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opinión
Valencia, 29 de Julio de 1998





Editorial
Notitarde
C.A.

Sociedad del conocimiento y sociedad del humanismo (Conversaciones con Nacho Avalos)

Emeterio Gómez

Nacho es hoy el recuerdo grato de aquellas fértiles discusiones en el MAS. De aquella época de oro, que ojalá Mujica y Puchi pudieran recuperar. En mayo de 1981 sería el simposium "Del socialismo real al socialismo posible", nos habían pedido una ponencia sobre la Economía de Mercado; y las reuniones eran aquí mismo, en Colinas de Bello Monte, en casa de Tomás Páez. El grupo lo dirigía Diego Bautista Urbaneja y en él -que recuerde- participaban García Larralde, Leonardo Vivas, Rafael de la Cruz, Nacho, Angel del Castillo y, por supuesto, Tomás. Ya en el Simposium, el encargado de demoler la ponencia fue un importante dirigente del MAS, hoy alto funcionario del gobierno.

Nacho acaba de publicar -en un material encartado por el Conicit- un artículo titulado La Sociedad del Conocimiento, que bien vale la pena un comentario y -tal vez- la aspiración remota de algún intercambio de opiniones. Es un planteamiento angustiado acerca del producto atraso que Venezuela ostenta en cuanto tenga que ver con la investigación científica y tecnológica. (¿Habrá -Dios- alguna esfera de la vida en la que estemos tan sólo atrasados, y no "profundamente atrasados"?).

Dice Avalos: "El Banco Mundial ha calculado que los 29 países que concentran el 80% de la riqueza deben su bienestar en un 67% al capital intelectual (educación, investigación científica y tecnológica), en un 17% a su capital natural (materias primas) y en un 16% a su capital productivo (maquinaria, infraestructura)". "La riqueza social es principalmente fruto de la materia gris, resultado de una producción brutal de conocimientos y tecnologías que permean cada actividad social y son reemplazados a una velocidad vertiginosa, al igual que los productos y servicios que originan". "Los expertos constatan hoy el surgimiento de un 'paradigma tecnoproductivo', basado en el conocimiento, el cual está cambiando la concepción, las reglas de juego y los modos de hacer las cosas".

Ya para terminar en el último párrafo de su artículo, Nacho pone el énfasis en el otro gran problema básico del ser humano, la ética. La relación entre el conocimiento y la moral, la necesidad de conectar el desarrollo tecnológico del hombre con su desarrollo moral. Al respecto, dice nuestro viejo amigo: "¿Seremos capaces de ver semejante empeño asociado al mejoramiento del nivel de vida de los venezolanos de hoy, al tiempo que sienta las bases de un compromiso ético con las generaciones venideras?".

La relación entre, por una parte, el conocimiento y la conversión de ese conocimiento en tecnología y por la otra la ética, es uno de los problemas cruciales que a lo largo de toda su historia, la humanidad ha confrontado. En las últimas décadas, con la aceleración desbordada del desarrollo tecnológico, la "sociedad del conocimiento" y la producción del mismo se han desbordado también. Exactamente lo contrario de lo que le ha ocurrido al desarrollo ético del ser humano!

Pero conviene tal vez enfatizar que éste no es un problema de los últimos 30 ó 50 años. No es una disociación que emerge después de la II Guerra Mundial, ni tampoco a partir de la Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII. Esta fractura profunda entre el conocimiento y la moral -es decir, entre el conocimiento y la capacidad humana para juzgar- se repotenció poderosamente hace 400 años con Descartes. No empezó tampoco con él, pero con él se profundizó. El cartesianismo y la filosofía moderna completaron un proceso dramático que había empezado 2.000 años antes de las Meditaciones Metafísicas, en otro sitio.

En todo caso, con el "Discurso del Método", el desarrollo de la razón analítica -la única que hay- de la matemática, la geometría y la ciencia en general, incrementó exponencialmente la capacidad del ser humano para producir tecnología. Empirismo, racionalismo, pragmatismo, positivismo y, finalmente, la teoría de la decisión racional, se juntaron para ahondar cada vez más la brecha entre la posibilidad humana de conocer "objetivamente" el mundo -que se tornó inmensa- y la capacidad para juzgar moralmente al conocimiento y a la tecnología que se produce.

La evolución de esta radical separación entre el conocimiento y la moral -en los 400 años que nos separan de Descartes- ha sido impresionante. El ser humano, tal como se deduce del artículo de Nacho, es hoy una máquina fascinante de generar conocimientos. Las lógicas polivalentes, la "constatación empírica", la programación estocástica, la ingeniería genética, la mercadotecnia, la econometría, etc., etc., resumen el culto que domina nuestra sociedad. Y, sobre todo, la sociedad de los países desarrollados. En contrapartida, sentir el atraso de la moral aterra. O más bien duele.

No cabe siquiera decir que el desarrollo ético ha seguido un curso opuesto al de la tecnología, ni -aun- que la dimensión moral se ha achicado en la misma proporción que se ha agrandado el "alma tecnológica". A veces se siente que es algo mucho peor; es como si la esfera de lo ético hubiese sido simplemente extirpada. Ni la menor conciencia, no ya de "qué se es", ni siquiera de que se es un ente ético; ni el menor intento de evaluar críticamente lo que se está haciendo o el curso que está tomando la sociedad, para no hablar de la impensable posibilidad de juzgar moralmente a la ciencia. El hombre pierde toda entidad y se convierte en una máquina de producir conocimientos, de convertir éstos en tecnología y, finalmente, de transformarlo todo en rentabilidad económica.

 

 

 


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