La lección de Venezuela

Mempo Giardinelli
 

¿Qué significado tienen los acontecimientos de las últimas horas en la sufrida Venezuela, vistos desde la Argentina? En mi opinión, la importancia del contragolpe que recolocó a Hugo Chávez en la presidencia es enorme, porque las simetrías son notables. No exactas, pero sí lo suficientemente grandes como para que sirvan de espejo.
     Demostrando una vez más que en nuestros países la oposición puede ser peor que los gobiernos, las viejas dirigencias de Acción Democrática y Copei (los dos partidos que, como peronistas y radicales aquí, fueron arrasados en las urnas por Chávez) trabajó en las sombras haciendo alianzas con los sectores empresariales y los banqueros. La torpeza de las oposiciones sudamericanas viene siendo proverbial, últimamente, y ahora los vimos, una vez más favoreciendo un régimen de ultraderecha como el que quiso instalar la Federación Empresarial (llamada Fedecámaras en Venezuela) con apoyo de algunos jefes de las fuerzas armadas. La incapacidad y la estupidez es su signo —sostienen algunos intelectuales venezolanos respetables— como podríamos decirlo nosotros aquí. Impresentables y rencorosos, se montaron sobre la confusión y el cansancio de las clases medias y la prédica canalla de los medios de comunicación más colonizados, tal como aquí. Los saqueos de los verdaderos hambreados sirvieron de pantalla a los saqueos organizados por los fascistas, igual que aquí. En algunas protestas civiles se agitaron banderas rojas para que los afanosos maccartistas amenazaran con la siempre meneada “guerra civil”. También como aquí. 
     Fue tanta la torpeza, y es tal la voracidad de clase de los empresarios criollos, que colocaron en el Palacio de Miraflores a Pedro Carmona Estanga, presidente de Fedecámaras, que es como si aquí se pusiera a Eduardo Escassany, Gregorio Pérez Companc o Mauricio Macri en la Casa Rosada. O a Ricardo Lopez Murphy. Hicieron todo tan mal que pifiaron incluso en la adopción de las primeras medidas: cacarearon que no habría una gota más de petróleo para Cuba (y todos vimos por la tele el jolgorio de primeras damas y señores de traje) y suprimieron el adjetivo “Bolivariana”. Cuando afuera había una matazón tremenda y un caos —ése sí— espontáneo, ellos descorchaban champán y coreaban “ni un paso atrás, ni un paso atrás” mientras la pueblada se les venía encima.
     Venezuela y la Argentina, que un día fueron los países más ricos de Sudamérica, los de clases medias más evolucionadas y los que hace décadas iniciaron procesos de industrialización, hoy están sobrevolados por fantasmas equivalentes. Los muertos se cuentan por decenas, la impunidad de los poderosos es la misma, y la dictadura de las cloacas mediáticas también. 
     Es saludable y prudente, entonces, que el regreso del chavismo sea realmente conciliador (a juzgar por las declaraciones del vicepresidente Diosdado Cabello y del propio Chávez) porque es la cordura y la serenidad el mejor camino que les queda. Lo cual no será sencillo, dado el temperamento explosivo de su líder. Pero si él logra contenerse, si sus seguidores más sensatos consiguen calmarlo, y no hay revanchismo, entonces seguramente van a darse las condiciones para enderezar la situación y hacer lo que hay que hacer: Venezuela requiere, como nosotros, de veloces planes de reinserción social. Y no sólo veloces, sino inmediatos, concretos y visibles.
     Mientras en nuestros países no se vea que las mallas de contención social atienden real y verdaderamente las necesidades de las grandes mayorías, y no se vea que esa contención sólo es preludio de cambios redistributivos mucho más profundos, no habrá paz. Es lo que no entienden jamás los Carmona Estanga ni sus equivalentes argentinos. Es lo que no aprenden las contumaces dirigencias políticas, de allá y de acá. Y es lo que forzosa y urgentemente deberían entender Hugo Chávez y todos los nuevos dirigentes alternativos que se están pariendo en las sombras. Es de esperar que —a ellos sí— lo ocurrido les sirva de lección. Es imprescindible que comprendan que la democracia es una permanente práctica de tolerancia y serenidad, pero en la que las medidas económicas deben orientarse hacia el bien común y no hacia el beneficio de unos pocos, los de siempre. Y sobre todo deben aplicarse con absoluta firmeza aunque con guantes de seda.
     En comprenderlo y llevarlo a cabo radica, quizá, la subsistencia misma de nuestras independencias. Porque ya se está viendo cómo piensan los neoimperialistas que consideran que los problemas sociales de la periferia son una “jungla” en la que más tarde o más temprano ellos van a “aplicar las leyes de la jungla”, como ha amenazado Robert Cooper, el consejero de Tony Blair, según la esclarecedora nota que Julio Nudler firmó el sábado pasado en estas páginas.
     La lección de Venezuela es extraordinaria. Muestra que los pueblos de América Latina asimilan la vida democrática y constitucional mucho mejor que sus dirigencias. Ilustra acerca del destino de las aventuras extralegales y la torcida utilización de las fuerzas armadas. Denuncia que el poder mediático de las derechas económicas sirve para soliviantar a los ricos pero no es suficiente para sostener gobiernos espurios. Advierte a los autoritarios y fascistas que ya no pueden imponerse como lo hacían antes, a puro engaño y mentiras. Y le avisa, a los gobernantes de extracción popular legitimados por el voto, que los pueblos quieren que los cambios prometidos se concreten en la realidad y sin medias tintas.
     Y sobre todo, informa que los tiempos de la Historia se están acelerando dramáticamente. 
 

***Publicado en: Página 12, lunes15 de abril, Buenos Aires (Argentina), 2002.
   

 
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