba todo desbaratado, porque las batallas que había tenido eran del cuerpo y por tiempo limitado, y ahora eran del espíritu y le parecían eternas. Persuadióse, viendo las obscuridades en que se miraba, que totalmente Dios le había dejado, pues ni podía meditar, ni contemplar, ni se conocía a sí mismo; y si algo conocía en sí, era que ni obraba lo sensible, ni se excitaba lo imaginario, ni entendía lo intelectual.

El P. Fray Juan de Herrera, como tan gran Maestro, reconociendo por la conciencia de Fray Francisco que esta mudanza no se causaba de desorden en ella, sino que venía por impulso de Dios, le prometió de su parte la suavidad y consolación de su alma; con que, persuadido de alguna manera que el crédito de la doctrina es la primera perfección del discípulo, y no extrañada tanto la novedad con la costumbre, aunque duró por mucho tiempo este género de ejercicio, poco a poco se fue ilustrando su alma con resplandores divinos; y habiéndosele dado conocimiento de que los instrumentos con que había sido labrado no habían causado destrucción, sino perfección en su espíritu, volvió, como raudal detenido y luego desembarazado, con más ímpetu a la templanza y quietud que gozaba: porque la memoria ya devotamente sentía; el entendimiento, ya libre del velo de tantas obscuridades, veía la luz clara; la voluntad, ya perdido el tedio y la tristeza que la oprimía, había convertido el fastidio en ímpetus de afectos amorosos; y lo sensible, lo imaginario y lo intelectual que se habían perdido, se hallaban con la dulzura de haber vuelto a hallar su casa; con que rendido ante el divino acatamiento, y más y más fervorizado, le faltaban palabras y agradecimientos para aclamar tantos favores y misericordias.

 

CAPÍTULO X

De los motivos que tuvo para la peregrinación a los Santos Lugares y cómo se dispuso para ella, y de una gran desgracia que estorbó por ilustración divina.

   Después de haber Fray Francisco de la Cruz vuelto a la paz y serenidad que solía gozar en sus continuos ejercicios, hallóse en ellos tan mejorado, que llegó a tener una quietud de oración tan sobrenatural que, si de antes todas las cosas que veía le servían de instrumento para dar en cada una gracias al Criador, ahora estaba tan dentro de sí en Dios, que no le movían a hacer reparo en ellas. Íbale previniendo para que llevara su Cruz a la Tierra Santa, y quería aplacar, por medio de esta penitencia, su justa indignación contra los hombres; y para esto le quiso dar a entender aquel presente estado en las visiones siguientes:

Vio una vez, durmiendo, que llovía con grande tempestad, y que lo que llovía eran rayos de fuego.

Vio otra vez, durmiendo, que llovía sangre en una villa, seis leguas de Toledo.

Vio otra vez, durmiendo, que la tierra se ardía junto a Madrid, y que el fuego bajaba del Cielo.

Vio, otra vez, con los ojos corporales, una serpiente en el aire de muchas leguas de magnitud que con la cola llegaba junto a Madrid, como que amenazaba, y que haciendo Fray Francisco la señal de la Cruz se deshizo luego, con que conoció que el remedio estaba en la Cruz.

Vio otra vez con visión imaginaria en unas tinieblas una Corona de oro.

Vio otra vez en visión imaginaria, entre tinieblas, una Corona de espinas, y conoció que se la daban a él, sin ver quién se la daba.

Vio otra vez, también imaginariamente, un Clavo de Cruz, de la misma manera que vio la Corona de espinas entre tinieblas.

Vio otra vez, con los ojos corporales, dos nubes en el cielo, muy encendidas, que se apartaban y se volvían a juntar, a modo de pelea, y se le dio a entender que significaban guerras en España.

Vio otra vez la Cruz en visión imaginaria; y siendo este instrumento de nuestra Redención todas sus delicias, y lo que más regalo y consuelo le causaba, en esta ocasión le dio tal sobresalto el verla, que de la pena que sintió pensó morir de repente, sin que en esto le fuese dado locución ni significación alguna.

Otra vez le dijeron, estando en la más ardiente de su oración: Está el mundo lleno de vicios, está para perderse.

Otra vez le dijeron: Está Dios enojado con los hombres por sus muchos pecados; es cierto que se los perdonará, si hiciesen penitencia.

Persuadióse que sus culpas eran la causa de que el mundo se perdiese, y que los enojos divinos eran contra él, porque habiéndole traído a la Religión no había hecho penitencia; y que, si a vista de tantos avisos no se enmendaba y hacía alguna singular mortificación, no solamente él se perdería, sino que sería causa de que muchos se perdiesen. ¡Oh bien ordenada y útil consideración, que el que ama, sirve, agrada y es premiado, amado y favorecido, vuelto en sí, no sólo dice: Siervo inútil soy, sino: causa de todos los daños soy! Luego quien ni ama, ni sirve, ni agrada, ni por sus obras es premiado, ni amado, ni favorecido, y respira sin cuidado y duerme sin zozobra, y vive sin aflicción, y en lugar de muchos méritos buenos tiene muchos méritos malos, claro es que no está en sí.

Apoderóse esta santa idea tanto de su entendimiento, que ni sosegaba, ni vivía hasta que hallase modo de hacer una mortificación muy desigual de las que hasta ahora había hecho, asegurándose que todas eran tibias e imperfectas, y de que estaba totalmente inmortificado; y que si en orden a esto había hecho algo, no había sido agradable a Nuestro Señor, y así no podía producir buenos efectos; con que llevado de estas santas y debidas consideraciones, andaba buscando un género de aflicción corporal que, rindiendo en él y casi aniquilando todas las impresiones de tierra, sin estas contradicciones levantase el espíritu a Dios y de esta suerte fuese de grande valor: también reconocía que acción suya no le podía tener. Estando ocupado en estos discursos, previno que esto sólo se podía conseguir en alguna imitación de Nuestro Redentor, con que le llevó luego la memoria y el afecto a los quebrantos de su Pasión; y una vez empezado a tomar este camino, claro está que le había de andar, hasta tropezar con el valor infinito de su misteriosa crucifixión. Aquí hizo alto, pareciéndole que, para llevar a crucificar sus culpas, era menester ir como fue el Señor a borrar las de todo el mundo, clavándolas en su Cruz, llevándola como Él a cuestas y colocándola en el mismo sitio en que estuvo el Sagrado Leño, y en él pendiente nuestra salud: con que se resolvió (viendo que el Salvador había caminado a tomar aquel puesto con aquel precioso Madero en sus hombros con tantos dolores y afrentas) imitarle, como mejor le fuese posible, sin perdonar angustia, descomodidad, trabajo ni aflicción, llevando una Cruz sobre los suyos, desde esta Provincia de Castilla, en peregrinación, hasta ponerla en el Sagrado Monte donde estuvo la de Cristo Jesús, nuestro bien, para procurar conseguir su aplacación y propiciación.

Permítaseme decir en el modo que se puede que este pensamiento de nuestro Siervo de Dios fue dichoso de mal fundado, o que fue un engaño piadoso; porque certificarse con tan vivos discursos de que era el mayor pecador, y de que era causa de todos los males, sólo parece pudo ser para que se lograsen tan buenos afectos; porque aunque la justificación se nos da toda de limosna, comprendiendo la gracia de la disposición, y nadie puede certificarse de que la recibe, todavía por la bondad de Dios, por el inmenso precio de la Sangre de Jesucristo su Hijo, por la virtud de los Sacramentos y por la falta de acusación de la propia conciencia, se puede piadosamente persuadir un alma a que está en amistad de Dios; pero Fray Francisco de la Cruz, en quien parece concurrían estas razones, le hacían mucha fuerza las contrarias, por el santo recelo con que los hombres espirituales, mientras más ilustrado tienen el conocimiento, siempre se temen más y obran más, porque siempre es incomparable la distancia de lo que son a lo que deben ser.

Esto, que en su alma propuso con piedad, devoción y providencia, lo ejecutó con resolución, presteza y valentía; que en los hombres de su espíritu todo lo que mira a Dios camina arrebatado, porque va a su centro; y desde esta ocasión fue disponiendo los medios para la consecución de tan alto fin.

Esto que vamos refiriendo pasaba por el año 1641, en que esta materia se empezó a consultar por su Confesor y Prelados, reconociéndose las grandes dificultades que tenía.

Por este mismo tiempo le fue dada inteligencia de que lo que intentaba era muy del agrado de Nuestro Señor, y de que aplicase el principal intento de esta penitencia por la exaltación de la Santa Fe Católica, por la paz, en aquellas presentes guerras, entre los Príncipes cristianos, y enmienda de costumbres, y que en su viaje siempre fuese exhortando a oración y penitencia; con que desestimados los inconvenientes, se aseguró del cumplimiento de esta proposición.

Pero como sabía que la Obediencias es el norte fijo de todos los movimientos santos, dispuso consultar su determinación con su Prelado inmediato, que entonces era el mismo Padre Fray Juan de Herrera, Confesor y Maestro espiritual de nuestro Hermano, pidiéndole licencia por escrito para hacerlo con más expresión y claridad, y para significar cabalmente sus motivos, causas y razones; y así lo hizo, en la forma siguiente, según está sacado al pie de la letra de los papeles originales, los cuales, con los demás que nos han dado materia para las adiciones de esta segunda impresión, paran en el archivo del convento de Madrid.

 

Ensalzada sea la Santa Fe Católica. Amén.

REVERENDO PADRE PRIOR:

Fray Francisco de la Cruz, el gran pecador, indigno súbdito de V. P. R., hablando con la humildad, devoción y reverencia que debo, y protestando ante todas las cosas que soy, por la gracia de Dios Nuestro Señor, cristiano, hijo fiel de nuestra Santa Madre Iglesia Católica Apostólica Romana, y como tal me someto a su corrección en todo lo contenido en esta petición; y así digo en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo, tres Personas y un solo Dios verdadero: Que viendo en la manera que puedo, con el divino favor, los admirables beneficios que Dios por su bondad nos hizo a los hombres en criarnos a su imagen y semejanza, haciéndonos capaces de conocerle y amarle, por lo cual le debemos toda adoración, obediencia y reverencia, como a nuestro Criador; y viendo Su Majestad la perdición nuestra, causada por la culpa original, nos hizo otro admirable beneficio dándonos a su Unigénito Hijo por Redentor y Maestro, el cual fue concebido por obra del Espíritu Santo, y nació de Santa María Virgen, y padeció y murió, y fue sepultado por nosotros, y después de haber resucitado subió a los Cielos con su propia virtud, y desde la diestra de su Padre Eterno, donde está, ha de venir a juzgarnos a todos los vivos y muertos; por todo lo cual le debemos ser agradecidos y servirle y amarle, y mucho más por ser su bondad la que es y por el infinito amor con que nos ama.

Y para que participemos de sus infinitos merecimientos nos dejó en la Iglesia Santa los siete Sacramentos, por medio de los cuales nos comunica su divina gracia y nos hace hijos suyos y herederos de su divina gloria. Y viendo el demonio, enemigo de Dios y nuestro, que nuestro buen Dios nos ama tanto, lleno de envidia ha procurado introducir en el mundo horribles tinieblas en los corazones de los hombres: en unos, para que no vean la certísima luz de nuestra Santa Fe Católica; y en otros, para enfriar el amoroso fuego de la santa caridad; de las cuales tinieblas han resultado innumerables culpas y pecados, de los cuales está Nuestro Divino Dios muy ofendido, lo cual creo por las calamidades, nunca otra vez vistas semejantes entre cristianos, como al presente se ven entre los muy católicos y cristianísimos Reyes de España y Francia, y entre sus vasallos y entre otras muchas Provincias de la Cristiandad, que son las encendidas guerras, con las cuales los Reyes gastan sus tesoros, con menoscabo de sus municiones, y los vasallos padecen, no sólo gastando sus haciendas por ayudar a sus Reyes y señores, sino dejando sus Patrias y casas, haciendas, mujeres, hijos y familias, arriesgando la salud, vidas y sus honras, de que se ocasionan muchas culpas y se aumentan las ofensas contra Nuestro Señor Dios; y permitir Dios nuevas caídas de pecados sobre tantos como habemos cometido, que es indicio de nuestra perdición, la cual temo con grandísimo dolor de mi ánima, fundándome en ver que falta la paz y en ver que los Reinos están divididos; y Dios dice que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Según lo cual nuestro remedio está en que nos convirtamos y hagamos penitencia, para que Dios nos perdone como hizo a los de Nínive; y la Iglesia, Nuestra Madre, dice que a Dios, a quien ofende la culpa, la penitencia le aplaca.

Por tanto, pues, el remedio es la penitencia; en confianza de Dios añadiré a mis pobres ejercicios la penitencia siguiente: En el nombre de Dios Todopoderoso y de la Virgen Santísima, María del Monte Carmelo, y de todos los Santos Apóstoles y Evangelistas, y de todos los Santos de la Corte celestial, pido licencia a V.P. para ayunar tres años continuos, sin faltar ningún día, excepto los domingos; y que los ayunos hayan de ser, no sólo con abstinencia de carne, sino con abstinencia de todos los manjares, comiendo solamente pan y agua, y no más de una vez al día, sin hacer colación de noche, excepto los domingos, que podré comer más de una vez y usar de comer cualesquiera frutas o legumbres, guardando siempre la abstinencia de carne, huevos, pescado y cosas de leche, que esto nunca se ha de comer; tengo de caminar siempre a pie, y pedir de limosna lo que comiere y dar a pobres lo que me sobrare, sin reservar nada de un día para otro; tengo de observar la pobreza evangélica, sin poseer ni tener moneda alguna, ni recibirla de limosna, ni tocarla, ni levantarla del suelo, aunque la halle caída; usaré siempre de traer cilicio, y los días que pudiere tomaré disciplina; sufriré las injurias por Dios, y desde luego las perdono a quien me las hiciere y a los que me las hubieren hecho antes de ahora en cualquiera manera; llevaré una Cruz a cuestas desde aquí a Roma, y allí visitaré con ella las siete iglesias principales y más las que pudiere; y en el camino visitaré en cada lugar, ciudad o villa el Santísimo Sacramento del Altar, por lo menos una iglesia y más las que hubiere lugar. Y si en Roma nuestro Santísimo Padre el Pontífice y nuestro Reverendísimo Padre General me dieran licencia para llegar a la ciudad de Jerusalén, iré con la Cruz a cuestas a visitar el Santo Sepulcro de Cristo, Nuestro Redentor, y los demás Santos Lugares de la Tierra Santa; y desde allá volveré a esta santa Provincia, y en todo siempre con la Santa Cruz a cuestas; todo en confianza de Dios, de quien espero su divino favor y fuerza, mediante su divina gracia.

Y aunque conozco y confieso que mis culpas y pecados son tan grandes, que no bastarán todos los hombres del mundo para satisfacer la divina justicia con toda la penitencia que pudieran hacer, con todo eso digo, con el pesar que puedo de haber ofendido a Dios nuestro bien; digo que en satisfacción ofrezco a su bondad infinita los infinitos merecimientos de su Unigénito Hijo, Nuestro Redentor y Maestro Jesucristo, y los merecimientos de su Santísima Madre y de todos los Santos, y confío en la divina misericordia que perdonará mis pecados y las penas debidas por ellos; y si fuere servido de que yo haga alguna satisfacción, la remito para después de pasado los tres años primeros siguientes, que se contarán desde el día de la Circuncisión del Señor, del año que viene de mil seiscientos cuarenta y tres, hasta el mismo día del año de cuarenta y seis, porque en estos tres años siguientes es mi intención ofrecer lo dicho por la paz y concordia entre todos los Reyes y Príncipes cristianos, y de todas las Repúblicas y Provincias de la Cristiandad, y en recompensa de todas las injurias, ofensas y agravios que todas las criaturas del universo hemos hecho contra Nuestro Dios, Criador, Señor Nuestro y Salvador, de quien esperamos los fieles la Bienaventuranza. Y mis ansias son que la Santa Fe Católica se dilate por todo el mundo, pues por todos padeció y murió nuestro Señor, y que haya paz, porque podamos mejor obedecer, servir y amar a Dios, y así se coja copioso fruto de su Redención, y nosotros participemos de los merecimientos de Cristo, mediante la misericordia divina, y así le gocemos y alabemos en la bienaventuranza eternamente, donde vive y reina con Dios en Trinidad de Personas, por todos los siglos de los siglos. Amén, Amén. Y así lo firmo de mi nombre, en este Santo convento de Señora Santa Ana de la villa del Alberca.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. Un esclavo de nuestra Santa Fe Católica. Y un indigno súbdito de V. P. R.

FRAY FRANCISCO DE LA CRUZ

                             el gran Pecador

Ensalzada sea la Santa Fe Católica, por siempre jamás

Amén. Amén. Amén.

Esta fue la petición que presentó nuestro Hermano ante su Prelado inmediato, pidiendo licencia para ejecutar lo contenido en ella; y si esta obra diera lugar para las ponderaciones que se ofrecen, se pasara, de los términos de una historia singular, a panegírico interminable, que no es sujeto de menos una obra tan heroica y de circunstancias tan heroicas, que aun fuera mucho voto para la criatura más esforzada de todo el mundo, puesto que no cabe en humanas fuerzas, aun ayudadas de los auxilios divinos de esta Providencia ordinaria, obligarse a hacer milagros. Y si llevar una Cruz a cuestas desde Castilla hasta Roma y Jerusalén, y volver con ella a pie, cargado de cilicios de hierro y muy pesados, comiendo solamente pan y agua, y esto muy pocas veces, tomando disciplinas lo más días, en tiempo que, con los muchos años y el rigor de las penitencias continuas se hallaba tan deshecho, que pudiera decir lo que el Santo Job, que, consumidas sus carnes, tenía pegada la piel con sus huesos y apenas le habían quedado labios para poder pronunciar; digo que si esto es milagroso, o milagros, lo juzgará a quien le toca; sólo diré yo una palabra, y es: que fue sin duda ilustración de Dios que fuesen tan soberanos los motivos de su empresa como se descubren en su petición; que una hazaña tan gloriosa, dejara de serlo a no mirar fines tan altos.

Consideró su Prelado la petición de nuestro Hermano, y le concedió por escrito la licencia y sin mucha dificultad; y a mí me parece no pudo tener otra razón concluyente que persuadirse a que en Fray Francisco asistía aquel espíritu mismo que en San Pablo, cuando decía: Todo lo puedo con Dios, que me conforta. Firmó, pues, la licencia en 29 de diciembre de 1642.

En el Capítulo de la Orden que se celebró en Valladolid por mayo de 1642, pareció Fray Francisco pretendiendo licencia para ejecutar esta sin ejemplar determinación; y reconociendo su edad, y los graves embarazos que tenía la pretensión por una parte, y por otra su espíritu y trato con Dios, se le dio licencia para que fuese a Roma a conseguir aprobación de la Hermandad y Altares que había fundado con título de la Santa Fe Católica, con calidad que no la cumpliese hasta fin de febrero del año siguiente de 43, para con más tiempo (respecto del limitado que tiene el Capítulo) consultar si convendría dársela para la visita de los Santos Lugares con Cruz a cuestas.

Este mismo año, dos meses antes de Santa María Magdalena, el Padre Fray Pedro de Borja, Religioso de aquella conventualidad, salió a Villarrobledo a predicar el sermón de la Santa, en la fiesta que en su día se había de hacer en aquella villa. El día antes en la noche se entró Fray Francisco en el coro a tener oración, y al salir de Maitines dijo al Padre Prior: -Vuesa Paternidad se ha de servir de darme licencia para que luego me parta a Villarrobledo (aunque la noche es tenebrosa y amenaza tempestad) para llevar al Padre Fray Pedro de Borja dos espejos que se le han olvidado, que son un Santo Cristo y una calavera, que en el sermón de la Magdalena son precisos. El Padre Prior le dijo: - Que aquellas insignias no eran necesarias en sermón de festividad. Fray Francisco le replicó: -Que era muy del servicio de Nuestro Señor que él se partiese luego, y así, que convenía le permitiese ir, porque era de suma importancia. El Padre Prior, con el conocimiento que tenía del sujeto, entró en recelo y le dio licencia, y con ella se puso en camino, y al día siguiente llegó a Villarrobledo cuando Fray Pedro estaba para subir al púlpito, y extrañó mucho el verle, y nuestro Hermano le dijo que venía a traerle aquellos espejos, porque sin ellos no era bien que hubiese quien predicase de la Magdalena. Con que pareciéndole al predicador que allí había luz superior, los mostró en su ocasión al auditorio, haciendo con ellos una general exhortación, y causó grande movimiento. Los efectos interiores que de esto resultarían no se llegaron a conocer, pero bien se dejan presumir. Lo público fue que, después de acabada la fiesta, el Mayordomo de ella llevó, con otros convidados, a su casa a comer a los dos Religiosos, y estando para empezar en unas escudillas de caldo, dijo Fray Francisco: -Ninguno las pruebe, porque están envenenadas. Entonces entraron todos en confusión, y volvió a decir que, para que lo viesen, trajesen la olla; y la trajeron, y prosiguió diciendo: - Saquen el repollo, y abran una de esas dos partes en que está dividido, y hallarán dentro un sapo que se ha cocido con ella y la tiene envenenada. Hiciéronlo así, y hallaron el sapo, y enterraron la olla y comieron de otras cosas prevenidas, y Fray Francisco no quiso comer con ellos, por lograr su pan y agua; y todos dieron gracias a Dios del peligro de que milagrosamente se veían libres, reconociendo la admirable santidad de aquel Religioso, el cual daba también gracias a Nuestro Señor, muy cumplidas, de que le hubiese tomado por instrumento para socorrer al prójimo en riesgo tan evidente, y de que hubiese querido que pasase las inclemencias de aquella noche para estorbar tan grande mal, teniéndolo por singular favor, pues imitaba de algún modo al que tan a costa suya libertó nuestra humana cautividad.

 

CAPÍTULO XI

En que se resuelve que se haga el viaje a Jerusalén con Cruz a cuestas, y se empieza con algunas circunstancias particulares.

En el tiempo que le reservó el Capítulo para volver a consultar la licencia que con grande solicitud procuraba nuestro Siervo de Dios para la visita de la Tierra Santa con Cruz a cuestas, se hacían muchas juntas por los mayores sujetos de la Religión, en virtud y en letras, que en todas edades han florecido en ella tan grandes, que han sido, no sólo lustre glorioso de su Familia, sino adorno y resplandor de toda la Iglesia Católica.

Por este mismo tiempo vio una maravillosa visión (que fue la tercera que tuvo de la Santa Cruz), apareciéndosele en el aire y dándole Dios clara inteligencia de que gustaba que hiciese otra como aquella y la llevase en peregrinación a Roma, a Jerusalén y a Santiago de Galicia, y que con esta penitencia se aplacaría, para estorbar un mal grande que amenazaba a la Cristiandad; quedando Fray Francisco de la Cruz con ardentísimos deseos de ejecutar la voluntad divina y cada día más certificado que conseguiría la licencia que casi dos años había pretendido. También el P. Fray Juan de Herrera, su Confesor y Prelado, como Ministro más íntimo de esta pretensión, hacía fuertes instancias para que se le diese la licencia, y es cierto que fue lo que hizo mas peso en el aprecio de la Religión. En fin, se le concedió, con grande consuelo de todos (porque esta fue una expectación universal en toda la Provincia), en 7 de febrero de 1643, con calidad que el peso de la Santa Cruz no excediese de quince libras castellanas; y Fray Francisco, habiendo conseguido la del Señor Nuncio de Su Santidad, y después de haber hecho extraordinarias mortificaciones y penitencias por el buen suceso de negocio tan arduo, pasó a San Clemente a disponer que se hiciese la Cruz, la cual labró un carpintero que se llamaba Alonso de Haro; y es de advertir que desde luego quiso Nuestro Señor mostrar cuánto era de su agrado la formación de esta Santa Cruz, porque el dicho oficial andaba enfermo, y desde que dio el primer golpe en su labor se halló libre de la dolencia que le afligía. Formóse un letrero en los brazos de ella, con las palabras de San Mateo al cap. XVI de la Sagrada Historia, que dice:

Qui vult venire post me, tollat Cruce suam et sequatur me.

Y otro a lo largo del lugar, de San Pablo, al cap. II de la Epístola ad Philipenses, que dice:

Humilliavis se metipsum usque ad mortem, mortem autem Crucis.

Los cuales dos lugares de las divinas letras se pusieron en la Santa Cruz por especial inspiración de Dios que para ello tuvo nuestro Hermano, para que no faltase circunstancia en la obra que no fuese digna de veneración.

Fabricada la Santa Cruz, faltaba pagar al carpintero; y estando nuestro Hermano con él a la puerta de su casa tratando del precio para saber qué cantidad había de pedir de limosna para la paga, pasó por allí D. Juan Pacheco de Guzmán, Caballero de la Orden de Alcántara, y sabiendo lo que se trataba y conociendo la suma pobreza del Religioso, sacó el dinero y pagó la santa hechura, y Fray Francisco la llevó a un aposento que le daba en su casa Doña Ana de la Torre, en donde estaba cuando salía a pedir en aquel lugar las limosnas que le mandaba la santa Obediencia. Desde allí la llevó a su convento; y en las dos leguas que hay desde San Clemente a la Alberca, ¿quién podrá significar los gozos de su alma y los coloquios amorosos que iba diciendo a su Cruz? ¿Quién duda que se valdría de los que nos dejó San Andrés en la proclamación del Sagrado Madero?

Fue muy bien recibido en el convento, y habiendo llegado el dichoso día del cumplimiento de sus licencias y principio de su peregrinación, se despidió tiernamente de la Imagen de Nuestra Señora del Socorro, para no apartarla de su corazón en todo el camino, y con muchas lágrimas de aquellos Observantes Religiosos, y en especial del Padre Fray Juan de Herrera, que le puso precepto que al entrar en cualquier lugar siempre fuese vía recta a la iglesia e hiciese oración al Santísimo Sacramento, el cual empezó a ejecutar en la de su mismo convento en el nombre de la Santísima Trinidad y de su Madre Santísima del Carmen; salió a la peregrinación en forma apostólica, con su Cruz a cuestas, que pesaba quince libras, en diez y seis de marzo del año mil seiscientos y cuarenta y tres, siendo de edad de cincuenta y siete años, dos meses y veinte días.

Salió a campaña este soldado valeroso con aquel Estandarte Real desde donde reinó Dios, con aquel Leño que tuvo en sí pendiente el precio de todo el mundo y que al perderle se estremeció la tierra en temblores confusos y vergonzosos por lo que hacían sus hijos, o porque no le habían conocido antes con la Sagrada insignia de la Cruz, digo, en donde se hizo posible (aunque a tanta costa) borrarse lo infinito de una culpa, siendo instrumento de la mayor victoria, a cuya vista, no sólo se desarman las furias infernales, sino que se pasman los Cielos. Iba caminando Fray Francisco de la Cruz, con la alegría que se puede considerar de que ejecutaba la voluntad divina; y como ésta era por el camino de Cruz, quiso que gozase de sus efectos y que fuese acrisolado en los sobresaltos siguientes:

Aquel mismo día, prosiguiendo su viaje, iba en su continua oración, cuando reparó que se ponían delante, como embarazándole el paso, diversos animales en varias formas, y cada uno en la suya, con notable desproporción de grande, y que mirándole con vista espantosa, le amenazaban con horribles demostraciones. Al principio, como iba tan fervoroso, no puso bastante atención, queriendo ir caminando; pero como tantas veces le rodeaban y se le ponían delante embarazándole los pasos, conoció lo que podía ser, y valiéndose de sus armas, se quitó la Cruz del hombro, y tomándola en ambas manos, como quien la lleva en procesión dijo:

-¿Quién es bastante a impedir los caminos de Dios?

Y apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando se vio libre de aquella infernal molestia y volvió a seguir su viaje en la forma que de antes.

Otro día, estando en Alconcher sentado descansando, junto a una casa donde está el horno del pan, vio venir hacia donde estaba un gato negro, y en un instante le dejó de ver, y en la misma parte por donde venía el gato vio un hombre que, llegándose a él, le dijo:

-Quisiera saber para qué un viejo intenta un viaje tan largo con Cruz a cuestas.

A que le respondió el Siervo de Dios:

-Supuesto que no es suyo el Fraile, ¿quién le mete en ello?

Y entonces el hombre le dijo:

-Antes que veas cumplido tu deseo, yo me vengaré de ti.

Y desapareció con grande ruido y espanto.

El mismo día se llegaron a él dos mancebos vestidos de negro, y en buena conversación le iban acompañando, y en diferentes pláticas que se movieron una fue, usando de amistad compasiva, decirle que se había metido en intentar lo que no cabía en fuerzas humanas, y que muchas veces, envuelta en la presumida perfección, viene la tentación, y que hacía empeño en un imposible, y que confiar tanto de sí era parte de soberbia. Él les respondió con la misma razón antecedente:

-¿Qué se meten ellos en esto? Que no es suyo el Fraile.

Y dicho esto, vio otros dos mancebos junto a sí, de mucha gala, que dijeron a los primeros:

-Váyanse luego y no estorben el camino de este Religioso.

Dicho lo cual se desaparecieron todos cuatro, y reconociendo que no se pasaba momento de tiempo en que no recibiese alguna particular misericordia de la poderosa mano de Dios, aclamando su bondad y grandeza entró en segura y alta confianza de que había de ver el dichoso fin de su peregrinación.

 

CAPÍTULO XII

 

De un singular favor que le hizo la Virgen del Carmen, y de cómo llegó a Navarra y entró en la Francia.

Amaneció el día siguiente; y bien se puede decir amaneció, pues a las tinieblas más obscuras y horrorosas sucedió la mejor aurora disipándolas y confundiéndolas. Caminaba Fray Francisco en profunda meditación, cuando, suspendido algo de una apacible novedad, reconoció que traía el aire fragancia tan delectable y olorosa, que se recreaban en ella los sentidos; tan extraordinaria, que no pudiéndose declarar con flores, rosas, hierbas ni aromas, no siendo como de alguna, sobrepujaba a todas; tan suave y excesiva, sin embarazar lo excesivo a lo suave, que en ella amorosamente se regalaba el olfato y fervorosamente se encendía el espíritu. Admiró también que a un mismo tiempo se cubría el aire de pájaros de varias naturalezas y de varios géneros de música y sólo no varios en la perfección y destreza con que cantaban, pues cada uno recreaba el oído, y todos juntos le aplaudían y admiraban, componiendo la hermosa unión de una música la concertada diversidad de diferentes voces y músicos.

Estaba sin poder dar fondo a caso tan raro y ameno, a suceso tan extraño y amable, cuando advertidamente reconoció con los ojos corporales que le salían al encuentro doce hermosísimas doncella, divididas seis en cada lado, todas ricamente vestidas y adornadas de resplandores excesivos, trayendo cada una en la mano una antorcha, y que al fin de todas venía una niña con el Hábito de su Religión, vestida de blanco y pardo, cercada de tales resplandores, que en su comparación pierden el lucimiento las estrellas, padece eclipses la Luna y confusiones y embarazos el Sol, y que llegándose a él le dijo:

-Prosigue tu camino sin que te embaracen trabajos ni adversidades, que yo, que soy tu Madre, te ampararé.

Dicho esto, acordando más sus dulces acentos las aves, excediendo más las fragancias que ocupaban el ambiente, brillando más las galas de aquellas perfectísimas criadas, luciendo más las antorchas que tenían en las manos, y obscureciendo más sus resplandores el día, bajó una nube con rojos brilladores matices, con lucidos apacibles reflejos, cubriendo a los ojos del Siervo de Dios este hermosísimo teatro.

Quedó agradecido y confuso, pidiendo a Nuestro Señor trabajos y adversidades por lograr tan celestiales amparos, y haciendo en todos los lugares en que entraba oración al Santísimo Sacramento, conforme al precepto que tenía (que observó puntualmente hasta volver a su convento de Santa Ana de la Alberca), proseguía su viaje, saliendo los pueblos a verle y a acompañarle por largas distancias, edificados de su devoción, edad y penitencia, rogando todos a Dios fuese servido que celo tan piadoso y fervor tan sin ejemplar llegase a conseguir dichosamente el virtuoso fin de su empresa.

Iba Fray Francisco con una voz edificadora exhortando a todos a oración y penitencia, aclamando la Exaltación de la Santa Fe Católica.

De esta suerte llegó al reino de Navarra y a su Corte, la ciudad de Pamplona, víspera de la Santa Cruz de Mayo, en donde causó tal novedad el verle, que se conmovió toda la ciudad, asegurándose todos que esta era obra del Cielo, y que Nuestro Señor se había de apiadar de las dos Coronas, España y Francia, en aquellas presente guerras, concediéndoles la deseada paz. Fue al convento de su Orden, y el Padre Prior al día siguiente, por serlo de la Santa Cruz, en la procesión conventual permitió que Fray Francisco llevase la suya; donde asistió tanto concurso que, después de acabada, fue necesario retirarle porque no le cortaran los hábitos. El Cabildo Secular de aquella ciudad le envió dos Caballeros Comisarios para que de su parte le ofreciesen todo el dinero que fuese menester para el camino, y para pagar los tributos que tienen impuestos los turcos en sus Aduanas a los peregrinos que pasan a la veneración de los Santos Lugares trasmarinos. Él se excusó, agradeciendo demostración tan cristiana y generosa, diciendo que iba confiado sólo en la Divina Providencia, persuadido a que, en valiéndose de medios humanos, no había de conseguir su intento. Los Caballeros Comisarios, viendo que sus ruegos no eran bastantes para que recibiese la liberal ofrenda de aquella nobilísima ciudad, el día que se partió de ella le fueron acompañando hasta que la perdió de vista. Entró en la Francia por la parte de Bayona, y en aquella antigua y célebre villa, que ésta y las demás numerosas poblaciones de la Francia, por más antiguas y nobles que sean, se nombran así porque en ella no se usa del nombre de ciudad, y causó diferentes rumores su venida: unos decían que era loco de tema extravagante; otros, que era embustero y que por allegar limosnas quería mover los ánimos con aquella no común resolución; otros, que se valía del Hábito del Carmen por tener tan general filiación; otros, que era Santo fingido y que desdichada y trabajosamente afectaba aquella costosa virtud; otros, que era algún buen hombre devoto que presto se cansaría.

El Sr. Obispo, armado de su jurisdicción, antes que llegase al convento de su Orden le hizo prender y pidió las licencias; y viendo que estaban en forma, dijo que eran falsas, y le mandó llevar a la cárcel y que en tres días no le diesen de comer; no se sabe con qué espíritu se resolvió a tan extraña y arriesgada determinación, y siempre debemos presumir que asiste Dios a los jueces, y de aquí resultó gloria suya en el crédito de su Siervo; aunque lo más cierto parece fue que el Sr. Obispo juzgó que era embuste mal cimentado y quiso embarazarle en su origen, y que no se alborotase la Francia con descrédito suyo, pues era el primer Prelado que lo debía remediar. Discurso político, fundado sólo en razón humana, que nuestro Señor quiso que no prevaleciese, pues no era principio para motivar de él resolución tan rigurosa; y así como tantos años sustentó a su Siervo con pan y agua y algunas legumbres, ahora le quiso sustentar estos tres días sin alimento alguno; de lo cual certificado el Sr. Obispo, por la persona en cuya custodia había estado, de que en todos tres días no había comido y de que, si no es algunos breves ratos que había dado al sueño, lo demás del tiempo había gastado en oración, le mandó traer de la cárcel a su presencia con demostraciones de honra y aplauso, y le recibió mostrando afectos y urbanidades, encomendándose en sus oraciones y refrendado las licencias, y mandando le diesen una copiosa limosna, la cual, viendo que casi por fuerza le obligaban a que la recibiese, pidió al Sr. Obispo fuese servido de mandar se diese al convento de su Orden; con que causó general desengaño un desinterés tan absoluto, y las dudas se convirtieron en estimaciones, y el Sr. Obispo mandó llevar al convento la limosna y en él estuvo el Siervo de Dios cuatro días, donde tuvo una singular mortificación, porque el Prelado, viendo que en los tres días primeros no había comido más que pan y agua, al último le puso obediencia para que comiese pescado y bebiese vino; y aunque suplicó del precepto, que fue para él de mucho rigor y sentimiento, no lo pudo conseguir; con que probó el pescado y gustó el vino, pero se partió luego de aquella villa, dejándola toda movida, con edificación de los católicos y confusión de los herejes.

 

CAPÍTULO XIII

En que se prosigue su viaje, y de los grandes prodigios que obró Nuestro Señor con él hasta que salió de la baja Languedoc.

   Prosiguió su viaje, padeciendo por la Gascuña muchas contumelias y afrentas; y porque desde esta ocasión fueron raros los favores que recibió de la Divina mano y de la Reina de los Ángeles, ha parecido forzoso, para declararlos con puntualidad, poner aquí la relación en lengua francesa (que era la Provincia donde sucedieron), que impresa en un libro pequeño se remitió desde Languedoc a París, como a Corte en que asisten los Reyes, desde donde se comunicó a toda la Francia, y después se divulgó por toda la Cristiandad, y llegó a esta Corte de Madrid: y para que los que no entienden el idioma castellano y entienden el francés, por ser común a mucha parte de Europa, participen con particular noticia lo que en general habrán oído de los milagrosos consuelos con que fue favorecido el Siervo de Dios Fray Francisco de la Cruz en la Francia, donde tanto ejemplo causó, y se alienten a imitar sus generosos esfuerzos y raras virtudes, se pone aquí el original francés, que es como sigue:

    RELATION DU VOYAGE DE FRÈRE FRANÇOIS DE LA CROIX, CARME ESPAGNOL, DE LA VISION QU`IL EUT DANS TOULOUSE ET DES MIRACLES QU`IL A FAITS DANS LE BAS LANGUEDOC

   Comme d`un côté les actions les plus saintes et les plus louables sont le plus souvant mal interpretées et les dévotions extraordinaries sont la plupart du temps condamnées d`extravagance et de folie, aussi d`autre part Dieu, pour confondre le jugement des hommes, se plait d`autoriser les ouvrages qu`ils condamnent, et pour les faire connaître qu`ils sont de mise, Il les marque du sceau de ses miracles hunc Pater signavit Deus, et c`est lorqu`ayant reconnu la fausseté de leurs opinions ils reçurent ce qu`ils avaient autre fois méprisé et sont contraints d`avoir recours pour la santé du corps, à ceux qui, pendant leur aveuglement, leur semblaient depourvu de celle de l`esprit.

Ainsi Dieu, ayant permis que le dessein merveilleux de Frère François de la Croix, Carme espagnol, d`ont vous avez vu ci-devant la relation, ne trouverait point généralement des approbateurs, et que ou les uns condamneraient absolument son dessein de faiblesse et de mélancolie, ou que si les autres lui donnaient leur approbation, ils jugeraient son enterprise vaine et d`une execution impossible, Il a voulu faire connaître par de signes extraordinaires qu`ll en était l`auteur, digitus Dei hic est, et qu`on ne devait pas trouver étrange qu`un vieillard chargé d`une si grande Croix, dans un jeûne perpetuel peut travailler un si long espace de terre et de nations si différentes en moeurs, en langue et en Religion, puis qu`ll est le courage des vieillards, la force des faibles, le pain de vie, le truchement des étrangers, le chemin et le port des voyageurs, c`est pourquoi il a autorisé sa maison par des signalés miracles, animé son courage par des visions glorieuses et promis une fin heureuse a sòn religieux dessein.

Aussi ce sont les patentes qu`ll met dans les mains de ses serviteurs pour les faire reconnaîte; et lorsqu`ll a présagé leur venue Il a découvert leur livrée, exurgent Prophetae, et facient signa et prodigia multa, Il chérit l`humilité qui les oblige à chercher les ténèbres, mais Il l`a recompensé pour tant, en les exposant au jour qu`ils fuient et en les comblant de la gloire dont ils sont mortels ennemis, Il leur en donne parce qu`ils n`en veulent pas et qu`ils ne la reçoivent que pour la lui rendre.

Vous avez appriz par la relation précédente comme quoi frèr Fraçois de la Croix, castillan de nation, Religieux laic de l`Ordre des Carmes, ensuite d`une sainte inspiration qu`il eut du Ciel, délibera de porter de Castille à Rome, et de là en Jerusalem, une grande croix sur les épaules pour l`aller planter au même lieu où la véritable Croix fut élévée pour notre salut, avec ce dessein d`obtenir, par une si longue et grande pénitence, la paix universelle de la Chrétienté, et comme quoi ayant eut la permission de ses Supérieurs, après une poursuite de deux ans, il commença son voyage chargé de ce pesant fardeau, et arriva dans Toulouse le vingtième de Mai, après avoir fait deux cents lieues, parmi un jeûne perpetuel au pain et à l`eau, non sans avoir rempli sans doute les lieux de son passage de l`admiration de sa vertu et des miracles de sa vie, lesquels pourtant son humilité nous ayant caché, nous ne pouvons vous donner la connaissance que de ce qu`il a fait de merveilleux, où dans Toulouse, où dans les villes du bas Languedoc, par où il a poursuivi son voyage.

Il fut de sejour douze jours dans cette ville, pendant lesquels, dans le convent des Pères Carmes où il était logé, il fut visité d´un grand concours de peuple qui faisait foule pour le voir et pour couper quelque morceau de son habit; mais sa grande piété et son zèle ardent le tenait tellement attaché à la prière, que ses yeux étaient perpetuellement collés au grand autel de l`eglise, devant lequel il était quasi toujours à genoux; aussi sa modestie souffrait avec déplaisir certe foule curieuse jusques l`a pendant son séjour deux processions générales ayant été faites dans la ville, et s`étant trouvé a la première son habit y fut tellement rompu et déchiré qu`il fut obligé d`exiger du Supérieur de lui permettre de ne point se trouver à la seconde; il aima mieux se priver du fruit de cette dévotion publique que de voir avec regret le progrès de sa gloire particulière; et qu`on fit plus de cas de son chetif habit que du satin et de la pourpre; en quoi il faut admirer en passant les divins secrets de la Providencie éternelle, qui aime tant la pauvreté qu`Elle a pratiquée qu´après qu`un saint Religieux s`est dépouillé des choses du monde pour son saint amour, et ne s`est reservé qu`un simple habit pour marque de sa retraite, Elle se plait à la mettre à nu, et lui suscite de pieux larrons qui lui ravisent la seule chose dont il se pouvait dire le maître.

Mais, pour revenir à notre sujet ce bon Frère fut commandé par son Supérieur d`exercer une oeuvre de charité chez Mr. Martin, Trésorier général de France, ami et voisin du convent, lequel avait une jeune fille qu`on n`avait pu depuis longtemps ni par prière ni menace obligé à prendre son repas en présence de ses parents, et qui par quelque humeur mélancolique ne mangeait qu`à l`écart et dans la solitude. Des que ce bon Frère fut dans sa maison et que cette fille avec ses parents furent en sa présence, en même temps elle demanda à manger, et se vit délivrée de cettte humeur fâcheuse qui lui avait fait si longtemps fuir la compagnie des siens, ceux qui savent la différence des maladies de l`esprit et du corps, et combien celles qui s`attachent a cette plus noble partie de nous sont d`une plus difficile cure que les autres qui ont un sujet materiel trouveront cette guérison miraculeuse; mais s`il s`en trouve qui ne croient point qu`il y aient autre miracle que de rendre la vue aux aveugles ils auront de quoi se satisfaire dans la suite de cette relation après avoir lu comme ce bon Frère la nuit avant son départ fut comble de ses travaux passés et animé pour ceux de l`avenir par la vision glorieuse de la Mère de Dieu qui lui apparut dans sa chambre envirionée d`un troupe d`Anges lui asurant qu`il verait la fin heureuse de son dessein, et lui apprit le chemin qu`il devait suivre, ce que ce bon Frère communique à son Père Confesseur, qui l`a révelé pour la gloire de Dieu et il ne faut pas craindre d`ajouter foi à cette vision puis qu`elle a été suivie de miracles, n`etaient point étrange que Dieu ne puisse communiquer sa présence visible à ceux qu`il communique sa vertu, et étant probable que ce bon Frère qui a rendu depuis la vue aux aveugles a puisé ce pouvoir dans cette grande source de lumière lorsqu`il a été honnoré de son apparition: aussi le lendemain premier jour de Juin il partit de Toulouse, et passant a Montgiscard suivant sa coutûme il s`arrêta devant la grand`église du lieu pour y faire sa prière où en même temps le peuple y accourut, et parmi la foule une femme appellée Anne Colombière, mariée avec un nommé Massot, affligée depuis six mois d`une fièvre continuée ayant approché ce Frère lui coupa un morceau de son habit, mais ce pieux larcin lui fut si profitable qu`en même temps elle en fut soulagée, et l`est encore à présent de là en avant il fut au convent des Pères Cordeliers pour les prier de lui prêter un serviteur pour le conduire jusques à Castelnaudarry, avec lequel, ayant repris son chemin il trouva un grand ruisseau appellé de Gardouch et deux cavaliers bien montés qui étaient obligés de retourner sur leurs pas, parce qu`ayant sondé le passage ils en avaient connu l`imposibilité; mais ce qui avait arrêté ces cavaliers n`arrêta point un vieux piéton chargé d`un pesant fardeau ni son guide: In multitudine non est situm robur tuum, Domine, equorum vires non expetis.

Ils passent ce ruisseau, large de deux cannes et extrêmement profond sands être mouillés pour tout ni l`un ni l`autre, aussi était il juste que puis qu`une grande mer n`avait pu arrêter le cours des enfants d`Israel lorsqu´ils allaient à la terre promise qu`un ruisseau n`arrête point le juste dessein de ce bon Religieux, puisque ses pas étaient dressés vers le Calvaire, vraie terre promise qui a porté le sacré Fruit de notre salut, et dont la première n`était qu`une figure, spiritus Domini ferebatur super aquas.

La nouvelle de ces miracles étant épandue par le lieux circonvoisins dès qu`il fut à Castelnaudarry un aveugle lui fut présenté avec prière de lui toucher les yeux et lui donner sa bénédiction de quoi il s`excusa avec humilité; mais ceux qui conduisaient cet aveugle, ayant reconnu qu`un saint homme est prenable par l`obéissance plus que par autre endroit, eurent recours au Père Prieur des Carmes du dit Castelnaudarry, lequel interposa son autorité, et commanda au Frère de toucher les yeux de cet aveugle, à quoi il aurait obéi et ses yeux furent ouverts et jouirent de la lumière qu`ils n`avaient jamais connue. Combien est précieuse devant Dieu cette obéissance aveugle puis qu`il lui donne la puissance d`illuminer. Quelque temps après étant arrivé à Carcassonne; l`Évêque du lieu, surpris par la nouveauté de cette dévotion crut qu`il était insensé, et usant d´une précaution no blâmable, le fit arrêter prisonnier; mais s`étant depuis informé de la vérité et vu ses passeports loua hautement son dessein, témoigna gran déplaisir de sa prison, et l´ayant mis en liberté, le fit honorablement accompagner par ses Vicaires généraux, ainsi la réputation de sa sainteté devançant ses pas, le sieur de Ricardelle, Gouverneur de Narbonne eut avis de son arrivée, et pour empêcher qu`il ne reçoit du dommage par la foule du peuple, envoya deux lieues au devant de lui des hommes armés pour lui servir d`escorte, ausi en consideration de ce religieux devoir, Dieu permit que cette ville fut le théâtre d`un célébre miracle qui fut fait à la vue de tout le peuple sur une fille aveugle du sieur la Palme, laquelle en baisant la Croix de ce bon Frère recouvra tout à coup la vue il y a sujet de croire que ce n`est que le commancement des merveilles que Dieu veut opérer par ce bon Frère et que la paix pour laquelle il a entrepris un si grand dessein, et qui ayant été si souvent proposé mais non encore conclu, a fait juger qu`elle ne pouvait être obtenue que par miracle, sera le plus signalé de ceux que nous attendons de la sainteté de sa vie, la Reine du Ciel l`a promisse dans son apparition à ce saint Pélerin

La cual, traducida en castellano en todo el rigor de su letra, dice así

RELACIÓN DEL VIAJE DEL HERMANO FRANCISCO DE LA CRUZ, DEL CARMEN, ESPAÑOL, DE LA REVELACIÓN QUE TUVO EN TOLOSA, Y DE LOS MILAGROS QUE HIZO EN LA BAJA LENGUEDOC.

Como de una parte las acciones más santas y loables son las más veces mal interpretadas, y las devociones extraordinarias son la mayor parte del tiempo condenadas de extravagancias y de locura, también por otra parte Dios, para confundir el juicio de los hombres, se sirve de autorizar las obras que ellos condenan, y para hacerles conocer que son ciertas los señala con el sello de sus milagros, hunc Pater signant Deus; y entonces es que, habiendo reconocido la falsedad de sus opiniones, admitieron lo que otras veces menospreciaron, y se vieron obligados a recurrir, por la salud del cuerpo, a los que en su ceguedad les parecía estaban faltos de la del espíritu; con que Dios permitió que el designio maravilloso del Hermano Francisco de la Cruz, del Carmen, español, del cual ya habéis visto la relación, no hallaría generalmente aprobadores, y que donde unos condenaron absolutamente su designio de flaqueza y de melancolía, o que si los otros les diesen su aprobación, ellos juzgarían su empresa vana y de ejecución imposible. Él ha querido hacer conocer, por señales extraordinarias, que Él era el autor, de itus Dei hicest, y que no debía extrañarse que un viejo cargado de una Cruz tan grande en un ayuno perpetuo pudiese andar un tan largo espacio de tierra y de naciones tan diferentes en costumbres, en lengua y en religión; ya que Él es el ánimo de los viejos, la fuerza de los flacos, el pan de caminantes, el intérprete de los forasteros, el camino y puerto de los viandantes, por lo cual ha autorizado su casa por milagros señalados y por revelaciones gloriosas, y prometido un fin dichoso a su religioso designio. También lo son las patentes que pone en las manos de sus siervos para hacerlos reconocer, y cuando tiene algún presagio de su venida ha descubierto su librea: Exurgent Prophetae, et facient signa, et prodigia multa; Él ama la humildad, que les obliga a buscar las tinieblas; pero sin embargo les recompensa exponiéndoles al día de que huyen y dándoles la gloria, de la cual son enemigos mortales; Él se la da porque ellos no la quieren y no la reciben más que para volvérsela. Habréis sabido por la relación precedente como Fray Francisco de la Cruz, castellano de nación, Religioso Lego de la Orden del Carmen, en seguimiento de una santa inspiración que tuvo del Cielo, determinó de llevar de Castilla a Roma, y de allí a Jerusalén, una grande Cruz sobre sus espaldas para ir a plantarla en el mismo puesto donde la verdadera Cruz se levantó por nuestra salvación, con el intento de obtener por tan larga y grande penitencia la paz universal de la Cristiandad; y como habiendo tenido licencia de sus Superiores después de haberla solicitado dos años continuos, comenzó su viaje cargado de tan gran peso, y llegó a Tolosa a 20 de mayo, después de haber hecho doscientas leguas con un ayuno perpetuo a pan y agua, y sin duda no dejando de llenar por todos los lugares de su pasaje la admiración de su virtud y de los milagros de su vida, los cuales por su humildad nos ha callado. No podemos omitir el daros conocimiento de lo que hizo de maravilloso, ya en Tolosa, y ya en las villas de Lenguedoc la Baja, por donde prosiguió su viaje. Hizo alto en esta villa doce días, en los cuales en el convento de los Padres del Carmen, donde estuvo alojado, fue visitado de un gran concurso de pueblo que hacía gran ruido por verle y para cortarle algún pedazo de su hábito; pero su grande celo y piedad ardiente le tenía de tal manera fijado en la oración, que sus ojos estaban perpetuamente clavados en el Altar mayor de la iglesia y casi siempre de rodillas.

Asimismo su modestia sufría con disgusto este pueblo curioso, y en el tiempo de su detención se hicieron dos procesiones generales en la villa; y habiéndose hallado en la primera le hicieron de manera pedazos el vestido, que se vio obligado a pedir al Superior que le permitiese de no hallarse en la segunda, y que más quería privarse del fruto de esta devoción pública que de ver con sentimiento el progreso de su gloria particular y que se hiciese más caso de su pobre vestido que del raso y púrpura en que ha de admirarse de paso los secretos divinos de la Providencia eterna, que tanto ama la pobreza que practicó: después que un santo Religioso se ha despojado de las cosas del mundo por su Santísimo Nombre, sin reservarse más que sólo vestido muy llano, para señal de su retiro, se sirve de desnudarle y levantar ladrones piadosos que le tomen la cosa sólo de la cual puede decirse que era dueño. Pero, para volver a nuestro caso, a este buen Hermano le mandó su Superior ejerciese una obra de caridad en casa del Sr. Martín, Tesorero General de Francia, amigo y vecino del convento, el cual tenía una hija moza, a quien de mucho tiempo ha por ningunos ruegos ni amenazas pudo obligarse a que comiese y tomase un pasto en presencia de sus padres, y que por algún humor melancólico no comía sino aparte y desviada y en la soledad. Desde que este buen Hermano estuvo en aquella casa, y que esta hija con sus padres estuvieron en su presencia, al mismo tiempo pidió ella de comer, y se vio libre de este trabajoso humor que tan largo tiempo la hacía huir la compañía de los suyos. Los que saben la diferencia de las enfermedades del espíritu y del cuerpo, y cuantas se pegan a esta tan noble parte nuestra, son de una más difícil cura que las otras que tienen un sujeto material, hallarán esta cura milagrosa; pero si se hallare que no hay quien crea que no hay otros milagros que de dar vista a los ciegos, tendrá de qué satisfacerse en lo que se sigue de esta relación. Después de haber leído como este buen Hermano la noche antes de su partida fue favorecido de sus trabajos pasados y animado para los futuros por la visión gloriosa de la Madre de Dios, que se le apareció en su aposento, rodeada de una tropa de ángeles, asegurándole que vería el fin dichoso de su deseo, que es lo que este buen Hermano comunicó a su Padre Confesor, que reveló para la gloria de Dios; y no ha de temerse el dar fe a esta visión, ya que fue seguida de milagros, no siendo cosa nueva que Dios no pueda comunicar su presencia visible a los que comunica su virtud; y siendo probable que este buen Hermano, que después acá ha dado vista a los ciegos, ha sacado este poder de la grande fuente y corriente de la luz, cuando fue honrado de su aparición. También al día siguiente, primer día del mes de junio, partió de Tolosa, y pasando a Montgiscad, según su costumbre, se detuvo delante de la iglesia mayor del lugar para hacer la oración, donde al mismo tiempo el pueblo concurrió, y por medio del aprieto del pueblo, una mujer, llamada Ana Colombire, casada con un tal llamado Massor, afligida desde seis meses de una calentura continua, habiéndose acercado a este Hermano le cortó un pedazo de su vestido, y este piadoso latrocinio la fue tan útil y provechoso, que al mismo punto se vio aliviada, y lo que está aún de presente; y de allí, pasando adelante, estuvo en el convento de los Padres de San Francisco, para rogarles de prestarle un criado que le condujese hasta Castel-Naudarry, con el cual, tomado su camino, halló un arroyo, llamado Guarduch, y a dos caballeros bien montados, que se vieron obligados a volver atrás, porque habiendo sondado el vado, conocieron la imposibilidad de él; pero lo que detuvo a estos caballeros no detuvo a un viejo de a pie, cargado de un embarazo pesado y sin guía. In multitudine non est situm robur tuum, Domine, equorum vires non expetis. Ellos pasaron este arroyo ancho de dos canas y extremadamente profundo, sin mojarse de ninguna cosa ni el uno ni el otro; también era justo que pues un gran mar no había podido detener el curso de los hijos de Israel cuando iban a la Tierra de promisión, que un arroyo no detuviese el justo designio de este buen Religioso, supuesto que enderezaba sus pasos al Calvario, verdadera Tierra de promisión, que trajo el sagrado fruto de nuestra salvación, y de la cual la primera no fue más que una figura: Spiritus Domini ferebatur super aquas. La nueva de estos milagros estando esparcida por los lugares circunvecinos desde que estuvo en Castel-Naudarry, un ciego se le presentó con ruego de tocarle los ojos y darle su bendición, de que se excusó con humildad; pero los que llevaban al ciego habían reconocido que a un hombre Santo es menester tomarle por la obediencia más que por otra vía; recurrieron al Padre Prior del Carmen del dicho Castel-Naudarry, el cual interpuso su autoridad y mandó al Hermano tocar los ojos de este ciego, a lo cual obedeció, y se abrieron los ojos, y gozaron de la vista, que jamás habían conocido. Lo tanto, que es preciosa delante de Dios esta obediencia ciega, pues la da el poder iluminar.

Algún tiempo después de haber llegado a Carcasona, el Obispo de aquel lugar, alterado de la novedad de esta devoción, creía que estaba loco, y usando de una prevención que no podía llamarse indiscreta, le hizo poner preso; pero habiéndole después informado de la verdad, y visto sus pasaportes, alabó superiormente su designio y manifestó el mucho sentimiento y disgusto que tuvo de su prisión, y habiéndole puesto en libertad, le hizo acompañar, con mucho honor, por sus Vicarios generales; de manera que la reputación de su santidad adelantando sus pasos, el Señor de Ricaldelle, Gobernador de Narbona, tuvo aviso de su llegada, y para impedir que se le hiciese agravio y daño por el concurso del pueblo, envió, dos leguas al encuentro de él, hombres armados que le sirviesen de escolta; y así, en consideración de este religioso obsequio, Dios permitió que esta villa fuese el teatro de un tan célebre milagro que fue hecho a vista de todo el pueblo; fue una doncella, ciega, hija del Señor de la Palma, la cual, besando la Cruz de este buen hermano cobró de golpe la vista. Hay motivo de creer que esto no es más que principio de las maravillas que Dios quiere obrar por medio de tan buen Hermano, y que la paz, por la cual ha emprendido un tan gran designio y que habiéndose propuesto tantas veces y no concluido, ha hecho juzgar que ésta no puede conseguirse, que por medio de algún milagro será el más señalado de los que aguardamos de la santidad de su vida: la Reina de los Cielos lo ha prometido en su aparición a este Santo Peregrino.

 

CAPÍTULO XIV

De lo que le sucedió en Narbona y Montpeller.

   Débese advertir que Fray Francisco de la Cruz, en todo su viaje, siempre que podía (aunque le fuese dilatando algo) procuraba entrar en conventos de su Religión, por gozar los frutos de estar debajo de Obediencia y la celestial consonancia que tienen las Comunidades Religiosas de la asistencia a las horas del convento y distribución del tiempo; también que por la Francia llevó diferentes tratamientos según las diversas Religiones y diversos conceptos de los hombres; en unas partes le miraban con reverencia y crédito, y en otras le afligían y atropellaban. La entrada que hizo en Narbona (bien contra su voluntad) fue plausible de todas maneras, porque el numeroso pueblo de aquella villa, con la demostración de su Gobernador y por haber sido en todos tiempos raro ejemplo de constancia en la obediencia y rendimiento a la Silla de San Pedro, y por esto tan estimada de sus Cristianísimos Reyes, faltando a conveniencias políticas por estar siempre en la sujeción Católica de la Iglesia Romana, de donde la ha resultado, con grandes colmos de glorias, la verdadera política, humana y divina, por razón de su venida se vio poblado todo el campo una legua antes de llegar a Narbona, que con lucimiento de las vistosas galas que usan los franceses parecía una primavera, y con los festivos clamores y gente de guerra que iba delante del Siervo de Dios, parecía un triunfo.

Como había llegado a aquella villa la fama de los prodigios que Nuestro Señor había obrado y actualmente estaba obrando por él, y en ella son todos católicos, hicieron empeño (como por causa de Religión) los aplausos y aclamaciones, pareciéndoles no era mucho lo celebrara la tierra cuando los había declarado el Cielo, y que a su parecer no era el menor ver un hombre viejo, con una Cruz a cuestas y un ayuno a pan y agua continuo, emprender y sobrepujar tantas dificultades donde, faltando toda la razón humana, sólo se podía sostener resolución tan gloriosa en la asistencia divina; argumento que hizo tanta fuerza, que al señor Obispo de Naure, en el Arzobispado de Tolosano, le aseguró un Canónigo de su Iglesia que, movidos por esta razón, se habían, en aquel Obispado sólo, reducido al gremio de la Iglesia Católica más de tres mil personas; con que el demonio bien se recelaba de Fray Francisco, aun cuando parecía que no le embarazaba.

En la forma referida entró en Narbona, y después de haber hecho su acostumbrada estación en la iglesia mayor de la villa, fue a su convento, donde por el concurso se vieron obligados aquellos santos Religiosos a cerrar las puertas: dijéronle que en la Francia la Religión del Carmen es de reformados, y él entonces tomó unas tijeras y cortó la capa dejándola como la de los otros Religiosos; este pedazo cortado de la capa le tienen en aquel convento en estimación por haber sido de este Siervo de Dios, de que es buen testigo el Hermano Fray Roque Serrano, Corista, hijo de la casa de Alcalá, que viniendo de Roma y pasando por Narbona, en aquel convento le enseñaron la parte de la capa dicha, y asimismo en la puerta del coro una estampa de Fray Francisco de la Cruz, hincado de rodillas, con su Cruz a cuestas delante de una Imagen de Nuestra Señora, en memoria de la aparición que tuvo en Francia de esta Soberana Reina de los Ángeles, y en un cuadro de la misma estampa Fray Francisco caminando con su Cruz y dos caballeros que le iban acompañando a caballo, y al pie de la estampa un letrero que decía: Effigies Fratris Francisci a Cruce Carmelitaní Hispani.

En esta villa estuvo tres días y luego partió a Mompeller, que dista de ella veinte leguas, y al salir le estaban aguardando dos caballeros montados a caballo, que le fueron acompañando, y habiendo caminado dos leguas le quisieron quitar la Cruz, y viendo su constancia en defenderla, le tiraron un pistoletazo y reventó la pistola sin hacer mal a nadie, y entonces se fueron, dejándole confuso, atribuyendo este suceso a que debían de ser herejes, y a que, celosos de los aplausos de los católicos de Narbona, de aquella manera querían impedir la aclamación que iba haciendo de la Santa Fe, pareciéndoles que quitándole su Cruz embarazaban la prosecución del intento o le hacían desestimable. Llegó a Mompeller, donde halló todo lo contrario de lo que había pasado en Narbona; y no es de maravillar, porque en Mompeller no hay la conformidad de Religión que en Narbona.

Apenas había entrado en ella, cuando el Magistrado parece que le estaba aguardando y luego le mandó prender, y le llevaron a la cárcel pública, le quitaron la Cruz y echaron grillos y cadena y le metieron en un encerramiento que no tenía más luz que la de una ventanilla, con reja de hierro que caía a la calle; aquí le tuvieron dos meses, dándole a comer por castigo lo que él comía por elección (sin atender a las instancias que hacían los Religiosos Carmelitas de aquella villa por él): la conformidad que tenía con la voluntad divina era tal, que nada le servía de desconsuelo sino lo que resultaba en estimación suya. Llegóse una mañana el Siervo de Dios a la rejilla por donde entraba la luz al encerramiento, y vio un niño de muy pequeña edad que por la parte de afuera estaba arrimado a ella, y díjole: -Niño, ¿quiéres decir en tu casa que hagan una obra de caridad y me envíen recado de escribir? El niño le dijo en castellano que sí, y después a poco rato volvió y le dio recado de escribir, y Fray Francisco le dijo: -Que si se atrevería a llevar al Magistrado de la Villa un papel; y le dijo que sí, que le escribiese, que le llevaría e informaría muy bien por él; con que le escribió en la forma que acostumbraba y le envió con el niño, el cual contenía estas o semejantes razones.

 

ENSALZADA SEA LA SANTA FE CATÓLICA

   Señores: ¿O me queréis hacer bien o mal? Si bien, para conseguir con prisión de grillos y cadena mi enmienda, ¿cómo la puedo tener? ¿En lo que es toda mi defensa vuestra acusación? Si me queréis hacer mal, mirad el motivo de vuestra justicia, de cualquier modo que me consideréis. Si esta obra que he emprendido es de Dios, no la podéis estorbar; y si no lo es, con fundamento tan flaco como soy yo, ella de suyo se vendrá al suelo. Y así, permitidme que prosiga mi camino con mi Cruz; que si vuestro pueblo me mira con devoción, vosotros le servís de escándalo; y si me mira con ofensa, vosotros sois la causa de que le escandalice yo; con que a todo os sirvo de embarazo. Dios os guarde.

 

FRANCISCO DE LA CRUZ

(el gran pecador)

    Leyeron el papel los del Magistrado y oyeron al niño que le llevaba, que les dijo que aquel hombre que tenían preso era bueno y que no le hiciesen mal; y extrañando la diligencia y la calidad de ella, sin hacer aprecio de las razones por que le prendieron, fueron a la cárcel y le soltaron de ella y le entregaron su Cruz; y sin haber vuelto a parecer el niño, abogado de tan buena diligencia, Fray Francisco salió de Mompeller sin que le permitiesen ir al convento de su Orden, dando muchas gracias al instrumento de su libertad, aclamándole en su alma, sin otro conocimiento más que el de libertador y consolador.

 

CAPÍTULO XV

En que prosigue su viaje y entra en Roma.

   Prosiguiendo su camino nuestro Siervo de Dios, es digna de ponderación la desigualdad con que era tratado; en unas partes le gritaban diciendo que era espía y que llevaba escondido el dinero en la Cruz (y es verdad que ella era todo su tesoro); en otras se llenaban los campos de gente a ver aquel espectáculo de mortificación: día hubo en que salieron a verle pasar más de tres mil personas; él siempre iba intimando su pregón de que todos hiciesen oración y penitencia y de que fuese ensalzada la Santa Fe Católica. Otro día encontró unos batallones de caballería que pasaban a la frontera, y todos hicieron salva a la Santa Cruz y se apearon, y postrados de rodillas por el suelo, la adoraron y le besaron la mano (aunque lo resistió cuanto le fue posible).

Muchas veces le sucedió dormir en el campo; y como todo su cuidado era su Cruz, temeroso de que se la hurtasen, dormía encima de ella, porque no hubiera rato en que no estuviese en Cruz; y porque hasta con la reacción que toman los sentidos con el sueño los tuviese crucificados.

Al entrar en un lugar en los confines de la Francia, entre el concurso de la gente le cortaron un pedazo del hábito y se le llevaron a una mujer principal que estaba baldada de los brazos, y de repente se halló sana.

Proseguía su viaje, y dirigiéndose hacia Saboya, determinó pasar por Niza; pero antes de llegar a esta ciudad alcanzó a ver una confusa multitud que salía a recibirle; mas como ponía todo su cuidado en huir los aplausos humanos, lo ejecutó en esta ocasión mudando de propósito en el camino, por conservar el intento perpetuo de su profunda humildad; para lo cual, dejando a Niza a la mano derecha, tomó el camino de la siniestra hacia los Alpes; y aunque consiguió con esto no entrar entonces en aquella ciudad, con todo eso no pudo excusar la multitud de sus vecinos, los cuales, habiéndole alcanzado a ver y que se apartaba del camino derecho, le siguieron por el otro hasta darle alcance, y fue de modo que se atropellaban unos a otros, unos por verle, otros por hablarle, y todos por acercarse a él; y fue tan molestamente, que ya le ahogaban, hasta hallarse del tumulto casi sin aliento y sin poder respirar; lo cual reconocido por los que le ponían en tal aprieto, se determinaron a sacarle en hombros casi con violencia y llevarle a un alto, donde le pusieron, para satisfacer el deseo y devoción de tantos; pero la de una mujer hubo de sobresalir, como la de Marcela entre las turbas, pues llegando ansiosa con un hijo suyo notablemente disforme, por ser giboso en las espaldas y en el pecho, pedía al Siervo de Dios con fe y humildad se dignase de rogar a Su Divina Majestad por la salud de su hijo: lo cual hizo Fray Francisco movido de verdadera caridad, y así consiguió el enfermo y su madre muy en breve la salud que deseaban; porque las obras de caridad perfecta, ¿cuándo no fueron milagrosas?

Desde que salió de la Francia prosiguió su viaje por Saboya, Génova, Milán, Parma y Florencia, y entró en Roma el día de la Santa Cruz, a 14 de septiembre de 1643; y de lo sucedido en los tránsitos por estas provincias no hay más memoria que la carta que escribió al Padre Provincial de Castilla en 14 de abril del año siguiente de 44 al partirse a Jerusalén, en que le dice que pasó algunos trabajos; y para que se conozca del modo que los siervos de Dios hablan de los favores que reciben de su misericordiosa mano (habiendo sido tantos los que le hizo en la Francia), los refiere, después de haber mostrado un profundo rendimiento y humildad, en las palabras siguientes:

"Vine por Pamplona y por Francia, y por las provincias de Saboya, Génova y Milán, Parma y Florencia, y en el camino pasé algunos trabajos; mas todos fueron pocos para los que yo debo padecer por Nuestro Señor Jesucristo, que tanto padeció por mí. Alégrome de haberlos padecido por su amor, y de las glorias que resultaron de los efectos de la Santa Cruz, que vino en mi compañía"

Fue recibido en Roma con mucha estimación por las nuevas que a aquella Corte habían venido de las provincias por donde había pasado y por lo que se granjeaba su persona digna de todo respeto; y el tiempo que estuvo en el convento de su Orden de Transpontina, fue un raro ejemplo de regular observancia. La santidad de Urbano VIII, por su natural inclinación, fue grande apreciador de la virtud y de todo lo que argüía espíritus generosos, principalmente cuando se reducían a edificación del pueblo cristiano, a ejemplos de piedad y de fortaleza y a conseguir la clemencia Divina. Hizo particular estimación de Fray Francisco de la Cruz y concepto grande del empeño que había tomado sobre sus hombros, persuadiéndose a que fábrica tan especial y por senda que hasta ahora ni la devoción ni el esfuerzo cristiano habían hallado, era toda obra de Dios, y le honró mucho y le mandó que le fuese a ver algunas veces, mostrando lo bien que sentía de esta peregrinación favoreciéndole con el Breve que en este capítulo se referirá; y así dio orden al Eminentísimo Sr. Cardenal Francisco Barberino, su sobrino, para que le oyese y tratase con él y le diese cuenta de todo, y que del Cementerio de Calixto le diesen las reliquias siguientes:

Sancti Clementis, Martyris.

Sancti Feliciani, Martyris.

Sancti Vitalis, Martyris.

Sancti Valentini, Martyris.

Sancti Vincentii, Martyris.

Sancti Victoris, Martyris.

    Las cuales de orden de dicho Señor Eminentísimo Cardenal le entregó, en virtud de dicha comisión, su Confesor el Padre Fray Juan de la Anunciación, Procurador general del Orden de Trinitarios Descalzos en la Curia Romana y Ministro del convento de San Carlos.

Después mandó Su Santidad al Eminentísimo Sr. Cardenal Gineti, Protector del Carmen, diese a Fray Francisco de la Cruz, del Cementerio de Calixto y del Cementerio de Lucina, las reliquias siguientes, que en virtud de dicha orden Pontificia le entregó:

Sancti Oratii, Martyris.

Sancti Pii, Martyris.

Sancti Valentini, Martyris.

Sanctae Valentinae, Martyris.

Sanctae Juliae Martyris.

Sanctae Jeminiae, Martyris.

Sanctorum Flabiani, et Sociorum, Martyrum,

Sanctae Victorae Virginis et Martyris.

Sanctae Primae Martyris.

Sancti Thomae Martyris.

Sancti Viti, Martyris.

Sancti Theodori, Martyris.

Sanctae Blandae, Martyris.

Alii Sancti Flabiani, Martyris.

Sanctorum Luci et Sociorum Martyrum.

Sancti Martiani Martyris.

Sancti Gabini, Martyris.

Alii Sancti Martiani, Martyris.

    Todas las cuales trajo de Roma el Padre Maestro Fray Diego Sánchez Sagrameña, Provincial de Castilla, y están en el convento del Carmen de Santa Ana de la Villa de la Alberca, con sus testimonios auténticos; y habiéndose abierto el cofrecito cerrado y sellado en que venían por autoridad ordinaria, se publicaron por verdaderas reliquias, y como a tales se les da culto y veneración. Algunos Religiosos Carmelitas que en aquella ocasión se hallaron en Roma aseguraron que la Santidad de Urbano VIII había mandado que le hiciesen un retrato de este Siervo de Dios con la Cruz a cuestas, y que se hizo, y que Su Santidad le tenía en su Sacro Palacio; y esto parece muy digno de aquel gran Pontífice; porque hombre que consiguió tan religiosa determinación, mereció que su efigie se guardase para ejemplo de los siglos venideros; y aun abstraída esta gloriosa acción de todo lo espiritual y mirada sólo en términos humanos de fortaleza en el aprecio de la antigüedad, siempre tan respetable memoria se conservará en mármoles y bronces.

De esta pintura aseguraron dichos Religiosos es copia la que hoy existe de este Venerable Hermano en la escalera del convento del Carmen de Transpontina, en Roma, y otra que está en la escalera del convento del Carmen de Madrid, de la cual se han copiado las que en diferentes partes, con grande estimación, algunos devotos suyos tienen.

Ofreciéronse muchas dificultades para que pasase con Cruz a cuestas a Jerusalén, que fueron causa de su detención en aquella ciudad, en la cual, después de haber visitado las santas Estaciones llevando su Cruz, y tocándola en todas, se prometió humildemente de la bondad divina le había de conceder las indulgencias y privilegios aplicados a quien debidamente hiciese aquellas diligencia, recelándose de que sus culpas no fuesen causa de impedirle tan gran tesoro. Las dificultades para su pasaje a los Santos Lugares no se podían desestimar, porque tenían graves fundamentos, pero la piadosa afección del Santo Pontífice las venció todas; y en dos de abril de cuarenta y cuatro, al año veintiuno de su pontificado, expidió Breve para que Fray Francisco de la Cruz pasase a la visita del Santo Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo y demás Santos Lugares transmarinos, en ejecución de las licencias que tenía de sus Prelados; el cual Breve presentó ante el P. Fray León Bonfilio, Vicario General Apostólico de los Carmelitas de la Antigua y Regular Observancia, y le aceptó, reverenció y mandó cumplir en doce de abril del dicho año de cuarenta y cuatro y en quince del dicho mes salió de Roma en la forma de su peregrinación, pregonando oración y penitencia y aclamando la exaltación de la Santa Fe Católica, camino de Loreto, Bolonia y Venecia, para pasar desde allí, en ofreciéndose ocasión, a Jerusalén.

Asistía en aquella Corte romana por aquel tiempo el Ilustrísimo Arzobispo de Estrigonia, aunque de secreto, a fin de solicitar algunos socorros de Su Santidad a favor de Hungría contra los turcos, que afligían notablemente aquel pobre reino con invasiones y tiranías; y habiendo tenido noticias de la singular virtud del Siervo de Dios, quiso valerse de sus oraciones para el mismo intento, y para conseguirlo le refirió el desgraciado estado de las cosas de Hungría; lo cual oyó con grave dolor de su corazón, por cuanto sus ardientes ansias fueron siempre por la exaltación de nuestra Santa Fe Católica; y así, aunque todas sus penitencias y oraciones se dirigían siempre a este intento, con todo eso quiso añadir otras mortificaciones a su continua oración, para lo cual pidió licencia a su Confesor, que entonces lo era el P. M. Fray Vicente Susto, el cual se la dio para ayunos más rigurosos, por algunas semanas; mas no pudo dejar de ponderar algo la providencia de Dios en mover a su Siervo para que se emplease todo en solicitar los auxilios divinos contra los enemigos de la Iglesia en la ocasión que Hungría padecía sus mayores calamidades causadas por los turcos; y si las providencias especiales de Dios nunca carecen de misterios, permítaseme una breve digresión para reconocer el que pudo contener la que Su Majestad tuvo con su Siervo, y será referir lo mismo que contienen las Lecciones del Oficio de San Gerardo como están en el Breviario carmelitano el día 24 de Septiembre.

Fue San Gerardo hijo el más glorioso que ha tenido Venecia, el cual desde su infancia fue tan amante de Jesucristo, que este mismo fue la luz que amaneció su razón, la cual siguió sin perderla de vista hasta morir; y para conseguirlo cabalmente dio su primer paso apartándose del mundo y negándose a sí mismo, que eso fue entrar en la Religión como se debe, escogiendo, con el espíritu de Dios, la de Nuestra Señora del Carmen, y así tomó su santo Hábito en el convento de Venecia; y como todo su corazón se halla únicamente lleno de Cristo, produjo en su alma un vehemente deseo de visitar y venerar los Santos Lugares que consagró aquel Señor con su presencia; para lo cual, habiendo conseguido licencia de sus Prelados, salió de Venecia con algunos compañeros, disponiendo Dios que tomase el camino por Hungría, adonde llegó a la sazón que reinaba aquel santo Rey Esteban, que fue el primero que introdujo nuestra Santa Fe en aquellas partes, causa en que entonces se empleaba todo, y así era su cuidado de hallar un Prelado y Pastor de los rebaños Sagrados tal como lo pide el Apóstol San Pablo, y más cuando había de ser la primera piedra de la Iglesia en aquel reino; pues habiendo sabido de la venida de Gerardo, quiso experimentar por sí mismo qué hombre era, de qué deseos, de qué progresos, y al fin si era capaz para primer Operario de aquella Viña Sagrada que entonces se plantaba: y habiendo reconocido en él que no había más que desear, le declaró su dictamen, y despidiendo a sus compañeros le obligó a quedarse en Hungría, venciendo con el poder la resistencia invencible de Gerardo. Creciendo, pues, el número de los nuevos soldados de Cristo, solicitó con el Rey que se redujesen sus deseos a las obras, pues ya era tiempo, y así fundo diferentes iglesias por Hungría muy en breve; pero la mayor y que erigió como matriz y metrópoli de todas las demás, fue en las riberas del río Morifio, y allí puso por Obispo a Gerardo; el cual lo fue con tan generoso espíritu, que nada dejó de intentar ni conseguir que pudiese conducir para el aumento de su Iglesia, siendo las armas para tanto triunfo el poderoso ejemplo de su vida; pues era tal, que no teniendo nada en ella que enmendar, pudo enmendar con ella las de todo aquel reino; pero el enemigo común de los hombres, envidioso de tanto bien, empezó a sembrar cizañas y mover sediciones con el Santo Obispo, lo cual pudo introducir porque el Rey San Esteban había ya mejorado de reino pasando de esta vida; que mientras vive un Rey Santo, dificultosamente puede vivir el demonio en su reino; proseguía la tormenta creciendo por instantes contra el Santo Prelado, hasta tanto que llegaron a apedrearle, recibiendo las piedras con la generosidad que el Protomártir, pues fue puesto de rodillas y orando por sus enemigos con las mismas palabras que otro Esteban; consiguiendo el último y mayor triunfo atravesado con una lanza, en que consiguió la gloriosa corona del martirio, con que vive eternidades.

Habiendo, pues, sido San Gerardo hijo glorioso del Carmelo, y en Hungría el primer pastor de los rebaños de Cristo; el primer Padre que con su doctrina y ejemplo engendró tantos hijos; el primer Mártir o Protomártir de Hungría que con su sangre regó y fertilizó las plantas tiernas de aquel Vergel Sagrado, ¿quién duda que será perpetuo intercesor por la Iglesia de Hungría? ¿Quién podrá dudar que no es misterio haber resucitado Dios el mismo espíritu en otro hijo del Carmelo, para que si el primero con empleos más altos plantó la Fe en Hungría contra el poder de los turcos, este segundo, con oraciones y penitencias, la restaure? De que en estos años estamos puestos en altas esperanzas por la misericordia de Dios y aliento de las almas cristianas, principalmente de las invictas del augusto Emperador Leopoldo y el más glorioso de los siglos.

Pero, volviendo ya a nuestro intento, me ha parecido no pasar en silencio lo que a Fray Francisco le sucedió con un señor Auditor de Rota, español, el cual le encontró un día con su Cruz a cuestas cerca de Santa María la Mayor, que iba visitando así las siete iglesias, y llegándose a él, movido de piedad, reconoció sus intentos de pasar a visitar los Santos Lugares de Palestina; y queriendo concurrir a obra tan heroica de algún modo, le ofreció de contado una limosna considerable para el pasaje; pero el siervo de Dios rehusó con humildad y fortaleza el recibirla, pareciéndole tentación contra su propósito magnánimo lo mismo que fue magnificencia en aquel Prelado, y así le respondió con sumisión que no acostumbraba tomar dineros; de lo cual se edificó mucho, y se le aumentó el concepto que había formado de su virtud, por lo cual al día siguiente por la mañana le fue a visitar con mucha devoción a su convento de Transpontina, por gozar de su conversación y encomendarse a sus oraciones.

En todo el tiempo que estuvo en Roma, era su ocupación cotidiana ayudar a Misas, y al tiempo de salir con el Sacerdote desde la sacristía al altar y volver desde el altar a la sacristía, se llegaba a él tanta gente por quitarle a porfía algunos hilos o cabos del hábito, que defendiéndose a dos manos, apenas podía estorbarlo; tal fue el concepto en que se pusieron los romanos de la virtud del Siervo de Dios; o por mejor decir, tal fue el concepto en que los puso Dios, acaso con especial providencia suya, que era muy justo que generalmente estimasen y venerasen a quien tan a costa suya hacía por todos, procurando siempre la causa tan pública y común como es la exaltación de nuestra Santa Fe y la paz entre los príncipes cristianos.

Lo que notó de nuestro Hermano el P. M. Fray Jacobo Emans fue el sumo silencio; pues siendo quien más le trató en el tiempo que perseveró en aquella Corte, afirma que apenas podía moverle a hablar una palabra; pero si su conversación era en el Cielo, ¿qué mucho era que le costase trabajo el divertirse a hablar con los hombres en la tierra?

 

CAPÍTULO XVI

De cómo llegó a Venecia y se embarcó para Egipto.

Salió de Roma, y la primera visita que hizo de los Santos Lugares fue la celestial Casa de Nuestra Señora de Loreto, y en ella dio principio a la contemplación que siguió después en los más principales transmarinos. Entrando en consideración dentro de su alma y fervorizándola toda, viendo que allí se celebraron las bodas de las Naturalezas divina y humana, con tantos logros de la tierra, que pasó a ser Cielo, y con tanta caridad del Cielo, que se humilló a ser tierra, tomando por objeto la desigualdad del partido y haciendo en orden a él actos de profundísima reverencia y humildad, reconociendo que con ella se consiguieron tales efectos, y de agradecimientos indecibles, viendo que tal dicha se adquirió sin méritos nuestros.

Pasó a Bolonia, y allí estuvo con el Rdo. P. Fray Domingo de San Alberto, Carmelita Descalzo de la Congregación de España, el cual nos pudo dar noticia de un caso digno de admiración que le sucedió al Siervo de Dios en las montañas de Espoleto; pero antes de referirle pondré a la letra las palabras de la carta de aquel Religioso escrita a un Padre, Fray Vicente, de su misma Congregación, residente a la sazón en su Hospicio de Roma, su data en Bolonia a 16 de mayo de 1644. Dice así: "Aquí llegó el jueves el Hermano Fray Francisco de la Cruz, con su Cruz a cuestas, y tan fatigado, que parecía quería espirar; porque nos ha contado todo lo que le ha pasado de Roma aquí, que es cosa notable; y en todo el camino de España a Roma, con pasar entre herejes, no ha padecido la vigésima parte."

De modo que al paso de su espíritu le venían sin duda los trabajos; y como cada día se adelantaba en aquél, cada día iban éstos en aumento; lo que no me admira es de que pareciese quería espirar entonces, cuando era forzoso que siempre pareciese lo mismo en quien vivía siempre puesto en la Cruz de Cristo, verificándose de él lo que San Pablo decía de sí: "Con Cristo estoy crucificado en su misma Cruz"; en consecuencia de lo cual (pasando al caso prometido) sucedió que, pasando nuestro Hermano por las montañas dichas, muy fatigado de calor y sed, alcanzó a ver seis hombres con armas de bandidos, y llegándose a ellos, les pidió le diesen de beber, mas ellos le respondieron con más sequedad que la que le causaba su mucha sed; preguntáronle de dónde era, y habiendo respondido que español y que caminaba a Jerusalén, formaron juicio de que llevaba muchos dineros, y así, le despidieron diciendo: "Anda, anda", con intención dañada de reconocerle, siguiéndole, cuando les conviniese; mas poca diligencia pusieron para conseguirlo; porque habiendo sucedido esto poco antes de anochecer, le hallaron poco después en una hostería, en donde se había quedado nuestro Hermano por no haber podido llegar a la ciudad de cansado; ellos trataban de cenar, mientras que nuestro Hermano estaba en una caballeriza y recogido en un pesebre, que esta fue la acogida que le había hecho el hostelero, aunque después, ya movido a devoción, le mejoró pasándole a una pieza en donde había algunas camas; pero Fray Francisco, que desde allí estaba oyendo la conversación que los bandoleros habían trabado con el hostelero sobre decir éste que era un pobrecillo y un Santo, y aquéllos que era un bellaco ladrón, trataba (medroso) de encomendarse a Dios y reconocer si había algún medio humano para huir de la mala intención de que aquellos hombres perdidos daban muestras; pero se encendió tanto la porfía entre los dichos, los ladrones a acusarle y el hostelero a defenderle, que, enfadados con éste, le dispararon una carabina a los pechos, y habiendo oído el estallido nuestro Hermano, salió de la pieza desnudo hasta la túnica (cosa que nunca hacía, y ahora lo había hecho delante del hostelero por darle satisfacción de que no traía dinero escondido), y salió por una puertecilla falsa que había en lo alto de la hostería, la cual salía a la misma montaña, por donde huyó a esconderse; lo cual reconocido por aquellos hombres malvados, salieron al punto a buscarle por ella como unas crueles fieras: reconocieron los sitios, se entraron por lo fragoso, registraron las cavidades de las peñas; pero nuestro Hermano, que los sentía, se iba apartando de ellos continuamente, hecho un ovillo y escondiéndose entre las mismas matas; al fin no le pudieron descubrir; pero consideremos a este pobre Religioso desnudo, casi en carnes, vertiendo sangre por 30 heridas que se había hecho, desgarrándose entre la maleza del monte, porque no podía ver ni atender adónde ponía los pies ni si eran espinas las matas por donde pasaba, y esto en ocasión que padecía calenturas ardientes, como él mismo lo escribió a su General, perseguido de seis fieras crueles, en las soledades de una montañas, perdido su tesoro y su consuelo único, que era la santa Cruz, que se había quedado en la hostería: ¿qué diremos de semejante providencia de Dios con su Siervo? Pero ¿qué podemos decir si no es que quiso dar muestras de todos modos de que era su amigo verdadero y que le amaba cordialmente, pues le trataba como trató a su mismo Hijo? Pero ¿a quién persuadiremos a la práctica de esta certísima doctrina? Lo qué yo sé es que nuestro Hermano lo estaba tanto, que sólo estaba gustoso cuando se hallaba como le hemos pintado. Inspiróle, pues, Dios, ya cuando amanecía, que volviese a la hostería, y halló que cuando el bandolero disparó la carabina contra el hostelero, que le defendía, se había reventado y vuéltose las balas contra el agresor que, mal herido, se hallaba ya de otro dictamen para con el pobre Hermano, y con el mismo sus compañeros, a los cuales todos exhortó a penitencia y al santo temor de Dios; y habiéndole pedido alguna cosa de devoción, les dio unas medallas, y con esto se despidió, prosiguiendo su viaje.

Pasó a Venecia, donde le sobrevinieron nuevas dificultades sobre su viaje con Cruz a cuestas, por los riesgos de las indecencias que se propusieron a aquel Senado entre los infieles, enemigos de la Cruz de Cristo, viendo a Fray Francisco con ella, cosa tan nueva para los bárbaros, que no habían tenido otro ejemplar. Los inconvenientes se vencieron con el Breve de Su Santidad y licencias de los Prelados y las noticias de Francia y de Roma de este Religioso, y que habiéndose reparado esta materia por Su Santidad, le habían dado la facultad que pedía, y así se la concedió también el Senado, con que se embarcó día de San Juan Bautista; habiendo concurrido con limosna para pagar el flete y hacer provisión para el navío, por lo que tocaba a Fray Francisco, el mismo Senado y el Sr. Embajador de Alemania, pero principalmente, más que todos, el Sr. Embajador de España, como el mismo Hermano lo escribió a su Vicario General, que entonces lo era el P. M. Fray León Bonfilio, cuya carta original está leyendo actualmente el que esto escribe, con su data en la isla del Zante a 16 de julio de 1644; pero aunque nuestro Hermano vino en que se pagase de las limosnas lo dicho, no quiso vencerse a tomar ni un maravedí de otros muchos que los mismos le ofrecían para las Aduanas de los turcos y demás gastos del pasaje por aquellas partes de infieles, y asegurándole que de otro modo le sería imposible cumplir sus deseos de visitar aquellos Santos Lugares (en la verdad le aconsejaban según buena prudencia); pero como nuestro Hermano obraba sobre toda prudencia humana, que es el modo de obrar en los que proceden movidos especialmente del Espíritu Santo, no quiso admitir cosa alguna, respondiendo que él tenía esperanza de cumplir sus deseos, confiando sólo en Dios.

Padeció en el navío grandes tribulaciones con los pasajeros, que eran de diferentes sectas, y con la gente de mar, porque habían juzgado que llevaba dinero escondido, y que por guardarle había pedido le llevasen de limosna, y cuando reconocieron la verdad lo desquitaron en baldones y agravios, siendo la risa de todos, afrentándose de llevarle consigo, culpándole los hombres la determinación de peregrinar con Cruz a cuestas, que era envidia de los Ángeles y veneración de los Cielos.

Arribaron a la isla del Zante por la causa que el mismo Fray Francisco expresa en su carta de que hicimos mención; y así, para dar noticias más fundadas y que signifiquen su continuación en padecer, y la providencia del Señor con su Siervo, me ha parecido trasladar de su carta a la letra lo que a esto pertenece. Dice así:

"A la vuelta de una isla que se llama del Zante, tuvimos nueva de la Armada del Gran Turco que iba hacia las fronteras de Italia, y nos retiramos a la dicha isla del Zante (en este país tienen paces con los turcos); en el puerto no hicieron mal a nuestro bajel, por estar en el puerto y por ser venecianos, mas fueron descontentos y ha más de diez días que estamos en el puerto y no osamos salir de él; los Religiosos y peregrinos salimos a la isla, y ellos están en un convento suyo, que son Franciscanos; y yo, con otro peregrino, estamos en casa del Ilmo. Sr. Obispo, el cual me ha tenido en una cama malo, y me ha curado y regalado, y proveído de ropa y provisión de comida (para el navío), y asimismo un caballero que es cónsul de españoles. En esta isla hay de todas naciones de gentes; la mayor parte es de griegos; los demás son hebreos y turcos, y ateístas y de otras sectas; cristianos son muy pocos, digo, de los latinos obedientes al Pontífice nuestro Romano, a quien Dios guarde muchos años; Sacerdotes sólo dos, el uno el Sr. Obispo, y el otro su Vicario. Además de éstos hay otros ocho Religiosos de San Francisco y de Santo Domingo, en tres conventos repartidos, todos los cuales están como rosas entre espinas y como corderos entre lobos.

"Ya me siento para poder navegar, y presto proseguiremos nuestro santo viaje; con la Cruz visité las iglesias, y la iglesia del Sr. Obispo, que se llama San Marcos, y en su casa la he tenido y ya la he tornado al bajel"

Muchas cosas se descubren en el contenido de esta carta dignas de toda ponderación; mas por no molestar con digresiones, las dejamos al juicio de los lectores; solamente diré yo las gracias que debemos dar a Dios los que hemos nacido en partes donde tan fácilmente y con tanta abundancia podemos gozar de los beneficios de la Iglesia y de los consuelos verdaderos del alma; quiera Su Majestad que esto no sea para hacer más riguroso nuestro juicio.

Adviértese que el no declarar con puntualidad los tránsitos de este viaje y circunstancias de los Santos Lugares, omitiendo su descripción, que pudiera hacer más agradable esta lectura con hermosa variedad, principalmente es por ser otro el fin de esta historia y porque, aunque por incidencia de la vida de Fray Francisco de la Cruz (que es el único intento) se podía detener la pluma en las noticias de ellos, no es ocasión respecto del libro que con tal verdad, puntualidad y devoción ha impreso con título del Devoto Peregrino y Viaje de Tierra Santa el Padre Fray Antonio del Castillo, Comisario General de Jerusalén y Guardián que fue de Belén, sujeto de todas manera venerable y de particular recomendación por este libro, que parece ofensa de la piedad cristiana no haberle visto en culto y reverencia de tan celestiales memorias; y así en éste nuestro (por ser más propio del sujeto de él), dejada la parte de la descripción, nos valdremos de los principales puntos de la meditación.

También se debe advertir que no es digno de reparo el que Fray Francisco de la Cruz, sin tener caudal para pagar en las Aduanas de los moros, le dejasen pasar, siendo tan codiciosos, porque todo su viaje fue un empeño continuado de la Divina Providencia y el que dispuso que un hombre viejo hiciese tal peregrinación, sin que en ella le faltase ni la comida, ni el vestido, ni la salud. También quiso esto porque es el todo de todo, y lo quiso, unas veces por los medios de intercesiones de los peregrinos que iban con él, otras por los de quitarle sus pobres hábitos y detenerlos hasta asegurarse de que no llevaba dinero, otras contentándose con maltratarle, y otras con los socorros que por él hizo el padre Próspero del Espíritu Santo, Vicario de los Descalzos Carmelitas que habitan el Monte Carmelo y Visitador Apostólico, que movido de la grandeza de esta obra o con inspiración Divina, luego que tuvo noticia de este peregrino Religioso Carmelita, le salió al encuentro y le acompañó en las sagradas estaciones y pagó por él los tributos, que fue el único consuelo temporal que tuvo el Siervo de Dios.

Desembarcó en Egipto, y tomando la vuelta del Cairo en compañía de otros peregrinos de diferentes naciones, que llevaban el mismo intento, caminando todos sin sentir las incomodidades ni las inclemencias del tiempo, por los ardientes deseos de ver lograda su devoción, repararon en un perro negro que iba delante de nuestro Hermano, y de cuando en cuando volvía a mirarle; de que no se hizo caso, juzgando que sería de algún caminante que le habría perdido. Estando todos en esta consideración, el perro se llegó a Fray Francisco y le mordió en una pierna, con tal fuerza y enojo, que los demás compañeros no le podían desasir, hasta que a todos se les desapareció de entre las manos, dejándole hecha una herida muy grande, con que el demonio cumplió la amenaza que le hizo a la salida de la Alberca, y Nuestro Señor se lo permitió para mayor confusión suya y acumular méritos y prerrogativas a esta peregrinación, para agradarse más en ella mientras más penas y aflicciones la acompañaban, pues sin ellas no se pudiera conseguir el que este acto fuese imitación alguna de quien los hizo precio de nuestra redención.

CAPÍTULO XVII

En que prosigue su viaje, y le sale a recibir el P. Próspero del Espíritu Santo, y en su compañía empieza a visitar los Santos Lugares.

Los compañeros de Fray Francisco ataron con un paño la herida, y con grande trabajo suyo, respecto de lo que le molestaba para caminar, y del ardor de la tierra, llegaron al Cairo, y en él se fueron a hospedar al cuartel de los cristianos, y a nuestro peregrino le acogieron en una casa, para que durmiese en un pajar; salió con su Cruz a pedir de limosna por el cuartel algún pedazo de pan para sustentarse, y en el portal de una casa se le dieron, y agua para ir pasándole, a tiempo que entraron dos moros; y como aquella tierra es tan fértil y barata, extrañaron notablemente el género de comida; el uno de ellos traía un hacha de partir leña en la mano, y pareciéndole que aquel hombre debía de ser algún embustero, pues tenía la barba y cabello tan crecidos, porque no se los quitó en todo el tiempo de la peregrinación hasta que volvió a Castilla; con que al verle con aquellos hábitos y aquella Cruz, y el aborrecimiento natural que la tienen los moros (en odio de ella), pareciéndole que hacía sacrificio a su Profeta (...) alzó el hacha para dar a Fray Francisco, y a un mismo tiempo él se hincó de rodillas, cruzando los brazos, para recibir el golpe, y el otro moro le detuvo con impía miseración, pues le dejó la vida y le quitó la corona, pero no el afecto de conseguirla, no siendo menor el martirio, por dilatado, en la crucifixión de todos sus sentidos.

Comido aquel pan de tribulación, que es el que aumenta las fuerzas del espíritu, hallándose mejor de la herida de la pierna, y visitados los Santuarios que hay en aquella ciudad y su comarca, se volvió a juntar con sus compañeros, y se embarcaron para Joppe o Jaffa, puerto de Tierra Santa y el más cercano a Jerusalén, donde llegaron felizmente; y luego que se desembarcaron, adoraron todos aquella Tierra hincándose de rodillas y dando gracias de haberla llegado a ver, besándola con sumo gozo y agradecimiento. Al tercer día que por tierra prosiguieron su viaje, salió al camino, en busca de Fray Francisco de la Cruz, el P. Fray Próspero del Espíritu Santo, Vicario del convento de Carmelitas Descalzos, que está en el Monte Carmelo, que habiendo tenido noticia que había de venir por mercaderes venecianos, y juzgando desembarcaría en otro puerto llamado San Juan de Acre o Cayfa, que está a la falda del monte, donde la arribada es más frecuente, supo por algunos árabes (de los que corren la tierra como bandoleros sólo por el sustento natural, y que en el convento les suelen dar de comer porque no les embaracen el camino para el comercio de lo que necesitan aquellos santos Religiosos), como había desembarcado en Jaffa; con que vino en su busca; y hallándose, ¿quién podrá significar los gozos de entrambos? EL P. Próspero era de nación portugués, varón de rarísima virtud y singular mortificación, y que en aquel convento gobernaba lo espiritual con ardiente fervor, y lo temporal con sagacidad prudente y religiosa, y que en su Orden está reverenciado como Santo, por quien ha obrado Nuestro Señor muchos milagros en vida y en muerte.

Apartáronse los dos Religiosos de los demás peregrinos, y el P. Vicario del Carmelo solicitó el pasaje en las correrías que en él ordinariamente hay de árabes, porque a unos conocía y a otros daba algún socorro; con que caminaron sin recibir molestia hasta el Monte Carmelo, que dista de aquel puerto donde arribaron aun menos que Jerusalén, si bien los caminos son diversos, porque desde el puerto para Jerusalén se toma casi línea recta por Roma contra el Mediodía; mas para ir al Carmelo se vuelve sobre la mano siniestra, costeando el mar y caminando hacia el Oriente. Fue nuestro Hermano muy bien recibido de aquellos Santos Religiosos Carmelitas, a quien habían deseado conocer y a quien estimaron por verdadero hijo del Carmelo, consolándole en los trabajos que había padecido y esforzándole para los venideros hasta que consiguiese el logro de su empresa, de donde resultaba tanta honra y gloria a la Soberana Reina de los ángeles, Madre singularísima del Carmelo, por haber adornado con esta corona más su esclarecida familia.

Y aunque hayamos de discurrir por la visita de los Lugares Santos omitiendo por la mayor parte lo que pertenece a descripción según lo prometido, me ha parecido, con todo ello, hacer una breve del Santo Monte Carmelo, ya porque de algún modo pertenece a la historia del viaje de nuestro Hermano, y ya principalmente por ser el solar feliz de su Religión antiquísima del Carmen, por quien consiguió y conserva este nombre tan glorioso en la Iglesia.

Es, pues, el Carmelo un monte en Palestina, elevado entre los fines de Fenicia, Galilea y Samaria, a la parte septentrional del mar Mediterráneo, distinto del todo y separado de otros montes; pero a los más vecinos sobrepuja su eminencia, descollándose entre cuantos se alcanzan con la vista: no se ciñe fácilmente, puesto que es su circunferencia casi de cuarenta millas, en cuyos senos se incluyen diversos valles y collados, diferentes riscos y elevaciones; pero lo más excelso y encumbrado es hacia la parte septentrional, y es lo que comúnmente se llama el Promontorio del Carmelo, con lo cual pretende competir en altura (aunque no alcanza) lo que mira del mismo Monte hacia el Oriente; mas por la parte meridional y occidental se humilla mucho más y es lo más bajo: es, pues, todo el Monte, por la mayor parte, feraz de arbustos y de plantas, como de olivas y laureles en sus faldas, de pinos y de encinas por las cumbres; todo él es ameno, todo verde y fragante todo, por la indecible variedad de hierbas, de rosas y de flores, cuya vistosa hermosura y apacible temperatura no se causa poco de los abundantes regadíos, por ser muchas y caudalosas las fuentes que allí nacen, los arroyos que discurren por los sitios, las aguas cristalinas que de las eminencias se despeñan, hasta llegar a disponer una estancia (entre otras muchas) tan extendida en amenidades, en prados, en bosques, y de collados tan vistosos, que viene a componer otro paraíso de deleites, siendo este sitio el que se cree llamarse en las Divinas letras Saltus Carmeli o Bosque del Carmelo. Dista, pues, este celebrado Monte: de Jerusalén, como sesenta millas; del mar de Galilea y del Jordán, por consiguiente, no más que veintiocho; del Tabor, diez y seis, y dos leguas solamente de la insigne ciudad de Nazaret; que ésta, Cesarea de Palestina, Castillo de los Peregrinos y San Juan de Acre, Caife, y el mismo mar Mediterráneo, son los términos y fines de aquel Monte: Monte excelso, famoso y celebrado, no tanto por lo dicho, cuanto por haber sido la Casa Solariega de la Religión del Carmen; con tan sagradas circunstancias que, elevándose hasta el Cielo, pasó a ser Monte Santo; es sin duda uno de los lugares que llaman de la Tierra Santa, y según su situación el principio de toda ella, y todo incluso en la tierra feliz de Promisión. Dije que el Monte Carmelo es principio de la Tierra Santa, porque la entrada más frecuente es el puerto célebre de la ciudad de Accon, sita casi a la falda de aquel Monte, a la cual después el Rey de Egipto la puso por nombre Tolemayda, y después los insignes Caballeros de Rodas la nombraron San Juan de Acre, con el nombre de su gran Patrón, o Cayfe, que está más próximo.

Aquel, pues, Monte Santo del Carmelo, fue el que escogió, con impulso soberano, el gran Profeta Elías para asiento suyo, en donde elevándose a sí sobre sí mismo, introdujo con su ejemplo entre los hombres un modo de vivir de ángeles, más espiritual que corpóreo, más divino que humano; siendo tan poderoso en el caudal de espíritu, que pudo dejarle doblado a su discípulo Elíseo, no sólo para éste, sino también para sus sucesores los Religiosos Carmelitas, que habiendo de durar, según revelación divina aprobada por la Iglesia hecha a San Pedro Tomás, hasta el fin del mundo, se habían de multiplicar con el mismo espíritu de Elías, más que los astros del cielo, al modo que en nuestro Venerable Hermano, cuya vida fue tal, que bastaría para ejemplo de tan dichosa sucesión.

Todo lo dicho consideraría Fray Francisco cuando se determinó a empezar su visita por el Monte Carmelo, aunque le costó algunas leguas de rodeo, respecto de haber desembarcado en Jaffa, porque quiso empezar con aquella devoción de su espíritu por el mismo Monte por donde había empezado el espíritu de su devoción y la vida de su espíritu.

Mas para poder hacer juicio de los Lugares Santos de aquel Monte famoso, que visitó y veneró nuestro Hermano, y que de nuevo ilustró con su presencia, me ha parecido conveniente hacer otra descripción, con la brevedad posible, de lo sagrado que contiene, pues aun más conduce para nuestro intento que la que hicimos de lo natural del Monte.

En aquel valle, pues, el más ameno, que se llama, como dijimos, el Bosque del Carmelo, se hallan veinticuatro cavernas, doce por banda, dispuestas a modo de capillas de iglesia con igualdad y continuadas, y en el medio una mayor, que sirve como de coro, en cuyas ruinas se renueva la memoria y devoción de aquellos antiguos Padres del Carmelo que, dados del todo a la contemplación divina y a las alabanzas del Señor, vivían muertos para el mundo y como sepultados en aquellas cuevas para resucitar más gloriosos con Cristo.

A la falda oriental del Monte se ve una fuente hermosa en un sitio que llaman los árabes Mocata, que quiere decir lugar de Occisión, porque fue en el que Elías, lleno de celo santo de Dios, hizo degollar los cuatrocientos cincuenta profetas falsos de Baal, que tenían engañado al pueblo de Dios y reducido a la idolatría, inicua adoración del demonio en aquel falsísimo dios.

Una milla del Promontorio a la parte meridional, inclinando hacia el Occidente, está la famosa y celebradísima fuente de Elías, la cual baja a un valle hermoso por dos canales, las cuales se reciben vistosamente en una taza grande formada en la misma piedra viva; en esta fuente y sitio hizo alto Fray Francisco con la consideración, reconociendo en aquellas aguas cristalinas las purezas que dimanaron de aquel Monte para su Religión santa y para toda la Iglesia por los dos conductos de los Profetas Elías y Elíseo, siendo origen y principio aquella nubecita fecunda que vio el primero, símbolo de María Santísima como Madre natural de Dios y adoptiva de sus sucesores en el grado de excelencia que cabe en semejante maternidad, para que puedan llamarse hijos especialísimos de María Santísima. Esto consideraba nuestro Hermano cuando, ansioso de renovar su espíritu lavándole más y más en aquellas aguas de pureza, entró en ellas la Cruz y la bañó muy bien, y con eso bastó, porque todo su espíritu le tenía en la Cruz y en ella estaba todo él crucificado.

En la otra banda del valle, a doscientos pasos, en un sitio que hace eminencia a la fuente de Elías, se ven ahora las ruinas de otro convento de Carmelitas que habían edificado San Alberto, Patriarca de Jerusalén, y San Brocardo, Prior General del Monte Carmelo, del cual sólo ha quedado una sala y un oratorio, y allí otra fuente, que sería del mismo convento y Fray Francisco la miraría como fuente perenne de lágrimas tristes, por verse desamparado y reducido a ruinas muertas el que fue en otros tiempos custodia de Santos vivos.

Más arriba se extiende un campo que se hizo memorable por un milagro de Elías, y fue que preguntando el Profeta a un hombre qué llevaba, le respondió que piedras; a que replicó diciendo: "sean piedras en buena hora"; y así sucedió de improviso milagrosamente, porque lo que el hombre llevaba eran melones, y para prevenir que el santo no le pudiese pedir alguno, mintió diciendo que eran piedras, y piedras se quedaron para siempre en forma de melones, a modo de cristal transparentes. Y lo que es digno de mayor admiración, que hasta el día de hoy está todo aquel campo lleno de aquellos melones de piedra, para perpetua memoria de la mentira e impiedad de aquel hombre; el curioso que quisiere verlos, vaya al convento de los Padres Carmelitas Descalzos de Madrid, que allí hay uno de ellos: aquí admiraría Fray Francisco lo maravilloso de Dios en sus Santos, pues aun en las cosas menores los asiste con toda su Omnipotencia; y admírenla también los duros de corazón con los pobres, que por su amor y voluntariamente se han puesto en estado de necesitar de todos.

En el sitio que dijimos del convento de San Brocardo hay tradición que había más de mil cavernas, habitadas todas de religiosos Carmelitas, a los cuales redujo a mejor forma de vida y regla aquel Santo, la cual le dio el dicho Patriarca de Jerusalén, San Alberto, habitador también del Carmelo, que es la misma que profesan hoy todos los Religiosos del Carmen, como consta claramente de su título y del último capítulo de ella misma.

-Aquí- decía Fray Francisco- recibieron los antiguos Padres de mi Religión la misma Regla que yo profeso; aquéllos eran tan Santos, que el mundo no era digno de ellos; y yo soy tan gran pecador, que soy indigno de vivir en el mundo; aquéllos conservaban el espíritu de mi Padre Elías, yo le destruyo con mi mala vida; aquéllos con mucha razón se llamaban sus hijos y traían su Hábito Sagrado, pero yo nada de esto merezco; pero pues me hallo yo con las mismas obligaciones que aquéllos, haré cuanto pueda, con la gracia de Dios, para cumplir con ellas e imitarlos. Ea, Dios mío, ayudadme, que tan grande y tan bueno sois ahora como entonces.

Pasando a la parte occidental, cinco millas de la Fuente de Elías, en un valle escondido entre los escollos, duran hoy 400 cavernas, con sus ventanas cada una, cavadas en la misma piedra viva y cada una con su fuente; delicias propias y disposiciones de Santos contemplativos en que Fray Francisco hallaba nuevos motivos para imitarlos entonces, fijando su mente en el Señor, que así sabe y puede elevar a los hombres a vivir sobre la tierra de su mismo ser, y aun estando en ella corporalmente, hacerlos, según el espíritu, habitadores del Cielo.

En la eminencia del monte, hacia el Poniente, se ven las ruinas de un convento célebre que fundó el Cardenal Eimerico; duraba en tiempos de San Luis, Rey de Francia, el cual se aficionó tanto a la santa conversación y modo admirable de vida de aquellos Religiosos, con quien trató devotísimamente, que se llevó algunos consigo a Francia para establecer en su reino aquel modo de observancia; que como era Rey santo, sabía muy bien que la basa sobre que se conservan y aumentan las monarquías, según los fines de Dios, es la santidad y religión, porque el fin de los fines de todos los reinos y señoríos no es otro que el que haya hombres que se salven. ¡Qué altamente consideraría esto el que ofreció tantos trabajos y consagró toda su vida a este intento, como era nuestro Hermano, que iluminado especialmente con las luces de la Fe alcanzaba a conocer bien que el misterio de la providencia especial de Dios todo consiste en disponer medios para que haya criaturas que le gocen!

Volviendo en contorno del Promontorio hacia Levante, se conservan vestigios del templo primero de todos los de mundo que se erigió, dedicó y consagró a honra y gloria de la Madre de Dios, aun viviendo esta Divina Señora, que fue siete años después de la Ascensión del Señor, la cual fue fundación de los Carmelitas, como se dice expresamente en las lecciones del Oficio de Nuestra Señora del Carmen su día 16 de julio, siendo el principal fundador San Agabo, Profeta, que fue discípulo de los Santos Apóstoles. ¡Oh, qué dulce sería esta memoria para quien deseaba ser verdadero hijo de María y tanto se preciaba del Santo Hábito que tanto acredita de esto y de descendiente y heredero del espíritu de aquellos Santos Padres del Carmelo!; el cual vivía fervoroso en nuestro Fray Francisco, pareciéndole que por esto mismo estaba en precisa obligación de imitar continuamente a aquellos Religiosos bienaventurados de su misma profesión, pues fueron los primeros del mundo que se juntaban en aquella iglesia santa a cantar himnos y alabanzas a su Madre, siendo así los maestros que empezaron a enseñar en la Iglesia con su ejemplo a dar cultos y veneraciones a la Madre de Dios.

Pero prosiguendo con la descripción de estos lugares, digo que hacía lo más alto del Monte, a la banda del Oriente, se descubre una campaña que los arábigos llaman Kobar, que quiere decir sacrificio, porque fue el lugar de aquel sacrificio celebérrimo de Elías que hizo en presencia del Rey Acab, a contraposición de los Profetas falsos de Baal, concluyéndolos de tales a vista de todo el pueblo y estableciendo la Fe del verdadero Dios; el cual, para crédito perpetuo de su Ley y del celo santo del Profeta, envió fuego del Cielo visiblemente que consumió el sacrificio del altar, las piedras y el acueducto, obligando a que todos alzasen la voz, diciendo: ¡Viva el Dios de Israel! Por cuya causa hasta el día de hoy los judíos visitan este lugar con especial veneración y se hace eterna la memoria de este caso con 12 piedras que el mismo Elías colocó allí por su mano para este intento y hoy perseveran en el mismo sitio, en algunas de las cuales se reconocen algunos caracteres hebreos.

¿Quién puede dudar que, al reconocer este lugar Fray Francisco, se inflamaría de nuevo con el celo de su Profeta Celador, y que en adelante aquellas voces ordinarias suyas de ¡viva la Fe de Cristo y ensalzada sea la santa Fe católica!, serían ecos de las que daba aquel pueblo siguiendo las de su gran Padre?

Antes de llegar a lo más eminente del Monte, será justo hacer memoria de la habitación del profeta Elíseo, inmediato heredero del espíritu doblado de su Maestro, y de su capa milagrosa (hoy se conserva esta capa en el Sagrario de Oviedo). Es aquella habitación una gruta que consta de dos piezas: la una mayor, en la cual hay un altar, y en otra menor, un pozo; siendo tradición que moraba en ella el Profeta en la ocasión que vino a visitarle Naamán Siro para que le sanase de la lepra que padecía; y siendo esta enfermedad símbolo el más significativo del pecado, luego se le ofrecería a Fray Francisco su antigua lepra, que era el mal que más le afligía y del que procuraba sanar con veras de su alma; y si la salud había de consistir en lavarse en el Jordán, no le hacían falta esta agua, cuando a todas horas se bañaba en lágrimas de su corazón; y aunque de ésta pudiera presumir que ya estaba limpio, nunca se podía asegurar, acordándose de la sentencia temerosa de San Pablo: "¿Quién sabe si es digno de amor o aborrecimiento, cuando los juicios de Dios, de que temía David, distan de los juicios nuestros más que dista el Cielo de la tierra?" Por lo cual, lleno de aquel temor santo, prorrumpiría de lo íntimo de su corazón en mil suspiros, diciendo: ¡0h Padre mío Elíseo, yo estoy más leproso que Naamán; ruega por mi salud a nuestro Dios para que yo sane con más ventajas que aquél!

Llegando ya a lo más alto del Monte, que es el Promontorio dicho del Carmelo, se halla la cueva, gruta o caverna de San Elías, porque fue su habitación ordinaria. Es toda cavada en el escollo mismo, y tiene de largo como veinte pasos, y quince de ancho; es lugar de la mayor veneración y tenido por el más santo del Monte, y vulgarmente se llama el Kader, que quiere decir verde o florida, porque aquel sitio lo está siempre sin sentir las destemplanzas del tiempo, y no dejan a los cristianos visitarla si no es pagando alguna moneda a los mahometanos que la poseen. Allí hubo una iglesia, dedicada a la Virgen María, que se erigió el año de 83 del nacimiento de su Hijo, por los Religiosos Carmelitas que habitaban aquella cueva, la cual fue edificada en veneración de aquel lugar, por ser perpetua tradición que el mismo Hijo de Dios le consagró con su presencia, juntamente con su Madre Santísima, visitándole muchas veces; lo cual se hace fácilmente creíble, ya porque Nazaret de Galilea, ciudad de aquella divina Señora, tiene su situación casi a la falda del Carmelo, en donde vivió muchos años con su esposo San José y con su Hijo Dios, ya por lo que dice la Iglesia en las Lecciones del Oficio de Nuestra Señora del Carmen, que los Carmelitas tuvieron la felicidad de gozar de la familiaridad y coloquios de la Reina de los Ángeles.

Dentro de aquella misma cueva de Elías hay otra menor, como de seis pasos de largo, y allí se venera hoy una Imagen de Nuestra Señora, con su Altar y lámpara, que arde siempre, en memoria también de que Su Majestad estuvo allí muchas veces con su madre Santa Ana y San Joaquín, porque la casa de campo de este gran Patriarca venía a estar dentro del mismo Monte; y si es digno de crédito San Juan Damasceno, él afirma expresamente que María Santísima nació en la casa de campo de Joaquín, y, por consiguiente, que el mismo Monte Carmelo fue el oriente de aquel Sol, y de esto puede ser profecía, entre otras cosas, la que tuvo Elías de María Santísima en el símbolo de aquella nubecita que vio sobre el Carmelo como vestigio de hombre, en quien halló idea y tomó forma de pureza y Religión para sí y para todos los que siguiesen su espíritu e instituto, siendo aquel sitio florido del Kader en el que tuvo visión tan misteriosa y celebrada de los Santos Padres y de la misma Iglesia nuestra Madre.

Pero al verse Fray Francisco en aquel sitio ¡Qué consideraciones no tendría! ¡Qué afectos no se moverían en su corazón! ¡Qué conceptos no se formarían en un entendimiento tan ilustrado de Dios! Allí quisiera quedarse eternamente, a no parecerle que fuera todo gozar, y no se componía bien con su ánimo, que era todo de padecer. Mil veces besaría aquella tierra, tan dichosa por haberse visto hospicio del que no cabe en el Cielo; por haber sido trono, en algún tiempo, de la que le tiene eterno de los más excelentes Querubines. Allí tocaba su Cruz una y muchas veces, y quisiera traerse en ella toda la virtud del Monte, si se puede añadir virtud sobre la virtud de la misma Cruz; allí explicaba, con dulces lágrimas, las dulzuras de que gozaba su alma, y con las mismas lágrimas significaba el dolor de haberse de apartar de aquel lugar de deleites, y mucho más de verle en poder de los mayores enemigos de la Iglesia y de la Fe. -Justo eres, Señor (diría); pero justo será lo que te diga: ¿por qué permites que los caminos de los impíos mahometanos se prosperen en estas partes en que se abrieron los caminos para el Cielo? ¿Por qué ha de ser Jerusalén de un turco, y de un bárbaro el Carmelo? ¿Y por qué todos los Santos Lugares se han de hallar tan profanados de inicuas gentes y naciones? Si esto es por nuestros grandes pecados, y más por los míos, volvamos al dolor y penitencia. Penitencia; que este era el pregón ordinario de nuestro Hermano por cuantas partes pasaba, especialmente a la vuelta de su dichoso viaje.

Llevóle al fin a su convento el V. P. Fray Próspero, el cual se intitula Santa Teresa y su situación es algo más abajo del Promontorio, y todo él, en suma, es una gruta, en donde los Padres Carmelitas Descalzos han formado cuatro celdicas con un Oratorio en medio de ellas, un Refectorio pequeñito, una cocinilla y horno, donde viven y perseveran, conservando cada uno en sí el espíritu de su Madre Santa Teresa, que es el mismo de su Padre Elías aunque sólo parece faltaba el nombre de aquella gran Virgen para los lustres cabales de aquel Monte.

¡Con qué caridad trataron aquellos santos Religiosos a Fray Francisco! Cómo le asistían y consolaban, especialmente el P. Fray Próspero, no es decible; pero tampoco lo es el agradecimiento justo de nuestro Hermano, como él mismo lo significa en una carta que escribió a Roma desde Leche, ciudad insigne en la Pulla, Provincia del Reino de Nápoles. Pagaba, pues, Fray Francisco, con amor recíproco, en oraciones lo que no podía de otro modo; que a la verdad debió mucho, porque sin la asistencia de aquellos Religiosos (según lo humano) no hubiera podido cumplir con su devoción de visitar aquellos Santos Lugares; pero ¿qué otra cosa se podía esperar de los que miraban a Fray Francisco como Hermano suyo del alma, pues lo eran, según el espíritu, la profesión y el Hábito?

Esta unión de amor en Dios la explicó el Santo Fray Próspero no queriendo apartarse de nuestro Hermano en toda la visita de los Santos Lugares, para asistirle de todos los modos posibles, pues lo hizo con su intercesión, con sus Religiosos, con su convento, con sus oraciones, con dinero y con su misma persona, para lo cual se determinó a acompañar a Fray Francisco, sin perderle de vista hasta concluir con su visita, volver al Monte Carmelo y, finalmente, hasta que volvió a embarcarse para Europa.

Concedióle, pues, el Señor a Fray Francisco con la compañía y comunicación del P. Próspero todo el consuelo humano que pudo adelantar la imaginación, y el divino que sabe dar su bondad, porque se participaron los incansables alientos que cada uno tenía de caminar a la perfección, gastando todo el tiempo que podían en divinos coloquios y fervorosas consideraciones.

Bajaron, pues, los dos del Monte, empezando su visita, y tomaron lo primero el camino para la Santa Ciudad de Jerusalén, y el P. Fray Próspero solicitó el pasaje en las correrías que en él hay de árabes, porque a unos conocía y a otros daba algún socorro; con que caminaron sin recibir molestia, hasta que llegando a un alto desde donde se descubría parte de la Ciudad Santa, el P. Próspero, arrojando suspiros de su corazón, que daban bien a entender los incendios que dentro se ocultaban, se volvió a Fray Francisco y le dijo: -Esta es Jerusalén; la misma tierra es, el mismo cielo; sólo nosotros no somos los mismos cuando más lo debíamos ser, porque siempre somos peores. Aquí, si al Señor de la vida hubieran conocido, no le hubieran crucificado; y nosotros, conociéndole, le crucificamos cada día con nuestras culpas. Esta es Jerusalén, de donde tomó nombre la Celestial, como si hubiera dudado cuál era más Cielo. Esa tierra es donde padeció un Hombre-Dios, y ese cielo es donde padeció el Sol de verle padecer. Esa tierra es la que arrojó de sus sepulcros los muertos para que sintiesen lo que no sentían los vivos. Y ese cielo es el que se cubrió el rostro por no ver la mayor ingratitud en el mayor beneficio; y así, dispongamos nuestras almas en la mejor forma que nos sea posible, viendo que entramos a pisar Tierra Santa y consagrada. A lo cual nuestro Hermano, entre sollozos y lágrimas, le respondió: -Padre y señor mío, mi espíritu no se levanta del suelo por el gran peso que le hace en mí la parte de barro de que está asido. Bien conozco, con la luz que da la Divina gracia, que el lugar donde pretendemos entrar es Santo y que para haber de llegar a él hemos de apartar primero de nosotros todos los afectos de los sentidos. Bien conozco que esta ciudad fue teatro funesto de la mayor tragedia, y que en ella aquel Señor en cuya presencia tiemblan los espíritus más levantados y se estremecen las columnas del firmamento, entregó su Hijo por redimir su esclavo.

Bien conozco que en esta misma entrega, en esta misma ciudad fue desamparado el Divino Hijo hecho Hombre, permitiendo que le llegase la hora de los ingratos y la potestad de las tinieblas, tanto, que se quejó a su Padre Dios de que veía su muerte, y de que con ella se extinguía la sed insaciable con que padecía su amor y de que moría sin que su pueblo le creyese. Bien conozco que justamente aquí se turbaron los elementos, y se pasmaron los Cielos al ver que no podía errar el Hijo en la queja, ni podía errar el Padre en el desamparo. Bien conozco que fue tal y tanta la grandeza del Redentor, que por lograr su redención copiosa hizo feliz la culpa. Bien conozco que a vista de esta tierra y de este cielo, frenéticos los hombres se enfurecieron contra el Médico que les venía a sanar, y que cuanto en él fue nos libertó del contagio total y suficientemente, y que si hoy no logramos esta absoluta libertad es por no guardar sus preceptos y por no recibir dignamente la virtud de sus Sacramentos. Y así, pues, el Reino de los Cielos padece fuerza y permite ser arrebatado violentamente; yo vengo a procurar conquistarle con la humildad que me enseñó el que abrió el camino para la conquista, Cristo Jesús, mi Maestro, y con esta Cruz, instrumento de guerra, en la que padeció tan cruel y sangrienta para que yo consiguiese la victoria por ella; y así, Padre mío, a Jerusalén, a imitar los Sagrados pasos de quien fue nuestro ejemplo.

 

CAPÍTULO XVIII

En que entra en Jerusalén, y en compañía del Padre Próspero empieza sus Estaciones.

    Bajaron los Siervos de Dios alternando el Te Deum Laudamus, y entraron por la puerta de Damasco, que está sola destinada para el ingreso de los peregrinos, y habiendo sido registrados y pagado el acostumbrado tributo el Padre Próspero por sí y por su compañero, lo cual fue tanto en esta Aduana como en las demás; limosna en esta ocasión de muchas calidades, aunque la mayor fue venir en su compañía, porque le sirvió de guía y de explicación de los Santos Lugares, por haberlos él frecuentado otras veces. Empezaron por la visita de la casa de Santa Ana, cuyo principio le fue muy agradable a nuestro Hermano, pues para el convento, con título de esta misma Santa fue su vocación. De allí pasaron a la de Simón Fariseo, en donde Nuestro Redentor concedió indulgencia plenaria a la Magdalena de sus pecados, que también alegorizó a su modo, porque, a su vocación, esperaba en la Divina Majestad se había de seguir la remisión de sus culpas. Desde allí pasaron a la casa de Pilatos, que aun hoy conserva su grandeza y no se deja visitar de peregrinos, porque es habitación de los Virreyes. Aquí empezaron con tiernos sentimientos a meditar estos Sagrados Misterios, viendo maniatado el poder de Dios; preguntado y juzgado el que tiene su potestad para ser Juez de vivos y muertos; coronado de espinas el que es Rey perpetuo y verdadero; azotado y desfigurado el espejo sin mancha y resplandor de la luz eterna, y con Cruz a cuestas el que tenía por la más pesada la representación de los que no se habían de aprovechar de ella.

Dióle noticia el P. Próspero como desde lo alto de la casa de Pilatos se veían las ruinas del Templo de Salomón, reedificado muchas veces y tantas destruido, adonde no se permite llegar a los cristianos. Siguiendo sus estaciones llegaron al palacio de Herodes, en donde se burlaron del Redentor, tratándole como a loco, cuando no cabían en humano ni angélico entendimiento las finezas que estaba haciendo por los mismos que así le injuriaban; cerca de este sitio adoraron el lugar desde donde fue mostrado al pueblo, coronado de espinas, azotado y vestido de púrpura, cuando Pilatos dijo: Ecce Homo, como que ganaba grandísimos aplausos llamándole hombre por desdoro, siendo así que porque se hizo hombre se remedió el hombre.

Desde allí pasaron al lugar que llaman el Pasmo de la Virgen, dicho así porque, llevándole a crucificar, le salió al encuentro y le vio tan desfigurado, que no era su rostro ni su hermosura la que traía; donde consideraron la fuerza de los tormentos, pues en tan pocas horas hicieron lo que aun no suele acontecer en tiempo más dilatado; y que si al primer hombre, después de causada su ruina y la nuestra, parece que no le conocía el mismo que le hizo, y preguntado por él, daba a entender lo desfigurado que estaba, al que le vino a remediar sucedió lo propio, para que, por los mismos términos que se causó el mal, se consiguiese tan perfectamente el reparo. También consideraron los intensos dolores de aquella Santísima Señora, que en cualquier mujer fueran de muerte, por razón de madre, y en ella, por la de saber con tan cierto conocimiento quién era el que padecía y por quién padecía, no lo fueron, porque el morir era alivio a su pena en ocasión de tal pasmo, que más propiamente fue admiración indecible de lo que veía y conocía en su Santísimo Hijo.

Adviértase que en las distancias de unas Estaciones a otras siempre iban oyendo baldones y afrentas, así de turcos como de indios, y en algunas los muchachos les tiraban piedras; y también que no las seguían consecutivamente, como cuando se visitan las Vías Sacras que hay en España y en otras muchas partes de la Cristiandad, sino que iban por la ciudad adorando los lugares en que se obraron diferentes misterios de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, hasta llegar al Monte Calvario y Santo Sepulcro, reservando para otros días la visita de otros Santos Lugares dentro y fuera de Jerusalén. Llegó la ocasión de ver en una calle una piedra grande; y preguntándole al Padre Próspero si en ella había alguna significación, le respondió que allí había padecido el glorioso Protomártir San Esteban, y allí había perdonado a sus enemigos y visto los Cielos abiertos, que parece es consecuencia uno de otro; la cual, al tiempo del martirio del Santo, estaba fuera de la ciudad, y ahora con la nueva reedificación quedó dentro de ella, sucediendo lo mismo al Monte Calvario y Santo Sepulcro. Fray Francisco se inclinó a besar la piedra al tiempo que pasaba un Rabino de la sinagoga de Jerusalén, que hizo tanto sentimiento de ver aquella religiosa y devota demostración, que alzando una piedra le dio con ella al Siervo de Dios tan recio golpe en lo alto de la espalda del lado derecho, que pasando por encima de la cabeza le causó gran sentimiento, y también se hirió algo el rostro en la piedra del Santo, con el natural movimiento. Los efectos que resultaron de la vehemencia del dolor fueron quedarse un breve rato en oración, el rostro sobre la misma piedra, y levantarse de allí y seguir al Rabino que le hizo el agravio y decirle estas palabras: -Por el bien que me has hecho en Nuestro Señor Jesucristo, que te ha de conceder la dicha de que entres en el gremio de su Iglesia. A que respondió el Rabino en idioma toscano, fácilmente inteligible: -Hombre, déjame, que me has herido en el alma: ¿qué Iglesia es esta que tiene hijos que saben perdonar injurias? Yo, siempre que pasaba por esta piedra, me reía de las memorias que celebráis de vuestro Esteban, creyendo por fábula lo que rezáis de él, que perdonó a los que le apedreaban; y lo que nunca he creído, ahora he experimentado: ¿qué Iglesia es esta, que aun después de tantos años tiene quien con Cruz a cuestas sabe imitar a su Maestro? ¿Y quién perdonando a su enemigo, acción que sobrepuja las fuerzas humanas, y que no teniendo su fundamento ni en la política ni en la naturaleza, siga tan costosos ejemplares, pretendiendo que trae su origen del mismo Dios? Vuelvo a decirte, hombre, que me has herido en el alma; yo te buscaré antes que te partas de esta ciudad. Fuese el indio, y el Padre Próspero dijo a Fray Francisco que se tenía por muy dichoso en haberle venido acompañando, por haber visto suceso tan extraordinario, que esperaba en Dios que había de resultar de él alguna grande gloria suya que prosiguiesen su camino al Monte Calvario y Santo Sepulcro; nuestro Hermano le dijo que era tan vehemente el dolor que tenía del sentimiento de la piedra, que apenas podía caminar. Entonces, llegando la mano el Padre Próspero a la parte del golpe, reconoció que se le había hecho un tumor grande, y le consoló, diciendo que diese repetidas gracias a Nuestro Señor, pues le concedía una tan grande misericordia como que anduviese aquellos Sagrados Lugares con dolores y afrentas.

Este tumor, como no había entonces modo de hacerle algún remedio, se le quedó permanente en la proporción misma que cuando se hizo, y le duró hasta que fue a la sepultura.

Volviendo a sus Estaciones, llegaron adonde cayó el Salvador llevando la Cruz a cuestas, aquí Fray Francisco se hincó de rodillas, pidiendo a su compañero se detuviesen algo; y ponderando este paso, que era en el que su corazón se encendía más fervorosamente, alumbrado con luz celestial, dijo:

 

CAPÍTULO XIX

En que prosigue esta materia, con la visita del Monte Calvario y Santo Sepulcro

-Señor, esta Cruz, representación de aquella con que en este mismo sitio caísteis, os pongo por intercesora, para que me permitáis (no atendiendo a mis indignidades) ponderar y pedir que esta Sangre precio-sísima que aquí derramasteis venga sobre mi corazón, más duro que el diamante, y le labre y justifique, para que, incorporado y enternecido con ella, sin malbaratar su virtud, siga vuestras sagradas huellas y las medite con aprovechamiento.

Señor, aquí dos ladrones, justamente condenados, no llevan Cruz por menos pena y Vos la lleváis, habiendo sido declarado por el mismo Juez por inocente; Vos, desnudado de las vestiduras que os puso la irrisión y vuelto a poner las vuestras, venís a este lugar, para que no se equivocase nadie de que erais Vos y fuese la satisfacción del mundo la reprobación de este pueblo, cuando irreverente, sobre atrevido, no quiso arriesgar lo cierto de la ofensa en las dudas de la persona: concededme que, desnudo yo de las que me puso la culpa, me vista de verdadera mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y caridad, que son vestiduras vuestras.

Vos aquí arrodillado con el peso de mis culpas, para que yo me pudiese levantar sin ellas; Vos quitada la Cruz aquí con sacrílega humanidad, para que no se frustrase el que después dieseis la vida en ella, y también con misteriosa, para que quitada de esos divinos hombros se repartiese entre vuestros fieles y os pudiésemos seguir llevándola: suplícoos, Señor, que la Cruz que con tanta piedad me habéis cortado a mi medida sea más pesada, para que yo caiga con ella, y con imitaros pueda gozar los frutos de vuestra caída.

Concededme, Señor, que sea el extranjero Cirineo a quien la carguen, cuando los discípulos no la reciban de cobardía y los gentiles no la quieran, por mirarla como afrenta, y los indios la aborrezcan como a maldita, pues yo la adoro por honra, por dicha y por consagrada, y espero en Vos que, siguiendo estos pasos que disteis a la muerte temporal, me habéis de guiar a la vida eterna.

Hecha esta humilde petición con toda reverencia, procedieron a la visita del Monte Calvario y Santo Sepulcro, y habiendo pasado por la casa del rico avariento, por la de la mujer Verónica, por la Puerta judiciaria y cárcel de San Pedro, reverenciaron el Santo Cenáculo, y el P. Próspero dijo a Fray Francisco: -¿Qué corazón devoto, agradecido y cristiano puede pasar adelante sin detenerse, primero a contemplar que aquí, después de haber el Señor lavado los pies a los Discípulos, instituyó el Santísimo Sacramento del Altar, para enseñarnos con la limpieza que se ha de llegar a él, por ser el mismo Cristo con presencia corporal y perpetua, y por ser la mayor ofrenda que se pueda hacer a Dios, en que se declara su amor, pues cuando los hombres le quitaban la vida, él instituía un Sacramento para dársela y para quedarse con ellos, haciendo alarde en su institución de sus grandezas, especialmente de su infinita sabiduría, omnipotencia, liberalidad, bondad y caridad, como obra que fue de sus manos, en que nos da la mejor que tiene, y esto al tiempo de morir, pudiendo ser después de resucitado, para que conociésemos a quién apartábamos de nosotros y quién era el que parece que no acertaba a dejarnos, y para que se consiguiese nuestra edificación se comulgó primero a sí, enseñándonos con el ejemplo, y luego con el precepto, queriendo quedar invisiblemente debajo de accidentes visibles para que ejercitásemos nuestra fe?

Llegaron al convento de San Salvador, que es de Religiosos Franciscos, aguardando a que fuese ocasión de entrar, y después de pagada la tasada distribución que tienen impuesta los turcos entraron, siendo recibidos en procesión, causando en ella particular edificación Fray Francisco, maravillándose todos los Religiosos de aquel gran espectáculo de penitencia, y de ver una acción tan del esfuerzo cristiano y tan sin ejemplar, y en tanta edad y con tanta carga de cabellos, persuadiéndose a que la asistía con particular manutención el brazo poderoso de Dios, por altísimos fines suyos. Hechas las piadosas y edificativas ceremonias que aquellos hijos del Serafín Francisco acostumbran, y tratados con alguna prudente deferencia los dos Religiosos peregrinos; y después de haber comulgado todos de mano del Padre Guardián, como es costumbre, llegó el dichoso deseado día de poner nuestro Siervo de Dios la Cruz que traía en el mismo venerable y santificado hueco donde para salud del mundo estuvo arbolada la de Nuestro Señor Jesucristo; fue día en aquel religiosísimo convento de grande y extraordinaria solemnidad, porque asistió toda la Comunidad procesionalmente a acompañar a Fray Francisco a llevar la santa Cruz, el cual fue descalzo; y desde que vio el lugar consagrado con la Sangre de un Hombre Dios (allí en el mismo), pasible y mortal, caminó de rodillas, corriendo arroyos de lágrimas por el rostro y vestido; y habiendo llegado a él, entró todos cuatro extremos de su Cruz en el sagrado cóncavo, y dejándola allí (a ruegos suyos) la Comunidad, en compañía del P. Próspero, y estando colocada la Cruz por espacio de tres horas, en veneración de otras tres que estuvo Cristo nuestro bien pendiente de la suya, y ellos postrados reverentemente de rodillas, en alta y fervorosa oración: ¿quién duda que en ella le contemplarían en esta o en otra más significativa forma?

Este mismo sitio, desestimado del mundo, lugar de calaveras, de facinerosos, que sirvió de poner horror para estorbar delitos, eligió para sí el que todo lo puede; misterio es de su Providencia, pues quiso, desde luego, ostentar el valor de su Sangre salpicando con ellas reliquias de delincuentes.

Aquí le dieron vino mirado, para que no sintiese, al que tiene por blasón ser varón de dolores; al que inventó modos por padecer más, permitiendo que le quitasen la Corona para quitarle las vestiduras, y se la volviesen a poner para hacerle así otras tantas heridas de nuevo; al que el pueblo hizo la mayor ofensa ofreciéndole credulidad si dejaba de padecer; al que (cuando se dieron por vencido los cuatro crucificantes que les faltaban tormentos, habiéndole ya levantado en la Cruz), el amante de más penas se hizo del número de los que le afligían, causándole las mayores (por ser sobre tantas) estribando en los clavos con el mismo peso de su Cuerpo.

Aquí añadieron hiel a la bebida, para que, atormentado también lo que se encubre a la vista, le faltase el consuelo de la compasión, dejando de lastimarse en lo que no veían sus amigos.

Aquí le clavaron las manos para que dejase de hacer mercedes: ¡Oh ingratos! ¡Oh incrédulos! ¡Oh sacrílegos! Si pensaron que a Dios le podía faltar el dar; y para que se desengañasen que este es su oficio, fueron instrumento de las mayores, perdonándoles (aun con manos clavadas) lo mismo que hacían.

Aquí el Señor de las batallas dejó el trono de su gloria por el de la Cruz, y peleando con las armas de las insignias de su Pasión, destruyó el reino del pecado, poniendo en vergonzosa fuga al fuerte armado que le poseía.

Aquí hizo el mayor favor que cabe en lo posible a los que se llegan por imitación y amor, haciéndoles que sean un espíritu con el suyo y éste encomendándosele a su Padre en tan grande ocasión.

Aquí, habiendo muerto, inclinada la cabeza por obediencia, le abrió una lanza la puerta del costado para que por los Sacramentos que se franquearon por ella entrásemos a la vida; y para que no faltase a este golpe sentimiento por ser ya difunto, le sustituyó en su Madre, porque también fuese espiritualmente crucificada.

Después de haber estado tres horas en adoración de este Sacrosanto lugar (teniendo por todo este tiempo colocada la Cruz), se levantaron de su ardiente oración, dando gracias al Redentor a vista del más singular beneficio; y volviéndola a poner sobre sus hombros nuestro Peregrino, caminaron a la visita del Santo Sepulcro.

 

CAPÍTULO XX

De la visita del Santo Sepulcro y otras, hasta llegar al Monte Carmelo y volverse Fray Francisco de la Cruz a embarcar para Italia.

    Luego que llegaron a ver aquel depósito del mayor tesoro, hincados de rodillas, con indecibles consuelos de sus almas, para el particular de nuestro Hermano dijo el Padre Próspero: - Ea, valiente soldado de Cristo, fortísimo español, a quien quiso conceder lo que a otra ninguna gente: ya que has gustado parte de los dolores y contumelias de la Sagrada Pasión, te quiere el Señor hacer partícipe de las glorias del Sepulcro y Resurrección; y pues habiendo recibido su Cuerpo consagrado somos también Sepulcros de Cristo a vista del suyo, démosle gracias de los malos tratamientos que nos hacen estas naciones, de donde resulta su imitación, pues a Él no le perdonaron ni vivo ni difunto.

En esta Sagrada Urna le guardaron ungido todo de mirra, sellando su puerta por que no se le hurtasen, para que nosotros, que le hemos comulgado, sellemos nuestras almas con el recato de los sentidos, ungiéndolos también con mirra de mortificación, por que no se nos ausente; y pues aquí se encerró con los despojos ganados para nosotros en la batalla de la Pasión, que son todas las virtudes, y de su difunto Cuerpo nunca se apartó la divinidad, pidámosle que seamos de sus escogidos y nos las comunique. Consideremos el amor inmenso a los hombres de este Señor; pues mientras aquí su Cuerpo se fió de los pecadores, su alma se fue al depósito de los Santos Padres a buscar los justos; y mientras aquí les daba claridad al entendimiento, para que libres de culpas le consiguieran, en el Limbo, donde no las tenían, les daba lumbre de gloria para que desde luego le gozasen, aun antes de entrar en el Empíreo.

Aquí entró con las almas santas, dando por bien empleados sus dolores, para que le acompañasen en su triunfo.

Aquí reunió la Sangre derramada, porque no merecía estar fuera de tal Cuerpo.

Aquí, dejando las señales de lo pasible, las transfiguró en dotes de gloria; y pues los créditos de su Pasión estuvieron pendientes de su Resurrección, veneremos este Santísimo Lugar como al seguro de nuestra Fe, que nos dice que si padecemos con Cristo seremos glorificados con Él, y que no son condignas las pasiones de este mundo con la futura gloria, y esforcémonos a morir a Él, para que nuestra vida se esconda en este Sepulcro con Cristo en Dios.

Significados con tiernos impulsos del corazón estos devotos sentimientos por el P. Próspero, Fray Francisco los esculpía en su memoria para valerse de ellos en sus retiros; y desde este sitio fueron prosiguiendo las Estaciones siguientes, haciendo en sus almas cada una (conforme la diferencia de Misterios) diversas impresiones.

La Capilla donde se apareció el Salvador a la Virgen Santísima, su Madre, el día de la Santísima Resurrección.

El Altar del Santo Lignum Crucis.

La Columna en que fue amarrado y azotado en casa de Caifás.

El lugar donde Santa Elena halló las tres Cruces.

La cárcel donde estuvo mientras se preparaban los instrumentos de la Pasión.

La Capilla de San Longinos, donde estuvo muchos años la Santa Cruz.

La Capilla de la división de las Vestiduras.

La Capilla de Santa Elena.

La Capilla de la piedra del Improperio.

La Capilla del sitio donde fue enclavado en la Cruz.

La Capilla del sitio en que apareció el Ángel a las Marías diciendo la Santa Resurrección.

La abertura que hizo el Monte Calvario en la muerte de Cristo.

La piedra en que fue ungido para sepultarle.

El lugar donde apareció el Señor a Santa María Magdalena de Hortelano.

Y habiendo recibido testimonio auténtico en toda forma de cómo había visitado aquellos Santos Lugares y otros que contiene aquella Celestial Casa, con una Cruz grande a cuestas, con que llegó a ella, trayéndola en peregrinación, dado por el P. Fray Pedro de Montepelusio, Comisario Apostólico en las partes del Oriente, Custodio de Tierra Santa y Guardián del Monte Sión, su fecha en el convento de San Salvador de Jerusalén en 26 de agosto del año 1644, en el cual se declararon todos los sitios Sagrados que hay dentro del convento, donde se reverencian diferentes Misterios, en que siempre iba tocando su Cruz nuestro Peregrino, y lo mismo hizo en todos los que estaban fuera de él.

Concluidas estas funciones, dejaron el convento, y en él sus almas; y al salir les estaba aguardando el Rabino de quien se ha hecho mención, cumpliendo su palabra, el cual les dijo que había resuelto embarcarse para la Cristiandad, con intento de volver a Liorna, donde había estado algún tiempo con sus parientes, y que quería desde allí no apartarse de su compañía mientras llevasen un viaje. Fray Francisco se alegró mucho, persuadido (aunque nunca declaró el motivo) a su conversión.

Prosiguieron en sus visitas, acompañándoles el Rabino, y caminaron al río Jordán, en cuyas aguas baño la Cruz. Habiendo venerado el Valle de Josafat, Arroyo Cedrón, Huerto de Gethsemaní, Casa de Simón Leproso, Sepulcro de Lázaro, casas de Santa María Magdalena y Santa Marta; y por la Galilea, el sitio donde Nuestro Señor Jesucristo dio vista al ciego, el de Zaqueo, la ciudad de Jericó, monte de la Cuarentena, Ciudades abrasadas y mar Muerto.

Luego, volviendo a Jerusalén, tomaron el camino de Belén, veneraron la Sagrada Cueva donde nació el Hijo de Dios, el Santo Pesebre, el lugar de la Circuncisión, donde fue la vez primera que derramó Sangre el Redentor; vieron el árbol llamado de Terebinto, dejando a los lados la villa del Mal Consejo, Casa de Simeón, Sepulcro de Raquel, Camino de Hebrón, Cisterna de David, el lugar donde se escondió la Virgen mientras se prevenía la ida a Egipto, la Casa de San José, la Villa de los Pastores, Pozo de la Virgen y el sitio donde se aparecieron los Ángeles a los Pastores.

Desde Belén fueron a las montañas de Judea por el desierto de San Juan, vieron la Cueva en que habitaba, la Casa de Zacarías, el Lugar de Santa Isabel, que fue donde salió al encuentro a la Virgen, y donde esta Santísima Señora, Madre de Dios, compuso el cántico del Magnificat, y allí vieron el lugar donde nació San Juan.

Después caminaron a la ciudad de Nazaret, llegaron al lugar donde fue echado de menos el Niño Jesús, y al Pozo de la Samaritana, y al lugar donde sanó el Señor a los leprosos, a la ciudad de Naum, donde resucitó el hijo de la Viuda.

Entraron en Nazaret y en la Casa donde el Ángel dio embajada y vivieron juntos Jesús, María y José veintitrés años, y en la Gruta donde esta Señora se retiraba a tener oración.

Después fueron al Monte Tabor, donde veneraron la gloriosa Transfiguración, y al Mar de Galilea, donde San Pedro y San Andrés, San Juan y Santiago, fueron recibidos como Apóstoles, y donde socorrió a los Discípulos que naufragaban, y al mar de Genezareth, donde libró dos hombre maltratados del Demonio y donde culpó a San Pedro de poca fe.

Vieron la ciudad de Cafarnaum, donde se obraron tantas maravillas y la Conversión de San Mateo, que fue la mayor; y, en fin, todos los Santos Lugares transmarinos, tocando su Cruz nuestro Siervo de Dios en cada uno, asombrándose el judío Rabino de su constancia y de la devoción de entrambos Religiosos; y aunque parece que su corazón se iba moviendo, nunca admitió plática de nuestra Santa Fe Católica hasta que por impulsos bien extraordinarios se persuadió a ella, y la abrazó, y recibió como adelante se dirá.

En esta conformidad todos tres tomaron la vuelta del Monte Carmelo, donde fueron muy bien recibidos por aquellos santos Religiosos, perseverando algunos días en aquel observantísimo convento, mientras se disponía su embarcación, con singularísimo consuelo de su alma y de aquellos virtuosos Religiosos que observaban y admiraban la pureza e integridad de vida de nuestro Hermano.

Pero antes de salir del Monte me ha parecido participar a todos dos noticias, dignas de perpetua memoria: la una es que, conforme al estilo del Carmen, en comiendo la Comunidad se sale a la portería a dar de comer a los pobres, y no quiere Nuestro Señor que en convento donde con tanta puntualidad se cumplen sus institutos falte esta piadosa ceremonia; y así en comiendo sale el portero, y la comida que ha sobrado pone en el portal de afuera y toca una campanilla, y a la voz de ella vienen muchos animales que habitan aquel monte y comen lo que ha sobrado a los Religiosos, y después de acabada la comida se están quedos, y el portero da gracia por ellos, y en haciendo señal con un golpe en la mano, todos se van por el monte hasta otro día, y esto es sucesivamente todo el año, lo cual supimos del mismo Fray Francisco.

Lo segundo que hemos de referir cede en honra y gloria de Dios y gran crédito de la Religión del Carmen, y es que hay tradición perpetua en aquellas partes, la cual confiesan los mismos árabes, que en todos los tiempos que los Religiosos del Carmen habitaron aquel Santo Monte corría la Fuente Milagrosa de Elías, y luego que le desampararon por la persecución de los árabes, y de los mahometanos (a cuyos rigores derramaron la sangre por Cristo innumerables mártires en diferentes ocasiones), cesó de correr la Fuente por todo el tiempo que faltaron los Religiosos; y habiendo vuelto otra vez, ha vuelto a correr con la misma abundancia que antes. Esto lo testifica Gabriel de Bremond, natural de Marsella, como testigo de vista, en célebre libro cuyo título: Viaje hecho en el Egipto Superior e Inferior, en el Monte Sinaí, y los lugares más famosos de aquella región, en Jerusalén, etc., del cual hizo versión en italiano José Corvo y le dedicó al Excmo. Señor D. Luis Odescalchi, Duque de Ceri y sobrino de nuestro Santísimo Padre Inocencio XI, que al presente gobierna la Iglesia felizmente; su impresión en Roma por Pablo Moneta, año de setenta y nueve.

He dado tan individual noticia de este autor, porque en él se halla, no sólo la noticia dicha inmediatamente, sino es también cuanto dejamos dicho en el capítulo XVII de este libro tocante a la visita del Monte Carmelo, ya para su descripción, ya para las noticias, ya para lo que conduce a la Religión y Religiosos del Carmen; y la razón que he tenido para citar este autor más que a otros muchos que aseguran lo mismo, es: lo primero, porque no siendo autor de la misma Religión, se quita la sospecha de apasionado; lo segundo, porque hasta hoy no ha escrito autor de vista que con tanta puntualidad, observación e individualidad, ni con tanto cuidado, haga descripción y dé noticias, hasta las más menudas, de lo que promete; el cual, para tomarlas ciertas, hizo dos viajes en aquellas partes desde su tierra que, como dijimos, es Marsella de Francia.

Lo tercero, porque es el más moderno de los que han escrito generalmente de aquellas partes como testigo de vista; puesto que en el capítulo V del libro II de su viaje habla del P. Fray Próspero como de Santo, que ya había pasado a mejor vida cuando él visitó el Monte Carmelo, siendo el mismo Padre que acompañó a nuestro Hermano y de quien obtuvo las letras testimoniales de la visita del Monte Carmelo, los cuales originales paran hoy en mi poder y es traslado el que está al principio de este libro; de donde se infiere con evidencia que el dicho autor francés visitó el santo Monte Carmelo después que Fray Francisco. Su libro es de la mayor erudición en la materia que se puede desear: véale el curioso.

Llegó el caso de la embarcación, y habiéndose despedido Fray Francisco tiernamente del P. Próspero (y habiendo recibido su testimonio auténtico en cuanto a la visita de aquel santo Monte) y de aquella religiosísima Comunidad, en compañía del judío Rabino, en un puerto que hay a la falda del Monte Carmelo, junto a la ciudad de Caifa (dicen que este puerto es hoy mejor y de más crédito que el de San Juan de Acre, del cual dista muy poco), en el nombre de Dios se hizo a la vela para Damiata, y desde allí al Cairo, Venecia y Roma.

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